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Políticamente... conservador

La derecha social vista por sí misma

22 de mayo de 2006.  ¿Por qué parece tan frágil la derecha –preguntábamos aquí-, que el zapaterismo la humilla sin el menor recato? Algunos lectores han aportado respuestas. Sus testimonios tienen el valor que tienen (para mí, enorme):

"La gente se desanima si sus dirigentes andan tibios (…). Quizá nunca como ahora ha estado la gente del PP tan mentalizada, o tan dolida, tan dispuesta a defender lo suyo. ¿Pudo alguien imaginar que se manifestaran así? Pero el centrismo ese nos deja absolutamente desarbolados" (M.L., mujer).

"¿Y no tendrán razón al prever que no resistiremos? A diferencia de lo ocurrido en el pasado, sobre todo en la II República, este aniquilamiento de hogaño es light e indoloro, pues no es aniquilamiento literal (físico), sino en sentido figurado: un mero arrinconamiento de la derecha española a un espacio ornamental y absolutamente irrelevante, que no implicará una persecución sañuda y violenta de la media España de derechas, o al menos no mientras no proteste demasiado" (M., varón).

"Están tan seguros de su victoria porque saben que la generación que, digamos, ostenta el "pulso vital" fue educada con Jackie y Nuka, Los Mosqueperros, Barrio Sésamo, etc., es decir, incapaces absolutos –me encuentro entre ellos- para la revolución. Podemos tener ratos de lucidez, pero nuestros esquemas mentales están marcados para siempre. Nosotros, en vez de conquistar México como Cortés, hubiéramos opositado a algún puesto en la administración caníbal del insigne Moctezuma" (S., varón).

"La derecha es el segmento social que más gente mueve en términos asociativos, pero es la que tiene menos presencia general. Piense en las asociaciones locales, que trabajan en el terreno día a día, pero que son incapaces de articular políticas generales. ¿Cuánta gente mueve Cáritas? ¿Y los grupos parroquiales? Y eso en un momento de lo más laico. Pero su actividad está dispersa. La izquierda presenta la otra cara. Su discurso es generalista y las asociaciones locales son simples correas de transmisión. Pero su impacto es mayor porque puede trazar estrategias políticas sin depender de las bases (éstas se lo tragan todo). ¿Cómo se podría articular la derecha? Poniendo a trabajar a sus simpatizantes y afiliados y sacando a la luz todo lo que llevan dentro. Porque cuando se les da oportunidad y sitio, responden" (A., varón).

"Pecamos de discretos y no somos capaces de decir lo que pensamos, pero muchas veces es por pura educación: nos enseñaron que de política, dinero y religión no se habla, para no herir susceptibilidades, y aquí nos encontramos. Yo, en mi círculo, he cambiado y ya no me corto, además de comentar todo con mis hijas y hacerles leer mucho. Es terrible cómo ve las cosas la gente joven, lo influenciados que están por la televisión. Creo que yo lo he conseguido con ellas: en sus entornos no son mansas moral y políticamente. Pero nos queda mucho por andar" (M., mujer).

Brava gente. Quien tenga oídos para oír, que oiga.
 José Javier Esparza

El Semanal Digital, 22 de mayo de 2006

UN LIBRO EN TIEMPO RECORD: La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas

En una obra colectiva, nueve especialistas responden a la gran pregunta de la actualidad: ¿qué persigue la banda con su "alto el fuego"? ¿La paz, o es sólo un nuevo instrumento secesionista?

21 de mayo de 2006.  Grafite Ediciones ha conseguido un incuestionable éxito: lanzar al mercado editorial un volumen de 340 páginas que estudia la denominada tregua de ETA desde diversas perspectivas y disciplinas: la Historia, la Ética, la Doctrina Social de la Iglesia, la Victimología, el análisis político, etc. Y todo ello, en los escasos dos meses transcurridos desde la declaración de "alto el fuego permanente" por parte de la banda terrorista.

Opiniones cualificadas

Estamos, pues, ante un estudio pionero de lo que ha de ser, en los próximos meses, un intenso debate en la sociedad española.

Un equipo de historiadores y periodistas, dirigidos por el profesor navarro José Luis Orella Martínez, han reflexionado conjuntamente con el objetivo de proporcionar luces que iluminen un debate de alcance nacional pero que, no obstante, parece exclusivo de políticos e iniciados. Y han alcanzado un doble mérito: proporcionar un amplio material pluridisciplinar que orbita en torno a la naturaleza del nacionalismo radical y del terrorismo de ETA; y hacerlo con una notable unidad de criterio interna.

Los coautores son nueve reconocidos expertos en los ámbitos desde los que investigan la cuestión: José Basaburua (especialista en análisis político de la actividad terrorista), Antonio Beristain (fundador del Instituto Vasco de Criminología y de la Sociedad Internacional de Victimología), José Ignacio Echaniz (redactor de la revista Arbil), Rafael Ibáñez Hernández (historiador), Jesús Laínz (colaborador de Elsemanaldigital.com), Jaime Larrínaga (ex párroco de Maruri, presidente de Foro El Salvador), Manuel Morillo (del Foro Arbil), Fernando José Vaquero Oroquieta (presidente de la Fundación Leyre), bajo la dirección del mencionado José Luis Orella, profesor de Historia.

Se recogen, en sus anexos, además, las opiniones cualificadas de hasta 13 personalidades relevantes del panorama mediático actual y algunas entidades directamente implicadas en la denuncia del terrorismo. Se incorporan, también, a su amplio anexo, diversos documentos cocidos al calor de la Iglesia católica y cuyo juicio del terrorismo es unívoco e incuestionable; más una amplia bibliografía y varias decenas de direcciones electrónicas relacionadas con la cuestión. Un esfuerzo notable, en cualquier caso.

Más allá del momento presente

No obstante, no se trata de un libro meramente coyuntural: al margen de la oportunidad de su elaboración, las cuestiones aquí tratadas permanecerán vigentes; incluso si el panorama político cambiara abruptamente. Y no podía ser menos: las raíces medievales de las Vasconias; los tópicos del nacionalismo vasco; la historia de los vascos perseguidos durante estas últimas décadas; las actuaciones de la Iglesia católica; las relaciones entre terrorismo nihilismo y totalitarismo; las aportaciones de la Victimología… Perspectivas y análisis, en suma, que seguirán en primera fila de la actualidad por muchos años, tememos.

Pero, aunque se trate más de una obra de contexto y de fondo, no eluden la cuestión que invoca su título y portada; de ahí que se dedique un espacio relevante a la naturaleza de la tregua; la textura de la conciencia ética de la necesaria resistencia a este totalitarismo; los posibles nuevos escenarios políticos; la situación de Navarra. Etc.

¿Qué nos espera con ETA?

Un libro polémico que ha sabido sumar a la actualidad de algunos estudios ya publicados con anterioridad, el rigor de otros inéditos y expresamente elaborados para la ocasión.

La conclusión a la que se llega, acaso, con su lectura es algo preocupante: ETA no ha cambiado. Sus pretensiones siguen siendo las mismas de siempre. E, incluso, está logrando liderar al conjunto del nacionalismo vasco en una vía secesionista acelerada y fatalmente decidida. Así, "su" paz no sería sino un frente más de su línea de combate. Pero, si el Estado abandona los instrumentos que más evidentes éxitos le proporcionó en su lucha contra el terrorismo, es decir, el Pacto por las libertades y contra el terrorismo y la Ley de Partidos, ¿sobre qué bases afrontará el reto al que se enfrenta? ¿Nos encontramos, acaso, a un paso de un salto colectivo al vacío?

Todas las respuestas las dará el tiempo, pero cada uno de nosotros vamos a ser actores de ese tiempo, y por tanto nos hace falta información. Este volumen abunda en ella.

El Semanal Digital, 21 de mayo de 2006

La liquidación de la derecha

LA simetría es casi perfecta: a la vez que la izquierda y los nacionalistas reivindican la legitimidad democrática en la II República de 1931 como fuente de la actual del sistema constitucional, se comportan como lo hicieron en aquellos terribles años sus antecesores ideológicos, es decir, con igual sectarismo y con el mismo sentido de apropiación de la democracia. El lema del Partido Socialista de Cataluña para la campaña del referéndum del Estatuto («El PP usará tu no contra Cataluña») es una indignidad guerracivilista y exuda, no ya hostilidad, sino un propósito eliminador del adversario político. Es, además, un eslogan cobarde porque el verdadero protagonista de la negativa al Estatuto catalán es Esquerra Republicana de Cataluña contra la que el partido de Maragall no se atreve a confrontar. Pero el despropósito catalán -que el reclamo sufragista del PSC no hace sino subrayar de manera alarmante- tiene un mismo origen: la negación por parte de la izquierda radical que nos gobierna -que a lo peor no está sólo en el Gobierno sino también en sus aledaños- de la legitimación de la Constitución de 1978 en cuanto su aceptación implique -que lo implica- la superación de determinados episodios históricos en los que la izquierda y los nacionalismos vasco y catalán tuvieron un protagonismo que resulta indeseable a sus sucesores.

La irrupción de la memoria histórica no busca sólo la rehabilitación de los que perdieron la malhadada guerra civil, sino la estigmatización de los que la ganaron y, especialmente, la concienciación colectiva, primero sutil y luego explícita, de que la actual derecha democrática española -representada en el Partido Popular- es la heredera del franquismo. En ese contexto se inscribe también la beligerancia laicista en la que se vincula a la Iglesia con la llamada Cruzada de 1936-39. El espejo de todas las virtudes -«España contempla con orgullo y satisfacción la II República» resultan palabras ya memorables del presidente del Gobierno- estaría en el régimen de 1931 debidamente podado de las adherencias totalitarias que le acompañaron (censura de prensa, detenciones arbitrarias, leyes represivas como la de Defensa de la República) y todas las tropelías serían las perpetradas por los otros que, en versión actualizada, son aquellos que usarán «tu no contra Cataluña».

El desmantelamiento del diseño constitucional del reparto del poder territorial y la alteración de los modelos éticos y cívicos, procesos impulsados desde una visión radical y precipitada, desacompasados de las auténticas necesidades de la sociedad española y sin el grado de consenso necesario para que no generen inestabilidad y enfrentamiento, empiezan a constituir un fracaso. La desagregación de voluntades individuales y colectivas al proyecto -en el supuesto de que lo sea y no consista en una improvisación ideologizada y alentada de un espíritu de exasperada hostilidad- también comienza a ser notorio.

La ruptura de la unidad de mercado distancia a los empresarios de la presente dinámica de decisiones políticas; la desconsideración hacia la sensibilidad moral de una buena parte de la sociedad española, sea en temas de carácter ético, educativo o biogenético, está creando bolsas ciudadanas de resistencia hacia normas legales y reglamentarias que son verdaderas apuestas por las alternativas más radicales y menos ponderadas; la banalidad argumentativa en la justificación de medidas y comportamientos está espantando a los intelectuales liberales de la izquierda española que, o han enmudecido o se muestran -los menos- críticos con el Gobierno; la exhibición libre y sin reproche alguno de la simbología republicana, en unos casos, o independentista en otros, (véanse las imágenes de la final de la Copa de Europa en París, con las gradas repletas de cartelería separatista), se ha convertido en una especie de divertimento sólo aparentemente inocuo pero que va logrando calar en el subconsciente colectivo que comienza a percibir factores de transitoriedad en instituciones permanentes del Estado; en el acaecimiento de grandes estafas o fiascos financieros, como el de los sellos, se trata de responsabilizar a la recurrente herencia recibida; el caciquismo en los medios públicos -y el beneficio que el poder presta a otros privados-, vuelve a generar un discurso férreamente ortodoxo frente al que el discrepante se convierte en carne de eslogan, lema o descalificación.

Todas estas políticas -en general de resultados por el momento desastrosos- convergen en un propósito: deslegitimar el sistema actual para, primero, ir urdiendo otro a la medida de un nuevo eje de poder nacionalista-socialista y, después, establecer las condiciones idóneas para la progresiva eliminación de la alternativa política que representa el Partido Popular. Lo de menos, a los efectos de la tesis que aquí expongo, es que el PP encare esta operación con mayor o menor acierto; tampoco es relevante por lo que se refiere a la cuestión de fondo, el error de incurrir en políticas mediáticas endogámicas y anacrónicas que apelan a las vísceras en vez de hacerlo al intelecto. Lo esencial es concluir que la ultima ratio de las políticas gubernamentales, que el hilo conductor del discurso político del Ejecutivo, de su partido y de los nacionalistas, lo constituyen propósitos de estigmatización histórica de la actual derecha española. La destrucción del lenguaje como un pacto por el que todos entendíamos los mismos conceptos - Nación, matrimonio, familia, legalidad, independencia, Estado, justicia- está en el núcleo duro de una estrategia que se basa mucho más en derruir que en edificar, en eliminar que en acrecer.

El Gobierno no quiere consensos con la derecha española porque el consenso fue el instrumento político e histórico de la transición de 1978. Por eso, no le importa que el Estatuto de Cataluña esté condenado a un respaldo político y popular mucho menor del que dispone el actual; tampoco que las grandes leyes, orgánicas o no, pero de gran alcance social, cuenten con el voto de la derecha española. El consenso es, en estos momentos, un contravalor de la democracia cuando hasta hace muy poco consistió en su gran herramienta de trabajo. Lo que importa al Gobierno y a las políticas que desarrolla no es sólo su resultado, sino sus efectos colaterales que consisten en ir marginando a la derecha por el procedimiento de formular planteamientos estrictamente sectarios.

Si el PSC apuesta por el indigno lema de «El PP usará tu no contra Cataluña» -tan indigno como el pacto del Tinell que conjuraba a los partidos del naufragado tripartito a no colaborar de modo alguno con la organización presidida por Mariano Rajoy- es porque se está intentando matar dos pájaros de un tiro: transferir a ese partido el eventual fracaso del referéndum catalán y concentrar sobre la derecha española la carga de las frustraciones, históricas y actuales, de la izquierda y de los nacionalismos. Y si así son las cosas, si el consenso ya no es una herramienta primordial de la política española, si el sistema constitucional trae causa del pasado más divisor de los españoles -la República de 1931- , si lo que se pretende, y así sucede, es estigmatizar a la derecha democrática, habrán de comprender la izquierda y los nacionalistas que pronto sea un clamor la reclamación de un nuevo periodo constituyente porque el cerrado en 1978 lo están haciendo fracasar ellos y por el mismo procedimiento sectario y excluyente que utilizaron sus ancestros para hundir la II República.

Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS. Director de ABC

El Código de los bostezos

El estreno de El Código Da Vinci ha sido acogido con frialdad y decepción generales. Pero ¿qué esperaba la gente de una adaptación de este tocho infumable a manos del mediocre Ron Howard? Ha ocurrido lo previsible. Y cuanto más empeño ha puesto el director en ser fiel al libro, más ha perjudicado a la película. Para más inri, la propia actriz protagonista, Audrey Tatou, declara: “Me cuesta entender la expectación que ha desatado el film”. Increíble. “Frustrante”, es como define el director Ron Howard la sensación que afirma sentir ante las críticas que empiezan a aparecer en los medios.

Lo cierto es que la película es un tostón, aburre, no tiene casi acción, los protagonistas carecen de química, de fuerza, todo es inverosímil… y la combinación de patochadas -véase al monje Silas- con discursos llenos de presunta seriedad, te sacan a patadas de la película. Lo que está claro es que los responsables de El Código Da Vinci no tienen ni la más remota idea de qué es de lo que trata su película. No saben nada de la Iglesia, de su historia, del estatuto preciso de los Evangelios, de la teología de la tradición, de la relación entre cristianismo y paganismo…, pero nada de nada. Por no hablar del Opus Dei, que es considerado algo así un grupo a lo X-Men o Expediente X.

Indudablemente, lo mejor es el personaje de Silas, el monje “Freddie Krugger” a las órdenes del Prelado del Opus Dei. Se trata de un psicópata, de infancia cruel, como Norman Bates, que habla latín con su jefe -al que llama “maestro”- y que por las noches, en pelotas, se da unas buenas sesiones de cilicio y flagelo ante un cristo de la pared. Conmovedor. Es el primer homenaje cinematográfico que se hace al Golum de Peter Jackson.

Teológicamente la película es maravillosa: los Evangelios son sustituidos por arte de magia por unos supuestos textos apócrifos; el modelo femenino de María es sustituido por el de la Magdalena (a María ni se la menta); los elementos específicamente cristianos se revelan como grandes signos paganos; la misión de la Iglesia resulta ser ocultar la verdad sobre Jesucristo, es decir, que Jesús ni era Dios, ni resucitó, ni hizo milagros, ni nada… sólo fue un buen padre de familia cuya hija se llamaba Sarah (qué mona ella). La iglesia en realidad lo que hace es odiar a las mujeres, y en la Edad Media intentó matar a todas las que pudo, millones, dicen en la peli. Buff, como para fiarse de los curas. En fin, la lista de hallazgos teológicos e históricos es interminable. Si quieren disfrutar no dejen de ver la breve escena del Concilio de Nicea. Para que luego digan de los hooligans.

Un instante de seriedad. La peli, que como ven no es mala ni nada, tampoco es inocente. Plantea la superación del cristianismo y su pretensión excepcional por medio de una religiosidad new age, relativista, inmanentista, subjetivista y sobre todo nihilista. Y eso no se puede hacer sin negar todo aquello que conduzca directa o indirectamente a la divinidad de Cristo: es decir, fundamentalmente, la Iglesia. Pero la Iglesia necesita enemigos más dignos. Así que a otra cosa, mariposa.

JuanOrellana

PáginaDigital,19 de mayo de 2006

Sólo hay democracia auténtica cuando hay justicia social, explica Benedicto XVI

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 19 mayo 2006 (ZENIT.org).- Benedicto XVI explicó este viernes que sólo hay auténtica democracia cuando hay justicia social, es decir, cuando cada persona tiene acceso a los bienes primarios.

El Papa afrontó el argumento al recibir en audiencia a los participantes en el congreso sobre «Democracia, instituciones y justicia social», que entre este jueves y viernes ha organizado la Fundación vaticana «Centesimus Annus - Pro Pontifice».

El Papa señaló dos elementos decisivos para que un sistema de gobierno pueda llamarse auténticamente democrático.

Justicia social
Uno de ellos es el «esfuerzo tenaz, duradero y compartido por la promoción de la justicia social».

«La democracia sólo alcanza su plena realización cuando cada persona y cada pueblo es capaz de acceder a los bienes primarios (vida, comida, agua, salud, educación, trabajo, certeza de los derechos) a través de un ordenamiento de las relaciones internas e internacionales que asegure a cada quien la posibilidad de participar», afirmó.

«Y sólo puede haber auténtica justicia social en una perspectiva de genuina solidaridad, que comprometa a vivir y a trabajar siempre los unos por los otros, y nunca los unos contra o en perjuicio de los otros».

«El gran desafío de los cristianos laicos en el contexto mundial de hoy consiste en hacer concreto todo esto», aseguró.

Instituciones creíbles
El otro elemento necesario para una democracia, según señaló el Papa son «instituciones apropiadas, creíbles y autorizadas, que no estén orientadas a la mera gestión del poder público, sino que sean capaces de promover niveles articulados de participación popular, en el respeto de las tradiciones de cada nación, y con la constante preocupación de custodiar su identidad».

Si bien el Papa constató «la lentitud con que se abre camino la democracia», indicó que «sigue siendo la herramienta histórica más valiosa, si se utiliza bien, para disponer del propio futuro de forma digna».

La Fundación «Centesimus Annus - Pro Pontifice» fue instituida en 1993 por Juan Pablo II con el objetivo de promover el conocimiento y la práctica de la doctrina social de la Iglesia. Su nombre se inspira en la última encíclica social de ese pontífice «Centesimus Annus» de 1991.
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Por qué la derecha es tan frágil

Siempre que planteamos la cuestión de la fragilidad de la derecha, hay un aluvión de opiniones de lectores. En el PP no se enteran de estas cosas, pero la gran preocupación de la derecha social, hoy, no es otra: ¿por qué somos tan frágiles, tan vulnerables? ¿Por qué Zapatero piensa que nos aniquilará sin resistencia?

La derecha, en general, no osa decir su nombre. Incluso el partido que la representa se define "de centro". La derecha no osa decir su nombre porque el término "derecha", en nuestra cultura política, viene afectado por un toque de ilegitimidad. Ser de derechas no está bien visto. Y esto es así porque hace muchos años que quien decide lo qué está bien y mal es la izquierda. Ésta posee el control de la cultura oficial y la mayor parte de las factorías de opinión. Es una batalla que la derecha nunca ha creído necesario librar ni en el franquismo ni en democracia. Hoy cosechamos lo sembrado.

Además, buena parte de la derecha no se reconoce como tal. Existe una realidad objetiva de derecha que, en España, viene compuesta por principios como la unidad nacional, la moral cristiana, la libertad individual y la tradición cultural hispánica. Pero con frecuencia veremos a personas que defienden esas cosas y, sin embargo, no se reconocen "de derecha". ¿Por cobardía? A veces, sí. Pero otras veces es cuestión de escrúpulos. El término "derecha", que designa un conjunto de ideas y principios, señala también a los "poderes tradicionales". Y, claro, uno puede defender ciertos principios, pero siempre será incómodo que te cuelguen la misma etiqueta que al banquero de turno. La querella entre derecha de principios y derecha de intereses es muy vieja, pero siempre ha ganado la de "intereses". Tantas veces ha ganado que, ahora, se ha hecho de izquierdas.

La derecha de intereses agoniza. Quienes tienen el poder –los polancos, los banqueros, todo eso- ya no están en la derecha. Eso nos liberará de servidumbres enojosas. Pero hay que extraer todas las conclusiones oportunas: que el poder ya no sea de derechas quiere decir que el poder no vendrá a socorrernos. Si la derecha no quiere que sus principios mueran, tendrá que actuar, resistir.

Actuar, en una vida pública pacífica, quiere decir marcar unas posiciones, fundamentarlas y defenderlas. La gente de derechas, si quiere que sus ideas sobrevivan, tendrá que dejar de pensar como pasiva "gente de orden" y empezar a moverse, a vivir con conciencia política, a participar en la vida civil, a comprar los libros y revistas de quienes comparten su visión del mundo, a hablar en las asociaciones de padres de alumnos o en los grupos de vecinos. Todo eso no lo va a hacer el PP; lo tiene que hacer la gente. Si no, la apisonadora nihilista pasará sobre ella. Y lo tendrá bien merecido.

 

José Javier Esparza

 

El Semanal Digital, 19 de mayo de 2006

ALEGATO POR LA DEMOCRACIA: La libertad, un arma de construcción masiva

En ocasiones, el mercado editorial en castellano deja sin traducir obras auténticamente de referencia. La editorial de FAES, la fundación presidida por José María Aznar, se ha propuesto colmar algunas lagunas en lo que se refiere al pensamiento liberal-conservador y neoconservador y se ha lanzando a la edición en castellano de esos libros que se consideran imprescindibles para el debate político global de hoy. Tal es el caso de la obra que comentamos, el Alegato por la democracia de Natan Sharansky.

Esta obra se ha hecho ya famosa por varias razones. En primer lugar, por la propia personalidad de su autor. Natan Sharansky, ucraniano de origen, destinado a ser otro homo sovieticus por el Kremlin de Moscú, se hizo famoso al convertirse en uno de los primeros refusenik, uno de los primeros disidentes que, en torno a la figura de Andrei Sajarov, denunciaron los horrores del sistema soviético y demandaron respeto a los derechos elementales de la persona. Como consecuencia de ello fue detenido, juzgado –con pruebas amañadas– por alta traición al Estado, encarcelado y, finalmente, enviado a trabajos forzosos al Gulag siberiano por nueve largos años.

 

Allí se habría podrido muchos años más si no hubiera sido por la persistencia de Ronald Reagan, quien acabó logrando que fuera excarcelado e intercambiado por un espía soviético en una neblinosa tarde-noche de 1986.

 

Después de ganar la libertad y cumplir su deseo de emigrar a Israel, Sharansky ha ocupado diversos puestos de responsabilidad, muy particularmente el ministerio sin cartera para la emigración de la diáspora judía hacia Israel, con gobiernos tan distintos en su color político como los de Ehud Barak, Benjamín Netanyahu y Ariel Sharon. Finalmente, Sharansky dmitiría del Gabinete Sharon por sus discrepancias sobre la retirada de la franja de Gaza. Hoy es diputado por el Likud en el Parlamento israelí.

 

La vida de Sharansky le ha preparado, y bien, para hablar de libertad y democracia, pues ha sufrido en primera persona lo que es estar privado de ambas. Con todo, la relevancia y notoriedad pública le ha venido más recientemente por su relación con el presidente americano, George W. Bush.

 

En noviembre de 2004, invitado por el American Enterprise Institute a presentar The case for democracy, que acababa de publicarse, recibió una invitación para encontrarse con el presidente en la Casa Blanca. Como él mismo cuenta, en la antesala del Despacho Oval, mientras esperaba que Bush le recibiera, se topó con la todavía asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice. Llevaba bajo el brazo un ejemplar de su libro. Rice le dijo: "¿Sabe usted por qué estoy leyendo su libro? Lo leo porque el presidente lo está leyendo, y es parte de mi trabajo saber en qué piensa mi presidente".

 

De su encuentro con Bush se sabe poco, y queda en la confidencialidad que se guardan mutuamente. Pero desde entonces Natan Sharansky no deja de referirse a Bush como el gran disidente, es decir, el político que no se mueve para complacer y mejorar en los sondeos de opinión, sino aquél que sabe en qué cree y que hace lo que cree que debe hacer. Sobre todo, si está empeñando, como Bush, es promover la democracia en el mundo.

 

En segundo lugar, esta obra se ha hecho famosa porque el mismo George W. Bush la recomendó inmediatamente nada más ser publicada en inglés. Con su candor habitual, el presidente americano dijo poco después de su encuentro: "Si quieren saber de verdad lo que pienso, lean el libro de Natan Sharansky. Me lo recomendó un buen amigo y desde entonces no dejo incitar a otros a que lo lean".

 

Con esas referencias, al poco de haber sido reelegido Bush por una abrumadora mayoría, The case for democracy se colocó en el número uno de ventas. Puedo decir que tuve la suerte de estar por esos días en Washington y haber podido comprar su primera edición; poco después, cuando quise adquirir más ejemplares para regalar entre mis amigos, ya estaba agotado, y Amazon no daba abasto para regular la demanda.

 

Pero la razón más importante de la fama de esta obra son las tesis que defiende: en primer lugar, que cuando se permite a las personas elegir entre la tiranía y la libertad, la gran mayoría elige vivir libremente. O lo que es lo mismo, que la aspiración a ser libres y vivir en democracia –el sistema político que mejor garantiza la libertad de los individuos hoy por hoy– es una aspiración universal e independiente de credos, razas o distribuciones geográficas. La segunda idea es que la libertad cuenta con una fuerza y un atractivo tal que es el mejor instrumento de transformación social que pueda conocerse. Como el propio Sharansky dijo durante la presentación de la edición española en Madrid, "la libertad es un arma de construcción masiva".

 

Sharansky divide a las sociedades en dos categorías: las del miedo y las de la libertad. Para saber en cuál de ambos tipos está uno viviendo propone aplicar el "test de la plaza mayor", que básicamente consiste en determinar si una persona puede acercarse hasta la plaza de su pueblo y decir en voz alta todo lo que piensa, libre de miedos y sin que su acción le acarree el encarcelamiento, la exclusión o el exilio, entre otros males. Por no hablar del riesgo sobre su propia vida.

 

Hay una tercera idea, corolario de todo lo anterior: que las sociedades libres pueden ayudar y contribuir decisivamente a transformar las sociedades del miedo en sociedades democráticas. Las democracias pueden y deben derrocar a los dictadores y genocidas. Para Sharansky, esto es un principio moral indispensable para que triunfe el bien en el mundo. Pero es algo más. Se trata también de un principio de supervivencia para el mundo libre.

 

Tras los ataques del 11-S y la amenaza que supone el terrorismo islámico, la yihad islámica, es mucho más que un imperativo moral lo que está en juego. La extensión de la democracia es la única alternativa política al terror, puesto que son las sociedades del miedo, la tiranía y la opresión las que generan la violencia y el resentimiento hacia nuestros valores, nuestros sistemas de vida y, en última instancia, hacia nosotros mismos. De ahí el título de la obra: The case for democracy, excelentemente traducido por Gota a Gota como Alegato por la democracia; porque de eso realmente se trata: de un fervoroso, partidario y encendido alegato por la libertad y la tolerancia.

 

Para el autor, "promover la paz y la seguridad está conectado vitalmente con la promoción de la libertad y la democracia". Dejar intactos los regímenes teocráticos y totalitarios o tiránicos ya sabemos el resultado que da: opresión, inestabilidad y terrorismo. En palabras de Andrei Sajarov, a quien tanto ayudó Sharansky en la URSS, "un país que no respeta los derechos de su propia gente, no respetará los derechos de sus vecinos tampoco". Si tuviéramos que parafrasearle, podríamos decir ahora que una sociedad que no respeta la vida de sus miembros, sino que promueve el martirio suicida, no va a respetar la vida de los demás, es decir, de nosotros. Por eso la importancia de transformar estas sociedades y, en el caso del terrorismo islámico, el mundo árabe en primer lugar.

 

En este sentido, la obra de Sharansky es la justificación perfecta para los planes avanzados por la Administración americana de transformación del Gran Oriente Medio. A la vez que el mejor alegato contra la idea del presidente Rodríguez Zapatero de Alianza de Civilizaciones, visión que, en lugar de promover el cambio y la libertad, fija la opresión, la teocracia y la tiranía allí donde hoy impera, con la justificación de que el mundo musulmán cuenta con otros valores civilizacionales.

 

El libro de Sharansky, que en su día también fue recomendado por José María Aznar, resulta hoy imprescindible, porque, a pesar de sus otros muchos méritos, para mí, personalmente, lo mejor que tiene es que nos coloca inexorablemente ante la necesidad, por parte de las sociedades democráticas occidentales, de encontrar la claridad moral para ver el mal.

 

Deshacer y abandonar equívocos, tener confianza en el cambio y fe inquebrantable en la victoria del bien sobre el mal, en todas sus expresiones. Claridad para escapar también de todos aquellos que nos someten a la manipulación constante de las palabras, que acaban por perder su significado... Alegato por la democracia es un manual perfecto para recuperar el sentido y la claridad moral, para discernir entre lo correcto y lo equivocado. Un libro, en definitiva, que merece la pena.

 

Por Rafael L. Bardají

 

Natan Sharansky y Ron Dermer: Alegato por la democracia. Gota a Gota, 2006; 316 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 19 de mayo de 2006

 

Harvard ya no es lo que era

Las grandes universidades han sido tomadas por el izquierdismo sectario y censurador.

 

No es la primera vez que abordamos la situación del mundo universitario norteamericano. Un mundo marcado por la gran libertad de creación de nuevas universidades, lo que ha permitido el nacimiento en las últimas décadas de múltiples universidades con una clara identidad cristiana y conservadora, pero al mismo tiempo una profunda crisis en las grandes universidades más antiguas que, desde la década de los 60, han sido tomadas por el izquierdismo más sectario impulsor de lo políticamente correcto como instrumento de control ideológico en el campus.

Precisamente el libro de Jerome Karabel, The Chosen : The Hidden History of Admission and Exclusion at Harvard, Yale, and Princeton, indaga sobre algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas y cómo han sido utilizadas a lo largo de su historia como medio de acceso y permanencia en las élites norteamericanas. No obstante, los últimos años han supuesto un cambio en esta hasta no hace tanto vía de acceso única. Si es cierto que las universidades de la Ivy League siguen siendo influyentes, también lo es que ya no son lo que fueron un día. En la actualidad hay más senadores en Estados Unidos con un título de la Brigham Young University que de Princeton y la enorme mayoría de los electos al Senado estudiaron en buenas universidades de sus propios estados.

Además, este fenómeno de dilución de influencia se acentúa en algunos campos. Como señalaba hace poco Richard Neuhaus, un estudiante de historia puede aprovechar bien su estancia en Yale, pero si lo que le interesa es la filosofía perderá el tiempo. En el campo de las ciencias experimentales hay un amplio abanico de entidades con mayor exigencia y prestigio que Harvard. Todo ello está empezando a provocar que muchos se cuestionen el elitismo de Harvard, Yale y Princeton y estén empezando a susurrar, aún con la boca pequeña, que en el fondo no son mucho mejores que otras muchas buenas universidades norteamericanas. Karabel empieza su libro preguntándose si Franklin Delano Roosevelt sería admitido en Harvard si lo intentará hoy, quizás la pregunta correcta es saber si lo hubiera intentado.

 

Publicado en American Review por Jorge Soley Climent
18-05-2006