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Políticamente... conservador

DECLIVE DEMOGRÁFICO Y FAMILIA: los límites de la política

En años recientes se ha dado un cambio extraordinario a nivel de discusión política social internacional. El lenguaje de los alarmistas, los de la "bomba poblacional" como Paul Ehrlich, ha dado paso a las advertencias sobre "la implosión de la población" por parte del gobierno europeo y funcionarios de Naciones Unidas.Aceptando que es un fenómeno localizado y que las fuerzas contrapuestas complican el asunto, la opinión ortodoxa sobre la sobrepoblación como el problema principal, hablando globalmente, domina los círculos científicos y de política pública.

No obstante, en Europa y partes de Asia en particular, hay un deseo renovado para enfrentar el problema del declive demográfico. Tildando la situación de "grave", el presidente ruso Vladimir Putin ha hecho un llamamiento para un plan de diez años en el intento de revertir la caída en picado del índice de natalidad. Putin está en lo correcto: la población rusa ya está reduciéndose en 700.000 personas anualmente y todos los indicadores apuntan a una caída mayor en lugar de a un repunte. El presidente pidió pagas en efectivo para las madres, bajas maternales más generosas y otros beneficios para endulzar el prospecto de tener hijos.

Corea del Sur ha destinado 35.000 millones de dólares por un período de 5 años para hacer frente a su baja natalidad. Muchas naciones europeas ya tienen en marcha incentivos para aumentar el número de nacimientos y están en conversaciones para mejorar esos incentivos.

Estos debates de política demográfica tienen consecuencias económicas importantes. La tensión que esto provoca en el sistema de bienestar de Europa debido a una creciente población de la tercera edad en rápida expansión unido al menguante número de trabajadores ha sido ampliamente reconocido. En algunos casos, la política incluso puede ser contraproducente. Joseph D’Agostino del Population Research Institute observa que la iniciativa de Corea del Sur será pagada con un impuesto especial "que aumentará el lastre para la economía surcoreana y por tanto su natalidad podría decrecer a largo plazo".

Pero la enseñanza más grande y crucial que podemos extraer de esto es que todos esos esfuerzos políticos se enfrentan a una limitación inherente. El tener hijos es algo que los gobiernos podrán apoyar con políticas pro familia (nunca mejores que mantener bajos los impuestos y alto el crecimiento económico) pero las decisiones sobre tener hijos son, por naturaleza, cosas personales e íntimas, un fenómeno mucho más dependiente de los factores culturales que de los económicos o políticos.

Durante décadas, los gobiernos de Europa Occidental han estado experimentando con diversos incentivos por hijos, sin embargo los índices de natalidad han seguido bajando. La única excepción es Francia en la que la alta natalidad de una floreciente población musulmana ha moderado el promedio de la nación. Es dudoso afirmar que la relativamente alta fertilidad de los musulmanes tenga algo que ver con políticas gubernamentales; es más probable que el factor decisivo sea el islam debido a las normas sociales de su entorno.

Entonces, resolver los problemas del declive poblacional requiere un enfoque sobre los asuntos culturales que afectan los índices de natalidad. Se puede decir muchas cosas al respecto pero se pueden reducir a que el tener hijos revela dos cualidades: sacrificio y esperanza.

En la sociedad agrícola pre moderna, los hijos podían ser una ventaja económica para una familia, suministrando mano de obra al campo después de un período inicial de crecimiento y formación. Dado el desarrollo cultural y económico así como las costumbres cambiantes, eso ya no es algo válido en la amplia mayoría de los casos, al menos en lo que se refiere a las naciones desarrolladas. Un niño aún podría servir como un accesorio simpático para una pareja a la usanza actual, pero tener más de uno –en términos financieros y de comodidad– es un sacrificio.

¿Qué es lo que nos mueve a hacer esos sacrificios? Las motivaciones son variadas pero la mayoría giran alrededor de algún tipo de opinión religiosa respecto a la fecundidad del amor entre un hombre y una mujer y el mandato relacionado con aumentar el número de almas humanas, tal y como se expresa en la tradición judeocristiana con el mandamiento del Génesis: "Sed fecundos y multiplicaos".

El deseo de ser fecundo también surge de un panorama esperanzador sobre la humanidad. Esto es diferente del optimismo superficial que cree que el sufrimiento puede ser eliminado y que el progreso moral y económico es inevitable. Más bien es una perspectiva que admite que el ser humano es la causa de los problemas del mundo pero que también insiste en que es él quien los puede resolver. Se manifiesta en una permanente alegría de vivir y que desea compartirse con un número creciente de personas. Lo opuesto es una visión de los seres humanos como una plaga sobre la Tierra: que cuanto más numerosa sea la humanidad, más condenada estará al futuro de la guerra, enfermedad y catástrofe medioambiental, sin embargo un futuro más feliz se traduce en una menor población.

A nivel individual, por supuesto, es absurdo sacar conclusiones rígidas y rápidas sobre las prácticas religiosas o las actitudes humanísticas que se basan en la cantidad de retoños. Pero a nivel nacional, si la población falla a la hora de multiplicarse, parece seguro afirmar que las nociones religiosas de ser fecundos y del humanismo esperanzador escasean.

Se puede admirar a Putin y a líderes de su mismo parecer por su honestidad y determinación, pero al final, sus esfuerzos equivalen a apilar sacos de arena contra una alta marea creciente. No se puede hacer mucho hasta que la marea empiece a retroceder y cuando llega a ese punto, los esfuerzos sobran. Los países en declive demográfico tienen que redescubrir los valores del sacrificio y la esperanza. Y ésa es una tarea que va más allá de la capacidad de hasta el más amplio programa gubernamental.

Por Kevin Schmiesing (investigador del Centro de Investigación Académica del Instituto Acton. Es escritor prolífico de temas de pensamiento social católico y economía, autor del libro American Catholic Intellectuals, 1895-1955, Edwin Mellen Press, 2002, y su obra más reciente es: Within the Market Strife: American Catholic Economic Thought from Rerum Novarum to Vatican II, Lexington Books, 2004.

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 13 de julio de 2006

La estética de la derecha

Los progresistas tienen programas políticos, imágenes, recursos retóricos y sentimentales numerosos y elocuentes. En cambio, carecen de ideas. Eso les ha llevado a sustituir el pensamiento político por la estética. Y, lo que es aún más curioso, a creer que tienen la exclusiva en este campo. Están convencidos de que la derecha carece de estética y de que el buen gusto es patrimonio suyo.

Ann Coulter es una escritora norteamericana, autora de monumentales best sellers antiprogresistas como Slander. En la portada de su último libro (titulado Godless) aparece con su imagen habitual: vestida de forma minimalista, con un traje negro como de Armani y su melena rubia. Es algo que tiene la virtud de poner rabiosos a los progresistas. Se trata de un reflejo pavloviano, difícil de explicar. Tal vez notan que Ann Coulter ha entrado en un terreno que creían exclusivamente suyo.

Se lo permiten, en cambio, a Condoleezza Rice. La secretaria de Estado suele desplegar un aparato formidable de trajes, abrigos y complementos de marcas caras. La diferencia reside en que Condoleezza Rice es el poder en persona, mientras que Ann Coulter juega, en política, una carta tradicional en la derecha norteamericana: la del anti-establishment. Por eso los progresistas, que sobre todas las cosas reverencian el poder y lo temen como si fuera de naturaleza divina, se sienten halagados por quien desde las alturas les lanza guiños como ése, que tal vez les permite imaginarse que de alguna manera los todopoderosos los tendrán en cuenta e incluso se portarán bien con ellos.

De forma un poco paradójica –contraintuitiva, como se permiten decir los economistas–, la imagen de Condoleezza Rice es probablemente una de las causas de los rumores que corren por ahí acerca del final de la influencia neocon en Washington y el presunto reblandecimiento de la línea dura en la política exterior norteamericana. Dice tanto de los progresistas como de la derecha. De los primeros sugiere alguna forma de masoquismo. Probablemente están dispuestos a rendirse pronto a quien se apropia de sus códigos estéticos, sobre todo si lo hace con una cierta dureza prometedora de quién sabe qué fantasías un poco turbias. De la segunda, o sea de la derecha, indica que maneja con soltura códigos estéticos que los progresistas consideraban de cosecha propia.

Esto último es una simpleza.

***

La derecha norteamericana –la derecha consciente y voluntariamente liberalconservadora– puede reivindicar como propia la estética clasicista, cívica, la de la religión de la virtud republicana que tan bien se expresa en los monumentos de la ciudad de Washington o, en tono menor, en el individualismo ilustrado del urbanismo de Filadelfia y de las mansiones que se construía la generación de los fundadores de Estados Unidos. También forman parte de su estética los rascacielos de Manhattan y Chicago, trofeos de la ambición individualista y la libre cooperación.

Además de eso, la derecha se sofisticó, con plena conciencia de lo que hacía, durante los años 50 del siglo pasado. Bill Buckley y el grupo de la National Review, neoyorquinos puros, utilizaron con inteligencia el humor, el ironía y el sarcasmo para contrarrestar el glamour del radical chic tan característico de la Nueva Izquierda de los años 60. Nadie podrá decir, por otra parte, que Ayn Rand y sus amigos, de la derecha más rabiosamente libertaria, entre los que se contaba un joven Alan Greenspan, fueran gente carente de gusto.

Ahora bien, es verdad que, como demuestra el éxito de Ann Coulter, la derecha norteamericana ha cultivado desde hace mucho tiempo una imagen de rebeldía popular, furiosamente individualista y anárquica. Aquí confluye la estética popular –popular de verdad, sin las ironías del pop art– propia de Wal-Mart y los productos baratos de masas, de un lado, con el culto desinhibido a la preferencia individual, del otro. Es en este punto donde el cliché estético que el prejuicio progresista atribuye a la derecha –es decir, su mal gusto– viene a unirse a la reivindicación que la propia derecha hace de un modelo de sociedad libre.

En una sociedad libre quedan identificados capitalismo y democracia: el consumidor es quien decide en el mercado, como el votante decide en las urnas. A los políticos y a los empresarios les toca satisfacer el deseo de unos y otros. Quedan abolidos los cánones estéticos. Tocqueville observó con agudeza que el gran arte parecía ausente de la democracia norteamericana.

Frente a eso, los progresistas se atrincheran en la sofisticación. Ellos siempre están por encima del pueblo. Políticamente, deberían reivindicar el liberalismo, o sea la defensa de las barreras que permiten soslayar la dictadura de las mayorías y, colmo de los horrores, de las masas. Si no fuera porque los progresistas son unos resentidos que odian la libertad, estaríamos ante una reedición de lo que el historiador Louis Hartz llamó en un libro clásico "la tragedia de la tradición liberal en Estados Unidos". (La verdad es que los progresistas olvidaron hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo conocieron, lo que quiere decir la palabra liberal).

Por otro lado, los progresistas tampoco se atreven a elaborar un ideario descaradamente elitista, al modo en que Ortega sublimaba el papel de las minorías selectas. Así que optan por el registro un poco menos comprometido de la estética: el sushi frente a la hamburguesa, Wholesale (una cadena de comidas presuntamente naturales, bastante cara) frente a Safeway, el festival de cine independiente de Sundance frente a las series de televisión, Santa Fe frente a Las Vegas. En las elecciones de 2004 la disyuntiva era clara: por un lado estaban Massachusetts, John Kerry y el queso brie; por el otro, Texas, Bush y los marshmallows.

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Los progresistas tropiezan con un problema insoluble cuando la derecha reivindica al mismo tiempo los dos campos. Bill Buckley solía tocar a Bach –al clavecín– en su piso de la Quinta Avenida, como Condoleezza Rice, para relajarse, toca a Brahms en su apartamento del Watergate. Pero Buckley y Rice saben que detrás tienen una tropa a la que Bach y Brahms les trae al fresco y que piensa que el sushi y el queso brie son, además de absurdamente caros, puro y simple esnobismo. De ahí que la derecha haya recuperado como expresión conscientemente ideológica y política lo que antes era patrimonio de todos, incluido de la izquierda.

Hace cincuenta años los progresistas reivindicaban en las películas, las novelas y la música el culto al esfuerzo, al trabajo, a la familia. La cultura de la izquierda era una cultura popular. Ahora no. Ahora la izquierda considera que lo popular es kitsch. Y como la derecha norteamericana tiene en esto pocos complejos, se ha adueñado de todo el terreno que la izquierda ha ido abandonando.

Un libro de cocina (The Great American Sampler Cook) publicado en 2004 da cuenta de 250 recetas proporcionadas por políticos, incluido el presidente. El plato favorito en las celebraciones de la familia Bush es el taco. Y el pescado, al que los norteamericanos no son, salvo en algunas zonas, excesivamente aficionados, aparece poco. Las recetas son sencillas, baratas y –por decirlo suavemente– alimenticias.

Un libro para niños titulado Help! Mom! There Are Liberals Under My Bed! ("¡Socorro, mamá! ¡Hay unos progres debajo de mi cama!") ha vendido, según The New Republic, unos 30.000 ejemplares. Ha suscitado toda una línea de libros políticos satíricos para adultos. La autora del primero, Katharine DeBrecht, acertó en una veta que venían cultivando, en un tono menos provocador y más divulgativo, Lynne Cheney, la esposa del vicepresidente, y Bill O’Reilly, el muy polémico presentador de la Fox.

La National Review lleva algún tiempo dedicándose a sacar listas de toda clase de cosas clasificadas políticamente, desde ciudades a canciones de éxito. Entre los grandes éxitos populares de derechas de todos los tiempos, según la National Review, figura Gloria de U2 y el Rock the Casbah de los Clash.

Ni qué decir tiene que la popularidad de la música country sigue siendo gigantesca, y ha sido recuperada por grupos que exaltan valores que los progresistas atacan con saña y que la gente de derechas considera suyos: el patriotismo, la lealtad, el sacrificio. Algunos de los grandes éxitos televisivos de los últimos años son series que hablan obsesivamente de ética y de responsabilidad individual. La música religiosa en todas sus facetas –incluido el rock gótico– tiene sus propias listas de éxitos.

Han proliferado, siguiendo el modelo de internet, al mismo tiempo individualista y comunitario, las páginas web dedicadas a encontrar pareja… de derechas. Ahí están Conservative Match, Cowboy Girls o Singles With Scruples. Han tenido un gran éxito las dedicadas a mujeres aburridas de progresistas demasiado arreglados o demasiado mal vestidos (es lo mismo), descorteses, o confundidos e impotentes ante la independencia y la capacidad de iniciativa de las mujeres en la nueva sociedad norteamericana. Según la revista GQ’s, la gente de derechas es mejor que los progresistas en el sexo.

Y por ir algo más allá de la estética, pero no muy lejos si se considera que una de las definiciones de la estética es la posición que cada uno adopta en el mundo, hay incluso fondos de inversiones de derechas.

Steve Milloy, cuenta también The New Republic en su último número, estaba harto de la propaganda progresista y deseoso de pasar a la acción. Creó un fondo de inversión (Free Enterprise Action Fund), con lo que puede intervenir en las juntas de accionistas de las empresas "socialmente responsables", es decir, las que han cedido al chantaje de grupos ecologistas o neosocialistas. En 2005 consiguió inversiones por valor de cinco millones de dólares, aunque no gana mucho (2,8% ese mismo año). Es una acción puramente altruista.

Los progresistas se podrán seguir refugiando en su presunta superioridad estética. Pero una vez que la gente de derechas considera legítima, y suya, cualquier clase de expresión estética, no lo tienen fácil.

Hay que atreverse, claro está.

Por José María Marco

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 11 de julio de 2006.

Benedicto hace el cristianismo

Poco más de 25 horas en España. Suficiente para constatar que de este Papa se puede decir lo que afirmaba Péguy de Jesús: no se dedica a incriminar al mundo, hace el cristianismo.

El millón y medio de peregrinos que ayer escucharon a Benedicto XVI en Valencia y todos aquellos que han seguido sin prejuicios durante el pasado fin de semana sus palabras y sus gestos han visto a un hombre interesado, sobre todo, en dar testimonio de cómo la fe hace más plena la experiencia humana.

En el mensaje que entregó a los obispos españoles les invitó, en estos tiempos difíciles, a dar razón de su esperanza. Es lo que él ha hecho en una España cada vez más encastillada en el frentismo ideológico.

El Papa ha reclamado que los poderes públicos reconozcan el bien que es para la sociedad la familia basada en el matrimonio indisoluble de hombre y mujer. Pero nos ha enseñado que lo verdaderamente determinante no es contar con una legislación favorable o desfavorable, no hay más que ver cómo ha distribuido los tiempos de sus discursos.

El Santo Padre ha denunciado los límites una cultura y una ética que no se abre a lo religioso. Pero nos ha hecho ver que lo más importante no es precisar los errores y los males morales que afectan a la familia. Benedicto XVI ha querido enseñar a la “católica España” que no puede dar por supuesta la fe.

La fe, nos ha dicho acertando en la diana de nuestra gran debilidad, no es una simple herencia cultural, es una gracia que llama a la libertad. El Papa ha dedicado la mayor parte de sus dos intervenciones a describir cómo se transmite el cristianismo, cómo educa, cómo convierte la tradición en una propuesta para la libertad, cómo permite experimentar que cada individuo no es fruto del azar o de la casualidad sino un proyecto querido por Dios.

Benedicto XVI, que podría haber hablado de muchas cuestiones, ha querido insistir en que la fe “ no pretende ahogar el amor, sino hacerlo más sano”.

Páginas Digital, 10 de julio de 2006

¿Conservador, yo? Ni hablar. ¡Reaccionario!

Es costumbre decir que, para los viejos, "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero no me convence del todo. Desde luego, los viejos paseamos la nostalgia y la saudade, como fieles mastines, por las calles, pero no creo que sea "cosa de viejos" considerar que el blues es infinitamente superior al rap, o constatar que vivimos tiempos de baja intensidad artística y cultural. Gracias al cable, muchos jóvenes comprueban que las películas de ayer son mejores que las de hoy: Buñuel no puede compararse, sin grosería, a Almodóvar, pongamos.

Tampoco es del todo un consuelo afirmar, como Picasso, que la juventud no es cuestión de años, porque a veces sí lo es. Pero dejemos en la antesala la orteguiana teoría de las generaciones para denunciar, jóvenes como viejos, una agravada, y posiblemente mortal, burocratización de nuestras sociedades, junto a una cobardía generalizada, un pánico ante el riesgo, el esfuerzo, la voluntad, la aventura y, claro, la guerra. Ante esas y otras epidemias, el conservadurismo se queda corto, es ineficaz, y creo indispensable, y pienso no ser el único, reaccionar enérgicamente contra esa cobardía. Reaccionar violentamente contra algo es sinónimo de reaccionario. Además, si Fidel Castro, Sadam Husein y otros tiranos son progresistas, yo, automáticamente, me sitúo en la acera de enfrente, me siento reaccionario.

Esta burocratización cobarde de nuestras sociedades tiene sus delirios costumbristas y sus graves consecuencias políticas. Un país en el que se puede cambiar de sexo firmando ciertos documentos y sin cirugía es un país de locos.

Pero de locos proges, y por lo tanto "santos". La exaltación de la naturaleza "buena" está a la moda, pero se traduce, de un lado, en un burocrático aumento de los impuestos "ecológicos" y, del otro, en la negación de las leyes elementales de la Naturaleza. Porque la naturaleza tiene sus leyes, y de la misma manera que los seres humanos no pueden volar como pájaros, ni correr cien kilómetros a la misma velocidad que cien metros, las parejas de mismo sexo no pueden tener hijos. Ya se pueden inventar todos los artilugios imaginables, e imponerlos por ley, que el hecho natural persiste: para tener hijos es indispensable que un sexo masculino penetre un sexo femenino y se agite como un manhattan. En torno a este acto natural sencillo –y complicadísimo, pero no nos recostemos ahora en los divanes freudianos– las sociedades, desde que el mundo existe, han organizado una serie de ritos, costumbres, hasta sacramentos, que han evolucionado, como todo, como la familia, pero siempre con el acto sexual y el consiguiente parto en el centro. El resto es periferia e ilusión, y quedarse con la periferia, ninguneando el acto sexual imprescindible, es una estafa. La coartada según la cual todas las parejas son iguales, homosexuales o no, constituye una gigantesca mentira, porque si dos mujeres, o dos hombres, pueden hacer el amor hasta desmayarse de placer, no pueden tener hijos.

Y esa desigualad, o diferencia, es natural. Ante ese hecho sólo se pueden hacer trampas, simulacros, caricaturas o sacrilegios; por consiguiente, para tener hijos tienen que robarlos.

La adopción siempre ha sido un problema delicadísimo, con frecuentes fracasos, y se está convirtiendo en un aquelarre que demuestra el desprecio burocrático por los niños, que necesitan las figuras del padre y de la madre. Eso no lo dicen sólo los obispos, también lo dijo Freud, y aunque no lo digan según los mismos conceptos, es lo mismo.

Pero a lo que voy, como reaccionario por indignación, es a denunciar a quienes imponen la falsa permisividad que destruye la privacidad y la convierte en asunto de Estado en nuestras sociedades y al mismo tiempo, por motivos de cobardía política, apoyan a los países musulmanes que encarcelan o fusilan a los maricas, lapidan a las supuestas mujeres adúlteras, mantienen desde hace siglos una jerarquía familiar monstruosamente machista y todo lo demás, que se sabe y se oculta, que se sabe y se acepta.

Mientras en varios países europeos se está imponiendo, de manera autoritaria, la paridad aritmética entre hombres y mujeres, esos mismos países, o sus gobiernos, apoyan a los países musulmanes en que las mujeres no tienen siquiera derecho a conducir un automóvil (¿os imagináis a Rosa Regás sin derecho a conducir?).

Y no se trata únicamente de problemas familiares, o de costumbres sexuales, porque los mismo progres, tratándose de problemas sociales como los ya viejos derechos de huelga y manifestación, libertad sindical, etcétera (terreno éste en el que, en nuestras sociedades, la burocratización hace estragos y obstaculiza el desarrollo), apoyan dictaduras –ya que no hay un solo país arabomusulmán democrático, ni siquiera Egipto– en las que no existe derecho de huelga, ni libertad sindical, ni pluripartidismo –o tan recortado como en las Democracias Populares europeas–, ni libertad de expresión, que está bajo control.

Y cuando hay elecciones son de tipo soviético, con la diferencia de que en la URSS el "voto cautivo" se imponía, después de decenios de totalitarismo, sin necesidad de fusiles, mientras que en Palestina son necesarios para imponer el triunfo de Hamas.

Este delirio absoluto, esa contradicción abismal entre diferentes valores, mitos, teorías y hábitos, sólo se explica por el miedo de nuestras sociedades, que han desertado de todo conflicto, de toda voluntad de defensa, a lo que se añade un odio irracional a los USA.

Estamos en guerra, y aunque se niegue oficialmente, o se rindan algunos de antemano, con "alianzas de civilizaciones" y otras vainas, todos sabemos que es una guerra diferente, de larga duración, terrorista más que militar, en la que puede explotar la bomba en tu taza, mientras desayunas; una guerra que no es únicamente militar, y cuando lo es no tiene frentes ni trincheras, nada que ver con Verdún o Stalingrado; una guerra en la que no sólo están en juego territorios, estados, ejércitos, también lo que desde la Antigüedad constituye el oxigeno, para no decir el alma, de toda sociedad medianamente civilizada: la libertad.

Nunca hemos asistido a una tal colaboración con el enemigo como la actual. Algunos afirman, claro, que su enemigo no es el terrorismo islámico, sino los USA, pero, aparte de ese nutrido puñado de extremistas, los demás pretenden defender la democracia atacando obsesivamente, con los métodos de la propaganda nazi, todo lo que hacen los USA. Todo.

El capitalismo yanqui es malo, el nuestro menos (véase Enron), el ejército yanqui es peor que el nazi, y al lado del "totalitarismo" yanqui países como Siria, Irán o Irak –ayer– serían oasis pacíficos con palmeras.

Todos los atentados, crímenes, torturas y degollamientos se convierten en actos de resistencia. Esto no es sólo propaganda, también se verifican complicidades concretas con el terrorismo, y no es casualidad si el Gobierno ex neo comunista italiano acaba de detener a dos jefes de sus servicios secretos por haber colaborado secretamente con los servicios secretos yanquis, como era su obligación, en la lucha contra el terrorismo.

Con lo cual se demuestra que colaborar con los USA en la lucha contra el terrorismo es un crimen para el Gobierno de ese robot clonado de Prodi.

"Podemos esperar las más calurosas felicitaciones de Ben Laden", declaró en esta ocasión Francesco Cosiga. No le falta razón. Pero Zapatero es peor.

Por Carlos Semprún Maura

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 7 de julio de 2006.

La caridad norteamericana ¿defrauda al fisco?

La caridad no siempre es una solución. y más cuando procede de fuentes gubernamentales. Posibles soluciones un problema muy antiguo.

La generosidad de los norteamericanos es una fuente constante de asombro. Con las donaciones a caridad llegando a 245.000 dólares al año, ni siquiera la reciente cadena de desastes –el tsunami asiático, los terremotos en Pakistán y los huracanes del Golfo– parece haber "cansado" a los donantes.

El Centro de Filantropía de la Universidad de Indiana estima que se donaron casi 5.000 millones para las campañas de ayuda de Katrina y el tsunami el año pasado, lo que supuso un estímulo para la donación filantrópica en general.

De modo que no dejó de ser sorprendente leer el artículo principal del número de invierno de 2005 del Stanford Social Innovation Review y enterarnos de que la filantropía norteamericana, ya fuese para programas educativos o proyectos diseñados para ayudar a los necesitados, está “defraudando” a los pobres. Hay más. Las donaciones caritativas son en realidad un “subsidio federal” que beneficia más a los más ricos que a los pobres, según su autor, Rob Reich. “El efecto de estos subsidios desiguales es el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, no sólo en educación sino también en otras áreas de la donación caritativa” escribía el autor.

Después de una larga exposición sobre los inciertos efectos “redistributivos” de la caridad, Reich concluye que “dada la evidencia presentada, la filantropía hace un trabajo tan malo canalizando el dinero a los necesitados que no sería difícil que el gobierno lo pudiese hacer mejor”.

Reich es un catedrático de Ciencias Políticas en Stanford y está afiliado al Center for Social Innovation. Por tanto, tiene amplias credenciales para ser calificado como experto en estos temas. Pero parece haber ignorado o malentendido algunas verdades obvias sobre la filantropía. Primero, un regalo de dinero o de artículos y la deducción fiscal resultante es sólo un subsidio del gobierno si usted cree que el dinero o los artículos pertenecían al gobierno en primer lugar. Además, la gente rica consigue una mayor deducción que la gente pobre porque la gente pobre no puede donar a las asociaciones benéficas: son pobres. Y, finalmente, la caridad privada funciona mucho más rápido, mejor y más cerca al problema. La evidencia de que el gobierno hace un triste papel ayudando a los necesitados está delante nuestro, donde quiera que miremos.

Puede que no muchos residentes de Luisiana lean el Social Innovation Review, pero no obstante algunos han llegado a unas conclusiones muy elaboradas sobre la ayuda del gobierno a los necesitados. Sus conclusiones fueron en realidad moldeadas por experiencias personales con los asistentes en ayuda del gobierno.

Una encuesta realizada por investigadores de la Louisiana State University, preguntó a los residentes del estado que evaluasen la efectividad de las organizaciones que cooperaron en la ayuda por el huracán escogiendo dentro de una escala del 1 al 10, siendo el 10 “muy efectivo”. Los grupos eclesiásticos de ayuda consiguieron la mejor marca: 8,1. Les seguían las ONGs, el Ejército de Salvación y organizaciones locales de la comunidad con 7,5. La Cruz Roja obtuvo un 7,4. El gobierno tuvo las más bajas puntuaciones según los residentes de Luisiana obteniendo el 5,3 con FEMA , el gobierno federal el 5,1 y los gobiernos estatales y locales el 4,6.

El verdadero problema con la “caridad” gubernamental es que el gobierno adopta un enfoque de talla única para el problema de la pobreza. Eso, realmente, es todo lo que puede hacer una burocracia. Las agencias gubernamentales no están diseñadas para entender circunstancias especiales o problemas personales. Y el gobierno definitivamente no esta equipado para suministrar una cobertura total en caso de grandes catástrofes como la de los huracanes de la costa del Golfo. El gobierno también pretende distribuir su ayuda de manera equitativa e igualitaria, una política errónea que acaba en derroche, fraude y corrupción.

Sólo esperen a que los auditores del gobierno empiecen a escarbar en ese programa del FEMA que puso a los evacuados del huracán en miles de habitaciones de hotel a lo largo y ancho del país, estando muchas de las habitaciones pagadas pero vacías. Sin duda, a las ONGs no se les da un pase libre para el derroche y el fraude. Las beneficencias y las organizaciones de ayuda que no lograron emplear sus donaciones de forma inteligente deberían tener que responder por ello. ¿Cuántas de esas tarjetas de crédito llenas de dinero que se dieron de forma indiscriminada a los evacuados han sido usadas para verdaderas necesidades?

Desde la declaración de la Guerra contra la Pobreza hasta la década de los 90, se fijó como objetivo para los programas contra la pobreza unos 5,4 billones de dólares del gobierno (es decir, de los contribuyentes). Los niveles de pobreza en 1990 fueron casi exactamente los mismos que los de 1960. Si las soluciones gubernamentales sirvieran de verdad para redistribuir la riqueza, seguramente que habría habido algún movimiento positivo en esos 30 años. Pero en realidad la gente no empezó a salir de la pobreza hasta que no se adoptaron políticas basadas en el paradigma de responsabilidad personal.

La evidencia histórica es muy clara: Los gobiernos hacen un mal trabajo aliviando la pobreza. Hacer que la justicia social sea el equivalente de la redistribución de la riqueza no es una idea nueva, pero sigue siendo una mala idea. Así es que dejemos de hablar sobre la generosidad gubernamental como la que “subsidia” la filantropía americana.

Karen Woods es Directora del Centro de Compasión Efectiva del Instituto Acton en Grand Rapids, Míchigan.

* Traducido por Miryam Lindberg del texto original en inglés

© Fundación Burke.

Fernando González-Urbaneja: "El mundo de los medios está atormentado"

El presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid tiene una visión del mundo mediático que aprecia tanto vicios presentes como esperanzas futuras: entre ellas, el periodismo digital.

10 de julio de 2006.  El burgalés Fernando González-Urbaneja, actual presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid y de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, es -en lenguaje mediático anglosajón- un "señor" por antonomasia. Y de éstos quedan pocos; al menos, no se ven.

Persona de prestigio entre sus compañeros, en este cainita oficio de escribidores y opinadores –lo cual es como que los aztecas adoraran a Pizarro-, González-Urbaneja tiene una cierta idea de la profesión periodística como Charles De Gaulle intuía lo que podía ser Francia.

Los lectores saben que es más difícil que el que suscribe dé jabón a un entrevistado, que Pepiño Blanco decida avalar la ficha de Ángel Acebes en el PSOE. Pero en honor a la verdad creo que se trata de una de las mejores entrevistas (por el entrevistado) que esta Sociedad Civil ha publicado nunca.

Porque, entre otras cosas, si uno sigue la obra de Fernando González-Urbaneja, justamente lo que hay debajo es eso, sociedad civil.

¿Cómo definiría el panorama actual de los medios en España?

Atormentado; en vísperas de cambios profundos. Tampoco es nuevo, con más o menos intensidad así ha sido siempre.

¿Se da una situación mimética entre poder político y medios?

Hay alineamientos más acusados que en otras épocas; sobre todo atribuidos por unos a los otros como argumento crítico y de descalificación. Tampoco esto es nuevo. Quizá lo novedoso es la pérdida de credibilidad generalizada de los medios. La reputación de políticos y periodistas va a la baja, unos peor que otros por razones obvias, pero en ambos casos a la baja.

Hay quien dice que nunca desde el inicio de la Transición los profesionales de la información han estado más mediatizados.

No es un fenómeno español. Al creciente poder de los medios desde otros ámbitos se ha producido un interés por los mismos, se han afinado los sistemas para influir, las fuentes (todas las fuentes) son cada vez más arrogantes, más hábiles, más "intrusistas" en los medios. Y los periodistas están más inermes. Incluso el pacto con los editores, nuestros aliados naturales, se ha debilitado y éstos andan más pendientes de quien les otorgue licencias y contratos que de quien les haga un medio sólido, profesional y eficaz.

¿Quién manda de verdad en los medios? ¿Los editores? ¿Los profesionales? ¿Los anunciantes?

Hay un mando difuso, mandan demasiado poco los directores y eso es un problema. Los periodistas andan en desbandada y los editores son confusos, mandan a empellones, de forma poco explícita. No creo que los anunciantes hoy sean un poder relevante en los medios, es más bien una de esas leyendas urbanas aceptada por la mayoría sin someterla a demostración y crítica. Pero insisto, desgraciadamente los profesionales, los periodistas, mandan poco. Más aun, los que lo hacen mal siguen como si nada. Da lo mismo bien que mal, predomina lo extravagante, los extremos o lo anodino.

Da también la sensación de que los grupos periodísticos han decidido jubilar a los "senior" para apostar por los "junior"… por cuestiones de simple nómina…

Es posible. Soy de los que piensan que el futuro es de los junior y que lo mejor vendrá con ellos. Los llamados senior llevan (llevamos) mucho tiempo en la pomada, demasiado, repetimos como la cebolla. Creo más en los jóvenes decididos que en los viejos batallitas y resabiaos. Pero no se puede perder la memoria histórica ni desdeñar la experiencia en una profesión que necesita mucho de esas referencias. Necesitamos más mestizaje de todo tipo, de edad y de sexo, de sensibilidades…

¿Cuál es el futuro de la prensa escrita?

Es una pregunta muy difícil; creo que tiene serias amenazas si no se adapta. Tendrá que segmentarse. No veo futuro a periódicos generalistas. Hay que profundizar en la relación con la red, el papel debe ser una fase más del proceso informativo y de opinión. No creo que desaparezca, más bien que puede ser muy rentable y muy influyente, pero con una transformación muy profunda.

Hay una tendencia en crecimiento a que se incorporen en los puestos de responsabilidad gentes que no son strictu sensu periodistas. ¿Qué opinión le merece este hecho?

Que es cierto a medias. Cada vez hay más periodistas titulados en las redacciones y en otros ámbitos profesionales. La titulación merece respeto. Pero no se puede pretender (además es ilegal) un modelo gremial medieval cerrado y excluyente, que nunca existió en esta profesión, ni aquí ni en ningún otro país. Las organizaciones profesionales estamos dando valor al carné, pero hay que actuar también en el prestigio de la carrera.

¿Qué opina del futuro del periodismo digital?

Que es presente más que futuro, y que modifica radicalmente la forma de hacer y entender el periodismo. Estamos en el principio del comienzo de una nueva etapa, llena de oportunidades. Sin lo digital el periodista estaría mucho peor y las libertades mucho más menguadas aún.

En ocasiones, un mismo hecho concreto, objetivo y objetivable es completamente distinto cuando se le o escucha en un medio u otro. ¿Es ello producto del creciente descredito del "oficio" periodístico?

Es evidente y quizá inevitable, ha sido casi siempre así, con más o menos profundidad. Quizá ahora hay un déficit de rigor, demasiados tópicos y prejuicios y mucha ligereza. Errores que no se pagan, que no se explican ni aclaran… La radicalización de la vida política se ha instalado también en la tribu periodística, que frecuenta demasiado a los políticos, demasiado periodista de cabecera y de confidencia. Esto necesita orearse y subir de nivel, en caso contrario se notará la asfixia y los ciudadanos nos darán a todos de lado. O cada uno se pone en su sitio y va por su acera, con mutuo respeto, o la concupiscencia de todos revueltos y en manada nos llevará a la reserva.

Por Graciano Palomo.

El Semanal Digital, 10 de julio de 2006

DERIVAS POPULISTAS: la argentinización de la política española

Arzálluz, aquel que esperaba que otros movieran el árbol para recoger los frutos, nueces me parece que eran, ha hablado claro. Como siempre: no se le puede reprochar al hombre un excesivo silencio. Ha dicho que por ahora acata la Constitución que ni él ni los suyos votaron, pero que en cualquier momento la impugnará y pasará de ella. Como si no estuvieran haciendo eso desde hace rato. Esto se parece a la Argentina. Los brazos políticos de los grupos armados o viceversa son los que marcan la línea. Allá mandan los montoneros. ¿Y aquí?

No sólo los disidentes locales cuestionan el Estado como si fueran gobernadores de provincias argentinas, sino que, en general, la política española se está argentinizando día a día. Se les veía tan bien juntos al presidente de la sonrisa y al pingüino del Plata, que me negué a imaginar su compinchería frente al televisor mirando un partido del mundial: me bastó con la imagen de la rueda de prensa en la que K le regaló a ZP una camiseta de la selección argentina delante de los periodistas, mostrándola como si de un pozo de petróleo se tratara, y los dos pusieron caras de niños tontos, encantados de haberse conocido. Tal para cual.

El de la argentinización de la vida española viene siendo un tema recurrente en los últimos meses. ¿No son acaso Fórum Filatélico y Afinsa una especie de trailer de la película del corralito? ¿No se parece cada vez más el socialismo español al peronismo? ¿No es el antiamericanismo un espacio común? ¿No están olvidando los españoles, como dijo en su día Felipe González, “las cosas de comer”, igual que los argentinos? ¿No dependen ambas economías de productos aleatorios, como las vacas que pueden tener aftosa o el turismo que puede ser ahuyentado por una plaga de medusas? ¿No desatienden ambos gobiernos, con el mismo desprecio, las inversiones en I+D? ¿No hay acaso semejanzas políticas estructurales entre las dos naciones? Veamos.

Aquello en lo que España no se parecía a la Argentina, y que para ésta es una suerte cáncer crónico que mantiene al país al borde de la muerte, ya se está logrando aquí, gracias a Zapatero, Maragall, Carod, los múltiples Arzalluces que proliferan en casi todos los partidos vascos: el federalismo delirante y, por supuesto, asimétrico. Leo hoy en la prensa argentina que el gobierno de la provincia de Jujuy (800.000 habitantes, el 30 de ellos con las necesidades básicas insatisfechas) negocia directamente con China la venta de su producción de tabaco, sin pasar por el Estado. En Jujuy, como en otras provincias, la mitad del dinero del Estado se destina a pagar funcionarios. No hay nada de lo que asombrarse: en Sevilla, capital de la realidad nacional andalusí de Chaves, hay veinte mil funcionarios, quinientos de ellos con derecho a coche. Profundizar en el autogobierno, como dicen cínicamente los barones clientelares, significa ser más federales y más asimétricos. Con un Estado garante, empobrecido y mutilado, detrás, para responder de los compromisos locales.

El federalismo es el terreno en el que se mueven los que pretenden impugnar, signifique eso lo que signifique, la Constitución, y que de hecho hacen su vida política como si no existiera, moviéndose en su marco mientras le resulte cómodo pero dispuestos a salirse de él en cuanto algo les pique. El federalismo, en España como en Hispanoamérica, es la palabra a la vez culta y perversamente engañosa, que designa el caciquismo actual. Los sociólogos emplean el término clientelismo. Es un lamentable remanente feudal, el cuerpo renovado del vasallaje, y poco tiene que ver con la democracia.

El poder local es el material de construcción del Régimen psocialista, como lo es en el peronismo y en el priísmo (las relaciones y semejanzas entre el peronismo y el cardenismo, tan disculpado por el interesado asilo que Cárdenas dio a los cerebros españoles emigrados en 1939, aún están poco estudiadas). Si el Partido Popular no gana las elecciones con mayoría absoluta, no podrá volver a gobernar jamás: la trama caciquil es lo bastante fuerte como para sostener al sonriente en su puesto durante largos años. Y no es imposible que los conflictos internos en el PSOE deriven en divisiones formales que repartan el socialismo español entre varias siglas y dentro de dos o tres convocatorias a legislativas estemos eligiendo entre unos socialistas y otros socialistas, que finalmente pactarán gobierno, del mismo modo en que los argentinos de hoy eligen entre un peronista y otro peronista. Lo dijo Perón: “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, y ya pueden ladrarse que, a la hora del poder, se pondrán de acuerdo.

En las dos sociedades, la española y la argentina, el consenso es de izquierdas, se llame como se llame. No importa que los Estados Unidos no tengan un duro invertido en el país, el imperialismo yanqui tendrá la culpa de todos los males: es un enemigo lejano y cómodo. Hay que anotar que el mecanismo mental antiamericano es idéntico al del antisemitismo, y que ambas cosas no son sino dos caras de lo mismo. No importa cuáles sean las consecuencias sociales, la inmigración es buena, enriquecedora y, sobre todo, respetable en su conjunto.

El PSOE de Zapatero promueve la alianza de civilizaciones del ayatolá Jomeini, El Periódico de Cataluña (línea González, ahora desplazada) celebró la llegada al Parlament, no de un diputado musulmán, hijo del lobby local (más caciquismo) sino del islam, y el peronismo llevó al poder al primer presidente nacido en una familia musulmana, Carlos Menem, bautizado, eso sí, porque la Constitución argentina exige que quien ocupe el cargo sea católico.

He escrito hace tiempo, y me ratifico en ello, que el pelotazo felipista tuvo su complemento perfecto en las celebraciones de pizza con champán que caracterizaron el pelotazo menemista, más hortera que si fuera marbellí. González se relacionó muy estrechamente con Menem y con Carlos Andrés Pérez, como ahora con Hugo Chávez, con quien acaba de mantener una charla de cinco horas. Tenían la misma moral. Los de ahora son peores: son las ratas de gimnasio, casi olímpicas, que sobrevivieron al naufragio de 1996 por selección natural (recordemos que Darwin fue preciso: no sobreviven los mejores ni los más fuertes, sino los que mejor se adaptan).

Para que la corrupción prospere (y vaya si prospera, aunque la prensa la trate de ayuntamiento en ayuntamiento para que el fenómeno no se vea en su conjunto), hay que contar con la vista gorda de la policía y de al menos una parte de la judicatura. Grande-Marlaska no confía en Telesforo Rubio, y nadie que no sea Juan del Olmo confía en los encargados de las mochilas del 11-M: son síntomas muy graves. Respecto de los jueces, estamos haciendo un aprendizaje argentino: cualquier argentino que lee en un periódico acerca de un hecho delictivo cualquiera, desde una estafa bancaria hasta un asesinato de notable, pasando por algún desfalco, busca el nombre del juez para saber qué va a pasar: todo el mundo conoce el talante, con perdón, de cada magistrado, sabe si excarcelará a un delincuente o lo condenará, sabe si aplicará la ley o no. Nos acercamos a eso: tenemos un fiscal Pumpido que dice “lo que los jueces tienen que hacer”, una barbaridad política y un gesto de pésima educación, además de una intervención indebida en la independencia de los jueces. Y el público, ya que no la opinión pública, que en una sociedad democrática es un factor activo, sabe esas cosas y se limita cada vez más a la condición de espectador. Los grandes comunicadores hablan de “judicialización de la política” y, en el mejor de los casos, de “politización de la justicia”, pero son perfectamente conscientes de que lo que está ocurriendo es que el delito se ha convertido en el pan de cada día en la política.

Cuando se habla de sueños, de soluciones obvias a cosas que hay que resolver, ya que eso es lo que se sueña, la gran fórmula argentina es: “No se va a poder”. Habría que hacer una limpieza en la Suprema Corte de Justicia para que no esté al servicio del ejecutivo, sí, pero no se va a poder. Habría que impedir que los diputados y senadores se aumenten sus ya sustanciosos sueldos y sus delirantes pensiones, sí, pero no se va a poder. Habría que limitar los poderes de los gobernadores provinciales, sí, pero no se va a poder. Porque la Suprema Corte se reforma a sí misma, los diputados y senadores no representan a nadie más que a sí mismos, y los gobernadores, horca y cuchillo. Lo saben los argentinos, lo están aprendiendo los españoles de la era Zapatero: no se va a poder. Habría que llevar agua a Valencia y a Murcia, sí, pero no se va a poder. Habría que resolver el problema de los macroprecios de la vivienda, sí, pero no se va a poder. Habría que poner a los terroristas en vereda, sí, pero no se va a poder. Carod (y la clase política y social y cultural en la que se ha infiltrado) quiere el agua, toda el agua, para Cataluña y contra los demás, que no son más que españoles; da pena ver al promotor de un plan hidrológico, al que legó su nombre, el plan Borrell, en plena amnesia diciendo que esos planes son perjudiciales y que lo que hay que hacer es desalar, que es lo mismo que preparar la salinidad de las costas para que las medusas prosperen y los viejos obreros y tenderos europeos jubilados empiecen a viajar al Caribe en vez de venir a España. El partido del ladrillo sigue gobernando y hasta tiene plaza en el nuevo Banco de España, que de una vez por todas será del partido y no de la nación. En cuanto a los terroristas, también tienen poder, tanto que el presidente se sentará con ellos a dialogar, aunque no de precios políticos, no: jugarán al mus, que dicen que Otegui es bueno en eso y ya hemos visto las señas discretas que hace Chapote.

No se va a poder. Como en la Argentina. Socialismo o muerte. ¿Hay elección?

vazquez-rial@telefonica.net

www.vazquezrial.com

Libertad Digital, suplemento Ideas, 5 de julio de 2006

Casi 900.000 niños exterminados en España desde el 5 de julio de 1985 hasta el 17 de abril de 2004.

Los abortos legales realizados durante el periodo de la presidencia de Felipe González, desde el 5 de Julio de 1985 (sanción real) hasta el 5 de Mayo de 1996 (Toma de posesión de Aznar), fueron un total de 359.624.


Y los abortos legales realizados durante el periodo de José María Aznar, desde el 6 de Mayo de 1996 (Primer día de gobierno) hasta el 17 de Abril de 2004 (Toma de posesión de Rodríguez), sumaron 511.429.

(Fuente: Subdirección General de Promoción de la Salud y Epidemiología).