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Políticamente... conservador

AZNAR, KOHL, SARTORI...: La Revolución de la Libertad

La primavera del año 2006 tiene al Gobierno de la nación y a la galaxia mediático-política que lo sustenta celebrando alborozados el aniversario de la llegada de una república que acabó en tragedia. Acostumbrada a dejarse arrastrar, la sociedad española recuerda los aniversarios históricos que cuidadosamente se le señalan, y que ocupan portadas y titulares por doquier. Pero, escondidos en la sombra, otros aniversarios debieran aún ser recordados, por lo menos en nombre de la libertad. Deambulando perdido en busca de la vieja Europa, el Gobierno de Zapatero olvida que la historia de la nueva Europa es la historia de la libertad. Y ésta nos lleva hoy, obligatoriamente, a Polonia.

Durante el mes de mayo de 1956, en un país sometido, las calles polacas comenzaron a entrar, lentamente, en ebullición. La tormentosa primavera de hace 50 años dio lugar a un verano caliente; a finales de junio los trabajadores polacos fueron a la huelga y, apoyados por estudiantes e intelectuales, tomaron las calles. Todo ello en nombre de la libertad y la dignidad de una nación demasiadas veces sometida. El PCUS solucionó el problema de la única forma que sabía hacerlo, en Berlín, Praga o Budapest; los tanques aplastaron la revuelta a sangre y fuego. Hubo que esperar más de treinta años, hasta 1989, para que esos mismos tanques fueran aplastados, por lo menos en nuestro continente.

 

"La Revolución de la Libertad" fue un ciclo de conferencias dedicadas al aniversario del fin del régimen carcelario soviético; José María Aznar, Ana Palacio y José María Lassalle reunieron un excepcional plantel de políticos e intelectuales de todo el mundo. Reto indudable; difícil es encontrar en nuestro país ciclos que reúnan a Helmut Kohl, Giovanni Sartori, Francis Fukuyama o André Glucksmann junto a Richard Perle, Nicolas Baverez, Bronislaw Geremek o Christopher DeMuth. Hoy, las conferencias y ponencias de todos ellos se nos ofrecen en una cuidada edición, CD incluido, donde el lector encontrará también a Huerta de Soto, a Carlos Alberto Montaner, a Guy Sorman o a Joseph Weiler. El lector que ojee el índice descubrirá complacido cómo buena parte del pensamiento político liberal-conservador se da cita en estas 140 páginas.

 

La Revolución de la Libertad no fue casual, recuerdan los autores. La gran denuncia de la que parte el libro es la de la interpretación progresista de los acontecimientos de 1989: el Muro no se derrumbó solo, como no se levantó solo. Paradojas de la historia, fue la primera revolución genuinamente marxista: el pueblo se levantó contra el poder. Pero no lo fue en nombre de ningún mito ni ídolo político, ni tuvo que ser protagonizada por comandantes, padres de los pueblos o vanguardias del proletariado; fue el triunfo de la libertad cotidiana de las personas en cada calle y plaza del Este de Europa lo que se impuso al incapacitado aparato del Estado, y clavó una estaca en el corazón de la teoría leninista.

 

En la era de la laxitud intelectual y moral, de la "Educación para la Ciudadanía" y la "Alianza de Civilizaciones", este libro es ante todo una invitación a llamar a las cosas por su nombre. Principio que diferencia al estadista del impostor, al preocupado del oportunista. "Reagan era una figura bastante inusual y de principios muy claros: para él quería decir , y no quería decir no (Helmut Kohl). Contra todos, Reagan denunció que la URSS era "el Imperio del Mal".

 

"Nuestro departamento de Estado y la CIA, horrorizados por el borrador del discurso de Reagan, le advirtieron de las serias repercusiones que podría acarrear en el ámbito internacional". Y las tuvo, pero en una dirección inesperada: "Ese sería el discurso que haría saltar de alegría a Natan Sharansky y a sus compañeros reclusos, y aterrorizaría a los líderes soviéticos" (DeMuth). Mientras muchos reían en Europa, en los sótanos de la Lubianka la noticia alentó tanto como desalentó en los despachos del Kremlin; la disidencia no estaba sola.

 

Pero llamar a las cosas por su nombre parece aburrido en el Occidente del bienestar televidente; aún hoy, parece ser sólo posible en quienes han sufrido y combatido los regímenes criminales. Es el caso de Carlos Alberto Montaner, que enumera los diez errores teóricos marxistas, aún defendidos hoy, o de Gemerek, que ofrece una idea de Europa viva y poderosa, frente a una Europa opiácea, la de Chirac o Zapatero. Ésta parece convertirse poco a poco en un cadáver político, como anuncia Joseph Weiler en su intervención sobre la ya sepultada Constitución Europea.

 

Enfrentarse a los retos exige saber quién se es, y de dónde se viene. Cuestiones que a la tísica Europa parecen importarle poco y le acercan al suicidio cultural, político, demográfico. El proyecto de Europa carece sentido sin la defensa de su libertad, afirma Geremek; "Europa se enfrenta al dilema de su identidad". El "no tengáis miedo" dirigido por Juan Pablo II a los obreros de los astilleros Lenin de Gdansk podría valernos también a todos nosotros, herederos del 11 de Marzo tanto como de la yihad de las viñetas.

 

Alejada del miedo tanto como de la preocupación, Europa sufre desgana, aburrimiento, hartazgo de sí misma. Y precisamente en el momento menos oportuno. La conmemoración que FAES hace de la Revolución de la Libertad sólo tiene sentido cuando ésta se encuentra de nuevo amenazada ante el proyecto totalitario, que a golpe de Al Yazira y suicidas-bomba busca asentarse desde Córdoba a Yakarta. La lección de la historia para el español y el europeo del siglo XXI es que o se defiende la libertad, o ésta se pierde irremediablemente. Y tal defensa será en cada batalla o no será.

 

Batalla que hoy se libra en Irak. Si la progresía europea y americana denuncia una oscura conspiración entre neocons y neoreacs, el lector podrá encontrar la defensa real que Richard Perle hace de la estrategia norteamericana en Oriente Medio e Irak; no hay nada de qué avergonzarse cuando se derroca al genocida de Bagdag. Si el progresismo biempensante se place cuando el colectivismo vuelve a Iberoamérica y cuando el islamismo trata de extenderse, Sorman, Perle y DeMuth, presidente del influyente American Enterprise Institute, son claros y rotundos: la democracia es un bien universal. El único antídoto, recuerda incansable Glucksmann, ante el nihilismo del siglo XXI.

 

Pero cuando Europa se vuelve contra sí misma y mira para otro lado es que el yihadismo va ganando: "Esta es una guerra que no vamos a ganar si no nos damos cuenta de que estamos realmente en peligro" (Sartori). Cómodamente situada en la abundancia y el hedonismo, Europa desconoce que el mundo es un caos geopolítico que amenaza con tragársela. Nicolas Baverez traza las líneas maestras de este caos de crisis y conflictos, y advierte: "La libertad es una conquista perpetua, no un terreno en el que asentarse definitivamente". No, por lo menos, en épocas inciertas. Y el filósofo Glucksmann nos recuerda que "la lucha contra el nihilismo nos exige a todos tener el valor de abrir los ojos, el deseo de llamar las cosas por su nombre, desenmascarando así al mal tal y como es".

 

Pero no todo son negros nubarrones, en la medida en que el optimismo histórico de Francis Fukuyama parece indicar que la historia camina lenta pero resueltamente hacia la democracia, pese a ser atacada constantemente. Democracia liberal que no sólo es atacada en Bagdag, Caracas o Pekín. ¿Cómo no asentir con el liberal hispano que se echa las manos a la cabeza ante el panorama político español? El profesor Huerta de Soto muestra la incoherencia intelectual del régimen que cayó en medio mundo hace veinticinco años, y que se extiende a sus continuadores y a sus aduladores de hoy; éstos se sientan hoy en el sillón de La Moncloa, haciendo política en nombre de la Historia.

 

Por ello, en plena era de la geopolítica del caos, es necesario convenir con Sartori: "Nuestro problema más serio es que la izquierda sigue creyendo que la democracia liberal es una democracia capitalista malvada". Idea que hoy parece instalada en los medios de poder de nuestro país. Hoy como en el siglo pasado, culpar a Estados Unidos de todos los males es un dogma extendido por el mundo, y une a idólatras de la historia tanto como a redentores islamistas. Ante ello, los autores del libro se muestran dispuestos a dar la batalla de las ideas.

 

Y es que, como afirma Huerta de Soto, "nuestra única posibilidad radica, como siempre, en el poder de las ideas y en la honestidad intelectual de la juventud"; es decir, claridad tanto moral como intelectual. A ello parece ir dirigida la obra, justo cuando el poder político en nuestro país camina en dirección contraria.

 

 

Óscar Elía Mañú, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).

 

VV.AA.: La Revolución de la Libertad. FAES, 2006; 145 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 19 de mayo de 2006

 

“La eutanasia no completa la medicina, sino que la destruye”, dice el neurólogo Jordi Cervós

El experto señala que “las tres tentaciones del investigador son el sensacionalismo, la vanidad mediática y las presiones económicas”“La ética debe regir la investigación y el comportamiento que corresponde a los valores inherentes a la persona humana... los científicos no pueden exigir una ética hecha a su medida y dependiente de las circunstancias”, afirmó este domingo, 14 de mayo, el neurólogo catalán Jordi Cervós en la clausura del XXII Congreso Mundial de la FIAMC. Ante una sala repleta, el doctor Cervós dedicó su intervención a La ética en la investigación científica. Aborto, investigación con células madre y eutanasia fueron los ejes de su exposición y una buena muestra de cómo la investigación puede caer hasta lo más bajo si se deja seducir por las tres grandes tentaciones del científico: El sensacionalismo, la vanidad mediática y las presiones económicas. La falta de honradez científica se ve reflejada en algunas ocasiones con inusual desvergüenza. Es el caso de los conflictos que se presentan en la muerte y en la forma de morir y que tiene su expresión máxima en la eutanasia: Algunas encuestas, con un lenguaje manipulado, plantean si se prefiere morir con o sin dolor, para en una segunda fase lamentar la existencia de “vidas inútiles por vejez avanzada o enfermedad incapacitante”, constató el neurólogo. La ‘muerte dulce’, una falacia Citando palabras de un experto en bioética, el doctor Gonzalo Herránz, “la eutanasia hace daño a los que en ella intervienen, a los que la observan, a los que les llega la noticia”, dijo Cervós, quién también destapó la falacia de lo que se suele llamar ‘muerte dulce’: “El médico que aplica la muerte a uno de sus pacientes y considera que ha hecho bien ya no puede dejar de hacerla: entra en una bolsa de arena movediza, que lo va tragando lenta pero inexorablemente. Lo que comienza siendo una eutanasia en casos excepcionales se convierte para ciertos pacientes en un derecho exigible a la muerte dulce; para los allegados, es una invitación tentadora a verse libres de preocupaciones y molestias; para ciertos médicos es un recurso sencillo, que ahorra tiempo y esfuerzos”, sentenció. Una última y trágica fase se alcanza con la eutanasia involuntaria. El médico llega a concluir que es irracional el deseo de ciertos pacientes de seguir viviendo, pues tienen por delante de sí una perspectiva de vida detestable y abusiva. El deseo de seguir viviendo de esos pacientes es un deseo injusto, que provoca un consumo irracional de recursos económicos y humanos. “Se acaba expropiando al paciente de su libertad de escoger seguir viviendo”, denunció Cervós.  “La experiencia holandesa muestra de modo evidente que, en materia de eutanasia, es imposible poner límites legales a los potenciales abusos, nacidos de la compasión de los médicos, de la fatiga de la familia, del desgaste de los mecanismos de control. La enseñanza que nos viene de dicha experiencia es que la eutanasia no completa la medicina sino que la sustituye e incluso destruye. La falta de ética del investigador y del médico es reflejo de la falta de ética general, ética que parte del reconocimiento de la dignidad de la persona, tanto del médico como del paciente”. ‘Preembrión y aborto: Sin justificación científica De los problemas derivados de la muerte y la forma de morir, a los que se fomentan con el embarazo. Cervós ejemplificó los riesgos que se dan en este campo centrándose en los avances en la reproducción humana. “Cuando se pierde o no se acepta la existencia de un hecho diferencial que determina la persona humana, -dijo- es evidente que se pierden los principios fundamentales de la ética. Esto se manifiesta también en una falta de honradez en las conclusiones científicas. Cuando se quiere justificar el aborto se niega que el embrión humano tenga alguna relación con la persona humana. Para ello, se inventan incluso palabras como preembrión que no tienen ninguna justificación científica pero permiten establecer cómodamente un espacio de tiempo en el que se pueden tomar medidas abortivas”. Esta ambigüedad en la determinación de lo que es la vida humana y cuándo y cómo se puede acabar con ella, que es reproducida sin autocrítica por la mayoría de medios de comunicación, representa un peligro no sólo para la comunidad científica sino también para la opinión pública, que acaba por aceptarlas ingenuamente. Células madre embrionarias, pura mercancía Otro ejemplo lo encontramos en la investigación con células madre embrionarias. Cervós basó su argumentación, en este apartado, en lo que sería un paso más a la negación de dignidad humana del embrión e incluso del feto humano hasta el momento de nacer. “No puede sorprender que se esté hablando de células madres embrionarias humanas como si se tratara de una mercancía”, afirmó. El experto neurólogo denunció una amplia “falta de honradez científica”: Por una parte, “se silencia que se pueden obtener células madre sin necesidad de recurrir a embriones humanos”; mientras que, por otra parte, “se presenta la utilización de embriones humanos como un gran remedio para gran número de enfermedades, por ejemplo el Alzheimer”. “No sólo se trata de que no se ha curado ni a un solo enfermo de Alzheimer con células madre, sino que nadie puede explicar cómo habría de ser una terapéutica de dicha enfermedad con células madre”, dijo, contundentemente, basándose en sus conocimientos en el campo de la neurología. Vanidad injustificada La tentación de dar como novedades grandes descubrimientos que, después, en ocasiones, resultan ser un fiasco, no afecta sólo a los medios de comunicación, sino que “algunos científicos -explicó el Dr. Cervós- no pueden resistir la tentación de salir en los periódicos como autores de descubrimientos que ni tan siquiera existen. Un ejemplo patente lo hemos tenido recientemente con el descubrimiento del fraude del científico del coreano Hwang Woo-suk, que había anunciado la clonación de un ser humano”. Al sensacionalismo fácil y la vanidad mediática de algún científico se añade otra circunstancia, explicó el Dr. Cervós: “Estamos ante una inflación en la producción científica. Hay una inflación de resultados y de científicos que trabajan sobre un mismo campo. Y es esta inflación la que puede llevar fácilmente al investigador a modificar, por no utilizar la palabra falsear, sus resultados para poder publicar lo más pronto posible”. En demasiadas ocasiones, este hecho se produce “por la necesidad imperiosa de presentar resultados para seguir recibiendo dinero para la investigación”, concluyó el experto.  Forum Libertas, 17 de mayo de 2006

La roca del amor total

El pasado fin de semana, el Papa ha confirmado su presencia en Valencia, el próximo mes de Julio, para clausurar el Encuentro Mundial de las Familias, un evento que podemos calificar de profético en la medida en que anunciará a los cuatro vientos la verdad sobre la familia, cada día más oscurecida en la conciencia social. El anuncio del Papa se producía a los pocos días de presentarse en el Parlamento Europeo un demoledor informe sobre la evolución de la familia en Europa, elaborado por el Instituto de Política Familiar (IPF).Todos los parámetros manejados por el informe (caída de la nupcialidad, aumento vertiginoso de las separaciones y divorcios, disminución del tamaño de los hogares, nacimientos fuera del matrimonio, frecuencia del aborto, etcétera) indican que la familia transita en Europa por una estación gélida, e incluso hacen pensar que hay extensas franjas de la sociedad europea en las que se haya en trance de desaparecer como tal. Por supuesto esto no es fruto de la casualidad, ni siquiera es fruto de una simple degeneración natural. Con todas las matizaciones y diferenciaciones necesarias, no es exagerado decir que este panorama es el resultado de la difusión de una cultura anti-familiar promovida por poderosos grupos mediáticos, unida a una política suicida de los gobiernos, que han abandonado la tutela de la familia como parte esencial del bien común. Y por supuesto, este proceso de disolución de la familia camina de la mano de la secularización galopante que experimenta la sociedad europea.Por todo ello, el Encuentro de Valencia no puede ser una cita convencional, sino un verdadero aldabonazo en las conciencias. En un reciente discurso dirigido a los miembros del Instituto Juan Pablo II de estudios para el matrimonio y la familia, Benedicto XVI ha subrayado que "sólo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer, es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se convierta en una casa para todos los hombres". Ciertamente, la crisis moral y educativa que aflige a las sociedades occidentales es inseparable de la disolución de la familia basada en la unión fiel entre hombre y mujer, y abierta a la transmisión de la vida. En este terreno estamos recibiendo el último reflujo de la marea del 68, con su designio de "matar al padre". La familia ha sido vilipendiada y acosada por la cultura radical, que ha llegado a convertirse en dominante en amplios círculos europeos. Los frutos están a la vista. El "amor débil", por utilizar las palabras del Papa, que caracteriza a otras formas de convivencia hoy equiparadas a la familia, es incapaz de rendir frutos de cohesión social, de transmisión de sentido, de generación de comunidad estable. Occidente pagará una factura muy elevada por este sinsentido que muy pocos se atreven a denunciar.Pero por supuesto, las denuncias no bastan cuando se ha oscurecido hasta tal punto la conciencia, cuando se ha perdido el rastro y el gusto de toda una forma de vida. La Iglesia no puede cansarse de presentar la verdad de la familia, aunque sea contra la corriente de la cultura dominante. Pero no puede convertir esa presentación en un mero elenco de valores abstractos, sino que debe saber mostrar la correspondencia de su propuesta con la espera del corazón humano, tal como intuyó genialmente Juan Pablo II. En este campo es especialmente necesario abandonar la pura trinchera y lanzarse al encuentro del drama de los hombres y mujeres de nuestra época: partir de su oscuridad y de su incapacidad, escuchar su grito de insatisfacción, acompañar su búsqueda tumultuosa, para conducirles a la gran promesa del amor cristiano.Benedicto XVI ha señalado una conexión muy interesante entre la nueva evangelización y la recuperación del matrimonio y de la familia: del mismo modo que la destrucción de ésta se ha producido en el contexto de la descristianización, su recuperación sólo será posible, en términos sociales, en un contexto de nueva atención a la propuesta cristiana. En el inmediato futuro, la Iglesia será más que nunca una red de familias que se sostienen en la vida diaria, desde el juicio necesario para situarse en el mundo, pasando por la educación de los hijos, hasta la construcción de espacios comunitarios diversos. De esta forma, las familias cristianas constituirán un reclamo de indudable belleza para un mundo aterido de soledad y de olvido. Valencia tiene que ser la ocasión de tomar conciencia de todo ello.

Por José Luis Restán Libertad Digital, suplemento Iglesia, 18 de mayo de 2006

¿Una novia pechugona?

Cuando las delgadas jóvenes de ahora quieran ser madres, tal vez sus pelvis les impidan dar a luz.

La Trinca erró el tiró de lleno.Si en sociedades con dificultad para acceder a los alimentos la gordura es prueba de posición social y belleza, en Occidente hay un claro rechazo al obeso. Ya con seis años, los niños atribuyen características negativas a los obesos, una imagen que se mantiene en el mundo laboral. Hace unas semanas oí en TV usar la palabra gordo como insulto. La locura se ha disparado: el mercado del adelgazamiento ha alcanzado proporciones muchimillonarias y la imagen de extrema delgadez de la modelo de los sesenta Twiggy Lawson se ha convertido en estándar.


Los medios de comunicación son promotores del problema. Un estudio de 1986 demostró que las presentadoras de televisión eran mujeres jóvenes –el 35% con menos de 26 años– y muy delgadas –el 65%–. En los noventa, la British Medical Association estableció una relación entre el mundo de la moda y el aumento de la anorexia y la bulimia: mientras en una mujer sana los niveles de grasa están entre el 22% y el 26%, en actrices y modelos era menos de un 10%. Los modistos también son culpables: Calvin Klein, Dolce & Gabanna, Victorio y Lucchino... contratan –o piden– modelos de peso un 25% por debajo del de la mujer típica. Y las agencias aprietan a sus representadas controlando hasta las centenas de gramo. Modelo Lolita. Ahora hemos dado un paso más; vamos hacia un modelo de belleza de Lolita. Los modistos promueven, con sus pantalones de cadera baja, una mujer con cuerpo de niña, sin curvas. Para conseguirlo, ¿qué mejor que reducir al límite la ingesta de alimentos? Sin aporte no hay desarrollo. ¿Qué ocurrirá cuando las jóvenes de ahora decidan convertirse en madres? Con esas pelvis, quizá les sea imposible dar a luz: intuyo un aumento de las cesáreas. Y de las operaciones para aumentar los senos.

Que ya lo dice el refrán...

Miguel Ángel Sabadell

 20 minutos, 18 de mayo de 2006

Sarkozy: «La religión ofrece algo que el Estado no puede dar»

 

Madrid- Podría ser el próximo presidente de la República francesa, en caso de ganar las elecciones de 2007, frente a Villepin. Nicolas Sarkozy, de 51 años, líder del partido conservador UMP, ministro en uno de los países más secularizados de Europa, ha decidido afrontar con un enfoque sorprendente uno de los temas tabú de la sociedad francesa: la religión.


   En un libro-entrevista titulado «La République, les religions, l'espérance», editado por la católica Éditions du Cerf, el ministro Sarkozy reflexiona sobre el laicismo, pero también sobre la fe, las personalidades espirituales que le han marcado, la Iglesia católica, las convicciones que quiere transmitir a sus hijos. Una amplia reflexión, recogida en el diario «Avvenire», sobre los valores necesarios de la religión en la República del laicismo.
   La revisión de Sarkozy presenta párrafos tan significativos como éstos: «La religión ofrece un gran servicio a la sociedad, dota a los hombres de la esperanza espiritual que el Estado no puede darle». Según el ministro, el concepto de laicismo debe ser «profundamente revisado». El viejo concepto debe renovarse porque «creer que el Estado puede permanecer totalmente indiferente al hecho religioso es una posición desmentida constantemente por la realidad de los hechos», asegura el primer ministro.
   Más lugares de culto. «Debemos volver a una laicidad activa, no pasiva, debemos decir abiertamente que hoy en día es más importante abrir lugares de culto en las grandes áreas urbanas que inaugurar recintos deportivos, también utilísimos. Debemos conseguir que se conviertan en los ideales para la juventud que crece, para todos esos jóvenes que no tienen ideales. Ése es el gran reto», explica Sarkozy a sus entrevistadores, el profesor de filosofía Thibaud Collin y el dominico Philippe Verdin. La sorpresa continúa cuando el primer ministro hace referencia a las estrictas normas de 1905 que hablan de la separación entre Iglesia y Estado, unas normas que, según Sarkozy, podrían modificarse: «Estas normas no están esculpidas en mármol, no son imposibles de modificar», asegura, mientras concreta la reforma en «una cuestión que no es coyuntural ni episódica: la de la financiación de las tres grandes religiones de Francia».
   Financiación. «Admitámoslo sin hipocresía: hay una contradicción entre la voluntad de reconocer las religiones como un factor positivo en la sociedad y después negarles cualquier forma de financiación pública», asegura. Lo más llamativo, según Sarkozy, es «que el Estado financie un campo de fútbol, una biblioteca, un teatro, una residencia, pero en cuanto las necesidades tienen que ver con el culto, el Estado no entrega ni un céntimo».
   Las propuestas del ministro francés continúan: «Deberían construirse más lugares de culto, la ayuda fiscal debería ser mayor para los fieles que participan en el mantenimiento del clero». También se refiere el ministro a la «financiación para la formación del clero», «poniendo a disposición maestros en las materias no espirituales, prestando locales, firmando convenios con los representantes de las religiones para educar a los ministros de culto francés...».
   También hay lugar en el libro para hablar de la Iglesia católica. Sarkozy recuerda a sus entrevistadores que «en Francia existe una vieja desconfianza heredada del periodo de las grandes luchas laicas», y pide un planteamiento crítico ante las generaciones anteriores que han «vilipendiado, burlado y ridiculizado a curas y frailes». Para el primer ministro, la función de la Iglesia es ante todo, social: «Si la Iglesia no se preocupara de los más pobres, ¿quién podría hacerlo?», se pregunta. «Respetar a la Iglesia significa reconocerle la vocación de defender a quienes nadie defiende, mantener la tradición de apertura, de consuelo, de fraternidad», sostiene.
   El periodista Carlo Cardia hace una reflexión al respecto en el diario «Avvenire»: «Es evidente -escribe- que Sarkozy siente la necesidad de decir a sus ciudadanos que el Estado laico busca deliberadamente excluir a quienes sostienen a los más pobres e indefensos, a quienes pueden alimentar la esperanza de los jóvenes y de los no tan jóvenes, a quienes cultivan una vida espiritual, pero al final se convierte en un Estado empobrecido y sin alma».
   Aunque, según cuentan los expertos, no es eso lo que está ocurriendo en Suiza, Alemania y, en general, en los países europeos más secularizados, donde se está produciendo una «inversión de tendencia con un creciente interés por el hecho religioso». Y esta vez Francia parece que abre camino.

Mar Velasco Fe y Razón, 17 de mayo de 2006

Seminario de análisis en Pamplona: “Análisis, desde los contenidos del diario abertzale Gara, de la denominada tregua de ETA”.

La Fundación Leyre ha organizado una nueva sesión de sus “Seminarios de realidad” que tendrá lugar en Pamplona el próximo jueves 18 de mayo de 2006, bajo el título: “Análisis, desde los contenidos del diario abertzale Gara, de la denominada tregua de ETA”. 

La dirección de la sesión corresponderá a José Basaburua (Licenciado en Derecho y coautor del libro “La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas”; en librerías a partir del 22 de mayo). 

Aforo limitado.

Más información: jbasaburua@hotmail.com

La insoportable levedad del pensamiento disidente

Durante muchos años, la crítica al nacionalismo lingüístico o al nacionalismo a secas no tenía cabida en los medios de comunicación catalanes. A quienes tratábamos de hacerlo sólo nos quedaba el espacio reducido de revistas disidentes, muy marginales, como Cervantina o Tolerancia. De escaso presupuesto y círculos cercados, su influencia era muy escasa. Recuperaré de vez en cuando algunos de aquellos artículos que de tanto haber sido ocultados siguen siendo vigentes. En este caso, una reflexión realizada en 1997 en la revista Tolerancia que, lejos de apolillarse, ha debido completarse ahora con otra mucho mayor y que se publicará en el próximo número de La Ilustración Liberal. 'El Síndrome de Catalunya', que así se titula, intenta dar cuenta de las patologías sociopolíticas que padecemos hoy en Cataluña. Como Albert Boadella, doy por supuesto que Cataluña está enferma, y trato de comprender su enfermedad, clasificar sus virus, comprender qué nos pasa, descubrir por qué no nos atrevemos a ponerle cura.  Ese estudio empezó en ideas como las que vertí entonces en Tolerancia, y de las que vuelvo a dar cuenta ahora. A menudo he reflexionado sobre la excesiva "prudencia" en los juicios que los disidentes al nacionalismo en Cataluña han dirigido al proceso de normalización lingüística. No me refiero con "prudencia" al juicio que discierne y distingue lo bueno de lo malo en aras de escoger lo más conveniente, sino más bien a su acepción de "cautela", es decir, a la astucia, maña o sutileza para no provocar rechazo social cuando se arremete contra ideas integristas. He buscado razones y, me las he, me las han dado. De todo tipo: estratégicas, altruistas, ejemplarizantes… Ninguna me ha acabado de convencer por completo. Todas eran muy respetables. Dicen los clásicos que la madurez es saber conformarse con una realidad que nunca será la soñada. Algunos. Otros han asegurado que sólo de la insatisfacción nace la libertad y se recrea la vida. No sé cuál de los dos caminos será el acertado, o si lo son los dos, ninguno o se le suman otros, pero sé cuál de ellos nos invita a la fatalidad. Por eso, a menudo, cuando he buscado razones sólo me he topado con coartadas. ¿Nacidas del pudor a la verdad oficial imperante? ¿O, más bien, del cálculo por la posición política ocupada?… Puede que de la astucia o de la inteligencia a secas. De todo debe de haber. Pero, nazca de donde nazca esa prudencia, se comprueba cada día que es el más eficaz de los somníferos de los que el nacionalismo se aprovecha para tener congelada la protesta social contra sus excesos. "El miedo guarda la viña", dice un refrán castellano. La "prudencia intelectual" en Cataluña deja hacer al nacionalismo y desactiva a quienes lo sufren. Es su arma más sofisticada y cruel: hacer creer culpables a sus víctimas. Alto precio a pagar, justificado por parte del catalanismo lingüístico por el capital moral acumulado durante los años del franquismo, que ha pasado a cobrar en la etapa democrática, en su calidad de víctima.  Todo aval se acaba si se abusa de él. Todavía no en Cataluña. El estatuto de víctimas alimenta la prudencia intelectual, ésta deja hacer al nacionalismo y paraliza a quienes soportan sus consecuencias. Desde hace años, la disidencia es rehén de un laberinto de conceptos, opiniones, lugares comunes y siglas históricas que nombran lo que ya no son. "Continuaremos suponiendo a Dios –decía Nietzsche– mientras sigamos creyendo en la gramática". Seguirá aturdida y subyugada en Cataluña mientras no ponga en cuestión los dogmas conceptuales que el nacionalismo ha impuesto o depuesto, según su conveniencia: "inmersión", "doble red escolar", "lengua materna", "hecho diferencial", "España", "lengua propia", "inmigración", "autodeterminación", etcétera. Seguirá flagelándose mientras siga "creyendo" que detrás de las siglas de algunos partidos y sindicatos están sus sueños progresistas y no sus carceleros.  No es capaz de admitir que buena parte de nuestra clase política vive en una nación frustrada; o sea, envenenada por ser, ansiosa por encontrar disculpas que la justifiquen, encabronada por una realidad que la niega, dispuesta a consumar el engaño utilizando valores y reivindicaciones loables, nobles, democráticas; con todo el cinismo del mundo, sin un maldito amago de vergüenza.  Perdidos en esa telaraña de conceptos, cada atrevimiento se frustra por temor a desagradar al señor de la viña: no se debe decir esto, nombrar lo otro, remarcar lo evidente. Y todo esto, en el mejor de los casos. En el peor, el disidente, presionado por el ambiente estético nacionalista, se desdibuja en la defensa de sus convicciones más profundas y utiliza descalificaciones propiamente nacionalistas contra sus propios compañeros de disidencia. Es la consecuencia del excesivo pudor que siente ante la liturgia estética de auditorios llenos de "progres" estancados en reivindicaciones biempensantes, como si el mundo acabara en las leyendas universitarias de su generación. Con esa actitud mezquina vende a sus propios compañeros, refuerza las descalificaciones nacionalistas al uso, pero sobre todo se hace esclavo de su propia mediocridad al traicionarse a sí mismo.  Así, a costa del desprestigio de sus propios compañeros, construye su respetabilidad. Se siente a salvo, fuera de la satanización nacionalista, sin más porvenir que ir renunciando cada día un poquito más a sus propias convicciones. La vergüenza de la madre soltera de antaño nos recuerda la condescendencia que suscitan estos personajillos amordazados por la presión de esta época. Tomar conciencia de esta ingratitud contra uno mismo podría constituir el principio del fin del caciquismo nacionalista. La disidencia ha de tener el valor intelectual de romper la baraja. Crear espacios para poder respirar. Se han enquistado demasiados conceptos demonizadores en el imaginario popular, causantes directos de sutiles complejos. Han minado sus referencias ideológicas, culturales, lingüísticas, nacionales e internacionalistas, han ocupado todo el territorio mental e ideológico. Juegan siempre en campo propio. Atreverse a colectivizar esa hegemonía la obligará a vivir a la intemperie. Pero proseguir en su consentimiento la hará un poco más esclava cada día.  Es preciso nombrar lo denostado: debería hablar de bilingüismo, de pluralidad, de mestizaje, de tolerancia; de izquierdas y derechas; debería nombrar a España y no dejarse acomplejar por utilizar democráticamente los colores de la bandera constitucional. Debería incorporar a su lenguaje la legitimidad de conceptos como república, federalismo, ciudadanía… Debería hacer referencias a las lenguas de Cataluña cuando hablemos de lengua propia. Es preciso defender lo evidente, recuperar el español como lengua común. Esas minas virtuconceptuales que la frenan cederán espacio a cada atrevimiento, y cada espacio conceptual liberado obligará al nacionalismo a rebatirla con argumentos, no a descalificarla con insultos. No hay que tener miedo a ser contundentes. El problema no está en la radicalidad de los conceptos utilizados, sino en la naturaleza de los pensamientos que los nutren. Demasiadas veces se ha confundido la contundencia con la defensa de posturas antidemocráticas, o con la violencia, ese camino impaciente del apresurado que lo quiere todo ahora porque es incapaz de apreciar la complejidad de la vida o dudar de sus propias convicciones. Ahí no hay contundencia, determinación o ausencia de complejo; ahí sólo hay intolerancia, cutrez, autoritarismo y en algún caso fascismo.  El marco de la contundencia debe ser rigurosamente democrático. Sin excepción alguna. Pero, dentro del Estado Democrático, "la convivencia a cualquier precio –lo diré con palabras de Francesc de Carreras– es indignidad".  Empezando por el derecho a poder decir en palabras razonables lo que nuestro corazón siente: hablar de tolerancia es respetar y atreverse a convivir con el que no piensa como tú sin renunciar a denunciar aquello que nos parece indecente, exigir el bilingüismo es crear las condiciones para que la sociedad catalana entera lo sea sin traumas, no utilizarlo como coartada para marginar a aquellos ciudadanos que nunca pudieron dominar una de las lenguas. Nombrar a España es ejercer el derecho a construir una nación de ciudadanos, compatible con las aspiraciones ideológicas, religiosas, económicas, culturales, lingüísticas, etcétera, de cada uno de los ciudadanos que la componen. Y en todo caso, disfrutar del derecho a sentirse como cada uno quiera en la misma proporción que lo disfruta quien únicamente admite la nacionalidad catalana. Españas ha habido muchas. Nosotros tenemos derecho a la nuestra: un Estado de Derecho donde el ciudadano sea la referencia moral y política por excelencia y cuya estructura aspire a fundirse en un mundo sin fronteras. Existen razones objetivas para confiar en la bondad y acierto de estos pensamientos. Hace cinco años [recuerde el lector que esta reflexión data de 1997] era imposible ser una persona decente si se defendían posturas lingüísticas distintas a las nacionalistas. Hoy sólo son ciudadanos discrepantes. Los únicos perjudicados han sido los psiquiatras. Por Antonio Robles  antoniorobles1789@hotmail.com

Libertad Digital, suplemento Ideas, 16 de mayo de 2006

 

Sin sexo y sin cultura

 “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. El ya viejo programa de Alfonso Guerra, formulado en los años 80, se está materializando ahora de forma silenciosa con los nuevos derechos que consagran los estatutos de autonomía. El blindaje de competencias, el sistema de financiación y las políticas lingüísticas nos tienen muy ocupados. No es para menos. Pero están pasando inadvertidos los modelos de convivencia auspiciados por los nuevos estatutos, que son auténticas constituciones. Merece la pena bucear en el texto del proyecto de reforma del Estatuto de Andalucía porque contiene algunas sorpresas. En el artículo 35, bajo el título Orientación sexual, se establece que “toda persona tiene derecho a que se respete su orientación sexual y su identidad de género”. El respeto a la orientación sexual de cada ciudadano es, sin duda, algo que una norma de referencia debe tutelar. Pero las tres últimas palabras del artículo van más allá y suponen una gran conquista de la ideología que durante las últimas décadas ha venido intentando destruir el valor de la diferencia sexual. La ideología del género teoriza que no hay sexos, que las fisonomías diferenciadas son un producto de las circunstancias. Cada persona, a través de opciones sucesivas, se adscribe a uno de los números géneros (homosexual, bisexual, heterosexual... la lista está siempre abierta). Es una concreción más de una cultura en la que el deseo de felicidad se expresa como una revuelta violenta contra la fisonomía con la que cada uno ha venido al mundo. La identidad que nos viene dada es, por fuerza, considerada algo malo y algo que nos limita, algo de lo que tenemos que librarnos. La única identidad que nos vale es la que podemos construir con nuestra voluntad. La revuelta contra la identidad sexual recibida tiene un paralelismo con el rechazo de la tradición cultural en la que se ha nacido. No se aceptan los valores de referencia en los que uno se ha criado, no se utilizan como punto de partida para desarrollar la personalidad de cada uno y para desarrollar un proyecto comunitario. En lugar de poner a prueba esa tradición, se relativiza a través de un multiculturalismo que confiere el mismo peso, es decir, ninguno, a todas las hipótesis. El artículo 37 del proyecto de Estatuto de Andalucía, el que define los principios rectores, establece que “los poderes de la Comunidad Autónoma orientarán sus políticas públicas para garantizar (…) la convivencia social, cultural y religiosa de todas las personas en Andalucía y el respeto a la diversidad cultural, de creencias y convicciones, fomentando las relaciones interculturales con pleno respeto a los valores y a los principios constitucionales”. Afortunadamente, no se ha introducido el término multiculturalidad. Es absolutamente necesario que se tutele el respeto a las creencias de todos. Pero sin haber formulado alguna referencia –como hizo Jefferson en la constitución estadounidense al consagrar el derecho a la felicidad-, es fácil que este precepto sirva para argumentar que todas las culturas tienen el mismo valor. Sin sexo y sin una cultura que sirva de hipótesis, el deseo de felicidad que Jefferson elevó a categoría constitucional fácilmente se extravía.  Fernando de Haro  Páginas Digital, 17 de mayo de 2006