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Políticamente... conservador

La derecha volátil

La derecha volátil

Publica Emilio Campmany en Libertad Digital un interesante artículo sobre las cuestiones de estrategia electoral a las que el PP debe hacer frente de cara a las próximas elecciones de marzo.

El artículo comienza planteando algo en lo que creo que todos estamos de acuerdo: que es mucho lo que está en juego en estos momentos, por lo que una victoria clara del PP resulta imprescindible en esas elecciones.

Razona después Emilio que el PSOE, de cara a la cita electoral, afronta un desafío hasta cierto punto contradictorio: atraerse a los electores moderados y movilizar al segmento de votantes situado más a su izquierda, que tradicionalmente se debaten entre votar PSOE, votar IU o abstenerse. A ese doble desafío del PSOE le corresponde, según el articulista, otro doble desafío del PP: atraerse a los electores moderados y evitar que se movilice ese segmento de votantes más ideologizado del PSOE.

 

En consecuencia, Emilio Campmany concluye que el PP debe actuar con inteligencia y recomienda tres líneas de actuación básicas:

 

1.             aplazar hasta después de las elecciones las cuestiones más "delicadas", entre las que cita expresamente el 11-M o las cuestiones de lucha antiterrorista.

 

2.             incluir en las listas electorales a todo aquel que pueda sumar votos, y cita expresamente a Gallardón y Zaplana

 

3.             realizar una campaña de perfil bajo, similar a la que dio al PP la mayoría absoluta en 2000.

Puesto que Emilio plantea el debate, me permito recoger el guante y trataré de contestar a su artículo, analizando si es ésa la estrategia ganadora que el PP podría adoptar.

 

El artículo parte de algo en lo que todos estamos de acuerdo: es imprescindible que el PP obtenga una mayoría suficiente en las elecciones de marzo y, de cara a obtener esa mayoría, hay que adoptar la mejor de las estrategias posibles. Sin embargo, creo que Emilio se equivoca a la hora de determinar cuál es esa estrategia óptima. Y se equivoca porque cae en los mismos dos errores en que incurría otro reciente análisis electoral publicado en El País por César Molinas y titulado "El poder decisorio de la izquierda volátil", en el que se terminaba también recomendando al PP una estrategia de perfil bajo.

 

EL CASO DE MADRID

Para centrar el debate, lo mejor es prescindir de las opiniones y acudir a los datos. Veamos cuáles han sido los resultados de las últimas elecciones autonómicas y municipales en el municipio de Madrid (obsérvese, a la hora de comparar los resultados, que los censos electorales para los comicios autonómicos y municipales son distintos, debido al voto de ciudadanos comunitarios):

 

AUTONOMICAS (MUNICIPIO DE MADRID)

              Electores 2007: 2.258.496

              Votos PP 2007: 865.134

              % Censo 2007: 38,3%

              Electores 2003: 2.348.226

              Votos PP 2003: 831.337

              % Censo 2003: 35,4%

 

MUNICIPALES (MUNICIPIO DE MADRID)

              Electores 2007: 2.404.697

              Votos PP 2007: 877.544

              % Censo 2007: 36,5%

              Electores 2003: 2.484.328

              Votos PP 2003: 874.264

              % Censo 2003: 35,2%

 

Como puede verse, en el año 2003, Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón obtuvieron un porcentaje de voto sobre censo prácticamente idéntico. Sin embargo, cuatro años después, Esperanza Aguirre conseguía casi 34.000 votos más, mientras que Ruiz Gallardón sólo lograba atraer a 3.300 votantes adicionales. Como consecuencia, Aguirre pasaba del 35,4% al 38,3% de voto sobre censo en el municipio de Madrid, mientras que Ruiz Gallardón subía sólo del 35,2% al 36,5%.

Si aplicáramos la lógica contenida en el artículo de Emilio Campmany o el de César Molinas, sería imposible explicar estos resultados, porque, si alguien representa dentro del PP la supuesta "moderación" y el supuesto "centrismo", ése es Ruiz Gallardón, mientras que Esperanza Aguirre es sistemáticamente calificada (o descalificada) por el acorazado mediático pro-gubernamental como la representante del ala más "dura" del PP. En consecuencia, debería haber ocurrido todo lo contrario: el análisis de Campmany o de Molinas "exigía" que Gallardón hubiera subido más que Esperanza Aguirre.

¿Qué es lo que sucede? Pues que el análisis de Molinas y de Campany es incorrecto. Y es incorrecto desde dos puntos de vista distintos, ya que da carta de naturaleza a dos mitos que no están corroborados por la realidad.

 

PRIMER MITO: "El discurso moderado atrae nuevos electores por el centro"

En realidad, es posible que los discursos moderados atraigan a nuevos electores centristas, pero a costa de perder electores por el otro lado del espectro. Campmany y Molinas reconocen que eso es así en el caso del PSOE, pero curiosamente no aplican el mismo razonamiento al PP. Lo importante no es cuántos electores nuevos se atraiga uno, sino el balance final: si para ganar 1.000 votos centristas se pierden 5.000 votos de electores más ideologizados, la jugada no puede ser más catastrófica.

En el caso de la izquierda, Campmany y Molinas apuntan, correctamente, a que existe una bolsa flotante de electores (la "izquierda volátil") que en cada elección dudan entre votar PSOE, votar IU o abstenerse. Pero es que también existe una bolsa flotante de votos similar en la derecha (lo que podríamos denominar la "derecha volátil"), que en cada elección optan por depositar su confianza en el PP, o quedarse en la abstención por considerar al PP demasiado "blandito".

Y, mientras que Esperanza Aguirre supo, con un discurso firme en el fondo y suave en las formas, movilizar a esos potenciales abstencionistas del PP, la figura y el discurso supuestamente "moderados" de Gallardón suscitan en una parte de los votantes del PP un rechazo que le hace perder votos por la derecha sin llegar a atraer a ningún porcentaje significativo de electores por la izquierda.

En consecuencia, no es verdad que la estrategia óptima pase necesariamente por moderar el discurso, porque un discurso excesivamente descafeinado puede desmovilizar al segmento más combativo del electorado propio.

 

SEGUNDO MITO: "Un discurso firme moviliza al electorado del bando contrario"

De nuevo, basta con recurrir a los resultados en el municipio de Madrid para ver que eso no es necesariamente así. Entre 2003 y 2007, los votos de izquierda (PSOE+IU) pasaron del 32,8% al 28,4% del censo en las elecciones autonómicas y del 30,1% al 26,0% en las municipales. Es decir, hubo una caída ligeramente mayor para la izquierda en las autonómicas (4,4 puntos) que en las municipales (4,1 puntos). Lo cual demuestra que el discurso más firme de Esperanza Aguirre no sólo no suscita más rechazo que el de Gallardón sino que, por el contrario, parece ayudar más a que el elector de izquierda se decante por la abstención.

Lo que moviliza al electorado del bando contrario es la demagogia, la agresividad, el histrionismo o la mala educación. Pero un discurso firme basado en la razón no sólo no tiene por qué movilizar al votante del bando contrario, sino que puede ser mucho más útil electoralmente que un discurso melifluo, contradictorio o vacío de contenido.

 

LA ESTRATEGIA GANADORA

En consecuencia, no son ciertos los planteamientos en que se basa el análisis de Campmany. Ni los discursos moderados implican necesariamente una mejora de los resultados electorales, ni los discursos firmes movilizan necesariamente a los electores del partido opuesto.

Las elecciones de marzo son, efectivamente, unas elecciones cruciales. Pero, precisamente por ello, lo que no se puede pretender es acometer esas elecciones tratando de vender a los potenciales electores del PP una normalidad que no existe.

 

Si Rajoy afrontara la campaña eludiendo los temas de fondo (terrorismo, vertebración territorial, desafíos que la Constitución afronta) y se dedicara a hablarle a los electores simplemente de gestión económica, de infraestructuras o de cambio climático, lo que conseguiría es que buena parte de sus potenciales votantes se plantearan si merece la pena votar a alguien que parece no darse cuenta de cuáles son los problemas a los que nos enfrentamos. Lo que mucha gente espera, y más en épocas de incertidumbre, es que quien aspira a gobernar aspire, antes que nada, a liderar. Lo cual pasa, en primer lugar, por señalar a la gente cómo piensan encararse los principales problemas que haya en el horizonte.

 

No se trata de que Rajoy adopte un tono apocalíptico o se dedique a descalificar sistemáticamente a su adversario. Se puede ser claro y contundente sin caer en la zafiedad. A Rajoy le sobran argumentos para pedir el voto apelando a la razón y al interés de los ciudadanos, sin necesidad de hurtarles ningún debate.

El ejemplo Sarkozy demuestra que la firmeza y la contundencia, lejos de ser un handicap electoral, pueden ayudar a conformar una mayoría en torno a un proyecto común. Pero, para ello, es necesario que esa firmeza y esa contundencia se articulen de manera ilusionante. Esperanza Aguirre, por ejemplo, ha sabido despertar esa "ilusión por Madrid".

 

¿Es capaz Rajoy de despertar una ilusión similar en los ciudadanos? Yo creo que sí. Pero, desde luego, no va a poder hacerlo si el PP enfoca la campaña como si fuera una oposición a cátedra o un examen de cultura clásica. Rajoy necesita convencer a los electores de que puede sacarles del laberinto, necesita persuadirles de que con él existe futuro, necesita mostrarse como el que mejor puede defenderles de los problemas que les acechan.

Rajoy necesita, en suma, enamorar a los electores para conseguir una mayoría suficiente. Y yo no conozco que exista ninguna forma de enamorar a alguien recurriendo al perfil bajo. Vender una "ilusión de perfil bajo" es un imposible metafísico.

 

En realidad, todos sabemos cuál es la receta mágica para encarar unas elecciones: "trata a tus electores como a ti te gustaría que te trataran si no fueras tú el candidato". Lo cual se traduce en muchas cosas distintas. "Trata a tus electores con respeto", por ejemplo. "Demuestra que les consideras personas racionales", por ejemplo. "No des nunca su voto por sentado", por ejemplo. Y, por encima de todo: "Háblales de lo que a ellos les preocupa, porque para ellos no hay problemas más importantes que los suyos". Si no les dices cómo vas a solucionarles lo que ellos perciben como un problema, lo más probable es que te quedes sin su voto.

 

Luis del Pino

Libertad Digital, 25 de diciembre de 2007

Alliot-Marie, ministra de Interior francés, señala que “la Iglesia católica sabe encarnar el ideal de solidaridad y compasión en favor de los más desfavorecidos”

Alliot-Marie, ministra de Interior francés, señala que “la Iglesia católica sabe encarnar el ideal de solidaridad y compasión en favor de los más desfavorecidos”

En una carta dirigida a Monseñor André Vingt Tríos, cardenal arzobispo de París, Michèle Alliot-Marie, ministra del Interior francés señaló la importancia de la celebración de la Navidad que “posee una fuerte dimensión espiritual”.

La ministra del Interior, que también se ocupa de las relaciones con las diferentes religiones, remarcó que “la celebración de la Navidad dentro del diálogo está ligado a las familias, células que, más que nunca son indispensables” en la sociedad.

Al mismo tiempo se felicitó por “el diálogo confidente” que mantiene con el catolicismo, que es “el signo tangible” de la nueva etapa “que se abre en las relaciones” entre el Estado y la Iglesia. Por esta razón, y con una actitud abierta, la ministra deI Interior, invitó al Monseñor Vingt Trois, cardenal arzobispo de París y recientemente nombrado Presidente de la Conferencia Episcopal Francesa (CEF) al hotel Beauvau, lugar donde celebrarán el comienzo del año 2008.

 

De la misma manera, Alliot envió sus mejores deseos a Claude Baty, presidente de la Federación Protestante de Francia y a monseñor Emmanuel Adamakis, presidente de la Asamblea de obispos ortodoxos de Francia.

 

Análisis Digital, 26 de diciembre de 2007

Un debate que es necesario afrontar

Un debate que es necesario afrontar

¿Es preciso ser pro americano?


La derecha española, contra lo que se dice por ahí, siempre ha sido bastante proamericana; al menos, desde el abrazo de Franco y Eisenhower, y va ya para sesenta años. La izquierda, al contrario, ha blasonado mucho de antiamericanismo, pero de boquilla: fue la izquierda la que metió a España en la OTAN y es la izquierda la que, controlando los canales de la cultura nacional, ha allanado el camino a la completa americanización de nuestras vidas. Sucesos episódicos como el de la guerra de Irak disparan la polémica, pero suele faltar una reflexión de fondo. La pregunta podría plantearse así: como españoles, como europeos, ¿nos conviene o no nos conviene ser proamericanos? Vale la pena plantear el debate.

 

Los Estados Unidos son un gran país. Digno de admiración en muchas cosas, digno de misericordia en otras, sencillamente odioso en otras tantas. Eso, por cierto, nos pasa a casi todos los países. En el caso de Norteamérica, como es el país más grande y poderoso del mundo, tanto las virtudes como los defectos resultan amplificados. Así hoy podemos ver en los Estados Unidos una cosa y su contraria, y una y otra nos parecen, contradictoriamente, decisivas.

 

De Norteamérica nos vienen la defensa de las libertades individuales, la vida pública conforme a la moral religiosa, un conservadurismo social muy acendrado, el espíritu comunitario, el patriotismo sin traumas; pero de Norteamérica nos vienen también el apoyo inmoral a las tiranías y a la corrupción en el “tercer mundo”, el nihilismo social y cultural, la obsesión por el progreso tecnoeconómico, el individualismo a machamartillo, la execración de las pertenencias nacionales y culturales… La subcultura “underground” y el nihilismo del 68 nos vinieron de América, como la “revolución conservadora” y el rescate de los valores tradicionales. ¿Contradictorio? Por supuesto: tanto como la cultura occidental moderna en su conjunto, de la que los Estados Unidos son la máxima y más destilada expresión.

 

Ser “antiamericano” es una simpleza; ser “proamericano” es otra simpleza gemela de la anterior. Pocas realidades admiten una posición “anti” o “pro” elementales, apriorísticas, sin matices; desde luego, las realidades humanas son las que menos admiten actitudes tan primarias. La manera más sensata de plantearse una actitud determinada hacia los Estados Unidos es, ante todo, preguntarse de qué estamos hablando. Y aquí no estamos hablando de filias o fobias, de afinidades ideológicas o de otra índole, sino de elementos mucho más neutros que todo eso: los elementos del poder, de la política. Esos elementos se derivan de una serie muy amplia de variables: la geografía, el sistema político, la economía, la potencia militar, etc. Y sumando todas estas variables, a ellos, americanos, les sale un vector que apunta en una dirección, y a nosotros, europeos, nos sale otro vector distinto.

 

Lo que de verdad cuenta

 

Los intereses políticos de los Estados Unidos no son los nuestros. No pueden serlo. No porque ellos sean mejores o peores que nosotros, sino, simplemente, porque sus circunstancias objetivas son completamente distintas a las de los europeos. Ellos son una potencia mundial asentada en un gran territorio aislado entre dos océanos, el Atlántico y el Pacífico; nosotros, europeos, somos una asamblea de países inserta entre dos continentes, África y Asia. Ellos poseen recursos energéticos propios en abundancia, tanto naturales –petróleo, carbón- como artificiales –nuclear-, de donde pueden obtener la autosuficiencia en ese terreno; nosotros, para ser autónomos en materia energética, no tenemos otra opción que crear energía nuclear o importar recursos de otros países. Ellos disponen de una potencia militar abrumadora que incluye bombas atómicas y que usan –porque pueden- sin dar cuentas a nadie; nosotros somos una reunión de enanos en materia militar que sólo subidos unos encima de otros podríamos aspirar a cierta independencia. Ellos configuran una unidad política homogénea; nosotros, no. Ellos constituyen un sistema económico centrado sobre el propio territorio nacional; nosotros apenas hemos comenzado a conformar una unión económica y monetaria. Y así sucesivamente.

 

Esto no son consideraciones abstractas; al revés, encuentran una plena aplicación práctica todos los días. Los Estados Unidos pueden, si lo estiman oportuno, predicar un orden económico mundial que esquilme África, por ejemplo; nosotros no deberíamos hacerlo, porque la población desalojada por la pobreza llegará a nuestras costas (¡aún así llevamos medio siglo alimentando esa política!). Los Estados Unidos pueden, si lo consideran oportuno, desencadenar una sucesión de guerras de baja intensidad en Oriente Medio, porque se trata de áreas situadas a 10.000 kilómetros de su territorio nacional; nosotros, por el contrario estamos a escasos 3.000 kilómetros de Bagdad. Los Estados Unidos pueden, si lo consideran adecuado a su estrategia, amparar el nacimiento en el corazón de Europa de un enclave independiente musulmán, como acaban de hacer con Kosovo; pero nosotros, europeos, no deberíamos secundarles en esa idea, porque el Kosovo, que para los americanos es un exótico rincón en un mundo lejano, para nosotros es nuestro propio suelo.

 

No sobrará insistir en esta idea fundamental: aquí no se trata de decidir quién nos resulta más o menos simpático –penoso error del antiamericanismo izquierdista-, sino de saber qué es lo mejor para la independencia de los países europeos, tanto en nuestra soberanía política como en nuestra seguridad militar, tanto en nuestra identidad cultural como en nuestra libertad personal. Y hay razones para pensar que los Estados Unidos, aliados en tantas cosas, no pueden ser, sin embargo, quienes marquen nuestro destino.

 

José Javier Esparza

El Manifiesto.com, 21 de diciembre de 2007

Doctrina de la bofetada

Doctrina de la bofetada

No me gustan las bofetadas: aturden, y conllevan más ira que otras manifestaciones consideradas mucho más violentas: por ejemplo, el puñetazo. Recuerden aquella gran película llamada “Negocios de familia”, cuando el bueno de Dustin Hoffman propina una bofetada a su hijo, Matthew Broderick, y recibe la cansina amonestación del abuelo Sean Connery: “Si quieres, arréale un buen puñetazo, pero una bofetada...”. Además, para que lanzar bofetadas si existe la zapatilla agita-traseros, que ni aturde ni amedrenta, sólo pica y escuece.

Y sí, toda bofetada constituye un fracaso educativo, aunque si hablamos de fracaso, hasta la más mínima elevación de la voz es síntoma de que se empiezan a perder los papeles.

Dicho esto, la nueva tontuna progre-zapateril de eliminar del Código Civil la posibilidad de “corregir razonablemente a los niños” es como los límites de velocidad: no pueden admitirse, simplemente se tata de evitar que te pillen, dado que el legislador no tiene ninguna fuerza moral y muchas ganas de recaudar.

 

No me gusta el botín, pero tampoco me gusta el adulterio, y no por ello creo que el adúltero deba ir a la cárcel. Ni me gusta la grosería de escupir por la calle, pero no creo que el autor deba ser multado por la policía. No ceder el asiento en el autobús a una viejecita es algo muy feo -y muy habitual- pero no creo que por ello debamos sancionar al comodón.

 

Porque la historia del bofetón no es más que otro eslabón de la cadena con la que el Estado trata de desautorizar a los padres y de fastidiar a la familia. Los Juzgados del ramo perpetran cada día decisiones donde se retira a los padres toda potestad sobre sus hijos, y esto a cargo de un extraño que nada sabe, ni nada siente, sobre sus presuntos protegidos y que, un día después de toma su decisión, ni tan siquiera recuerda sus nombres.

 

La pugna entre libertad y esclavitud es el enfrentamiento, bestial, crudo, entre la familia y el Estado, personificado en el Gobierno. La familia, decía Chesterton, constituye “la única trinchera capaz de detener la carga del capitalismo”, del capitalismo de las grandes empresas y del capitalismo de Estado. La familia se rige por el amor y la entrega -de lo que se deduce que es lo mejor y que, si se malogra, es lo peor-, ergo sus componentes son libres; el Estado se rige por la normativa coercitiva. El Estado sabe que no podrá esclavizar al individuo salvo que se ponga cerco a la única institución donde a cada cual se le mide por lo que es y no por lo que aporta al conjunto. Cuando la contabilidad entra en la familia, la familia entra en quiebra.

 

Eulogio López

Hispanidad.com, 21 de diciembre de 2007

Nicholas Sarkozy: La laicidad no tiene derecho de desgajar las raíces cristianas

Nicholas Sarkozy: La laicidad no tiene derecho de desgajar las raíces cristianas

Histórico discurso en la basílica de San Juan de Letrán 

ROMA, jueves, 20 diciembre 2007 (ZENIT.org).- El presidente de Francia, Nicholas Sarkozy, pronunció un histórico discurso este jueves en Roma en el que presentó una visión de la «laicidad positiva», que no tiene derecho de cortar las raíces cristianas de su país.

El jefe de Estado ofreció un amplio análisis de su visión sobre la religión en el discurso que pronunció tras tomar posesión oficialmente del título de «canónigo de honor» de la Basílica de San Juan de Letrán, pronunciado en la Sala de la Conciliación del palacio contiguo a la catedral del Papa.

 

El presidente, después de haber sido recibido por el Papa en el Vaticano, explicó que «ya nadie contesta que el régimen francés de la laicidad es hoy una garantía de libertad: libertad de creer o de no creer, libertad de practicar una religión y libertad de cambiar, libertad de no ser herido en su conciencia por prácticas ostensibles, libertad para los padres de dar a los hijos una educación conforme a sus creencias, libertad de no ser discriminado por la administración en función de su creencia».

 

«Francia ha cambiado mucho --reconoció Sarkozy, quien ha escrito el libro «La República, las religiones, la esperanza»--. Los franceses tienen convicciones más diferentes que antes. Ahora la laicidad se presenta como una necesidad y una oportunidad».

 

Dejando claro esto, dijo, «la laicidad no debería ser la negación del pasado. No tiene el poder de desgajar a Francia de sus raíces cristianas. Ha tratado de hacerlo. No hubiera debido».

 

«Como Benedicto XVI, considero que una nación que ignora la herencia ética, espiritual, religiosa de su historia comete un crimen contra su cultura, contra el conjunto de su historia, de patrimonio, de arte y de tradiciones populares que impregna tan profunda manera de vivir y pensar».

 

«Arrancar la raíz es perder el sentido, es debilitar el cimiento de la identidad nacional, y secar aún más las relaciones sociales que tanta necesidad tienen de símbolos de memoria».

 

«Por este motivo, tenemos que tener juntos los dos extremos de la cadena: asumir las raíces cristianas de Francia, es más valorarlas, defendiendo la laicidad finalmente llegada a madurez. Este es el paso que he querido dar esta tarde en San Juan de Letrán».

 

Por este motivo, dijo, «hago un llamamiento a una laicidad positiva, es decir, una laicidad que velando por la libertad de pensamiento, de creer o no creer, no considera las religiones como un peligro, sino como una ventaja».

 

El título de «canónigo de honor» de la Basílica de San Juan de Letrán fue atribuido por los Papas a los reyes de Francia desde tiempos de Enrique IV, en 1593.

 

Por Jesús Colina

 

 

 

La inmigración no es la solución, la natalidad sí

La inmigración no es la solución, la natalidad sí

ForumLibertas aporta nuevos datos sobre el problema que tiene España a medio plazo como consecuencia del envejecimiento de la población. El dato es relevante:

Pensiones más sanidad y dependencia alcanzarían en el año 2050 la abrumadora cifra del 20% del PIB debido al envejecimiento de la población y a la falta de natalidad. La inmigración no resuelve ni de lejos el problema.

Las diferencias entre un escenario de inmigración alta y otra baja no alteran la cuestión. Por ejemplo en el 2025 la población de más de 64 años será, con un escenario con poca inmigración, del 21,9%, y del 21% con el escenario de alta. La diferencia solo 9 décimas.

Para hacer frente a este gasto se calcula que sería necesario doblar los actuales impuestos del IRPF y el IVA. Solo hace falta detenerse un momento a pensar qué significa en el ámbito personal el “doblar” para darse cuenta de que esto es absolutamente inviable.

 

Para hacer frente a esta situación se proponen medidas relacionadas con la Seguridad Social. En síntesis, siempre son las mismas: cobrar más tarde, a los 70 años se habla ya ahora, y cobrar menos porque se contabilizaría todo el periodo de vida laboral y, por tanto, descendería el valor medio aportado en forma de cuota a la Seguridad Social.

 

La otra medida ortodoxa es que el Estado ahorre ahora, pero seguramente llega tarde. La crisis económica en puertas va a representar una disminución de los ingresos del Estado a la vez que el gasto social comprometido ha crecido de manera notable. No parece realista pensar en grandes ahorros en los próximos años, en todo caso éstos ya se tendría que haber generado, cosa que evidentemente no se ha producido.

 

Lo curioso del caso es que en este problema del envejecimiento las medidas económicas nunca tienen en cuenta el factor desencadenante, el de la natalidad. La inmigración no resuelve el problema, pero un aumento sustancial de la natalidad, sí.

 

Si desde ahora se desarrollara una política favorable a la familia y a la descendencia, como la que tienen buena parte de los países europeos como Francia o Noruega, y se incentivara el fin de la cultura antinatalista que impera para volver a celebrar el sentido de la vida, esto cambiaría substancialmente, porque el gran periodo crítico, que se producirá a partir del 2025 y alcanzará el cenit en el 2050, otorga un margen de tiempo justo pero razonablemente suficiente como para empezar a cambiar los parámetros.

 

Aumentar la natalidad significaría por otra parte una inyección económica a largo plazo, aunque a corto representará un mayor gasto en educación, que en buena medida sería compensado porque como consecuencia de la falta de niños el gasto en educación en términos absolutos tiende a descender.

 

Editorial de Forum Libertas, 14 de diciembre de 2007

Aznar da la razón a Jiménez Losantos, y lo hace en italiano

Aznar da la razón a Jiménez Losantos, y lo hace en italiano

 

Si ustedes quieren ver algo realmente interesante y escuchar algo que la derecha española en su conjunto compartirá, miren lo nunca visto: una entrevista a José María Aznar ¡hablando en italiano! (y los hemos oído peores) y dando la razón a quienes, desde distintas ideas y en muy distintos modos, creemos que Europa necesita una derecha sin complejos. Por si se les hace duro al oído, sus declaraciones han sido puestas por escrito.

 

Dos hombres de derechas, ¿y qué pasa?

 

Aznar ha viajado a Roma a presentar la traducción de su libro Ocho años de gobierno, acompañado por el presidente de Alleanza Nazionale Gianfranco Fini. El ex presidente ya respaldó en mayo junto al político italiano el nacimiento de la Fundación Fare Futuro, un think tank ahora ligado FAES, del partido de la derecha nacional italiana. Como informó Elsemanaldigital.com, FAES y Fare Futuro patrocinan además un nuevo encuentro mundial de disidentes.

 

Gianfranco Fini no es de centro, la verdad. Del centro de Bolonia, como mucho. AN nació del MSI postfascista tras el congreso de Fiuggi y es el principal partido de derecha de la coalición de centroderecha que sostuvo en el poder a Silvio Berlusconi y que ahora mismo las encuestas dan como vencedora en unas elecciones que Romano Prodi se resiste a convocar. Es de derecha, y lidera un partido que, con su entramado social y su historia, es heredero de toda la derecha italiana de los últimos dos siglos; un partido con problemas como todos los partidos, pero un partido sin complejos para ir a los ciudadanos diciendo qué es y qué quiere. Un partido de Gobierno, además, porque Fini ha sido vicepresidente y ministro de Asuntos Exteriores con Berlusconi durante bastantes años. Así que no hace falta ser de centro para ganar elecciones y gobernar.

 

La Derecha también existe

 

La línea de AN, con el respaldo de Aznar, viene a coincidir con el diagnóstico de ayer mismo de Federico Jiménez Losantos en El Mundo al afirmar que "el centrismo en el poder es sólo eso: el disfrute del poder, con ínfulas de eternidad. El centrismo en la oposición es otra cosa: desde Alzaga a Gallardón siempre ha sido una forma de deslegitimar a la derecha en su conjunto para garantizarse un trato amable por parte de la izquierda, a la que objetiva y, a veces, subjetivamente sirve". ¿Duro? Eso no es nada: para el locutor "lo que caracteriza al centrismo, digamos, profesional, es su carácter excluyente, su modo de hacer política en función de la captación de votos, pero a costa de despreciar a la inmensa mayoría social de la derecha, a cuya sombra electoral procura vivir. El político de derechas se dice de centro por costumbre y rentabilidad. Pero el centro nunca se define contra la izquierda sino contra la derecha. Es el auto-odio conservador, un viático para un suicidio".

 

Del dicho al hecho: un trecho, no un abismo

 

Veamos. Si Aznar lo dice, Fini lo hace y Losantos lo cree, ¿por qué en España triunfa la autocensura centroide fracasada en Italia? Bueno, claro, allí el centro (democristiano, cómo no) mostró durante cuarenta años su rostro más corrupto, y durante el mismo tiempo la Derecha aguantó el tirón en su nicho social. A partir de 1994 la sociedad se abrió y encontró que allí había todo un movimiento popular con mucho que ofrecer a la nación. Hace unos años, la verdad, habríamos envidiado solamente la capacidad de organización y de movilización social de esta gente; hoy no existe ni siquiera ese diferencia, porque también en España la derecha social lleva cuatro años en la calle. Si Rajoy llega al poder será gracias a esas ideas y a esa gente, no a lomos de un centro al que sabemos cojo, tuerto y machorro. Válido como animal de compañía en una coalición o u partido, pero incapaz de tirar del carro.

 

"El papel de la derecha es indispensable, son necesarios nuestros valores y nuestros puntos programáticos: ningún Centro ´moderado´ es capaz por sí solo de dar respuestas adecuadas a la radicalidad de los problemas a los que nos enfrentamos". Y sin dudas, "es evidente que cualquier idea de fusión entre la Derecha y el Centro debe ser absolutamente rechazada". En cambio, "una Derecha más fuerte y más abierta, sin complejos de inferioridad, un centroderecha más rico en interlocutores y en aliados, un gran relanzamiento de temas programáticos fuertes y concretos, tales deben ser nuestros objetivos". Lo dice el ex ministro de Agricultura y dirigente de AN, Gianni Alemanno, pero sin duda podría suscribirlo en estas fechas electorales gran parte de la derecha democrática española. Que escucha a Aznar.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 12 de diciembre de 2007

¿De verdad el enemigo es el Estado?

¿De verdad el enemigo es el Estado?

El discurso liberal ha terminado por calar en mucha gente: el Estado es el enemigo; cuanto menos Estado, mejor. Sin embargo, quien dicta hoy leyes de muerte o de supervivencia, quien guía las conciencias y los estilos de vivir, ya no es el Estado, sino el Mercado. Y en los Estados Unidos, que son la Meca de esos liberales denigradores del Estado, ha tenido que ser el poder ejecutivo el que intervenga para frenar la crisis hipotecaria, es decir, para enmendar la plana a los desmanes del Mercado. Intervención ésta, por cierto, que no es en absoluto nueva en los Estados Unidos, nación donde el discurso liberal rara vez ha llegado a los extremos de inhibición política que en Europa predican los neoliberales. Pongamos las cosas en su sitio.  

    

El Estado es un monstruo, cierto. El más frío de todos los monstruos fríos, decía Nietzsche. El terrible Leviatán que caracterizó Hobbes. Claro que sí. Pero esa cualidad monstruosa no descansa en el Estado en sí, ni es algo que pertenezca en exclusiva al Estado. El Estado es un aparato: una burocracia, una organización de poder. Como corresponde a todo poder, siempre intentará ocupar todo el espacio disponible. Así fue en el pasado, cuando suplantó a las comunidades naturales. Pero no es imposible ponerle freno: los hombres siempre han sido capaces de hacer frente a Leviatán –a veces, es verdad, a costa de su propia vida-. Dominar al monstruo ha sido uno de los grandes retos de la modernidad; nunca se ha resuelto el problema por completo, pero hoy estamos asistiendo a la agonía de los Estados, desmantelados por la globalización. Prevenir contra el poder del Estado, hoy, aquí, tiene algo de danza macabra: bailamos sobre un cadáver.

 

Y mientras el Estado agonizaba ha surgido un poder nuevo, radiante, triunfal, que muy rápidamente ha ocupado su sitio: el poder del Mercado. El Mercado no se nos presenta como el guardián férreo del orden, sino al contrario, como aquel que vela por la libertad. Ahora bien, ¿la libertad de quién? La libertad del Mercado. Él dicta sus leyes conforme a sí mismo. El resultado es la tendencia al vacío. En eso el Mercado ya no es Leviatán, sino el otro monstruo mítico-político, Behemoth, que Hobbes caracterizó como el caos y la fuerza desatada, la absoluta ausencia de norma, donde sólo encuentra cobijo quien sacrifique en el altar del propio Mercado. ¿Y es posible guiar a este monstruo del ronzal? Sólo si el osado se aparta de la ley de Behemoth; el Mercado es un monstruo al que sólo se puede dominar desde fuera. Cierto que, en ese caso, no faltará quien clame por la libertad perdida. Pero repetimos la pregunta: ¿la libertad de quién?

 

Lo que de verdad importa

 

El poder del Mercado, Behemoth, puede ser más terrible que el del Estado, Leviatán, porque es menos controlable. El Estado se asienta en leyes y normas; fija un campo de lucha y tampoco oculta que lo que está en juego es el poder. Por el contrario, el Mercado se asienta en una supuesta espontaneidad de agentes libres, tiende a rehuir normas y leyes (salvo la sacrosanta ley del mercado); no fija un campo de juego, sino que pretende extenderse a todos los campos, y oculta su lógica de poder bajo la nube de humo de la búsqueda de felicidad. Pero cuando el Mercado se extiende a escala planetaria, entonces es cuando todas las caretas caen: lo que de verdad contemplamos no es la emancipación (la libertad de los individuos), sino la dominación (la sumisión de la vida entera de las personas).

 

Entendámonos: no se trata de elegir entre el Estado o el Mercado; se trata de elegir la libertad en el sentido más profundo del término, es decir, la autonomía de las personas y de las comunidades para decidir sobre su propia forma de vida. Si el Estado la amenaza, habrá que combatir contra el Estado; si el Mercado la conculca, entonces habrá que combatir contra el Mercado. En ambos casos, los hombres disponen de un arma privilegiada: lo político, es decir, la capacidad para dar forma a la vida colectiva según unos principios cargados de sentido.

 

La fórmula es mucho más material de lo que parece. Por ejemplo, un elemental sentido de la justicia lleva a considerar abusivo que los hombres tengan que pagar por un techo cantidades multiplicadas hasta la usura; en esa situación, la intervención política natural llevará a congelar las hipotecas, que es lo que acaba de hacer Bush en los Estados Unidos. Las mismas consideraciones pueden hacerse extensivas a cualesquiera otros campos. También, por supuesto, a aquellos en los que lo político no ha de dirigirse contra el Mercado, sino contra el Estado; por ejemplo, cuando el ciudadano ha de revindicar su soberanía personal contra un Estado que intenta adoctrinar a sus hijos, tal y como está ocurriendo en España con la EpC.

 

Si es suicida dejar lo social a los socialistas, no sería mucho más seguro dejar la libertad a los liberales. Ambos credos reposan sobre una teoría del poder disfrazada de redención. Ambos tuvieron sus días de gloria, que ya no son los de hoy. En los tiempos del Estado-mamá y del Mercado-Dios hacen falta nuevas formas de entender el orden y la libertad.

 

José Javier Esparza

ElManifiesto.com, 12 de diciembre de 2007