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Políticamente... conservador

Tradición religiosa y política

Católicos en la política: ¿Hasta dónde es posible el compromiso?

Leyendo la Instrucción Pastoral de los Obispos españoles “Teología y secularización en España. A los cuarenta años de clausura del Concilio Vaticano II”, me encuentro, casi al final del documento, con estas palabras: “Quienes reivindican su condición de cristianos actuando en el orden político y social con propuestas que contradicen expresamente la enseñanza evangélica, custodiada y transmitida por la Iglesia, son causa grave de escándalo y se sitúan fuera de la comunión eclesial” (n. 65).


El texto remite, a pie de página, a la “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”, de 24.11.2002, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En esta “Nota” se recuerda que cuando “la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad”. Es el caso, entre otros, que se plantea a la hora de salvaguardar “la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad”.

En temas de este calado, no cabe, según se deduce de estas declaraciones, ni la ambigüedad ni el compromiso, sino que se impone, como una obligación de la propia conciencia rectamente formada, la coherencia. Aunque cueste. Aunque salga caro. Aunque no sea rentable. Y nadie puede descalificar la necesidad de que todos, también los políticos, intenten ser coherentes con los dictados de su conciencia.

No es utópico pensar que la conciencia de un cristiano, o la de un hombre de bien, pueda chocar con una disposición legal positiva. La historia está sembrada de casos de ese tipo. Baste recordar a figuras como Tomás Moro o, más recientemente, al Rey de los Belgas, Balduino I.

Pero, a veces, el conflicto, más que inevitable, es buscado, o al menos no evitado, cuando fácilmente podía serlo. Será muy raro, por poner un ejemplo, que en un Ayuntamiento no se encuentre un concejal que se preste a asistir a un “matrimonio” de dos personas del mismo sexo. Lo que sí resulta paradójico es que, si en esa Corporación Municipal hay algún cristiano, sea precisamente él el que se ofrezca voluntariamente a celebrar el “enlace”.

Es evidente que la conciencia personal de ese representante político ha de ser respetada y podemos pensar que tendrá sus razones para actuar como actúa. Lo que ya resulta más dudoso es que a esa persona la veamos “repicando y en la procesión”. O comulgando un día, como un católico devoto, y al día siguiente obrando como un católico que sea coherente con lo que la Iglesia enseña no puede nunca obrar.

La Iglesia no puede imponer nada a los políticos, pero sí puede recordarles, a todos, la necesidad de la coherencia. Y si son católicos, puede pedirles que, si desean seguir siéndolo, no traicionen públicamente, con el consiguiente posible escándalo, los preceptos de su fe. Difícil tarea y ardua responsabilidad para pastores y fieles. Difícil, pero necesaria y urgente.


Guillermo Juan Morado (Doctor en Teología).

Análisis Digital, 4 de agosto de 2006

El alto el fuego en el Líbano es posible y, por tanto, un deber, asegura el Vaticano

Declaraciones del secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 27 julio 2006 (ZENIT.org).- Si bien la Santa Sede valora aspectos positivos de la Conferencia internacional para el Líbano que se celebró en Roma este miércoles, ha manifestado su decepción ante la falta de determinación para exigir el alto el fuego.

Así lo ha explicado este jueves el arzobispo Giovanni Lajolo, secretario para las Relaciones con los Estados, en una entrevista concedida a «Radio Vaticano» en el que analiza los resultados de esta cumbre en la que estuvo presente como observador (sin derecho a tomar la palabra).

La falta de un acuerdo sobre el alto el fuego explica, según el prelado, el que en muchos sectores de la opinión pública se haya considerado como decepcionante este encuentro, promovido por los gobiernos de los Estados Unidos y de Italia, con la participación de otros 16 países, entre los que destacan los miembros del Grupo sobre el Líbano, y de organizaciones internacionales.

«No se logró la unanimidad de los participantes, pues algunos países consideraban que el llamamiento no habría tenido el efecto deseado. Se consideraba más realista expresar el propio compromiso para obtener, sin dilación, el cese de las hostilidades: compromiso asumido y que puede ser de hecho mantenido», explica el representante vaticano.

«Una suspensión inmediata de las hostilidades es posible, por tanto, es un deber», aclara en la entrevista.

Según explica, «la posición de quien considera que ante todo hay que crear las condiciones para que no se vuelva a violar la tregua es sólo de un realismo aparente, pues estas condiciones pueden y deben crearse con otros medios que no sean la muerte de personas inocentes».

En este sentido, considera también «problemático» el que en la declaración final, redactada por los representantes de Estados Unidos (la secretaria de Estado Condoleeza Rice) e Italia (el ministro de Asuntos Exteriores, Massimo D’Alema) se limitaran «a invitar a Israel a ejercer la máxima moderación».

«Esta invitación tiene por su propia naturaleza una inevitable ambigüedad, pues el respeto por la población civil inocente es un deber preciso e impostergable», afirma.

El arzobispo señala, sin embargo, cuatro elementos positivos de esta conferencia.

En primer lugar, «el hecho de que los países de diferentes partes del mundo, desde Canadá hasta Rusia, se hayan reunido con la conciencia de la gravedad de lo que está sucediendo en el Líbano, reafirmando la necesidad de que éste recupere cuanto antes su plena soberanía, y que se hayan comprometido a ofrecerle su propia ayuda».

El segundo aspecto positivo citado por Lajolo es «la petición de conformar una fuerza internacional, bajo el mandato de las Naciones Unidas, que apoye a las fuerzas regulares libanesas en materia de seguridad».

En tercer lugar, subraya el compromiso de la Conferencia «por ofrecer ayuda humanitaria inmediata al pueblo del Líbano y la garantía de un apoyo a su reconstrucción con la convocación de una conferencia de donantes».

Por último, considera también positivo «el compromiso adoptado por los participantes, tras la clausura oficial de la Conferencia, de mantenerse en continuo contacto sobre los ulteriores desarrollos de la intervención de la comunidad internacional en el Líbano».

El secretario de Estado, el cardenal Angelo Sodano, quien este miércoles por la tarde recibió en el Vaticano al primer ministro libanés, Fouad Siniora, tras la conclusión de la Conferencia, en una entrevista concedida este jueves a «Il Corriere Della Sera» también manifestó su decepción ante la falta de un acuerdo sobre un «alto el fuego inmediato».

«Nos encontramos antes un problema humanitario de primer orden y en su solución todos los hombres de buena voluntad deberían encontrar la manera de colaborar», dice el purpurado que estará en este cargo hasta septiembre.

«También hay que salvaguardar la integridad del Líbano, pero obviamente hoy hay que dar la prioridad a las vidas humanas», añadió el cardenal Sodano, subrayando que el Papa sigue lo que sucede en ese país con gran atención y preocupación.
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La unidad de España como bien moral

¿Qué relación existe entre España y el cristianismo? El asunto puede ser analizado desde dos perspectivas: política o moral. Desde el punto de vista político, el debate sería en qué medida el cristianismo, la unidad católica, es un bien político para España. Desde el punto de vista cristiano, la cuestión es la de si España, como unidad política constituye un bien moral.

La primera perspectiva es la propia del debate, muy importante en el pasado, pero hoy preterido, de cuál es el papel del Cristianismo en la conformación de España como nación. La segunda perspectiva, es más reciente. La festividad de Santiago Apóstol, patrón de España y el debate suscitado en la Conferencia Episcopal Española por los cardenales Rouco y Cañizares son dos buenos motivos para reflexionar sobre esta cuestión: ¿es la unidad de España un bien moral?

La verdad como bien moral

Cualquier reflexión cristiana sobre España debe partir de una primera premisa y es el respeto a la verdad. Sin verdad no hay cristianismo. La sentencia evangélica –"la verdad os hará libres" (Jn. 8, 32)– constituye un presupuesto no negociable para cualquier reflexión cristiana. Y ese presupuesto existe para la moral privada y también para la moral pública. Así lo dijo la Conferencia Episcopal Española: "la vida política tiene también sus exigencias morales".

Partiendo de esta idea hay que sentar una segunda premisa: independientemente de cómo se la califique políticamente ("Nación", "Estado", "patria", "país",...), España es una realidad y no una invención. Es más, se trata de una realidad reconocida en la mismísima Sagrada Escritura. San Pablo, en su Carta a los Romanos, por dos veces, menciona a España (Hispania), al anunciar un viaje de evangelización (Rom 15:24 y 15:28). En consecuencia, el respeto a la verdad exige reconocer que España existe desde los tiempos apostólicos.

Las palabras de la Sagrada Escritura son las mismas Palabras de Dios convertidas en palabras del hombre. Las Sagradas Escrituras por ser sagradas para el cristiano, poseen una confiabilidad por la cual nosotros podemos poner toda nuestra confianza sobre lo que debemos creer y cómo debemos de actuar. Esta confiabilidad está basada sobre lo que la Iglesia llama inerrancia. Pío XII lo dejó bien claro:

"escritos [los libros de la Biblia] bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales fueron confiados a la misma Iglesia... [esta es] doctrina católica, que para los libros enteros con todas sus partes reivindica una tal autoridad divina, que está inmune de cualquier error"

Los nacionalismos y separatismos españoles a la luz de la moral

Las dos premisas anteriores no suponen, de momento, que la unidad política de España sea un bien moral, pero sí implican que una actuación moralmente buena no puede mentir o falsear que España existe. Ahora bien, estas premisas constituyen un criterio moral para analizar las ideologías de los nacionalismos y separatismos que han surgido en España. En este momento del razonamiento, no podemos, aún, dictaminar que los nacionalismos o separatismos sean, en sí mismos, moralmente malos. Ahora bien, sí podemos dictaminar que aquellos nacionalismos o separatismos que niegan la existencia de España son moralmente malos, por rechazar una verdad. Siguiendo el razonamiento establecido hasta aquí, aquellas ideologías que no sólo pretenden la independencia de determinados territorios, sino que además, niegan que España exista o haya existido, son moralmente malos.

A este respecto, junto al análisis de los textos fundadores de esos nacionalismos o separatismos, el lenguaje habitual es un indicio importante para evaluar la moralidad de los proyectos separatistas. Allí donde, deliberadamente, se oculta la palabra "España" siendo sustituida, sistemáticamente, por otras palabras o expresiones (como el "Estado", sin siquiera la adjetivación de "español"), existe un discurso moralmente malo por cuanto rechaza conscientemente la verdad. El ejemplo más elocuente de ello es el discurso del nacionalismo vasco donde no sólo se pretende la independencia de las provincias vascas, sino que se evita, sistemáticamente, mencionar la palabra "España". Los obispos de las diócesis vascas tienen así la grave responsabilidad de denunciar el silenciamiento consciente de la verdad. ¿Se habrá llegado en alguna celebración religiosa en las diócesis vascas a omitir o mutar la palabra "España" cuando haya cumplido leer en un acto religioso la Carta de San Pablo a los Romanos?

El hecho de que algunos nacionalismos, los que niegan la existencia de España, puedan ser calificados de inmorales, no deja aún resuelta la cuestión de la calificación moral de aquellos nacionalismos que pretenderían la independencia política de determinados territorios sin negar la existencia de España en otras dimensiones. Desde este punto de vista, cabría analizar la moralidad de las propuestas que negasen a España el calificativo de "Nación" pero no su existencia bajo otro tipo de calificativo. Un tal planteamiento, de darse, equipararía estos nacionalismos separatistas a los nacionalismos de los Estados-nación europeos que afirman la existencia de sus naciones sin negar, en ningún momento, por respeto a la verdad, que forman parte de Europa.

Conviene observar, a este respecto, que los Estados-nación europeos, que reconocen la existencia de sus naciones, pero también de Europa, impulsan el proceso de unidad europea, por considerar que el mismo es bueno. Sin embargo, nada impediría reconocer la existencia cultural de Europa y, sin embargo, oponerse a su unidad política. Lo que resultaría inmoral, por cuanto falso, sería el negar la unidad cultural europea por esas entidades políticamente independientes.

De aquí se extrae una primera conclusión. En este momento del razonamiento, los nacionalismos o separatismos surgidos en España podrían ser lícitos en cuanto pretendan una independencia política, pero resultarían inmorales en cuanto nieguen, oculten, tergiversen o falsifiquen la unidad cultural española.

La unidad de España como bien moral

Sentados las ideas que permiten calificar como moralmente aceptables o inaceptables las ideologías nacionalistas, la siguiente cuestión es la de considerar si la afirmación de España como unidad, no sólo cultural, sino también política, es buena moralmente.

La historia de España, se convierte, así, en un criterio indispensable para este juicio moral. ¿Ha sido la unidad de España un bien moral para la Iglesia?

El primer gran momento de nuestra historia en donde esto ha podido verse fue el III Concilio de Toledo, celebrado el 8 de mayo de 589. Este acontecimiento, hoy tan silenciado, ha sido calificado, no sin razones, por algunos, como el acta de nacimiento de la Nación Española. En aquel momento, España era una unidad políticamente independiente. El poder político utilizó la unidad para favorecer la ortodoxia de la Iglesia Católica, lo cual hubiese sido notoriamente más difícil de no haber existido un poder político centralizado. En el III Concilio de Toledo, vemos las dos perspectivas apuntadas al inicio de este escrito: por un lado, el poder político obtuvo un reforzamiento de su posición gracias al apoyo que le brindó la Iglesia Católica... pero, por otro, la Iglesia Católica pudo más eficazmente combatir las doctrinas heterodoxas gracias al hecho de que hubiera una unidad política.

Lo mismo ocurrió en el momento de la Reconquista. Vista desde los intereses de la Iglesia (y no desde la perspectiva política), la expansión de la fe católica se vio notoriamente favorecida cuando los reinos independientes existentes en España actuaron concertadamente. El caso más señalado fue, sin duda, la batalla de las Navas de Tolosa, 1212. Igualmente, y desde la perspectiva cristiana (y no política), la derrota del islam en Lepanto (1571) fue posible porque España era una unidad política. De no haberlo sido, las dificultades para reunir una flota suficiente quizá habrían hecho imposible la victoria.

Conclusión


Antes se hablaba de lo que España debe al cristianismo, que es ciertamente mucho. Pero sólo ahora, cuando se ha producido una aceleración vertiginosa del proceso de desmembración territorial se ha planteado la cuestión de lo que la Iglesia debe a España. El hecho de que España haya sido una unidad, y que esa unidad haya sido puesta al servicio de los intereses de la Iglesia, ha permitido a ésta logros que, de estar España fragmentada políticamente, hubiesen sido altamente improbables. Por tanto, la unidad de España, indiscutiblemente, ha sido un bien moral. Ahora, la lectura de ciertos preceptos de los nuevos Estatutos catalán y andaluz nos revela que el proceso de desmembración parece ir paralelo a un debilitamiento de la convergencia de las leyes con las exigencias de la moralidad católica. En consecuencia, hoy en día, podemos afirmar que la unidad de España es un bien moral. Que España como unidad política pueda o no ser en el futuro moralmente buena para la Iglesia es algo que sólo el tiempo dirá.

Por Carlos Ruiz Miguel

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 27 de julio de 2006

No sólo en países musulmanes, también en EEUU: Dios entra en campaña electoral

Dios y política van cada vez más unidos en numerosos países de todo el mundo, de EEUU a India, pasando por Oriente Próximo o África. Este fenómeno creciente es objeto de análisis en el último número de Foreign Policy Edición Española, que se pregunta por qué Dios está ganando.

La idea inicial es que "la política global cada vez está más marcada por lo que podríamos llamar la política profética" y que eso viene sucediendo desde finales de los años 70, cuando "el ayatolá Jomeini, el presidente estadounidense Jimmy Carter, el evangélico Jerry Falwell y Juan Pablo II se paseaban por el escenario mundial".

Corriente soterrada
El detallado estudio lo firman los investigadores norteamericanos Timothy Samuel Shah y Monica Duffy Toft. Ambos aclaran que las protestas de miles de musulmanes contra las caricaturas ofensivas con Mahoma no fueron si no las "muestras más recientes de una profunda corriente soterrada que se extiende más allá del mundo musulmán".

Más allá de Alá
En efecto, señalan que "no ha sido Alá el único que ha lanzado todos los rayos", para mencionar, por ejemplo, a los evangélicos de EEUU, "que siguen sorprendiendo al establishment de la política exterior" de su país "con su influencia sobre asuntos sobre libertad religiosa, el tráfico sexual, Sudán y el sida en África".

En la Casa Blanca
Esos movimientos evangelistas cuentan con línea directa con la Casa Blanca. No en vano, "han surgido como una fuerza tan poderosa que en las elecciones presidenciales de 2004", las del segundo mandato de Bush, "la religión fue un factor más fiable de predicción de voto que el sexo, la edad o la clase social", como afirma la edición española de Foreign Policy.

Más religiosidad que nunca
Lo que sucede en EEUU puede trasladarse al 85% de la población, el porcentaje que cubre la Encuesta Mundial de Valores, citada por Samuel Shah y Duffy Toft y, según la cual, "hay más gente que nunca en el mundo con opiniones religiosas tradicionales". Otro estudio muestra que Brasil, China, Nigeria, Rusia, Suráfrica y también EEUU experimentan un "notable incremento de religiosidad".

Por la democracia
El informe va más allá de la radiografía y busca el diagnóstico. ¿Por qué Dios está ganando? Samuel Shah y Duffy Toft atribuyen el fenómeno, "en no poca medida, a la expansión global de la libertad". En síntesis: "Donde los sistemas políticos reflejan los valores del pueblo, normalmente reflejan las fuertes creencias religiosas de éste", explican.

América evangelista
En EEUU, "los evangélicos ejercieron una creciente influencia en el Partido Republicano, porque el proceso de elección presidencial dependía más de las primarias populares". Y en América Latina, la desaparición de "dictadores de izquierdas y derechas" ha convertido a los evangélicos "en un influyente bloque a la hora de votar". En Brasil, representan ya el 10% de los congresistas.

Neo-ortodoxias
Además de la extensión de la democracia, la modernización y las tecnologías también han contribuido a estas "neo-ortodoxias": un término que emplean los responsables del estudio para referirse a los movimientos evangelistas, a los salafistas y wahabitas del Islam o a los pentecostalistas de África, cuya religiosidad es "radical, moderna y conservadora".

Incompatibles
De ahí que Samuel Shah y Duffy Toft concluyan en Foregn Policy poniendo en duda la compatibilidad de la neo-ortodoxia con la democracia que, precisamente, ha contribuido a su expansión.


I.P.A.

elplural.com, 27 de julio de 2006

Violencia, religión y laicismo

¿DÓNDE estaba Dios? Esta era la pregunta que Benedicto XVI formulaba en Auschwitz, el mayor símbolo del mal y del terror que dejó el siglo XX. La misma cuestión podría plantearse en los trenes de Atocha o de Bombay; y la respuesta es obvia: Dios estaba allí mismo, en aquel terrible lugar, entre las víctimas, recluido en sus conciencias, pues a ese sitio le había confinado el nacional-socialismo. El laicismo de aquella ideología desterró a Dios de la sociedad alemana, y lo relegó al ámbito privado. Mató a Dios y lo sustituyó por el volckgeist, por la raza aria. Lo mismo había sucedido desde 1917 con la revolución soviética. Dios fue expulsado del ámbito público; y la religión, definida como el opio del pueblo, fue sustituida por el marxismo: «la única y auténtica verdad científica». Las ideologías políticas siempre han confundido la laicidad, que significa la necesaria separación entre lo espiritual y lo temporal, César y Dios, con el laicismo. Este exige que Dios desaparezca del ámbito público, para que sólo quede el César. El problema es que terminan suprimiendo la religión, matan a Dios, y se convierten en religiones laicas sustitutas, reemplazando a Dios por ideas tales como nación, raza o clase proletaria.

El Papa, en Valencia, ha vuelto a prevenir del nuevo laicismo ideológico que nos predican. «Prescindir de Dios, actuar como si no existiera, o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre, e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad». En esta coyuntura, el laicismo se presenta levantando la bandera de la paz, frente a la violencia y el terrorismo, que se persuade consecuencia del fanatismo religioso y el fundamentalismo. Esta nueva versión no se satisface con la omisión de Dios, propia del ateísmo tradicional. Postula un ateísmo positivo, una deconstrucción religiosa, que primero realice una crítica y destrucción definitiva de los tres monoteísmos principales, judaísmo, cristianismo e islamismo. Para que después de rechazar cualquier existencia de lo trascendente, entronice a «la vida terrena en único bien verdadero», como catequiza Michel Onfray. Así se conseguirá el pleno hedonismo; es decir, el bienestar y la emancipación de los cuerpos y las mentes de mujeres y hombres; que, como escribía el citado, «solamente puede producirse mediante una descristianización radical de la sociedad».

Esta es la idea que se quiere transmitir de Dios y la religión por el pensamiento hegemónico. Identificando al fundamentalismo con la religión, se presenta a esta como el primer factor determinante de la violencia en el mundo actual. Muestras de ello lo constituyen frases tales como la expresada por Pilar Manjón: «Las religiones monoteístas dan muertos». O análisis como el formulado por Slavoj Zizek, afirmando que hoy en día «la religión aparece como fuente de una violencia exterminadora de un extremo a otro del mundo», manifestada en «las acciones de los fundamentalistas cristianos, musulmanes o hindúes». O bien el realizado por Salman Rushdie, considerando que las religiones monoteístas se han convertido en el principal problema de las democracias occidentales. Al cabo, para acabar con estos conflictos, la solución que se nos propone es fácil: el ateísmo.

Escribía Zizek que «el ateísmo es un legado europeo por el que merece la pena luchar», pues genera un espacio público en donde los creyentes pueden sentirse a gusto. Si para encontrar esa herencia en Europa hay que hallarla en la Revolución Francesa, entonces sí estará en peligro la religión. Pero todos ellos olvidan que el espacio público democrático nació en las colonias americanas, precisamente para garantizar la libertad de cultos. Que representa la dimensión pública, propia del carácter comunitario que tienen todas las religiones positivas. Puesto que para creer basta con la conciencia individual, no es necesaria la democracia. Como así sufrieron los ciudadanos europeos que vivieron tras el telón de acero, incluida la devastada tierra del yugoslavo.

Esta oportunista concepción laicista puede tener su eco en el planteamiento pacifista de nuestro Gobierno. En esta dialéctica es fácil caer en la tentación de contraponer paz y religión, y deducir la necesidad de suprimir esta para poder culminar con éxito el proyecto demagógico de paz en el que están empeñados, que les permita continuar en el poder. Como siempre, existe una gran mentira ideológica: el fundamentalismo no es una cuestión religiosa, es una cuestión política.

Porque el fundamentalismo es la ideologización política de la religión; es convertir una determinada religión en una ideología política, que sirva de instrumento revolucionario para conquistar y mantener el poder. El problema es de la política, no de la religión; menos del cristianismo, en cuyo origen está el «dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», y separar lo espiritual de lo temporal. El cristianismo no puede prometer el paraíso en la historia como si fuera una ideología política. «Pues mi reino no es de este mundo, si fuera...». Sí, definitivamente Dios estaba en los campos de concentración alemanes, en los hábitos carmelitas de las hermanas Stein; con su pueblo: el pueblo judío. Pues, como el propio Benedicto XVI dijo en otra ocasión: Dios no está entre los crucificadores, sino entre los crucificados.

Por JESÚS TRILLO-FIGUEROA MARTÍNEZ-CONDE. Abogado del Estado

ABC, 22 de julio de 2006.

GUERRA CIVIL: el olvido de los mártires

Antonio Fontán escribió hace unos cuantos años que "en realidad, 1936, más que el principio de un conflicto, fue su clímax". Conmemoramos estos días el setenta aniversario del inicio de la Guerra Civil. Lo hacemos inducidos por la carga de pólvora con que el gobierno socialista nos quiere vender una ley de desmemoriados que sea receta social y legitimación de hecho de la revancha de los vencidos. Si de hablar de la Guerra Civil se trata, convendría distinguir y no mezclar ni las causas, ni los actores, ni los escenarios.

No es fácil escribir sobre la Iglesia y la Guerra Civil sin sustraerse a la cita de, por ejemplo, Andrés Nin, en La Vanguardia, del 2 de agosto de 1936: "La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia sencillamente; no dejando en pie ni una siquiera". José Díaz, secretario general del Partido Comunista, decía en Valencia el 5 de marzo de 1937 que "en las provincias que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada".

El Consejo de Europa, en su Resolución 1481 la Asamblea Plenaria del Consejo de Europa, "condena enérgicamente las masivas violaciones de derechos humanos cometidas por los regímenes totalitarios comunistas y expresa su simpatía, comprensión y reconocimiento hacia las víctimas de dichos crímenes". El responsable del texto, el diputado sueco Goran Lindblad, del Grupo Popular, señaló que "ya era hora de que se condenasen los crímenes del totalitarismo comunista". Sin embargo, el español Lluís María del Puig, del Grupo socialista, declaró que "los crímenes de los regímenes totalitarios tiene que ser condenados con firmeza, pero no el comunismo, ni los partidos comunistas".

Gran parte del esfuerzo de la propaganda progresista sobre la Guerra Civil está centrado en la recuperación de la memoria de las víctimas. Como señalaron los obispos españoles en el documento "La fidelidad de Dios dura por siempre. Mirada de fe al siglo XX", "también España se vio arrastrada a la guerra civil más destructiva de su historia. No queremos señalar culpas de nadie en esta trágica ruptura de la convivencia entre los españoles. Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre injustificables, y en el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz".

No se puede hacer historia sectorial basada en el olvido de los mártires de la fe, del Evangelio. No es correcto afirmar que los mártires que murieron por causa del Evangelio durante la Guerra Civil lo fueran de la Guerra Civil. Los mártires no eran combatientes en el campo de batalla, no estaban en guerra contra nadie, ni hicieron la guerra contra nadie. No se caracterizaron por ser militantes de partidos, ni activos agitadores, sino personas que vivían el Evangelio pacíficamente.

No existen razones políticas ni sociales en los asesinatos de los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas. Los asesinatos tuvieron una causa fundamental, un móvil único; el odio a la fe y el odio a la Iglesia. ¿Qué es lo que generó ese odio? Acaso sólo la historia inmediata de incoherencias, o la estructura económica y social, o la pobreza. Quizá esta descripción responda más a argumentos legitimadores a posteriori que a causas ciertas. Detrás existía una ideología materialista, nihilista y violenta por sistema que quiso imponer una utopía social que desarraigaba al hombre de su naturaleza trascendente y de la posibilidad de la felicidad plena.

Monseñor Antonio Montero escribió que "en toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos". ¿Acaso no es suficiente este cuadro para no confundir ni confundirnos con la historia?

Por José Francisco Serrano Oceja

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 20 de julio de 2006.

ANTISEMITISMO EN AULAS BRITÁNICAS: el escuadrón académico de linchamiento


A finales de mayo, tras meses de debates y conflicto, el mayor sindicato académico de Gran Bretaña aconsejaba sus miembros boicotear a cualquier académico israelí que no desaprobase públicamente las denominadas "políticas de apartheid" del Estado de Israel. En la práctica, esto significaba que cualquier israelí que no suscribiera las opiniones políticas de la National Association of Teachers in Higher and Further Education (NATHFE) podría ser vetado en universidades británicas.

Esta era la tercera vez en cuatro años que los académicos británicos salían a la palestra para censurar y aislar a los académicos israelíes. La votación se celebró a pesar de una petición internacional iniciada por tres grupos académicos: Académicos por la Paz en Oriente Medio, radicado en Estados Unidos (del que soy miembro ejecutivo), la International Advisory Board for Academic Freedom, radicada en Israel, y Engage, radicada en Gran Bretaña, que recogieron casi 6000 firmas.

La votación fue ajustada, 106 a 71, y un buen número de los 70.000 miembros del sindicato la condenaron. Además, puesto que la NATHFE se disolvía recientemente y fusionaba con otro sindicato académico británico (la Asociación de Profesores Universitarios, que fracasó finalmente en su intento de boicotear a los académicos israelíes el año pasado), la votación de la NATHFE es no vinculante para la nueva entidad constituida, el Sindicato Universitario y Técnico.

Aún así, la votación de la NATHFE representa un punto de inflexión inquietante, que pretende retorcer la libertad académica y colocar la prueba de fuego de libertad en la academia. El trato a estos académicos israelíes es particularmente preocupante. Sólo ellos son responsabilizados de las políticas de su estado, al tiempo que académicos de Irán, Siria, Arabia Saudí, Corea o China –todos ellos países violadores confesos de los derechos humanos– no son boicoteados.

La votación es otro ejemplo más de la transformación del antisemitismo en anti-sionismo. Igual que los particulares judíos eran una vez perseguidos y demonizados, el estado judío se ha convertido hoy en el saco de entrenamiento del mundo. Al contrario que lo que a los académicos británicos les gustaría hacer creer al mundo, el sionismo no es "racismo" o "apartheid". Es el movimiento de liberación del pueblo judío, fundado por un pueblo de todos los colores reunidos de todos los continentes. La tentativa de poner a Israel y su pueblo en el punto de mira no es nueva. Es una antigua idea reconvertida con una vestimenta del siglo XXI.

73 años después de que Adolf Hitler despidiese a los profesores judíos de las universidades alemanas y quemase y prohibiese los libros judíos, un grupo de académicos británicos encabeza la carga contra los académicos israelíes. Estos académicos afirman que la "ilegal" ocupación por Israel de territorio palestino exige el mismo tipo de campaña que fue emprendida una vez contra la Sudáfrica del apartheid.

Conciben que tales boicots, desinversiones y sanciones pondrán fin en última instancia a "la ocupación sionista". Ellos, y sus muchos homólogos europeos y norteamericanos, académicos e intelectuales, se ven a sí mismos como luchadores por la libertad del oprimido que emprenden una batalla contra el imperialismo americano e israelí.

En mi opinión, el peligro potencial para judíos, la verdad, la democracia, y los restantes valores occidentales es tan grande hoy como lo era en 1933. La cultura propagandística de la guerra no se confina a un país, o ni siquiera a un continente. Hoy, es global, constante, sofisticada y altamente contagiosa. Aquellos presuntamente más dedicados a encontrar y contar la verdad pervierten la verdad y adoctrinan con lo mismo a incontables generaciones.

También refuerzan la penetración islamista en Occidente, que empieza por la demonización de Israel. La educación, el talento, ni siquiera el genio inmunizan a un académico de la enfermedad mental que representa el prejuicio racial contra los judíos.

Tales académicos políticamente correctos niegan el peligro islamista y jihadista. Por tanto, intentan apaciguar a la violencia islamista alineándose con ella frente a diversos chivos expiatorios, empezando por los judíos e Israel. Así, los académicos que deberían tener opiniones más formadas de los conflictos geopolíticos ven en su lugar al agresor jihadista como "la víctima", y sus verdaderas víctimas, civiles incluidos, como el autor material culpable.

En el 2000, los palestinos desataron una intifada salvaje y letal contra los civiles israelíes, el 80% de los cuales son judíos cuyos padres y abuelos sobrevivieron a pogromos, el Holocausto, expulsiones en masa de tierras árabes y cinco guerras de autodefensa. Desde el otoño del 2000 hasta finales de la primavera del 2006, Israel perdió 1113 civiles y soldados frente a la violencia terrorista. Ajustado al tamaño de la población, en términos norteamericanos, eso significa 50.274 asesinados, una media de 728 al mes.

Este es el motivo por el que los israelíes construyeron "la barrera de seguridad" o como es conocida para los miembros de la NATHFE, "la barrera de exclusión". Por el crimen de defenderse a sí mismos, algunos académicos británicos caracterizan a los israelíes sitiados como "peores que los Nazis" cuyas "políticas genocidas" justifican la oleada de atentados suicida palestinos. Tales académicos sin embargo no condenan la propaganda islamista genocida anti judía que convierte a incontables adolescentes en asesinos brutales con el cerebro lavado.

Célebres académicos británicos anti-sionistas respondieron a la guerra militar, terrorista y propagandística contra los judíos iniciando campañas de boicot y desinversión contra Israel en general y contra los académicos israelíes en particular. Así, en el 2002, 123 académicos británicos publicaron "una carta abierta" en el London Guardian pidiendo "una moratoria" de todos los vínculos culturales y de investigación con Israel. En el 2004-2005, la Asociación Británica de Profesores Universitarios votó el boicot a dos universidades israelíes por su presunta complicidad en las políticas militares de su gobierno.

La votación fue invertida solamente después de una tremenda lucha y la condena internacional. Se lanzaron campañas de desinversión y boicot contra Israel por todo el mundo occidental. Aunque la Asociación Americana de Profesores Universitarios –una organización profesional dedicada a impulsar la libertad académica– consta como opuesta a "los boicots académicos", una de sus miembros, Joan Wallach Scott, ex directora del comité de libertad académica de la AAUP, ha condenado públicamente la perjudicial influencia del "lobby pro-Sharon y pro-ocupación" en el campus. Según Scott, este lobby ha ejercido un efecto impactante sobre la libertad académica que recuerda a la era McCarthy.

La AAUP planeó una conferencia, a celebrarse en Italia en febrero del 2006, para debatir el concepto de boicot académico. Más de un tercio de los asistentes estaban a favor de los boicots, aunque un puñado de académicos israelíes antiboicot también había sido incorporado en el último momento. Sin embargo, cuando se descubrió literatura antisemita entre los materiales de la conferencia, los que financian a la AAUP, Fundación Ford incluida, se retiraron.

Aunque inicialmente la AAUP planeaba celebrar aún la reunión, el semanario online Inside Higher Ed informaba de que la AAUP envió un escrito a los participantes de la conferencia explicando que celebrar la conferencia "reactivaría una oposición que ha demostrado ser demasiado severa para permitirnos continuar".

Según la página web de la AAUP, la organización publicará los prolegómenos de la conferencia que nunca tuvo lugar en su revista Academe. La AAUP continúa comprometida con "la libertad académica" y afirma que "publicar los documentos demostrará... La calidad y la diversidad de las posturas que habrían sido presentadas en la conferencia", según su página web.

¿Hablan Los académicos británicos y los demás académicos europeos por todos los académicos y la gente razonable de buena voluntad? Afortunadamente no. Por ejemplo, la American Association for the Advancement of Science condenó el boicot, igual que las iglesias británica y escocesa y el gobierno británico. Mientras que algunos de los firmantes de estas peticiones no están de acuerdo con las políticas de Israel, también se oponen a boicots que provoquen un castigo colectivo, y al fichado político, nacional y racial.

Llamativamente, un buen número de los firmantes de la petición son profesores de físicas, medicina, matemáticas y ciencias computacionales que, al contrario que los profesores de ciencias sociales o de humanidades, no están tan politizados. Se toman sus disciplinas en serio y no las utilizan como plataformas de promoción de sus opiniones políticas. Obviamente también respetan el trabajo de sus homólogos científicos israelíes, que están a la cabeza del mundo en tecnología, ciencias e investigación. Un profesor comenta: "La ciencia construyó puentes. Es un ejemplo de colaboración sin fronteras”.

Los académicos firmantes de la petición de Académicos por la Paz en Oriente Medio caracterizaron el boicot de un buen número de maneras: "vergonzoso", "repugnante", "discriminatorio", "indefendible", "antisemita", "selectivo", "orientado al apaciguamiento", "anti-académico", y un ejemplo de peligroso de "pensamiento colectivo".

Muchos firmantes de la petición opinan que el boicot recuerda a la era Nazi. Los firmantes observan que no se ha presentado ningún boicot contra los académicos cuyos gobiernos están involucrados en "limpiezas étnicas" reales y que son verdaderos violadores de los derechos humanos; también observan que los palestinos, los árabes o los musulmanes no son responsabilizados de su salvaje persecución de académicos y disidentes.

Un académico observa: "Los británicos son responsables del desastre que vemos en Palestina. No convirtamos otra vez a los judíos en los chivos expiatorios". Otros se pregunta: "¿Planean boicotear a los académicos iraníes?".

Un profesor pide: "No nos convirtamos en el Savonarola de la academia moderna".

Otro observa que "la primera tarea de un régimen fascista es boicotear académicos". La verdad es que ya ha comenzado un boicot "silencioso". Algunos académicos británicos han rechazado escribir para diarios israelíes y rehusado publicar o revisar el trabajo de académicos israelíes y de artistas creativos en periódicos británicos. Por ejemplo, el profesor Richard Seaford, de Exeter, rehusaba recientemente contribuir con un artículo a una revista israelí de estudios clásicos a causa de "el brutal e ilegal expansionismo y la limpieza étnica a cámara lenta practicada por el gobierno israelí".

Una publicación británica, Dance Europe, rechazaba un artículo de una coreógrafa israelí a menos que "condenara públicamente la ocupación israelí".

En mi opinión, aquellos que están a favor del boicot o a favor de listas negras se aíslan en la práctica de la comunidad internacional de académicos. Según el presidente de la SPME, el Dr. Ed Beck, "este boicot ofende a la gente tolerante y de mentalidad equilibrada de todo el espectro político".

No obstante, cuenta como una victoria propagandística a favor de la intolerancia. También es un paso en la dirección equivocada, uno que impone sus miras, demoniza y castiga a un grupo de personas basándose únicamente en su identidad nacional.

Por Phyllis Chesler

Libertad Digital, suplemento Ideas, 5 de julio de 2006

Benedicto XVI pide no olvidar a los héroes de la revuelta de Poznan contra el régimen estalinista

Al cumplirse 50 años de los dramáticos acontecimientos

CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 3 julio 2006 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha enviado un mensaje con motivo de las celebraciones en Polonia del quincuagésimo aniversario de la revuelta obrera de Poznan, primera insurrección antiestalinista en un país sometido al bloque soviético.

El 28 de junio de 1956, cien mil obreros protestaron por las calles de la ciudad contra la disminución de los salarios, después de que la burocracia rechazara toda negociación. Las manifestaciones fueron reprimidas con la sangre: 58 manifestantes fueron asesinados y 700 arrestados.

En la ceremonia conmemorativa, que tuvo lugar el 28 de junio en el Ayuntamiento de Poznan, participaron los presidentes de Polonia, Alemania, Hungría, República Checa y Eslovaquia.

Benedicto XVI, según informa «Radio Vaticano», se hizo presente en el acto con un mensaje que fue leído por monseñor Stanislaw Gadecki, arzobispo de Poznan.

En la carta, el pontífice recuerda que la protesta pacífica de la ciudad polaca «contra el terror y la mentira» del sistema estalinista se transformó «espontáneamente» en una insurrección general, cuando las fuerzas del ejército y de la policía comenzaron a disparar contra los manifestantes.

El Papa asegura que «la sangre derramada en las calles de Poznan no sólo por los obreros, sino también por las mujeres, los estudiantes y los niños, no fue en vano. Es más, sembró la libertad cuyo fruto se recogió años después, con la caída del sistema estalinista y la plena soberanía de la nación».

Benedicto XVI desea, por último, que «la memoria de los héroes de la insurrección de Poznan inspire a todos los polacos a construir» la sociedad «sobre los eternos valores cristianos, sobre la verdad y una auténtica justicia».
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