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El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte I.

El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte I.

Fernando Alonso Barahona, Eduardo Arroyo, Alonso Calatrava, Juan Garcilaso De la Vega, José Javier Esparza, Tirso Lacalle, Jesús Laínz, Íñigo Mugueta, Francisco Olmedo, David Fontaneda, Jaime Fontaneda, Eduardo Segura y Pascual Tamburri

El Señor de los Anillos

Ser periodista en España es un oficio arriesgado. Entre otras cosas, porque los jóvenes licenciados salen de las Facultades navegando en un océano de conocimientos con un dedo de profundidad, autorizados para opinar sobre todo y demasiado a menudo ignorando hechos básicos. Por ejemplo, en materia de cultura.

Así, la prensa ha dedicado páginas, tiempo y atención al llamado “fenómeno Harry Potter”, a partir de la proyección de una película basada en los relatos protagonizados por este personaje de la literatura infantil. No está mal. Pero a continuación, ante el estreno de la primera parte de la trilogía basada en El Señor de los Anillos, se ha suscitado la polémica, la comparación y una artificial rivalidad entre ambos filmes, a mayor gloria y beneficio, por cierto, de la Warner Bros.

Pero no es aceptable que los señores de la prensa ignoren hechos básicos. Guste o no guste, la obra de J.R.R. Tolkien es un trabajo de literatura mayor, del género epopeya, con el propósito declarado de una reelaboración mítica paneuropea y la voluntad manifiesta de transmitir valores permanentes en un contexto épico, siquiera imaginario. El niño de Rowling es, en efecto, un niño, el protagonista de unos cuentos simpáticos e inofensivos, y nada más. Cosas de cultura general.

Si hace falta alguna prueba, la tendremos en unos años. Así como Harry Potter pasará a ser un producto comercial caducado, tanto en versión impresa como rodada, Frodo Bolsón puede convertirse en el símbolo de una generación. En todo caso, ni la película ni el libro, que aquí se contemplan desde diferentes puntos de vista, complementarios y hasta contradictorios, pasarán fácilmente al olvido. Ojalá que la prensa, con sus evitables simplificaciones, y los intereses comerciales, con sus decisiones arbitrarias, como la escasísima distribución del filme en versión original, no corrompan el soplo de aire fresco que El Señor de los Anillos ha traído a la cultura europea.


El Señor de los Anillos. I. La Comunidad del Anillo.

Después de veinte años como lector de El Señor de los Anillos y admirador de John Ronald Reulen Tolkien, he asistido al estreno de una película que deseo ver desde la infancia. La monumental trilogía tiene, por fin, una representación cinematográfica proporcional a su importancia sociológica y a su valor literario; quedan atrás muchas dudas y el muy lamentable intento de Bashki y Zaentz, que, completamente ajeno al sentido y al contenido de la obra tolkeniana, es preferible olvidar para siempre.

Dos malentendidos lastran aún la imagen del profesor Tolkien. Muchos bienpensantes siguen creyendo y afirmando que se trata de una literatura menor, destinada al público infantil y juvenil. Por otro lado, con alguna mayor generosidad pero no menor imprecisión, se acepta su entidad artística pero se ignora completamente su dimensión espiritual, “mítica”. La divulgación inevitable que seguirá a esta película debe tener en cuenta, en cambio, que John Tolkien fue un docto medievalista oxoniense, filólogo de oficio y de vocación, editor del Beowulf, experto mundial en la cultura de los primitivos pueblos germánicos; su obra literaria, paralela a su obra científica, es de gran calado, y no sólo revela una maestría ejemplar del inglés, sino un indiscutible brillo artístico.

Más importante aún: Tolkien, con su obra, quiso expresamente rebelarse contra el sistema de valores materialistas y productivistas del mundo moderno. A diferencia de otros “mundos secundarios” literarios, y de gran parte de la inmensa literatura medieval-fantástica, la Tierra Media es la contrafigura de la Europa premoderna como pudo ser, si no geográficamente sí en cuanto a los grandes principios enfrentados. No es lícito hablar en este caso de literatura de evasión, sino de literatura de combate. El ciclo del Anillo trata de reflejar la lucha entre dos mundos antitéticos, que no se asemeja a ninguno de los conflictos del siglo XX sino, más bien, a la crisis del mundo europeo occidental que está culminando en el siglo XXI.

Cuando una película se inspira en una gran obra literaria hay que preguntarse tanto por el rigor de la adaptación como por la calidad de la película en sí misma. En este caso, no quedarán satisfechos los eruditos que busquen una fidelidad estricta a la obra literaria. Contentarles habría requerido unas dieciocho horas de proyección, que sólo unos pocos resistirían. Pero hay algo más importante: se respeta la esencia íntima del producto, haciéndolo a la vez comprensible para los no lectores y atractivo para un público amplio. La prueba de las virtudes de la película esta en que no gustará tampoco a los amantes del cine hollywoodiano al uso. Hobbiton está en los antípodas (estéticos y morales) de Hollywood, al que los autores del filme no han hecho demasiadas concesiones, y ninguna substancial. La película será comercial por su excelente difusión y publicidad, y por la preexistencia de un público bien predispuesto, pero no se adapta a los cánones que últimamente imponen las grandes productoras.

Comentario aparte merece la banda sonora. Es la gran ocasión perdida de la película. Howard Shore ha compuesto una música correcta, de circunstancias, que será otro éxito de ventas, y más contando con la colaboración de Enya. No estropea la película; pero tampoco añade nada. Si en esto no se hubiesen aceptado las imposiciones comerciales de la Warner Bros, habría sido la ocasión de recurrir al inagotable filón de la música romántica europea, de alguna manera en la línea de “Excalibur”. Tal vez estén a tiempo de enmendarse en las dos siguientes entregas, cuyas obligadas escenas épicas merecerán una música no menos gloriosa.

El Señor de los Anillos (I) es, en suma, una película para todos los públicos, pero especialmente para gentes de espíritu joven, dispuestas a dejarse contagiar por la pasión y por el fervor en la defensa de principios eternos - el sacrificio, la abnegación, el amor, la lealtad, la lucha más allá de toda esperanza razonable. Sería oportuno que con esta excusa se lea o se relea el libro, insuperable en su género. Y, por supuesto, que se perciba el espíritu del autor y el mensaje más hondo que trató de transmitir, desde las amargas trincheras de la I Guerra Mundial, donde comenzó a fraguarse en su prodigiosa mente esta epopeya. Tenemos ante nosotros una síntesis de la mitología europea para una Europa que ha olvidado demasiado deprisa sus raíces espirituales y míticas. La Compañía del Anillo debe seguir marchando.

Pascual Tamburri

24 de diciembre de 2001


Espadas

El fenómeno del año iba a ser Harry Potter, pero ha terminado siéndolo "El señor de los anillos": la versión cinematográfica de la saga de Tolkien está arrasando taquillas. Y lo que es más importante: no está defraudando a los tolkienmaníacos, que son legión, a pesar de que las versiones audiovisuales suelen hacer añicos los originales literarios. Verdaderamente, ha sido una suerte que el loco que ha llevado "El señor de los anillos" al cine no sea un profesional fichado por una productora, sino un fan de ese imponente mundo de hobbits y elfos en torno al cual Tolkien creó una auténtica mitología.

Hace pocos días, Urdaci despedía un Telediario recomendando "El señor de los anillos" "para los más jóvenes". A los más jóvenes, es verdad, no les vendrá mal conocer que hay héroes que pueden enfrentarse al mal sin necesidad de escupir por un lado de la boca ni llenarse la lengua de palabras malsonantes, pero Tolkien no sería lo que es en el mundo de la creación literaria si su obra se limitara al público juvenil. Todos pueden, e incluso todos deben leer "El señor de los anillos", porque la historia que ahí se cuenta tiene la suficiente densidad para saciar a todo género de público. Precisamente la grandeza de Tolkien estriba en haber creado un universo legendario de fuerza comparable a la de la Materia de Bretaña. Y la grandeza de Peter Jackson reside en que lo ha llevado al cine sin apenas mermar esa fuerza.

Eso no es habitual en la pantalla grande. Esta misma semana hemos tenido dos ejemplos en la televisión. En TVE-1 podíamos ver la "Excalibur" de John Boorman, que es una excelente versión de la vida del rey Arturo según la recreación de Malory. Pero en Telecinco nos ofrecían "El corazón y la espada", de Fabrizio Costa, miniserie donde la tragedia de Tristán e Isolda bajaba varios puntos en la escala del mito para terminar convertida en una historia sentimental, sin duda recomendable, pero bastante insatisfactoria para quien buscara algo más de fidelidad a las versiones clásicas. Lo positivo del asunto, en todo caso, es que el género "de espadas", que retornó a la actualidad hace ya más de veinte años, no pasa de moda. Sea en versión medieval, de ciencia-ficción o de fantasía, el héroe tradicional sigue siendo una figura vigente. Quizá porque el héroe es tanto más necesario cuanto más villano se hace el mundo. Y en eso de la villanía estamos haciendo grandes progresos.

José Javier Esparza (27 de diciembre de 2001)


La Tierra Media

La Tierra Media es, era y/o será uno de los dos continentes en que se divide Arda (la tierra). La creación de Arda se debió a Eru, también llamado Ilúvatar, dios único del que proceden los Ainur (una constelación de dioses secundarios). Algunos de estos Ainur descendieron a la tierra para modelarla en el principio de los tiempos, y fueron llamados Valar. Ellos crearon un reino, Valinor, en las tierras occidentales, que pasaron a denominarse “tierras imperecederas”. Los arduos trabajos de los Valar configuraron los montes, llanuras, ríos y mares de la tierra, a la que pronto llegaron los hijos de Ilúvatar: los elfos (los primeros nacidos), y los hombres (los seguidores). A los elfos inmortales se les permitió elegir entre poblar las tierras imperecederas, o la Tierra Media (el continente oriental). Los hombres, por el contrario, hubieron de conducir su mortalidad lejos de Valinor, y viajar a Occidente.

La Tierra Media es el escenario en el que se desarrollan las aventuras de El Señor de los Anillos. Concretamente la epopeya de Tolkien se sitúa en las tierras occidentales de la Tierra Media a finales de la Tercera Edad. Todos los acontecimientos que se desarrollan a lo largo de los tres libros de El Señor de los Anillos señalan el ocaso de las edades de los elfos, y el comienzo de la época de los hombres.

Esta breve exposición de la cosmología tolkeniana es tan sólo una prueba de la “existencia” cierta, de una realidad secundaria que tuvo su origen en la mente de J.R.R. Tolkien a comienzos del siglo XX. Una realidad tan válida como la nuestra, puesto que es coherente gracias al desmedido esfuerzo imaginativo e intelectual de este filólogo inglés. Él creó continentes, y en ellos sociedades, y de ellas destacó sus lenguas y costumbres, que puso en relación con el origen de sus razas constitutivas. Basado todo ello en su inabarcable erudición, tomó de aquí y de allí elementos con los que crear un mundo más acorde con su deseo. Y así elfos, orcos, hombres, enanos, dioses... y hobbits, modelaron un mundo maniqueo en el que cada uno de ellos tenía asignado su papel de modo ineludible.

Para la comprensión de su mundo, Tolkien (y sus hijos tras su muerte), nos han facilitado textos mediante los cuales reconstruir su imaginación. De algún modo son émulos de los cantares y crónicas medievales, de las sagas nórdicas que él tanto amaba, y en definitiva de los documentos en manos de los historiadores para el estudio del pasado. Y así hoy resulta tan cierto, o más, el personaje de Gandalf, el mago, que el de Urbano II, papa; o el de Aragorn II, hijo de Arathorn, heredero de Elendil y rey de Gondor, que el de Carlos V, emperador de Alemania. Ambas son realidades que evocamos, ambas son coherentes y son ciertas, si bien una secundaria y otra principal (aunque algunos cambiemos en ocasiones ese orden de prelación).

Íñigo Mugueta


¿Ha llegado la “generación hobbit”?

John Tolkien nunca participó en política ni expresó convicciones políticas definidas; tampoco El Señor de los Anillos puede ser reducido a las categorías políticas al uso: ni al debate político de los años 1940-1950, fechas de la redacción definitiva, ni al de 2001. Sin embargo, no puede negarse un hecho evidente: ni Tolkien ni su obra escrita pueden ser considerados neutrales o asépticos ante los hechos fundamentales de nuestro tiempo.

“Gandalf está vivo y lucha con nosotros”. No es un motivo surrealista, sino un lema político de los primeros años 70, inmediatamente después de la primera traducción italiana de El Señor de los Anillos. Ya entonces, en la Península hermana se percibió netamente la militancia estructural del mundo de Tolkien contra la evolución del mundo moderno y en defensa de determinados principios que parecían en entredicho: sacrificio frente a hedonismo, familia y comunidad frente a individualismo, fidelidad e integridad frente a transformismo, tradición y respeto frente a maquinismo, ecología y ley natural frente a la explotación de la Tierra.

Gandalf, como su creador Tolkien, no es de derechas. Ni de izquierdas. Simplemente, representan, hasta ayer por escrito y desde hoy también en las grandes pantallas, una denuncia de los males de la sociedad de consumo. Y una alternativa ética, aunque por supuesto no política ni ideológica. En muchos y distantes países, una minoría de jóvenes - siempre jóvenes, independientemente de su edad, y siempre rodeados de jóvenes cronológicos - ha asumido a Tolkien como bandera de protesta, o sólo como símbolo de una opción de personal descontento.

No se trata, desde luego, de los jovenzuelos que han tratado de convertir el estreno de esta película en un grotesco carnaval, favorecido por los intereses comerciales de la empresa productora. Hablamos en cambio de los jóvenes de todas las edades que participaron en los ya lejanos “Campamentos Hobbit”, que escucharon la música diferente cantada por “La Compagnia dell’Anello”, que utilizaron los nombres de “Eowyn”, de “Erebor” o de “La Roca de Erech” para sus iniciativas culturales. Una juventud diversa, disidente, minoritaria y más dispuesta a seguir un mito literario antimoderno que a someterse a las modas imperantes. Una juventud si se quiere marginal, pero viva y real, sorprendentemente consciente de su “nosotros” comunitario y difusamente dispuesta a una lucha casi espiritual en un mundo poco inteligible para ellos como el contemporáneo.

¿Habrá una “generación hobbit”? En las actuales circunstancias, los valores de J.R.R. Tolkien no pueden llegar a ser socialmente dominantes. La sociedad occidental basa su organización en los principios más opuestos. Vivimos entre Morgul y Mordor. Pero sí seguirá habiendo disidentes, que aspiren a vivir en Hobbiton o en Lórien; y, lógicamente, la difusión cinematográfica del mito favorecerá que esa minoría crezca, porque habrá un segmento mayor de la población expuesto a la innegable belleza de ese mito. Con ocasión de esta película habrá más hobbits, más jóvenes de espíritu en lucha estética con las injusticias y las bajezas del presente. Para que haya una generación hobbit sería necesario que se diese a esa minoría la posibilidad de demostrar prácticamente la bondad su modo de vida.

Suceda lo que suceda, J.R.R. Tolkien no ha pasado por el mundo sin dejar un firme recuerdo.

Pascual Tamburri


Valor de una película y valores de película

Hollywood sabe, como industria, que tiene una rentabilidad doble en cada una de sus iniciativas. Por una parte, el cine norteamericano genera enormes beneficios y da de comer a muchas familias, además de hacer ricos a unos cuantos. Pero no sólo los hace ricos: los hace poderosos. El poder de la imagen, el poder de Hollywood, se deriva de su capacidad de crear mitos y de difundir valores, principios y modelos. A veces prevalece la rentabilidad contable, otras el beneficio propagandístico; la genialidad de Hollywood radica en su habitual éxito simultáneo en ambos terrenos.

En estas Navidades Hollywood ha lanzado un producto puramente propagandístico. El cortometraje “El Espíritu de América”, de 3 minutos y 5 segundos, se proyecta en los cines de Estados Unidos como afirmación de los valores por los que el Gobierno estadounidense afirma haberse lanzado a la ofensiva mundial tras el 11 de septiembre. Dirigida por Chuck Norman (Óscar al mejor cortometraje en 1986), la película es un montaje a partir de fragmentos de grandes películas. En ella se exaltan algunos de los principios que tradicionalmente se asocian a Estados Unidos (vitalidad, valentía, espíritu aventurero) junto a otros, más recientes, más políticamente correctos, pero, al mismo tiempo, menos coherentes con la América profunda (tolerancia, mestizaje).

El protagonista de la película es el rostro de la mejor América, John Wayne, que sirve de inicio y fin a la película de propaganda. Quién sabe qué pensaría de saberse empleado en una empresa tan arriesgada. Por no hablar del inmortal Griffith, pues se han utilizado secuencias de “El Nacimiento de una Nación” en un corto que defiende una América bien distinta de la que él cantó. Indudablemente Hollywood desea enfervorizar a la población americana y unirla en defensa de su actual empresa política. Para ello hatenido que ceder cierto espacio a los principios y a los iconos de la América real, utilizándolos para transmitir su propio y más “actual” mensaje.

Puede funcionar, o no. En “El Señor de los Anillos”, por el contrario, el respeto del sentido y de los valores genuinos de la obra precedente ha sido escrupuloso. Para Hollywood será una ocasión de hacer un buen negocio, pero allí son conscientes de que los valores que la película ejemplifica no son exactamente los mismos que los dueños del gran cine propugnan. Pobre John Wayne: en otras circunstancias, haría sido un excelente Aragorn.


El Señor de los Anillos. II. Las Dos Torres.

Una película para adultos, y para niños. Una epopeya en celuloide, nacida de una pluma genial. El Señor de los Anillos, en su segunda entrega, es un éxito comercial, pero sobre todo un fenómeno cultural. El mundo asiste al triunfo de un producto artístico basado en la tradición cultural europea, y ajeno a los principios políticamente correctos del mundo moderno. Una película que simboliza el renacer de una cultura que no es de izquierdas.

¡Un año! Después décadas de espera, en diciembre de 2001 se presentó la versión cinematográfica del primer volumen del el Señor de los Anillos. Y doce meses después, por fin, hemos asistido al estreno más esperado. El Señor de los Anillos (II) es, una vez más, una película para todos los públicos, para jóvenes de edad y para jóvenes de espíritu. La adaptación cinematográfica de 'El Señor de los Anillos' no defrauda a los más exigentes expertos en Tolkien. No es una película para pasar el rato, no es una película de acción y poco tiene que ver con un Harry Potter infantil y globalizado.

Tolkien enfrenta principios eternos - el sacrificio, la abnegación, el amor, la lealtad, la lucha más allá de toda esperanza razonable – a la amenaza, oscura, viscosa y seductora, del Mal. Es, sin duda, una síntesis de la mitología europea para una Europa que ha olvidado demasiado deprisa sus raíces espirituales y míticas. Allí donde haya un joven que se identifique con Boromir, un niño que admira a Frodo, un adulto que comprenda el drama de Gandalf, hay un síntoma de renacimiento cultural, frente a décadas de dictadura izquierdista, materialista y globalizante.

Tolkien, con su obra, quiso expresamente rebelarse contra el sistema de valores materialistas y productivistas del mundo moderno. El Ciclo del Anillo refleja la lucha entre dos mundos antitéticos, que no se asemeja a ninguno de los conflictos del siglo XX sino, más bien, a la crisis del mundo europeo occidental que está culminando en el siglo XXI. En los corazones intrépidos, reconfortados por esta admirable película, la Compañía del Anillo debe seguir marchando.

Pascual Tamburri


Razones para ver, y para leer

Aún recuerdo cuando mi padre me recomendó por primera vez que leyese El Señor de los Anillos, me dijo que a él le marcó y que a partir de entonces vería las cosas de otro modo. Supongo que por la rebeldía (y la estupidez) de la adolescencia no le hice caso y fueron pasando los años hasta que por fin me decidí a leerlo. Empecé casi por casualidad, sin querer, uno de esos fines de semana en los que la juventud española se encuentra vacía, sin nada que hacer.

Los primeros pasos fueron temblorosos, confusos, sin saber muy bien cómo y porqué aparecía tanta gente y qué demonios tenían que hacer. Una vez superados los primeros contratiempos que se le presentaban a alguien como yo, que no estaba acostumbrado a leer, me sumergí en un mundo paralelo que me traía a la memoria aquellos tiempos de aventuras y de grandes gestas, tan propios de nuestra historia, y que hoy han quedado apartados, en el fondo del baúl, como si nos diese vergüenza recordarlos o como si no tuviesen nada que ver con nosotros.

El libro te envuelve, te abraza y te obliga a seguir, una página más, un capítulo más. Van pasando las horas y cuando ya por fin te ves obligado a dejarlo y volver al mundo real, lo haces con pena, y no dudas en buscar unos minutos para retomar otra vez el espíritu de la Tierra Media. Y cuando por fin lo terminas, la tristeza te embarga y te preguntas dónde se puede seguir disfrutando de ese mundo maravilloso, tan distinto al actual, donde reina el amor verdadero, el compañerismo y el sacrificio.

Quizás a la juventud actual le vendría mucho mejor dedicar su tiempo libre a bucear en la obra de Tolkien, en vez de preocuparse tanto por el “botellón”, por hacer tanta huelga de estudiantes y por tanto fútbol y por tanto partido del siglo. Sería interesante ver qué ocurriría si los jóvenes españoles tomasen como ejemplo a seguir a los singulares miembros de La Compañía del Anillo, en vez de a tanto Gran Hermano, a tanto cantante de karaoke o a tanto futbolista.

David Fontaneda Calzada


Tolkien, los intelectuales y el jabón

El otro día presencié una curiosa escena en el metro. Dos veinteañeros discutían sobre “El señor de los Anillos”. Uno de ellos, con la bolsa de deporte al hombro, hablaba emocionado, -entusiasmándose más y más a medida que se oía a sí mismo-, del arrojo de Gimli, del carisma de Aragorn, de la agilidad y elegancia de movimientos de Legolas, de lo épico de la redención de Boromir...

A tan inocentes ilusiones no tardó en responder el otro con gestos cargados de la agresiva indiferencia de quien se sabe por encima del bien y del mal. “Yo no me rebajo a sentir las humanas emociones”, parecía querer decir con los paulatinos levantamientos de su ceja agujereada. Su pelo, hábilmente enmarañado y grasiento, era todo un alegato contra el Sistema imperante. Con sus exagerados gestos iba desacreditando las palabras de su compañero, que él había convertido en combatiente. Y así hasta que llegó el momento en que, extasiado ante tanta inmadurez, tuvo que coger al toro por los cuernos y esbozar unas nociones básicas sin las cuales el pobre y desorientado tolkieniano tendría seguramente muchos problemas en la vida. Qué todo es mucho más difícil, que el mundo es un asco, que el heroísmo no existe, que esa película de los duendes es para niños, que qué bobadas hace la humanidad, que ser humano apesta, etc. No digo yo que esté totalmente en desacuerdo con este chico, pero creo que era un necio. Y sobre todo era cruel. Cruel y despiadado, por empeñarse en contagiar su nihilismo y desesperación a quienes sí son capaces aún de ilusionarse en esta Europa agonizante.

Hoy en día la sociedad occidental emana pesimismo por todos los poros, por razones fáciles de detectar e imposibles de denunciar. Puede llegar a resultar comprensible que un hombre maduro se sienta asqueado después de trabajar horas incontables durante décadas para poder pagar con ello a los de siempre los intereses de la hipoteca de su celda en una colmena de hormigón, todo ello aderezado con el humo y los pitidos del tráfico. E incluso que durante las pocas horas libres de que dispone no tenga ganas de disfrutar, de puro cansancio, de los hijos que ya no tiene y prefiera enfangar su espíritu con la telebasura.

Pero es el colmo de la pedantería el pesimismo “como estilo” que en los últimos veinte años les ha dado por adoptar, se deduce que por contagio, a tantos adolescentes. Y son cada vez más. Unos deciden hacerse “okupas”, otros “porretas”, otros “heavies”. Muchos, drogadictos de uno u otro tipo. Y la mayoría de ellos, pesimistas. Aunque sólo sea para hacerse los interesantes, incapaces de llamar la atención de las chicas de su edad de otra forma más digna. Se desea con serenidad el paso de esta moda, vacía y absurda por definición, como todas las demás. Y el retorno a tiempos más luminosos, en que se vuelva a recuperar la ilusión, en que la palabra “emprendedor” se vuelva a asociar con ámbitos de la vida ajenos a los mundos económico y financiero, y en que los intelectuales recuperen el sano hábito de enjabonarse periódicamente.

Allí estaban los dos, dos mundos opuestos, dos concepciones enfrentadas de la vida: la ilusión frente al pesimismo, el alegre frente al parásito.

La coyuntura parece indicar que los hombres-hongo seguirán proliferando. Cada vez más. Ha llegado su hora, y seguramente ni siquiera tengan ellos la culpa. Pero la obligación de los tolkienianos, de los que aún crean poder seguir haciendo algo constructivo en esta época difícil en que nos ha tocado vivir es hacerlo, sin pararse a pensar en sus posibilidades de éxito. Si Frodo hubiese concedido un sólo segundo a la reflexión, el Anillo habría caído sin remedio en manos de Sauron.

Francisco Olmedo

"América debe ser una fuerza del Bien en el mundo". Bush y Rice afirman en la Iglesia de los Bautistas del Sur que EEUU es el "pueblo elegido"

"América debe ser una fuerza del Bien en el mundo". Bush y Rice afirman en la Iglesia de los Bautistas del Sur que EEUU es el "pueblo elegido"


Más de 18.000 personas acudieron al último encuentro organizado en Estados Unidos por la Iglesia de los Bautistas del Sur, grupo ultraconservador católico (N del W: no es correcto. Se trata de una confesión protestante). Entre ellas estaba la Secretaria de Estado de EEUU, Condoleezza Rice, y el presidente, George W. Bush (este último a través de videoconferencia). En esta convención, Bush y Rice explicaron que Estados Unidos "gobierna en aras de propagar la justicia divina con vistas al advenimiento del Fin de los Tiempos".

La reciente Convención Anual de los Bautistas del Sur contó con la presencia del presidente de Estados Unidos y la secretaria de Estado. Bush y Rice explicaron a más de 18.000 mensajeros de Dios —es así como se hacen llamar los miembros de esta congregación religiosa— que la misión de Estados Unidos en el plano militar y diplomático era adelantar el advenimiento del Apocalipsis, anunciado en la Biblia, cumpliendo así con la justicia divina, al atacar a regímenes y naciones opuestas a los designios de Dios en la tierra.

“El presidente Bush y yo misma compartimos la convicción que tienen ustedes de que América puede y debe ser una fuerza del Bien en el mundo. El presidente y yo creemos que Estados Unidos tiene que mantener su compromiso como líder de acontecimientos fuera de nuestras fronteras”, explicó Rice en su discurso.

Mensaje de Bush
Poco después de su inauguración, la Convención fue interrumpida por la sorpresa de un mensaje no programado de Bush que se dirigió en vídeo a los particulares desde Bagdad. El presidente de EEUU recordó a los mensajeros de Dios su proyecto de modificar la Constitución para impedir que la Justicia legalice los matrimonios entre homosexuales.

Bush también enumeró un conjunto de decisiones presidencial inspiradas en su fe: "limitaciones al derecho de aborto, eliminación de subvenciones a las asociaciones favorables al aborto, campañas a favor de la abstinencia sexual entre los jóvenes solteros, prohibición de investigaciones científicas sobre las células madres y, por supuesto, privatización masiva de los servicios sociales y de salud a favor de las organizaciones religiosas".

El suceso más importante
Y es que la Convención Anual de la Iglesia de los Bautistas del Sur es uno de los acontecimientos más importantes de la vida política y social de Estados Unidos, ya que esta institución religiosa representa la principal reserva electoral del presidente Bush. Por consiguiente, los discursos pronunciados allí no deben ser vistos como simples anécdotas, ya que esta congregación representa la manera de pensar de una mayoría relativa y su teología rige el Partido Republicano, así como sirve de fundamento popular a la guerra que se desarrolla en Irak.

Los Bautistas del Sur consideran La Biblia como un calendario que describe los tiempos futuros y defienden las teorías más sensacionalistas del Armagadeón y del Fin de los Tiempos. Se oponen resueltamente a toda forma de ecumenismo.

La evangelización
Asimismo, la Iglesia de los Bautistas del Sur tiene una significativa influencia en el Ejército de los Estados Unidos. Las fuerzas armadas, que tenían la reputación de componerse de borrachos y violadores —tras la guerra de Vietnam—, fueron objeto del trabajo de pastores de diversas denominaciones evangélicas que, en 50 años, elevaron su grado de moralidad e instauraron incluso cierto puritanismo.

Dirigido por una congregación secreta en el seno del Pentágono, este trabajo privilegió la influencia de las diferentes denominaciones evangélicas, en particular la de los Bautistas del Sur, en detrimento de los sacerdotes católicos, que perdieron el tradicional control de las capellanías militares.

El Ejército de Dios
Así poco a poco, las fuerzas armadas estadounidenses se reafirmaron como el Ejército de Dios. El pentágono incorporó así misioneros evangélicos a sus tropas en Irak y el subsecretario de Defensa encargado de la inteligencia, confirió a la conversión de iraquíes el rango de objetivo estratégico.

Elplural.com, 16 de agosto de 2006

Raíces del pensamiento conservador europeo

Raíces del pensamiento conservador europeo

Se muestran algunos principios de la mentalidad conservadora, característicos a partir de la quiebra del Antiguo Régimen. Luego se distinguen tres vertientes europeas, de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX: la inglesa, expuesta por Edmund Burke, la francesa difundida por Bonald y De Maistre, y la española a través del pensamiento de Juan Donoso Cortés. Para terminar se plantean algunas reflexiones acerca de los vicios y errores a los que se exponen comúnmente los conservadores y que nos permitirán también precisar tanto los aportes como las posibles desviaciones del método conservador.

Comenzaremos por el concepto. Antes de caracterizarlo debemos señalar el problema del término conservador y su connotación peyorativa en la sociedad contemporánea, ya que la etiqueta de “conservador” no aparece atractiva. En una sociedad marcada por las transformaciones, el cambio y el progreso, se lo asocia comúnmente con conceptos como antiguo, medieval, rígido o anquilosado. El uso o mal uso del término en la actualidad es corriente y se vincula con actitudes contrarias al cambio, sin hacer referencia al contenido o verdadera significación de éstas. Erick Von Kuenheldt-Leddin, liberal-conservador, quien fuera miembro de la prestigiosa Sociedad Mont-Pelerin, señalaba que el concepto conservador huele a naftalina, aquel olor a encierro que percibimos al abrir el armario de nuestra abuela. Por lo mismo evoca una connotación peyorativa, una etiqueta que aparece incómoda frente a otros conceptos como liberal o progresista que hacen alusión a actualidad, modernidad y flexibilidad. Von Kuenheldt-Leddin trató de dar una solución, autodefiniéndose como “cristiano libre enlazado con la tradición”. La definición parece correcta, como veremos, para calificarse como conservador, pero es evidente que no soluciona los problemas inherentes al concepto.

La expresión “conservador” surge en la Francia de la Restauración, a través de un periódico del escritor romántico René de Chateaubriand y ya estaba difundido y consolidado hacia 1830.

La mentalidad conservadora, no obstante, ha estado presente durante toda la historia y por lo mismo podremos encontrar conservadores en los distintos períodos históricos; al igual que revolucionarios, idealistas o realistas son conceptos que atraviesan la historia, y que, por lo tanto, van más allá de un período determinado.

Me referiré fundamentalmente a lo que denominaré orígenes del pensamiento conservador moderno, que tienen su raíz, como veremos, en las respuestas al ideario de la Revolución Francesa. Creo conveniente señalar que el Antiguo Régimen, que se derrumba a través de los ecos revolucionarios de 1789, fue un esquema, un modelo político conservador y, por lo tanto, los conservadores de entonces no se encontraron en la necesidad de difundir, ordenar o precisar su ideario. Ello porque, concretamente, el régimen político en que vivían era naturalmente conservador.

Para comenzar, definiré algunos principios de la mentalidad conservadora, característicos a partir del quiebre de aquel Antiguo Régimen, es decir, una vez que estalla la Revolución Francesa. Luego continuaremos distinguiendo tres vertientes europeas, de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX: la inglesa, expuesta por Edmund Burke, la francesa difundida por Bonald y De Maistre, y la española a través del pensamiento de Juan Donoso Cortés. Para terminar plantearé algunas reflexiones acerca de los vicios y errores a los que se exponen comúnmente los conservadores y que nos permitirán también precisar tanto los aportes como las posibles desviaciones del método conservador.

Principios de la mentalidad conservadora

Historia y tradición. Para los conservadores, como señala Robert Nisbet, historia en lo esencial supone experiencia y, por ello, confianza en esa experiencia fruto del pasado, por encima de la especulación abstracta y los devaneos intelectuales que caracterizaron a los ideólogos de la Revolución Francesa. La sociedad para los conservadores, en términos generales, no es algo mecánico, ni una construcción artificial como expresaba Hobbes, uno de los doctrinarios del absolutismo y el primero de los contractualitas, quien va a señalar precisamente en su Leviatán aquella idea de la sociedad como un ente artificial, un artificio humano, es decir, una especie de reloj, mecánico, del cual dependen una serie de engranajes y que basta modificar alguno de éstos para variar el movimiento, el devenir de la sociedad.

La sociedad para los conservadores, si no es mecánica, si no es artificial, si no es una construcción a priori, abstracta, es fundamentalmente una construcción histórica y por lo tanto conlleva un desenvolvimiento orgánico. Es decir, su desarrollo es acumulativo a través del tiempo, sin pretender prescindir de las enseñanzas de la historia. La sociedad, estiman, no es algo que se haga de un día para otro, que se invente a priori, prescindiendo de la realidad y rechazando el pasado; es una construcción histórica que supone un desarrollo acumulativo. De ahí la trascendencia de la historia, aspecto decisivo para la mentalidad política conservadora, que enseña que no podemos saber dónde estamos, ni menos a dónde vamos, si no conocemos dónde hemos estado, y de dónde venimos.

Otro concepto fundamental que mencionaremos es el de tradición. El concepto de tradición proviene del latín tradere que significa transmitir. En este caso no se trata de transmitir cualquier cosa, sino precisamente más bien un legado que vale la pena dejar como herencia, traspasar a las nuevas generaciones. Así como en la actualidad el concepto conservador tiene un sesgo peyorativo, la idea de tradición también ha sufrido de incomprensión, probablemente porque no se ha profundizado en su verdadero significado. A primera vista, se confunde con un zambullirse en el pasado, un anquilosarse en el siglo XII, querer volver a tiempos pretéritos. No obstante, tradición es transmisión, por lo mismo, implica movimiento, dinamismo e involucra también selección. No todo pasado es bueno, no todo pasado vale la pena que se conserve y que se transmita, debe seleccionarse y por ello la correcta selección valora, genera, lima, actualiza la tradición. Y es que también es dinámica, supone una entrega hacia las nuevas generaciones, es como una carrera de relevos, en donde el testigo se recoge pero no se entrega inmediatamente, exige ser actualizado, requiere un trabajo propio, No se entrega sin más el legado recibido, sino acrecentado, limado, actualizado a la siguiente generación. La tradición bien entendida es entonces dinámica; ha desechado lo que no valga la pena mantener y transmitir, colocando el énfasis en lo que sí conviene conservar. La tradición, ya lo decía nuestro historiador Jaime Eyzaguirre, hay que entenderla con sentido dinámico: no es arqueología, no es adorar el pasado por el pasado, un pasado que se ha ido. No considerando el dinamismo y la selección que supone la tradición se cae en uno de los vicios o errores de los conservadores o de los tradicionalistas: el terminar deificando el pasado en una actitud como la del nostálgico Jorge Manríquez, para quien pareciera que “todo tiempo pasado fue mejor”, postergando esa labor clave de actualización.

Razón y prejuicio. Otro de los puntos fundamentales para entender lo que es la mentalidad conservadora, lo refleja la idea y especial estimación del prejuicio y su contraposición a la confianza desmesurada en la razón. Fue Edmund Burke el que ante el pleno éxtasis ilustrado y racionalista de su siglo XVIII supo, con sentido común, valorar el prejuicio. Prejuicio no es más que un juicio previo, por lo tanto muchas veces sin posibilidad de ser demostrado. Burke defiende la idea de prejuicio frente a la pretensión de una razón absoluta, como la entendieron muchos ilustrados del siglo XVIII y también algunos racionalistas del XIX, a quienes una confianza absoluta en la certeza matemática de las ciencias exactas, los llevó a extenderla con soberbia y desatino a los asuntos humanos y sociales.

Para Burke, en cambio, la idea de prejuicio conlleva, por así decirlo, una sabiduría intrínseca, en el sentido de que es un legado de las generaciones anteriores y favorece la decisión en momentos en los cuales esa decisión tiene que ser rápida y no hay tiempo de experimentar y comprobar. Frente a la necesidad de decidir rápido, muchas veces ese legado de prejuicios, que son juicios previos que hemos heredado, nos permiten desenvolvemos en la vida social. En Burke, el prejuicio es un recordatorio de la autoridad y de la sabiduría de las generaciones pasadas; es un sentido común, un buen sentido histórico; es una intuición heredada, todo lo contrario de la soberbia racionalista. En la sesión anterior, se citó al agudo Gilbert K. Chesterton. El escritor británico irónicamente señala que el sentido común es también el menos común de los sentidos. ¿Por qué despreciar entonces, sin más ya priori, los prejuicios, posible fuente de ese escaso sentido común?

Pareciera sensato que si comprobamos su equivocación así lo hagamos; pero mientras tanto Burke se preguntaría por qué ese afán de tirarlos por la borda. Son prejuicios, es decir, juicios no comprobados y la experiencia puede tanto confirmarlos como rechazarlos. Al menos tienen el aval de las generaciones anteriores. Los dardos de Burke se dirigían a los jacobinos a aquellos que anhelan dar vuelta la tortilla con su revolución y transformar ese sentido común.

No hay duda que Gramsci, en el siglo XX, promovió también la transformación de ese sentido común, echando por la borda el sentido tradicional, lo que hemos heredado de nuestra familia, de nuestra sociedad, pretendiendo generar una nueva hegemonía cultural proclive al marxismo. Burke valora la idea de prejuicio frente a esa mentalidad de pretender conocer todo a través de la razón, con precisión absoluta.

El mismo Chesterton nos dice en un determinado momento que el soldado absolutamente racionalista, si llegara a sopesar y a calcular las posibilidades que posee de sobrevivir en una guerra, los beneficios que le va a traer y las desventajas que conlleva su alistamiento, lo más probable es que no combatiría nunca. Y agrega, el enamorado absolutamente racionalista que pone también en una balanza los aspectos positivos y negativos del matrimonio y las responsabilidades que ello supone, y lo mide exclusivamente en términos cuantitativos, quizás jamás tome la opción del matrimonio. ¿Qué quiere decir con esto Chesterton? Que hay una serie de asuntos que están más allá del cálculo racional y cuantitativo, que el hombre tiene también sentimientos y emociones. La reacción romántica de comienzos del siglo XIX fue el rechazo al imperio frío e impersonal de la razón absoluta y calculadora y la sublimación, por lo demás también exagerada, de los sentimientos, las emociones, la imaginación y la intuición.

No pensemos que el conservador deba rechazar la razón; sería bastante irrazonable e insensato. ¿Qué es lo que sucedió? Estamos a fines del siglo XVIII y frente a esa soberbia racionalista que pretende reducir todo a su visión de cálculo, comienza también a surgir un movimiento cultural, el movimiento romántico, que reacciona a ese frío y geométrico racionalismo del siglo de las luces, que comienza en Alemania con el Sturm und Drang, tormenta y alarido, y que en Inglaterra cuenta con algunos románticos como el poeta y dibujante William Blake o los poetas “blaquistas” Wordsworth y Coleridge, corriente que el propio Burke influyó a través su “Indagación filosófica acerca de nuestras ideas sobre lo sublime y lo bello “, la primera de sus obras y que no se refiere a la política sino a la estética. Pues bien, la reacción romántica, tan creativa como vehemente y apasionada, condujo a no pocos hacia el otro extremo, terminando por rechazar la razón, como por ejemplo en aspectos del pensamiento tradicionalista francés, de Bonald y De Maistre.

En el ámbito conservador hay que entender la razón, como el mejor mecanismo que tiene el hombre para conocer. ¿Por qué rechazar aquella facultad que nos distingue de las bestias? Se preguntaba ya San Agustín al defender el uso riguroso de la razón. Sin embargo, rechazan los conservadores esa pretensión de razón infalible, absoluta; ésta se la reservan a Dios. El racionalismo abstracto del siglo XVIII, por el contrario, fue gestor de aquella mentalidad que luego, en el siglo XIX, levantó la creencia en el progreso indefinido, sin posibilidad de detención ni mucho menos de retroceso. Ambas actitudes fueron criticadas por el pensamiento conservador.

En suma, para los conservadores el mecanismo de la razón es precisamente el mecanismo intelectual del ser humano, el que nos permite conocer, pero que no es perfecto. Nuestra razón no es absoluta, no es infalible, es el mejor mecanismo que tiene el hombre, pero tiene límites, y esto es precisamente lo que pretendió hacer ver Burke a través de su defensa del prejuicio y ante la marea racionalista de su siglo de las luces.

Autoridad, libertad, igualdad y propiedad. Son cuatro conceptos cuyas relaciones creemos conveniente precisar, bajo el prisma del ideario conservador, si pretendemos enunciar sus principios. Burke señalaba que la libertad que defiende está conectada al orden y la virtud; sin ellas, para él, la libertad no existe. Para los conservadores el problema de la libertad está vinculado a un triángulo orgánico compuesto por el Estado, los cuerpos intermedios y los individuos, cuyas relaciones estarán supeditadas al respeto del principio de subsidiariedad. Al reconocimiento de la autonomía de los cuerpos intermedios en cuanto a las funciones que le son propias. Recuerdo a Jaime Guzmán señalar en sus clases que un buen parámetro para la medición de la libertad en una sociedad, era precisar hasta dónde se respetaba este principio de subsidiariedad. Ha sido rasgo distintivo de la política conservadora su inclinación afectiva en defensa de la familia, las comunidades locales, la descentralización del gobierno y la promoción de la propiedad privada como ámbitos concretos de libertad y a su vez diques efectivos al crecimiento del poder estatal. Los conservadores criticaron la libertad jacobina de raíz roussouniana, colectiva, vociferante y violenta que dejaba inerme al individuo sometido ante la comunidad absoluta; el período del Terror durante la Revolución les dio pruebas de ello.

Frente a las libertades abstractas, los conservadores defendieron libertades concretas, algunas de ellas jerárquicas, en el entendido de que la jerarquía no implicaba necesariamente discriminación, sino justicia, al dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde, reconociendo méritos, virtudes y talentos. Si las jerarquías decaen en cuerpos cerrados, impenetrables, como se percibía a fines del Antiguo Régimen, la sociedad pierde su dinamismo y las jerarquías terminan cerrándose en un anacronismo egoísta.

Los conservadores rehuyen decretar la igualdad, saben que aquellos que intentan nivelar, nunca igualan, y la experiencia les enseña que la nivelación hacia abajo es el camino fácil y que lo difícil es igualar hacia arriba. Así Tocqueville, otro liberal conservador, acepta y promueve la democracia pero advierte de algunos de los peligros inherentes a ella, como la tendencia mediocratizante donde los individuos rebajan sus anhelos e intereses y pueden terminar entregando su libertad en beneficio de un despotismo igualitario.

La igualdad por decreto pareciera favorecer y ser fruto a la vez de aquella envidia igualitaria, concepto que, al decir de Fernández de la Mora, ha cubierto los dos últimos siglos de resentimiento, odio de clases y frustración para alimento de revoluciones.

La propiedad tiene en los conservadores una íntima conexión con la libertad. La estiman de derecho natural, pero no absoluta, lo que los distingue de estimaciones liberales más a ultranza. Para los conservadores, la propiedad es un ámbito concreto de expresión de la libertad; como ejemplo cabría mencionar la conocida sentencia “cada uno es Señor en su casa”. Por lo mismo, sus políticas tienden a favorecer el acceso a la propiedad privada, en el entendido que facilitar la propiedad privada genera ámbitos concretos donde se manifiesta la libertad; por el contrario, desconocer la propiedad privada supondrá restringir los espacios de libertad.
Saben los conservadores que la revolución a quien primero afecta es a la propiedad. Aun en el caso que su respeto esté señalado en el articulado de los derechos del hombre, fueron éstos más vociferados y obligados a recitar que efectivamente observados, en la práctica revolucionaria.
En los conservadores encontramos una especial inclinación por las propiedades inmuebles frente a las muebles, por la significación entrañable que poseen, en el arraigo e identidad de las familias y las personas. No es lo mismo, por ejemplo, la casa familiar que la propiedad de documentos financieros, como las acciones, papeles impersonales sin otro valor que el que estrictamente le indique el mercado.

Cambio, reforma y revolución. Los conservadores estiman que el cambio en sí supone un trastorno, y por lo mismo la reforma debe ser lenta y prudente, lo más probada posible para que esos trastornos sean los menos. Rechazan el método revolucionario que estima el escenario como una tabla rasa, el afán de comenzar de cero, rechazando todo el pasado, La verdadera reforma “conservadora” debe saber distinguir qué conservar y qué reformar; consecuentemente el desarrollo no es fruto que surja de manera espontánea, sino que es una tarea ardua y por lo general acumulativa.

No se debe entender el conservantismo como defensor de una actitud meramente inmovilista. Burke es enfático al afirmar la necesidad de reformas para mejorar: “Un Estado que carezca de posibilidades de renovación es un Estado sin medios de conservación”. En cuanto a la oportunidad de las reformas sus reflexiones son también notables: “las reformas tempranas son arreglos amistosos con un amigo que detenta el poder. Las reformas tardías son términos impuestos al enemigo conquistado”. De acuerdo a Kirk, Burke es el modelo del político conservador ya que reúne una disposición a preservar junto a una habilidad para la reforma.

Cosmovisión religiosa de la vida. En términos globales, los conservadores tienen una cosmovisión religiosa de la vida, tal como ha destacado Russell Kirk, uno de los principales divulgadores de la obra de Burke en los EE.UU. Religiosa en el sentido que conectan la vida, la persona humana con un Ser Superior, un Creador. Esto significa que consideran al hombre también como falible, no perfecto. Es decir, reconocen un orden superior, sobrenatural, lo que les permite mirarse modestamente así mismos como criaturas, no como dioses, tal como denunciara Hans Graf Huyn en su obra Seréis como dioses. Esa autoimagen prometeica del hombre contemporáneo, autónomo y desligado de un orden trascendente estaría en las antípodas del conservantismo.

Lo anterior tampoco implica el afirmar una sola religión en los conservadores, y veremos conservadores católicos, anglicanos, de origen judío, ortodoxos, respondiendo a la religión tradicional. Como ejemplos, Disraeli era de origen judío, Burke anglicano, Donoso Cortés, católico y Solyhenitsyn, ortodoxo. En lo que coinciden los conservadores es en estimar al hombre no como el centro del Universo, reconociendo y respetando por ello una dimensión trascendente de la persona humana.

El español Donoso Cortés señalaba que tras toda gran cuestión política, si escarbamos un poco, finalmente encontraremos un problema teológico. Es decir, ante dos posiciones diferentes en cuanto a los principios, no se trataba de asuntos accidentales; a fin de cuentas aquellas distintas posturas serían reflejo, en última instancia, de diferentes cosmovisiones del hombre, su origen y su fin.

Las dimensiones política y religiosa, sin confundirlas, tienen a su vez relación en los conservadores en la medida que la actividad política también es una actividad moral, por lo tanto debiera estar subordinada a ésta, lo mismo que la economía y las demás acciones del hombre. Reconociendo la debida autonomía de cada disciplina, para los conservadores la vida social no se puede estimar del todo ajena a su creencia religiosa. Aquellos Estados que han pretendido eliminar por decreto lo religioso, suprimir o perseguir la religión, caminan al despotismo.

Que lo anterior no lleve a pensar que el conservantismo promueve la teocracia o la íntima fusión de lo religioso con lo político, el hoy tan recurrente fundamentalismo. Eso sería regresar a un pseudo-agustinismo ajeno a la tradición política de Occidente. Edmund Burke va a escribir sus famosas Reflexiones sobre la Revolución Francesa, precisamente, en respuesta a los discursos de un pastor, el doctor Price, quien promovía las ideas de la Revolución que comenzaba en Francia. Burke aboga para que desde el púlpito se escuchen lecciones de virtud y trascendencia, no recetas políticas.

Selección de tres vertientes

Corresponde describir ahora tres vertientes anunciadas al comienzo. La idea que pretendo exponer es que si bien ellas manifiestan diferencias en las formas políticas que postulan, éstas se deben a las distintas tradiciones políticas de donde provienen.

Comencemos con Edmund Burke, estimado como el padre del pensamiento conservador. Burke (1729-1797) como británico propició una política que debía saber combinar los problemas prácticos y concretos, considerando las variables circunstancias históricas y sin perder de vista los principios. Su realismo recuerda así a Aristóteles y lo distingue ante la especulación abstracta de su tiempo. Fundamental en la política, para Burke, es la conciencia histórica, la responsabilidad personal y la mirada a largo plazo. Estas serán las notas distintivas de un estadista, y que le hacen estimar a toda sociedad no como la construcción de una sola generación sino una coparticipación “entre los vivos, los muertos y los que están por nacer”.

Ello le lleva a consolidar en Inglaterra lo que estimaba estructura tradicional del Estado Británico, fundado en la división y el equilibrio de los poderes, en los principios de 1688, que lo alientan a definir y limitar la influencia y las prerrogativas del rey, ante los intentos de acaparar atribuciones de Jorge III; y, paralelamente, a extender la autoridad prudente de la Cámara de los Comunes, conforme a la misma tradición liberal parlamentaria británica. Si Burke fue liberal, lo fue por conservar la tradición, su tradición británica; si fue contrarrevolucionario, particularmente ante el estallido francés de 1789, también lo será por defender esa misma tradición. En este último caso no sólo británica, sino cristiano-occidental. Burke con sus la Revolución Francesa, de 1790, realiza un diagnóstico clave: calibra los sucesos de Francia como la gran revolución y denuncia con clarividencia sus efectos. Así en la medida que la Revolución transcurre, la fuerza de sus Reflexiones aumenta. No sólo logra evitar la extensión de los principios revolucionarios en Inglaterra, sino que además su obra otorga argumentos conservadores para toda Europa.

Sus correligionarios whigs le enrostrarán su noble defensa de libertades para Irlanda y América del Norte o una mayor justicia para la India, sin comprender ahora su actitud ante Francia. Burke les responderá que no ha cambiado. El polémico político de aquellas campañas les quiere ahora hacer ver las consecuencias funestas del sistema filosófico del siglo XVIII, diseccionando la ideología jacobina, que estima constituye una amenaza para la tradición cristiana de Europa. Su éxito fue parcial ante sus antiguos correligionarios whigs: la mayor parte de ellos no lo comprendieron, y se verán fascinados por el espíritu de la revolución. Es por ello que Burke, será, al final de su notable carrera política, más reconocido por los tories.

Una segunda vertiente a destacar es la francesa, más conocida como tradicionalista. Sus principales exponentes serán Joseph de Maistre y Louis de Bonald. Ambos fueron nobles y ambos sufrieron la Revolución, debiendo exiliarse. El estilo literario de De Maistre (1753-1821) es atractivo y deja escuela a través de sus principales escritos Consideraciones sobre Francia de 1797, Ensayo sobre el principio generador de las constituciones políticas, publicado en 1814; Du Pape, de 1819 y Veladas de San Petersburgo, publicación póstuma. Dos palabras acerca de cada uno de ellos nos permitirán perfilar algunas características de su pensamiento. Las Consideraciones reflejan su inquietud ante la Revolución francesa, y si bien recoge algunos argumentos de las Reflexiones de Burke, De Maistre tiene un tinte más místico y providencial. La Revolución es para él un castigo de Dios, debido a la decadencia moral y frivolidad de la clase dirigente y a la rebelión filosófica del siglo XVIII que ha pretendido situar a la razón en el sitial de Dios.

En su Ensayo sobre las Constituciones, el saboyano realiza una aguda crítica a aquella fiebre por escribir constituciones que invade por entonces a Europa. El pretender constituir naciones a priori, al margen de la realidad, basados en principios abstractos, despreciando las tradiciones históricas, es lo que fustiga afirmando que: “la fragilidad de una Constitución está en proporción directa a la multiplicidad de artículos que contiene”. En Du Pape, encontramos al principal generador del ultramontanismo, significativa corriente dentro de la Iglesia Católica que favorece la autoridad espiritual de Roma ante tendencias galicanas que, heredadas del Antiguo Régimen, se mantuvieron en Francia con Napoleón y los regímenes siguientes. Por último, sus Veladas de San Petersburgo recogen pensamientos frutos de sus tertulias al ejercer como diplomático del Piamonte. De Maistre pretende restaurar la monarquía hereditaria, más ética y menos frívola, pero al igual que Bonald su alternativa política pareciera un regreso al pasado sin distinguirse de la monarquía absoluta cuya tradición para Francia recuerda tanto la grandeza como la autocracia de un Luis XIV.

Por su parte, Louis de Bonald (1754-1840) publicó, en 1796, Teoría del poder político y religioso, donde sale al paso de las teorías tanto de Rousseau como de Montesquieu. Ante el mito del buen salvaje, Bonald piensa que la sociedad no corrompe sino que constituye al hombre, y ante la separación de poderes del autor de El Espíritu de las Leyes, se apoya en Bodin para reafirmar la unidad del poder. Bonald es monárquico y legitimista, tiene el raro mérito de resistirse al influjo de Napoleón, a quién le interesó su obra, lo que habla bien de su consecuencia. A diferencia de Maistre, Bonald es algo galicano más que ultramontano por favorecer el regreso de los Borbones. Debido a esta misma razón su tradición es heredera del absolutismo y pretende restaurar la unión del trono y del altar. Los tradicionalistas franceses serán así los teóricos del Régimen de la Restauración (1814-1830) y sus postulados contenían un cierto anacronismo inherente al intento de volver a un pasado ya ido. Esta actitud es la que Peter Viereck denomina como otantotista, aludiendo a un monarca piamontés que alarmado por los efectos de la revolución, se paseaba con nostalgia repitiendo la palabra otantoto, es decir 88, queriendo regresar a aquellos días anteriores a 1789.

Para finalizar esta segunda parte me referiré a la trayectoria intelectual del político y diplomático español Juan Donoso Cortés (1809-1853). En primer lugar porque su itinerario del liberalismo al conservantismo es interesante y porque comúnmente el pensamiento político español no ha sido del todo estimado por nuestros historiadores; en especial nuestra historiografía liberal del XIX despreció su influencia, no obstante, a mi parecer está presente en, por ejemplo, un Abdón Cifuentes y en forma decisiva en corrientes conservadoras del siglo XX. Pensemos, entre otros, en Jaime Eyzaguirre, Osvaldo Lira o el propio Jaime Guzmán. Donoso Cortés inicia sus actividades políticas como principal difusor en España de las ideas del liberalismo doctrinario francés, aquel que inspira la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleáns, donde el rey reina pero no gobierna, política del justo medio que utiliza el método ecléctico para abandonar tanto el Antiguo Régimen como para detener el espiral revolucionario. Entre 1837 y 1848 Donoso se aleja poco a poco de aquel liberalismo, acercándose a políticas conservadoras. Durante los últimos años de su vida, hasta su prematura muerte en 1853, Donoso Cortés llegará a ser uno de los más profundos críticos del liberalismo y a su vez señalará clarividentes denuncias respecto del socialismo.

En 1849, su Discurso sobre la dictadura le había otorgado fama europea. En éste el español la define como un recurso político de excepción, extralegal, y que por lo mismo no se puede formular; supone la concentración del poder político en una persona, en un partido o en el pueblo, para resolver una situación previa de grave crisis, pero que debe finalizar, por los excesos que su implantación supone, cuando la situación que la provoca ha desaparecido.

Dentro de estos límites y cumpliendo su misión, para Donoso Cortés la dictadura no es sólo necesaria, sino legítima, ya que sólo ella sería capaz de acabar con la amenaza de disolución que la habría generado. Como vemos, no es un partidario de la dictadura como régimen normal de la sociedad; la legítima como excepción. La disyuntiva para el pensador español no es la dictadura ante la libertad, sino la dictadura como último recurso ante el caos o la anarquía.

Será el estudio de la Historia de España, su repudio al materialismo y las tormentas revolucionarias lo que le mueve a abandonar el liberalismo, al cual llegará a considerar como antesala del socialismo. Esta última corriente, que apenas está en ciernes en su tiempo, la aquilata como una nueva religión que pretendería transformar el sentido común tradicional. Sus predicciones de que llegará a Rusia antes que a Londres le dieron, no sólo mayor acierto que Marx, sino que se adelanta ala revolución bolchevique en más de medio siglo.

Su propuesta política, para España obviamente, será una monarquía social, en donde la soberanía fuese compartida por el rey y las Cortes; en definitiva tan conforme a la tradición política española, como lo fue Burke a la tradición parlamentaria inglesa y lo habían sido a su vez de Maistre y Bonald a la tradición cercana al absolutismo de la monarquía de Francia.

Posibles excesos o errores comunes en la corriente conservadora

El problema de saber responder al qué conservar puede llegar a convertirse en un arma de doble filo para los conservadores. En la actitud de mirar el pasado podemos encontrarnos no sólo con un sensato respeto por lo que antecede, sino también con un rechazo escapista del presente y un no menos inquietante temor al futuro. Ambos vicios no han estado ausentes de la mentalidad conservadora y han sido por lo demás los que alimentan una idealización de épocas pretéritas.

Común en los conservadores es la estimación por las particularidades locales, regionales o nacionales. Esta actitud contraria al cosmopolitismo apátrida, valora las raíces culturales ancestrales y sin duda favorece el arraigo de los individuos, pero no obstante puede también generar visiones radicales de nacionalismos extremos que totalizan estas particularidades, terminando por generar actitudes de encierro temeroso que limitan la necesaria mirada y comunicación hacia el otro, o también a la inversa, una soberbia imperialista despectiva, favorecida por un orgullo arrebatado.

Pensemos en los imperialismos europeos de fines del XIX y comienzos del XX o en los nacionalismos del período de entreguerras, y veremos que han tenido conexiones con una distorsionada actitud conservadora como, por lo demás, con otras muchas corrientes políticas y económicas. La actitud del verdadero conservador sería la de aquel hombre arraigado, conocedor de donde viene, pero a la vez curioso, atento y respetuoso al devenir más allá de sus propias fronteras, no encerrado en su propio ghetto.

Los conservadores estiman el orden y rehuyen a la anarquía. Esta actitud llevada al extremo puede permitir aceptar la excepción como normalidad. Es decir, pueden terminar no sólo reconociendo la dictadura, ante la disyuntiva del caos, sino terminar aceptándola por comodidad como un régimen normal, presentándose la paradoja de desconocer con ello la propia tradición política.

Error común en los conservadores es entender la acción como reacción; es decir no actúan por lo general por iniciativa propia, sino gatillados por la acción previa de sus adversarios. El problema es grave, ya que el escenario político lo elige quien actúa y provoca la reacción, presentándose así en el debate en un ambiente que ha elegido y para el cual se ha preparado, mientras que quien reacciona se ve obligado a entrar súbitamente a la arena de su adversario. Conocida es la comodidad de los sectores conservadores que los lleva a actuar a desgano y tarde.

Otro error común en los conservadores se presenta en su exagerada valoración de las formas, lo que podríamos llamar la tentación de anquilosarse en las formas. Estas, como sabemos, son variables a través del tiempo, caducas no perennes; son por lo demás modas y por lo tanto, pasajeras. Los conservadores debieran estar dispuestos a dejar ir aquéllas que han perdido su actualidad y a recibir las que la obtienen. Las formas ayudan y facilitan la convivencia, pero no son más que ello; no son aspectos esenciales sino accidentales o accesorios, y muchos conservadores carecen de flexibilidad en este sentido, generando a veces batallas ridículas que más les valdría no haber emprendido. El fin del Antiguo Régimen mostró con la parafernalia y el cargado refinamiento del rococó, hasta qué punto la excesiva formalidad puede ser también sinónimo de decadencia.

Por último, una acusación frecuente a los conservadores es la de la defensa primordial de su peculio, de su patrimonio. En España los denominaban con ironía “conservaduros”, aludiendo a la moneda de 5 pesetas, es decir a la defensa hipócrita de los principios conservadores con el único interés de conservar sus riquezas materiales. La aspiración y defensa del bienestar es legítima; no tiene por qué implicar una ofensa. Aparece inconsecuente cuando se esconde una defensa de una situación personal tras la hipócrita defensa de principios generales.

El conservador, hemos visto, no valora lo económico como aspecto decisivo, y ello lo distingue del liberal; es decir, la distinta estimación que se le otorga al ámbito económico en la vida del hombre. Será fundamental y decisivo en el liberal, no de tan alta estimación para el verdadero conservador, al margen de que puedan coincidir muchas veces en políticas o medidas económicas concretas.

Gonzalo Larios (Licenciado en Historia por la Universidad Católica de Chile. Doctor en Filosofía y Letras, mención en Historia Contemporánea, por la Universidad de Navarra. Profesor en las Universidades Gabriela Mistral y Adolfo Ibáñez).

Arbil, Nº 106, agosto de 2006

http://www.arbil.org/

Cómo se trabajan los terroristas a los medios

Cómo se trabajan los terroristas a los medios

Occidente - los medios occidentales en particular - continúa irremediablemente perdido con respecto a la manipulación terrorista. Mi propio modo de explicarlo es: "La primera noticia que sale, se lleva la palma". Hezbolá, Hamas, las diversas facciones de la OLP y al Qaeda, todas utilizan este principio simple para influenciar a la opinión pública mundial y a los legisladores.

El ejemplo más reciente es la tragedia de Qana. Siete horas después de un ataque israelí contra un edificio desde el que Hezbolá lanza misiles contra Israel, los portavoces de Hezbolá informan de 56 muertos, incluyendo 34 niños que habrían sido asesinados. Pero Cruz Roja Internacional informaba posteriormente de 28 muertos, 16 de ellos niños.

Una vez que aparecieron las noticias, los fotógrafos de información fueron invitados a fotografiar la escena. Cientos de fotografías muestran a Hezbolá y a empleados de rescate de Cruz Roja posando con varios cadáveres de niños durante más de una hora bajo un sol libanés de justicia, en una impactante muestra de falta de respeto hacia los muertos, antes de abandonar los pequeños cadáveres sin ceremonias extendidos por el suelo y sin cubrir con fundas mientras esperan el funeral.

Los agudos comentaristas de noticias acuden prestos a ocupar el vacío mediático inmediato. En la práctica, se encuentran "milagrosamente" en el lugar donde aparece la noticia. Con el fin de lograr su ventaja de relaciones públicas, están dispuestos a simular sucesos y fabricar noticias, que llevan hasta límites sensacionales acaparando titulares con lemas sonoros y vistosos. A continuación corren a difundir su primera noticia entre una audiencia lo más amplia posible.

Otro ejemplo reciente: la familia palestina de siete miembros fallecida en una playa del norte de Gaza el 8 de junio, acaparando titulares por todo el mundo. Hamas se encontraba inmediatamente en la escena; su gente filmó selectivamente el lugar, y a continuación lo limpió rápidamente para que no se pudieran tomar otras fotografías.

En palabras de Hamas, un buque israelí había disparado contra la familia, generando una masacre. Esa noticia llegó a las ondas como un misil y reverberó durante días por todo el mundo. El periódico británico The Guardian, por dar un ejemplo, informaba, "Una andanada de artillería israelí impactó sobre una populosa playa de Gaza ayer, matando a siete palestinos, tres de ellos niños".

Pero el ejército israelí recogió fragmentos de metralla extraídos del cuerpo de una joven, que estaba siendo tratada en un hospital israelí - y descubrió que los materiales no concordaban con los proyectiles israelíes. Exámenes adicionales del lugar procedentes de fotografías aéreas de expertos internacionales en explosivos demostraron que el cráter de la explosión no era del tipo causado por un proyectil de artillería. Al final, el escenario más probable resultó ser que la explosión estaba causada por una mina colocada probablemente por Hamas con el fin de proteger la playa de incursiones israelíes procedentes desde el mar.

Pero la que se recuerda es la primera versión de la historia - en la práctica se ha convertido en un ejemplo de la retórica anti-Israel, apoyando las acusaciones de Hamas de brutalidad israelí.

El caso por excelencia es Jenin, la ciudad palestina objeto de una operación militar israelí en abril del 2002. Actuando para cortar el flujo de terroristas suicida que habían asesinado a 151 israelíes en tres meses, las tropas israelíes libraron combates puerta a puerta con el fin de evitar herir a civiles. Pero la agencia palestina de noticias, Wafa, corrió a contar al mundo que los israelíes habían masacrado a más de 500 civiles inocentes - y una vez más, la noticia coló.

En la realidad, una comisión independiente de Naciones Unidas determinó más tarde que los soldados israelíes habían abatido solamente a 56 palestinos, en su mayoría armados.

Para su propio crédito, Nic Robertson, de CNN, ha admitido que su información del 19 de julio concerniente al Líbano estuvo marcada por límites impuestos por Hezbolá. "Ellos designan los lugares a los que vas", decía.

"Hezbolá practica una operación mediática muy, muy sofisticada y cuidada", ha observado Robertson. "Pueden conceder o cortar el acceso... No accedes sin su permiso". La corresponsal de la CBS Elizabeth Palmer añade, "Hezbolá está decidida a que los extranjeros sólo vean lo que ellos quieren que vean". En otras palabras, si usted quiere recoger los sonidos y las vistas de la guerra del Líbano, es Hezbolá quien le debe dar el visto bueno.

La estrategia ha sido utilizada durante muchos años. El American Colony Hotel de Jerusalén Este, por ejemplo, sirvió durante muchos años como centro de prensa ad hoc de la Autoridad Palestina. Todo periodista que quisiese acceder a alguna noticia sensacional sabía que si no redactaba su crónica de modo que promoviese la causa palestina, nunca iba a tener otra oportunidad. He tenido noticias de primera mano de reporteros procedentes de cuatro países que fueron amenazados u obligados a abandonar la región después de informar de sucesos desde un prisma no favorable a la AP.

Contra mejor comprendamos nosotros en Occidente cómo utiliza a los medios el enemigo, con mayor eficacia podremos defendernos del impacto de su mensaje. Las noticias de Qana o Jenin son solamente dos de entre muchas. Pero envían un fuerte mensaje de que nuestros medios, que proporcionan cobertura mediática instantánea en todo el globo, también pueden ser obligados a servir de palestra de la desinformación. Debemos verlos con ojos críticos y sopesar el mensaje con sano escepticismo, teniendo una comprensión clara de la dinámica que se encuentra detrás de ello.

Ilana Freedman (ha trabajado en cuestiones de contraterrorismo durante décadas en distintos puestos. Escribe con regularidad en diversos medios y sirve como editora del New York Post).

Blog Pasos perdidos, Periodista Digital, 19 de agosto de 2006

La Cristiada mexicana, 80 años después

La Cristiada mexicana, 80 años después

Entrevista a monseñor Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro

QUERÉTARO, jueves, 17 agosto 2006 (ZENIT.org-El Observador).-Hace 80 años, con la suspensión de cultos ordenada por los obispos mexicanos, ante el endurecimiento de las leyes en contra de la religión por parte del régimen de Plutarco Elías Calles, inició el movimiento denominado «la Cristiada», en el cual el pueblo católico de México se alzó en armas contra el gobierno federal para defender la fe.

Poco se ha escrito en la prensa nacional y extranjera sobre este acontecimiento, decisivo para la historia de México del siglo XX: cerca de 300 mil muertos, la mayoría de ellos civiles, y un número considerable de mártires dejó como secuela la «guerra cristera».

Para comprender mejor esos acontecimientos y sus consecuencias, Zenit-El Observador ha entrevistado al obispo de Querétaro, monseñor Mario de Gasperín Gasperín.

--¿Qué importancia tiene la fecha del 31 de julio de 1926, cuando se suspendieron los cultos y comenzó la «guerra cristera»?

--Monseñor de Gasperín: Recordar, y por qué no decir celebrar, los ochenta años del inicio de la «Cristiada» es algo que atañe de cerca al corazón de la fe católica en México. En tono de menosprecio fueron llamados «cristeros» los católicos que no soportan más la violación a sus derechos y a su dignidad y los reclamaron con fuerza y valentía.

--¿Llamar «cristeros» a los que pelearon por una ley justa y libertad religiosa era una burla, no es así?

--Monseñor de Gasperín: Cosa parecida había sucedido en los inicios de la fe con el nombre de «cristianos» para los seguidores de Cristo. La burla nuevamente se convirtió en gloria, pero se necesitó la perspicacia de un historiador extranjero, Jean Meyer (francés, nacionalizado mexicano y autor de una obra monumental sobre el movimiento), para ayudarnos a descubrir su valor y significado.

--¿Fue México un pueblo gobernado por un tirano de excepción como Plutarco Elías Calles?

--Monseñor de Gasperín: Tiranos los ha habido siempre, pero gobernantes que hayan tenido la diabólica osadía de enviar a su ejército a masacrar a su pueblo por la única razón de cantar alabanzas a su Dios, han sido pocos al menos en la historia reciente. México ha sido uno de esos países en sufrirlo.

--¿El siglo pasado pasará a la historia como lo llamó el historiador y fundador de la Comunidad de San Egidio, Andrea Riccardi, «el siglo de los mártires»?

--Monseñor de Gasperín: El Papa Benedicto, durante su visita al campo de concentración y exterminio de los judíos en Polonia, nos da la clave teológica de tal monstruosidad: «Con la aniquilación de ese pueblo, esos criminales violentos, querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció criterios (los diez mandamientos) para orientar a la humanidad, criterios que son válidos siempre... En realidad, con la destrucción de Israel querían, en último término, arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte».

--¿No es demasiado estirar la liga comparar los campos de concentración nazi y el Bajío mexicano?

--Monseñor de Gasperín: Eso fue exactamente lo que sucedió aquí, en México. Un grupo de desquiciados por el poder --«criminales violentos», les llama el Papa-- quiso ponerse en lugar de Dios porque le estorbaban sus mandamientos. El tirano comienza saqueando el templo y termina sentándose sobre el altar. La negación de Dios conlleva la destrucción del hombre. El pueblo creyente lo intuyó, lo percibió muy bien y por eso el grito de los «alzados» fue de vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe, cimientos de su fe. Era grito de vida, de supervivencia, pues de la fe se ha nutrido siempre el pueblo católico mexicano. Con ese grito el dictador fue puesto en su lugar y el pueblo recobró su libertad.

--¿Cuál es la riqueza mayor de ese movimiento para los mexicanos?

--Monseñor de Gasperín: La flor más preciosa de este sacrificio doloroso fue el puñado de mártires quienes, sin participar en la violencia, la sufrieron y entregaron su vida orando por sus verdugos y ofreciendo su sangre por la paz y la reconciliación de los mexicanos.

--¿Alguna enseñanza para el México de hoy?

--Monseñor de Gasperín: Como la tentación de querer «ser como Dios» acecha al corazón humano de manera significativa en el campo del poder político como lo estamos viendo y padeciendo, no es remoto que también hoy, y a nombre de la misma democracia, veamos surgir pequeños o grandes dictadores que pretendan introducirse en el santuario y reclamar para sí honores divinos. Por eso, hechos como la «Cristiada» deben celebrarse para dar gracias y recordarse para que no se repitan.
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Lecciones de Líbano

Lecciones de Líbano

El final de la guerra de los 33 días ha dibujado un escenario de gran preocupación en la corta distancia y también en el largo recorrido. De una parte, la destrucción de las infraestructuras básicas del sur de Líbano determina una situación compleja en la que Hizbolá acumula la gloria de haber resistido a uno de los ejércitos más modernos y poderosos del mundo y el resentimiento de la población que lo ha perdido todo. Su doble victoria es de índole militar y además propagandista.

En el otro lado de la mesa, Israel ha enseñado su debilidad. Por primera vez desde su fundación, el Estado Hebreo no termina una campaña militar con una victoria nítida. Seguro que su fuerza de guerra está intacta, y en último extremo su armamento nuclear. Pero en los países árabes han tomado nota de que la debilidad de Israel, como la de los ejércitos occidentales, es que sus soldados no están tan dispuestos a morir como los fanáticos combatientes de Hizbolá.
En el complejo universo del Islam, las imágenes de la extracción de los niños libanés de los escombros, determina una acumulación progresiva de odio que se centra en la sensación de que el mundo occidental no tiene en cuenta los sufrimientos de los árabes y los musulmanes. Pero hay otras noticias que conectan con la sensibilidad de entender que Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel no respetan los derechos humanos en su lucha contra el terrorismo y que la seguridad de esa parte del mundo no tiene en cuenta cautelas que estaban asentadas en nuestra cultura democrática.

Ahora, una juez federal de Detroit, Anna Diggs Taylor, ha ordenado interrumpir inmediatamente las medidas que si control judicial, permitían el espionaje electrónico de la administración Bush. El gobierno norteamericano, después de los escándalos de Abub Grahib, de las matanzas de civiles en Irak, de las protestas internacionales por el secuestro de personas y por el centro de internamiento de Guantánamo, no solo no corrige el alza de sus disposiciones sino que la propia justicia norteamericana las determina ilegales.

Ahora, lo inmediato, es una fuerza de interposición y un mandato claro de Naciones Unidas para serenar la confusa situación de Líbano. Pero en el medio plazo, tan importante como unas acertadas medidas antiterroristas que garanticen la seguridad de occidente está extremar las políticas que frenen el odio creciente que se asienta en el inmenso hemisferio del Islam que sigue promoviendo que los fanáticos integristas sean el lugar de acomodo de todas las frustraciones.

Carlos Carnicero

Elplural.com, 18 de agosto de 2006

Entrevista a AQUILINO DUQUE

Entrevista a AQUILINO DUQUE

"El exilio comunista español, al que yo traté por mi condición de funcionario internacional, vivían como reyes, amparados por el Partido Comunista ruso"

Tras cruzar una fornida verja, recorro un pequeño camino de tierra hasta la casa del escritor Aquilino Duque (Sevilla, 1931), licenciado en Derecho, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras desde 1981, profesor de lengua española en diversas universidades extranjeras, funcionario internacional en Ginebra y Roma. Su obra abarca desde ensayos, artículos, poesía, traducciones, novela. Posee diversos premios, entre ellos, el Nacional de Literatura de 1975 por su obra El Mono Azul, siendo finalista del Nadal por la misma obra, el Washington Irving de cuentos, el premio Leopoldo Panero (1968) y el Fastenrath (1972) de poesía.

Me recibe afectuoso y amable y nos sentamos en su luminosa y agradable biblioteca.

Cuando se leen comentarios sobre usted, se encuentran adjetivos como integro, honesto, también se lee: políticamente incorrecto, fiel a sus principios, todo como algo excepcional o fuera de lo común. ¿Sorprende tanto en la España actual que un personaje público tenga un criterio propio sólido y sea fiel a sus principios?

Pues sí, es bastante sorprendente. La literatura de testimonio, de moda hace unos años, ponía el grito en el cielo constantemente, eran antifranquistas por sistema, hoy no protestan por nada. Esa supuesta “inteligenzia” tiene un doble discurso, uno pretendidamente democrático y “progresista” y otro de defensa de las dictaduras comunistas. Yo pienso que, según las circunstancias, hay democracias buenas y malas, y hay dictaduras buenas y malas, dictaduras que, en un momento dado, restablecen la prosperidad de un país, véase el caso de Chile por ejemplo.

¿Por qué esa habilidad de la izquierda para adueñarse de la intelectualidad, de la cultura?

“La derecha se cura leyendo” se decía, yo diría ahora que la izquierda se cura leyendo. La izquierda, infiltrada en todos los estamentos del Movimiento, supo hacerse con la propaganda, con la educación, minar el sistema desde adentro. Los intelectuales, los escritores de la “derecha” han sido olvidados por sistema, incluso los asesinados como el poeta malagueño del 27 José Mª de Hinojosa ha corrido suerte contraria al también asesinado Lorca, éste mitificado, aquél borrado de la memoria.

Santiago Carrillo es, hoy por hoy, un héroe de la llamada “transición española”. Implicado en la matanza de Paracuellos, estalinista, amigo intimo del tirano comunista Ceaucescu, ¿se le perdona todo a estos personajes que yo llamaría comunistas vividores?

El exilio comunista español, al que yo traté por mi condición de funcionario internacional, vivían como reyes, amparados por el Partido Comunista ruso. Prieto y Negrín expoliaron al PSOE, pero el Partido Comunista español sí disponía de fondos ilimitados. Como decía antes, han sabido controlar la propaganda y han dispuesto de medios materiales para ello.

Hace poco se ha reeditado su novela La Rueda de Fuego, obra de 1970 calificada como experimental ¿es una obra difícil para el lector?

En absoluto, quizás en 1970 si, pero no para el lector actual, es asequible al lector medio de hoy. Quizás entonces ofrecieran cierta dificultad algunos pasajes en inglés y francés que aparecen en boca de algunos personajes, pero son frases que se entienden por su contexto. Yo necesito oír a mis personajes, me los hace creíbles escucharlos en su lengua natural, con sus sintaxis y sus modismos propios.

¿Qué nuevos proyectos tiene entre manos?

Quiero publicar en la editorial Pretextos, antes de final del presente año, una nueva novela, solo adelantaré su título, La loca de Chiyan, nombre este último de un pueblo en el sur de Chile.

Usted fue Premio Nacional de Literatura en 1975 con su novela El Mono Azul, en ella se muestra un gran respeto por esos campesinos y obreros que, por ciertas condiciones sociales, cayeron en brazos del comunismo o el anarquismo, pero fue gente que conservó el sentido del deber, de la honestidad. ¿La clase trabajadora actual ha perdido esos valores?

Esa novela también fue finalista del premio Nadal y no lo ganó porque al jurado le dio miedo dármelo, por mis ideas políticas. Entonces yo vivía en Roma y, hasta entonces, existían dos premios nacionales, el José Antonio de poesía y el Cervantes de narrativa, el de poesía desapareció y al Cervantes se le cambió el nombre. En Italia no se publicó porque al editor le pareció una novela demasiado liberal. Hubo quien opinó que El Mono Azul es la obra de la verdadera “reconciliación nacional”.

En cuanto a los trabajadores de hoy día, forman parte de una clase media creada en la prosperidad del franquismo, pero educados en el conformismo y la antiespaña.

Recientemente también ha sido reeditada su divertida novela El piojo rojo, entre otros personajes, se satiriza a esos típicos progres, embaucadores que viven a costa del mito revolucionario, personajes de plena vigencia en la España zapateril ¿Es el progre de hoy más patético que nunca?

El progre de hoy no tiene una utopía que ofrecer, tras la caída del socialismo en Rusia y toda Europa del Este apenas les quedan referentes de países con régimen marxista, su postura es destructora, antes en base a ese futuro radiante, eso hoy ya terminó, no piensan en el futuro, sino en disfrutar. Mantienen el folklore revolucionario, con Cuba, Venezuela, etc.

Usted fue pionero en la valoración y reivindicación de Doñana. Su obra El Mito de Doñana se adelanta a la moda ecologista actual ¿cómo ve a esos grupos llamados verdes que denuncian atentados ecologistas según el color del gobierno del momento?

El Mito de Doñana combate el ecologismo de conveniencia política. El ministro Robles Piquer me encarga el libro, pero tras la caída del gobierno Arias Navarro, estuvo paralizado un par de años.

En un bonito artículo suyo, El mapa incompleto, donde se refiere a su obra autobiográfica El rey mago y su elefante, recuerda su infancia y cuenta, en una sutil y elegante ironía, la perdida de una pieza de madera en un viejo puzzle del mapa de España, la correspondiente a las provincias vascongadas. ¿Se ha perdido definitivamente esa pieza, estamos desintegrando el puzzle?

Aún confío en que España reaccione, el pueblo español, a España la salvarán los españoles. La gente tiene miedo, pero tengo la esperanza de que al final despierten. No se trata de que llegue un salvador, aunque un personaje con determinado perfil no sería mal recibido, pero es muy improbable que eso ocurra, además como ya digo la salvación debe venir de los mismos españoles.

Por último Aquilino, ¿echa algo en falta en su extensa bibliografía?, ¿quizás, como usted mismo ha manifestado, ese Ulyses español?

No echo nada en falta en mi obra, entre otras cosas porque no es una obra aún cerrada, está incompleta porque mi vida sigue. No me planteo tampoco el crear obras trascendentes, lo que persigo es que mi obra sea amena y fácil para el lector, que lo pase la gente bien leyéndome. Y, si acaso, dar testimonio de una época.



Una entrevista de Javier Compás para Minuto Digital

9 de agosto de 2006

Hollywood se calla ante el antisemitismo progre

Hollywood se calla ante el antisemitismo progre

Admitamos, a efectos de argumento, que la diatriba antisemita de un Mel Gibson borracho perdido lo convierte en una persona con impenitentes prejuicios no correspondidos hacia los judíos.

Barbara Walters, co-presentadora del programa "The View", machacó a Gibson. La mujer que una vez llamó sexy al brutal dictador Fidel Castro anunció que no vería ninguna otra película de Mel Gibson. Un poderoso y famoso agente de Hollywood animaba a Hollywood a "ignorar" a Gibson. Un importante productor, en un anuncio anti-Gibson pagado en la prensa, decía: "Cuando yo hacía películas, había algo llamado cláusula 'moral' en los contratos de los actores. ¿Ya no existe eso?" Un rabino me decía que la perorata de Gibson –que "los judíos causan todas las guerras"– parece haber sido "planeada a fondo". ¿Planeada a fondo?

¿Los críticos de Gibson piensan realmente que un Gibson sobrio se cree que "los judíos provocan todas las guerras"? ¿Todas ellas? Recuerde, Gibson protagonizó y dirigió Braveheart, una película ganadora de varios Oscar acerca de una guerra entre escoceses y británicos. ¿Un Gibson sobrio cree realmente que los judíos provocaron esa? ¿Qué hay de la Revolución americana? ¿O de la Guerra Civil de Inglaterra, o la Guerra Civil de América, o las Guerras del Peloponeso o de tantas y tantas otras guerras?

La Liga Anti-Difamación (ADL) denunciaba al ex senador Fritz Hollings, D-S.C., que se oponía a la guerra de Irak. Hollings culpaba de la guerra a Israel, afirmando: "No siendo Irak una amenaza, ¿por qué invadir un país soberano? La respuesta: la política del presidente Bush de proteger Israel... Extender la democracia en Oriente Medio para proteger a Israel arrebataría a los demócratas el voto judío". Abraham Foxman, de la ADL, afirmó entonces: "Esto recuerda los discursos antisemitas de hace siglos acerca de una conspiración judía para controlar y manipular el gobierno".

Díme, Hollywood, ¿por qué tiene licencia el "documentalista" Michael Moore? Moore, dirigiéndose a una audiencia en Liverpool, Inglaterra, criticó la guerra de Irak, argumentando que Estados Unidos entró en ella gracias a "las compañías petroleras, Israel y Halliburton". ¿No exponían el ex senador Hollings y Moore la misma idea, que Israel ejerce una influencia insalvable en los políticos estadounidenses, forzando al país a entrar en guerra por la seguridad nacional de Israel en lugar de hacerlo por la nuestra? Cuando Hollings lo dijo, la ADL lo denunció como una infamia. Pero cuando Moore –representado por un poderoso agente judío– dijo lo mismo, no pasó nada.

¿Y qué hay de la aceptación por parte de la industria del ocio de los reverendos Jesse Jackson y Al Sharpton, a pesar de sus declaraciones antisemitas? Jackson, estando perfectamente sobrio, llamó a los judíos hymies (un término despectivo, tipo "negro de mierda") y a Nueva York Hymietown. Al principio incluso negó haber proferido esos insultos. El amigo de Jackson, el antisemita Louis Farrakhan, amenazó la vida del periodista que informó sobre los insultos antisemitas de Jackson, y advirtió públicamente a los judíos de no perjudicar a Jackson. A pesar de las peticiones, hasta la fecha Jackson ha rechazado condenar a Farrakhan, un hombre que hace tiempo llamaba al judaísmo "la religión de las alcantarillas". La CNN concedió más tarde a Jackson un programa de televisión llamado "Both Sides with Jesse Jackson". No está mal.

Sharpton se refería a los judíos como "comerciantes de diamantes" durante una revuelta en la zona neoyorquina de Crown Heights, y decía, "Si los judíos quieren sumarse, dígales que se metan sus kippas donde les quepan y que vengan a mi casa". William Morris, una de las agencias más poderosas de Hollywood, empezó a representar a Sharpton en el 2004 y casi inmediatamente le puso delante un contrato de presentador para un reality show de una cadena de televisión por cable llamado "I Hate My Job". TV One emite ahora el programa de Sharpton "Sharp Talk", y algunos de los tabloides de Hollywood informaban recientemente de los planes de Sharpton de interpretarse a sí mismo en una comedia de la CBS llamada "Al in the Family".

El padre de Gibson merece se denunciado como un revisionista del Holocausto. Pero, ¿qué pasa con aquellos que trivializan el Holocausto?

El actor David Clennon, estrella de "The Agency", de la CBS, al condenar al presidente Bush y su administración, decía: "no estoy comparando a Bush con Adolf Hitler porque George Bush, por una parte, no es tan inteligente como Adolf Hitler y, por otra, George Bush tiene mucho más poder del que tuvo nunca Adolf Hitler". De modo que Clennon compara a Bush con un hombre que masacró a 6 millones de judíos y otros 5 millones de personas y provocó una guerra en la que murieron unos 50 millones. Ninguna condena.

¿Y qué pasa con la dieta anticristiana y anticatólica de Hollywood? Brent Bozell, de Media Research Center, recuerda a Ian McKellen, actor en "El Código Da Vinci", que acusó a la Iglesia Católica de "engañarnos todo el tiempo". McKellen también decía que "la Biblia debería tener una cláusula en la portada diciendo que es ficción". Citando muchos ejemplos, Bozell se pregunta por el especial "Felices Jodidas Navidades" de Comedy Central en el que la historia de las Navidades era una chorrada. O por el personaje de "Rescue Me" que tienen visiones de Jesús con María Magdalena, incluyendo una en la que él mismo tiene relaciones con María Magdalena cuando Jesús les sorprende e intenta matarlo con una escopeta. Bozell muestra que a las mismas personas que atacan a Gibson se les traga la tierra cuando Hollywood ridiculiza a los cristianos. "Los ejemplos de fanatismo anticristiano y anticatólico en Hollywood no parecen tener fin", escribe Bozell. "Cada uno de ellos es más desagradable y más sórdido que nada que Mel Gibson haya dicho nunca".

¿Moraleja de la historia? Hollywood odia el antisemitismo siempre y cuando provenga de un blanco, varón, cristiano y conservador. Pero en lo que respecta al antisemitismo de los negros y a los insultos contra los cristianos, da su aprobación.

Larry Elder

Libertad Digital, 17 de agosto de 2006