Blogia

Políticamente... conservador

La ONG de Hezbolá

La ONG de Hezbolá

Es muy posible que tras décadas de propaganda, la gente haya olvidado que el Líbano es ante todo un pueblo mayoritariamente poblado por cristianos, que componen el más del 50% de la población. Es más, casi toda su historia ha sido un enclave cristiano en Oriente Medio y como sabe todo el mundo, salvo los progres, cristianismo ha significado progreso mientras que en las zonas donde ha imperado la fe islámica casi siempre se han caracterizado por la mera supervivencia y por el imperio de la miseria.

Lo que ocurre es que el Líbano cristiano ha estado trufado por un sinfín de refugiados y por la presión tiránica del Islam. Por ejemplo, hoy viven 500.000 palestinos en el Líbano, pero se calcula que 3 millones de cristianos libaneses han salido del país durante los últimos 30 años de continua inestabilidad. Cuando los cristianos controlaban el Líbano, la antigua Fenicia era conocida como la Suiza de Oriente Próximo.

Ahora bien, aunque más de la población sea cristiana, los cristianos no controlan el país por dos razones: no son dueños de sus destinos porque Siria es quien realmente manda en Líbano. En segundo lugar, porque los musulmanes radicales, especialmente chiítas, controlan el ejército y conforman un estado dentro del estado. Así, recordábamos en nuestra edición de ayer, los chiítas no alcanzan el 40% de la población pero representan el 75% del ejército.

No sólo eso, hay cristianos que no saben resistir la presión de la tenaza sirio-fundamentalista y se convierten en marionetas tanto de Damasco como de Hezbolá. Uno de ellos es el propio presidente del país, Emile Lahud, un cristiano maronita verdadera marioneta del líder sirio Bashar Al-Asad. Los cristianos libaneses le desprecian y le acusan de traidor. No es para menos, basta con leerse la entrevista que hoy publica El Mundo con Lahud, donde tras calificar a los terroristas de Hezbolá como nuestros valientes guerrilleros se atreve a decir que al líder político emergente en Líbano (asesinado en un atentado) Rafik Hariri le mataron los judíos cuando nadie en el mundo alberga la menor duda de que fue asesinado por orden de Damasco.

En esta guerra de propaganda donde el Islam gana todas las batallas por la idiocia de tantos medios de comunicación occidentales que tiran piedras contra su propio tejado, la parte más “graciosa” son las referencias a la acción social de Hezbolá. Es decir, que nos encontramos ante toda una ONG. Y es cierto que nadie sabe, aunque todo el mundo sospecha, de dónde saca Hezbolá el dinero para subvencionar tantas actividades entre su gente, aunque todos nos lo imaginamos. Ahora bien, lo que no se dice es en qué consiste esta filantropía de Hezbolá, ideológicamente encaminada a borrar del mapa libanés toda muestra de cristianismo y conseguir la sociedad islamizada. Un médico libanés me lo explicaba con un ejemplo: Hezbolá subvenciona a las familias que obligan a sus hijas, a partir de sus 12-14 años, a vestir el velo y los atuendos islámicos. De la misma forma, subvenciona escuelas –islámicas-, matrimonios concertados –entre islámicos- y vende su influencia para que sean los creyentes en el profeta quienes copen tanto el ejército como las fuerzas del orden libanesas. Es decir, toda una ONG. Por cierto, Hezbolá quiere que las familias de sus combatientes no abandonen la zona sur del Líbano que Israel amenaza con invadir. Al mismo tiempo, en la capital, miembros de Hezbolá se trasladan hacia el barrio norte, mayoritariamente cristianos, para convertir a éstos en objetivo de la aviación hebrea.

Estos chicos de Hezbolá son pura filantropía.

Eulogio López

Hispanidad.com, 11 de agosto de 2006

Confesiones de Losantos al periódico de Pedro J.: "E ibas a estudiar tú en una universidad americana..."

Confesiones de Losantos al periódico de Pedro J.: "E ibas a estudiar tú en una universidad americana..."

Ha declarado Federico Jiménez Losantos que “hace unos 35 años” que no se confiesa y que no es “creyente”. Este episcopado es –como aquella España turística de Fraga y de Franco- “diferente”. Tienen a un no creyente dirigiendo y presentando el programa estrella de la cadena de radio católica, al tiempo que encargan a un pastor protestante como César Vidal –según revelaciones del propio pseudohistoriador- el programa de la noche. ¿Quién puede, pues, reprochar a los prelados españoles –a la vista de semejante plantel radiofónico- que no son ecuménicos y sí extremadamente comprensivos hasta con los agnósticos o ateos?

Me parece muy bien que la Conferencia Episcopal Española encomiende su emisora a profesionales ajenos a la ortodoxia católica. Es un ejemplo de aperturismo que cabría enmarcar en la doctrina más sobresaliente del Concilio. Pero como el contenido principal de esos programas está vinculado de forma estrecha con la política y muy poco, o muy marginalmente, con el magisterio de la Iglesia, el problema de fondo no radica en las creencias religiosas o no de Losantos o de Vidal, sino en cómo enfocan éstos sus noticiarios y sus comentarios.

En contra de la doctrina
¿Los enfocan de acuerdo con la doctrina católica? No lo parece en absoluto, excepción hecha de que algún cardenal u obispo de los que cortan el bacalao en la COPE pueda demostrar que tal doctrina apoya unilateralmente las opciones conservadoras o reaccionarias. ¿Dónde consta que los católicos sólo puedan salvar su alma si, en España, votan al PP o, en EEUU, a los republicanos? En parte alguna, máxime a partir de las enseñanzas del citado Concilio, aunque abunden los monseñores empeñados en confundirse, en la práctica, con los dirigentes políticos de la derecha. La identificación de la COPE con el PP –a pesar de que en ocasiones discrepe para reconvenir sus, por otra parte, escasas veleidades moderadas- es total. Su hostilidad a las izquierdas (también a los nacionalismos periféricos), indiscutible.

Ideario de Losantos
¿Cuál es, en todo caso, el ideario que mueve a Losantos? La respuesta se encuentra en el siguiente párrafo de la entrevista aparecida en El Mundo: “P.-¿Qué dicen sus hijos cuando le escuchan? Cuando alguno lo hace me dice: “¿Y no puedes decir eso de otra manera?”. Yo le respondo: ‘Ya, e ibas a estudiar tú en una universidad americana si lo digo de otra manera…`”. Más claro, el agua.

E.S.

Elplural.com, 15 de agosto de 2006

Sanz Briz: el ángel español de Budapest

Sanz Briz: el ángel español de Budapest

Los héroes existen en todo tiempo y lugar, pero es en las guerras y allá donde se ceba la injusticia donde dan su verdadera talla. A veces hasta pasan desapercibidos y nadie sabe de su gesta durante años. Ángel Sanz Briz, un joven diplomático español destinado en la embajada de Budapest durante la guerra mundial, pertenece a esta última categoría de hombres de acero. Su nombre es desconocido y sólo unos pocos se han preocupado de recordar lo que hizo. Salvó la vida de más de 5.000 judíos jugándose el puesto, la carrera y, por descontado, la vida.

Multiplicó por cinco la lista de Schindler pero en Hollywood nunca le harán una película, porque en Hollywood jamás se acuerdan de los que se llaman Sanz. Hagámoslo nosotros. Se lo merece.

En marzo de 1944 la guerra estaba perdida para el Tercer Reich. Los rusos avanzaban decididos por el este y, al otro lado del canal de La Mancha, se ultimaban los preparativos del gran desembarco de Normandía. Ante tan sombrío panorama Hitler decidió invadir Hungría, el único país de Centroeuropa que se había librado de la zarpa nazi. Entró para saquear y dar buena cuenta de una próspera y centenaria comunidad judía que aun permanecía intacta. Las deportaciones dieron comienzo con el despuntar de la primavera. Todos los judíos húngaros fueron obligados a registrarse, a bordarse en la solapa la estrella de David y, casi de seguido, a embarcar en trenes de ganado que los llevarían hasta el sur de Polonia, hasta Auschwitz. En Hungría no hubo guetos. No fueron necesarios.

Mientras el Gobierno proalemán de Miklos Horthy colaboraba de no muy buena gana con los nuevos amos del país, el cuerpo diplomático se estremecía con los pogromos, las persecuciones por las calles y los campos de tránsito que los nazis húngaros de la Cruz Flechada instalaron para concentrar a los judíos antes de su envío al matadero. En la legación española, que no era ni mucho menos sospechosa de flirtear con los aliados, el encargado de negocios, Miguel Ángel de Muguiro, escribió a Madrid escandalizado por los registros, las palizas y otras especialidades de la casa que los miembros de las SS practicaban con deleite.

En Madrid conocían a la perfección lo que tramaba el "amigo alemán" en Hungría. Un año antes, Federico Oliván, secretario del embajador español en Berlín, había escrito al ministerio de Exteriores pidiendo permiso para ayudar a los pocos judíos que iban quedando con vida en el Gran Reich: "Si España se niega a recibir a esta parte de su colonia en el extranjero, la condena automáticamente a muerte, pues esta es la triste realidad". La colonia a la que se refería eran los judíos sefarditas, herederos lejanos de aquellos que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492.

Tanto Oliván en Berlín como Muguiro en Budapest habían rescatado un viejo decreto promulgado por Primo de Rivera en 1924, en virtud del cual todos los que demostrasen pertenecer a aquella Sefarad errante, obtendrían de inmediato la nacionalidad española. Ocultaban que el efecto del decreto había expirado en 1931, pero en Madrid no se acordaban y los nazis, naturalmente, no lo sabían. Muguiro se agarró a él para solicitar a las autoridades húngaras la protección de los sefarditas. El problema es que en Hungría, sefarditas, lo que se dice sefarditas, había muy pocos. No daban ni para llenar un tren.

Eso no le arredró, se mantuvo en sus trece e informó a Madrid del negro porvenir de la desventurada comunidad hebrea. Haciendo valer su condición de diplomático intercedió a favor de todos los judíos que pudo y culminó su obra apropiándose de un cargamento de niños, 500 exactamente, cuyo destino era una cámara de gas en Polonia. Consiguió visado para todos y los despachó a Tánger, que por entonces era algo parecido a una colonia española. Esta y otras bravatas le granjearon muy mala fama entre húngaros y alemanes, que presentaron una queja ante su superior. Muguiro fue cesado fulminantemente. El puesto se lo quedaba su secretario que, no tan casualmente, estaba metido en el ajo del salvamento a granel de judíos. Se llamaba Ángel Sanz Briz, era zaragozano, tenía 32 años, una mujer hermosa y una niña recién nacida.

El cargo que ocupaba era el de encargado de negocios, clásica covachuela que tienen las embajadas y que no suele servir de gran cosa, pero Sanz Briz le dio un nuevo significado inaugurando un negociado único en su especie, el de salvar vidas. Junto a Giorgio Perlasca, un italiano que había combatido en la Guerra Civil, depuró y perfeccionó los procedimientos de Muguiro. Se trataba de hacer lo mismo pero sin armar escándalo y planificándolo mejor. A Perlasca le nacionalizó español y, para conjurar las habladurías, le contrató en la embajada. Pasó entonces Giorgio, en una mutación onomástica muy habitual en la época de Franco, a llamarse Jorge, o don Jorge, porque tanto él como Sanz Briz fueron siempre y por encima de todo un par de caballeros, en todos los sentidos de la palabra.

Había en Budapest otros diplomáticos embarcados en similar tarea. La embajada de Suecia, por donde paraba Raoul Wallenberg, se convirtió en un tablón al que se agarraron miles de condenados a muerte. En la de Suiza Carl Lutz se inventó los llamados "schutzbriefe", es decir, salvoconductos de protección, que pronto entre los judíos adoptaron el nombre de "certificados de la vida". Ese fue el modelo que inspiró a Sanz Briz. No podía informar al ministro de sus intenciones porque le hubiera supuesto el cese, pero si hacerle partícipe de las "monstruosas crueldades que nazis y cruzflechados están perpetrando en Hungría contra individuos de raza judía". Madrid respondía con el silencio. Ni sí ni no. Algo así como "haga usted lo que crea conveniente pero no enrede más de la cuenta y nos complique".

Lo que no parecía del todo mal en Madrid es que los sefarditas regresasen a su patria, aquella que, injustamente expulsados, habían abandonado cinco siglos antes. Los nazis no terminaban de entender que la España de Franco, a la que habían auxiliado en su cruzada, se preocupase de unos judíos desterrados tanto tiempo atrás. No lo entendían pero tragaban. En 1943 la embajada de Berlín había conseguido sacar de Bergen-Belsen a 365 judíos que, a decir del embajador, eran sefarditas, esto es, españoles, es decir, súbditos de un tipo de quien se decía que el mismo Führer prefería ir al dentista antes de entrevistarse con él. Un caso inaudito y probablemente único en la historia de los campos nazis. Por una vez los presos que entraron en tren salieron en tren y no por la chimenea.

Los nazis de Hungría no conocían el número exacto de sefardíes pero sabían que eran pocos, por lo que estaban dispuestos a transigir. Previo pago, claro. Sanz Briz envió una carta muy educada a Adolf Eichmann, gauleiter (gobernador) de Hungría, acompañada de una importante suma de dinero para asegurarse que los batallones descontrolados de las SS no importunasen a sus judíos. Eichmann era un asesino, un ladrón y un sinvergüenza, un deshecho humano de pies a cabeza, pero procuraba guardar las formas, especialmente si las formas se las había cobrado con antelación.

Las autoridades, debidamente reblandecidas con dinero y cortesías, otorgaron al representante español un cupo de 200 personas, que era, más o menos, el número de hebreos de ascendencia sefardí en todo el país. Sólo podía emitir 200 pasaportes, ni uno más. Sanz Briz lo aceptó sin rechistar y dio órdenes en la embajada para preparar los salvoconductos, pero no 200 sino muchos más, tantos como fuese posible. El truco residía en que ninguno de los pasaportes tenía un número mayor al 200, pero tampoco estaban repetidos. Fue creando series que iban del 1 al 200, así, por ejemplo del pasaporte número 50 había varios: de la serie A-1, de la A-2, de la A-3...

El engaño era perfecto pero insuficiente. Para salvar a 1.000 necesitaba cinco series, para 2.000 diez, y así sucesivamente. Podía irse todo al traste si un agente de las SS paraba por la calle, en el mismo día, a dos portadores del mismo número pero de diferente serie. Para reducir las comprometedoras series reinterpretó el cupo concedido por los nazis aplicándoselo no a individuos sino a familias. Así, el pasaporte 50 de la serie A-1 podía pertenecer a cinco o seis personas. Esto, sin embargo, creaba otro problema, el de la cantidad. Los nazis se escamarían si veían demasiados judíos "españoles" por la calle.

Alquiló entonces varias casas en Budapest para cobijarles. Sólo podían salir un rato por las mañanas, la embajada se encargaría del resto: de la comida, de la atención médica y de mantener a los nazis y cruzflechados lejos de la puerta. Para evitar disgustos mandó colocar en cada uno de los edificios una llamativa placa en húngaro y alemán que decía "Anejo a la Legación de España. Edificio extraterritorial". Por si las moscas. Funcionó de maravilla, nunca fueron forzadas. Los judíos permanecían en las casas hasta que Sanz Briz conseguía un transporte para Suiza, para España o para cualquier parte donde no les matasen. Ya es curioso que, en un tiempo en que España padecía los peores años de la dictadura, un puñado de casas españolas en la lejana Budapest se transformaron en el templo de la libertad, en un refugio de vida.

Los certificados de la vida que expedía Sanz Briz sólo podían entregarse a sefardíes. Para el ángel español todos lo eran: "Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Josef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española", rezaba uno de los salvoconductos. Evidentemente, ni Mannheim ni el resto tenían más parientes en España que un joven aragonés que les estaba salvando la vida.

A finales de 1944 el Ejército Rojo estaba a las puertas de Budapest. La Unión Soviética no reconocía al régimen de Franco por lo que Asuntos Exteriores ordenó evacuar la embajada. Pero si él se iba, ¿quién se encargaría de sus judíos? Perlasca se ofreció voluntario, a fin de cuentas era también italiano, y para entonces Italia amigaba con los aliados. Como Perlasca carecía de título se lo inventó. Conchabado con Sanz Briz falsificó el nombramiento de embajador de España en Hungría y se presentó ante el Gobierno húngaro como el nuevo hombre de Franco en Budapest. Era todo mentira, pero a esas alturas carecía de importancia. Los judíos de Sanz Briz quedaron bajo su tutela hasta que el 16 de enero de 1945 los rusos irrumpieron en la capital poniendo fin al dominio nazi. Entonces Perlasca desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra. Misión cumplida.

En las casas de Sanz Briz esquivaron a la muerte unas 5.200 personas. Hombres, mujeres y niños que no dudaron en bautizarle, jugando con su nombre de pila, como el "Ángel de Budapest". A muchos los sacó de los trenes de deportación, a otros de las comisarías en noches en las que salía de casa cargado de pasaportes falsos, siempre del 1 al 200 y con la coartada aprendida de memoria. Para los nazis eran apestosos sefarditas, para Sanz Briz simples seres humanos cuyo derecho a la vida era sagrado.

De vuelta a España el diplomático no recibió ni felicitaciones ni censuras. Él no esperaba ninguna de las dos cosas. Cumplió con su deber de cristiano y prosiguió con su carrera diplomática. Fue destinado a los Estados Unidos y, durante 35 años estuvo representando a nuestro país por medio mundo. Murió en 1980 como embajador de España en el Vaticano.

Ha pasado a la historia como el Schindler español, aunque, en justicia, a Oskar Schindler debiera llamársele el Sanz Briz alemán. En 1991 el Gobierno de Israel reconoció su labor otorgándole la dignidad de "Justo entre las naciones" e inscribiendo su nombre en el muro del Jardín de los Justos de Jerusalén. Años después, el Gobierno húngaro honró su memoria descubriendo una placa frente al parque de San Esteban, en Budapest, en la fachada de una de las casas que alquiló como cobijo para sus judíos.

No fue el único. Hubo más diplomáticos españoles que se la jugaron por una causa tan justa como quimérica en aquellos tiempos de barbarie. En Berlín, en la boca del lobo, José Ruiz Santaella arriesgó su vida para ayudar a los judíos alemanes perseguidos. En Sofía, Juan Palencia desafío a las autoridades nazis, salvó a 600 judíos búlgaros hasta que fue declarado persona non grata y expulsado del país. En París, Bernardo Rolland de Miota consiguió arrancar 2.000 judíos al Gobierno de Vichy y trasladarlos al Marruecos español. En Atenas, Sebastián Romero Radigales sacó 500 judíos del país enfrentándose con el todopoderoso embajador alemán. En Bucarest, José de Rojas se tomó tan en serio la protección de los sefardíes que mandó poner en las puertas de sus casas un cartel con una leyenda que no dejaba lugar a equívocos: "Aquí vive un español".

Se cuentan por miles los judíos que salvaron unos pocos diplomáticos españoles. Hombres de una pieza, héroes anónimos cuya determinación y perseverancia marcó la línea entre la vida y la muerte de tantos inocentes. Quizá parezcan pocos frente al concienzudo exterminio de seis millones de personas, pero cada vida cuenta y, como dice el Talmud: "Quien salva la vida de un hombre, salva al mundo entero". Va por ellos.

Fernando Díaz Villanueva

www.diazvillanueva.com

Libertad Digital, revista Agosto, 15 de agosto de 2006

Jóvenes que se enfrentan a fantasmas del pasado: rebeldes sin causa

Cuando vivimos la apoteosis de una de las ideologías más opresivas conocidas, el nacionalismo, algunos aún se sienten revivir clamando contra el fascismo de hace 70 años.


Eso de que la juventud esté obligada a rebelarse contra todo lo anterior porque de no hacerlo no sería verdaderamente joven es uno de los tópicos más característicos de nuestros cursis días.

Pero lo que sí es cierto es que en muchos momentos de la historia la juventud se ha visto impulsada a protestar contra el orden recibido de sus mayores. Otra cosa es que le haya movido el buen sentido o la ceguera, cuestión muy discutible en cada circunstancia.

En sus extraordinarias memorias (El mundo de ayer) Stefan Zweig explicó cómo los jóvenes de principios del siglo XX, entre ellos él mismo, se lanzaron de cabeza a cualquier cuestionamiento del orden anterior –en arte, pensamiento, literatura, estética o política– por la sola virtud de su novedad y sin entrar a reflexionar sobre su bondad. Todo lo que fuera contrario al mundo que había desembocado en 1914 tenía presunción de veracidad.

Por motivos similares gran parte de la juventud europea se alistó a los movimientos comunistas y fascistas como contestación a unos regímenes democráticos que habían demostrado su estancamiento e incapacidad.

Igualmente, tras 1945 a la juventud le tocó ir de antifascista primero y de antiamericana después, pues era lo que pitaba si uno quería presumir de rebelde. Y en la España franquista, la opción contestataria estaba clara: la izquierda. Pero tras la caída en 1976 del régimen de derecha autoritaria, que no fascista, esa moda se ha estancado y la juventud "rebelde" sigue presumiendo de resistir contra el fascismo y el franquismo muchas décadas después de desaparecidos ambos.

Matar nazis no es un crimen, es un deporte, Contra el fascismo, contra la estupidez y otros lemas similares adornan las camisetas de quienes no se dan cuenta de que al llevarlas están rebelándose contra algo que hace mucho que dejó de existir. ¡Fácil rebeldía!

En cuanto las circunstancias lo permiten, el ¡Vosotros fascistas sois los terroristas! surge de las gargantas supuestamente rebeldes aunque en España todo el terrorismo del último medio siglo –salvo excepciones contadas con los dedos de la mano– haya sido de izquierdas.

Los cantautores que alzaron sus voces contra la dictadura franquista guardan estruendoso silencio sobre la dictadura de nuestros días, la de los nacionalismos, que no sólo oprimen con su asfixiante control ideológico, social, académico y lingüístico, sino también con las bombas y los tiros en la nuca.

Y los que van de progres y rebeldes no se rebelan contra la opresión de verdad, la de los nacionalismos, sino contra una imaginada, la de España.

Así que, queridos y rebeldísimos jóvenes, muy especialmente los vascos y catalanes, a ver si vamos espabilando y empezamos a darnos cuenta de por dónde soplan los vientos de la opresión.

Jesús Laínz

El Semanal Digital, 10 de agosto de 2006

Más de cuatro grupos islamistas podrían estar detrás del complot de Londres

Más de cuatro grupos islamistas podrían estar detrás del complot de Londres

Cuatro grupos extremistas islámicos pueden estar involucrados en la red terrorista que pretendía atentar contra aviones de pasajeros que volasen entre Londres y EEUU, según informó ayer la agencia de noticias PTI y del que se hace eco el diarioLa Razón

Los primeros datos resultante de la investigación, señalan que entre los grupos involucrados estarían la organización terrorista paquistaní Lashkar-e-Toiba (LeT) y el grupo extremista suní Lashkar-e-Jhangvi (LeJ), informa la fuente.

La investigación ha revelado que una organización humanitaria islámica con sede en el Reino Unido y que recauda dinero para enviar a los damnificados por el terremoto ocurrido en 2005 en el norte de Pakistán, presuntamente destinó fondos para financiar los atentados contra aviones comerciales, según informaron hoy los medios paquistaníes. “Los nexos entre los sospechosos detenidos no han podido ser confirmados, pero las fuentes afirman que las agencias de inteligencia han puesto a cuatro organizaciones islámicas bajo vigilancia, entre ellas las británicas Al Mahajroon y Hizbul Tehrir y las paquistaníes LeT y LeJ”, afirma el periódico paquistaní The Daw.

El diario señala también que Rauf Rashid, el británico de origen paquistaní detenido en Pakistán como principal sospechoso de la trama de los explosivos líquidos, ha sido identificado como el padre de Tayyab Rauf, quien fue detenido hace meses en el Reino Unido por su supuesta relación con los atentados del 7 de julio del pasado año en la capital británica.

Según el rotativo, Rashid confesó durante los interrogatorios la trama que pretendía destruir en vuelo al menos diez aviones procedentes de Londres, una información que se transmitió a las autoridades británicas y logró frustrar el plan de los terroristas.

Las agencias de inteligencia y autoridades en Islamabad han colaborado muy de cerca con los británicos para llevar a cabo el pasado jueves las detenciones que acabaron con el complot terrorista.

Siete personas, incluidas dos británicas de origen paquistaní, fueron detenidas en la ciudad de Karachi, en el sur de Pakistán. La portavoz de la oficina del ministerio de Exteriores paquistaní, Tasnim Aslam, no confirmó el número de detenciones pero dijo que las agencias paquistaníes han jugado un papel muy importante en la desarticulación de la red terrorista internacional que planeaba perpetrar el atentado. “Las detenciones en el Reino Unido han tenido lugar después de una cooperación activa de las agencias de Inteligencia entre Pakistán, Reino Unido y Estados Unidos”, afirmó Aslam. Aslam aseguró también que Pakistán es un “socio importante de la coalición contra el terrorismo y estamos al frente de los esfuerzos internacionales para combatir esta lacra de nuestro tiempo”.

Análisis Digital, 13 de agosto de 2006

Bandung o la conferencia de los charlatanes

Bandung o la conferencia de los charlatanes

Hace poco más de cincuenta años se celebró en la ciudad indonesia de Bandung una de las mayores pérdidas de tiempo del siglo XX. Se le denominó Conferencia Afroasiática, y fue convocada para que unos cuantos dictadores de otras tantas repúblicas bananeras recién independizadas se diesen el gustazo de dar un buen discurso.

No sirvió para nada, para nada útil quiero decir. Acaso para dar carta de naturaleza a ese abstruso invento del Tercer Mundo con el que, todavía hoy, nos siguen dando la tabarra los nietos de aquellos tiranos y los que, entre nosotros, andan con el sentimiento de culpa a cuestas.

La tontería se fraguó en las privilegiadas cabecitas de los líderes de un puñado de antiguas colonias británicas, con la India y Egipto al frente. Era aquel un tiempo en el que se creía que, a base de buenas palabras y soflamas biensonantes, se podía cambiar el mundo. Así, para poner remedio a la pobreza de la India, Birmania o Ghana sólo había que decir que la pobreza era mala y que la hermandad entre las naciones pobres haría que ésta remitiese. Ese era el envoltorio, claro. Profundizando un poco, lo que los promotores de Bandung pensaban era algo bien distinto. Ahora que tenían mando en plaza querían ser poderosos y desquitarse de los años de colonización. Como representaban a más de la mitad de la población mundial de aquella época hicieron cálculos y se creyeron lo que no era. Suele suceder cuando no se piensa con la cabeza, o cuando no se tiene cabeza para pensar. Entre los prohombres de Bandung se combinaron ambas cosas.

Partían de una ilusión, de que en el mundo bipolar que había alumbrado la guerra mundial cabía una tercera opción: la buena, evidentemente. Frente al capitalismo liberal patrocinado por los Estados Unidos y el socialismo real propugnado por la Unión Soviética, serían ellos, acompañados de sus jóvenes pueblos, los que le devolverían la sensatez al mundo. Lo harían, además, con buen talante, de un modo didáctico y con palabras tan rotundas como justicia universal, hermandad multirracial, libertad, soberanía, cooperación o paz, mucha paz, la paz que no faltase. No es casualidad que los peores tiranos se hayan embutido el disfraz del pacifismo para ocultar sus verdaderas intenciones.

Se dio además la fatal circunstancia de que, de los 29 países que acudieron al llamado de Nasser, Sukarno y Nehru, la mayor parte de sus líderes eran unos charlatanes incorregibles. Casi todos llegados al poder por pura carambola e ineptos en el ejercicio del mismo hasta un extremo intolerable. En esto último no hemos ganado mucho a lo largo del último medio siglo. Hoy, el dictador tercermundista promedio sigue siendo un incapaz y un ladrón, pero al menos no da la paliza. Roba todo lo que puede hasta que viene el siguiente y le derroca.

En Bandung, sin embargo, se dio cita un plantel extraordinario de estafadores de la política, similar al que protagonizó el periodo de entreguerras en Europa aunque con un toque especial que los haría únicos. Por entonces no se sabía que todo era un inmenso fraude. El tercer mundo vivía su edad de la inocencia, sus gobernantes eran tenidos por libertadores sin mancha que sacarían a sus países del atraso inaugurando de paso una nueva era en las relaciones internacionales. Lo peor de todo es que ellos mismos se lo creían. El estado de postergación en el que se encontraban se debía exclusivamente a la prolongada presencia de los europeos en su tierra. Libres de esa carga, florecerían todas las potencialidades ocultas de aquellas jóvenes naciones, libres de prejuicios y de hipotecas históricas. El futuro les pertenecía, o al menos eso era lo que repetían como papagayos. En cierto modo se veían como la contrapartida de la agotada y confusa Europa de la inmediata posguerra.

La conferencia de Bandung los retrató a todos en su euforia pueril y medio tonta. Los años que la siguieron vinieron a demostrar que de tanta cháchara no puede salir nada bueno. Si mal hábito es pasar por alto el factor individual en el curso de la historia, en el caso que nos atañe se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de lo que pasó en África y Asia tras la descolonización. Los hombres que se hicieron con el poder en las antiguas colonias europeas, muchos de ellos protagonistas en Bandung, fueron los que sentaron las bases del desastre posterior en aquellos países. Sin ellos, sin su pésimo magisterio es imposible explicar el porqué y el cómo del tercer mundo actual.

El anfitrión de la conferencia, el indonesio Ahmed Sukarno, fue un déspota en estado puro desde que se hizo con las riendas del poder. Éste le cayó del cielo el día que los holandeses abandonaron su antigua colonia por la puerta de atrás. Nunca creyó en la democracia liberal y, a falta de otros enemigos internos, la tomó contra la nutrida colonia china de comerciantes que se deslomaba a trabajar en las ciudades indonesias. Como casi todos sus contemporáneos, sabía mandar pero no gobernar. Implantó una dictadura asentada sobre cinco principios fundamentales: nacionalismo, internacionalismo, democracia, prosperidad social y creencia en Dios. Dos de ellos eran antitéticos pero daba igual, Sukarno no entendía de ideas sino de consignas que empaquetaba en acrónimos para que su gente las repitiese entusiasmada. Así, por ejemplo, NASAKOM era la esencia de su Gobierno (“Nacionalismo, Religión y Comunismo”). NEKOLIM era el espantajo que se sacó de la manga contra los europeos y el pilar fundamental de su política exterior. Significaba “Neocolonialismo, Colonialismo, Imperialismo”. A estas tonterías sin pies ni cabeza él las llamaba Konsepsi (conceptos).

Una vez devastó la otrora próspera economía de las Indias Orientales holandesas, acuñó un nuevo konsepsi, el de la Gran Indonesia, concepto bastante conflictivo que aún hoy colea en la isla de Timor. A mediados de los 60 el país colapsó víctima de las nacionalizaciones y el despilfarro y su mandato acabó de un modo abrupto, en un baño de sangre en el que murió un cuarto de millón de personas. Para entonces ya nadie se acordaba de las interminables peroratas de Bandung. Murió en 1970, fastidiado del riñón y mudo, quizá de tanto hablar.

Si Sukarno fue un dictador cuando menos original, el egipcio Gamal Abdel Nasser no le fue a la zaga. Se aupó al poder tras pasaportar al rey Faruk en su yate e instauró una dictadura larga y ruinosa pero tremendamente popular. Militar de formación, desconocía todo lo relativo a cómo gobernar un país pero era un orador excepcional. Hipnotizaba a las masas en un árabe llano y sin demasiados artificios, y es que, no en vano, era hijo de un empleado de correos. Al igual que Sukarno, no había entendido por qué los países europeos tendían a crear y acumular riqueza por lo que, lejos de ocuparse en aprenderlo, gastó lo poco que quedaba en la caja y pidió prestado el resto para convertirse en el muñidor de una gran república árabe socialista, tercermundista y, naturalmente, no alineada.

Para mantener el nervio de su pueblo lo suficientemente tenso buscó un enemigo con el que medir sus fuerzas y dar algo de contenido a su inane programa político. La china le tocó a Israel. Convencido de que sus discursos valían lo mismo que sus carros de combate lideró una iniciativa militar para borrarlo del mapa. Los resultados fueron desastrosos. La coalición árabe “antiimperialista” que había concertado para la ocasión se dio de bruces contra el ejército israelí. Seis días duró la guerra. Y eso que era de los que en Bandung se llenaban la boca con la fraternidad universal, la soberanía y la no injerencia en los asuntos de los demás.

Si como general no dio la talla, como gobernante su nombre es sinónimo de bancarrota. Aplicó un concienzudo programa de nacionalizaciones que hirieron de muerte los pocos sectores competitivos de la diminuta economía egipcia. La del canal de Suez ocasionó, además, una intervención militar anglofrancesa que le proporcionó jugoso material para sus discursos durante años. Le sirvió también para financiar en parte su propia pirámide, la presa de Asuán, un disparate económico y ecológico pero antesala, a fin de cuentas, de un gigantesco lago artificial que lleva su nombre. En 1970, el mismo año que su compadre Sukarno y dos meses después de concluir la presa, un paro cardiaco se lo llevó al otro barrio.

Con todo, el hombre que mejor encarnó la soporífera charlatanería de Bandung fue Jawaharlal Nehru, primer presidente de la India y el peor de todos hasta la fecha, que ya es difícil. Pertenecía a una generación anterior a la de Sukarno o Nasser; de hecho, había nacido el mismo año que Hitler y uno antes que De Gaulle. Estudió en Cambridge y, al volver a su tierra natal, tomó conciencia, es decir, concluyó que los que se habían esmerado con su educación eran lo más parecido a los hijos de Caín.

A diferencia de otros líderes de la época, Nehru iba de intelectual. Más que ningún otro estaba persuadido de que las dificultades se resolverían con buenos deseos y un par de frases lapidarias. Los ingleses le toleraron del mismo modo que hicieron con Gandhi, lo que muestra hasta que punto el dominio británico era cualquier cosa menos asfixiante. En la Unión Soviética dos disidentes confesos no hubieran durado ni tres semanas. En 1942, con los japoneses avanzando desde Birmania, pidió la independencia para que la India soberanamente decidiese si entrar o no en la guerra. Obviamente, ignoraba que los hijos del sol naciente no hacían distingos entre países neutrales y beligerantes. La gansada le costó la cárcel.

La retirada inglesa en 1948 le puso al frente del segundo país más poblado del mundo. Su fecunda palabrería hizo de "el Pandit Nehru" una celebridad mundial. Desde occidente le llovían los piropos. Él, en cambio, censuraba a las potencias occidentales siempre que se le presentaba la ocasión. El imperialismo y el colonialismo eran, según él, lacras a las que había que poner fin de inmediato, pero sólo si los ejercía Occidente. Para la Unión Soviética de Stalin y el Vietnam de Ho Chi Minh sólo tuvo parabienes. Fue un entregado admirador de su vecino Mao Tse Tung, hasta que el vecino se puso farruco y se le metió en casa. De no haber muerto antes, es probable que se hubiera derretido en elogios con Pol Pot.

Dejó que los chinos hiciesen a placer en el Tibet y, cuando el gran timonel decidió redibujar a su antojo la frontera del Himalaya, le declaró la guerra. Él, que había proclamado orgulloso que "ningún país puede conquistar la India" tuvo que pedir ayuda al "imperialista" Kennedy, que envió solícito la VII Flota al golfo de Bengala. Sólo entonces Mao se echó para atrás. A esas alturas ya se le había olvidado lo que dijo en Bandung sobre las grandes potencias: "si vamos hacia ellas en busca de sostén, entonces somos ciertamente débiles..."

Su infeliz política exterior vino a encontrar el complemento perfecto en una gestión interna calamitosa. Fascinado por los planes quinquenales soviéticos, respaldó la creación de un sector público inmenso, monopolístico e ineficiente y auspició draconianas regulaciones sobre la empresa privada que alejaron definitivamente la inversión extranjera. A su muerte en 1964 el ingreso per cápita se había derrumbado y la India era bastante más pobre que cuando se fueron los británicos. El "titán mundial" del que hablaban los medios occidentales fue un desastre en todo menos en fabricar y perpetrar discursos transidos de cursilerías y buenas intenciones. Bandung fue su espejo.

Medio siglo después de celebrarse, sólo unos pocos de los países participantes en la conferencia han remontado el subdesarrollo y se tutean –cuando no miran por encima del hombro– con las naciones de Occidente. Japón, por ejemplo, se dejó de simplezas, abrió su economía al mundo y, entre la aburrida democracia liberal y las carismáticas dictaduras de autor, se decantó por la primera. Hoy es una democracia consolidada y la segunda economía del mundo. Sus habitantes hace dos generaciones que olvidaron el plato único, las privaciones y el miedo cerval a un estado omipotente. Corea siguió su ejemplo.

Cambiar el destino de un país es posible. Si se quiere disfrutar de prosperidad y libertad, es decir, si se quiere llegar a ser, básicamente, como Occidente, sólo es preciso imitarle. Los charlatanes de Bandung, ahogados en sus propios sermones, creyéndose sus propias patrañas, abogaron por todo lo contrario. Lo más dramático de esta historia es que a ellos no les tocó pagar la factura.

Por Fernando Díaz Villanueva

Libertad Digital, suplemento Agosto, 8 de agosto de 2006

A PROPÓSITO DEL KEFIAZO: La irreprimible filia islamista de la izquierda española

A PROPÓSITO DEL KEFIAZO: La irreprimible filia islamista de la izquierda española

La inoportuna foto de Zapatero luciendo la kefia palestina en pleno desarrollo de la segunda guerra del Líbano ha dejado atónitos a muchos en España, y a más fuera de ella. ¿Cómo es posible una torpeza así? ¿Cómo se puede tirar por la borda nuestra posición mediadora (recordemos la Conferencia de Madrid de 1991) de un plumazo, y con sonrisita traviesa incluida?

Las explicaciones son múltiples y no se excluyen entre ellas, sino que van completando un panorama del socialismo español que, por cierto, no llama al optimismo. La primera, obvia, es la incompetencia de José Luis Rodríguez Zapatero en materia de política exterior. El recurso a la sonrisa perpetua y a la palabrería hueca ha funcionado aceptablemente bien entre nuestros compatriotas, pero cuando uno cruza la frontera cae en el ridículo. Si la economía se aprendía en dos tardes, parece que la diplomacia se le ha atragantado al alumno-presidente. A los habituales "amigos" del Gobierno, Castro, Chávez y Morales, habrá que añadir ahora al jeque Nasralá, el líder de Hezbolá. Como el lector habrá podido adivinar, con estos amigos somos la envidia del resto de países europeos.

Tampoco ha ayudado el endiosamiento de quien se cree, por encima de los vulgares compromisos de la realpolitik, llamado a hacer historia. Rodríguez Zapatero, progenitor de la Alianza de Civilizaciones y autoproclamado pacificador de España, no soporta que la realidad contradiga sus veleidades. Cuando ésta se empeña en no seguir sus dictados, sencillamente la ignora; sus amigos de los medios ya se encargan de maquillarla debidamente para evitarle disgustos. Pero nuevamente esta estrategia resulta fallida cuando adquiere una dimensión internacional: ni los políticos ni la prensa del resto del mundo está por la labor de reírle las gracias a nuestro jefe de Gobierno.

La concepción partidista del Estado no es ajena a la metedura de pata. Si hasta ahora creíamos que el hecho de representar al Estado implicaba, especialmente en materia internacional, la asunción de una postura consensuada que variaba sólo ligeramente con el color del partido en el poder, para el nuevo socialismo de Rodríguez Zapatero esta noción está trasnochada. Para nuestros dirigentes socialistas, el acceso al Ejecutivo y al aparato del Estado no es más que la continuación de la política de oposición por otros medios. No se comportan, pues, como actores responsables ante todos los españoles, también ante aquellos que no les han votado, sino como una facción que accede a un importante presupuesto y que no varía un ápice su estrategia de agitación que le ha llevado al poder.

El sentido de Estado ha desaparecido del vocabulario socialista. Las manifestaciones convocadas contra la acción "desproporcionada" israelí lo confirman. Las opiniones personales filopalestinas del ministro Moratinos han intensificado esta tendencia.

Pero no todo se explica por el modo de hacer política de Rodríguez Zapatero y del actual partido socialista. Hay algo más profundo y enraizado en la izquierda española que la aboca irremisiblemente a los brazos del islamismo. Me limitaré a señalar dos motivos que me parecen suficientemente explicativos de esta querencia.

En primer lugar, no muy alejado en el tiempo, hemos de recordar el mito de la lucha anticolonialista, a la que la izquierda occidental se apuntó con entusiasmo en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado. Fracasado el marxismo en Occidente con una clase oprimida cada vez más satisfecha con su utilitario y su apartamento en la playa, la izquierda marxista encontró en la lucha de los movimientos anticolonialistas contra las metrópolis europeas la nueva oposición en la que basar su mística. Cerrando los ojos a las múltiples contradicciones en que incurría, la izquierda asumió como propio, además de la efigie del Che, el pañuelo palestino, símbolo de la lucha contra el opresor israelí (que además era blanco y militarista). El socialismo sentimental de Rodríguez Zapatero no puede renunciar a los símbolos de los que se ha nutrido, y la kefia palestina, por muy desafortunado que sea, es uno de ellos.

Vayamos al segundo asunto. Esta vez nos debemos remontar a los orígenes del Islam, porque la doctrina de Mahoma es, al igual que el marxismo, un mesianismo secular e intrahistórico. Mahoma, muy influido por las sectas judeocristianas aún pujantes en su época, asume el mensaje de un reino de Dios aquí y ahora e instaurado por la fuerza militar. Será un reino de liberación en el que los pobres (de ahí el nombre de ebionitas) ya no serán humillados; en el que, como ya apreciara Toynbee, los pueblos orientales serán liberados del yugo occidental y helenista.

Mahoma asume este discurso y, con un genio militar y político fuera de lo común, decide llevarlo a la práctica con gran éxito. Este lenguaje liberacionista, especialmente intenso en el Islam chiita, pervive hasta hoy porque es una de las ideas-fuerza nucleares del Islam. Un ejemplo nos ayudará a comprender este fenómeno:

"Debéis aseguraros que aquellos elegidos como presidentes del Estado islámico o como diputados del Parlamento sean individuos que hayan sentido y experimentado la situación de los desposeídos y oprimidos y estén preocupados por el bienestar de los pobres, y no que representen al grupo de los capitalistas, terratenientes y aristócratas, que están sumergidos en los placeres sensuales y no pueden, por lo tanto, sentir la amargura, el hambre y el dolor de los desposeídos y descalzos".

Este discurso del ayatolá Jomeini rezuma dialéctica de clases y, de no ser por su alusión al "Estado islámico", cuadraría a la perfección en boca de cualquier líder comunista. Desde esta perspectiva entendemos, pues, la íntima afinidad entre el Islam y otros intentos de establecer mesianismos seculares, desde el marxismo hasta la Teología de la Liberación. Por eso no nos extraña que muchos militantes socialistas panarabistas de los años 70 se hayan pasado al islamismo radical, ni que el terrorista comunista Carlos haya encontrado en el Islam su refugio intelectual y vital.

Por eso tampoco nos extrañan las simpatías de nuestros dirigentes socialistas: la afinidad entre la izquierda y el Islam es, desde esta perspectiva, estructural y constituyente.

Jorge Soley Climent, de la Universidad Abat Oliba CEU.

Fundación Burke

Maragall: "Cataluña es el territorio europeo sin Estado que más se parece a uno"

Maragall: "Cataluña es el territorio europeo sin Estado que más se parece a uno"

 

El presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, ha asegurado esta mañana, con motivo de la entrada en vigor del nuevo estatuto de autonomía, que Cataluña "es, de todos los territorios de Europa que no son Estados, el que más se parece a un Estado porque en este momento puede hacer lo que quiera".

Maragall ha celebrado la entrada en vigor del nuevo texto en el pueblo más pequeño de Cataluña, Sant Jaume de Frotanyá, mientras que el PP ha asegurado que hoy "es un día muy triste para España".

En opinión de Maragall, el nuevo estatuto "es una ley potente" que aporta a Cataluña "una gran capacidad de actuación en todos los terrenos".

"Tenemos una España amiga", ha dicho Maragall, "que nos entiende, que nos ha aprobado un Estatuto fuerte, valiente, importante, que nos permite hacer prácticamente el 80% del gasto público desde la Generalitat y los ayuntamientos. El Estado queda prácticamente residual".

"Un día muy triste para la Constitución de 1978"

El Partido Popular, por su parte, ha calificado la entrada en vigor del nuevo estatuto, ratificado en referéndum el pasado 18 de junio, como el inicio del "camino del Estado anoréxico, la nación troceada y de la inviabilidad como proyecto común".

En rueda de prensa, Ignacio Astarloa, responsable de Seguridad, Interior y Libertades del partido, ha asegurado que "hoy es un día muy triste para España y para la Constitución de 1978", una jornada que "abre un escenario de inestabilidad e incertidumbre".

Por todo ello, Astarloa ha vuelto a pedir hoy al Tribunal Constitucional que resuelva lo antes posible el recurso de inconstitucionalidad presentado por el PP y ha criticado que la norma empiece a producir efectos antes de que el alto tribunal se pronuncie.

 

Periodista Digital, 9 de agosto de 2006