Blogia

Políticamente... conservador

El pacto ETA-PSOE contra el PP y contra España

Como un niño al que llevan de la oreja a clase tras fracasar en sus remoloneos absentistas, Zapatero está siendo conducido por Otegi al pupitre donde deberá escribir mil veces: "nunca pactaré con el PP". Eso no le preocupa a Pepe Luis, bien al contrario. Nada le gusta más que diferenciarse, antagonizar o pelearse con la Derecha española y para ello no vacila con unirse a la hez del populismo iberoamericano o a la peor basura terrorista musulmana o separatista. Lo malo es que la segunda penitencia, castigo o condición impuesta por la ETA y asociada a la primera es: "nunca defenderé a España". Y aunque Navarra, el País vasco, Cataluña y, sobre todo, la libertad de los ciudadanos le importan a Zapatero muy poco, tirando a nada, ese paso retórico-disciplinar lo debería deslegitimar radicalmente como Presidente del Gobierno español. Esto es lo que el PP debe remachar ante la opinión pública: que el pacto de la ETA con el PSOE es el del PSOE con la ETA, y que ambos, como fuerzas más visibles del izquierdismo y el nacionalismo, han pactado la marginación y destrucción del PP como único partido nacional español, y que con esa destrucción lo que se pretende destruir es la idea misma de España. Naturalmente, para hacer esto, que no sería sino decir la verdad, es preciso abandonar el buenismo pasota, esa hipócrita cantinela de que el PP apoya al Gobierno en la búsqueda de la paz con ETA pero rechaza todo diálogo político con la banda criminal. Todo diálogo de un Gobierno es político. Todo diálogo político con una banda terrorista es criminal.

Rajoy ha demostrado con los hechos que el PP no ha aprendido nada de su fracaso en la tregua-trampa. La Derecha ha vuelto a demostrar que el guión de El silencio de los corderos se escribió pensando en ella. No es fácil que Rajoy admita un error, según vamos viendo. Pero es que el del Debate sobre el Estado de la Nación es peor que un mal día y mucho más que un error. Era, es y será siempre un crimen. La eutanasia pasiva de una fuerza política no es aceptable cuando implica la eutanasia activa contra la Nación. El PP no puede aceptar pasivamente que se consume el pacto ETA-PSOE pensando que más tarde o más temprano se vendrá abajo y las masas ovinas lo llamarán gimoteando al Poder. En vez de venirse abajo se les puede venir encima. Y del liberticidio y el españicidio no se libra absolutamente nadie. Ni del PP ni de España.

Federico Jiménez Losantos

Libertad Digital, 5 de junio de 2006

Amo a Laura: Nihilismo para adolescentes

La cadena MTV lanzó hace días un vídeo en el que una supuesta asociación carpetovetónica hacía un canto a la castidad durante el noviazgo. Cuatro jóvenes frikipijos, dos chicos y dos chicas, interpretaban la ya famosa canción para regocijo de la audiencia. "Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio", cantan en una de las estrofas, en medio del descojone general.La campaña ha sido un éxito brutal, con el vídeo encabezando las listas de los más descargados de internet. Pero no se trata de una apuesta arriesgada que cuestione lo establecido con sentido del humor –ante lo que cabría quitarse el sombrero, en honor al ingenio de sus creadores–, sino de un canto que no desafina lo más mínimo entre el balido general del rebaño. Esa ha sido precisamente su virtud, identificar una idea compartida por los consumidores de cultura de masas y exaltarla ridiculizando la concepción opuesta. A remolque del famoso vídeo ha aparecido una versión pornográfica, en la que sus autores, con la riqueza léxica característica de las generaciones LOGSE, sustituyen la primera parte del título original por el presente de indicativo del verbo "petar". Viva la filología.La idea central de la campaña en conjunto, es despojar al sexo de todo condicionamiento moral y hacer de la promiscuidad un valor deseable acorde con los tiempos. La clave es desmontar la idea de la responsabilidad. Los jóvenes que practican el sexo indiscriminado, al contrario que los de mi generación, no tienen ya que preocuparse por las consecuencias de su decisión personal. Para eso ya está Papá Estado, que primero les prepara para las relaciones sexuales en la preadolescencia, enseñándoles a colocar un condón en un pene de plástico, y más tarde les proporciona los métodos para solucionar los pequeños inconvenientes que a veces ocurren, como los embarazos no deseados.Muchos papás, por aquello de no parecer carcas, se habrán reído también un huevo al mostrarles sus hijos el famoso vídeo. Cuando su nena aparezca en casa con un bombo de padre y muy señor mío (nunca mejor dicho), quizás tras una noche de alcohol callejero bordeando el coma etílico, la risa probablemente sea menos estridente. Según las estadísticas del Ministerio de Sanidad y Consumo, por otra parte infraponderadas según reconocen las propias autoridades, una de cada cien jóvenes menores de 19 años acaba abortando cada año en España. Más de diez mil lauritas desfilando anualmente con sus papás camino del abortorio, perdón, quise decir "la clínica especializada en salud reproductiva", es quizás un argumento para tratar con más respeto a los que opinan en contra de esta seudomoral tabernaria impuesta por el socialismo a través del sistema educativo. Además, puesto que los abortos los pagamos entre todos (casi la mitad se practican en centros públicos o a través de concertación con clínicas privadas), incluidos los que abominamos de esta práctica, no parece muy ético que encima de sacarnos el dinero se rían en nuestra cara.Cuando el Estado deje en paz a nuestro bolsillo y los papás asuman la responsabilidad completa de las travesuras de sus lauritas, que hagan las campañas que les de la gana. Mientras tanto, coño, un respeto. Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana 

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 3 de junio de 2006

Prólogo del libro "La Constitución traicionada", Aleix Vidal-Quadras (Ed. Planeta, 1998)

Desde que me dedico a la política activa, unas veces en primera línea de combate, otras en la retaguardia inquieta y forzosa, he publicado cuatro libros en los que se recogen artículos de periódicos, conferencias, intervenciones en encuentros públicos de diversa naturaleza y ensayos en revistas de pensamiento. La vida parlamentaria y las responsabilidades de partido, con sus idas, venidas, reuniones innumerables y urgencias devoradoras, generan un ambiente poco propicio para la escritura tranquila, reposada y reflexiva. Sin embargo, hay ocasiones en las que surge la necesidad de elaborar un pensamiento más estructurado, bien sea debido a la invitación a participar en un curso de verano, a la petición de un texto para un volumen colectivo o a la ineludible demanda de pronunciar un discurso por algún motivo solemne o trascendente. Es en tales coyunturas cuando se dan al papel reflexiones y argumentos de mayor calado y alcance que los propios de los condensados mensajes de la efímera rueda de prensa, la apresurada columna de opinión o el desatado fervor del mitin electoral. Por supuesto, cualquier político con cierta ambición intelectual desea disponer del tiempo y la serenidad requeridos para dar a la luz un cuerpo de doctrina consistente, completo y claramente perfilado, pero en ausencia de estas condiciones ideales, bueno es reunir fragmentos que, encerrados en una única encuadernación, permitan al lector construir por sí mismo, como el que junta pacientemente las piezas de un puzle en el que figuran principios, valores, análisis, críticas y propuestas programáticas en desordenado montón, el esquema conceptual y axiológico que guía la actuación del que reclama su adhesión o solicita su voto.

Por eso entrego a la imprenta este quinto libro en momentos de profunda crisis nacional. Quizá no lo hubiera hecho si no tuviera la percepción de que nos hallamos en la antesala inmediata de cambios dramáticos en nuestro sistema institucional y jurídico, el que se alumbró con la Transición hace ahora casi treinta años, cuando un grupo de hombres y mujeres imbuidos de buena voluntad y generoso patriotismo creyeron haber hallado la fórmula para derrotar para siempre a nuestros ancestrales demonios. Esta ilusión colectiva ha durado un cuarto de siglo y para nuestra desgracia se está desvaneciendo sin remedio a gran velocidad ante los ojos horrorizados e incrédulos de millones de españoles sensatos y decentes. El nuevo Estatuto de Cataluña, en fase de acelerada confección en la Comisión Constitucional del Congreso mientras tecleo estas líneas, marca el principio del fin de la Carta Magna de 1978, y junto a la claudicación deshonrosa del Gobierno frente a ETA y a las reformas estatutarias que se perfilan en el horizonte para el País Vasco y Galicia, anuncia el derrumbe del edificio normativo en el que habitamos al abrigo de los embates del terrorismo, de las amenazas del totalitarismo y de los abusos de la venalidad. Pronto quedaremos a la intemperie, y al igual que el yerno de Tomás Moro cuando instaba a su santo suegro a traicionar su conciencia para salvar el cuello firmando la declaración exigida por el rey, veremos muy de cerca el rostro del Mal sin leyes que nos defiendan de su hálito venenoso.

La política práctica casa mal con las estrategias a largo plazo y con las convicciones morales sin plazo. Se mueve demasiado a menudo arrastrada por la impaciencia por alcanzar el poder, que nubla el paisaje lejano, y por el autoengaño que confunde la carencia de escrúpulos con la ética de la responsabilidad, anulando cualquier asomo de virtud. No es extraño, en este contexto de desastres, que uno de los libros de cabecera de Pasqual Maragall, según confesó en una de esas entrevistas que intentan ahondar en el personaje, sea El sabio y la política de Max Weber. El gran sociólogo alemán jamás pudo llegar a suponer hasta qué punto su célebre ensayo serviría de coartada a una legión de desaprensivos que se aferrarían en el futuro a sus inspiradas páginas para justificar las atrocidades más pavorosas y las miserias más repulsivas. Dos son las acusaciones que caen comoun látigo restallante sobre el diputado, concejal o ministro que intenta conciliar su tarea ejecutiva o legislativa con unas mínimas reglas éticas o con algo de rigor mental, la de fundamentalista y la de intelectual, estigmas despiadados que arrojan al réprobo culpable de tales debilidades a la cuneta de los partidos. Pese a todo, hay que seguir luchando, inasequibles al desaliento, porque del forcejeo continuo con la idiotez, el oportunismo y la codicia saltan esporádicamente relámpagos de grandeza, de heroísmo o de belleza que compensan el espectáculo deplorable de tanta bajeza y tanta cobardía.

Hemos vivido razonablemente bien durante tres décadas dando por válidas dos hipótesis que el tiempo y la experiencia han revelado falsas: la primera es que los partidos nacionalistas son fuerzas políticas como las demás, que por encima y más allá de sus objetivos concretos y de su particular ideología, comparten con el resto de la sociedad española unos fundamentos morales y un marco constitucional que, abstracción hecha de sus excesos verbales o de sus gestos desafiantes, respetarán en toda circunstancia sin romper la baraja que se reparte civilizadamente sobre el tapete verde de la democracia; la segunda es que los dos grandes partidos nacionales, el centro-derecha y el centro-izquierda moderados e ilustrados, están dispuestos permanentemente a cerrar filas con el fin de defender sin vacilaciones la Constitución y el gran pacto civil de la Transición si falla la primera hipótesis. Esta construcción ingenua se ha venido abajo sin disimulo posible desde que José Luis Rodríguez Zapatero comenzara su mandato como presidente del Gobierno.

Los españoles que deseamos seguir siéndolo, y que aún somos por fortuna una abrumadora mayoría, hemos de entender lo que está sucediendo en este período aciago de nuestra historia común, porque si no sabemos lo que nos pasa, como se lamentaba Ortega, lo que se avecina será mucho peor de lo que imaginamos. Y lo que pasa es que uno de los dos grandes partidos nacionales ha cedido a la tentación diabólica de un trueque fáustico: ha entregado España a los nacionalistas a cambio del poder eterno. En efecto, el plan del actual inquilino de La Moncloa es ya transparente, por mucho que intente disfrazarlo con seráficas apelaciones al diálogo y a la armonía de las esferas celestes. El Estado capitulará ante ETA, porque la frase «sin vencedores ni vencidos», cuando la otra parte es el crimen organizado, indica que las instancias democráticas están dispuestas a rendirse a los asesinos, Cataluña y el País Vasco serán segregadas del conjunto de la Nación como micronaciones cuasi-soberanas consagrando el principio de legitimidad étnico-lingüístico como superior al racional-democrático, y el Partido Socialista en justa compensación ocupará durante generaciones el puente de mando de un Estado residual sin alma nacional que paseará por el mundo su irrelevancia y su deshonra. Pero no hemos alcanzado este punto trágico de la noche a la mañana, sino que la catástrofe presente es el fruto de un dilatado proceso de renuncias, egoísmos, pusilanimidades y vanidades en el que las culpas, si bien no se reparten uniformemente, sí salpican a todos.

Hay quien ha observado, desde una perspectiva indudablemente realista, que sin acuerdos con los nacionalistas Aznar no hubiese sido presidente del Gobierno en 1996. Esa es una gran verdad, como tampoco lo hubiese sido Felipe González en 1993, ni Zapatero en 2004. El problema es que este tipo de maniobras tiene un recorrido de longitud finita —al salchichón ya no le quedan rodajas que cortar— y que hemos llegado a la estación término, en la que nos van a obligar a cambiar de tren y salir hacia un destino desconocido.

Volvemos a la cuestión de la mirada larga y los principios frente al regate corto y al pragmatismo demoscópico. Los errores se pagan y las flaquezas conducen a la derrota. Ahora se trata de salir del hoyo antes de que empiecen a echarnos tierra encima y no creo exagerar si señalo que el margen de tiempo y espacio que nos queda es desoladoramente escaso. Es muy difícil, por no decir imposible, que un solo partido vertebre a la Nación. Por tanto, es imprescindible que la Nación despierte y se pronuncie, de tal forma que su voluntad inequívoca y masiva abra la salida regeneradora del impasse enfangado en el que nos debatimos.

La misión del único partido que persiste en navegar, aunque con el casco dañado y las velas hechas jirones por la tempestad, por las aguas constitucionales manteniendo su compromiso firme con la sociedad abierta, consiste en esta hora decisiva en exponer sin ambages ni complejos ante la ciudadanía la gravedad de la situación que atravesamos y llamarla a las urnas en las próximas elecciones generales con una propuesta de reforma constitucional que corrija aquellas deficiencias de nuestro presente ordenamiento que nos han colocado, por la desidia de unos y la traición de otros, al borde del abismo. El miedo a ser acusado de catastrofista ha de ser superado y el ánimo para reforzar la cohesión nacional, devolver al Estado competencias que nunca debió ceder y recuperar el orgullo de pertenecer a una de las democracias más avanzadas y prósperas del planeta, no ha de declinar ni un ápice porque la reserva de energías almacenada en la Constitución de 1978 para mantener unida la Nación se haya agotado. Si los españoles perciben la magnitud del peligro y se les ofrece un liderazgo valiente, inteligente y honesto que les oriente en la tribulación y el desconcierto que hoy les posee, lo seguirán sin vacilar. La comodidad, la pereza, la inercia o el encogimiento han de ser descartados y el lastre compuesto de tibios, camaleónicos y cínicos echado sin contemplaciones por la borda. El desafío es tremendo y este libro intenta afrontarlo sin temor.

Madrid, 22 de febrero de 2006

(De la webde la Fundación para la Defensa de la Nación Española)

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA: América no quiere ser inglesa

 (A los marinos y marineros de la fragata Blas de Lezo, la mejor del mundo). Los españoles tuvimos la inmensa fortuna de ser los primeros en llegar a América y volver para contarlo. A pesar de la distancia y de las limitaciones tecnológicas de la época, en menos de un siglo buena parte del continente americano se convirtió en el jardín trasero de la Península Ibérica.  Un jardín fabuloso, lleno de riquezas, oro, plata, tabaco y especias, pero casi imposible de defender. Miles de kilómetros de costa en dos océanos, mares interiores, golfos, bahías, atolones, archipiélagos, islas de todas las formas y tamaños, altas cordilleras, volcanes, selvas impenetrables, desolados desiertos, altiplanos que tocan el cielo, bosques infinitos, glaciares, ríos anchos y caudalosos, intransitables senderos...  América era algo más que el Nuevo Mundo, era un mundo en sí mismo. Desconocido, fascinante y peligroso. Poblado de norte a sur por millones de personas, con civilizaciones avanzadas como la azteca o la inca, indígenas pacíficos y guerreros, caníbales abominables y tribus primitivas que vivían en el paraíso terrenal emulando al mismo Adán. En apenas cien años unos pocos miles de españoles se derramaron sobre aquella tierra, haciéndola suya. Unos, los más, para enriquecerse; otros, para evangelizar almas y ganarse con ello un puesto de privilegio en el cielo, algunos, para conquistar la gloria y una minoría ilustrada, enferma de curiosidad y humanismo renacentista, para escarbar en las maravillas que se ofrecían, gratuitas, ante sus ojos. La bicoca que le había caído en suerte a nuestros antepasados no pasó inadvertida a este lado del Atlántico. Todos los reinos de la vieja, quisquillosa y mal avenida Europa querían su parte de la tarta, porque ¿dónde estaba escrito que al rey de España le perteneciese la mitad de la Creación?  Los primeros en lanzarse a degüello sobre la joya ultramarina española fueron los ingleses. Al emporio americano le salió un parásito, la piratería, que se cebó con él durante siglos. América ya no era un remoto e inalcanzable confín. El Atlántico se transformó en una concurrida autopista de ida y vuelta para los codiciosos corsarios franceses, británicos y holandeses. Esto obligó a la Corona a fortificar los principales puertos de América y a organizar un sistema de flotas para que el tesoro americano llegase a Sevilla intacto, con todo su oro y su plata, sus piedras preciosas y sus especias.  Las flotas partían de Sevilla una vez al año, fuertemente escoltadas por navíos de la Armada. Al llegar a América se dividían: una, la de Nueva España, se dirigía a Veracruz; la otra, la de Tierra Firme –o también llamada de los Galeones– ponía rumbo a Portobelo, en el istmo de Panamá. Unos meses más tarde las dos flotas, cargadas hasta arriba de riquezas, se encontraban en La Habana y enfilaban el camino de vuelta a España deslizándose por el azaroso canal de la Bahama, donde los piratas esperaban con la daga entre los dientes. La flota atlántica tenía su complemento en el Pacífico. Desde Panamá partía la llamada Armada del Sur, que recalaba en los puertos de Perú, Ecuador y Chile. Más al norte, Acapulco servía de base para el Galeón de Manila, que era la prolongación de la flota de Nueva España en el Pacífico. Durante siglos, esta intrincada telaraña de rutas comerciales organizadas mantuvo en contacto todos los dominios de la Corona española. Parece increíble que en el país de la improvisación y del tente mientras cobro hayamos sido capaces de montar y hacer funcionar semejante trama comercial. Los odiadores profesionales de España prefieren no decirlo muy alto, no vaya a ser que se les caiga el mito de la ineficiencia española. En el siglo XVIII los ingleses, ya jubilados de la piratería y convertidos en una respetada potencia marítima, decidieron cortar la yugular del sistema de flotas atacando Panamá. Su plan era partir la América española en dos y luego lanzarse como rateros sobre sus prósperas ciudades.  Para que la rapiña tuviese visos de honorabilidad se buscaron una excusa: la oreja del capitán Jenkins, cortada por un español por comerciar ilegalmente en Florida. "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve", le dijo el capitán Juan Fandiño a Jenkins, mientras le devolvía el apéndice auditivo. Jenkins volvió a Londres y la armó en la Cámara de los Comunes, mostrando su amojamada oreja como prueba del delito. La batalla estaba servida. Se la conoció como la Guerra de la Oreja, probablemente el nombre más curioso de cuantos se han puesto a los conflictos que han tenido lugar en América.  En diciembre de 1739 el almirante Andrew Vernon se presentó ante Portobelo con la idea de borrarlo del mapa, cosa que hizo sin demasiada dificultad. El gobernador español se lo esperaba, hasta tal punto que pidió que la plata de la Armada del Sur no fuese trasladada a Portobelo. Una victoria pírrica que interrumpió la flota de Los Galeones y poco más. América era muy grande, y los españoles estaban por todas partes.  El Almirantazgo británico, que, para variar, había subestimado a su enemigo, planeó asestar el golpe definitivo al imperio español en Cartagena de Indias, el puerto más importante del virreinato de Nueva Granada. Cartagena era por aquel entonces un abigarrado cruce de caminos. Cosmopolita y floreciente. Sus calles estaban jalonadas por palacetes barrocos e iglesias. Tenía catedral, y hasta tribunal de la Inquisición propio.  Lo mejor de la ciudad eran, sin embargo, sus defensas. Era la plaza mejor fortificada de América. La bahía que servía de antesala al puerto era una peligrosa cazuela flanqueada de fortalezas artilladas y listas para achicharrar vivo al que se internase de matute en aquel desventurado brazo de mar. Los bastiones de San Felipe y San Luis o el fuerte de El Manzanillo son el testimonio en piedra de una larga historia de abordajes fallidos con olor a pólvora. Dieciocho veces intentaron ingleses y franceses hacerse con Cartagena. Nunca lo consiguieron.  Los ingleses habían planeado el asalto con sumo cuidado. Vernon no quería dar un paso en falso, de modo que no escatimó medios ni hombres para rendir la ciudad. Reunió en Jamaica una asombrosa flota, la más grande desde la Gran Armada española, que se había estrellado contra Inglaterra dos siglos antes. La componían 186 navíos, 23.600 hombres y 3.000 piezas de artillería.  Nada en el mundo podría oponerse a semejante alarde de fuerza bruta. No existía puerto ni flota que pudiese siquiera soñar con repeler el ataque de tal mastodonte flotante. Lo que Dios había dado a los españoles por las buenas, Vernon se lo iba a quitar por las malas.  En Cartagena sólo había seis barcos de la Armada, y apenas 3.000 hombres para defender la plaza. Sebastián Eslava, virrey de Nueva Granada, nervioso e intranquilo al ver lo que se le venía encima, pidió socorro a La Habana, donde paraba la Real Armada del almirante Torres. El aviso nunca llegó, probablemente porque los ingleses capturaron el navío que lo llevaba. Estaba solo. Él y su opulento virreinato. Cuando llegase a Madrid la noticia de la derrota ya sería demasiado tarde: Cartagena de Indias habría pasado a ser un inexpugnable puerto inglés.  Solo, lo que se dice solo, no estaba. Tenía a Blas de Lezo, un marino de leyenda cuyo nombre causaba terror entre los británicos. Había nacido en Pasajes, un pueblo de Guipúzcoa, y era la viva expresión del héroe guerrero. Había perdido una pierna en Gibraltar, un ojo izquierdo en Tolón y un brazo en Barcelona; todo, luchando contra los ingleses, a quienes había apresado 11 navíos militares y otros tantos piratas. Le llamaban, con cierta sorna no exenta de admiración, "medio hombre".  Vernon, enterado de que Blas de Lezo se encontraba entre los sitiados, le envió un mensaje desafiante, recordándole lo de Portobelo y haciéndole saber que sus días de gloria tocaban a su fin. El guipuzcoano, vacunado contra la altanería británica, le suministró una dosis de bravata española:  "Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Usted insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía".  Ese fue el fin de la correspondencia, al menos con Lezo. Seguro de la victoria, despachó a Inglaterra un barco con la noticia del triunfo y el encargo de acuñar medallas conmemorativas. Tal fijación tenía Vernon por su oponente español que especificó que, en las medallas, apareciese la escena de Blas de Lezo arrodillado entregándole las llaves de la ciudad. Se quedó con las ganas, y todo por vender la piel de oso antes de cazarlo.  El 20 de marzo de 1741 la imponente flota de Vernon apareció en Bocachica, la entrada a la bahía de Cartagena. Los baluartes costeros no daban abasto. Para rendirlos, el almirante inglés ordenó un cañoneo intensivo, día y noche sin dar pausa a los artilleros. La fortaleza de San Luis cayó después de haber recibido 6.068 bombas y 18.000 cañonazos, según apuntó Lezo diligentemente en su diario. No había nada que hacer: el fuego era de tal intensidad que los defensores se replegaron hacia el recinto amurallado.  Eslava ordenó hundir los buques de la Armada que quedaban a flote para dificultar el avance inglés. Vernon se abrió camino y desembarcó. El 13 de abril comenzó el asedio de la ciudad. La situación era desesperada: faltaban alimentos y el enemigo no daba tregua. El 17 de abril la infantería británica estaba ya a sólo un kilómetro del castillo de San Felipe. A esas alturas Blas de Lezo había decidido luchar hasta el final, hasta su último suspiro. Muerto antes que derrotado, como en Numancia.  Convencido de que la victoria era posible, trazó un ingenioso plan. Hizo excavar un foso en torno al castillo para que las escalas inglesas se quedasen cortas al intentar tomarlo. Aprovechando que tenía a los mandados con el pico en la mano, les ordenó cavar una trinchera en zigzag, así evitaría que los cañones ingleses se acercasen demasiado y podría soltarles a la temida infantería española en cuanto reculasen. Su última artimaña fue enviar a dos de los suyos al lado inglés. Se fingirían desertores y llevarían a la tropa enemiga hasta un flanco de la muralla bien protegido, donde serían masacrados sin piedad. El plan del general funcionó a la perfección. Los soldados británicos fueron cayendo en todas las trampas. Las escalas se demostraron insuficientes y hubieron de abandonarlas; al replegarse les esperaban los infantes en las trincheras, con la bayoneta oxidada y sedienta de sangre. El descalabro ante el castillo de San Felipe desmoralizó a los ingleses, que, además, se habían abierto muchos más frentes de los que podían permitirse. Vernon, el engreído Sir Andrew Vernon, se había revelado como un incompetente incapaz de vencer a 850 españoles harapientos y famélicos capitaneados por un anciano tuerto, manco y cojo.  El pánico se apoderó de los casacas rojas, que huyeron despavoridos tras la última carga española. Los artilleros abandonaron sus cañones y cargaron a bayoneta, al grito de: "¡A por ellos, matad a los herejes!". Mano de santo. Los ingleses salieron en estampida hacia la costa.  La batalla había dado la vuelta. Los cadáveres no sepultados que se pudrían al inclemente sol del Caribe hicieron aflorar la peste, que se cebaría a gusto con los ingleses en los días siguientes. Incapaz de mantener las posiciones, Vernon ordenó la retirada. Había fracasado estrepitosamente. Tan sólo acertó a pronunciar, entre dientes, una frase: "God damn you, Lezo!". Para calmar su mala conciencia, le envió la última carta: "Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica". A lo que Lezo respondió con ironía: "Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres".  Los ingleses nunca volvieron, ni a Cartagena ni a importunar los puertos del Caribe, que siguieron siendo hispanos hasta que decidieron ser hispanoamericanos. La factura, simplemente, no se la podían permitir.  Pasarían dos siglos hasta que se reuniese una flota mayor sobre el océano. Sería en el Canal de la Mancha, durante el Desembarco de Normandía.  La humillación fue tal que el rey Jorge II prohibió hablar de la batalla y que se escribiesen relatos sobre ella. A Vernon no se le pidieron responsabilidades, y a su muerte fue enterrado con honores en la abadía de Westminster. Blas de Lezo corrió una suerte muy diferente. Su país le olvidó y murió solo, de peste, en Cartagena de Indias. Nadie sabe dónde fue enterrado. España es así de ingrata con los hombres que mejor la han servido. Cartagena y los colombianos le siguen recordando, y mantienen viva la memoria del día en que un español de acero asombró al mundo propinando un sonoro bofetón a la arrogancia británica en la cara de su general más prestigioso.

Por Fernando Díaz Villanueva

 

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 3 de junio de 2006

La Fundación Leyre presenta en Pamplona el libro: "La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas".

Participarán:D. José Luis Orella, director del Departamento de Historia y Pensamiento de la Universidad San Pablo-        CEU y director del texto;D. Jaime Larrínaga, coautor, ex-párroco de Maruri, presidente de Foro El Salvador; yD. Salvador Ulayar, delegado en Navarra de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Miércoles 7 de junio de 200620’00 horas.Nuevo Casino Principal.Plaza del Castillo, 44, 1º. PAMPLONA Asistencia libre.                                                                                                                       www.fundacionleyre.com 

EL PP DESBORDADO

A estas alturas no puede decirse que el anuncio de Zapatero de sentarse con Batasuna, sin siquiera esperar a que renuncie a la violencia –aunque sea con la boca pequeña- , nos pille desprevenidos, como tampoco nos pillará en su día su más que segura legalización o la excarcelación de los presos de ETA o la constitución de una mesa política en la que los etarras tratarán de la autodeterminación del País Vasco y los socialistas de su nuevo estatuto confederado a España. El guión hace tiempo que esta escrito. Por ello mismo tenemos la sensación de un PP desbordado. Porque la pregunta no es lo que va a hacer el PSOE, ya lo sabemos. Zapatero vende España. El problema es ¿qué va a hacer el PP? Porque aquellos que tienen la fuerza suficiente a día de hoy para oponerse a la antiEspaña que representa la alianza izquierda-separatismo de este nuevo Frente Popular, están en el PP. Sin embargo Rajoy solo nos anuncia más de lo mismo. Oposición parlamentaria y medidas de despacho. Recursos al constitucional y a los tribunales. ¿Eso es todo lo que el PP tenía preparado para cuando Zapatero cruzase la línea roja? No sabemos de las luchas intestinas que se están desarrollando dentro de los populares y que cada día suenan más y más fuerte en los mentideros políticos. Pero la sensación que tenemos es que el PP va a remolque de los acontecimientos y que no es capaz más que defender unas ruinas de un modelo constitucional que el PSOE ha roto y la sociedad acabará abandonando como en su día abandonó a la Restauración. De hecho el sentir que se pulsa en la calle cada día es más una especie de mezcla entre los sentimientos de indignación, resignación e impotencia.

Es por tanto hora de iniciativas, es hora de recuperar España, de proponer un nuevo modelo en el que los separatismos no tengan cabida. Es hora de corregir todos los errores que nos han traído aquí. Porque estos lodos son consecuencia de aquellos polvos que durante la transición diseñaron erróneamente el Título VIII de la constitución y permitieron un desarrollo autonómico que tan solo ha favorecido a una casta política y a los separatismos. La derecha precisa de un cambio, porque, o asume esa iniciativa o acabará disolviéndose. Y España en estos momentos precisa desalojar del poder a Zapatero, no por razones serviles a intereses partidistas, sino por pura necesidad para su subsistencia en la historia. Por ello se necesita a una derecha fuerte y unida, una derecha sin complejos dispuesta a abanderar la iniciativa del cambio y la recuperación de España. Una tarea que solo logrará el PP si es capaz de aglutinar con generosidad todas las sensibilidades de esa derecha conservadora, liberal, social y católica.
 Editorial de Minuto Digital, 2 de junio de 2006

El arte cristiano, testimonio de la belleza de Dios; asegura el Papa

El arte cristiano, testimonio de la belleza de Dios; asegura el Papa
Al recibir a los «Patronos del Arte en los Museos Vaticanos»

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 1 junio 2006 (ZENIT.org).- El arte cristiano es, en definitiva, un testimonio de la belleza de Dios, explicó Benedicto XVI este jueves al recibir en audiencia a los «Patronos del Arte en los Museos Vaticanos».

En el breve discurso que les dirigió en inglés, el Santo Padre les dio las gracias a estas personas pues con su ayuda a la conservación y restauración de los museos del Papa le asisten en «la misión evangelizadora de la Iglesia».

De hecho, explicó, «en cada época, los cristianos han tratado de expresar su visión de la fe, de la belleza y del orden de la creación divina, la nobleza de nuestra vocación de hombres y mujeres hechos a su imagen y semejanza, y la promesa de un cosmos redimido y transfigurado por la gracia de Cristo».

Por eso, aclaró, «los tesoros artísticos que nos rodean no son simplemente monumentos impresionantes de un pasado lejano. Más bien, para los cientos de miles de visitantes que los contemplan año tras año, son un testimonio perenne de la fe inmutable de la Iglesia en Dios Trino, que con frase memorable de San Agustín, es "la Belleza siempre antigua, siempre nueva"», aseguró el Santo Padre.

Los «Patronos del Arte en los Museos Vaticanos» («Patrons of the Arts») surgieron en 1983 con motivo de una exposición vaticana en tres ciudades de los Estados Unidos: Nueva York, Chicago y San Francisco.

Los billetes de entrada de los 15.000 visitantes que todos los días visitan los Museos Vaticanos cubren los gastos ordinarios. Dado que los Museos no cuentan con el apoyo económico de la Santa Sede, gracias a las donaciones de estos patronos, se pueden realizar trabajos extraordinarios, en particular, la restauración de obras de arte.

[Más información en http://www.vatican-patrons.org]
ZS06060108

ESTEFANÍA PERPETRA UN NUEVO LIBRO: La mano de Polanco

El poder se oculta y nos domina desde las sombras. Hoy por hoy, Bush y Gates dirigen el mundo. El imperio del tanto tienes, tanto vales destruye la democracia y socava la libertad de prensa y el papel del Estado como árbitro en la sociedad. Éstas son las premisas del nuevo libro de Joaquín Estefanía, un personaje que, tras haber sido director de El País y jefe de opinión del diario "independiente de la mañana", o lo que es lo mismo, vocero del gran Jesús de Polanco, tiene a bien recordarnos los peligros que entraña el capitalismo. Dos preguntas nos asaltan de continuo cuando nos echamos a la cara semejante libelo. La primera es previsible, a saber: ¿cómo es posible que alguien que trabaja para un imperio mediático, para un multimillonario que ha crecido a la sombra de Franco y de los sucesivos gobiernos del Señor X, critique el capitalismo y califique a cualquiera que disienta de sus ideas de "ultraliberal", cuando no directamente de acólito de una gran corporación? La segunda es aún más preocupante. Si la globalización es capitalismo sin límite, ¿cómo es que los estados establecen impuestos progresivos, restringen la libertad de horarios comerciales, subvencionan a los sindicatos, multan a Microsoft o impiden que la gente escape del sistema obligatorio de salud y pensiones? El lector que no se haya dejado atosigar con tan pertinentes preguntas se encontrará con una obra en la que lo único positivo es la prosa del autor: Estefanía, francamente, escribe bien. Pero con su buena prosa ofrece un retablo del mundo tan pesimista como Matrix y tan falso como el talante de Rodríguez Zapatero. Su definición de capitalismo da buena cuenta del respeto que siente Estefanía por la veracidad:  "Este es un sistema en el que la acumulación es la virtud absoluta, tanto si se trata de riqueza como de poder (…) Es como si el capitalismo global hubiese perdido todo sentido del miedo desde que no tiene un enemigo vivo (desde 1989, con la autodestrucción del socialismo real) y se soportasen sin tensión niveles de desigualdad que antes hubieran resultados intolerables". Cualquiera que se tome la molestia de analizar las virtudes de un empresario observará que el afán de lucro es un motor de sus decisiones, pero igual de relevantes son su amor al trabajo y su deseo tanto de crear empleos como de ser su propio jefe. Y, para satisfacer al consumidor, verdadero soberano en el mercado, mal que le pese a los progresistas de salón, el empresario debe actuar con prudencia, cumplir los contratos, cuidar de su propiedad, aprender a escuchar, resistir la tentación de mentir o engañar y estar atento a las oportunidades y cambios que se producen.  Por supuesto, Estefanía no tiene ningún interés en leer análisis como los de la profesora Deirdre N. McCloskey, de la Universidad de Illinois, que en su libro Virtudes burguesas ha estudiado cómo la ética es esencial en el mercado.  A Estefanía se le escapa otra mentira cuando habla de la desigualdad. Para entendernos, si en 1981, según Naciones Unidades, el 40,4% de la humanidad vivía con un dólar o menos al día y en 2001 se había reducido ese porcentaje a la mitad, es decir, al 20,7%, ¿dónde está ese retroceso del capitalismo de que habla? Es más, como ha confirmado el Banco Asiático de Desarrollo, en dicho continente han escapado de la pobreza más de 300 millones de personas desde 1990, lo cual confirma que el capitalismo extiende el bienestar a todos. De hecho, la ONU explicó cómo las únicas áreas del mundo que han caído en el índice en los últimos años han sido el África Subsahariana, Rusia y varios países del Este; precisamente aquellos países donde, como es bien sabido, el mercado arroja los más pobres a la mendicidad o a la prostitución. En lugar de comentar extensamente estas cifras tan positivas y gritar más de un hurra por cada logro del capitalismo, "la mano de Polanco" prefiere escarbar en las pasiones más bajas del ser humano y convocar a la envidia como si del dios de la lluvia se tratara. Con sólo comparar el dinero que tienen Bill Gates y otros potentados con los ingresos totales que años antes disponían los más ricos del momento, el maestro Estefanía saca la calculadora y concluye que "la desigualdad es una característica central de este sistema, el precio que hay que pagar por el funcionamiento eficaz del mismo".  El análisis sesgado impide ver que lo único que prueban estos datos es que si un 20% de la población posee el 70% de la riqueza es porque la ha creado. En un estudio esencial, titulado Mitos sobre ricos, José Ignacio del Castillo señala que  "sólo es posible comprender la fortuna de casi todos los empresarios de la lista Fortune por su capacidad para generar beneficios futuros, y éstos sólo podrán ser generados si se les deja vivir y funcionar. ¡Qué colosalmente se equivocan quienes piensan que riqueza y renta son magnitudes equivalentes y que es posible despiezar la primera para incrementar la segunda!".  Como no podía ser menos, Estefanía se vale del caso Enron para desprestigiar el capitalismo. Átense los machos: según Estefanía, el "contrato social implícito que hay en las sociedades" (sic), que "exige la provisión de protecciones sociales y económicas básicas" y "oportunidades razonables de empleo", "se rompe cuando se producen casos como los de Enron y compañía". Evidentemente, Enron actuó fraudulentamente porque creó un entramado de empresas que iban ocultando sus deudas y así inflaban su cuenta de resultados. Pero que eso suceda no quiere decir que el capitalismo haya sido el responsable.  Al igual que la existencia de policías corruptos no significa que todos los agentes de la ley lo sean, tampoco el hecho de que existan ejecutivos delincuentes confirma que todos los directivos se dediquen a engañar a los accionistas y a acumular fondos en Jersey. Pero es que, además, ese tipo de actos son considerados punibles en todos los países, empezando por EEUU: el fundador de Nerón y su sucesor al frente de la compañía han sido culpables de conspiración y fraude. No es de extrañar que, siendo tan acusado su anticapitalismo, Estefanía considere El capital de Marx el "primer intento sistemático de comprender el capitalismo". Con La mano invisible de la mano de Polanco se prueba el famoso dictum de Revel: "La primera de las fuerzas que dominan el mundo es la mentira". Y la hipocresía. Así se explica que gentes como Estefanía, que ostentan cargos importantes en grandes corporaciones, carguen contra las mismas. Pero no son hipócritas cuando defienden la extensión del Estado, ya que lo que pretenden es que éste otorgue beneficios y privilegios a los suyos y a los de su cuerda.  El poder del que nunca hablará Estefanía se oculta en la sombra y, como dijo otro célebre pensador francés, es "inmenso y tutelar, absoluto, regular, previsor y suave".  Por Gorka Echevarría Zubeldia  Joaquín Estefanía: La mano invisible. El gobierno del mundo. Aguilar, 2006; 192 páginas. Libertad Digital, suplemento Libros, 2 de junio de 2006