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Políticamente... conservador

Caramba con la "mirada positiva"… De la guerra civil a la guerra de religión: Zapatero se supera

Caramba con la "mirada positiva"… De la guerra civil a la guerra de religión: Zapatero se supera


Esta legislatura empezó con un siniestro revival de la guerra civil y está terminando con un grotesco retorno al año 711: el Gobierno declara la guerra a los obispos y la Junta Islámica proclama su apoyo al PSOE; ya solo falta que Zapatero, cual nuevo Agila, llame en su socorro a los moros (y Bono hará de Don Opas). Nunca como en esta legislatura ha sido tan cierto aquel apotegma de don Carlitos Marx según el cual todo en la Historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como parodia. El problema es que estas parodias de Zapatero laceran, escuecen, arañan y dejan tras de sí un reguero de discordia y enfrentamiento. Y todo ello, en nombre de la paz.

No resulta fácil entenderlo. ¿Qué se gana enfrentando a la gente? Puede entenderse que, ante una ofensiva, el ofendido responda. Pero, ¿qué ofensiva había aquí antes de 2004, al margen de la de ETA y la de los separatismos? La guerra civil era un capítulo ya superado: unos y otros escribían unas y otras cosas, cada cual contaba su guerra y a nadie se le discutía el derecho a hacerlo, pero, sobre todo: nadie la vivía en presente de indicativo, como si estuviera ocurriendo otra vez. Los abuelos estaban muertos y enterrados. La reconciliación nunca fue un abrazo alegre y fraternal, pero sí una voluntad lo suficientemente firme como para ser efectiva. Pero en eso llega a este caballero, invoca a los muertos, abre las tumbas, saca a pasear a los cadáveres, vuelve a dividir España en dos bandos, dictamina quiénes son los buenos (ellos) y quiénes son los malos (los demás) y se propone ganar la guerra que perdieron setenta años atrás sus antepasados políticos. ¿Para qué?

Del mismo modo, todos los problemas que el Estado constitucional pudiera tener con la Iglesia estaban ampliamente resueltos, y a plena satisfacción de ambas partes. El Estado, aconfesional, había prescindido de cualquier referencia religiosa explícita para contentar precisamente a los socialistas. La Iglesia había renunciado a su posición de privilegio en el Estado sin conservar más que los beneficios derivados de su hegemonía social, cultural e histórica. Los acuerdos diplomáticos entre España y la Santa Sede no incomodaban a nadie. Ni la Iglesia ha tratado de determinar la política del Ejecutivo, ni éste, en los años precedentes, había buscado conflicto alguno, más allá de los derivados naturalmente de posiciones ideológicas distintas. Pero ahora, de repente, el Gobierno proclama que la Iglesia es un problema: sacude corporativamente a los obispos, presiona social y políticamente a los católicos, amenaza a sus medios de comunicación y llega hasta el extremo de amagar con una supresión de los acuerdos Iglesia-Estado. ¿Por qué? ¿Para qué?

El túnel del tiempo

La revisión de la guerra civil nos ha metido en un túnel del tiempo que conduce a la España de los años treinta. La bronca con la Iglesia nos sumerge en un pozo que conduce aún más lejos, a la Francia de 1905 o al México de 1920 y sus sectarias políticas anticlericales. Hay en ambos procesos algo profundamente morboso, una enfermedad del espíritu, una incapacidad de vivir el propio tiempo y acomodarse en la Historia. Es como si nuestra izquierda, incapaz de digerir dos procesos históricos consumados como fueron el horror del socialismo real y el naufragio económico de la socialdemocracia, hubiera decidido inventarse una historia nueva, una historia a la carta, para tener todavía algo que decir. Este malestar en la Historia debería hacer pensar a los intelectuales de izquierda; en vez de eso, los está arrastrando a la ceguera más radical, como la de esos tribunos que en los años setenta empezaron a cantar las delicias (quizá turcas) de un islam imaginario. Sería un ejercicio inofensivo si no fuera porque en su estela emergen pasiones que pueden llegar a hacerse incontrolables. Entonces la parodia volvería a teñirse de tragedia.

Para que la parodia llegue al límite, la Junta Islámica, portavoz en España de un islamismo en absoluto moderado, ha pedido el voto para Zapatero. Es evidente que no pueden ser convergencias ideológicas las que han llevado a una comunidad que predica la sumisión de la mujer y la condena de la homosexualidad, a apoyar al partido del divorcio-exprés y los gaymonios. Hay que pensar más bien que se trata de una motivación estratégica: los musulmanes piensan que con Zapatero tendrán más oportunidades de penetración social. Nadie puede reprochar a los musulmanes que defiendan sus intereses. Lo que hay que preguntarse es qué no les habrá ofrecido Zapatero para que estos simpáticos amigos le comprometan el voto. Aquí la parodia empieza a convertirse en algo bastante más serio.

Sea como fuere, el hecho es que la política socialista –que no es sólo Zapatero- nos ha metido en un camino absolutamente delirante: una política de lo no político donde la imaginación de una Historia que no fue ahoga las posibilidades de un país que realmente es. Si una mayoría de españoles sigue adhiriéndose a ese fantasma, entonces es que España ha optado por el suicidio.

 

José Javier Esparza

El Manifiesto, 6 de febrero de 2008

La verdadera razón del ataque del gobierno a la Iglesia

La verdadera razón del ataque del gobierno a la Iglesia

A todo observador imparcial le habrá sorprendido la furibunda y amenazante reacción del gobierno contra los obispos españoles por su nota para orientar a los católicos ante las próximas elecciones.

No es un dato menor que la mayoría de medios de comunicación hayan hurtado a la opinión pública el conocimiento del texto, por otra parte breve. Leyendo sus puntos no se desprende ninguna novedad, nada que no se haya dicho y reiterado antes. En definitiva el Magisterio de la Iglesia es poco voluble.

Además, la forma es extraordinariamente cuidada, matizada. Tanto es así que la impresión de los propios periodistas que asistieron a la rueda de prensa del portavoz de la Conferencia Episcopal, Martínez Camino, que dio a conocer el texto, volvieron a sus redacciones con la opinión de que el texto era realmente matizado y muy ajustado.

 

¿Qué cambió entre este momento y la explosión de los medios de comunicación de la mañana siguiente?

 

Pues, lo que modificó el panorama fue la decisión del gobierno de actuar con una contundencia insólita contra la Iglesia, e intentar mantener esta tensión el máximo de días posible. Algunos analistas ya ligaron esta desmesura con las dificultades de Zapatero durante la semana anterior: el ninguneo de Merckel, Sarkozy y Brown en la reunión de líderes europeos para tratar del tema económico, que dañaba uno de los puntos clave con que Zapatero intenta presentarse ahora, el del líder del gobierno del país que más ha crecido económicamente.

 

También la calurosa recepción de la dirigente alemana y el presidente francés a Rajoy en París.

 

Incluso el desplante inusual de la primera ministro germana, en la rueda de prensa conjunta con Zapatero, después de la reunión que estaba prevista desde hace tiempo entre ambos países.

 

No es frecuente que tal y como hizo Merckel, en un acto tan formal declare sus simpatías por el candidato que pretende echar a Zapatero.

 

El fracaso de la medida elaborada por la beautiful people de la Oficina económica del presidente del gobierno, con David Taguas y el ex de dicha oficina, Miguel Sebastián, a la cabeza, destinada a repartir 400 euros, también se añade al cómputo negativo.

 

Miguel Sebastián en un reciente artículo todavía defendía esta medida como ejemplo de política anticíclica, un planteamiento que tiene su equivalente en alguna de las medidas adoptadas por Bush en EEUU. No deja de ser sorprendente esta semejanza para un dirigente que alardea de rojeras. Y es que lo de los 400 euros no solo sonaba mal sino que era todo lo contrario a una medida redistributiva, como se encargó de precisar Solbes. Solo cobrarían aquella cifra los que más pagan a hacienda, muchos se limitarían a percibir 180 euros y otros nada.

 

Pero el factor realmente desencadenante de la decisión gubernamental de poner en primer plano un desmesurado conflicto con la Iglesia fue el conocimiento del dato que el martes siguiente, el 5 de febrero, explotó en todos los periódicos: el extraordinario crecimiento del paro, la cifra más alta para enero de los últimos 24 años.

 

Desde la mitad de la semana anterior Zapatero conocía este resultado, y su equipo estuvo considerando como podía desviar la atención. La nota de los obispos muy cogida por los pelos, les dio la ocasión.

 

Esta es la verdad pura y dura del comportamiento del gobierno y el PSOE. Dice mucho de la irresponsabilidad de todos ellos y de su voluntad de manipular la opinión de las personas, y dice también del potencial de los medios de comunicación para transmitir imágenes falseadas de la realidad y excitar los instintos.

 

Ambas cuestiones son de una gravedad que incluso van más allá de la simple campaña electoral, porque reducen a quien es el teórico ciudadano a un muñeco al que se puede agitar y mover a base de inundarlo de falsas informaciones y opiniones de adoctrinamiento.

 

Editorial de Forum Libertas, 6 de febrero de 2008

En España, cristianos y musulmanes coexistieron pero no convivieron

En España, cristianos y musulmanes coexistieron pero no convivieron


Juan Eslava Galán desmonta el bulo multicultural de la manida convivencia de las tres culturas en su último libro ‘Califas, guerreros, esclavas y eunucos’.

 

Eslava Galán  aclara en contra de la moda políticamente correcta  que no hubo convivencia sino coexistencia durante la reconquista. «Había tres comunidades: la musulmana, la judía y la cristiana. La judía era una minoría que siempre estuvo aplastada por las otras. En el momento en que se impusieron los musulmanes, los cristianos tuvieron que pagarles tributo. En cuanto la balanza se alteró, fueron los musulmanes los que pagaron tributo a los cristianos. ¿Convivencia? Salvo en los casos extremos de amoríos idealizados en novelas y cuentos, no la hubo nunca».

 

Más que de convivencia habría que hablar de desencuentro. Cada comunidad era muy consciente de su identidad completamente diferente la una de la otra y, alianzas y colaboraciones coyunturales aparte, también de que solo compartían un territorio en el que sus visiones opuestas competían por la hegemonía. La convivencia entre las tres culturas sólo es un tópico creado en la actualidad.

 

Hablando de tópicos Eslava Galan dice que esa idea tan extendida de que la gente del sur desciende de los moros es absurda. «¿Los ojos morunos de las andaluzas? Todo eso son pamemas. La mayoría de los andaluces descienden de gentes venidas de Galicia, León, Cantabria, el País Vasco y de otros puntos de la península».En cuanto a la famosa herencia cultural que los árabes dejaron en nuestro suelo, Eslava Galán destaca su «destreza» en el dominio del agua, sobre todo en los regadíos, y su «amplia y rica aportación a la agricultura y gastronomía». «Trajeron y aclimataron numerosas especies, como el almendro, el castaño, las higueras, la berenjena, el limonero, el naranjo, numerosas especias…. Y haciendo postres eran unos auténticos artistas».

 

Ahora bien, volviendo a la falsa convivencia entre cristianos y musulmanes,  este desencuentro de siglos no debería, a juicio del historiador, enquistarse de forma crónica. «La madurez histórica nos debería hacer comprender, a unos y a otros, que cualquier diferencia se puede solucionar por la vía de la discusión, nunca por la de la confrontación».

 

Esta visión conciliadora no le impide, sin embargo, ser realista. «Hoy por hoy la llamada ‘alianza de civilizaciones’ es una bella aspiración sin contenido. No tiene fundamento porque es como intentar mezclar el agua con el aceite», argumenta. «El cristianismo ha evolucionado a partir del siglo XVIII. Hubo una Ilustración que deslindó la religión del derecho civil. En el Islam ha habido conatos, pero no está clara esa diferencia. Hay sociedades que siguen al pie de la letra el Corán o los preceptos de la ’sharia’ (ley islámica) y otras menos. Por eso no se puede pensar en una religión unificada. Hay muchísimas sectas y muchas maneras de entender esa religión», unas pacíficas y otras integristas.

 

Minuto Digital, 4 de febrero de 2008

Progresía totalitaria

Progresía totalitaria


Supongo que lo que más desazón me causa al escuchar los exabruptos que cierta parte de la izquierda lanza habitualmente contra la Conferencia Episcopal, contra el PP, contra la AVT, contra la Cope... es la convicción de que recurren al exabrupto sencillamente porque no pueden recurrir a otra cosa. Escuchando los excesos verbales de estos sujetos, uno se da cuenta de que, si en su mano estuviera, someterían a todos los que no opinamos como ellos a un programa de reeducación ideológica. Si por ellos fuera, el glorioso invento soviético de las clínicas psiquiátricas para disidentes sería rescatado y financiado con cargo a los presupuestos generales del estado. Si tuvieran la más mínima oportunidad, aplicarían la eutanasia activa a todo aquel que mostrara síntomas equívocos o inequívocos de padecer la enfermedad mental del liberalismo, o del catolicismo, o de la simple neutralidad política.

 

Lo preocupante no es que un alevín de chequista diga que habría que disolver la Conferencia Episcopal: lo verdaderamente preocupante es que ese chequista en ciernes, si tuviera la oportunidad de hacerlo, la disolvería. Igual que no es preocupante que otra admiradora de Mengele diga que habría que "sedar" a Esperanza Aguirre: lo preocupante es la sospecha de que habría muchos autotitulados progres que serían perfectamente capaces de clavar ellos mismos la jeringuilla. De la misma forma que no es preocupante que otro majadero afirme que sería una pena que tuviera que pasar otro 11-M para que la gente se movilice y vote contra la derecha: lo verdaderamente terrible es que este tipo de frase le lleva a uno a preguntarse si habría algún aspirante a genocida dispuesto a poner él mismo las bombas para que la izquierda pudiera ganar las elecciones.

 

En el fondo, se trata de un problema de convicción democrática. Existe una parte no pequeña de la izquierda española para la que la democracia no tiene ningún valor intrínseco: para ellos es sólo un instrumento válido en tanto les permita obtener el poder y ejercerlo. El que Aznar o Bush ganen las elecciones no otorga, desde este punto de vista, ninguna legitimidad a sus decisiones, porque tan sólo es legítimo para la progresía aquello que la progresía decida que es legítimo. Si una mayoría de ciudadanos otorga su confianza a la odiada derecha, eso sólo quiere decir que no se dan las condiciones objetivas para que esos ciudadanos perciban la auténtica realidad, que no es otra que la innata maldad de esa derecha a la que nadie bienintencionado podría votar.

 

Dentro de ese esquema mental, las opiniones discrepantes no son algo a rebatir, sino a erradicar. Y si no hay forma de obtener el poder y de anular al discrepante por métodos democráticos, cualquier otro método resulta perfectamente válido. De ahí las llamadas a disolver conferencias episcopales, a aplicar sedaciones terminales a los políticos conservadores o a movilizarse contra la derecha aunque sea a golpe de onceemes.

 

De ahí también que esa progresía no sienta ninguna repugnancia frente a aberraciones morales como la negociación con terroristas, porque la bondad o maldad de las acciones (en este caso, de los asesinatos de ETA) no depende de la propia naturaleza de esos actos, sino de sus objetivos. No es lo mismo, según el catecismo laico de la progresía, el asesinato cometido por ETA que el cometido por la Triple A, porque ambas organizaciones persiguen fines distintos y esos fines determinan la "utilidad" de esos crímenes. Lo peor que ETA tiene para la progresía es que con sus asesinatos podría llegar a reforzar electoralmente a la derecha. Y eso sí que es imperdonable.

 

A la hora de juzgar un asesinato, a la progresía ni siquiera le importa quiénes sean las víctimas: sólo importa quién es el verdugo. Si el verdugo lucha contra la odiada derecha, todo puede llegar a ser disculpable. Incluso que se asesine a trabajadores, a políticos de izquierda o a magistrados teóricamente progresistas.

 

Es ése, y no otro, por ejemplo, el resorte mental que hemos visto activarse en el caso de las muertes masivas en las urgencias del Hospital de Leganés: "¿No abomina la Iglesia de la eutanasia? Entonces debemos defender la causa de la eutanasia. ¿No está el doctor Montes luchando por esa causa? Pues entonces es uno de los nuestros". Una vez alcanzada esa conclusión, ¿qué le importa a la progresía que a algunos enfermos del Hospital de Leganés les aplicaran una dosis letal de sedantes sin venir a cuento y sin consultarles? ¿Qué importa que las muertes se redujeran drásticamente después de la destitución del doctor Montes? ¿Qué más da que Leganés sea una ciudad con una población mayoritariamente trabajadora? Todo eso es irrelevante, porque ellos no analizan el problema desde el punto de vista moral, sino desde la óptica de esa lucha a muerte entre los buenos (ellos) y los malos (todos los demás). Dentro de esa dinámica, las víctimas son asumibles, sean éstas quienes sean.

 

Ni siquiera importa tampoco, a la hora de enjuiciar un hecho, lo que la Ley determine. Porque la Ley es, de nuevo, y al igual que sucede con la propia Democracia, un instrumento que se debe usar cuando convenga y se puede ignorar cuando represente un obstáculo. Para la progresía, el que algo sea legal resulta completamente irrelevante a la hora de determinar si es legítimo.

 

Lo que nos jugamos en las elecciones del 9 de marzo no es una alternancia entre la izquierda y la derecha, sino algo mucho más profundo. Nos jugamos el modelo de sociedad en el que queremos vivir. ¿Queremos vivir en un país donde todo el mundo tenga derecho a opinar lo que le parezca, donde todas las opiniones sean legítimas, donde la discrepancia sea vista como algo consustancial a la propia democracia y donde sólo la Ley establezca los límites a lo que puede o no hacerse? Ésa es la pregunta fundamental que tendremos que responder con nuestro voto. En las próximas elecciones generales habrá que optar entre quienes admiten por principio que otros puedan discrepar y no conciben más armas que la palabra para encarar la lucha política, y quienes por principio no admiten que puedan existir otras opiniones y consideran que cualquier medio es legítimo, incluida la violencia, para alcanzar el objetivo político marcado.

 

Por desgracia para todos, pero principalmente para la izquierda, hay una parte de la izquierda española que no comprende ni poco ni mucho lo que significa vivir en democracia, porque no llegó en su día a efectuar la Transición. Y ya es hora de exigirla que la efectúe. Y que aprenda que vivir en democracia significa que el que no opina como tú tiene tanto derecho como tú a opinar y a gobernar.

 

Ya es hora de que la izquierda se sacuda el yugo de la progresía totalitaria.

 

Luis del Pino

Libertad Digital, 4 de febrero de 2008

 

No es posible separar Iglesia y sociedad

No es posible separar Iglesia y sociedad


La virulencia con la que el PSOE ha reaccionado al último documento de la Conferencia Episcopal no tiene precedentes en nuestra reciente historia democrática. Ningún partido de gobierno había mostrado hasta ahora una hostilidad hacia la Iglesia como la que ahora ya no disimulan los socialistas y jamás se había llegado al extremo de proferir insultos y descalificaciones hacia sus pastores. ¿Qué nuevos elementos han motivado esta animadversión que no se daba, por ejemplo, en los anteriores gobiernos socialistas presididos por Felipe González?

 

Las acusaciones de “inmoralidad” e “hipocresía”, a las que se han sumado otros exabruptos del entorno mediático del PSOE, causan sin duda dolor en muchos fieles católicos y estupor a muchos ciudadanos de bien. Dignas de un análisis más profundo son las palabras, más frías y calculadoras, de la vicepresidenta Fernández de la Vega, tanto en su comparecencia en el Congreso, por la polémica suscitada tras la celebración por la familia del 30-D, como en la rueda de prensa de la reunión del Consejo de Ministros del pasado viernes.

 

En las dos ocasiones, De la Vega ha defendido con ahínco la separación Iglesia-Estado y ha reclamado que ambas instituciones puedan funcionar con total autonomía. Sobre eso puede estar tranquila la “número dos” del Ejecutivo, porque no hay prácticamente ningún católico que no crea conveniente esta separación con respecto a las instituciones del Estado consagrada en la Constitución. El problema viene de que, cuando los miembros del Gobierno hablan de separación Iglesia-Estado, a lo que se refieren sin embargo es a la separación Iglesia-sociedad o, como ha señalado este domingo el cardenal arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, a “reducir su palabra a los espacios sacrales”.

 

Una separación Iglesia-sociedad es sencillamente imposible. La sociedad está formada por hombres y, como prolongación de la presencia de Jesucristo en la historia, la Iglesia tiene como misión esencial el diálogo con el hombre, con el corazón de cada hombre concreto, sus anhelos y evidencias más profundas. Y precisamente a esos anhelos de justicia, verdad, belleza, libertad, van dirigidas las orientaciones morales que los obispos plasmaron en el documento del pasado jueves. Por tanto, privar de esa posibilidad a la Iglesia no es sólo negarle una función sino negar su misma esencia.

 

Pero, ¿por qué aparece confusión entre los términos “Estado” y “sociedad” en mayor medida que con ningún gobierno anterior? El proyecto político que lidera Rodríguez Zapatero desdibuja la línea que divide estos ámbitos porque se basa en la idea de que el Estado, y por tanto el partido en el poder, no es sólo un árbitro y un garante de la convivencia y las libertades, sino que tiene la potestad de transformar las conciencias.

 

El pensamiento sobre el que se sostiene el proyecto político de Zapatero es de naturaleza hegemónica, es decir, pretende imponerse a todos, como lo demuestran varias de las leyes aprobadas en esta legislatura y de manera evidente la asignatura Educación para la Ciudadanía. Por esta razón, choca frontalmente con cualquier otra realidad que pretenda ofrecer una explicación integral del hombre, como es el cristianismo.

 

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 3 de febrero de 2008

Rosa Díez, progre sin más. Reflexiones sobre “Progreso y Democracia”

Rosa Díez, progre sin más. Reflexiones sobre “Progreso y Democracia”


Infokrisis.- A cualquier cosa que tienda a debilitar a los dos grandes partidos hay que concederle un margen de confianza y beneficio; al menos en principio y mientras no se demuestra lo contrario. De ahí que hayamos contemplado con esperanza e interés la fundación del “partido de Savater y Rosa Díez”. Dicho lo cual veamos si hay algo más allá del relumbrón de sus dos promotores y si, a la postre no van a terminar reforzando a uno u otro de los dos grandes.

 

Hay gente que en las distancias cortas gana. No es el caso de Rosa Díez ni de la UPD. El analista, a la que se va acercando, va perdiendo poco a poco esa predisposición a darles un voto de confianza. Es el sino de todo partido de nuevo cuño, que demuestra el hartazgo creciente de la sociedad hacia la “banda de los 2+2” (dos partidos estatalistas y dos nacionalistas). Hace falta mirar con muy buenos ojos a Rosa Díez para no espetarle: “Para ese viaje no hacían falta alforjas”.

 

En efecto, el viaje ideológico de la UPD es pobre, tirando a pobretón. Pobre porque no va más allá de un rechazo a la política pronacionalista y antiterrorista de Zapatero y a pedir mano dura contra ETA. ¿Cómo podríamos estar en contra de tan loables intenciones? Que la política antiterrorista de ZP ha sido hedionda como se podía intuir desde el principio es algo de lo que no puede dudarse a poco que uno haga trabajar la materia gris.

 

Claro está que el partido propone otras cosas en su manifiesto fundacional y en sus estatutos. ¿Qué propone? Propone esto y copiamos:

 

“1 - Promover la regeneración y renovación del sistema y las instituciones democráticas de España, preservando el carácter unitario y descentralizado del Estado, mejorando el sistema electoral, la representación de la ciudadanía, la democracia interna de los partidos políticos, la transparencia de su financiación, así como las reglas para establecer pactos poslectorales y otras medidas conducentes a limitar los mandatos de los representantes, potenciar la vinculación entre representantes y representados, y la capacidad de iniciativa política de la ciudadanía.

 

2 - Promover la reforma de la Constitución española de 1978 para mejorar la separación de poderes, potenciar la igualdad y la libertad de las personas, y cerrar el modelo de organización territorial dando a todas las comunidades autónomas las mismas competencias y reservando al Estado ciertas competencias intransferibles con vistas a garantizar su viabilidad, la solidaridad interterritorial y la gobernabilidad del Estado.

 

3- Promover una reforma de la legislación electoral española congruente con los fines específicos citados.

 

4 – Promover cualquier política adecuada para el progreso de las libertades y la igualdad jurídica de los ciudadanos españoles, con independencia del lugar de España donde residan, así como de su lengua, orientación sexual e ideas políticas, religiosas, identitarias o de cualquier otra clase.

 

5 – Promover y defender aquellas políticas y medidas sociales, económicas, educativas, científicas, medioambientales o de cualquier otro ámbito, sean municipales, autonómicas, nacionales e internacionales, que:

 

a - Potencien y protejan la libertad e igualdad de las personas y la cohesión nacional de la ciudadanía contra las políticas regionales centrífugas, antiigualitarias y discriminatorias.

 

b - Potencien y protejan la solidaridad y bienestar social, la igualdad fiscal y jurídica, y el derecho a la iniciativa empresarial, al trabajo y a las prestaciones sociales básicas y universales.

 

c - Potencien y protejan la cooperación internacional, y muy particularmente la integración de Europa hacia formas superiores de organización democrática.

d - Potencien y protejan la laicidad de la educación y de las instituciones públicas, y el impulso, difusión y acceso al conocimiento, la educación y la investigación científica y humanística.

 

e – Se opongan activamente a la difusión del fanatismo, la ignorancia, el fundamentalismo político o religioso y la justificación del terrorismo y de la violencia y la discriminación política en cualquiera de sus formas.

 

f – Protejan el medio ambiente, la herencia natural y la biodiversidad.

 

6- Promover políticas que favorezcan la proyección internacional de España, contribuyan al fortalecimiento de la Unión Europea y promuevan las relaciones pacíficas entre los distintos países del mundo, así como el desarrollo económico y social de los menos favorecidos.

 

7 - Apoyar y desarrollar en el futuro cualquier otra política congruente con la consecución de estos fines generales en cualquier nuevo ámbito”.

 

El máximo elogio que podría decirse de este programilla es que es “honesto”. Cuando no se puede decir nada de alguien se alude a su honestidad, como si no fuera lo mínimo exigible para entrar en política. Podríamos decir recurriendo a la pomposidad que nunca hubo tanta ambigüedad en tan pocas líneas. Y en cuanto a la honestidad, como el valor al soldado, se le supone.

 

Tampoco cuesta tanto explicar cómo se va a regenerar el sistema político –que falta le hace- y en cuando a eso de las políticas que “protejan el medio ambiente” es, desde luego mejor que las políticas “que masacren al medio ambiente”. Una obviedad, tópica por lo demás. Como la alusión a la paz mundial. Faltaría más. Mejor "paz mundial" que "guerra universal" que diría un profesor de semántica. ¿Quién puede estar contra eso? Un partido así concebido, carece de lo que en filosofía se llama -y Savater debería saberlo como mínimo- "principio de razón suficiente".

 

Si esta es la “doctrina” de un partido, menuda doctrina de chichinabo. Pobre pobrísima, con una falta de imaginación, una merma de sangre y de nervio que puede concitar adhesiones de boy-scouts recién juramentados y capadillos varios.

 

El espacio centrista como paradigma del oportunismo

 

Seamos serios: ¿esa es la alternativa? No; es, como máximo, un intento de conquistar un espacio centrista que, según han oído los fundadores de la UDP es donde reside la mayoría del país y cuyo dominio da o resta mayorías absolutas. Desde que Suárez inventó en centrismo, todos los listos que en España han sido se han apuntado al invento que dice poco, compromete a menos y obliga a nada. Un sindicalista vertical de toda la vida, devenido “líder sindical independiente” (esto es, "centrista”, me decía hace 30 años: “Ernesto esto del centrismo es lo mejor, ni derechas ni izquierdas”. Y a él que procedía de la falange, eso, desde luego, le sonaba. Sólo que Primo no era “centrista”. Cuando alguien se declara centrista atención: pretende trincar eludiendo entrar en disquisiciones doctrinales.

 

Lo que se le escapa a Rosa Díez (segunda división del PSOE en las dos legislaturas anteriores a causa de sus enganchones con Zapatero por el tema vasco) y a Savater es que –como comprobó Suárez- en el centro no hay espacio porque el centro es una ficción política deconstruida por la presión del centro-izquierda y del centro-derecha. El centro, si es algo –y es poco- apenas es un apelmazamiento de moderación, ambigüedad y actitud sosegada o aparentemente tal. El centro es una forma de ser apolítico en unos casos e iletrado político en otros. Nada.

 

El centrismo se afirmó en la historia de España durante la transición y solamente como colchón para evitar que se produjera un choque indeseable entre izquierda y derecha. Todos contribuyeron a construir el centrismo porque el centrismo les aseguraba la alternancia en el poder, mientras que el enrocamiento en las posiciones propias hubiera sido peligroso en ese tiempo de polarización. Acabada la transición en 1983, acabó el centrismo. Cuando Suárez lo quiso resucitar con su CDS apenas pasó de ser un partidillo escasamente atractivo que motivaba menos que Chewaka con liguero y tacón de aguja. Y ahora se despierta la Díaz con una nueva reedición del centrismo…

 

Lo que se le ha escapado es que si los dos partidos tienden a conquistar el centro y pueden hacerlo es porque tienen atado y bien atado el voto de derecha y de izquierda respectivamente y el espacio común en disputa es el contiguo, precisamente, el situado en el centro. Pero un nuevo partido como el de la Díez carece de espacio propio y difícilmente puede conquistar el espacio centrista si carece antes de caladeros de votos en exclusiva. Estos no existen. Ni siquiera Redondo Terreros les ha querido acompañar en la aventura. Para Redondo es demasiado evidente que la nueva formación adolece de más defectos que Windows Vista y que está llamada a la esterilidad.

 

¿Por qué Rosa Díez ha tirado adelante con su aventura? Es fácil de entenderlo. Simplemente porque no leyó las instrucciones de Alfonso Guerra: se movió y dejó de salir en la foto. Hace poco un dirigente socialista catalán me decía: “esto es terrible, si fallas una vez, te excluyen para siempre”. Así que ese partido que se presenta como paradigma de la democracia exige una fidelidad absoluta e inconmovible del mismo fuste que la solicitada por los sátrapas tercermundistas. La Díez había ido a parar a Europa. En el PSOE solamente se llega a Europa en dos circunstancias: cuando se es miembro de la masonería o cuando existen fundadas sospechas de que la persona en cuestión se puede “mover”, pero aún no es tiempo de prescindir de ella. La patada para arriba es previa a la defenestración. La Rosa de los puertos se fue a Europa, se desenganchó de la política nacional, dejó de aparecer cada día en tertulias e informativos, se fueron olvidando de ella y era evidente que en esta nueva legislatura que se avecina ya no tendría lugar ni en Europa ni en lugar alguno bajo el rótulo PSOE.

 

Ahora bien, dedicarse a la política es un buen asunto: mucha fama, poco esfuerzo y aquí cualquier inútil es saludado como "político influyente" por los medios. Así que la Díez quiso seguir reenganchada al campo de la política con ayuda de Savater. La pregunta del millón es: ¿su honestidad política es superior a su afán de protagonismo? ¿se fue del PSOE por coherencia… o porque ya no tenía nada que hacer allí? ¿es una “idealista” o una “profesional de la política”? Si es idealista no creemos que por un ideal centrista descafeinado, ambiguo y con menos garra que un tigretón alguien arriesgue ni la poltrona ni la paga. Así que se trata más bien de una profesional de la política que se movió y la pifió…

 

La “cosmovisión” de la Díez y Cía

 

Lo más deprimente de todas estas opciones nuevas que van surgiendo son sus opiniones sobre la “cuestión nacional”. Ya hemos visto la de la Díez: “descentralización y afirmación de la unidad del Estado”… Está bien esto. Pero, a poco que se profundiza un poco más en las declaraciones de todo este sector sorprende toparnos con… un universalismo indisimulado del que Arcadi Espada es la quintasencia y Savater el inspirador en la UPD. Verán…

 

Rosa Díez no es la ideóloga de todo esto. Es el rostro. El ideólogo es Savater. ¿Qué es Savater? Un invo-evolucionista en lo ideológico que ha ido desde el pensamiento antiprogresista de sus orígenes ligado a los medios libertarios hasta el –y cito la definición que da Wikipedia de él- “individualismo democrático, socialdemócrata, liberal y universalista”.

 

Laico hasta las trancas propone superar todos los “sectarismo identitarios de etnicismos, nacionalismos y cualquier otro que pretenda someter los derechos de la ciudadanía abstracta e igualitaria a un determinismo segregacionista”. Libertario en su juventud, devino liberal en su madurez y de antiprogresista se convirtió en ultraprogresista.

 

Así como Rosa Díez basa su “doctrina” en el rechazo visceral al hijoputa de HB que la ha insultado y amenazado, lo de Savater tiene “raíces inteelctuales profundas”. No es que se oponga al nacionalismo vasco desde el punto de vista del “patriotismo” español, sino que lo hace ubicándose en un abstracto universalismo situado, no por encima del regionalismo exaltado, sino por debajo de cualquier identidad. Es ahí mismo en donde se sitúa Arcadi Espada quien coloca en el mismo saco el patriotismo que el independentismo, la visión imperial de España que el túrmix centrifugador. ¿En beneficio de qué? De un universalismo que se reconoce en una ausencia absoluta de señas de identidad (cada cual es libre de reconocerse en tal o cual identidad, claro, y de intentar sentar sus posaderas en el vacío hasta el castañazo final) y que, por eso mismo, es la negación de la naturaleza humana.

 

Si, porque este Savater que dice haber mamado de Nietzsche –sin aclarar qué parte de él ha degustado con más fruición- olvida que una de sus geniales intuiciones fue aquello de que “hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”, frase que podía ser el paradigma de la etología que florecería sólo después de que la hermana de Nietzsche le recogiera la baba ya sumergido en plena locura. Se mire como se mire parte de nuestra naturaleza es animal, con perdón. Y en tanto que animal, instintiva. Somos animales territoriales como cualquier mamífero superior, tenemos instintos de supervivencia, reproducción, conservación y agresividad; además del instinto territorial que modulado por el cerebro humano se transformar en arraigo e identidad. Borra todas las referencias en beneficio de un brumoso universalismo y tendrás a un cretino que se cree ciudadano del mundo dispuesto a identificarse con cualquiera, menos con el lugar que le ha visto nacer no sea que eso suponga adquirir una identidad que desmienta el universalismo galáctico.

 

Porque si la Díez, Savater o Espada son algo, son sobre todo utopistas bienintencionados, pero no por ello libres del pecado de progresía. ¡Mira que llamar al partido “progreso y democracia”, pero sobre todo “progreso”…! Henos aquí ante otros “ciudadanos del mundo”, libres de cualquier rasgo maldito, esto es, identitario. Y me pregunto: a fin de cuentas ¿estos papanatas en qué se diferencian del PSOE? Está claro: el PSOE tiene las riendas y ellos se movieron de la foto. Esto es todo. No salen en la foto del pesebre y aspiran a crear una fotocopia reducida del mismo cuya íunica seña de identidad -también ellos precisan algo de eso- es el progresismo y su cara complementaria, el universalismo.

 

Haber llegado hasta 2008 en las filas del PSOE, como si nada hubiera pasado, indica que, o bien la Díez no es un portento de inteligencia política (¿hay algo diferente en el PSOE de ZP que en el de González, aparte de distintos grados de zafiedad? ¿hay alguna diferencia sustancial entre definirse como socialdemócrata como hace Savater o militar en un partido socialdemócrata como hace ZP? ¿es posible diferenciar al progre zapatista del progre demócrata de la UPD?) o bien solamente ha roto con él cuando su movimiento convulsivo le ha hecho imposible salir en la siguiente foto del cartel electoral.

 

Los alegres muchachos de Ciutadans, liberados de la tutela de los armadores Boadella y Espada, intentaron ponerse en contacto con Savater y la Díez. Era normal que lo intentaran. En el fondo ambos son “alternativas”. Pero retornaron en el puente aéreo cabizbajos y desolados: la Díez les dijo que iban a intentar presentarse solos en toda España. Con dos cojones. A la falta de inteligencia estratégica, les une a ZP el mismo “optimismo antropológico” que lleva al presidente a afirmar que tendrá mayoría absoluta el 9 de marzo. Hasta en esto son hijos de la misma madre (la izquierda descompuesta) y de padres surgidos del mismo sumidero progresista.

 

Nos hemos leído el manifiesto del grupo. Y hemos pasado de la esperanza al bostezo sin solución de continuidad. Sería difícil encontrar tal falta de originalidad y una amalgama tan condensada de tópicos progres. Vean su autodefinición: “Nosotros preferimos hablar de progresismo en vez de izquierda o derecha. Ser progresista es luchar contra las tiranías que pisotean la democracia formal, así como contra la miseria y la ignorancia que imposibilitan la democracia material”. El problema es que quienes pisotean la democracia formal cada día se definen como “progresistas”. Pero claro, se trata de “falsos” progresistas. Nuevamente el pelo de la dehesa falangista se impone: a la lucha contra la derecha y la izquierda, se une la consideración de “lo nuestro es lo auténtico”, lo demás es “falso”.

 

Y todo para llevarse unos cuantos votos.

 

Resumiendo: este partidillo improvisado y llamado a generar el más rotundo de los desengaños vuela bajo y parece difícil que pueda remontar el vuelo algún día. De hecho, la única duda es quien se quedará con las deudas tras el 9-M. UPD apenas es una muestra más de la crisis de la identidad de la izquierda que perdido el marxismo quedó con el culo al aire. La izquierda como el rey del cuento está desnuda, sólo que algún limitado mental le ha contado que el progresismo es un taparrabos que cubre sus vergüenzas. Y se lo han creído.

 

Con un programa como el que se define en sus documentos lo más que puede hacer es arañar unos cuantos votos de centro-izquierda hartos del doble lenguaje zapateriano en relación al terrorismo y a la articulación del Estado. Esos pocos cientos de votos pueden hacer algo de daño al PSOE, restándole algún diputado que irá a parar a la odiada derecha… poco más. Pobre, demasiado pobre. En realidad, miserable.

 

 

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

Viernes, 25 de Enero de 2008 22:51 #.

SECULARIZACIÓN Y NIHILISMO. El cáncer cultural de nuestro tiempo

SECULARIZACIÓN Y NIHILISMO. El cáncer cultural de nuestro tiempo


Resulta difícil dar con una reflexión sobre la cultura europea que escape al lugar común del proceso de secularización occidental, que tanto encandila al progrerío. Este simplismo deja insatisfecho al lector mínimamente inquieto. Por otro lado, el español del año 2007 intuye que bajo la piel de cordero del movimiento laicista local se esconde un lobo que teme, y con razón, peligroso. Y es que la disyuntiva cultural del siglo XXI no es secularización o religiosidad; la cosa parece ir por otro lado.

 

Massimo Borghesi aborda este supuesto proceso de secularización occidental en Secularización y nihilismo. "Supuesto", sí, porque sólo lo es en apariencia. Para Borghesi, Occidente no está perdiendo su religiosidad, sino transformando ésta en un tipo de creencia bien particular:

Caracterizada por la New Age, la nueva era asume el rostro de la "era de acuario", cuya llegada marca el declive de la "era de Piscis", la era cristiana que ha durado dos mil años. La llegada del nuevo milenio se carga así de expectativas escatológicas; un nuevo "eón" va a acontecer (pág. 40).

El relativismo, el hedonismo, la apología multicultural que observamos a nuestro alrededor esconden toda una filosofía de la historia, el progreso y el hombre. Se trata de una religión ideológica en toda regla... que se presenta como la superación alegre y despreocupada de cualquier tipo de creencia pasada; "una religiosidad etérea y ligera, informe, que, lejos de abrir lo humano hacia Dios, entendido como 'otro', es, más bien, el elemento llamado a 'cerrar' el mundo, a hacer soportable la existencia finita en la 'era del vacio'. Se establece así un extraño círculo entre religiosidad y nihilismo" (pág. 41).

 

Para Borghesi, no estamos ante un abandono de la religiosidad, sino ante una mutación, una perversión de la misma. No asistimos al triunfo de Voltaire, sino a la "consolidación de un pensamiento 'religioso' parasitario respecto al horizonte abierto por el cristianismo, que contiene su propio modelo de caída y redención" (pág. 55).

 

Esta nueva pseudorreligión tiene como característica el rechazo tanto de la fe como de la razón, y se lleva por delante tanto el cristianismo como la Ilustración. Funciona como una creencia oscurantista en sentido pleno. Es un cáncer cultural en toda regla.

 

Este cáncer tiene sus propios dogmas, que se presentan como no dogmáticos pero que poseen toda la fuerza de la creencia, incluso de la superstición. Apología gay, hipersexualidad, multiculturalismo o legalidad internacional se manejan como dogmas incuestionables e incuestionados. Ninguno de ellos se sostiene racionalmente, y ése es precisamente el problema: buscando librar al hombre de la religión, el postmodernismo le ha liberado también de la razón y convertido en un manojo de ilusiones vacías, emociones instantáneas y anhelos nunca satisfechos susceptible de ser manipulado e instrumentalizado por una nueva religión que se presenta como una no religión.

 

La crisis del cristianismo es la crisis de la razón y el triunfo de la pseudorreligión. Borghesi estudia en profundidad la relación entre cristianismo y cultura, empezando por esa feliz coincidencia entre el pensamiento griego y la revelación cristiana. A despecho de lo que cuentan los intelectuales de salón o de barra de bar, lo cierto es que durante dos mil años reflexión filosófica y teológica han ido de la mano; incluso en Nietzsche o Marx, Dios es una constante, aunque lo que se pretenda sea combatirlo sin cuartel. Para ellos, la relación con Dios puede ser problemática y polémica, pero siempre seria; en ella se pone en juego el hombre, que sufre, lucha, gana o pierde, pero siempre poniendo la vida en ello. Pocas cosas hay más serias.

 

Por el contrario, el nihilismo contemporáneo afirma que hay que huir del mundo, desagradable valle de lágrimas para una cultura que sólo acepta llorar de alegría. Dios está fuera de lugar porque es demasiado serio. Y a la negación de este mundo demasiado serio y arduo le sigue la creación de uno virtual. Se abomina del esfuerzo, el sacrificio, la lucha, la esperanza, la fe en el futuro, y el pasotismo, el hedonismo, el pacifismo, la fe en lo instantáneo campan a sus anchas. He aquí un mundo virtual para un hombre que no soporta el mundo real. La principal víctima de ello no es Dios, ni lo es el mundo; es el hombre, que queda mutilado, capado, disminuido en su humanidad.

 

La apología de lo simplemente estético o lo lúdico –"el fulgor de los colores y el fragor de los sonidos" (pág. 131)– esconde la desesperanza, el pesimismo, la degradación del hombre a sujeto pasivo sin futuro ni ilusión. Para no rendir cuentas, crea nuevos dioses, desdivinizados, a la manera que se estilaba en los últimos tiempos del Imperio Romano. "El momento actual oscila entre paganismo y gnosis, entre idolatría y rechazo de la teodicea" (pág. 139). Para no creer en nada, se crean divinidades sociopolíticas o culturales indoloras, desde la democracia o el diálogo hasta los derechos humanos y el multiculturalismo.

 

Secularización y nihilismo es un certero análisis filosófico de la cultura occidental, de las contradicciones suicidas de la sociedad contemporánea; y, más allá de eso, un llamamiento a volver la cara hacia una ilustración cristiana que tiene de religión tanto como de filosofía. Así, Borghesi propone la recuperación del diálogo entre fe y razón como fundamento de una cultura cristiana.

 

El punto de partida de Borghesi es el mismo que el de Benedicto XVI y el de Juan Pablo II: Europa vive una crisis religiosa porque vive una crisis intelectual sin precedentes. También comparten punto de llegada: la recuperación del cristianismo en el Viejo Continente será sólo posible desde la recuperación del prestigio de la razón, de la reflexión racional.

 

En estas páginas, Borghesi aborda la gran cuestión del momento: en el siglo XXI el humanismo caminará de la mano del cristianismo o perecerá a manos de la religión civil o del salvajismo yihadista. Como en los tiempos más oscuros de la historia europea, el saber y la razón filosófica parecen destinados a sobrevivir tras los muros de los monasterios, sean éstos cuales sean en la centuria presente.

 

 

MASSIMO BORGHESI: SECULARIZACIÓN Y NIHILISMO. CRISTIANISMO Y CULTURA CONTEMPORÁNEA. Encuentro (Madrid), 2007, 245 páginas.

 

ÓSCAR ELÍA MAÑÚ, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 1 de febrero de 2008

Los valores occidentales están vivos y deben ser defendidos del terrorismo

Los valores occidentales están vivos y deben ser defendidos del terrorismo


Recibiendo en Castel Gandolfo los parlamentarios de la Internacional democristiana, Benedicto XVI ha definido el terrorismo un “fenómeno gravísimo que a menudo llega a instrumentalizar a Dios y desprecia de manera injustificable la vida humana”. Y añade: el terrorismo que ataca Occidente usa como “pretexto” la “recriminación de haberse olvidado de Dios, con la cual algunas redes terroristas tratan de justificar sus amenazas a la seguridad de las sociedades occidentales”.

 

Se trata de un retorno al discurso de Ratisbona del 12 de septiembre de 2006, ya ampliamente retomado en el reciente viaje apostólico en Austria. En Ratisbona el Papa había arrancado de un diálogo que había visto contrapuestos en 1391 en Ankara al emperador bizantino Manuel II Paleólogo y a un sabio musulmán. El emperador juega en campo ajeno, tras haber recibido una invitación que no puede rechazar de acompañarlo en una cacería del sultán turco Bayazet, cuyo amenazante ejército es mucho más poderoso que el suyo. Ciertamente Manuel no puede invocar el Evangelio o la teología frente a un público musulmán: propone entonces a su interlocutor de discutir no sobre la base de la fe, sino de la razón. El islámico acepta, pero el diálogo no cuaja porque Manuel y el persa tienen dos ideas distintas de la razón. Para el emperador griego la razón es el fundamento filosófico de todas las cosas. Para el musulmán este fundamento no existe – su Dios, Alá, “no depende de sus actos” y puede cambiar cada minuto las leyes que regulan el mundo, tan es así que todo conocimiento racional es incierto y provisional – y para él argumentar conforme a razón significa sencillamente citar hechos empíricos. Usa por tanto el argumento que piensa da por cerrada la discusión: la prueba de la superioridad del islam sobre el cristianismo es que los ejércitos del Profeta están ganando en todas partes, y el mismo imperio de Bizancio se ha reducido a un estado insignificante. Naturalmente tres siglos más tarde, cuando a partir de la batalla de Viena los musulmanes empezarán a perder, el argumento podrá dar la vuelta y ser dirigido contra ellos. Pero no es éste el punto. Para Manuel II – y para Benedicto XVI – la vida, los derechos humanos y la posibilidad de convivir entre religiones distintas están garantizadas sólo por una confianza en la razón como instrumento capaz de conocer la verdad. Si falta esta confianza, qué es la verdad es decidido por los ejércitos triunfadores, y hoy por quienes están mejor capacitados para poner bombas. La verdad – y Dios mismo, que es verdad – se convierten en simples funciones de la violencia.

 

 

 

El mundo nacido por aquélla confianza en la razón y en la verdad que ya en 1391 el islam había abandonado se llama Occidente. Hoy hay muchos, también entre los católicos, que contestan la noción de Occidente. Para algunos se trataría de un mito imperialista: Occidente jamás habría existido. Para otros Occidente habría dejado de existir: ya que ha ampliamente olvidado a Dios, habría perdido su razón de ser y no quedaría nada merecedero de ser amado y defendido. Benedicto XVI no se avergüenza de llamar Occidente con su nombre, y de denunciar como un “pretexto” la tesis – que no solamente es expuesta por los fundamentalistas islámicos – según la cual la sociedad occidental “sin Dios” ya no es sí misma. No: por muy enfermo que esté, Occidente no ha muerto. También en sus versiones más laicas y parciales, sus valores de razonabilidad y de libertad conservan la huella del origen cristiano. Por esto vale la pena defenderlo de la agresión terrorista. Y declararse, sin vergüenza, occidentales.

 

 

 

Massimo Introvigne

 

 

 

Traducción: Ángel Expósito Correa   

 

 

Publicado por Massimo Introvigne el 30-01-2008 en www.fundacionburke.org