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Políticamente... conservador

Teoría política

EL PROCESO NACIDO EL 11-M: La impunidad pudre las instituciones

¿Queremos que perdure la España de la Constitución de 1978 o permitimos que Zapatero se junte con los nacionalistas y los terroristas y la rompan? ¿Permitimos que Zapatero sea el cabecilla impune de esta hazaña, y estamos a lo que venga, porque nos da igual? ¿Es esta la manera de organizar la convivencia entre los españoles y de construir una paz duradera para nosotros y para las generaciones futuras? ¿Se puede asumir éticamente que Zapatero decida con terroristas antiguos y actuales cómo va a ser España?Una de las lacras más preocupantes del experimento político y social de Zapatero es la impunidad, en cuanto actitud y situación de falta de un castigo o ausencia de una sanción social, política o jurídica, ante el sistemático incumplimiento de leyes, acuerdos y palabras dadas, por parte de servidores públicos significados. La impunidad anida en sociedades e instituciones enfermas, en las que el tejido social, político, ético y jurídico está podrido. La impunidad debilita la justicia y hace efímera la paz, ofende la memoria y la dignidad de las víctimas, inutiliza gravemente las leyes y corrompe la tarea de las instituciones.A lo largo de los tres últimos años, y especialmente a partir del 11-M, Rodríguez Zapatero se ha dedicado principalmente a tres objetivos de orden interno: a remover el resentimiento y el rencor del pasado entre los españoles; a facilitar el ajuste de cuentas republicano y masón; y a ensanchar las puertas a los depredadores nacionalistas. Intuyo que todo ello pertenece a un complejo guión oculto del 11-M, para eso se diseñó y se consintió. No digo nada nuevo, el "proyecto" de Zapatero "viene ya desde el 11-M", le dijo Llamazares en el debate del estado de la nación. ¿Quiénes fueron entonces y quiénes son hoy los responsables?Que nadie se lleve a engaño, lo que está pasando en España se construye sobre la masacre de 192 personas y más de 1500 heridos. Si se confirma, y hay bases sólidas para ello, que la masacre fue para cambiar de gobierno y también de régimen, ¿puede algún servidor público de buena fe permanecer en un cargo, sabiendo que han matado a 192 personas para que esté dónde está, haciendo lo que le digan? La maldad radical de todo el proceso debería gritar en la conciencia de todos los ciudadanos y no dejar impune ni a los autores intelectuales y materiales de la masacre, ni a los que se benefician de ello. Ese grito debería sonar también en la conciencia de quienes les gusta este Gobierno porque "son de izquierdas de toda la vida". ¡El precio que tienen que pagar algunos: el silencio y el oscurecimiento de la propia conciencia!No se trata de demostrar que el problema de fondo es que la derecha lo puede arreglar y hacer mejor, o que la izquierda lo pinta bien y lo hace rematadamente mal. ¿Cuándo seremos capaces de plantear nuestros proyectos comunes, no en términos de derecha- izquierda, sino según lo que exige el bien común de toda esta comunidad humana llamada nación española? Estamos sumidos en un mar de desmadres e incertidumbres: la política exterior desprestigiada e ineficaz, la justicia politizada, la educación hecha un desorden y un caos, la sanidad, la vivienda, el campo, la inmigración, la seguridad pública, la deslocalización de empresas... más de lo mismo. Todo lo que preocupa realmente a los ciudadanos, especialmente a las familias, a los trabajadores, a los jóvenes y a las mujeres con menos posibilidades y oportunidades, ZP lo tiene abandonado.Doy un repaso la lista de los prohombres de la nueva nación de naciones: Otegi y los encapuchados, Carod Rovira, Rubalcaba, Polanco, Patxi López, Pepiño Blanco, López Garrido, Maragall, Montilla, Mas, Chaves, Bosé, Zerolo, Boris... ¿Nos da igual lo que haga Zapatero con esta pléyade de hombres? Estos gestantes de la nueva nación son los que marcan el perfil y los rasgos de la nueva España política, los que deciden lo que es democrático y lo que no lo es, los que nos enseñan lo que dice y lo que no dice la Constitución. Es patético contemplar que tenemos a un Gobierno que se exaspera en convencernos de que los terroristas y los que los apoyan son gente de paz, que están entrando por el buen camino; y que, en cambio, los diez millones de ciudadanos, que representa el PP, están en peores disposiciones democráticas que los terroristas. Se ha roto todo sentido de la moral y la justicia, se ha perdido el pudor y la decencia.Además, ¿cuáles son los pilares o fundamentos reales, declarados, debatidos y expuestos con transparencia, sobre los cuales se construye este experimento social de nación? ¿Acaso la libertad? No parece, porque los nuevos estatutos no pueden ser más intervencionistas y fiscalizadores de las libertades; el monolitismo informativo cocinado por el Gobierno no puede ser más insultante. ¿Es acaso la justicia uno de los pilares de la nueva nación del tándem ZP y nacionalistas? ¿Es acaso la igualdad? No parece, si no ¿para qué establecer Títulos de derechos para los ciudadanos según el territorio de nacimiento y lengua? ¿Es acaso la paz el pilar sobre el cual ZP quiere construir la nueva realidad nacional? No, porque en Zapatero el discurso de la paz no pasa de palabras entre lo enigmático y lo desleal.Si no reaccionamos, la impunidad contaminará todas las instituciones y todo el tejido social. ¿Toca hablar de perdón? Siempre es hora de perdón, pero toca hablar sobre todo de verdad y de justicia, para que el tiempo de perdonar no sea ocupado por la desidia de la impunidad. Ningún bien superior puede ser levantado sobre graves atentados contra la vida y la dignidad de las personas, son el desprecio a la ley y a las instituciones. Nadie puede pedirnos el perdón y la reconciliación si no es sobre los pilares de la verdad, la justicia y la dignidad. Que nadie nos anime a la impunidad al son de promesas de un proceso de paz tan oscuro como engañoso: debilitaríamos la justicia y ofenderíamos la dignidad de las víctimas, de las que han perdido su vida, de los familiares que guardan en su dolor su memoria, y de los que han tenido que huir de su tierra amenazados.

Ningún servidor público está legitimado para romper el Estado de Derecho, para incumplir la ley, para cambiar la Constitución, para construir una historia a medida de sus ambiciones personales de perpetuarse en el poder. Necesitamos servidores públicos que garanticen el respeto a la ley, el fortalecimiento de las instituciones y el desarrollo de la democracia fundada en los valores irrenunciables de la dignidad de la persona.

 Juan Souto Coelho es miembro del Instituto Social "León XIII"

¿NECESITAMOS LOS PARTIDOS POLÍTICOS?, ¿Llevaba razón Washington?

¿Necesitamos los partidos políticos? Rara vez se plantea esta cuestión. Quizá debiéramos formularla de otra manera: ¿hasta qué punto necesitamos a los partidos políticos? Porque, ciertamente, el costo moral de tenerlos es elevado, y sigue creciendo.Gestionar y promover partidos políticos sale muy caro en el siglo XXI. Recaudar los fondos necesarios apelando al idealismo de los fieles ya no es posible, si es que alguna vez lo fue. Entran, pues, en liza motivaciones más primarias, lo que significa corrupción de una u una forma. Y la experiencia parece sugerir que, en casi todas las democracias occidentales, la recaudación de fondos es, a día de hoy, y con diferencia, el mayor foco de corrupción.  La venta de títulos nobiliarios a cambio de cuantiosas donaciones a las arcas del partido viene siendo un escándalo en Gran Bretaña desde hace tiempo. No se trata simplemente de la venta de unas "condecoraciones" que permiten al receptor –tras desembolsar, pongamos, un millón de libras en efectivo– llamarse (y ser llamado) Lord; se trata también de la venta de un escaño en el Parlamento, puesto que los poseedores de títulos nobiliarios vitalicios tienen derecho a ocupar una banca en la Cámara de los Lores, el equivalente británico del Senado norteamericano. Así pues, ello les concede el ingreso a lo que se ha denominado "el mejor club de la Tierra", que encima les concede un estipendio. Más gasto. También les permite –y este punto es crucial– discutir, enmendar y votar las leyes que pasan por el Parlamento.  Cierto, los poderes de la Cámara de los Lores son inferiores a los de la Cámara de los Comunes. No puede echar abajo los proyectos de ley, pero puede retrasarlos y alterarlos. Nadie sabe con exactitud cuántas personas han comprado sus escaños en la Cámara de los Lores. Podrían ser más de 100 (de un total de 725), y esa cifra puede crecer. Hasta hace poco los títulos nobiliarios se entregaban exclusivamente a quienes pagaban a tocateja; ahora se ha descubierto que a los ricos se les ha concedido o prometido títulos a cambio de préstamos en condiciones favorables. La fuente de esta nueva forma de corrupción es el nuevo Partido Laborista, que anda buscando un sustituto de los sindicatos como principal fuente de ingresos. No obstante, los conservadores y los liberaldemócratas también han intentando recaudar dinero prometiendo favores. En cuanto un partido es lo suficientemente grande, puede abrirse camino en los derroteros del enjuague. Vender títulos nobiliarios es una estratagema característica de los británicos, pero el fenómeno de la corrupción está presente en toda Europa, especialmente en Alemania, Italia, Francia y España. En estos cuatro países, prácticamente todos los escándalos financieros importantes de los últimos veinte años con políticos de por medio tienen su origen en la recaudación de fondos para los partidos. Algunas de las más altas figuras políticas han sido acusadas de cometer abusos en la recaudación de fondos, entre ellos el presidente francés, Jacques Chirac, cuando era alcalde de París, y Helmut Kohl, cuando era canciller de Alemania. La defensa suele ser la misma: "Pero lo hice por el partido". Pero sigue siendo corrupción. Y coger dinero para el partido acaba por dar paso al hábito de coger dinero para los individuos. El más reciente escándalo relacionado con los títulos nobiliarios ha dejado impertérritos a los políticos británicos más curtidos. "El dinero tiene que recaudarse de alguna manera", dicen. "Si no se nos permite vender títulos, los partidos tendrán que ser financiados por el contribuyente". ¿Soy el único en encontrar ultrajante esta sugerencia? Significaría, de hecho, que la gente estaría obligada a conceder subsidios a un monopolio político ejercido a perpetuidad por políticos profesionales.  Este asunto, en qué medida la recaudación de fondos para las campañas –tanto del partido como personales– conduce a la corrupción, es objeto de controversia en EEUU. Ciertamente, se conceden cargos a los donantes importantes, incluso destinos diplomáticos fundamentales. A menudo he pensado que esto representa una enorme desventaja para los esfuerzos diplomáticos norteamericanos a la hora de exponer sus políticas al mundo, algo que, hoy más que nunca, es de crucial importancia.  George Washington abordó el problema de los partidos políticos hace 200 años, en su Discurso de Despedida. Reconocía, a regañadientes, que es "probablemente cierto" que, "dentro de ciertos límites", "en los países libres los partidos políticos son controles útiles de la administración del Gobierno y sirven para mantener vivo el espíritu de la libertad". Pero añadía que el espíritu partidario no había de ser "alentado". "Siempre habrá suficiente para todo propósito necesario", agregaba. Y, dado el "peligro constante de que lo hubiera en exceso, el esfuerzo por mitigarlo y aplacarlo ha de correr, forzosamente, por cuenta de la opinión pública".  Asimismo, comparaba la competición partidaria con un incendio: "El fuego precisa de vigilancia constante, no sea que, en lugar de calentar, consuma". Los occidentales deberíamos reflexionar acerca de cómo pasar sin partidos políticos todopoderosos y altamente organizados, o al menos sobre cómo reducir su influencia. ¿Por qué no promover que se presenten a las elecciones individuos más independientes? ¿Qué papel deben desempeñar los independientes en los parlamentos y congresos del siglo XXI?  Durante los dos últimos siglos, los partidos políticos han dominado cada vez más nuestras legislaturas, constituido nuestros gobiernos y dado forma a nuestras sociedades. Pero si son instituciones tan exitosas e indispensables, ¿por qué son tan corruptas? ¿Es inteligente intentar exportar esta tradición partidista a las democracias que intentamos levantar en países como Irak y Afganistán? Después de todo, en Israel, que es una democracia genuina, el extremadamente fragmentario sistema de partidos es un obstáculo para un gobierno bueno y estable. Este tipo de cuestiones ha de plantearse y debatirse en los medios, los think tanks y los departamentos universitarios de Ciencias Políticas. No debemos mantenernos por toda la eternidad en la línea derrotista en que estamos atascados con el viejo sistema de partidos.  Paul JonsonLibertad Digital, suplemento Ideas, 31 de mayo de 2006  

Al hombre, lo que es del hombre

El cuestionamiento teórico-práctico del fin y los límites de la acción del Estado entraña una investigación política de la mayor importancia. En ella tratamos de calibrar las virtualidades de una institución estatal que ponga los menos obstáculos posibles al siguiente fin: garantizar la libertad y la más variada individualidad humana en la organización de la vida en común con otros sujetos. Esta cuestión clásica ha sido abordada con suma prudencia y buen tino por el filólogo y político prusiano Wilhelm von Humboldt.

 

El reputado apellido Humboldt viene asociado por lo común al campo de la ciencia natural, especialmente al nombre propio de Alexander, de quien se ha dicho sin exageración que fue el descubridor científico de América, de la misma forma que se reconoce en Cristóbal Colón a su descubridor geográfico. El hermano de Alexander von Humboldt, Wilhelm (Guillermo), no merece una menor consideración.

 

 

 

Nacido en Berlín en 1767, Wilhelm recibe junto a su hermano Alexander una esmerada educación, enciclopédica y exquisita, que le lleva a dominar los campos más amplios del conocimiento. Si bien dedica gran parte de sus energías a la actividad política, administrativa y diplomática (fue, por ejemplo, ministro del Interior y fundador de la Universidad de Berlín), es en el campo de la filología comparada donde suele distinguirse la labor intelectual que despliega. A partir del enfoque netamente idealista y romántico con que aborda el estudio de las lenguas (entre las que no ignora el vascuence, como tampoco la lengua kawi), sostiene algunos postulados muy controvertibles, como la noción de la lengua entendida en términos de concepción del mundo (Weltanschauung).

 

 

 

Sus aportaciones a la reflexión política y a la teoría del Estado son acaso más relevantes que las lingüísticas, y no han sido valoradas como se merecen. En este terreno, además, el idealismo que tanto le marca queda felizmente rebajado, brillando, en cambio, una luminosa capacidad de análisis y una libertad de pensamiento que lo sitúan sin reservas en la más vigorosa y fértil tradición liberal.

 

 

 

Una prueba notable de esta contribución la encontramos en Los límites de la acción del Estado, trabajo de investigación iniciado en 1790 y que concluye dos años más tarde. Hablamos de un texto conciso, brillante y claro, compuesto cuando Humboldt abandona las ocupaciones en la Administración, aunque no ve la luz hasta después de su muerte.

 

 

 

Ni siquiera desde ese momento la difusión y el conocimiento del ensayo han estado al nivel de lo que su contenido exige, y todo ello por muchos aspectos: por ejemplo, si lo comparamos con Sobre la libertad de John Stuart Mill, texto escrito más de cincuenta años después del de Humboldt y con el que mantiene bastantes coincidencias.

 

 

 

Wilhem von Humboldt aborda la investigación de la institución estatal, y sobre los temas de política en general, notoriamente influido por las estrepitosas consecuencias de la Revolución Francesa. Desde el primer momento, Humboldt repudia cualquier género de despotismo y absolutismo ilustrados, esos atributos que la doctrina del "virtuoso" republicanismo considera como sus necesarios correlatos, aunque no siempre los llame por su nombre, y que han supuesto la base de los posteriores totalitarismos.

 

 

 

Sin repudiar la herencia de la Ilustración (displicente actitud sostenida por buena parte del conservadurismo, lo que comporta de hecho la entrega y cesión, en exclusivo e íntegro usufructo y aun propiedad, al progresismo), Humboldt defiende una postura coherente que muy bien podría calificarse de liberalismo ilustrado. Como clara muestra de esta disposición, léase el siguiente pasaje del ensayo que comentamos:

 

 

 

"Nuestra época […] dice ser, con derecho, una época de progreso en ilustración y cultura […] Por tanto, si es cierto que nuestra época es aventajada en esta formación, en esta fuerza y en esta riqueza, será necesario garantizarle también la libertad, que, con razón, reivindica".

 

 

 

Junto al espíritu ilustrado, abierto y liberal que le caracteriza, la obra de Humboldt revela también un templado humanismo. La filosofía política, según establece la teoría moderna, remite en rigor a la antropología. O por mejor decirlo: el análisis de los fines y límites del Estado (la crítica del Estado) se lleva a cabo a la luz de los fines del hombre (de la naturaleza humana). Todo lo que es atribuido y transferido al Estado –o lo que el Estado se apropia o literalmente "expropia" a sus legítimos propietarios–, toda extensión y fortalecimiento del Estado, la burocracia y sus demás aparatos, se consuma a costa de la individualidad, la autonomía y la libertad de los hombres, quedando así de manifiesto "los perjuicios ulteriores que de ahí se derivan: la tendencia a confiar en la ayuda del Estado, la falta de independencia, la vacua vanidad, la inactividad y la mezquindad".

 

 

 

Y es que de ninguna manera deben confundirse el medio y el fin en la esfera social: "La asociación estatal es el mero medio subordinado, al que no debe sacrificarse el verdadero fin que es el hombre".

 

 

 

Algunos de los pretextos –y aun los subterfugios– habituales del estatismo y del credo totalitario se refieren al carácter "naturalmente" social del hombre y al fin del Estado como únicos superadores de la anomia y el atomismo social, los cuales presuntamente encontrarían en aquéllos solución y remedio. Wilhelm von Humboldt desvela convincentemente la tramposa fundamentación de ambas coartadas.

 

 

 

Ciertamente, los fines del hombre le mueven a asociarse con otros individuos y a instituir una unidad de organización, tanto para superar favorablemente los inconvenientes de la supervivencia cuanto para procurarse lo mejor de la vida. Sólo junto a sus semejantes es posible alcanzar semejante objetivo.

 

 

 

Ahora bien, los objetivos de esta asociación y consorcio humanos pueden alcanzarse plenamente –incluso mejorarse– por medio de lo que denomina Humboldt la "organización nacional" (y que hoy reconocemos por el nombre de "sociedad civil"), y no precisamente (o no solamente) mediante instituciones estatales.

 

 

 

La diferencia entre ambas nociones es evidente: el Estado representa el dominio de la coacción y la imposición, mientras que la Nación (o sociedad civil) constituye el espacio de la libre disposición y la voluntaria iniciativa de los individuos. Esta segunda esfera pública es la que de hecho fomenta el encuentro y el enriquecimiento mutuo de los individuos, porque en ella son efectuados con libertad, es decir, sin coacción ni fuerza.

 

 

 

Por esta razón habla Humboldt de la inmoralidad intrínseca a todo Estado. La coacción y el dirigismo no sólo no engendran virtud, sino que debilitan la energía humana. En el marco del Estado campan a sus anchas las instituciones políticas, y las leyes disponen y mandan, pero ¿qué son las costumbres sin la fuerza moral?

 

 

 

El Estado debe abstenerse, en consecuencia, de intervenir en los asuntos privados, así como en los temas relacionados con la moralidad de los individuos. Es decir, debe "limitarse" al máximo (hacerse mínimo), y proponerse como meta de actuación sólo aquello que los ciudadanos por sí mismos, según Humboldt, no pueden procurarse: la protección y la seguridad.

 

 

 

Este sería el único medio de reunir, lo más "amistosamente" posible (o sea, de la manera más pacífica y eficaz), los fines del Estado en su conjunto y la suma de todos los fines de cada individuo particular, siempre, por naturaleza, contrarios entre sí. De estos presupuestos se desprende una norma establecida por el pensamiento liberal, perfectamente acorde con la razón y, sobre todo, con el sentido común. ¿Qué dice la sabia norma? Al Estado, lo que los individuos le concedan; y al hombre, lo que es del hombre. Y es que, como dice Humboldt:

 

 

 

"El verdadero fin del hombre […] es la más elevada y proporcionada formación posible de sus fuerzas como un todo. Y para esta formación, la condición primordial e inexcusable es la libertad".

 

 

Por Fernando R. Genovés

 

 

Libertad Digital, suplemento Ideas, 3 de mayo de 2006

 

 

Un programa para conservadores

          Hoy no está de moda ser o declararse conservador. La culpa la tienen varios factores, entre ellos la perezosa costumbre de no pensar por uno mismo y, desde luego, la colosal manipulación ideológica del lenguaje y los conceptos políticos que Occidente ha sufrido en el último tercio del siglo.            En el libro “Políticamente incorrecto” tuve la oportunidad de analizar en profundidad las propuestas del pensamiento conservador de cara al siglo XXI, desde su origen (la intuición de Parménides en el siglo V AC al descubrir que hay un núcleo fijo y natural en las cosas que es su propio consistir) hasta su contenido heterogéneo, complejo y pleno de riqueza.

           El conservatismo es, por naturaleza, reformista y siempre está en movimiento, el carácter reaccionario, la simpleza y la mediocridad son, desde antiguo, elementos contrarios al auténtico espíritu conservador.

          Una de las mentes más preclaras del conservatismo contemporáneo es el norteamericano Russell Kirk, autor de dos libros imprescindibles: "The conservative mind" y "A program for conservatives". En mis libros anteriores (el citado "Políticamente incorrecto" y "La derecha del siglo XXI") me referí ampliamente al primero. En este artículo quiero hablar del segundo, un espléndido ensayo (con traducción española: Rialp, 1957) que debería ser leído, estudiado y, en la medida de sus posibilidades, comprendido por muchos políticos actuales, por supuesto los apologetas del llamado "centro reformista", pero también por todos aquellos que aplican (no solo defienden, que es fácil, sino practican) la magia y la aventura del pensamiento independiente.

          El conservador entiende -escribe el maestro Kira -que las circunstancias humanas son casi infinitamente variables, y que cualquier medida política o económica debe decidirse a la luz de las particulares circunstancias de tiempo y lugar. Esa es la base del realismo político desde los tiempos de Aristóteles. El secreto del conservatismo reside en saber conocer en cada tiempo lo que es permanente y lo que es mudable. Ahí reside la esencia del reformismo.

          El conservador cree en unas reglas naturales que están por encima de los poderes de los Estados (por ello su naturaleza es de raíz antitotalitaria), cree en el poder del individuo por encima de gregarismos y colectivismos que conducen a la revolución y al caos, defiende el orden y la jerarquía en una organización de hombres libres donde se aprecian las libertades concretas y, por supuesto, hace bandera del esfuerzo, el afán de superación y la excelencia. El héroe suele ser, por tanto, conservador, el antihéroe es, por naturaleza, anticonservador.

          El conservador moderno -continua Russell Kira - ha de plantearse un ambicioso programa que sea capaz de dar respuesta a los problemas más acuciantes de nuestro tiempo, y que seguirán siendo los del siglo XXI: -el problema de despertar nuestras inteligencias del adormecimiento de la masa. -el problema de resucitar las aspiraciones espirituales del ser humano sacudiendo el materialismo que corroe en ocasiones la vida. -el problema de rescatar de la deshumanización a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. -el problema del colectivismo que anula la libertad individual -el problema de la justicia social, o de cómo lograr que la avaricia y la envidia no levanten al hombre contra su hermano. -el problema de preservar la identidad y la complejidad frente la pensamiento único, lo políticamente correcto y el intervencionismo controlador. -el problema de renovar en el mundo de hoy la lealtad, el respeto a la tradición (la continuidad imprescindible que liga a una generación con otra) y el ansia de excelencia. Solo sobre una base sólida se puede reformar, mejorar y asimilar el cambio acelerado que, sin duda, caracteriza al mundo tecnificado del siglo XXI.

          ¿No es acaso un programa lleno de luces y atractivos? Russell Kirk se muestra más incisivo que nunca al afirmar: "en la defensa de la tradición el conservador no debe acobardarse ante la probabilidad de ser malentendido y atacado por todos aquellos cuyos intereses materiales parecen ir ligados a una degradación continua de las masas. El conservador debe afrontar el hecho de que puede salir vencido, contrariamente al marxista, el conservador no profesa una creencia fanática en el triunfo inevitable de su causa". Y la gran cuestión del siglo XXI bien puede ser la que Kirk describe con visos de profecía: "La vida, ¿merece la pena vivirla?, ¿van los hombres y mujeres, formados a imagen de Dios, a conservar su naturaleza espiritual o bien van a convertirse en criaturas infrahumanas, agrupadas como un rebaño por los amos del Estado totalitario". ¿Acaso no es una visión profética del pensamiento único, de la uniformidad, de la mediocridad endiosada en todos y cada uno de los aspectos que nos rodean?

Un programa para conservadores invita a la reflexión, porque es, sobre todo, un programa para seres humanos libres en la sociedad avanzada del siglo XXI.

Fernando Alonso Barahona.

30 noviembre 1999

¿Es la pela o es el Volkgeist el fin del nacionalismo catalán?

“La pela es la pela" es uno de los tópicos más conocidos de este país para referirse al carácter avaro, materialista, interesado de los catalanes. Y como todos los tópicos, sólo sirve para falsificar o simplificar la realidad. Cualquier análisis sobre Cataluña acaba con el siguiente diagnóstico: el nacionalismo catalán es la tapadera para llevarse por delante el presupuesto nacional. ¡Qué inmenso error! Si fuera así de fácil…

 

Se echa a faltar análisis menos míticos y más empíricos, basados en el detalle diario de la política catalana de los últimos 25 años. No es serio reducir toda una sociedad a un rasgo único. ¡Como si en Jerez de la Frontera trabajaran por altruismo! Pero hoy más que nunca vivimos en un mundo de titulares y tópicos. En este caso, el tópico insultante deviene para el nacionalismo en un aliado inesperado. Mientras el resto de España siga creyendo en la avaricia de los catalanes, el nacionalcatalanismo avanzará sin levantar demasiadas sospechas. Me explicaré.

 

 

 

Es posible que el interés del catalanismo histórico tuviera como objetivo gobernar España para servir mejor a sus intereses económicos. La burguesía catalana necesitó siempre aranceles férreos para monopolizar el mercado español. De él nació, con él creció y sin él tendría serios problemas. Pero el pujolismo es otra cosa. Si el espíritu catalanista fue la disculpa entonces para asegurarse intereses, con Pujol es al revés: los intereses económicos son la disculpa para hacer germinar y extender el Volkgeist o espíritu nacional.

 

 

 

Es verdad que, si se repasan las líneas más gruesas de las relaciones comerciales entre Cataluña y el resto de España, se puede caer en la tentación del economicismo para explicar la continua queja del nacionalismo. Repasemos unas cuantas: en 1802 el Gobierno español prohíbe la importación de hilaturas para que la industria textil catalana no tuviera competencia en su incipiente industrialización. Los numerosos aranceles del siglo XIX a la importación textil preservaron el mercado español para el textil catalán, frente al más competitivo europeo.

 

 

 

Curiosamente, el despegue económico de Cataluña comienza con la liberación del comercio con América, a partir del Decreto de Nueva planta de 1716. Paradójicamente, firmaba ese decreto el rey más odiado por los catalanes: Felipe V, al que le achacan su frustración nacional. Y continúa con las políticas arancelarias de sucesivos gobiernos españoles, a lo largo del XIX y principios del XX, para preservar la producción de la industriosa Cataluña.

 

 

 

Cualquier empresario sabe que sin mercado no hay negocio; por eso mima al cliente y reconoce en él la fuente de sus ganancias. A ninguno de ellos se le ocurriría insultarlo, tratarlo con condescendencia, despreciarlo y, menos aún, prescindir de él. Sin embargo, el nacionalcatalanismo, hoy, hace todo eso o permite que otros lo hagan sin darse cuenta de que, gracias a España, Cataluña ha llegado a ser "rica y plena".

 

 

 

¿Se ha vuelto loca la burguesía catalana? ¿Han encontrado otros mercados, o están en disposición de hacerlo? Ni una cosa ni la otra. Más bien han caído de lleno en los ensueños románticos de un cura frustrado en pos de un Dios pagano: la nación. Me refiero a Pujol. No es ni raro ni único: múltiples sociedades han pasado por trances étnicos parecidos.

 

 

 

Quedó claro una vez más a propósito del boicot al cava catalán. Pujol pidió cordura, pero advirtió a los empresarios de "que Cataluña no puede aflojar" por lo del boicot. Él, que predica en la capital del reino que España y Cataluña se necesitan, asume los daños colaterales de su sueño. Al fin y al cabo, la nación es eterna; las cuitas económicas de un período histórico, circunstanciales.

 

 

 

Su última entrevista en el programa de TV3 De la nit al dia nos refrescó esa pesadilla, como quien no quiere la cosa, dando una lección magistral a los estridentes tripartitos. Allí apareció el gran brujo con la insufrible retahíla de lamentos victimistas. Ni Maragall ni Carod Rovira pueden generar ese sentimiento de frustración virtual con el que siempre nos acosó, y ahora, con el contraste de su ausencia, te das cuenta de por qué es el gran brujo nacionalista. Su sola presencia y cuatro insinuaciones hicieron surgir todos los fantasmas lastimosos con que nos ha desarmado moralmente durante las últimas tres décadas: nuestra patria es pequeña y desgraciada, no quieren entendernos, el pueblo catalán ha de estar unido porque los enemigos de fuera son muy poderosos, pero nuestra voluntad de ser persistirá…

 

 

 

El dichoso pueblo elegido. Era como tener la sensación de que todos le debemos algo, aunque no se sepa el qué. ¡Qué hartazgo llorón, qué iluminismo insufrible, cuánta perversión política! Por delante de la pantalla pasaron 23 años de acoso moral a la sociedad y construcción nacional.

 

 

 

Durante ellos ha habido suficientes hechos como para darse cuenta de que Pujol no es un pesetero, sino un místico, un elegido en busca de su Ítaca con barretina. O dicho de otro modo, no desatiende la pela, pero ésta no es el motor de su sueño. Veamos:

 

 

 

– Ha tenido varias oportunidades para ser ministro. No sólo no lo fue, sino que impidió que lo fuera cualquiera de los suyos. El propio Aznar le llegó a ofrecer la presidencia del Gobierno español. Una apuesta fingida, sin duda, pero Pujol ni se dignó valorarla.

 

 

 

– Desde que llegó al poder ha abierto sedes catalanas en varios estados del mundo. Cuestan mucho dinero, pero es una inversión de futuro. La red de embajadas no se improvisa.

 

 

 

– Creó TV3 con los mismos canales que la televisión pública española. Cuesta mucho dinero, pero es imprescindible para construir una conciencia nacional catalana. Cualquiera que se haya acercado a sus estudios en Sant Joan d'Espí se habrá dado cuenta de que está física y psicológicamente mejor protegida que un cuartel militar. Muros alambrados, circuitos cerrados de televisión, imponentes medidas de seguridad. Es más fácil asaltar la cárcel Modelo de Barcelona que el recinto amurallado de TV3. Cada cual da importancia a las armas de que dispone.

 

 

 

– Subvenciona medios de comunicación escritos y audiovisuales con la determinación de quien compra voluntades. La realidad virtual que imponen sus sueños necesita unanimidades. Podría haber invertido todos esos dineros en incentivar la inversión, la producción, las infraestructuras, la mejora de la seguridad social, pero ha preferido hacerlo en la construcción nacional.

 

 

 

– La red de asociaciones, fundaciones, cursos, congresos, campañas, etcétera, destinadas a promocionar "la lengua propia de Cataluña" es tan escandalosamente amplia y cara que, si se destinara a educación y sanidad de verdad, las escuelas catalanes podrían disponer de un ordenador por alumno, y los hospitales afrontar las nuevas necesidades sanitarias de la inmigración. Si la pela fuera el fin último de su política, procuraría utilizar los recursos de la escuela para crear jóvenes competentes y competitivos en el mercado laboral. Pero de todo el conocimiento sólo le importó si utilizaban el catalán en lugar del castellano. Ya saben, una nación, una lengua. El Volkgeist.

 

 

 

– Rechazó el trasvase del Ebro para cubrir las necesidades de agua del área metropolitana de Barcelona por el del Ródano francés. No quiere dependencias de recursos españoles: es un inconveniente para la independencia nacional futura.

 

 

 

– Y lo que es más importante, la escuela. La conmemoración del milenario de Cataluña en 1992 constituyó la mayor metáfora de su misticismo. Con él cuajaron definitivamente todos los mitos, tergiversaciones, silencios interesados para borrar de la memoria hechos históricos inconvenientes, mentiras y exageraciones con los que tratan de romper los afectos con el resto de España. Si colaba esa patraña, colaban todas. Como así ha sido.

 

 

 

Hoy ya existe una generación y media de catalanes que odia a España. Es un odio irracional, basado en estímulos conductistas; la imagen de la bandera española los dispara, la misma palabra "España" les legitima para ser groseros, impertinentes o violentos, y todo con una autosuficiencia moral que da miedo. Son jóvenes monocultivados, envueltos en barras y estrellas con un horizonte independentista maravilloso. Es la clásica generación con un sueño. Tras ese sueño adivinan paraísos de leche y miel. Al fin y al cabo, la puta España tiene la culpa de todo.

 

 

 

Estos sentimientos ya no provienen de estrategias negociadoras para conseguir más presupuestos de la tarta del Estado: han nacido del resentimiento de un personaje menor. Fue él quien puso Banca Catalana al servicio de ese sueño nacional; le importó más la enciclopedia catalana que la cuenta de resultados o los accionistas. Y la hundió y no le importó, y cuando Felipe González quiso meterle en la cárcel llamó a rebato nacional y venció.

 

 

 

Ahora gobiernan sus discípulos. ¿Creen que les importa que sea su política nacionalista excluyente la peor tarjeta de visita para que triunfe la OPA de Gas Natural a Endesa? En absoluto. Si fuera una cuestión de pelas habría otras formas más amables de atraerse la voluntad del resto de españoles. Pero a los más radicales no les interesa ser amables, sino abrir una zanja sentimental entre Cataluña y España. ¿Acaso creen que las declaraciones humillantes que hace Carod contra España son fruto de una mente estúpida o enloquecida? No, trata de soliviantar y hacerse odioso para que el resto de españoles desaten su furia contra Cataluña y así poder él referenciar ante los suyos lo detestables que son los españoles.

 

 

 

Es verdad que el tinglado nacional es hoy tan enorme que decenas de miles de personas viven ya exclusivamente del cambalache y, aunque sólo fuese por seguir agarrados a la teta, serían capaces de cambiarse el nombre por conservarlo. Pero son sólo una consecuencia, no una causa. Ésta debe ser buscada en décadas de mentiras, en resentimientos largamente macerados por humillaciones reales y fingidas, en odios vehiculados a través de programas de TV3, Cataluña Radio, el Triangle o el Avui; con la colaboración de maestros y libros de texto; mediante retransmisiones deportivas sesgadas y aduladoras de los peores instintos gregarios y a través del Barça, esa selección de la República catalana que centrifuga andaluces y gallegos y los saca nacionalistas.

 

 

 

Estamos ante el nacimiento de una nación a través de una guerra de propaganda y manipulación de sentimientos. Es la amígdala, ese centro cerebral de las emociones y los instintos tribales, quien dirige hoy los fines nacionales de Cataluña. Es la casa del Volkgeist, lugar de ritos y mitos irracionales, de hordas y fanatismos.

 

 

 

Hoy Cataluña es un aquelarre, no una fábrica. Y contra eso no se puede razonar ni, posiblemente, luchar. Ahí tienen el ejemplo contemporáneo del terrorismo islámico. No sería suficiente todo el oro del mundo para comprar a los suicidas de Al Queda: lo hacen gratis, en nombre de Alá, una fuerza que nace del espíritu.

 

 

 

Un fantasma recorre España: el nacionalismo. Es una fuerza espiritual circunstancialmente vestida con harapos económicos. Hoy, en España el paro o el desastre educativo, la desintegración familiar o los programas basura de la televisión no movilizan fuerza alguna, pero dos ciudades enteras, Sevilla y Vigo, se echaron a la calle hace unos años ante la amenaza de que sus equipos bajaran a Segunda por no pagar los atrasos. A esa fuerza me refiero, la de las emociones, la de los sentimientos inflamados, la irracional. Cuando prende, nadie la para. Su mayor aliado es la indiferencia ciudadana, la ceguera intelectual ante su amenaza o el desprecio de su fuerza.

 

 

 

Pronto sustituirán a los actuales gobernantes las generaciones amamantadas en el resentimiento por una nación ocupada. La caja de Pandora espera, impaciente, la promesa del pueblo elegido.

 

 

 

Ese sueño lo alimentan cada día con lamentos y nuevas frustraciones. Material del espíritu: símbolos, senyeras, fútbol, quejas. Por eso, el peor error que podrían cometer nuestros gobernantes ahora sería cederles las selecciones deportivas.

 

 

 

Si Alemania o Francia tienen un sentimiento nacional profundo se debe fundamentalmente a su participación en las dos Grandes Guerras del siglo XX. Nada unió nunca tanto a los españoles como la Guerra de la Independencia. Esos tiempos de tragedia unen a la gente ante el enemigo, pero hoy no hay otro enemigo que el deportivo. Es en el fútbol, y en general en las competiciones deportivas, donde se pueden expresar legalmente sentimientos y pasiones por los colores o los símbolos y donde se permiten exabruptos, insultos u odio al rival.

 

 

 

Dadles las selecciones y España habrá dejado de existir como sentimiento colectivo. Representar un enfrentamiento España-Cataluña de fútbol sería la demostración inapelable de sus diferencias nacionales. Nadie podría ya coser esa fractura. Deshilachar el resto sólo sería entonces cuestión de tiempo.

 

Por Antonio Robles

 

 

Libertad Digital, suplemento Ideas, 19 de abril de 2006.

¿Qué es metapolítica?

Hace exactamente setenta años, en la Escuela Superior Alemana de Política, el filósofo Max Scheler, la mente más fértil de aquella hora, al decir de Ortega y Gasset, sostenía en su conferencia titulada El hombre en la etapa de la nivelación que: "Y aunque demasiado restringida a la crítica de la cultura, esté madura para la realidad de la vida, de manera que sea capaz también de aparecer en el espíritu de nuestra política, a fin de suplantar a los gobernantes y mantenedores de la presente conducción alemana".

La idea que se desprende de esta cita es que el trabajo intensivo en el orden cultural es condición previa y necesaria para la toma del poder político. He aquí la primera acepción de metapolítica, como mera actividad cultural, pero que precede necesariamente a la acción política.

Pocos son los que saben que éste es el antecedente más lejano de la noción de metapolítica que comenzó a manejarse a fines de los sesenta por un grupo cultural francés conocido como nouvelle droite.

Su animador principal va a atribuir, no a Scheler sino al marxista italiano Antonio Gramsci, la paternidad de la idea al sostener explícitamente que: "Gramsci ha mostrado que la conquista del poder político pasa por aquella del poder cultural".

Así pues, la metapolítica en una primera acepción significa la tarea de desmitificación de la cultura dominante cuya consecuencia natural es quitarle sustento al poder político, para finalmente reemplazarlo, y para esto último hay que hacer política.

Y acá surge la paradoja de la nouvelle droite, desde este punto de vista, y es que adoptando esta primera acepción ha querido desarrollar metapolítica sin política. Así lo afirma enfáticamente su fundador cuando sostiene: "Donde nosotros hemos siempre situado nuestra acción es sobre un plano metapolítico o transpolítico, a la vez cultural y teórico, y es ésta una vocación que no sabríamos cambiar".3   Sobre este tema, el politólogo Marco Tarchi observa que la nouvelle droite no lleva a cabo ninguna acción política partidaria, pues considera que los partidos políticos han sido superados en poder e iniciativa por los mega aparatos massmediáticos y que, es allí en donde esta corriente de pensamiento intenta llevar adelante la disputa.

No obstante esta acertada observación, el hecho de autolimitarse y limitar la metapolítica a una tarea cultural sin proyección política, tiende a reducir a esta corriente a una especie de torre de cristal cartesiana en donde la competencia por sutilezas teóricas reemplaza, muchas veces, al compromiso con la realidad política por parte de sus cultores.

Una segunda significación del concepto de metapolítica la encontramos en la convergencia, sobre este tema específico, de las corrientes hermenéuticas y analíticas. La filosofía hermenéutica, al tener la preocupación por la historia de los conceptos que lleva a cabo a través de la reflexión sobre el lenguaje con el rescate del "contexto" de los conceptos políticos en tanto condición indispensable para comprender, converge con la crítica analítica de los conceptos, con la diferencia que esta última tiende a la adopción de un lenguaje conceptual unívoco como el de las ciencias duras.

Manfred Ridel, discípulo y continuador de Leo Strauss, afirma esta coincidencia explícitamente al sostener que: "La metapolítica exige una analítica de los conceptos en el sentido de una reflexión hermenéutica y analítica de las actuales opiniones políticas preconcebidas, que es la que ha de abrir el acceso a una política sin metafísica política".4 

Vemos pues, claramente, como la intención de esta línea interpretativa consiste en intentar la disección de las opiniones políticas preconcebidas a través del análisis del lenguaje político pero sin predicación de existencia, presupuesto metafísico de la filosofía analítica. Esto es, una filosofía sin metafísica.

Se observa en esta segunda acepción de metapolítica una paradoja irresoluta, pues en tanto que hermenéutica sabe que toda interpretación presupone una valoración, y en tanto que analítica, se autolimita al terreno exclusivamente neutral-descriptivo, con el agravante de la suspensión del juicio de valor, como consecuencia de la no predicación de existencia.

Esta concepción de la metapolítica tendiente a eliminar toda metafísica política de la política, no deviene en otra cosa que en la justificación del status quo reinante.

Una tercera acepción de la metapolítica está dada por lo que se denomina tradicionalismo, corriente filosófica que se ocupa del estudio de un supuesto saber primordial común a todos las civilizaciones. Cabe distinguir este tradicionalismo que por definición es ahistórico, de la tradición de un pueblo particular como historia de valores a conservar.

El máximo representante de esta corriente, en este tema, es el italiano Silvano Panunzio quien en su obra Metapolítica: La Roma eterna e la nueva Gerusalemme (Roma, 1979) se ocupa detalladamente de los fundamentos de la metapolítica y su funcionalidad en nuestro tiempo.

Sin embargo, es su continuador el agudo pensador italo-chileno Primo Siena, quien mejor define esta significación de metapolítica cuando sostiene: "Trascendencia y metapolítica son conceptos correlativos, por ser la metapolítica veraz expresión de una ciencia no profana y más bien sagrada; ciencia que por lo tanto se eleva a la altura de arte regia y profética que penetra en el misterio escatológico de la historia entendido como proyecto providencial que abarca la vida de los hombres y de las naciones. Por consiguiente, la metapolítica expresa un proyecto que –por la mediación de los Cielos– los hombres rectos se esfuerzan de realizar en la tierra, oponiéndose a las fuerzas infernales que intentan resistirles".5 

Se desprende de la larga cita precedente que para esta interpretación la metapolítica es el fundamento último de la política y a la vez establece el paradigma en función del cual la política debe actuar. En definitiva, para esta línea interpretativa, la metapolítica es la metafísica de la política.

Hemos visto tres claras acepciones de la noción de metapolítica, en primer lugar, aquella de la nouvelle droite que pretende hacer metapolítica a secas; esto es, sin política. En segundo término, tenemos la postura analítico-hermenéutica que aspira a realizar metapolítica sin metafísica política. Y por último, tenemos la posición del tradicionalismo esotérico que intenta hacer metapolítica como metafísica política.

Ante este cuadro, forzosamente sucinto, de la polémica en torno al medular concepto de metapolítica, cabe preguntarse si las posturas son contradictorias, complementarias o si, en todo caso, existe la posibilidad de ofrecer otra acepción.

Existe una cierta coincidencia entre las dos primeras corrientes en cuanto a que la metapolítica es una reflexión crítica acerca de los preconceptos de la política. En tanto que la diferencia entre ambas se encuentra en la relación entre metapolítica y política. Así, mientras la nouvelle droite niega toda relación, la analítica-hermenéutica afirma que "abre el acceso a la política". Se da en esta comparación una coincidencia metodológica y una disidencia de carácter funcional.

Si comparamos ahora, estas dos corrientes con la tercera, no existe ni siquiera una coincidencia de carácter metodológico, dado que el tradicionalismo no se propone un acceso metódico al saber metapolítico, sino que se limita a proponer un paradigma metapolítico –la ciudad primigenia como ciudad espiritual o civitas Dei– a la actividad política. Y si bien hay una cierta coincidencia con la corriente analítico-hermenéutica en cuanto a que las dos otorgan funcionalidad política a la metapolítica, ambas entran en flagrante contradicción puesto que una propone una política sin metafísica en tanto que el tradicionalismo alienta una metafísica política.

Conclusión

Sin pretender agotar el tema y al mismo tiempo evitar caer en un sincretismo acomodaticio nosotros proponemos la siguiente acepción de metapolítica.

Como su nombre lo indica en griego thá methá politiká, la metapolítica es la disciplina que va más allá de la política, que la trasciende, en el sentido que busca su última razón de ser, el fundamento no-político de la política. Es una disciplina que tiene una doble cara, es filosófica y política al mismo tiempo.

Es filosófica en tanto que estudia en sus razones últimas las categorías que condicionan la acción política de los gobiernos en turno, pues, "entiende la política desde las grandes ideas, la cultura de los pueblos, los mitos movilizadores de la historia".6 

Y es política, en cuanto busca con su saber crear las condiciones "para suplantar a los gobernantes y mantenedores de la presente conducción", según palabras de Max Scheler.

Como disciplina filosófica exige un método y éste puede ser el fenomenológico-hermenéutico, realizando la epojé (puesta entre paréntesis) de las opiniones pretéritas, preconceptuales o ideológicas, para intentar una descripción eidética (de los rasgos esenciales) lo más objetiva posible de los "hechos mismos". Para, en un segundo momento, pasar a la interpretación del lenguaje político.

Hasta aquí coincidiríamos en parte con la segunda corriente, pero la metapolítica, para nosotros a contrario sensu que ésta, no puede quedarse en un mero juicio descriptivo, sino que por su doble carácter de filosófica y política está obligada a emitir juicios de valor intentados. Y esto último, la emisión de juicios de valores, en la crítica cultural, no conformista y contra corriente al discurso massmediático del establishment es el mérito más significativo de la nouvelle droite.

En cuanto a la tercera acepción, la tradicionalista, creemos que la misma se vincula mucho más estrechamente, tanto por su saber iniciático y esotérico como por su propuesta paradigmática, a una teología política que a una disciplina reflexiva y esotérica como la metapolítica.

Además, la metapolítica en cuanto disciplina bivalente no es un pensamiento simplemente teorético sino que exige abrirse a la acción política como productora de sentido dentro del marco de pertenencia o ecúmene cultural donde se sitúa el metapolítico.

Resumiendo nuestra propuesta, tenemos una disciplina cuyo objeto es doble. Es filosófico (se ocupa de los fundamentos no-políticos de la política) y político (se ocupa de la proyección político-social de dichos fundamentos). Que puede utilizar con provecho el método fenomenológico-hermenéutico, pero que por su carácter de bivalente está obligada a emitir juicios de valor (prácticos) y no solamente juicios descriptivos (teoréticos). Al tiempo que por su propia índole exige el acceso a la política.

 Notas

1 M. Scheler, Metafísica de la libertad, Buenos Aires, Nova, 1960, p. 189.

2 A. de Benoist, Orientations pour des années décisives, París, La Labyrinthe, 1982, p. 12.

3 Benoist, op. cit., p. 12.

4 M. Riedel, Metafísica y metapolítica, Buenos Aires, Alfa, 1976, p. 8.

5 P. Siena, "La metapolítica y el destino superior de nuestra América romántica", Conferencia en III Encuentro Iberoamericano de Metapolítica, Viña del Mar, agosto de 1995, p. 2.

6 J. A. Vásquez Márquez, "Encuentro de la América Románica", Revista Ciudad de los Césares, núm. 44, Santiago de Chile, 1996, p. 33.

Alberto Buela

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 26, noviembre de 1999

La libertad en peligro: las democracias populares latinoamericanas

En el siglo XIX, Lord Acton proclamó que la democracia puede llegar a ser "la mayor amiga de la libertad o su más implacable enemiga". La clave para distinguir una u otra alternativa es especificar los valores que una sociedad determinada aprecia.

Si un pueblo valora la libertad por encima de todas las cosas, entonces obligará a su Gobierno a limitarse, a través de los controles y los balanceos. En ese tipo de comunidad la regla es el respeto por los derechos individuales. Sin embargo, si lo que una población estima más es la "seguridad" –los llamados "derechos sociales"–, entonces no habrá freno a la intromisión del poder político y burocrático, que controlará hasta los mínimos detalles de la vida de cada ciudadano.
 
Y lo que la historia ha demostrado contundentemente es que cuando se da prioridad a la "seguridad social", es decir, a tener alimentos, vivienda, trabajo y salud asegurados por el Estado, entonces se pierde la libertad, e, irónicamente, también perdemos la seguridad, porque entonces los derechos individuales son sistemáticamente violados.
 
Al primer tipo de democracia se la conoce con el nombre de "liberal", al segundo como "popular". Y fueron los soviéticos quienes tuvieron la idea de llamar "democracias populares" a los totalitarismos que impusieron en gran parte del mundo. Por ello no es casualidad que en muchas de esas naciones, luego de la caída del Muro de Berlín, resurgieran con vigor las "democracias liberales", especialmente en Europa Oriental. La razón es que, por la experiencia sufrida, esa gente sabía cuánto cuesta –económicamente y en sufrimientos– el "paternalismo" de la casta gobernante.
 
Cuando se pensaba que, tras el derrumbe de los totalitarismos en Europa y en la ex Unión Soviética, ya no quedaba nada por aclarar, las "democracias populares" comenzaron a brotar como hongos en América Latina. Por aquí su mentor fue Alberto Fujimori, en el Perú; luego le siguió Hugo Chávez en Venezuela, y hoy en día se van extendiendo como mancha de aceite por Latinoamérica entera.
 
Tras un titubeo que duró un año, con marchas y contramarchas, finalmente el presidente del Uruguay, Tabaré Vázquez, se integró en este nefasto "clan". Vázquez confirmó el 15 de marzo en Caracas que "Uruguay está en Telesur", el canal multiestatal con sede en Venezuela. La Televisora del Sur es un "medio de comunicación audiovisual hemisférico" creado a instancias de Hugo Chávez. Participan los gobiernos de Argentina (20 %), Uruguay (10 %), Venezuela (51 %) y Cuba (19 %).
 
En el proyecto enviado al Parlamento el Ejecutivo señala que la participación de Uruguay en Telesur se explica por la necesidad de "medios que reflejen visiones comunes desde una óptica latinoamericana". También señala que Telesur contribuirá a que los "habitantes de América Latina cuenten con más opciones a la hora de informarse, lo que tendrá como consecuencia un fortalecimiento del sistema democrático (...) La diversidad y el poder elegir los contenidos de la comunicación son previos para la participación democrática".
 
Como esta película, lamentablemente, ya la vimos, sabemos cuál es el segundo capítulo: perseguir, amedrentar y clausurar a la prensa independiente.
 
En lo que podría ser una señal de advertencia, hace poco Vázquez aseguró que su Administración defenderá y estimulará la "democratización" de los medios de comunicación. Cuando un presidente declara eso, hay que ponerse a temblar.
 
Asimismo, el 26 de marzo los uruguayos debieron darse un chapuzón en esta "democracia popular" que aceleradamente se está imponiendo al país. Ese día hubo elecciones en el Banco de Previsión Social para elegir a los representantes de los activos y de los pasivos en el directorio de dicho organismo estatal. El actual Gobierno dispuso la obligatoriedad de votar específicamente por un delegado, so pena de multa. Así, al mejor estilo cubano, a los asalariados se les obligó a votar por un candidato único que nadie conoce ni sabe mucho de él. Y lo justificaron con el argumento de que así se logra una mayor participación popular en los asuntos comunes.
 
¿Seremos capaces de reaccionar a tiempo, antes de que caiga definitivamente la noche?
 
 
© AIPE
 
Hana Fischer, analista política uruguaya.
Libertad Digital, suplemento Exteriores, 10 de abril de 2006

 


 

Antonio Gramsci

Hubo un tiempo en que se leía a Marx. Hoy, es dogma. No solamente está de moda: la inmensa mayoría de lo que se publica en el dominio ideológico se sitúa en el interior del marxismo. El marxismo, y sus epígonos que introdujeron un cierto número de variaciones personales (Lukács, Rosa Luxemburgo, Wilhelm Reich..), se han instalado en la cultura popular y en los análisis massmediáticos de un modo subliminal, penetrándolo todo, aun sin darnos cuenta.

Antonio Gramsci es, junto con Lukács, el más célebre de los "marxistas independientes". Es también, y sobre todo, el teórico del "poder cultural".

Nacido en Cerdeña en 1891, una leyenda a lo Don Bosco hizo de él el hijo de un pastor. De hecho, su padre fue un funcionario estatal. A los tres años, a consecuencia de una desgraciada caída por la escalera, se deforma la columna vertebral, quedando jorobado para el resto de su vida. A los diecisiete años, una beca le permite acceder a la universidad de Turín, a donde llega en 1911.

Dos años más tarde se afilia al Partido Socialista Italiano (PSI), donde milita en el "ala izquierda". Comienza a escribir en el diario "Avanti" y en el semanario "Grido del popolo". El 1 de mayo de 1911, junto con Terracini y Palmiro Togliatti, lanza el semanario "L´Ordine nuovo".

El mundo comunista se encontraba entonces en plena ebullición. A partir de 1918 ciertas corrientes se pronuncian por un "apoyo crítico" al bolchevismo ruso. Estas corrientes rechazan aceptar sin contestación la hegemonía de la Komintern (la Internacional Comunista). En Alemania, es el caso de los grupos que, en 1920, se agruparon en el KAPD (Partido Comunista Obrero Alemán), con Rosa Luxemburgo y Karl Korsch; en los Países Bajos, de los "consejistas" de Pannekoek. Su oposición queda mostrada en la acción parlamentaria, que consideran inadecuada para la lucha por el socialismo, y en el papel de los sindicatos, puesto que dudan de sus virtudes revolucionarias.

Esta posición será duramente criticada por Lenin en su obra El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

En Italia, en el interior del PSI, se enfrentan dos grupos "izquierdistas": el dirigido por Amadeo Bordiga y el liderado por Antonio Gramsci.

Reagrupados desde Nápoles en torno al diario "Il Soviet", los bordiguistas proponen la creación de un partido revolucionario ultrajerarquizado y ultracentralizado. La dirección de "L´Ordine nuovo", al contrario, opone el "comunismo de los consejos" al "comunismo del partido": denuncian el ; es decir, la idea de que todo debe estar subordinado a los intereses del partido.

El sindicato, escribe Gramsci, , consistente en , lo cual nada tiene que ver con la revolución. En cuanto a la , ligada al burocratismo y al elitismo, se traduce en (Notas sobre Maquiavelo). Conclusión: el partido y el sindicato pueden ser agentes de la revolución, pero no pueden ser formas privilegiadas, ni la revolución puede confundirse con ellos.

Con su figura corvada, su gruesa nariz, su melena negra y sus eternos "quevedos", Gramsci está presente en todos los congresos, donde lanza su célebre palabra de orden: .

Paralelamente elabora una teoría del "consejismo de las factorías". La idea central es que el proletariado debe instituir su dictadura mediante organismos creados espontáneamente en su seno. Aquí, la palabra-clave es "espontáneamente": implica un retorno a la base.

Bordiguistas y "social-traidores"

 

Gramsci se vuelca hacia los "consejos de las factorías", que supone la síntesis entre la infraestructura económica y la superestructura política: en el penúltimo estadio de la sociedad comunista, el Estado mundial de los proletarios nacerá de la coalición entre los consejos de las factorías y los consejos de los campesinos. Será la .

.

Desde abril hasta septiembre de 1920, un inmenso movimiento de huelga general sacude el norte de Italia. Es todo un acontecimiento: ("L´Ordine nuovo", 14-04-1921). Desde Turín, Antonio Gramsci anima los "soviets de empresa". .

Pero el entusiasmo se derrumba con la misma rapidez con la cual había surgido. El ala derecha del PSI "rompe" el movimiento. La socialdemocracia pierde terreno. Por lo demás, la decisión de Lenin de acelerar las escisiones comunistas en el seno de los partidos comunistas precipita los acontecimientos. El 21 de enero de 1921, en Livorna (Suiza), la "Fracción Comunista" (FC) del PSI se transforma en el Partido Comunista Italiano (PCI). Gramsci y Togliatti participan en su fundación, pero es Bordiga quien toma el control del partido.

Poco tiempo después una nueva crisis se declara en la Internacional. Inquieto ante los progresos de la "reacción", Lenin propone una estrategia de Frente Popular. Bordiga, en Italia, rechaza colaborar con los "social-traidores". Asegura que el fascismo, , desaparecerá automáticamente con ella. Esta actitud sectaria le priva del apoyo de las masas. El 29 de octubre de 1922, los fascistas llegan a Roma después de su larga marcha; al día siguiente, Mussolini accede al poder.

Pocos meses antes, en Moscú, Gramsci había sido designado miembro del Comité Ejecutivo de la Komintern. Meditando la importancia y la gravedad del desacuerdo entre el PCI y el Kremlin, decide atacar a los bordiguistas y tomar, desde el interior, el control del partido. Pero los apoyos que esperaba no se materializan. En Alemania, una tentativa de alianza entre socialistas y comunistas fracasa en octubre de 1923. Moscú, que creía en la posibilidad de la formación de una internacional de izquierdas, animada por Bordiga con el apoyo de Trotsky (ya en la oposición), encuentra la ocasión para desarrollar una ofensiva contra la "derecha". Gramsci se encuentra solo.

En enero de 1924 es elegido diputado por Venecia. El 12 de febrero lanza el diario "L´Unitá". En enero de 1926, el congreso del PCI debe celebrarse en Lyon, en Francia. Gramsci imponen sus tesis y es nombrado secretario general. Pero es demasiado tarde: carente ya de electorado, desgarrado por luchas intestinas, el partido es ilegalizado el 8 de noviembre y entra en la clandestinidad. Gramsci es arrestado y enviado a la isla de Utica, condenado a veinte años de prisión.

Allí, en su celda, escribe sus textos más importantes: los Cuadernos de prisión. Treinta y tres tomos, tres mil páginas manuscritas.

Libre de las contingencias de la acción, Gramsci repasa toda la praxis del marxismo-leninismo. Reflexiona, en particular, sobre la gran huelga general socialista de 1920. ¿Cómo lograr que la conciencia de los hombres actúe según aquello que debería dictarle su situación de clase? ¿Cómo es que los estratos dominantes se hacen obedecer "naturalmente" por los estratos dominados? Gramsci responde a estas cuestiones mediante el estudio de la noción de "ideología", y operando una distinción decisiva entre "sociedad política" y "sociedad civil".

La teoría del poder cultural

 

Por "sociedad civil" (termino ya usado por Hegel y, por cierto, criticado por Marx) Gramsci designa el conjunto del sector "privado"; es decir, el sistema de necesidades, la jurisdicción, la administración, las corporaciones, pero también los dominios intelectual, religioso y moral.

El gran error de los comunistas ha sido creer que el Estado se reduce a un simple aparato político. Pero, ; es decir, dirige por medio de una ideología implícita, que reposa sobre los valores admitidos por la mayoría de los societarios. Este aparato "civil" comprende la cultura, las ideas, los modos, las tradiciones –e incluso el "sentido común".

En otras palabras, el Estado no es solamente un aparato coercitivo. Al lado de la dominación directa, del mando que ejerce por medio del poder político, también se beneficia, gracias a la actividad del poder cultural, de (cfr. la distinción hecha por Althusser entre el y los ).

Separándose aquí de Marx, que reduce la a la infraestructura económica Gramsci asegura (sin percibir todavía que la ideología también está ligada a las mentalidades; es decir, a la constitución mental de los pueblos) que es en la sociedad civil donde se elaboran y difunden las visiones del mundo, las filosofías, las religiones y todas las actividades intelectuales o espirituales, explícitas o implícitas, por medio de las cuales se forma y se perpetúa el consenso social. Por ello, reintegrando la sociedad civil al nivel de la superestructura y agregándole la ideología, de la que ella depende, Gramsci distingue, en Occidente, dos formas de superestructura: por una parte la sociedad civil, por la otra la sociedad política o el Estado propiamente dicho.

Mientras en Oriente el Estado lo es todo, en tanto la sociedad civil es , en Occidente, los comunistas deben ser conscientes del hecho de que lo "civil" se ajusta a lo "político". Si Lenin, que ignoraba tal cosa, pudo acceder al poder, fue precisamente porque en Rusia la sociedad civil era prácticamente inexistente. En las sociedades desarrolladas, no es posible la toma del poder político sin la previa captura del poder cultural: <por un largo trabajo ideológico en la sociedad civil que permita preparar el terreno>> (Hélène Védrine, Las filosofías de la historia, 1975). El "paso al socialismo" no pasa ni por el putsch ni por el enfrentamiento directo, sino por la subversión de los espíritus.

El premio de esta "guerra de posiciones": la cultura, que es el puesto de mando de los valores y las ideas.

Gramsci rechaza a la vez el leninismo clásico (teoría del enfrentamiento revolucionario), el revisionismo estaliniano (estrategia del Frente Popular) y las tesis de Kautsky (constitución de una vasta concentración obrera). El "trabajo de partido", pues, consistiría en reemplazar la por la . Conquistada por valores que ya no serán los suyos, la sociedad vacilará sobre sus bases. Y entonces será la hora de explotar la situación sobre el terreno político.

De ahí el rol designado a los intelectuales: . El intelectual es aquí definido por la función que ejerce frente a un tipo dado de sociedad o de producción. Escribe Gramsci: <orgánicamente, una o varias capas de intelectuales, que le dan su homogeneidad y la conciencia de su propia función, no solamente en el dominio económico, sino también en los dominios social y político (Los intelectuales y la organización de la cultura).

A partir de esta definición (demasiado extensa), Gramsci distingue entre los intelectuales orgánicos, que aseguran la cohesión ideológica de un sistema, y los intelectuales tradicionales representantes de los antiguos estratos sociales que persisten a través de las relaciones de producción.

A partir de los intelectuales "orgánicos", Gramsci recrea el sujeto de la historia y de la política, el Nosotros organizador de los otros grupos sociales, por retomar la expresión de Henri Lefebvre (El fin de la historia, 1970). El sujeto ya no es Príncipe, ni el Estado, ni el Partido, sino la Vanguardia intelectual ligada a la clase obrera. Es ella quien, mediante un , cumple una "función de clase" convirtiéndose en portavoz de los grupos representantes en las fuerzas de producción.

La Vanguardia intelectual es quien debe dar al proletariado la y la conciencia necesaria para asegurar su hegemonía –concepto que, en Gramsci, reemplaza y desborda al de "dictadura del proletariado" (en la medida en que desborda la política para englobar la ideología).

Pluralismo y consenso evanescente

 

De paso, Gramsci detalla todos los medios que estima propios para la : apelación a la sensibilidad popular, inversión de los valores del poder creación de , promoción del teatro, del folklore, del cine. Para la definición de estos objetivos, se inspira en la experiencia inicial del fascismo y su estrecha vinculación con la cultura vanguardista (con el futurismo, particularmente). L comunismo, dice, debe resolver sus problemas teniendo en cuenta la experiencia soviética, pero sin seguir pasivamente este modelo. Esto le conduce a subrayar la especificidad de las problemáticas nacionales. La acción y la estrategia políticas no pueden, a sus ojos, negar la complejidad de las sociedades, ni el temperamento, la mentalidad, la herencia histórica, la cultura y la tradición de las naciones, ni mucho menos las relaciones de las clases entre sí (incluyendo sus aspectos ideológicos), etc.

Gramsci comprende muy bien que el postfascismo no será socialista. Pero piensa que este periodo, durante el cual reinará de nuevo el liberalismo, será una excelente ocasión para practicar la subversión cultural, pues el socialismo estará moralmente en una posición de fuerza.

De este surgirá un nuevo bloque histórico, bajo la dirección de la clase obrera, en tanto que los intelectuales tradicionales serán asimilados o destruidos. Por , noción formada a partir, especialmente, de la situación en el Mezzogiorno italiano, Gramsci entiende un sistema de alianzas políticas que asocien la infraestructura y la superestructura, centrado en torno al proletariado y basado en la "historia"; es decir, sobre las clases y la estructura de las clases en la sociedad.

Esta visión se ha revelado profética. No solamente porque es en los regímenes liberales donde la subversión tiene una mayor libertad de actuación, sino también porque tales regímenes, siendo pluralistas, son el lugar de un débil consenso que favorece la inmersión de los intelectuales en las luchas políticas. (¿Qué es la ideología?, 1976).

Se llega así a un círculo vicioso. La actividad de los intelectuales contribuye a destruir el consenso general, la difusión de las ideologías subversivas se ajusta a los defectos intrínsecos de los regímenes pluralistas. Pero, contra más se reduce el consenso, más se fortalece la demanda ideológica, a la cual responde la actividad de los intelectuales. Así, el efecto es contrario a la mayoría ideológica.

Antonio Gramsci murió de tuberculosis el 25 de abril de 1937. Su hermana Casilda reunió sus Cuadernos y los puso en circulación.

En la primavera de 1944, el PCI aguardaba su gran día bajo la dirección de Palmiro Togliatti (1893-1964). Retomando por cuenta una parte de las tesis de Gramsci se convirtió en el abogado del "policentrismo" –de la ortodoxia plural de los diferentes partidos comunistas. A principios de 1960, esta tesis ejercerá una fuerte influencia sobre los jóvenes comunistas disidentes.

En Italia, la obra completa de Gramsci fue publicada entre 1948 y 1950. Su biografía "oficial" apreció en 1951.

El izquierdismo europeo (el "marxismo occidental", en la terminología de Gramsci) pronto comprendió la lección esencial de Gramsci. A saber: que la mayoría ideológica es más importante que la mayoría parlamentaria y que la primera siempre anuncia la segunda, en tanto la segunda, sin la primera, está llamada a derrumbarse.

["Contrafiguras", Vu de Droite], de Alain de Benoist. Traducción: Santiago Rivas.