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Realismo y esperanza

Realismo y esperanza


El próximo 4 de marzo llegarán al Vaticano tres representantes del grupo de 138 sabios musulmanes, firmantes de la carta titulada “Una palabra común entre nosotros y vosotros”, que planteaba a los jefes de las Iglesias cristianas (con el Papa en primer término) un camino de diálogo sobre la base del doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Se trata de preparar un próximo encuentro en Roma al más alto nivel, para dar cauce a un diálogo que Benedicto XVI considera trascendental para el futuro.

 

En la vigilia de esta avanzadilla, el islamólogo jesuita Khalil Samir ha concedido una significativa entrevista al diario Avvenire, de la Conferencia Episcopal Italiana. No es un secreto que Samir es una de las voces más escuchadas por el Papa en lo referente a las relaciones con el islam, como tampoco lo es que ha expresado sus reservas ante el alegre vuelo de campanas que se produjo en muchos medios católicos tras la carta de los 138. Samir tiene una familiaridad sin complejos con el islam, en cuyo contexto ha nacido. No se apunta a los estereotipos de cierto occidentalismo esquemático, pero señala con agudeza la diferencia genética entre cristianismo e islam, y no se hace falsas ilusiones sobre las posibilidades reales de que en un contexto islámico se asienten las libertades y los derechos fundamentales.

 

En la mencionada entrevista, Samir reconoce limpiamente el valor y la novedad que supone este paso en el diálogo de la Iglesia con el islam (diálogo, por otra parte, indispensable): se trata de la primera vez que un grupo muy cualificado y plural de líderes musulmanes expresa públicamente una sintonía y un aprecio sincero hacia el cristianismo. Ahora bien, para no recaer en viejos errores (que Benedicto XVI trató de cancelar con su discurso de Ratisbona) es necesario afrontar seriamente una serie de núcleos como el respeto de la dignidad de toda persona, la libertad religiosa efectiva, el conocimiento objetivo y el respeto de la fe del otro, y la educación de los jóvenes para evitar que caigan en las redes de la violencia. Son cuestiones que afectan dramáticamente al momento presente, y como ejemplos de los últimos días baste señalar la detención de un sacerdote en Argelia por celebrar misa en un campamento de inmigrantes subsaharianos, el proyecto de ley iraní que pretende castigar con la muerte a quienes abandonen el islam, o el creciente reclutamiento de jóvenes terroristas en las madrasas de Pakistán

 

Samir ilustra la preocupación de la Santa Sede al subrayar que es preciso declinar la afirmación del amor a Dios y al prójimo en términos concretos: “¿puedo amar a mi enemigo?, ¿puedo amar al pecador, que ha transgredido la ley divina?, o ¿puedo amar a quien ha cambiado de religión, es decir, el apóstata?”. El problema “no consiste en teorizar el amor a Dios y a los hombres, sino en comprender cómo podemos vivir juntos permaneciendo diversos, cómo aceptar la diferencia sin demonizarla”. En definitiva, aquí aparece como trasfondo una vez más cuanto dijo Benedicto XVI en Ratisbona sobre la necesidad de la recíproca apertura entre fe y razón.

 

Es importante subrayar que, si bien los 138 firmantes proceden de 43 naciones y de las distintas escuelas islámicas, no se les puede considerar “representantes” ni de las unas ni de las otras. Y como advierte Samir, cualquiera, en nombre también del islam, podría plantear objeciones de fondo a lo que han manifestado en su carta.

 

Así pues, ¿un jarro de agua fría? En absoluto. Cuando el periodista insinúa que así las cosas hay muchos motivos para ser escépticos, Samir responde que “debemos ser realistas como ha pedido el Santo Padre, realistas y confiados en la buena voluntad de los hombres y en la obra del Espíritu que no dejará de iluminarlos”. Se trata de iniciar un nuevo camino con realismo, paciencia y buena voluntad, un camino en el que pueda madurar un vínculo duradero que pueda irradiar sus frutos. Será una tarea de varias generaciones, pero urge comenzar ya.

 

José Luis Restán

Páginas Digital, 28 de febrero de 2008

Massimo Introvigne: «Estamos en la fase del relativismo agresivo»

Massimo Introvigne: «Estamos en la fase del relativismo agresivo»


Entrevista al director del Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones

 

ROMA, martes, 26 febrero 2008 (ZENIT.org).- Europa está viviendo una fase de «relativismo agresivo». Lo afirma el profesor Massimo Introvigne, autor del libro recién publicado en Italia «El secreto de Europa. Guía para el redescubrimiento de las raíces cristianas» («Il segreto dell'Europa. Guida alla riscoperta delle radici cristiane»), de Ediciones Sugarco  (www.sugarcoedizioni.it).

«Los nuevos relativistas agresivos en cambio quieren que el relativismo se convierta en la ley oficial del estado», afirma en esta entrevista concedida a Zenit el fundador y director del Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones (CESNUR).

 

--¿Europa sufre una crisis de identidad?

 

--Introvigne: El Santo Padre en dos ocasiones --en el discurso a la Curia romana con motivo de la felicitación navideña del 22 de diciembre de 2006 y el 24 de marzo de 2007 con motivo del cincuentenario de los Tratados de Roma-- usó una expresión más fuerte, afirmando que Europa «parece querer despedirse de la historia».

 

«Despedirse de la historia» significa echar el telón, decir adiós a los espectadores y admitir que la representación ha terminado. Ha sido bonita mientras ha durado, pero ahora se ha acabado. ¿Es posible? Ciertamente, a diferencia de las personas humanas, las civilizaciones no tienen un alma inmortal. Empiezan y acaban en la historia, y la europea no es una excepción. ¿Está sucediendo? Muchos políticos lo negarían.

 

Sin embargo, Benedicto XVI puso de relieve tres aspectos --enumerados como tales en los dos discursos que he citado-- que corresponden a datos de hecho que es muy difícil negar.

 

El primero es «la apostasía de sí misma» por parte de Europa, el rechazo a reconocer las propias raíces --que son tan obviamente cristianas que hacen capciosa cualquier discusión sobre el tema-- y la propia historia, que lleva luego a una debilidad y a una falta de identidad respecto a cualquier ataque o acontecimiento externo. Que Europa no logra hablar con un sola voz lo vemos todavía hoy a propósito de la cuestión de Kosovo.

 

El segundo aspecto es la separación de las leyes de la moral. No se trata del simple alejamiento de la política, o de algún hombre político, de la moral privada y pública, que no es un problema ni reciente ni sólo europeo, sino que se ha verificado en toda la historia humana. No, se trata de la autonomía primero teorizada y luego fatalmente practicada de las leyes de la moral. De la ética, no de la religión, así que las críticas de «injerencia» contra la Iglesia no tienen a su vez ningún sentido, tratándose aquí de la moral natural y de las reglas del juego llamado sociedad --el Papa habla de «gramática de la vida social»-- que no son en cuanto tales ni cristianas ni ateas ni budistas, y que todos deberían compartir.

 

--¿Y esta gramática de la vida social no se respeta?

 

--Introvigne: Bien, hoy en Europa se afirma que estas reglas del juego existen, y que el legislador debe limitarse a hacer de notario y a formalizar lo que ya sucede en la sociedad (o los medios le hacen creer que así es). ¿Hay parejas homosexuales? El legislador toma nota y las equipara a las familias. ¿Hay musulmanes que viven en poligamia? Que los regularice el legislador o quizá que aplique la charia (ley islámica), como querría algún personaje europeo incluso influyente. ¿En los hospitales se practica la eutanasia? Que el Estado notario la regule por ley, como acaba de suceder en Luxemburgo.

 

El tercer aspecto es la crisis demográfica, el hecho dramático de que en Europa nacen cada vez menos niños. Sobre este punto, los hechos se oponen obstinadamente a las teorías de quien dice que Europa no está en crisis. En este sentido, los resultados aparentemente en tendencia contraria de algunos países a menudo derivan de simples normas nuevas sobre la ciudadanía, que cuentan entre los ciudadanos también a los hijos de los inmigrantes nacidos en esos países.

 

--Laicismo agresivo y anticristiano, relativismo... ¿estamos en tiempos oscuros?

 

--Introvigne: Un intelectual no católico, al contrario comunista, como Antonio Gramsci [político, filósofo y teórico marxista italiano (1891-1937), ndr.] decía que cuando hace mal tiempo se tiene la tendencia a enfadarse con el barómetro, mientras que «si abolimos el barómetro, no por ello abolimos el mal tiempo».

 

Hoy en Europa asistimos a este fenómeno: dado que Benedicto XVI es el único, o casi el único, en denunciar la dramática situación de crisis sobre los tres aspectos a los que he aludido --quizá porque no tiene que presentarse a ninguna elección, en la que los electores normalmente no premian a quienes anuncian malas noticias-- en el imaginario de un cierto laicismo europeo acaba convirtiéndose en una especie de barómetro de Gramsci.

 

Pero impidiendo que hable el Papa --como sucedió en Roma en la Universidad «La Sapienza»-- no hace que los problemas desaparezcan como por encanto. Hay otros que piensan que los problemas denunciados por el Papa son en realidad recursos: que la crisis de la familia tradicional, el aborto, la eutanasia, la negación del concepto de ley natural, el multiculturalismo sin freno según el cual la oposición a la legalización de la poligamia en una sociedad donde hay musulmanes es una forma de racismo..., son fenómenos positivos, que hay que promover, que nos llevarán a una sociedad con menores conflictos.

 

Para éstos el conflicto nace de la pretensión de quien cree que existe una verdad; mientras que donde se acuerda que no existe la verdad el conflicto desaparece.

 

Esta utopía ha sido tan a menudo desmentida por la historia que sostenerla debería resultar ya ridículo: pero no es así.

 

Donde las sociedades son complejas --y la Europa de hoy lo es-- no hay modo de evitarlo: o se encuentra, entre personas que tienen culturas y religiones diversas, una «gramática de la vida común», reglas comunes que permitan convivir --que pueden derivar sólo de la razón y de la ley natural que la razón puede conocer-- o quedamos reducidos al conflicto de todos contra todos.

 

O las cuestiones conflictivas se resuelven con el recurso a un derecho natural válido para todos, o se resuelven a golpe de violencia y bombas.

 

--Usted habla de diversas fases de relativismo. ¿Dónde estamos hoy?

 

--Introvigne: Estamos en la fase del relativismo agresivo. El antiguo relativista teorizaba, aunque no siempre practicaba, la máxima de Voltaire según la cual «yo no comparto tu idea pero estoy dispuesto a dar la vida para que la puedas sostener libremente».

 

Como sabemos, Voltaire era el primero que no ponía en práctica esta máxima cuando se trataba de la Iglesia católica.

 

Pero había, y hay todavía, viejos volterianos que creen de verdad en lo que dicen y que, aún siendo personalmente relativistas, no piden al Estado que castigue a quien no es relativista.

 

Los nuevos relativistas agresivos, en cambio, quieren que el relativismo se convierta en la ley oficial del Estado, con la consiguiente represión penal de los no relativistas. Un simple ejemplo: los viejos relativistas afirmaban que «la alcoba de un homosexual es su castillo» (adaptando una vieja máxima inglesa: el castillo es el lugar en el que ni siquiera el rey con sus leyes puede entrar). Según esta visión, el estado no debe ocuparse de los homosexuales, al igual que de los heterosexuales, Todos deben poder ser libres de hacer todo lo que quieren.

 

El nuevo relativista pretende en cambio que el Estado construya al gay los muros del castillo y arreste a quien se acerca o incluso simplemente quien expresa opiniones críticas. Este es el sentido de las leyes sobre la «homofobia», que no castigan a quien maltrata o insulta trivialmente a los homosexuales (para esto están ya las leyes ordinarias) sino que, según la fórmula de la ley propuesta por el Gobierno italiano ahora dimisionario, reprimen a quien expresa «juicios de superioridad», es decir considere la unión heterosexual intrínsecamente superior a la unión homosexual, o piense --como hace la Iglesia-- que esta última es intrínsecamente desordenada.

 

--Y entonces, ¿cuál es el secreto de Europa?

 

--Introvigne: El secreto de Europa es su historia milenaria, en la que entran ciertamente otras componentes --por ejemplo, es del todo imborrable la aportación de las comunidades judías--, pero que en su itinerario de fondo es cristiana. Aunque recubiertos por los detritos de un enorme cortafuegos abierto por el laicismo y el relativismo, los valores de esta historia están todavía vivos y presentes.

 

Ciertamente están más vivos en algunos países que en otros: por ejemplo, sobre Italia, Benedicto XVI dijo en el congreso eclesial de Verona, el 19 de octubre de 2006, que «la Iglesia aquí es una realidad muy viva, --¡y lo vemos!-- que conserva una presencia capilar en medio de la gente de toda edad y condición» y que «las tradiciones cristianas están a menudo todavía arraigadas y siguen produciendo frutos».

 

Ahora, se podría decir que el mismo Benedicto XVI, por una parte, habla de una Europa «dispuesta a despedirse de la historia» y, por otra, ve «tradiciones cristianas todavía arraigadas», al menos en algunos países: ¿no habrá quizá una contradicción? La respuesta es no.

 

El Papa hablando de la crisis de Europa no nos convoca a un funeral sino a la cabecera de un enfermo. Un enfermo grave, del que es inútil esconder la gravedad de su condición. Pero un enfermo que tiene todavía en sí --escondidas en alguna parte-- las potencialidades para curarse. Como el buen médico, Benedicto XVI por una parte no se calla ante los peligros de que la enfermedad pueda convertirse en mortal y por otra escruta con atención y valoriza sistemáticamente cada pequeña mejoría, cada atisbo de curación.

 

Si en el desierto de vez en cuando brota una plantita, no hay que arrancarla sino cultivarla para que se convierta mañana en un árbol y pasado mañana en un bosque. Pero para cultivar la plantita hay que regarla, y no basta el entusiasmo: que incluso, cuando este se dirige al Papa, a sus intervenciones y sus viajes, es siempre un buen punto de partida. Se necesita el agua sólida de la doctrina y del magisterio.

 

El libro «El secreto de Europa» nace de la experiencia de treinta y cinco años de actividad que he realizado en la Alianza Católica, una agencia de laicos católicos que tiene como fin principal el estudio, la difusión y la aplicación de la enseñanza del magisterio pontificio.

 

Pero, al igual que en estos años y sin absolutamente despreciar a quien en la Iglesia tiene otras vocaciones o actúa con modalidades diversas, la obra de difusión de las enseñanzas del Papa (pienso por ejemplo en el magnífico fresco de la historia profana y de la historia de la salvación en la Spe Salvi, desaparecida del radar de los medios de comunicación tras pocos días de su publicación) me parece indispensable y urgente.

 

Por Miriam Díez i Bosch, traducido del italiano por Nieves San Martín

 

 

 

Lo que se puede esperar de Rajoy

Lo que se puede esperar de Rajoy


El cara a cara de Zapatero y Rajoy este lunes ha sido un fidelísimo reflejo de la situación de la política española. Ha puesto de manifiesto la urgencia de un cambio de Gobierno, la abstracción y el corto recorrido del presidente; el perfil de Rajoy y, sobre todo, de qué se puede y de qué no se puede hablar en nuestro país.

 

Los líderes de los partidos en España debaten poco y lo hacen en el Congreso con un formato en el que es muy difícil que se produzca un auténtico cuerpo a cuerpo. Eso provoca, a menudo, una sucesión de monólogos en los que no es necesario argumentar y contrargumentar. El otro no cuenta y es fácil que los discursos no lleguen a cruzarse. Se fomentan así mensajes sin dramaticidad, cerrados, dirigidos a los convencidos.

 

El fenómeno, en el caso de Zapatero, se agiganta. El famoso “cordón sanitario” que ha regido en la Carrera de San Jerónimo en la legislatura ha permitido a los socialistas silenciar con muchas voces la única voz que les criticaba. Una mayoría de medios de comunicación afines ha contribuido a generar un “sistema perfecto” en el que los mensajes y los discursos no tenían que hacer cuentas con la realidad. Pero ha llegado la denostada televisión y, por una vez, se ha convertido en esa “ventana a la realidad” de la que hablaban los teóricos ingenuos de los años 50. La televisión se ha convertido en la ventana que le ha puesto a Zapatero delante al “otro”.

 

Pasó ya en el programa Tengo una pregunta para usted y se ha repetido este lunes. Cuando aparece “el otro”, Zapatero se pone muy tenso y, sobre todo, revela su poca capacidad para argumentar, o lo que es lo mismo, su absoluta falta de concreción. El discurso del presidente del Gobierno suele estar construido con generalidades, y eso se hace evidente cuando tiene delante a un Rajoy o a un paisano que le pregunta cuánto vale un café. Entonces reacciona dándole vueltas a los conceptos. La actitud circular refleja su pobreza. El arte de razonar y de argumentar está siempre ligado al arte de lo concreto. Lo desconoce. Cuando el “otro” irrumpe y pone de manifiesto la incoherencia de su actitud, Zapatero se pone a la defensiva y recurre al pasado (la guerra de Iraq es el gran ejemplo). También suele refugiarse en su intenciones o en su voluntad de cambiar las cosas (“tengo el firme compromiso de...”) y suele mostrarse violento. Hemos visto pues, gracias al debate, hasta qué punto el presidente está desnudo. Lo han visto muchos de sus votantes.

 

También hemos conocido mejor a Rajoy, hasta ahora muy sepultado por los clichés que sobre él han fabricado la prensa afín al Gobierno y también la prensa contraria al Gobierno, que prefiere a otro líder en el centro-derecha. La impresión es que Rajoy puede estar a la altura de las tareas propias del inquilino de la Moncloa. También hemos visto sus límites y los límites de la política, que es siempre subsidiaria de un cambio cultural. Rajoy se ha atrevido en el debate a revindicar cuestiones que hasta ahora eran tabú. Ha hablado de la integración de los inmigrantes, de la necesidad de limitar la entrada indiscriminada de extranjeros, de la agresión a las víctimas del terrorismo, de la impostura de ciertos artistas que apoyan a Zapatero... Son temas que un líder del centro-derecha no podía mencionar hasta hace poco tiempo.

 

Se ha producido un cambio cultural. Hemos cambiado: antes enterrábamos a las víctimas con vergüenza y ahora las consideramos nuestro orgullo; antes nos conformábamos con decir que no éramos racistas y ahora sabemos que tenemos un problema serio. Los políticos normales no lideran esos cambios, los políticos excepcionales sí. Y Rajoy es un político normal. Por eso no entró al trapo de lo que Zapatero llama extensión de derechos: aborto, eutanasia, divorcio rápido, matrimonio homosexual y demás obras de ingeniería social nefastas que este Gobierno ha puesto en marcha.

 

Rajoy puede propiciar un cambio de Gobierno pero no puede liderar el cambio que fomente el respeto por la vida, la familia. El ejemplo más claro lo tenemos en Educación para la Ciudadanía: ha hecho falta un gran movimiento de base para que se comprometiera a eliminarla. En circunstancias normales, primero se producen los cambios culturales, luego los políticos. La tarea está por hacer.

 

Fernando de Haro

Páginas Digital, 27 de febrero de 2008

Mujer liberada, mujer esclava

Mujer liberada, mujer esclava


Cuatro mujeres asesinadas a manos de sus parejas convierten en una broma macabra el pregonado éxito de la ley contra la violencia de género, que se ha mostrado eficacísima... para aumentar la guerra de sexos. En su día no fuimos pocos los que recordamos que esta ley, combinada además con el divorcio express, iba a multiplicar la llamada violencia de género. Y eso considerando que el lobby feminista afincado en el Gobierno Zapatero silencia la violencia femenina contra sus parejas masculinas.     

Es curiosa la ceguera del feminismo y de la progresía. Llevan 30 años predicando la liberación sexual, esa estupenda doctrina que convierte a la mujer en esclava sexual del varón y que, como ningun otro movimiento o doctrina en toda la historia, ha cosificado a la mujer. Eso sí, en nombre de la libertad. De hecho, del feminismo siempre ha salido o hacia la esclavitud o hacia el lesbianismo. Por lo general, hacia ambas cosas a un tiempo.

 

El ínclito Marcuse, uno de los intelectuales que más necedades pronunció en el siglo XX insistía en que el objetivo de la revolución no debía ser el derrumbamiento de la clase dominante sino el intercambio de violencia por sexo. Ya saben, haz el amor y no la guerra. Don Herbert no habló del hastío, prólogo de la violencia, que produce el sexo desamorado, sin entrega al otro, es decir con la utilización del otro. Y cuando se trata de violencia física, lo lógico es que gane el que más fuerza física posee: el varón. El día en que el sexo se divorció del amor y de la fecundidad, la mujer fue condenada a ser una cosa.

 

Y como no hay nada más natural que lo sobrenatural, las normas morales se encarnan en la vida cotidiana. La unión indisoluble entre sexo y amor es algo que el hombre puede conocer o ignorar, pero la mujer lo sabe siempre, por la sencilla razón de que lo vive. Si quieren ustedes que una mujer pierda su dignidad anímenla a la más libérrima actividad sexual. La feminidad sabe que el sexo siempre es un medio, y si se le considera un fin, entonces no sirve ni como medio.

 

En suma, a mayor promiscuidad sexual mayor esclavitud de la mujer y, atención, más violencia contra la mujer, convertida en un instrumento para goce del hombre, que piensa: ¡A bodas me convidan! Placer físico a discreción y sin compromiso alguno. Y cuando la mujer, aborrecida de ser tratada como un animal -o de comportarse ella misma como un animal- se rebele contra la desesperación que el produce el desamor -y que ellas vivencian con especial intensidad-, le arreo.

 

Si a ello unen un varón acosado, o un montón de hombres a los que les han privado de sus hijos y les han destrozado la vida, el resultado no hace falta imaginarlo: lo estamos viendo.

 

Eulogio López

Hispanidad, 27 de febrero de 2008

 

La ideología de género triunfa en la legislación española

La ideología de género triunfa en la legislación española

Conclusiones de una jornada de estudios universitarios

MADRID, viernes, 22 febrero 2008 (ZENIT.org).- La ideología de género se ha introducido fuertemente en el ordenamiento jurídico español en los últimos cuatro años, más que en otros países occidentales, con una subversión de los valores cuyos efectos negativos serán visibles pronto.

 

Es la tesis de María Lacalle, profesora de Derecho Civil de la Universidad Francisco de Vitoria, expuesta durante la Jornada sobre Ideología de Genero organizada el pasado 16 de febrero por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de esa universidad de Madrid.

 

Leyes como la del «matrimonio homosexual», la ley contra la violencia de género, e incluso regulaciones que han tenido menos repercusión como la del «cambio de sexo» en el Registro Civil, suponen una implantación formal de esta ideología en España, que previsiblemente se reforzaría con una introducción de los «derechos reproductivos» si se modificara la ley del aborto.

 

La ideología de género, nacida del feminismo radical, se impuso a nivel mundial en la Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995: los lobbies «consiguieron imponer a los países miembros el compromiso de incorporar la «perspectiva de género» en todas sus políticas y medidas legislativas», afirma María Lacalle.

 

Según esta investigadora, la ideología de género ha logrado imponerse en España en tres ámbitos legislativos clave: la identidad personal, la familia y la educación.

 

La ideología del género «parte del convencimiento de que la mujer ha sido explotada por el hombre a lo largo de la historia mediante la imposición de roles y estereotipos sociales totalmente injustos y arbitrarios que la han mantenido apartada de la vida pública, privada de derechos y recluida en el ámbito familiar», afirma.

 

La «deconstrucción» de la identidad personal

 

Según María Lacalle, la ideología de género «pretende instaurar una sociedad en la que todos los individuos sean iguales, una sociedad sin diferencias entre los sexos en la que cada uno, independientemente de las características biológicas con las que nazca, escoja su propia identidad de género y su propia orientación sexual».

 

La investigadora cree que esta ideología está detrás de varias de las leyes aprobadas en los últimos años, como la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, en el apartado en el que regula el cambio de sexo en el Registro Civil cuando «no se corresponda con su identidad de género».

 

«Esta ley banaliza de una manera alarmante la cuestión de la identidad sexual. En primer lugar, no requiere un estudio psiquiátrico en profundidad, sino que permite que se cambie la inscripción registral con un simple informe psicológico; no exige cirugía de reasignación sexual, y tampoco establece como estrictamente obligatorio el haber seguido un tratamiento médico para acomodar las características físicas a las correspondientes al sexo reclamado».

 

Para Lacalle, esta ley muestra «una concepción del ser humano según la cual la identidad sexual es una variable subjetiva de cada persona. Es como si cada uno pudiera «inventarse» a sí mismo: la naturaleza no cuenta, cada uno hace lo que quiere porque la libertad se concibe como una fuerza omnipotente y autocreadora. El deseo de cada uno se convierte en motivo suficiente para pretender alterar la realidad».

 

Esta concepción del hombre proclama la libertad absoluta como liberación de lazos y condicionamientos, aún aquellos naturales como la relación paterno-filial. Como consecuencia, todas las instituciones sociales quedan minadas y se subvierte el orden social, con consecuencias que los expertos participantes en la jornada prevén desastrosas para la sociedad.

 

El tabú de la maternidad

 

La maternidad, como realidad fisiológica exclusiva de la mujer, es una de las cuestiones más atacadas por las feministas de género: los nuevos derechos reproductivos y sexuales «tienen por objeto que la mujer controle por completo la fertilidad, y que tienen como núcleo central el acceso al aborto sin restricciones de ningún tipo, como algo imprescindible para que la mujer pueda ser auténticamente libre», afirman.

 

«Más que de «derechos reproductivos» deberían hablar del «derecho a no reproducirse», que es lo que realmente quieren. Por eso buscan formas para liberar a la mujer de la «tiranía» de su naturaleza biológica, permitiéndole escapar de la «barbarie» del embarazo. Reclaman una solución técnica que les permita alcanzar el objetivo último que es la liberación de la maternidad», denuncia Lacalle.

 

Como detalle que expresa esta concepción, María Lacalle explica que los términos «maternidad» y «procreación» están siendo sustituidos en los textos internacionales por «trabajo reproductivo». «Este término fue acuñado por Carolyn Hannan, que fue Directora de la División para el Avance de la Mujer de la ONU, y desde entonces se utiliza profusamente. Es un término que indica claramente la concepción que tienen de la maternidad. La consideran como una maldición,  una carga pesada que la sociedad ha impuesto a la mujer para someterla y recluirla en el ámbito privado, para que no pueda prosperar profesionalmente. Todo lo que sirva para liberar a la mujer de este trabajo reproductivo debe ser promocionado social y jurídicamente», añade.

 

Esta concepción explica el renovado interés por la modificación de la ley del aborto, reclamada desde las organizaciones feministas cercanas al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero de manera especial en los últimos meses.

 

La «guerra de los géneros»

 

Otra de las leyes en las que el feminismo radical ha logrado imponerse es la Ley Orgánica 1/2004, de medidas de protección integral contra la violencia de género. En ella, la relación entre el hombre y la mujer se define como «necesariamente conflictiva». De hecho, en el preámbulo se afirma que «la violencia se dirige contra las mujeres por el hecho de ser mujeres y que es consecuencia de la desigualdad histórica de la mujer en la sociedad».

 

«La concepción de las relaciones entre el hombre y la mujer en términos de lucha, de rivalidad, de antagonismo, provoca un desquiciamiento de la propia identidad tanto de la mujer como del hombre», afirma Lacalle. Además, esta ideologización no lleva realmente a la solución del problema, pues no se tienen en cuenta otras causas directamente relacionadas con el aumento de la violencia, como la drogadicción o las rupturas familiares.

 

Para la investigadora, se están manipulando los datos: «desde los años noventa han ido aumentando las muertes de mujeres a manos de sus parejas y ex-parejas  pero también las muertes de hombres a manos de sus parejas y ex-parejas, los suicidios de unos y otros, la muerte de niños, la violencia de los adolescentes contra sus padres y  las agresiones a las personas de mayor edad dentro del ámbito doméstico. Por no mencionar la violencia en parejas de lesbianas, que es mucho más elevada que la que se produce en parejas heterosexuales. Pero todos estos datos no se difunden a través de los medios de comunicación, y si no se difunden, no existen».

 

¿El fin de la familia?

 

Según Lacalle, uno de los objetivos del feminismo de género es acabar con la familia, a la que considera «la principal fuente de opresión de la mujer»: «Estamos asistiendo a una transformación radical del Derecho de Familia, que ya no la protege, sino que la crea, la inventa. Es la ley, sin ninguna consideración a la realidad natural, la que decide qué es el matrimonio, qué es la familia y qué es la paternidad».

 

Esta ideología subyace en las leyes 13/2005 (por la que se modifica el Código civil en materia de derecho a contraer matrimonio para dar cabida a las uniones homosexuales),  15/2005 (por la que se regula el divorcio unilateral y sin causa), y 14/2006 (sobre técnicas de reproducción humana asistida), así como en la supresión del apartado 3 del artículo 154 del Código Civil, que reconocía la facultad de los padres de corregir moderada y razonablemente a los hijos, y la polémica asignatura de «Educación para la Ciudadanía».

 

Para la profesora de Derecho Civil, las últimas reformas de Derecho de Familia «han suprimido el matrimonio. El matrimonio, en cuanto unión de un hombre y una mujer abierta a la vida y con vocación de permanencia, ya no existe en nuestro ordenamiento jurídico». Con la ley 13/2005, «se contempla el matrimonio como un invento social que va cambiando y adaptándose a las circunstancias históricas».

 

«Parece claro que el inusitado interés en aprobar esta ley no se debía simplemente al deseo de dar entrada al pequeño número de homosexuales que quiere contraer matrimonio - desde la entrada en vigor de la ley hace dos años y medio unos 4.500 - sino de obtener el reconocimiento social para la homosexualidad y redefinir radicalmente el matrimonio, privándole de sus elementos esenciales», añade.

 

Por otro lado, la ley del «divorcio exprés» «encaja perfectamente en la ideología de género, pues si cada uno se construye y se «inventa» a sí mismo, y puede construir su relación como quiera, también se le debe reconocer la capacidad de destruirla a capricho».

 

«El concepto de matrimonio que se maneja en esta ley se basa en el mero afecto, prescindiendo de cualquier función social, y se pone todo el énfasis en la satisfacción emocional, psicológica y sexual que proporciona a sus participantes. La ley se fija en el deseo y en la libertad individual. Si uno de los cónyuges desea romper su matrimonio, su deseo ha de hacerse realidad sin más consideraciones. No hay que tener en cuenta al otro cónyuge, ni tampoco hay que pensar en el daño, a veces irreparable, que se produce en los hijos. Sólo el deseo es importante», añade.

 

           

 

Para María Lacalle, «lo que se le está diciendo a la sociedad es que el matrimonio no es importante, que el contrato matrimonial vale menos que cualquier otro contrato civil o mercantil».

 

Padres sin hijos, hijos sin padre

 

Otra de las claves del desarrollo legislativo en cuanto a identidad personal se refiere, es la Ley 14/2006 sobre técnicas de reproducción humana asistida, en la cual se redefine la paternidad y la maternidad como un «derecho» que la sociedad debe satisfacer.

 

Lacalle explica que la ley reconoce el derecho de acudir a estas técnicas a toda mujer mayor de edad independientemente de su estado civil y orientación sexual. Si es una mujer casada con un hombre, la ley «presume» que el padre es el marido de la mujer; si es una mujer casada con otra mujer, la ley las considera a ambas «progenitoras»; y si es una mujer sola, el niño legalmente no tiene padre, porque según la ley el donante no es un padre sino «el lugar» donde se ha producido el material genético. «No es que su padre no lo quiera reconocer, es que, legalmente, no tiene padre, y no se le permite buscarlo, ni conocerlo, ni relacionarse con él en manera alguna». Por la misma razón, al ser la paternidad y la maternidad un rol social y nada más, se defiende la adopción por parte de homosexuales.

 

Además, la legislación se entromete también en el derecho de los padres a educar a sus hijos. Para la investigadora «es una intromisión bastante sorprendente, teniendo en cuenta las circunstancias, pues parece que el panorama generalizado no es precisamente de autoritarismo de los padres hacia los hijos, sino todo lo contrario. La mayor parte de los padres han tirado la toalla, han abdicado de su autoridad y consienten todo a sus hijos. Y sin embargo, parece que existe un interés en minimizar la autoridad de los padres, en lugar de en reforzarla».

 

Lacalle recuerda que en la Ley Orgánica de Educación «no se menciona para nada la autoridad de los padres. Esto ya fue denunciado por el Consejo de Estado en su informe, que recomendó al Gobierno que incluyera algún párrafo que hiciera hincapié en la autoridad de padres y profesores, pero el Gobierno hizo caso omiso».

 

Por otro lado, el rebajamiento de la edad de consentimiento para mantener relaciones sexuales ha provocado que muchos padres no sepan nada -ni tengan derecho a ello- de la vida de sus hijos. «Según la legislación vigente, a los trece años se puede consentir en mantener relaciones sexuales, sea con personas del mismo o de distinto sexo, incluso con un adulto. Las propias administraciones fomentan la precocidad de los adolescentes en materia sexual, como queda demostrado en los folletos de sexo infantil que se reparten en los centros escolares de algunas comunidades autónomas».

 

Por otro lado, la Ley Orgánica de Educación 2/2006, «está impregnada de ideología de género, lo cual queda  claro desde el mismo Preámbulo, donde se dice que son fines de la educación, entre otros, el desarrollo de las capacidades afectivas del alumnado, el reconocimiento de la diversidad afectivo-sexual, así como la valoración crítica de las desigualdades, que permita superar los comportamientos sexistas».

 

«En la asignatura Educación para la Ciudadanía esta ideología está presente en todas las etapas, especialmente en la Educación Secundaria Obligatoria. Se rechaza cualquier diferenciación entre varón y mujer, llegando a identificar diferencia con discriminación, se insiste machaconamente en la diversidad afectivo-emocional, en la posibilidad de elegir la propia identidad y orientación sexual», añade.

 

¿Quién gana?

 

María Lacalle afirma que el ataque a la familia «es una constante de todas las ideologías totalitarias que han pretendido un control de la persona. En todo este proceso de ingeniería social o deconstrucción de la sociedad, la familia es un obstáculo. Minar la autoridad de los padres es necesario para manipular libremente a los niños y configurar sus conciencias y su visión del mundo y de las cosas».

 

Para el padre Luis Garza, vicario general de la congregación de los Legionarios de Cristo, de estas legislaciones no se benefician las mujeres, ni los niños, ni la sociedad: «es un hecho comprobado que la desatención de los padres de familia suele crear en los hijos personalidades débiles, incapaces de pensamiento crítico, sujetos siempre a la moda imperante y con temor de enfrentar el status quo y reducidas a una máquina de consumo».

 

«Esto sin duda es algo cómodo para algunos grupos que quieren adquirir y mantener el poder político por generaciones y sería ya suficientemente malo, pero además es el preludio para manipulaciones de gran envergadura como las que experimentamos en el siglo XX».

 

Para el padre Garza, doctor en Derecho Canónico, la estrategia de estos grupos es o bien «conseguir un control político para obtener el poder». «Estamos ante la reivindicación más clara de Gramsci y su estrategia para la obtención del poder».

 

«Si  lo que se busca es cambiar la cultura por motivos ideológicos, porque se piensa que esto es lo correcto y porque hemos vivido siglos engañados debido a lo reaccionario de la Iglesia y sus postulados, estamos ante un experimento de ingeniería social que puede tener tremendas y nefastas consecuencias ante el que debemos estar todos alerta y oponernos decidida e inteligentemente», afirma.

 

 

 

Socialismo para multimillonarios: Casi el 90% de las grandes fortunas defraudan a Hacienda

Socialismo para multimillonarios: Casi el 90% de las grandes fortunas defraudan a Hacienda


Las mayores bolsas de evasión fiscal pertenecen a contribuyentes con más de diez millones de euros que no declaran Patrimonio

 

Es una regla de tres matemática: a mayor fortuna, mayor evasión fiscal; o sea, los más ricos defraudan más. Esa viene a ser la conclusión de un estudio presentado por el colectivo de Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha), que muestra que casi el 90% de los contribuyentes con más de diez millones de euros defraudan al fisco.

 

Según los cálculos de Gestha, alrededor del 86% de las “fortunas españolas” con un patrimonio superior a esos diez millones elude sus obligaciones fiscales al no declarar el Impuesto sobre Patrimonio.

 

Los expertos de Hacienda han llegado a esta conclusión cruzando los datos de los tramos de la base imponible del Impuesto sobre Patrimonio con los datos de la banca privada.

 

El resultado es que también el 18% de las personas con unos bienes de entre medio millón y un millón de euros defrauda actualmente a Hacienda. La evasión fiscal sube hasta el 45% en aquellos patrimonios estimados entre uno y diez millones.

 

A los que pillan, les sueltan

 

Por otra parte, cabe resaltar el hecho de que, a la vista de lo que ha ocurrido en el caso de ‘los Albertos’, cuando los pillan, acaban soltándoles. El conflicto destapado en la cúpula de la Justicia por la absolución de Alberto Cortina y Alberto Alcocer ha llevado al fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, a criticar con dureza la decisión del Tribunal Constitucional de anular la sentencia contra ellos.

 

Hay que recordar que ambos estaban implicados en la estafa del caso Urbanor. Pumpido afirmó que está “total, radical y profundamente” en desacuerdo con el Constitucional, que en su opinión permite “que los condenados se queden con el dinero de la estafa”.

 

Volviendo al informe de Gestha, éste señala que “las mayores bolsas de evasión fiscal” de las grandes fortunas se centran, sobre todo, en aquellas propiedades relacionadas con capital mobiliario e inmuebles, que representan aproximadamente el 93% de todos los bienes y derechos declarados.

 

 

Otros “focos sospechosos de fraude”, aunque en menor cuantía patrimonial son los bienes vinculados a actividades económicas, seguros y rentas, vehículos, pieles, joyas y objetos de arte, añaden los expertos.

 

Pocos, muy pocos

 

Los datos recabados por Gestha indican que actualmente son pocos, muy pocos, los contribuyentes que declaran un patrimonio superior a los 30 millones de euros, tan sólo 132 ciudadanos, lo que supone unos ingresos para las arcas de Hacienda de casi 42,5 millones, es decir, una media de 322.000 euros por cabeza.

 

Alrededor de 2.525 ciudadanos declaran un patrimonio neto total entre 6 y 30 millones de euros, aportando el 10% de la recaudación del Impuesto de Patrimonio.

 

Ya en octubre de 2006, desde ForumLibertas.com informábamos de que a Hacienda se le escapan 138.000 ricos, según los datos de la consultoría Merrill Lynch y Cap Gemini.

 

De los 141.000 contribuyentes que entonces superaban inversiones de 800.000 euros, el ministerio que dirige Pedro Solbes sólo contabilizó 3.092 declaraciones superiores a los 601.000 euros.

 

De hecho, la misma consultoría constataba entonces que el colectivo que más impuestos paga a través del IRPF es el de aquellos contribuyentes con unos ingresos medios por debajo de los 30.000 euros.

 

Ante esta realidad, sumada a la que ahora denuncia Gestha, hay que preguntarse si el actual Gobierno español no practica un ‘socialismo para multimillonarios’, al no hacer más efectivas las inspecciones de Hacienda.

 

 

 

Ejemplo a seguir

 

En ese sentido, los expertos de Gestha sugieren al Ejecutivo de Zapatero que siga los pasos dados recientemente por la Cancillería que preside Angela Merkel, que ha iniciado una operación contra un millar de “adinerados” sospechosos de haber ocultado al fisco grandes cantidades de dinero transferidas al paraíso fiscal de Liechtenstein.

 

Esta operación llevada a cabo en Alemania es “ejemplarizante” y debe servir de modelo a la Administración Tributaria española para actuar contra los focos principales de economía sumergida, dicen los Técnicos de Hacienda.

 

Este “exitoso golpe” contra la evasión fiscal, dirigido por los servicios secretos germanos, Hacienda, las fiscalías de delitos fiscales y la policía alemana contrasta con la “tímida colaboración y coordinación” con que el Gobierno español dirige la lucha contra el fraude.

 

La Agencia Tributaria española es “muy reacia a compartir bases de datos, personal y actuaciones con las administraciones autonómicas y locales” a la hora de combatir el fraude fiscal, critican los expertos.

 

Isabel Ordóñez   

Forum Libertas, 22 de febrero de 2008

¿Qué sucede en Dinamarca?

¿Qué sucede en Dinamarca?

Sorprende el escasísimo eco de los acontecimientos que tienen lugar estos días en las frías tierras de Jutlandia en los medios de comunicación occidentales. Sorprende por la gravedad de los hechos en sí mismos y por el calado del problema que revelan. Desde que la policía danesa desbaratase un avanzado proyecto para asesinar a uno de los dibujantes de las tristemente célebres viñetas de Mahoma, las calles de Copenhague y de otras ciudades del reino se convierten cada noche en un campo de batalla, en el que sólo la policía y las bandas radicales, islámicas y de ultraizquierda, tienen salvoconducto para transitar.

 

Recordemos la película de los hechos. El pasado 11-F los servicios secretos daneses desarticulaban una célula terrorista que pretendía asesinar al dibujante Kurt Westergaard, uno de los caricaturistas del periódico Jyllands-Posten, que publicó en septiembre de 2005 unas viñetas ofensivas para la sensibilidad de los musulmanes. El incendio provocado por estas viñetas recorrió el mundo provocando un centenar de muertos, y puso a Dinamarca en el punto de mira del islamismo radical. Por lo que se ve, las amenazas no eran vanas. De hecho Westergaard vive escondido desde entonces y bajo estricta vigilancia policial.

 

Tras la captura de los terroristas, la prensa danesa decidió publicar nuevamente las viñetas en un gesto de solidaridad con el caricaturista, y para subrayar el sacrosanto principio de la libertad de expresión. Cierto es que podrían haberse encontrado otros procedimientos, porque la libertad no debería utilizarse nunca para el escarnio de las convicciones religiosas, pero la violencia desatada en las calles pone al descubierto un tremendo problema que en Occidente no se desea mirar a la cara: que hay barrios enteros en los que el estado de derecho ya no es efectivo, sino que rige de facto la sharía o ley islámica. De hecho, entre los levantiscos figuran inmigrantes de tercera generación, ciudadanos daneses que no han sabido o no han querido integrarse en la sociedad que les acoge, sino que han preferido construir un gueto. Naturalmente, esto no sucede de la noche a la mañana, se trata de un proceso que pone en evidencia el fracaso del llamado multiculturalismo y todas las políticas de integración.

 

Dejemos clara una cosa. No simpatizo en absoluto con los autores de las caricaturas de Mahoma. Pertenecen a esa orientación iconoclasta y nihilista que está vigente en tantas franjas de la intelectualidad europea, que entiende la libertad como ausencia de vínculos y como visa para la mofa y el escarnio de los valores. Hay base y hay procedimientos democráticos para enfrentarse a lo que muchos pueden considerar una agresión a lo más sagrado: la crítica cultural, para la que existe amplio espacio en la Europa libre, las respuestas razonadas en los medios de comunicación, el recurso a los tribunales de justicia, y el testimonio público de que lo que manifiestan las viñetas es mentira. Pues bien, nada de eso ha sido aprovechado por los supuestamente agraviados, sino que se ha justificado la violencia y la barbarie contra toda una sociedad y su sistema de libertades.

 

Ahora el Gobierno danés advierte que va a emplear mano dura, desde la policía hasta la retirada de determinados beneficios sociales e incluso la expulsión del país. Todo eso puede tener su razón de ser, pero el problema seguirá presente. Un flanco interesante (y preocupante) es la connivencia de células de ultraizquierda con el extremismo islámico, que se ha evidenciado estos días en las calles de Copenhague. El nihilismo occidental y el fundamentalismo islámico, irracionalidad e irracionalidad van de la mano, como ya sugería el denostado discurso del Papa en Ratisbona. Y la gran pregunta que surge es si las sociedades occidentales están en condiciones de asumir el desafío de la defensa de su propia identidad y sus valores, así como de la acogida e integración armónica de los inmigrantes, especialmente los de religión musulmana. Esto sólo será posible si Occidente dispone d e una fortaleza espiritual y moral que ahora mismo brilla por su ausencia.

 

Ahora se ve bien a las claras que el relativismo no puede ser fundamento para la democracia y que las mejores estructuras políticas y económicas (Dinamarca las tiene) no bastan para asegurar una convivencia civil que merezca ese nombre. No es cuestión de mano dura sino de claridad de conciencia, de construir un tejido comunitario vivo y de ofrecer una auténtica propuesta educativa, basada en el gran patrimonio que conforman la tradición judeo-cristiana, la herencia greco-latina y la mejor ilustración. En Copenhague se han encendido las sirenas de alarma.

 

José Luis Restán

Páginas Digital, 21 de febrero de 2008

El multiculturalismo, los islamistas y los ingenuos

El multiculturalismo, los islamistas y los ingenuos


En su libro "Los islamistas y los ingenuos", dos daneses critican una sociedad plural en que los inmigrantes y sus hijos no se integran.


El multiculturalismo ha entrado de nuevo a ocupar la atención de analistas,  medios de comunicación y dependencias gubernamentales de países europeos, americanos y, en menor medida, asiáticos.

 

En entrevista para el diario ABC español (3 de Febrero de 2008), los daneses Karen Jespersen y Ralf Pittelkow han evidenciado los factores de discordancia que siguen suponiendo políticas de gestión de la diversidad cultural como el multiculturalismo. De hecho, en su libro “Los islamistas y los ingenuos” (“Islamister og naivister”) critican ferozmente el concepto de multiculturalismo  y la falsa integración de los extranjeros o hijos de extranjeros que se establecen en Europa, especialmente musulmanes.

 

Ciertamente las respuestas de Jespersen y Pittelkow ameritan precisiones puntuales en cuanto a la concepción de los valores auténticamente tales, en la identificación de los valores que ellos consideran propios de Europa y en lo tocante a la relación entre libertad de expresión y respeto a la religión (uno y otro llaman derecho a criticar la religión, a las burlescas caricaturas del Jyllands-Posten sobre Mahoma entendiendo por libertad de expresión una mala expresión de la libertad).

 

 

 

 

En los últimos días, tras años de promoverla en lo secreto, exponentes musulmanes del Reino Unido han impulsado una campaña abierta que pretende la entrada en vigencia de la sharia de manera que los musulmanes puedan legislar en ese país a partir de ella.

 

The Sunday Telegraph (10 de Febrero de 2008) reportó dos comentarios significativos y de peso que manifestaban la polarización de la sociedad que en este campo suscitaba la polémica iniciativa. Por un lado el primado de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, haciendo ver –según él– “la inevitabilidad de la adopción de algunos aspectos de la sharia o ley islámica en Gran Bretaña”. Incluso, como reportaba la BBC en su portal de internet (11 de Febrero de 2008), defendió su apertura a la ley islámica ante el Sínodo general de la Iglesia de Inglaterra diciendo que es justo considerar la preocupación de las otras comunidades religiosas.

 

Por otro lado, el cardenal arzobispo católico de Westminster, Cormac Murphy-O'Connor, expresaba su oposición al afirmar: “Yo no creo en una sociedad multicultural”.

 

No nos entretenemos en el debate de licitud y validez que sugiere este tema (indirectamente, en líneas generales, lo abordamos en nuestro ensayo “Creer, migrar e integrarse” que se puede leer en el siguiente enlace) pero si destacamos el hecho real y no exclusivo que constituye, hoy por hoy, la realidad de muchos países: la pluralidad cultural.

 

El dato de hecho nos remite a la necesidad de una gestión del mismo. Y es que, aunque se suela confundir, multiculturalismo no es lo mismo que pluralidad cultural.

 

La pluralidad cultural es la realidad que se necesita gestionar. El multiculturalismo es un modo, una política de gestión de la pluralidad de las culturas.

 

¿Es el único y es válido? No. Hay otras maneras de encauzarlo, si bien también deberíamos examinar su validez. Así están, por ejemplo, la política de la asimilación donde el extranjero debe uniformarse a la cultura de la nación que lo aloja renunciando, de algún modo, a la anterior. A cambio recibe todos los derechos civiles.

 

La asimilación limitada trata de favorecer una asimilación lenta; se tolera el que se conserven aspectos de la cultura anterior. El “Meeting post” afirma la asimilación y unidad progresiva de todos.

 

Es decir, no es necesario obligar a los ciudadanos que llegan adopten apenas hacerlo el todo de la cultura que les recibe. El multiculturalismo, por último, privilegia el derecho de ser irreductiblemente diversos haciendo de un construido “derecho” a la diversidad un absoluto.

 

Siendo así, qué problema plantea el multiculturalismo? Primeramente es una utopía. Una sociedad implica unidad, una cohesión que camina junta al mismo destino.

 

El multiculturalismo promueve la división, infravalora la unidad y lleva a la creación de grupos-clanes cerrados. Empero, el error más grave se evidencia en el relativismo sobre el que se cimienta y a partir del cual sigue construyendo.

 

¿Y es que no todas las culturas son iguales? Más que a la igualdad, el relativismo nos remite a una valoración de la verdad que hay o no en ellas. Es innegable reconocer los valores universales que muchas de ellas poseen.

 

Sin embargo, no queda dicho que todas las manifestaciones propias sean dignas de respeto y mucho menos que debamos promoverlas y tolerarlas.

 

¿Quién estaría dispuesto a que se coman a su madre sólo porque en la cultura de los caníbales eso está bien visto?

 

¿Quién permitiría que apedrearan a su hija porque tuvo una relación fuera del matrimonio sólo porque esa es una manifestación de la cultura islámica?

 

¿Haría estallar a su esposa sólo porque en la cultura “X” inmolarse es una muestra de fe?

 

¿Está bien que maten a las niñas sólo porque en tal cultura prepondera el patriarcado o se pueden tener sólo cierto número de hijos?

 

Las culturas no son iguales. Unas son más perfectas y otras son perfeccionables; unas son ricas y otras pueden enriquecerse. No es imponer el proponer la verdad a quienes aún no la conocen en plenitud. Al contrario, es un rasgo de solidaridad e interés por el hombre.

 

El tema del multiculturalismo vuelve a estar en el punto de mira. Es verdad que las discusiones en congresos, debates o foros, mientras busquen la verdad, ayudarán de algo para llegar a conclusiones que marquen pautas de acción. Pero, en definitiva, de nada servirán mientras no se evidencie la necesidad de construir una civilización donde los auténticos valores liderados por el bien y la verdad ordenen y funden cualquier política encaminada a gestionar la diversidad cultural.

 

El peligro de errar en una aplicación viciada como el multiculturalismo tiene sus consecuencias negativas. Aún se está a tiempo de re-encauzar los caminos y sentar cimientos. Después, quizá sea demasiado tarde.

 

Jorge Enrique Mújica   

Forum Libertas, 18 de febrero de 2008