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Políticamente... conservador

Agasajos y conferencias para combatir al populismo

 “Hay un tiempo para cada cosa, un tiempo de predicar, y un tiempo de orar, pero esos tiempos han pasado. Hay un tiempo para pelear y ese tiempo ha llegado” (Peter Muhlenberg).

Hispanoamérica enfrenta uno de los períodos más oscuros de su historia contemporánea. Tan oscuro como la generalización de gobiernos militares en los setentas, o como la ola de regímenes autoritarios y nacionalistas de los cuarenta. Lo que llega ahora es una recombinación de los tres males.

Una alquimia posmoderna de populismo autoritario, delirios nacionalistas reverdecidos con condimentos étnicos, y como frutilla del postre, alguna fantasía militarista pavimentando sueños de expansión imperial.

El revival del caudillismo del siglo XIX, trajo a presuntos líderes que respaldados por bien pagados dispositivos de agitación y propaganda han ahogado a la oposición y en algunos casos, se han encarnizado con la disidencia. El planteo regresivo es generalizado, aunque las miras para ese retroceso se han fijado en distintos puntos del pasado.

En Argentina, Kirchner apunta a reconstruir la Patria Peronista de los años cincuenta.

En Venezuela Chávez sueña un gran estado bolivariano, desmantelado hace ciento sesenta años.

En Bolivia, Morales –como el fallido Humala, en Perú- pregona un retorno más drástico, a las estructuras imperiales del Tahuantinsuyo.

En todos los casos, el proyecto se condimenta con el más recalcitrante antinorteamericanismo, o el rechazo más visceral a cualquier proceso de racionalidad económica que pueda remotamente vincularse al odiado neoliberalismo.

No es poco lo que hay en juego. Es el futuro de millones y millones de personas, que otra vez van a ver frustradas sus posibilidades de desarrollarse, de vivir en países con un mínimo de racionalidad, donde la propia iniciativa, y el esfuerzo tengan valor y recompensa.

A cambio se les ofrece el menú que le cocinan los capataces de turno, y las dádivas de Estados todopoderosos, donde no hay ciudadanos sino simples votantes.

Ante este panorama, en los que es difícil encontrar un resquicio para ejercer la crítica y construir alternativas, muchos esfuerzos se dilapidan en ineficaces e ineficientes happenings sociales, donde se reune la cremme de la cremme de la inteligentzia antipopulsta-antisocialista-antiantimercado, y se discursea sobre los males latinoamericanos, los avances del socialismo en Europa, las amenazas a la democracia y a la libertad en todos lados, pero donde jamás se hace nada práctico para evitarlo.

Entre canapés, appetizers variados y delicadas copas de champán, no aparece un ápice de seriedad académica, hay poco de difusión y nada de trascendencia, salvo en algún mail destinado a probables financiadores de futuros eventos similares.

No hay conclusiones, publicaciones, informes ni ponencias. Mas bien una fiestita endogámica donde cinco o seis padrinos en el exilio se reúnen con los delegados de miríadas de fundaciones y centros de estudios, que pululan en busca de financiamiento, para asegurarse un buen retiro, cambiando el empleo público que cunde en sus países por un óbolo ganado para fungir de claque de algún conferenciante profesional, opinador de temas generales o algún que otro escribidor de catilinarias para el diario del domingo. De estos shows hay a montones. De los dos lados del Atlántico.

Han proliferado tantas organizaciones, fundaciones, redes de fundaciones, que uno se pregunta cómo tantas entidades no reúnen gente suficiente para armar un partido político que pueda llevar a la práctica tanto debate.

Sucede que los discutidores profesionales, los mesarredondistas consuetudinarios, jamás ponen en acción ninguna de las ideas que pregonan. A veces, ni siquiera apoyan a los que lo intentan. Porque, vamos, tal política o tal propuesta no condice con lo que dijo Senholz en Age of Inflation, y porque ya se sabe que tal candidato es incapaz de entender los principios de la praxeología de Von Mises.

En realidad no intentan ninguna acción que pueda ser de eficacia en la sociedad, y se concentran en sus ágapes y conferencias, porque allí están cómodos y bien alimentados. Unos cuantos empresarios ponen en práctica la políticamente correcta y promocionada responsabilidad social, facilitando unos euros a los gestores de estas puestas en escena, a cambio de un asiento en primera fila para escuchar a tal o cual expositor de moda. Adhieren al sistema unos cuantos intelectuales, algunos que participan para mantener la ficción sobre su preocupación por los asuntos del país, mientras en un dorado exilio embolsan generosos honorarios por sus presentaciones.

Algunos han incluso probado suerte en la política, de donde huyeron tras recibir los palazos del mundo real, para retornar al cómodo ambiente de la conferencia rentada y los aduladores de conveniencia.

Es curioso, pero en estos ámbitos recurrentemente se apela a la imagen de los héroes que de una manera u otra pelearon para construir los países latinoamericanos, o a los founding fathers de la revolución norteamericana. Es difícil imaginarse en disertaciones de hotel cinco estrellas a personajes como Juan Bautista Alberdi que murió en la miseria luego de décadas de batallar defendiendo la causa constitucional argentina, o a su rival Domingo Sarmiento, que ácidamente lo criticaba por no “poner el cuero” para defender sus ideales, pasando la bandeja de bocaditos.

Ni que hablar de los norteamericanos, que cuando las papas quemaban, pusieron en práctica aquello que predicó Peter Muhlenberg, dejaron de lado los discursos, se arremangaron y se jugaron vida, honor y fortuna para construir un país de veras, y llevar, de una vez por todas, las ideas a la práctica.  

Rubén Benedetti | Jueves, 6 de julio de 2006 a las 23:00  

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