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Políticamente... conservador

Lo nuevo de EEUU

Hace ya tiempo que EEUU parece conformar tendencias políticas, sociales y económicas que se extienden después por todo el planeta. Los analistas estudian hoy el fenómeno de “reversión” que ha cambiado el mapa político estadounidense

A muchos admira desde antiguo el impulso innovador de EEUU. La eficacia del “melting pot” ya sorprendía a Crèvecoeur en 1782; el sistema igualitario y democrático estadounidense sobrecogió al joven conde de Tocqueville desde 1831; el navalista japonés Katsu Rintaro se extasió en 1859 ante el poder militar yanqui, y la abundancia capitalista de los supermercados de Houston cautivó a Yeltsin en 1989. La mayoría de estos viajeros, metidos a reformadores y profetas, vieron más allá de lo nuevo y encontraron lo venidero. Todavía hoy las novedades de EEUU parecen anticipar el camino que otras naciones recorrerán en el futuro.

¿Qué singularidad estadounidense se analiza hoy con asombro? Que allí es vanguardista ser conservador, y retrógrado ser progresista. Lo dijo George Clooney a finales de 2005: “liberal” es “una palabra fea”. También lo es para el viejo público progresista: los pobres votan a Bush, las fraternidades cristianas del MIT sobrepasan la docena, el 75% de los estudiantes de la sesentayochista UCLA confiesa rezar, y el senador demócrata Ted Kennedy apoya el mayor programa de cheque escolar de EEUU, que permitirá estudiar en colegios privados a 300.000 estudiantes desplazados por el huracán Katrina. El profesor William McClay resumió bien el fenómeno: “hoy el partido conservador en EEUU es el partido del progreso, de la liberación humana, de la determinación nacional e internacional”. Y el Partido Demócrata es “el partido de la oposición al cambio, el partido de los intereses atrincherados, de las burocracias públicas, de los sindicatos de funcionarios y de los ««lobbies» de políticas identitarias”.

¿Por qué ocurre esto? Posiblemente por tres razones. Primero, porque la polémica del aborto permitió descubrir que las utopías políticas progresistas acaban pisoteando la dignidad del hombre. Segundo, porque el intervencionismo del Estado mostró el riesgo de que éste no reconociera los derechos naturales del hombre, sino que los inventara y confiriera a discreción. Tercero, porque en los intentos de secularización pública muchos vieron la intención de mutilar la razón humana, apartándola de la rica complementariedad de la fe. En definitiva, el violento ataque progresista del s.XX recordó a EEUU lo que todo niño sabe: que en la casa de caramelo vive la bruja; que la verdadera Odisea es regresar a casa; y que Frodo salió de La Comarca para poder vivir siempre en ella. Muchos estadounidenses se ríen ahora, con Chesterton, de la tontería de pensar que, porque dimos un giro equivocado hace algún tiempo, tenemos que ir hacia delante y no hacia atrás; y que porque no realizamos nuestro ideal, debemos olvidarlo. Es decir, se ríen del progresismo.

¿Llegará a España la última innovación de EEUU? Es posible. Pero lo cierto es que, si los conservadores son hoy el partido del progreso en EEUU porque los bandazos izquierdistas despertaron el sentido común estadounidense, los populares son “partido de progreso” en España porque han asumido el progresismo en la batalla de las ideas. Y ¿qué es el progresismo? Pues Jordi Pujol el pasado junio, profetizando que la crisis religiosa que él facilitó en Cataluña, “llegará en un momento u otro al resto de España”. A saber, que debemos resignarnos a las mismas acelgas que el camarero sirve en la mesa de al lado. O quizás no. Tal vez ya sea hora de que España escoja el menú. Por ejemplo, una paella de marisco ligeramente socarrada, para degustarla en Valencia este mes de julio con toda la familia. Y que el Papa presida la mesa.


Guillermo Elizalde Monroset, 12-07-2006

American Review

© Fundación Burke

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