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Políticamente... conservador

El Manifiesto de los cinco principios no negociables

El Manifiesto de los cinco principios no negociables

El amigo Burke, Edmund para los amigos, aseguraba que “para que triunfe el mal sólo es necesario que los buenos no hagan nada”. Falta poco para las próximas elecciones generales en España y hay una serie de españoles huérfanos. Me refiero a los católicos coherentes con su fe, entre los que deberían contarse, supongo, los ocho millones que pierden una hora de su día de descanso para hacer algo tan poco popular, y en principio tan poco divertido, como acudir a misa.

El Partido Popular está feliz. No tiene por qué preocuparse del voto cristiano, por dos razones:

 

1. Por el gran invento de esa estadista luminoso que fue José María Aznar, quien, ayudado por esa otra lumbrera llamada Pedro Arriola, y por un montón de almas laicas, sentenció que “el voto católico no existe” y...

 

2. Porque las formaciones extraparlamentarias que han tratado de obtener ese voto han sufrido la merma propia de los católicos en el foro: en cuanto se reúnen dos surge una herejía, un cisma o una apostasía. En resumen, una bronca enorme. Entre católicos, ya se sabe, el número ideal de socios es impar e inferior a 3.

 

Por tanto, don Mariano se puede permitir el lujo de abofetear a los católicos cuanto les plazca mientras se rinde, sumiso y servil, ante ese voto de centro que vaya usted a saber qué es. Porque claro, los católicos tienen que votar al PP, sí o sí.

 

Y así es como llegamos a la gran paradoja: un país con ocho millones de católicos practicantes y un 70%, unos 30 millones de personas, que se dicen católicos, pero en el que dos partidos que promulgan leyes anticristianas -sí, anti-, como son el PSOE y el PP, se reparten el 85% de los votos. Curioso ¿no?

 

Ahora bien, ¿qué es una política cristiana? Pues como no nos vamos a poner de acuerdo entre la parroquia, acudamos al Papa. En su carta pastoral Sacramentum Caritatis, Benedicto XVI nos sorprendía con el siguiente párrafo:

 

“Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas.(230) Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana.(231) Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29). Los Obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado”.

 

¿Ven qué fácil? Vida, familia, libertad educativa y bien común. La vida la han fastidiado por igual PP y PSOE. Éste introdujo el aborto, pero aquel inició la masacre de embriones y potenció en España el aborto químico, con la píldora abortiva y la postcoital. El PSOE se lleva la palma en ataques contra la familia, con el gaymonio y, aún más, con el divorcio express. En educación, el PSOE vende relativismo y el PP liberalismo, el PSOE le cede el poder a los funcionarios y el PP a los empresarios: ambos consideran que creer en algo es una forma de fanatismo y ambos odian el cheque escolar. Respecto al bien común es algo tan concretable como cualquier otra cosa. Ahí el PSOE lleva ventaja al PP, con una apuesta por la subida del salario mínimo interprofesional (SMI), que un católico sólo puede aplaudir con ganas y del que sólo puede surgir una crítica: los salarios bajos aún siguen siendo bajos en España,  con ellos es difícil formar una familia numerosa, familia que, en el mundo actual, constituye la marca de fábrica de una existencia comprometida. Y luego salario maternal.

 

A estos cuatro principios no-negociables, yo añadiría un quinto, asimismo repetido tanto por este Papa como por su antecesor: la libertad religiosa, verdadera piedra angular de las libertades individuales en el siglo XXI.

 

Ahora bien, decía Einstein que es más fácil romper el átomo que romper un prejuicio. Por tanto, es necesario olvidar las éticas y comprender que las ideologías hace tiempo que transitaron por el crepúsculo y ahora viven en noche oscura; de ellas, sólo queda precisamente eso: prejuicios. Por tanto, lo lógico es que esos cinco principios constituyan un banderín de enganche para quien quiera apuntarse, independientemente de su estación de procedencia. Es igual que venga de la derecha o de la izquierda, del liberalismo o del socialismo, del centralismo jacobino o del nacionalismo soberanista. Si cree en la vida, la familia natural, la libertad de enseñanza, la justicia social -o concreción moderna del bien común- la libertad de culto, los cinco principios no negociables... entonces puede apuntarse a esta agrupación electoral, a esta coalición, modelo Izquierda Unida, donde cada partido, formación o asociación, puede sentirse cómodo... sea cual sea su origen.

 

Lo que está claro es que los cristianos, o aquellos que crean en esos cinco principios, independientemente de su credo, no podemos perpetuar ese mal menor, que amenaza con ser mayor, el llamado centro-reformismo, es decir, el Partido Popular.

 

¿Quién se apunta al manifiesto de los 5 principios no negociables?

 

Eulogio López

Hispanidad.com, 11 de diciembre de 2007

La derecha juvenil italiana nos dice que sí. ¿Es posible un ecologismo de derechas?

La derecha juvenil italiana nos dice que sí. ¿Es posible un ecologismo de derechas?

Que el centroderecha juvenil español es un páramo de ideas e iniciativas que deambula por nuestra ya de por si mediocre vida política nacional, no es algo nuevo entre nosotros. Pero esa triste realidad se nos hace más patente cuando miramos lo que pasa ahí fuera, por ejemplo en la vecina Italia. ¿Sabían ustedes que es posible un ecologismo de derechas? ¿Y que ese ecologismo sea además uno de los referentes de una juventud comprometida, militante y vigorosa? Pues aunque parezca mentira, no lo es. Aquí tiene usted un ejemplo.  

 

Para quienes no conozcan de la derecha italiana otra cosa que las desinformaciones que nos transmiten nuestros medios de comunicación de masas, Elmanifiesto.com les muestra que más allá de las operaciones de cirugía estética de don Silvio Berlusconi o las declaraciones salidas de tono de tal o cual personaje de la Lega Nord, hay vida. En Italia existen políticos e intelectuales de derechas de una gran valía y todo un movimiento político, cultural y social que bajo la denominación genérica de Destra –en particular la conocida como destra sociale (derecha social)– representa toda una variedad de sensibilidades y modos de hacer y pensar diversas que tienen como denominador común unos principios y valores compartidos.

 

Es tal la magnitud y complejidad de dicho movimiento que en él podemos encontrar desde grupos de “música alternativa” hasta asociaciones de estudiantes pasando por los llamados “centri sociali di destra” o círculos culturales de diversa índole. También existen grupos ecologistas que se dedican a promover la defensa del medio ambiente desde una postura de derechas, por llamarlo de algún modo. Grupos alejados tanto del catastrofismo ecologista de la izquierda como del indiferentismo hacia los temas ecológicos de cierta derecha liberal y economicista, que tienen sus filas plagadas de jóvenes comprometidos con el cuidado de la naturaleza y el medio ambiente. De todos ellos el grupo con más solera es Fare Verde (www.fareverde.it), asociación ecologista fundada por el romano Paolo Colli (http://www.larchitrave.org/Cultura/Paolo_colli.htm) a mediados de la década de los ochenta.

 

Desde sus comienzos y hasta nuestros días Fare Verde ha llevado a cabo diversas iniciativas de voluntariado como los campamentos estivales antiincendio o las operaciones de limpieza y cuidado de playas en la región del Lazio que se conocen como “Il mare d’inverno” y que se llevan a cabo en la estación invernal. Pero el activismo militante de estos jóvenes no se detiene ahí, sino que sigue con campañas de promoción del reciclaje, edición de publicaciones, sitio en Internet, voluntariado internacional, organización de foros y convenciones, y todo un largo etcétera de actividades que tienen como norte la difusión de una cultura ecológica.

 

Los principios en los que se inspira este trabajo los definen así los estatutos sociales de Fare Verde: “principios éticos, filosóficos y culturales, que reafirmen, en un contexto de recuperación de una concepción tradicional de la vida y del mundo, el sentido de lo sagrado, los lazos solidarios y comunitarios, los valores no materiales del hombre, su relación orgánica e integral con la Naturaleza” y que les lleva también a una labor de “respeto y de conservación de las particularidades culturales de los pueblos(…). Conscientes del fundamental valor del arraigo, la asociación se empeña en la salvaguarda y valorización del patrimonio artístico arquitectónico, en la recuperación de las tradiciones culturales locales, en el cuidado del paisaje”.

 

Como se puede ver, toda una lección no sólo de compromiso y militancia de los jóvenes italianos de derechas, sino de defensa de unos principios y convicciones que forman parte de las señas de identidad de una derecha desconocida para muchos de nosotros.

 

Diego Baño

El Manifiesto, 8 de diciembre de 2007

Romper con el Partido Popular en Navarra no es la solución. Reorganizarlo, tampoco.

Romper con el Partido Popular en Navarra no es la solución. Reorganizarlo, tampoco.


La maniobra ya ha sido hecho pública por un digital regional  (http://www.tribunadenavarra.es/detalle_noticia.php?num=591): el ex senador por UPN José Javier Viñes, histórico militante de notable ascendencia dentro del partido, ha elaborado -junto a otras personas- un documento en el que propone la ruptura ordenada con el Partido Popular; aunque se titule eufemísticamente “Un nuevo acuerdo UPN-PP”.

 

Su diagnóstico es sencillo. Si UPN no ha alcanzado la mayoría absoluta en las pasadas elecciones forales, lo que acarreó la parálisis institucional navarra subsiguiente, ha sido fundamentalmente a causa de una agotada relación con el Partido Popular. Un análisis apenas avalado por algo de cálculo numérico en torno a la proyección de UPN en la política nacional. Y una explicación muy elemental, en cualquier caso: la culpa siempre la tienen otros; el PP. Nada de autocrítica. Pero, de ser así, ¿acaso los electores únicamente votaron en clave nacional? ¿De nada sirve el “trabajo interior” de UPN en la Comunidad Foral? O, acaso, ¿no será que ese análisis enmascara otras carencias y dificultades?

 

UPN pretendía, ilusoriamente, un nuevo triunfo histórico: ganar las elecciones… ¡y con mayoría absoluta! No fue posible, y ya sabemos qué vino después: sorpresa, parálisis, idas y venidas socialistas (molestos árbitros de la nueva situación), y un gobierno de Miguel Sanz en precario a merced de un desconcertante PSN-PSOE.

 

Ese objetivo era ilusorio, pero legítimo. Y, para alcanzarlo, únicamente eran posibles dos alternativas. La primera y más sencilla: abrirse hacia el centro y los socialistas descontentos (mediante la recuperación de buena parte del electorado de la escisión CDN, al borde ya de la extinción; y movimientos-puente, como el de Ciudadanos de Navarra). Y bien decimos sencilla, pues para ello únicamente se precisaba algo de marketing electoralista, bastante intuición, y mucha improvisión. La segunda, que implicaría un paciente trabajo a largo plazo: una batalla cultural, social y política, en el seno de la sociedad navarra, que persiga ganar para los valores que siempre ha encarnado UPN, nuevas voluntades y sectores sociales. De situarse a la defensiva, a tomar la iniciativa. Es más, ambas alternativas podían -¡deben!- solaparse: trabajo a corto y a largo plazo. Táctica y estrategia.

 

Pero se ha excluido la segunda; no en vano, para tal empeño se precisa una labor de debate ideológico, un oscuro y poco reconocido trabajo social, una dinamización de las estructuras del partido y sus organizaciones amigas… y ¡una buena autocrítica!: reflexionar, diagnosticar, corregir. Y seguir trabajando. Una perspectiva, por cierto, totalmente ausente en el documento del que hablamos.

 

Si un partido actúa a remolque de las tendencias sociales, configuradas éstas por instancias culturales totalmente ajenas, incurrirá en mero electoralismo; alejándose entonces de los valores que lo configuraron y del espíritu de sus fundadores. Así, poco a poco, ese partido perderá su identidad y se convertirá en una simple oficina electoral; casa común de dispares intereses particulares, no siempre defendibles, acogidos a ideales progresivamente ambiguos y etéreos.

 

Por contra, la labor social y cultural sin proyección política se pierde en el esteticismo. No ha sido el caso. De hecho, si alguien trabaja la cultura y los movimientos sociales, en Navarra, no es precisamente el sujeto navarrista.

 

En este contexto, no nos extrañan propuestas como la de Viñes.

 

Si UPN pierde algunas de sus esencias, tal y como denuncian no pocos en privado, pero muchos menos en público, tampoco sería la solución una reorganización del Partido Popular. No en vano, este partido, de ideales y destinatarios similares a los de UPN, también sufre algunos de los vicios antes diagnosticados. Así, desde algunos sectores emergentes (buena parte de víctimas del terrorismo, algunos medios de comunicación, muchos ciberactivistas, el incipiente tejido asociativo identitatio español, objetores a Educación para la Ciudadanía…) se realizan, al Partido Popular, las mismas críticas que hemos escuchado aquí dirigidas a UPN.

 

Pero, aunque nuevos sectores conservadores y liberales no se sientan totalmente acogidos en el PP, y la identidad católica se alarme ante la postergación de sus rostros más representativos en la batalla por las listas y en las estructuras burocráticas populares, han optado en su inmensa mayoría por la misma vía: trabajar desde la sociedad civil y desde el Partido Popular. Ni escisión, ni auto-exclusión.

 

Estos sectores podrían optar por la creación de un partido netamente conservador a la derecha del PP. Así, el segundo podría desplazarse cómodamente hacia el centro, peleando a las claras por los sectores basculantes entre PSOE y PP: profesionales liberales, operarios especializados, inmigrantes nacionalizados… estratos individualistas “políticamente correctos”, en suma. Y ya vendrían después las políticas de alianzas. Como Izquierda Unida y el PSOE, más o menos. Pero ello no va a ocurrir.

 

En todo caso, esa dinámica sería totalmente ajena a la propuesta por quienes opinan que debe reorganizarse el Partido Popular en Navarra como freno a la supuesta deriva de UPN. Sin embargo, unos y otros compartan un diagnóstico análogo: ambos partidos no son capaces de generar respuestas atractivas a los retos actuales, ni identidades colectivas, ni ilusión. No saben, o no quieren, construir una verdadera cultura política.

 

Por todo ello insistimos: romper con el PP, en Navarra, no es la solución; y reorganizarlo, tampoco.

 

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 10 de diciembre de 2007

Nacionalismo y perfil bajo. El centrismo equivocado

Nacionalismo y perfil bajo. El centrismo equivocado

Los resultados negativos de la estrategia del centrismo sobre el electorado liberal y conservador son evidentes: no se crean identidades, ni motivación, ni liderazgo, ni respuesta al adversario, ni ilusión, ni argumentos. 

Entre los estrategas políticos se ha consolidado un único discurso que a ojos vista está desquiciando el régimen democrático. Y lo hunde porque se basa en dos tópicos cuya definición y contenido son erróneos; me refiero al manido "perfil bajo" y al "centrismo".

La base de estos lugares comunes es que la sociedad española es mayoritariamente de izquierdas. Por esto, dicen, si el PSOE no gana las elecciones se debe a que reparte su voto con IU, y porque el elector progresista, por pureza ideológica, se abstiene. El estratega de la derecha infiere de aquí que es mejor no mostrarse para no movilizar (o molestar) a la izquierda y repetir un discurso centrista.

Los resultados negativos de esta estrategia sobre el electorado liberal y conservador son evidentes: no se crean identidades, ni motivación, ni liderazgo, ni respuesta al adversario, ni ilusión, ni argumentos. Todo lo contrario, se acaban asumiendo, por inmersión social y mediática, los postulados de la izquierda. Es entonces cuando se recurre al "centrismo", y se dice, con desparpajo, que una gran parte del electorado es de centro porque se ubica en el 5 cuando le piden que se sitúe ideológicamente entre el 1 y el 10. ¿Es esto serio?

 

Pensar que el único condicionante del voto es la ubicación izquierda-derecha es desconocer la historia de la democracia y los rudimentos básicos de la sociología electoral. Y tan erróneo es lo anterior como el pensar que la victoria está en el centro, en la equidistancia entre los planteamientos políticos, cuando la estabilidad parlamentaria de los gobiernos depende de los nacionalistas (separatistas en su casi totalidad). Es absurdo, por tanto, concentrarse en la tangente izquierda-derecha si la plasmación del programa electoral del partido vencedor, que consigue en torno al 40% del voto, depende de una minoría que reúne sólo el 3%.

 

¿Qué es entonces ser de centro? ¿Aceptar la cosmosivión de los independentistas? ¿Proponer la negociación política con ETA? ¿Asumir el "derecho a decidir"? ¿Comprar el voto del BNG para evitar la reprobación de la ministra de Fomento? Porque la obligación de buscar el apoyo parlamentario de los secesionistas para obtener estabilidad gubernamental se reduce a moldear la política a sus exigencias.

 

El planteamiento de las elecciones que se nos vienen encima como una dicotomía entre la izquierda y la derecha es una ucronía, cerrar los ojos al cambio que está teniendo lugar, y posponer el enfrentarse a los problemas. Lo que se va a dirimir es el mantenimiento del régimen surgido con la Constitución de 1978, puesto en peligro por ese centrismo basado en la cesión a los independentistas. La lástima es que nadie proponga una simple y justa modificación de la ley electoral que prime a las opciones con sentido de Estado sobre las que sólo buscan el hundimiento de éste para crear el suyo propio.

 

Jorge Vilches

Libertad Digital, 7 de diciembre de 2007

A un 61,5% de los españoles le gustaría que se modificara la Constitución para evitar la dependencia nacionalista del Gobierno de la nación.

A un 61,5% de los españoles le gustaría que se modificara la Constitución para evitar la dependencia nacionalista del Gobierno de la nación.

La misma proporción se muestra favorable a que PP y PSOE llegaran a un acuerdo de gobierno si ninguno consiguiera la mayoría absoluta. Además, casi la totalidad cree que se tener poder escolarizar a los hijos en lengua española en toda España.

Estas son las principales resultados a los que llega la encuesta solicitada por la Fundación para la Defensa de la Nación Española, y realizado por Sigma Dos.

"Más de la mitad de la población española, en concreto el 53.5%, se muestra a favor de que la gobernabilidad de España no dependa de minorías nacionalistas, frente al 24.9% que es contrario a esta opinión".

"A su vez, cuando se plantea la posibilidad de modificar la Constitución para evitar la dependencia nacionalista, el porcentaje a favor aumenta hasta el 61.5%, frente al 24.3% que está en contra y el 14.3% que no sabe o no contesta".

 

"Prácticamente la totalidad de la población española (94.0%) opina que se debe tener garantizado el derecho a escolarizar a sus hijos en lengua española en cualquier parte del territorio nacional".

 

"Al 68.6% de los españoles, le gustaría que el Estado recuperase la competencia en materia de educación, que actualmente está en manos de cada Comunidad Autónoma".

 

"Cerca de las tres cuartas partes de la población española (72.1%), opina que los recursos del Estado deben repartirse entre todas las autonomías, beneficiando a las más desfavorecidas, frente al 21.0%, que por el contrario, considera que cada Comunidad Autónoma debería gestionar sus propios recursos sin tener en cuenta la solidaridad entre autonomías".

 

"A su vez, un 73.6% de los españoles, estaría a favor de una reforma de la Constitución para modificar todos los temas mencionados anteriormente (que la gobernabilidad de España no dependa de minorías, derecho a escolarizar a los hijos en lengua española, etc.) mientras que un 18.4% estaría en contra".

 

"Por último, y de nuevo en relación al tema de la gobernabilidad de España sin el control nacionalista, vemos como el 61.4% de los españoles, sería partidario, en el caso de que ningún partido obtuviera la mayoría suficiente tras las próximas elecciones generales, de un gran acuerdo entre el PP y el PSOE para garantizar la no dependencia nacionalista."

 

Periodista Digital, 6 de diciembre de 2007

La metástasis postmarxista

La metástasis postmarxista

La extraña muerte del marxismo es tan extraña que de muerte tiene más bien poco.

En 1945, con un continente devastado, los Partidos Comunistas vivieron su edad de oro; al amparo de una democracia liberal que aborrecían, conspiraban contra ella, y viviendo del Plan Marshall, arremetían contra los norteamericanos. En 2007, los creyentes en la evolución de la historia aún parecen creer que ha muerto de una vez para siempre. Error del optimista, que encuentra escaso encaje en la realidad y que desvela el libro de Paul Edward Gottfried a lo largo de cinco capítulos; la postguerra, el neomarxismo, el postmarxismo y el postmarxismo actual.

 

En 1945, los partidos comunistas llegaron a alcanzar el treinta por ciento del voto en las naciones europeas, con unos regímenes débiles y unas economías empobrecidas. Así que tras la guerra de 1939 y el “aplastamiento” alemán en el frente del Este, no había motivo para no creer en la lucha de clases y el materialismo dialéctico, en la sociedad sin clases y el paraíso proletario. Pero las predicciones marxistas pronto se agotaron, y con ellas agotaron el éxito comunista. Poco a poco el mundo asistió al fin de las ideologías proclamado a mediados de los cincuenta; el bienestar económico, la progresiva mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, la pérdida de peso del sector industrial, dejaron a la intelectualidad marxista sin coartada, y a los partidos comunistas sin fieles.

 

 

 

En los años sesenta, el marxismo se convirtió en moda intelectual a las orillas del Sena; ni Merleau-Ponty ni Althuser ni Sartre parecieron interesados tanto en Marx como en adornar sus propias creaciones con una ideología tan criminal como inútil. Convirtieron los soviets en tertulias de café, las barricadas fueron sustituidas por Les Temps Modernes. Mayo de 1968 no fue sino la bufonada criminal que acabó con cualquier vestigio marxista a éste lado de la línea Oder-Neisse. Mientras Sartre arengaba a unos trabajadores que ignoraban de qué se les hablaba, el verdadero marxismo, a fuerza de realista, despreciaba desde Moscú a la decadente Europa. 

 

 

 

El postmodernismo se llevó por delante, no sólo la razón práctica o clásica y la razón ilustrada moderna; dentro de ésta, acabó con el poderoso aparato conceptual marxista, convertido cada vez más en moda filosófica en las Universidades. Sus rescatadores no lo hicieron mejor; ni Althuser ni Marcuse ni Sartre aportaron nada al marxismo. Pero a cambio, si bien entonces la izquierda europea se mostró escasamente rigurosa con los padres fundadores, sí ocurrió un hecho para Gottfried fundamental: los años sesenta marcan para el autor la fecha en que el marxismo declara la guerra intelectual y cultural a Estados Unidos. Es el caso de Wallerstein, pero también de la Escuela de Frankfurt, y su denuncia de la alienación cultural, del cientificismo, del positivismo, de la rigidez social. La opresión económica daba paso a la cultural y estética, a un modo de dominación más sutil pero más poderoso; el de los modos de vida. Desde entonces, no es la lucha de clases, sino la batalla cultural, la que libra la lucha de los desheredados de la tierra.

 

 

 

Pero para escándalo de pacifistas españoles, la primera influencia norteamericana sobre Europa es la que afecta a la propia izquierda; vía años sesenta, las principales ideas que se impondrán progresivamente en la Europa tras la guerra fría (prioridad para las minorías, apología del sexualismo, elitismo gay, inmigración ilegal) cruzaron el Atlántico desde América a Europa y no al revés. Fue en Los Ángeles o Nueva York donde el odio antioccidental se adelantó a la orgullosa izquierda europea, culturalmente a rebufo de la norteamericana: “contra la opinión de que las fiebres ideológicas se mueven a través del Atlántico solamente en dirección al oeste, es posible que lo más cercano a la verdad sea precisamente lo opuesto” (p. 27).

 

 

 

El desprecio tradicional marxista-leninista por las minorías, el maltrato clasista al proletariado sólo fue comparable al sexismo de los partidos comunistas y las persecuciones salvajes a los homosexuales. En La Habana, Moscú o Tirana, el único lugar posible para los homosexuales es, o la cárcel o el sanatorio. Eso importa poco a sus herederos de hoy, y su “tendencia a inventar realidades improvisadas en defensa de un hábito de pensamiento que resulta conveniente” (p. 81).

 

 

 

Invención de realidades: en España, el Frente de la Paz clama por recuperar la memoria histórica, pero evita su propio pasado. La izquierda continental europea del siglo XX se divide en dos grupos; los que cometieron crímenes horrendos y los que los ocultaron, los disculparon o los defendieron. El Gulag y las chekas, no son ni accidentes históricos ni anomalías humanas; son la consecuencia lógica de una ideología que promete edificar un nuevo hombre sobre las cenizas de éste. Nunca jamás nadie ha asesinado como el socialismo real; nunca nadie ha renunciado jamás a su pasado como el mismo socialismo.

 

 

 

Curiosamente, la izquierda comunista tiene hoy menos peso que nunca; pero vive cómodamente instalada en coaliciones progresistas desde las que parasita a una izquierda moderada encantada de ser parasitada (p.15). En Francia, Italia o España, la minoría bolchevique, en virtud de la aritmética electoral, condiciona la vida política. Y es que para Gottfried, lo que caracteriza a la izquierda postmarxista no es el rechazo del marxismo-leninismo por sus fieles, sino la indiferencia y la comprensión de la izquierda “moderada” hacia sus crímenes. Es decir; ha sido el socialismo no marxista el que ha hecho suya la historiografía bolchevique, recorriendo ella el camino en sentido inverso.

 

 

 

Lejos de revisarse a si misma, la izquierda europea alza furiosa el puño antifascista; España lo ha visto durante las últimas fechas. El término fascista, como ha recordado Pablo Kleimann, se repite cada día con machacona insistencia.  No sólo en Madrid, Paris o Roma, sino también en Estados Unidos. Pero el fascismo es en España inexistente, y en Europa inapreciable. Las propuestas de Le Pen, no por repulsivas son, por ello, fascistas. En vano encontrará el europeo de hoy el rastro de Mussolini como no sea en grupúsculos ultras italianos o la izquierda republicana catalana.

 

 

 

¿Por qué “fascismo”? Por “fascismo”, la “izquierda postmarxista” entiende la defensa de controles a la inmigración, la defensa del derecho de los cristianos a proponer en público sus principios, la exigencia del cumplimiento de la ley. El fascismo es, para este progresismo, la civilización occidental, la Iglesia, el libre mercado; el hombre blanco que no está dispuesto a avergonzarse de serlo, es, inequívocamente, fascista, lo mismo que el católico o el empresario.

 

 

 

El autor identifica éste fenómeno como característico de una nueva religión, que sin embargo no es tan nueva;”La izquierda postmarxista representa una religión política diferenciada. Por lo tanto, debería considerarse como un supuesto sucesor del sistema de creencias tradicional, parasitario de los símbolos judeocristianos  pero equipado con sus propios mitos transformacionales” (p. 164). La izquierda contemporánea es marxista de manera residual, pero identifica un bien y un mal absolutos, así como un proceso de liberación de la humanidad; el bien de la sociedad sin clases y el proletariado mundial ha sido sustituido por la era de la democracia universal, tal y como el progresista Fukuyama sigue defendiendo. En esto, afirma el autor, no se diferencia del neoconservadurismo; si acaso, en el sujeto de la mundialización democrática.

 

 

 

En cuanto religión intolerante, el postmarxismo no deja lugar a la disidencia: “en sus tendencias antiburguesas, poscristianas y transposicionales, y en su intolerancia hacia cualquier espacio social al cual no tengan acceso, las nuevas y antiguas formas de la religión política poseen una mutua semejanza que bien vale la pena explorar” (p.43). Ahora, si esto es así, entonces más allá de la izquierda postmarxista quedan sólo dos opciones; unirse a ella o combatirla. Es aquí donde el libro de Gottfried estalla ante el conservador o el liberal europeo; ¿combate realmente la derecha europea la tarea de destrucción sistemática de la cultura y la moral occidental?¿existe un contrapeso ideológico a la izquierda postmarxista capaz de detener la corrupción del continente europeo?

 

 

 

Lo inquietante para el lector español de la obra de Gottfried es la constatación de que la derecha política ha hecho suyos los dogmas de la izquierda postmarxista, y acompaña con mansedumbre los dogmas progresistas: ¿Puede afirmarse, en la España de 2007, ante las vitales elecciones de marzo de 2008, la existencia de un proyecto político que, en lo fundamental, se oponga al proyecto postmarxista? Cuando el Partido Popular elude combatir la apología del sexo salvaje, disimula ante la desnaturalización de la familia, asiste impávido al acoso al cristianismo, y apoya o permite la aculturación occidental, entonces es que la metástasis progresista se ha extendido más allá de los ingenieros de almas, y afecta a su supuesto contrapeso, rendido ante las acusaciones de “extrema derecha” o “derecha extrema”.

 

 

 

¡Sorpresa¡ La metástasis de la izquierda postmarxista afecta también a la derecha; ¿existe solución, cuando “los que han ejercido el control político de la sociedad y han trabajado en armonía con los educadores y los agentes de los medios de comunicación, han alterado la moralidad social y, lo que es aún más relevante, han logrado imponerse en todas partes” (p. 193)? En el proyecto actual, los grandes partidos de la derecha europea no parecen diferenciarse de los grandes partidos de la izquierda. Como bien afirma Gottfried, no es el bienestar económico donde se apoya la estabilidad social occidental.  Es la cultura; es la moral a la que la derecha ha renunciado. Por lo tanto, “a no ser que una élite creciente o dominante lidere una campaña contra la agenda multicultural, es difícil visualizar la forma de lograr ese objetivo” (p. 194). Y en tanto el mundo político conservador permanece impasible y a expensas del progresismo, la metástasis se extiende. Y en España, rápidamente.

 

 

 

La extraña muerte del marxismo. La izquierda europea en el nuevo milenio, de Paul Edward Gotfried. Ciudadela, 2007.

 

 

 

 

Publicado por Oscar Elía Mañú el 04-12-2007 en www.gees.org

ANTES QUE LA UNIDAD "HAY QUE RECUPERAR LA VERDAD". Mayor Oreja critica el "tacticismo y relativismo" que está "contagiando España".

ANTES QUE LA UNIDAD "HAY QUE RECUPERAR LA VERDAD". Mayor Oreja critica el "tacticismo y relativismo" que está "contagiando España".

Jaime Mayor Oreja fue galardonado este martes con el VII Premio a la Convivencia Cívica entregado por el Foro de Ermua. Tras el último atentado de ETA, el eurodiputado pronunció un discurso sin concesiones que él mismo calificó de "difícil". Criticó el "tacticismo y relativismo" que está "contagiando España" y advirtió que para recuperar la unidad, primero "hay que saber recuperar la verdad del momento político de España". En el mismo acto, Vidal Quadras recordó que el Gobierno "ha alimentado a la fiera durante cuatro años" y dijo sentir "nauseas" por el proceso de negociación. 

Durante su discurso tras recoger el VII Premio a la Convivencia Cívica entregado por el Foro de Ermua –que compartió con el fallecido Gabriel Cisneros–, Mayor Oreja trasladó un mensaje de "recuerdo, proximidad y cariño" para los guardias civiles víctimas del atentado perpetrado por ETA el pasado sábado en Capbreton (Francia) y recordó que "gracias al esfuerzo" de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado "hoy tenemos libertad, democracia y Constitución".

Precisamente el Foro de Ermua, al igual que a la AVT, ha decidido no acudir a la manifestación "unitaria" convocada para este martes en Madrid, a la que sí asistirá el PP. Llamamientos de "unidad" que Mayor Oreja dijo que le gustan pero consideró que primero "hay que saber recuperar la verdad del momento político de España". "Atreverse a decirlo es difícil", reconoció. El ex ministro del Interior, en esta línea, criticó el "tacticismo y relativismo" que está "contagiando España".

 

El eurodiputado del PP criticó que el proyecto del Ejecutivo "tiene que ser muy perverso" para que "hombres que ayer eran ejemplares hoy sean presentados como villanos" y defendió que personas como él mantienen "los mismos valores de siempre". "Lo que ha cambiado es el ambiente, el proyecto político del Gobierno", aseveró en un acto que comenzó con un minuto de silencio por el guardia civil Raúl Centeno y concluyó con el himno de España. "Por eso es importante que los que a veces somos políticamente incorrectos y que colocamos las convicciones en la vanguardia nos abracemos a las víctimas del terrorismo más que nunca", subrayó Mayor Oreja ante un auditorio entre el que se encontraba el funcionario de prisiones secuestrado por ETA Ortega Lara, la hermana de Miguel Ángel Blanco o la viuda del teniente coronel Blanco, entre otros. "No vamos a aceptar que las víctimas se queden solas siendo víctimas y mudas", advirtió.

 

Además, recordó que, mientras la organización terrorista estaba atentando, los partidos nacionalistas vascos y catalanes "defendían los mismos objetivos de autodeterminación". "Atreverse a decir una vez la verdad es fácil, decirla muchas veces es agotador, pero decirlo siempre es un calvario", insistió.

 

Mayor Oreja recibió junto a la viuda del "padre" de la Constitución Gabriel Cisneros el Premio a la Convivencia Cívica del Foro de Ermua como ejemplos "del espíritu de la Transición y el espíritu de Ermua" en un emotivo acto en el que estuvieron presentes numerosas víctimas del terrorismo y dirigentes del PP como la líder en el País Vasco, María San Gil, o el secretario de Seguridad y Justicia, Ignacio Astarloa. El presidente del Foro, Iñaki Ezkerra, defendió que las culturas de la transición y del espíritu de Ermua representan "las dos grandes culturas de la convivencia" que se oponen "al odio y la desmemoria" y manifestó su esperanza porque "la era Zapatero" termine "pronto". A su juicio, esta legislatura ha sido un periodo de "destrucción de los valores morales".

 

En el acto también intervino el eurodiputado del PP Alejo Vidal Quadras, quien aseguró que el Gobierno "ha alimentado a la fiera durante cuatro años", "ha dado alas a sus delirios" y le ha permitido "volver a disponer de financiación". Para él, este proceso provoca "nauseas", según subrayó tras alertar de que se está produciendo "un ataque a la nación sin precedentes".

 

Además, María del Mar Blanco, hermana de Miguel Ángel Blanco; José Antonio Ortega Lara; y Conchita Martín, viuda del teniente coronel Blanco; manifestaron su admiración hacia la labor política y personal de Mayor Oreja y Gabriel Cisneros. Ambos fueron definidos como "hombres buenos" con "un gran sentido de Estado".

 

Libertad Digital, 3 de diciembre de 2007

Necesaria corrección

Necesaria corrección

A menos de cuatro meses para las generales de marzo, los partidos políticos han comenzado a sentar las bases de sus discursos electorales. Después de una legislatura inestable y desgraciada se comienzan a vislumbrar los caminos escogidos por Rajoy y Zapatero para residir en La Moncloa, aunque aún da la sensación de que ni mucho menos han mostrado todas sus cartas.

Para conocerlas habremos de ser pacientes y esperar, que aunque el 9 de marzo parezca estar a la vuelta de la esquina todavía deberán librarse batallas decisivas en esta carrera. En este sentido, y de momento, ninguna de las dos grandes formaciones nacionales ha querido trasladar a la sociedad un mensaje excesivamente ruidoso, exceptuando quizá el deslavazado y flojo video sobre el PP y el 11-M perpetrado desde Ferraz.

La estrategia de los populares ha tenido un hito de cierta relevancia este pasado fin de semana con motivo de su Conferencia Política, que si bien transcurrió de manera anodina durante el transcurso del sábado, vivió su momento más relevante el domingo con el esperado discurso de Mariano Rajoy. El líder popular esbozó un proyecto de reforma fiscal que pretende ser ambicioso y que habrá que ver si no cae en aspectos más efectistas que efectivos. Prometió un compromiso por la mejora de la riqueza y el bienestar de los españoles así como una búsqueda real del consenso y una reforma constitucional para “corregir los defectos del sistema”. La política exterior, la unidad de España, el empleo y la vivienda fueron también ejes de un discurso que dejó una correcta impresión en un servidor pero que se me antoja algo cojo si echamos una ojeada a la cocina de la propuesta.

 

Más allá de que el PP haya decidido centrar la venta de su mensaje, como demuestra la asignación de Juan Costa como coordinador de la cosa, llama la atención la marginación de dos elementos que no pueden sino hacer crecer la propuesta del centro-derecha español en aras de concretar una visión política más certera, oportuna y necesaria.

 

Repasando la legislatura que se nos va, la negociación con ETA y las deficiencias de nuestra Carta Magna han sido dos de los principales pilares en los que se han basado el Partido Socialista y el resto de formaciones afines para poner literalmente patas arriba el país. Y quienes han continuado dando mejor la batalla en ambos asuntos no han sido otros que Jaime Mayor Oreja y Alejo Vidal-Quadras, muy a pesar de que se dedican, sobre todo, a esa periférica y minusvalorada política, la europea.

 

Si desde Génova tuvieran un poco de vista y, mayormente, fueran capaces de reconocer quiénes pueden dotar de sentido y experiencia al discurso electoral de un partido que necesita de todos los recursos posibles para dar la vuelta a la tortilla, deberían rectificar y poner las cosas en su sitio. Resulta difícil de comprender que el discurso de la posición ante ETA y el nacionalismo no lo articule Mayor Oreja, viendo cómo le avalan sus atinadas predicciones desde el 96. Parece insólito que el trabajo emprendido por Vidal-Quadras acerca de la reforma de la Constitución haya pasado de mano en mano en las filas populares como si quemara, prefiriendo proclamar un arreglo del texto del 78 menos ambicioso.

 

Aunque por encima de toda consideración, de un mensaje más batallador o de uno más tendente a limar aristas, lo que no tiene un pase es que tanto el vasco como el catalán vean cómo caen las hojas del calendario sin que el Partido Popular les llame, no ya para ofrecerles un papel protagonista, ni siquiera para pedirles un consejo con el que poder ser más fuertes de cara al 9 de marzo.

 

Lartaun de Azumendi

Páginas Digital, 27 de noviembre de 2007