Cómo persuadir a los nuevos líderes palestinos para que renuncien al terrorismo
Publicado en American Review por Clifford D. May / Miryam Lindberg
American Review, 23-05-2006
Entrevista a Piersandro Vanzan, sj y a Roberto Bertacchini, autores de un estudio
ROMA, martes, 9 mayo 2006 (ZENIT.org).- El último número de la revista «Studium» (n.1/2006), bimestral, publica un ensayo que ha tenido un fuerte impacto en Italia, titulado «La cuestión islámica», en el que se analizan temas como el terrorismo fundamentalista, la inmigración, el antisemitismo, las diferencias entre occidente y el mundo árabe, el diálogo religioso, y los virtuales escenarios futuros.
El ensayo lo firman Piersandro Vanzan, jesuita, profesor de Teología Pastoral de la Universidad Pontificia Gregoriana, y colaborador de la revista jesuita de cultura «La Civiltà Cattolica», y Roberto A.M. Bertacchini, investigador y colaborador de Vanzan.
«Studium», publicación cultural católica, fundada en Florencia en 1906, que fue primero órgano de la Federación de Universitarios Católicos Italianos (FUCI) y posteriormente, en 1933, del naciente Movimiento de Licenciados de Acción Católica, ha contado en su historia con colaboradores de la talla del entonces monseñor Giovanni Battista Montini, luego Pablo VI.
En esta entrevista concedida a Zenit, los autores del ensayo subrayan que «el contacto con el islam subrayará las contradicciones y los evidentes límites del pensamiento laicista, por lo que se agudizará la brecha entre laicistas miopes y laicos con amplitud de miras».
--En su artículo, sostienen que el terrorismo, el odio antioccidental y antijudío, y la inmigración, son parte de un proyecto global para la islamización de Europa. En este sentido, afirman que «la islamización de occidente, no es un fantasma ni un temor, sino una intención». ¿Pueden explicar por qué dicen esto?
--Bertacchini-Vanzan: En el artículo que usted cita, argumentamos ampliamente el tema. En breve, podemos decir que el islam de hoy es una reacción fundamentalista a occidente, nacida a partir de los años veinte, y que tras la segunda guerra mundial se agrava por el cambio de la situación política en Palestina. Lamentablemente, el islam percibe a occidente como una amenaza mortal, independientemente del tema de la presencia de tropas estadounidenses en Irak.
A gran parte del mundo islámico no le gusta que el cine y la televisión enseñen modos de vivir y modelos opuestos a los islámicos. No se trata sólo de mujeres en minifalda, sino de la presentación de una sociedad basada en principios opuestos: por ejemplo de igualdad formal entre sexos, religiones, libertad de elección del estado civil, etc.
Y todavía menos gusta que las chicas musulmanas europeas elijan a su compañero sin el consentimiento de los padres o los hermanos, que no lleven el velo, que a lo mejor elijan la profesión médica, o la de juez o soldado, y cosas así. Estas decisiones repercuten en los familiares, sobre todo los más jóvenes, que se quedaron en los países musulmanes de origen.
Si no se dialoga sobre esto, estas decisiones acabarían por resquebrajar la solidez de instituciones sociales más que milenarias. Y por ello, gran parte del islam --obviamente no faltan excepciones--, de forma no oficial, reacciona y fomenta, o por lo menos aprueba, tanto las guerras regionales --desde Filipinas a Chechenia, desde Nigeria a Yugoslavia--, como los actos terroristas --desde extremo Oriente a Nueva York--, detrás de los que hay, necesariamente, una poderosa máquina organizativa, financiera e ideológica.
En este contexto global, asume una gran importancia no sólo el peligroso asunto iraní, sino la perspectiva de una lucha a muerte contra Israel. Un objetivo que no se puede lograr sin golpear o por lo menos neutralizar el papel estratégico de Europa. De ahí la importancia de su islamización.
--También afirman que hay imames moderados, pero que el islam en su conjunto es de algún modo incompatible con las democracias liberales, por la aceptación parcial de los conceptos de libertad y de derechos humanos. ¿Podría darnos algún ejemplo?
--Bertacchini-Vanzan: Un ejemplo de imam moderado es uno de Londres, entrevistado por Michele Zanzucchi en el libro «El islam que no da miedo». Lamentablemente, ese imam ha muerto hace poco, y no conocemos otros moderados de ese nivel.
En cuanto a la libertad, habría mucho que decir. Por ejemplo, las jóvenes cristianas mantenidas como esclavas, incluso para uso sexual, en el alto Egipto, cuya existencia ha documentado muy bien el periodista Antonio Socci. Afortunadamente, hay una organización estadounidense que tiene el objetivo de liberarlas e incluso han obtenido cierto éxito, pero muchas permanecen sin redimir.
Y luego existen auténticas situaciones de persecución, de las que habla Samir Eid, que llegan a transformar la sociología religiosa de naciones enteras, con una depuración progresiva y una islamización forzada de los cristianos.
El drama en Darfur (Sudán) sigue siendo emblemático. Y no están mejor los islámicos que se permiten diferir abiertamente de la línea ideológica fundamentalista. Los periodistas Magdi Allam y Oriana Fallaci han documentado suficientemente estos casos. ¿Nombres? Farag Foda, asesinado en Egipto en 1992; Mahfuz, premio Nobel, apuñalado casi mortalmente en 1994; Rashid Boudjedra, encarcelado varias veces; M. Boukobza, asesinado en Argelia; Taslima Nasreen condenada a muerte, y podríamos seguir.
--Hablan también de la «necesidad de una gran autocrítica en cuanto a las relaciones con el islam, que abandone el "buenismo" ciego y suicida», y se proponga una estrategia de diálogo y de tolerancia con un objetivo. ¿Pueden explicar cómo desarrollar una estrategia de este tipo?
--Bertacchini-Vanzan: Sobre este tema, consideramos más prudente esperar las orientaciones de Benedicto XVI. Nos gusta ser coherentes con lo que dice el Papa. Pero, en general, hay que admitir que, tras el Concilio Vaticano II, se ha dialogado bastante pero con escasos resultados. Y juntos debemos reconocer que muchos católicos se han quedado atrapados en la retórica del diálogo en sentido único, sin reciprocidad.
Un caso bastante positivo es el de los focolares que a menudo han logrado buenas relaciones tanto con creyentes de otras religiones como con no creyentes. Los casos negativos son en cambio aquellos en los que los católicos son simplemente instrumentalizados pero no reciben contrapartidas significativas en respuesta a su apertura. Y esto, lamentablemente, sucede continuamente por ejemplo cuando se pretende abrir grandes mezquitas en Europa, pero se niega el permiso para poder construir aunque sea una capillita en Arabia Saudita.
--En la última parte de su ensayo, afirman que el «islam de hoy presenta a Europa el problema del reconocimiento civil de su identidad». ¿Qué quieren decir, que Europa debe volver a ser profundamente cristiana y fautora de aquél humanismo cultural y espiritual que ha iluminado al mundo durante siglos?
--Bertacchini-Vanzan: Bueno, hay que ser realistas. Auspiciar vueltas al pasado es ingenuo. En cambio, hay que trabajar por un futuro socialmente más sereno. Y el punto clave es que esto no es posible basándonos en las posturas ingenuas de algunos laicistas, ni en la postura de demasiados católicos resignados a la islamización de Europa.
El concepto de estado multiétnico no coincide con el de sociedad intercultural. Este tema exigiría otra entrevista. De todos modos, un punto es cierto: las civilizaciones y las religiones no son como los números que siempre admiten un máximo común divisor. De hecho, algunas son entre sí inconmensurables. La idea de tolerancia se ha desarrollado en Europa porque se conjugaron lo mejor posible --aunque con muchos esfuerzos--, las raíces (ascendencias/herencias) bíblicas con los frutos de la modernidad. Pero este esquema no es transferible sin más a cualquier contexto sociopolítico.
En resumen, en este artículo queríamos decir que el contacto con el islam pondrá en evidencia las contradicciones y los evidentes límites del pensamiento laicista, por lo que se agudizará la brecha entre laicistas miopes y laicos con amplitud de miras. Estos últimos, serán capaces de esa autocrítica en la que los primeros ni siquiera quieren pensar, y llegarán a una confrontación serena y fecunda con el mundo católico. Es decir, con su parte todavía tendencialmente sana y fiel al Papa. «Quod est in votis», al menos por nuestra parte.
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No obstante, recordemos que el 9 de agosto de 2005 el jefe del Estado, el ayatolá Alí Hoseini Jamenei, emitió una fatwa (en el Islam, un pronunciamiento legal emitido por un especialista en ley religiosa sobre una cuestión específica) que prohibía la producción, almacenamiento y uso de armas nucleares. Un tira y afloja propio de una política de desconcierto.
El pasado 30 de marzo se celebró en Berlín una reunión de alto nivel entre los representantes de Asuntos Exteriores de China, Francia, Alemania, Rusia, el Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Europea. La declaración final, un tanto farragosa, incluía lo siguiente:
"Seguimos muy preocupados por lo que respecta al programa nuclear de Irán y el fracaso de Irán para dar los pasos que la OIEA le solicitó en su resolución de 4 de febrero, incluida la suspensión de todas sus actividades sobre enriquecimiento de uranio, investigación y desarrollo (...) Todos nosotros reconocemos el derecho de Irán, que bajo el TNP queda legitimado para desarrollar un programa nuclear civil seguro y sostenible (...) Y urgentemente pedimos a este país que busque una solución diplomática y que suspenda todas sus actividades de enriquecimiento de uranio, que permita un retorno a la mesa de negociaciones".
Irán se convirtió en república islámica en 1979, fecha a partir de la cual fuerzas clericales conservadoras, encabezadas por el ayatolá Ruhollah Jomeini, establecieron un sistema de gobierno teocrático que empezó a enseñar los dientes el 4 de noviembre de 1979, cuando un grupo de estudiantes tomó la embajada de los Estados Unidos en Teherán y retuvo rehenes hasta el 20 de enero de 1981. A partir de aquel momento Jomeini estableció un Consejo Revolucionario Islámico para expandir el movimiento fundamentalista, apoyando logística, económica y políticamente a grupos terroristas radicales que habían permanecido relativamente aletargados hasta entonces.
Actualmente, parece ser que son 20 los campos de entrenamiento para terroristas dirigidos por Irán, de la mano de su elitista Fuerza Qods del Cuerpo de Guardias Revolucionarios Islámicos, según informaciones facilitadas por uno de sus agentes, que ha desertado hace unas semanas del país. Este agente, que dio cuenta de los 20 centros terroristas ubicados en Irán, informó también de que parte de los miembros recientemente reclutados provienen de Irak y de Palestina, pero también de África del Norte, del Golfo Pérsico y del Sureste Asiático. Otros campos de entrenamiento de los guardias revolucionarios se encuentran en el Líbano oriental, en Baalbek, en el valle de la Bekaa, donde normalmente se entrenan los terroristas de Hezbolá.
Con este panorama, no es de extrañar que preocupe el hecho de que Irán fabrique armas atómicas. Su programa nuclear comenzó durante la Guerra Fría, de la mano de unos acuerdos bilaterales firmados con EEUU, lo que llevó al establecimiento de un Centro de Investigación Nuclear en Teherán en 1959. La colaboración con EEUU durante los años 70 fue muy intensa, de tal modo que Washington estaba dispuesto a ayudar a Irán para el desarrollo de tecnologías relacionadas con el enriquecimiento del uranio y plantas de elaboración, dos puntos clave para la fabricación de armas.
Con la revolución islámica el programa nuclear entró en un período de estancamiento, especialmente porque Jomeini deseaba huir de toda influencia occidental. Esta actitud llevó al exilio a miles de científicos, ingenieros y profesionales en general y dejó al descubierto la vulnerabilidad técnica del país, cuando Irak lo invadió (1980) y Sadam Husein atacó con armas químicas (diversas fuentes bibliográficas informan de que en 1984, a petición de Irán, una inspección internacional verificó que eran obuses llenos de gas mostaza fabricados por la empresa española Expal, Explosivos Alaveses) y misiles balísticos; además, bombardeó varias veces los reactores de la central de Bushehr, que se hallaban en una fase muy avanzada gracias a la colaboración de Alemania. La guerra con Irak, conocida como Primera Guerra del Golfo, duró hasta 1988.
A raíz de estos acontecimientos, Jomeini cambió de estrategia en el asunto nuclear y pidió –y recibió– la colaboración de Pakistán y de China en su nuevo programa. También envió a miles (se cree que cerca de 17.000) de estudiantes a centros extranjeros. En 1988 el presidente, Alí Akbar Rafsanjani, pidió públicamente a los científicos iraníes en el exilio que regresaran. Fereydun Fesharaki, que parece ser había dirigido el programa secreto de armas nucleares bajo el régimen del sha Mohamed Reza Pahlevi, regresó a Teherán, tras pagarle el Gobierno todos los gastos.
El impulso dado por Rafsanjani a la educación universitaria, a través de incentivos económicos y el fomento del sentimiento patriótico, lo continuó Seyyed Mohamed Jatami, y en la actualidad los programas relacionados con la investigación nuclear se hallan integrados en tres universidades: la Amir Kabir, la de Teherán y la Tecnológica Sharif, que, según fuentes de inteligencia, sirven de cobertura para obtener material e información aplicable a la fabricación de armas nucleares, especialmente la Sharif.
Irán tiene en funcionamiento 23 centros nucleares experimentales y de investigación. Francia y Alemania suscribieron importantes acuerdos de cooperación técnica en el campo nuclear en la época del Sha, acuerdos que fueron paulatinamente suspendidos durante los años 80. Es de destacar el dramático contencioso que Irán tuvo con Francia cuando ésta dejó de suministrar el uranio comprometido, y que se tradujo en una ola de atentados durante los años 1986-87 (envueltos en densas cortinas de humo), entre los que se cuentan la toma de rehenes franceses en el Líbano por parte de Hezbolá y el misterioso asesinato de Georges Besse, director de la sociedad Eurodif, que suministraba el material.
Alemania, que también había colaborado activamente hasta 1979, a través de la empresa Kraftwerk-Union, en la puesta en marcha de los reactores de Bushehr, retomó hace un par de años sus acuerdos bilaterales en los campos tecnológico y científico, habiendo suscrito uno específico en el sector energético.
Rusia, vecina de Irán, con costas comunes a lo largo del mar Caspio, es el aliado más importante de Teherán desde 1994. Ha colaborado activamente en la terminación y puesta a punto del reactor de Bushehr y en la formación técnica de científicos e ingenieros iraníes (en importantes instituciones como el Instituto de Física de la Ingeniería de Moscú, la Universidad Estatal de Moscú, la Universidad Técnica Bauman y el Instituto de Investigación Nuclear de Obninsk).
No obstante, Vladimir Putin aparenta hacer equilibrios, para estar a bien con Irán y con Estados Unidos, que, a cambio de ofrecerle interesantes acuerdos comerciales, le presiona constantemente para que deje de colaborar con los iraníes en su programa nuclear y de misiles, cooperación que aporta a Rusia miles de millones de dólares.
El 18 de febrero de 2005, en una visita realizada a Moscú, el máximo responsable del programa nuclear iraní, Hassan Rohani, dijo públicamente: "Moscú podría jugar un papel importante en las conversaciones de Irán con el Reino Unido, Francia, Alemania y los países de la Unión Europea". Estas declaraciones se unen a las halagadoras palabras que la prensa de Teherán dedica a su vecino ruso, cuyo compromiso lo considera un "factor clave" frente a los Estados Unidos e Israel.
Los tres centros nucleares más importantes son el de Natanz y los menos conocidos Arak y Lashkar-Abad, parte de cuyas instalaciones son subterráneas. Se sospecha que los dos últimos se dedican también al enriquecimiento de uranio, y que el primero puede tener un reactor de agua pesada para la producción de plutonio 239.
Con respecto al programa nuclear, es posible que para dentro de un año habrá en Natanz unas 5.000 ultracentrifugadoras, para cuya puesta a punto se necesitan unos tres años. Durante este tiempo pueden ir obteniendo pequeñas cantidades de uranio enriquecido. Con 2.000 ultracentrifugadoras se pueden obtener anualmente 20 kilos de uranio enriquecido al 94%, suficiente para fabricar una bomba atómica al año.
La cuestión es compleja, y existen diversas opiniones. Algunos expertos sostienen que los científicos iraníes no podrán desarrollar completamente este programa debido a las presiones internacionales, ya que, además, al haber ratificado Teherán el TNP el 2 de febrero de 1970, los inspectores vigilarán con mucho detalle que ese enriquecimiento no se produzca a más del 3%, que es el empleado para la energía eléctrica pero que no vale para las bombas atómicas. Otros expertos creen que, bien en Natanz, en Arak o en Lashkar-Abad, irán produciendo uranio enriquecido para las bombas empleando una política de distracción, confusión o engaño.
El 15 de abril Libertad Digital publicaba que miles de terroristas estarían disponibles para actuar en contra de intereses norteamericanos y británicos si Israel atacase las centrales térmicas de uranio en Irán. Esta nueva provocación no beneficia a nadie. No olvidemos que la arrogancia y fanfarronería de Sadam Husein fue el motivo, al menos aparente, que provocó la destrucción de Irak, el Enemigo Público Número Uno de Irán. Hemos visto cómo la neutralización de la nación iraquí y la ridiculez de la diplomacia occidental han dado unas alas asombrosas a las autoridades de Teherán, cuyo apoyo al terrorismo les vincula a países de la zona como Siria y Arabia Saudita, en su odio común a Israel.
Con respecto a este odio, y la permanente amenaza y constante presión psicológica ejercida sobre los israelíes, hace poco unos científicos del centro israelí Soreq de investigación nuclear me decían: "Cuando llegas a vivir durante tanto tiempo con un miedo permanente, llega un momento en que ya no se siente, es como si verdaderamente hubiera desaparecido". Esta actitud les honra, más teniendo en cuenta la flagrante amenaza por parte de la Autoridad Nacional Palestina, que, con Hamas al frente de su Gobierno, se ha responsabilizado sin pudor alguno del último atentado en Tel Aviv (17 de abril), con nueve personas asesinadas, más el terrorista suicida.
Si las apariencias engañan o, en su versión más drástica, nada es lo que parece, en cuestiones políticas estas palabras se quedan cortas; y si esas cuestiones políticas implican gigantescos intereses económicos, entonces el asunto se desborda. Ignoramos la verdad de lo que subyace en estos momentos a la actitud desafiante de Irán, aparte el hecho de que se han disparado los precios del crudo. Lo que sí sabemos es que Oriente Medio vive una gravísima desestabilización, dentro de la gran inestabilidad heredada de la Guerra Fría. Desestabilización preocupante, anclada en la pobreza y en la ignorancia de millones de personas que, manipuladas por estos gobiernos terroristas, pueden provocar mucho daño.
Natividad Carpintero Santamaría, profesora de la Universidad Politécnica de Madrid y miembro de la Academia Europea de Ciencias.
Libertad Digital, suplemento Exteriores, 2 de mayo de 2006
La jurisprudencia suní shafii, una escuela de la sharia extendida por los países árabes y el sureste de Asia, define la apostasía como el hacer burla de la religión, más que como abandono de la misma o adscripción a otra, y recomienda repetida piedad y oportunidades para corregir los supuestos errores. La escuela malikí, establecida en el noroeste de África, es severa con aquellos que cambian de religión y exige la pena capital. Esto puede que sea debido a la historia de la España islámica: cuando un territorio pasaba de manos musulmanas a cristianas, los conversos al islam volvían al cristianismo.
He constatado personal y extensamente la existencia de costumbres islámicas en las que la fe de Mahoma se ha fusionado con elementos cristianos (en los Balcanes), con el budismo y el chamanismo (en Asia Central) y con tradiciones religiosas locales (en Indonesia). En los dos primeros casos, el sincretismo o fusión religiosa no suscitó las críticas de los principales clérigos musulmanes, que consideraban un fenómeno natural la porosidad de las fronteras entre credos. En cambio, en Indonesia los clérigos, influidos por la secta wahabí de Arabia Saudita, han predicado contra tales variaciones del patrón suní, y recientemente han incitado a la violencia contra quienes se desvían de su senda.Bajo los grandes imperios musulmanes, las acusaciones de apostasía a menudo eran pretextos para la censura de la disidencia política e intelectual, y así es como se usan hoy, típicamente, tales acusaciones en países como Arabia Saudí, Irán, Egipto o Pakistán. Según la escuela hanafí, que prevalece desde los Balcanes hasta la India, el profeta Mahoma advirtió contra las acusaciones de apostasía. El Profeta, se dice, opinaba que, cuando un musulmán acusa a otro de infidelidad, aquél es el infiel.
Las acusaciones de apostasía o falta de fe continuaron siendo principalmente un asunto político hasta el siglo XVIII y el ascenso de los wahabíes, que practicaron el takfir, la acusación de apostasía, contra todos los musulmanes que rechazaban sus doctrinas, pero especialmente contra los chiíes y los sufíes, o musulmanes espiritualistas. Lo más seguro es que acompañaran tales acusaciones con sentencias de muerte, expolios y la esclavización de las mujeres capturadas.Semejantes términos han emergido hoy en la marginalidad del discurso islámico americano; literalmente: "Hemos dado órdenes a los soldados de Dios para que adoren a Dios vertiendo su sangre y quemando sus casas [las de los supuestos apóstatas]... Sus mujeres tienen que ser secuestradas, sus hijos esclavizados y su dinero confiscado".
Este lenguaje brutal aparecía en una acusación de apostasía, con amenazas de muerte, emitida el 10 de abril por un grupo, aparentemente egipcio, denominado Partidarios del Mensajero de Dios [Mahoma]. En la lista de condenados se encuentra el imán Ahmed Subhy Mansour, un disidente islámico egipcio radicado en Virginia y fundador, junto conmigo, del Centro por el Pluralismo Islámico (CIP), una institución que defiende el islam moderado.Subhy Mansour no es un apóstata del islam. Ni ha renunciado a la religión ni ha negado precepto esencial alguno. Es un crítico de las tradiciones suníes. No estoy de acuerdo con algunas de sus opiniones acerca de la historia del islam, pero éstas no tienen nada que ver con las cuestiones básicas de la fe, y por tanto no pueden considerarse como base para una acusación de apostasía. Las opiniones de Subhy Mansour son controvertidas, pero ciertamente están dentro de las normas del debate islámico.
Teniendo en cuenta la división suní-chií y la influencia wahabí, las acusaciones de apostasía han llevado a una horrible pérdida de vidas en Irak. Entre los suníes ha echado a andar un movimiento que busca erradicar la práctica del takfir. La acusación de que todos los musulmanes excepto los wahabíes son infieles es más que una postura teológica; también promueve la mentalidad elitista que todo movimiento extremista necesita para reclutar adeptos y mantenerse.Sin embargo, las conversiones del islam al cristianismo continúan siendo un asunto de capital importancia en el amenazante choque de civilizaciones. Al margen de la libertad religiosa en Arabia Saudí, que es una necesidad acuciante, las autoridades musulmanas habrán de impulsar, mediante una larga serie de coloquios de altura, un consenso islámico, con actitudes contemporáneas, sobre la libertad de conciencia religiosa.
No existe una respuesta simple a estas cuestiones. Aún así, la intención de la lista de la muerte del 10 de abril no era aclarar opiniones religiosas, sino intimidar a los disidentes. Esto no tiene que ser tolerado por las autoridades occidentales, que tienen que prestar asistencia a los amenazados por tal agresión, especialmente a aquellos que residen en países democráticos.Stphen Schwartz (Suleiman Ahmed Schwartz), director ejecutivo del Centro por el Pluralismo Islámico, la principal institución con que cuenta el islam moderado, y autor de The two faces of Islam (Doubleday). Libertad Digital, suplemento Ideas, 26 de abril de 2006
El caso del afgano Abdul Rahman, común a tantos otros de conversos islámicos, evidencia el problema de la violación sistemática de los derechos humanos en el islam. Si la sharía mata a un hombre que cambia de religión, debe ser condenada y no se puede poner como principio inspirador de leyes, en cuanto destruye todo ideal de convivencia y se contradice con la declaración de los derechos humanos de la ONU, aprobada en 1948 por casi todos los países musulmanes.
Abdul Rahman, el afgano que se convirtió del islam al cristianismo, ha sido excarcelado con un “truco” jurídico: se le ha considerado demente y, por lo tanto, incapaz de seguir el juicio. Ha podido así evitar la pena de muerte que la sharía reserva a los apóstatas. Pero su caso es sólo uno entre las decenas de miles cada año. Sólo en Egipto cada año hay al menos 10.000 musulmanes que se convierten al cristianismo. Al mismo tiempo, hay al menos 12.000 que se convierten en musulmanes.
El fenómeno de las conversiones al cristianismo desde el islam inunda todo el Medio Oriente y el mundo. La violencia fundamentalista que caracteriza el mundo musulmán actual empuja a muchos de ellos a preguntarse: ¿viene realmente de Dios una religión tan violenta? ¿Pero qué situación les espera a estos ex-musulmanes? La fuga, el escondite, la inmigración.
Un amigo mío que ha querido bautizarse tuvo que huir de sus amigos universitarios porque un día se dieron cuenta de que tenía un evangelio de bolsillo en su habitación. Cuando empezaron a amenazarlo de muerte huyó, dejando sus estudios universitarios.
La solución encontrada en Afganistán es la mejor solución, pero de compromiso. Debe servirnos para hacernos una pregunta radical: ¿qué tiene prioridad en el islam, los derechos humanos, reconocidos internacionalmente, o la sharía islámica? ¿Y si la sharía está en contra de los derechos humanos, no es hora de que la comunidad internacional la condene? Y si la sharía está inscrita -como dicen los fundamentalistas- en el Corán, es que hay dos alternativas: o el Corán niega los derechos humanos, o se debe volver a leer para limpiarlo de las incrustaciones falsas y violentas.
Islam: ¿política o religión?
Según la ley afgana, Abdul Rahman tenía que ser ejecutado porque es un apóstata. La sharía está basada en el Corán y en la tradición islámica de los hadices (los dichos y los hechos de Mahoma). En el Corán se habla en 14 versos de aquél que reniega de la fe islámica. En siete no hay una alusión al castigo; en los otros siete se alude a un castigo, pero no durante la vida presente, sino en el más allá. En uno se habla del fuego eterno; en otro de la maldición de Dios, de los ángeles y de los hombres; en otro de los casos se habla de un castigo “doloroso”. Sólo en un verso del Coran (llamado “del arrepentimiento”, 9,74) viene prescrito un castigo doloroso.
Según los juristas musulmanes, para decretar la pena de muerte se requiere la decisión (instrucción) explícita del Corán (la hudud). Si no se encuentra en el Corán, se puede basar en los hadices. Uno de estos hadices, uno de estos dichos de Mahoma -uno solo- afirma que se debe ejecutar a una persona por tres tipos de pecado, uno de los cuales es la apostasía.
Históricamente hablando, el término “apostasía” se usa por primera vez, de modo ambiguo, después de la muerte de Mahoma. Algunas tribus árabes ya sometidas (islamo, en árabe) a la nueva fe, se “echaron atrás” (irqed, el mismo verbo que apostasía). Abu Bakú, el primer sucesor, intenta detenerlas, y con el temor de que otras tribus se “echen atrás”, las combate. Muchos de los compañeros del profeta estaban en contra de esta decisión. Pero después de que Abu Bakú devolviera las tribus rebeldes al seno del islam, todos la aprobaron. Desde entonces, este término ambiguo, “echarse atrás, volver atrás”, se aplica a todos aquellos que intentan abandonar la familia del islam.
En el Corán hay algunos versos (cap. II, v. 191-193) que todos usan para estos casos, uno en especial con palabras muy peligrosas: “Matar a los enemigos de Dios dondequiera que los encontréis, expulsarlos de donde os han expulsado a vosotros. Ya que -y aquí viene la palabra peligrosa- la sedición o la subversión es peor que la misma ejecución”. Y en el v.193: “Combatirlos hasta que no haya más subversión o sedición y la religión sea aquella de Dios”. Esta palabra clave, “subversión” (en árabe fifnah), es la palabra usada en todos los casos para justificar la ejecución. En Irán se usa también para combatir a los homosexuales. Ejecutar a un subversivo es considerado “un mal menor” frente a la “subversión” que, difundiéndose, puede llegar a ser un fenómeno peligroso.
Muhammad Chalabi, el jefe de Al Ahzar, decía en los años 50: “No obligamos al apóstata a volver al islam para no contradecir la palabra de Dios que prohíbe cualquier obligación en la fe. Pero les dejamos la oportunidad de volver voluntariamente. Si no vuelve, tiene que ser ejecutado porque es un instrumento de sedición (fifnah) y abre la puerta a los paganos para atacar al islam y para sembrar la duda entre los musulmanes. El apóstata está entonces en guerra declarada contra el islam aunque no levante la espada frente a los musulmanes”. En el islam éste es el pensamiento habitual.
La semana pasada en El Cairo, hablaba con algunos musulmanes del caso de Abdul Rahman. Y ellos me respondían que también los occidentales hacen lo mismo. “Supongamos -decían- que uno de vosotros se haya pasado al enemigo y haya comunicado secretos de estado al enemigo. ¿No lo matáis? ¿No se merece un castigo radical? ¡El apóstata ha traicionado a la comunidad!”. Yo respondía: lo que estáis diciendo tiene que ver con el ámbito político, no con el religioso. Además, nosotros, los cristianos, no estamos muy a favor de la pena de muerte.
Mis amigos musulmanes acababan: “La umma (comunidad) se defiende de los ataques contra el islam”. Yo respondía: “Pero Abdul Rahman no ha hecho daño a nadie. Es un hombre pacífico”. Ellos respondían con las mismas palabras que el jefe de Al-Ahzar: “Aunque no levante la espada, el apóstata es un subversivo”.
Vale la pena señalar:
a) El islam se presenta como un camino con un sentido único: se puede entrar pero no se puede salir.
b) En el mundo islámico la cuestión de la libertad de conciencia no importa para nada.
c) El islam se concibe a sí mismo en términos políticos.
Pero aquí se abre una cuestión enorme: si el islam es un proyecto político, un movimiento que usa también la violencia más extrema, entonces debe combatirse de modo político. Y sobre todo, haría falta no llamarlo más religión -un movimiento espiritual que ayuda al hombre a tener paz. De hecho, en el islam hay una gran ambigüedad que sale a relucir cada vez que los musulmanes hablan en términos espirituales (“islam” significa paz (salam), convivencia, tolerancia, etc.,) y al mismo tiempo actúan de un modo político, justificando decisiones violentas.
La sharía está en contra de los derechos humanos
Si la sharía ejecuta a un hombre que cambia de religión, entonces debe ser condenada y no se puede poner como base de constituciones nacionales. Si se pone la sharía como principio inspirador de las leyes, se destruye todo ideal de convivencia, y más aún si se pone en contradicción con la declaración de los derechos humanos de la ONU, aprobada en el 1948 por casi todos los países musulmanes.
El artículo 18 de esta declaración dice: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia o de religión”. Y se precisa: “Tal derecho incluye la libertad para cambiar de religión o credo y la libertad de manifestar individualmente o en comunidad, en público o en privado, la propia religión o el propio credo en la enseñanza, las prácticas, en el culto o en la realización de los ritos”.
Y bien, observemos las noticias que nos llegan de los países musulmanes: todos los días se viola este artículo. En Indonesia se destruyen las iglesias domésticas; en Argelia se prohíbe manifestar en público la fe; en todos los países musulmanes se condena a muerte a quien invita a otro a dejar el islam. El mundo occidental se felicita por el éxito obtenido en el caso de Abdul Rahman, pero el acuerdo conseguido oculta el problema efectivo: las raíces de la violencia en contra del apóstata se encuentran en el Corán y en la tradición islámica, tanto que se puede hablar de incompatibilidad entre los derechos del hombre y los derechos previstos por el Corán.
La conclusión es que ante el mundo islámico es necesaria una decisión: o decir que los textos de la tradición y del Corán son inaceptables, contrarios a la dignidad humana; o bien se tiene que interpretar el Corán eliminando aquellos aspectos de violencia ligados a las situaciones antiguas.
No podemos seguir callados, o continuar hablando del islam de modo ambiguo, definiéndolo como una religión que “habla de paz y de tolerancia”, escondiendo los versos que empujan a la violencia y a las ejecuciones brutales. Tal actitud ambigua es vergonzosa para quien la tiene y para quien se mantiene callado.
Occidente no debe callarse
Digo esto por afecto y simpatía hacia los musulmanes. Tantos amigos musulmanes están en dificultad con los textos del islam y no saben qué decir. Si osan criticar los textos, los acusan rápidamente de apostasía y blasfemia. En el mundo árabe e islámico hay decenas de miles de casos: Salman Rushdie, Taslima Nazrin, Sarag Foda (egipcio que murió asesinado por ser un agnóstico que había criticado el islam); Naguib Mahfuz, que se arriesgó a ser ejecutado en el 95 por apóstata, tanto que debió retractarse. Después está el caso de Nasr Abu Zaid, al cual le han quitado la cátedra universitaria e incluso la mujer, que se ha visto obligada a divorciarse, porque él, condenado como apóstata, no podía tener ya una mujer musulmana. Ambos se han refugiado después en Holanda.
No podemos cubrir todas estas aberraciones diciendo: ¡paciencia, el islam nació muchos siglos después del cristianismo, tiene que hacer aún mucho camino...! ¡Es como decir que el islam es una religión de tontos! En cambio entre los musulmanes hay grandes personalidades, científicos, intelectuales. En realidad, para Occidente ha llegado el momento de decir la verdad para salvar a los mismos musulmanes. Occidente cita cada día los derechos humanos, pero cuando se encuentra con casos como éstos, donde está en juego la ofensa máxima a los derechos humanos, la vida y la libertad de conciencia, los gobiernos occidentales se callan. El caso más típico es el de Arabia Saudí, que viola todos los derechos humanos, incluso los de su pueblo, y nadie dice nada.
Occidente en el mundo islámico ha perdido tanta credibilidad por culpa de actos contra los derechos humanos como las guerras preventivas, las injusticias económicas, la inmoralidad de leyes occidentales, etc... Ha llegado el momento de una decisión: si hay una incompatibilidad entre los derechos humanos y los derechos del Corán, entonces -me sabe mal decirlo- hace falta condenar el Corán; o se debe decir: nuestra comprensión del Corán se enfrenta a los derechos de la persona y de la conciencia, y entonces hace falta cambiar la interpretación. Una cosa es cierta: no podemos quedarnos callados más tiempo. Es precisamente de estos días la decisión de los obispos europeos de dedicar el año próximo al estudio de los problemas del islam en Europa y en el mundo, a las relaciones de la Unión Europea con los países de mayoría musulmana, bajo el aspecto de la justicia internacional y de la reciprocidad. Pero si los países europeos se quedan callados, la “reciprocidad” nunca podrá ser demandada.
Por sí solos los musulmanes no consiguen cambiar. Si Afganistán fuese un estado aislado, sin relaciones con Occidente, Abdul Rahman hubiese sido ejecutado. Los musulmanes con un conocimiento profundo de los derechos humanos son una minoría. El grupo de Amnistía Internacional en Egipto, por ejemplo, edita dos revistas mensuales en árabe, pero no consigue contrarrestar la tendencia fundamentalista. Es necesario que la comunidad internacional intervenga con presiones desde el exterior. En el caso de los derechos humanos no es para nada una intrusión. Hace falta llegar a tomar medidas serias: excluir de la ONU a quien no respeta la carta de los derechos humanos, hacer un boicot económico, etc... Quizás con el boicot algunos países al principio se pondrán aún más duros, pero al final se podrán salvar países y centenares de miles de personas de una terrible opresión.
El problema de los derechos humanos en el mundo islámico no está ligado sólo a la apostasía. También personas que quieren seguir viviendo en el islam son sometidas a presiones sociales inauditas. Un ejemplo: muchas chicas que viven en Egipto hoy se cubren con el velo. Se dice que lo hacen voluntariamente. Pero la presión social es tal que si una chica sale sin velo, todos los vecinos de la casa empiezan a decir: ¿no os avergonzáis? Vuestra hija es una chica sin pudor. Así incluso las mujeres cristianas al final dicen: ¡preferimos ponernos el velo con tal de que nos dejen en paz! La apostasía es la punta del iceberg de un problema enorme: aún hoy en el mundo islámico hay un millar de personas encerradas en una prisión ideológico-religiosa; que les niega sus derechos humanos fundamentales. Esta tortura está alejando a mucha gente de la fe islámica. En Teherán los jóvenes se alejan cada vez más del islam, buscando la verdad en otras religiones: no soportan más esta justificación de la violencia. Quizás es por esto que en Irán los sitios cristianos son censurados u ocultados.
El sufrimiento en el mundo islámico ha crecido con la globalización de la información. Gracias a la televisión, a la radio y a Internet, las ideas de libertad sobre los derechos humanos se difunden y esto aumenta el deseo y la frustración de los musulmanes, que no ven ningún futuro para ellos y para sus familias. Tiene que pasar que quien viva en los países islámicos no sólo encuentre el pan, sino también los derechos humanos. Si Europa no trabaja por esto, todos los discursos sobre la globalización son sólo palabras sin sentido. Callar es una injusticia cometida contra millones de personas. Ha llegado el momento de la denuncia, no para agredir, sino por amor.
http://www.paginasdigital.es/ 18 de abril de 2006
En ABC del 18 de octubre del 2001, se leía que “los servicios secretos, sobre todo los británicos, empiezan a disponer de hechos nuevos, y uno se ha filtrado con cierto margen de seguridad: hay varias cabezas, varios Bin Laden, quizá en veinte países, coordinados, financiados sobre todo, por saudíes, yemeníes y libaneses”.
Índice:
· Una red difusa, multipolar.. y en alguna medida interna.
· La religión islámica tiene algo que ver con esto.
· Los ríos de textos que afluyen al Corán.
· Ante el reto emergente, el servicio a la Verdad.
Una red difusa, multipolar.. y en alguna medida interna.-
En ABC del 18 de octubre del 2001, se leía que “los servicios secretos, sobre todo los británicos, empiezan a disponer de hechos nuevos, y uno se ha filtrado con cierto margen de seguridad: hay varias cabezas, varios Bin Laden, quizá en veinte países, coordinados, financiados sobre todo, por saudíes, yemeníes y libaneses”.
Mejor es enterarse tarde que no enterarse nunca, pero la noticia no es tal, sino historia, y vieja. La sombría e inquietante historia del Islamismo multipolar, de redes diseminadas y centros concurrentes, era ya una certeza hace seis años, cuando Martine Gozlan publicó en París “Pour comprendre l´integrisme islamique”.
Por necesidad de ponerle una cara al enemigo y porque, en este caso, es lo más probable que esté detrás del ataque sufrido por las Torres Gemelas, toda la máquina guerrera y propagandística norteamericana se ha dirigido contra Osama Ben Laden. Pero nos engañaríamos mucho si creyéramos que el integrismo islámico es una especie de red piramidal a cuya cabeza se encuentra el acaudalado saudí.
La trama de intereses y apoyos que sostiene al terrorismo islámico no se parece en nada a aquellas organizaciones de confesión marxista leninista que tenían su sostén ideológico, organizativo y económico más allá del Telón de Acero. Combatir aquella modalidad de terrorismo -cruel, organizado, voluntarioso- era difícil, pero se encontraba dentro de la lógica de la amistad y la enemistad. Este bloque, enemigo de aquél, abrigaba en su seno organizaciones ciertamente peligrosísimas, que hacían las veces de quinta columna, pero que, si se descabezaban, si se desconectaban de sus bases logísticas, eran neutralizables.
Las organizaciones terroristas islámicas no están detrás de ningún Telón: probablemente están aquí mismo, o en casa de nuestros aliados. Su sistema de apoyo forma parte de nuestro propio sistema económico. Y lo que es peor, sus reclutas no se captan sólo en lejanos países, sino también en las aulas de nuestras universidades y en los patios de las mezquitas que se levantan en nuestras ciudades.
Se diría que las sociedades occidentales confunden con frecuencia la tolerancia con la indiferencia y que, al socaire de aquélla, han permitido e incluso alentado expresiones islámicas de consecuencias atroces, que han criado cuervos prolíficos y se están jugando los ojos en el tablero del gran juego.
Fue Francia, en el camping parisino del bois de Bulogne, quien acogió la sede del ayatolá Jomeini, desde la que sentó el acoso moral y político del corrupto régimen del shah de Persia. Bien lo sufriría Francia años después, cuando los pasdaranes chiítas volaran los acuartelamientos franco-americanos de Beirut, causando multitud de víctimas.
Son los Estados Unidos los que mantienen excelentes relaciones con Arabia Saudí: corazón de la más cruda e inexorable de las tendencias islámicas, el wahabismo, desde donde se asiste y apoya espiritual y económicamente a los líderes del criminal FIS argelino cuyos líderes Abassi Madani y Ali Belhadj han frecuentado la corte de Yeda.
Son también los Estados Unidos los que apoyaron a Anwar el Sadat para aplastar lo que quedaba del nasserismo egipcio, apoyándose en los movimientos universitarios extremistas islámicos.. hasta que el propio Sadat cayó bajo sus balas.
Y es sabido que fueron los propios Estados Unidos los que, en tiempos de la guerra fría, dieron sustento militar y económico a los talibanes, en su lucha antisoviética, sin tener escrúpulos por el modelo de sociedad que querían instaurar.
Martine Gozlan denunciaba, ¡en el lejano 1995!, el apoyo ciego de los Estados Unidos a los radicales islamistas, en un juego frívolo en el que, por ahora, llevan perdidas dos torres y seis mil peones.
Hemos de hacernos a la idea de que la captura o la muerte de Ben Laden no significará apenas nada. Que los brazos de la hidra islámica son múltiples y que no es necesariamente en los países islámicos en donde se asientan sus cabezas, ciertamente múltiples, complejas y bien celadas.
La religión islámica tiene algo que ver con esto.-
Como ha advertido Salman Rushdie, la generalizada afirmación de que “esto no tiene nada que ver con el Islam”, no responde a la verdad.
Es importante persuadirnos de que, en lo que hace al Islam, el respeto a la libertad de las conciencias requiere una modulación exigente. Que, digan lo que digan sus gobiernos, es en los pueblos de casi todo el mundo islámico en donde se jalea a Ben Laden como héroe, que, por mucho que nos cueste admitirlo desde el respeto a la libertad religiosa, es en las mezquitas, desde la de Málaga hasta la de Mindanao, en donde se cantan sus alabanzas y en donde hay una potencial masa de reclutamiento.
No anda muy descaminado quien afirma que si en Vascongadas es ETA quien sacude el árbol y el PNV quien recoge las nueces, hay también una análoga división de papeles entre los sicarios del terrorismo islámico y los que se presentan como musulmanes moderados.
Los occidentales tenemos en la memoria la superación de nuestras propias discordias religiosas por la respetuosa aceptación de la diferencia, y, habiendo hecho virtud de la tolerancia hacia quien, aceptando las reglas de la convivencia, lo hace desde otras creencias, tendemos a confiar en la virtud pacificadora de la tolerancia hacia el Islam, como si el Islam fuera sólo una religión. Pero no lo es. O no lo es solamente.
Más que religión, o menos.-
El Islam es, sí, una religión. Pero es también la pretensión de articular la convivencia social conforme a las normas que figuran en un libro supuestamente revelado por Alá a Mahoma, por mediación del arcángel Gabriel. Y esto no se parece ni de lejos a ninguna de las confesiones que tienen su asiento en los países de Occidente, que, aunque se quieran inspiradoras de las virtudes que alientan la vida social y jueces de su moral, no pretenden ofrecer, ni menos imponer, ningún cuerpo jurídico confesional propio.
Dicho de otro modo, el Islam no llega a ser una verdadera religión, en tanto está contaminado, lastrado, por una muchedumbre de ideas y pretensiones puramente seculares.
En el Evangelio, la sola insinuación hecha a Jesús de que intervenga en asuntos de tejas abajo, proponiéndole la partición de una herencia, recibe de Él el rechazo (Lc 12,13). Las máximas “mi Reino no es de este mundo” (Jn 18,36.) y “dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt 22,21) sientan una distinción de ámbitos que se expresa en la diferenciación entre la Iglesia y el Estado como sociedades perfectas en sus fines, que hace Santo Tomás de Aquino, y en la determinación de que "cada comunidad se define por su fin y obedece en consecuencia a reglas específicas” (Catecismo de la Iglesia Católica, artículo 1881).
El Corán, al contrario, contiene un catálogo de disposiciones civiles, penales y penitenciarias, que constituyen un verdadero Código, cuyo vigor se aspira a implantar en las sociedades islámicas, con todo su rigor, que no otra cosa es la Sharía (así en Irán, Pakistán, Afganistán, Sudán, Arabia Saudita), o se aplica discretamente disfrazado, como se hace en Argelia con el “Code de la Famille”, o en Marruecos, con el “Code du Statut Personnel”.
Aquel libro que se predica sagrado e inmutable es, por otra parte, extremadamente ambiguo, como resultado de la recopilación desordenada de textos dispersos, producidos en momentos cambiantes de la vida de Mahoma. Tanto que mientras ofrece versículos de alabanza a los cristianos y a los judíos, hay otros de condenación eterna; que mientras contiene versículos de paciencia y benignidad, los hay también de llamada al combate e incitación al exterminio, que los hay de libertad y de coacción, y que todos están a la interpretación de los alfaquíes, siguiendo la Sunna, la inmensa recopilación de los dichos y gestas de Mahoma, cuyo contenido, rechazado sólo por los chiítas, es aceptado por la inmensa mayoría de los musulmanes.
Los ríos de textos que afluyen al Corán.- No es el Corán un texto hilado, seguido, sino más bien un florilegio de las revelaciones aisladas e independientes, supuestamente confiadas en una sola noche por Alá a Mahoma, que luego éste fue dictando o relatando a distintos escribas. Su soporte inicial fueron fragmentos de papiro, omóplatos de camello, trozos de cerámica y la memoria oral. Y no se recogió en un solo corpus sino veinte años después de morir el profeta, en el trabajo que hizo el escriba Zayd, que no se ajustó a ninguna cronología ni a ningún orden lógico, sino a la mayor o menor extensión de los fragmentos recopilados, siendo ese corpus el que sirvió de base para la versión definitiva del libro, que se estableció en Bagdad a principios del siglo X, si bien hay quien sigue hoy hablando de versículos perdidos, que se habrían expurgado de la versión oficial, y hay quienes aseveran –los chiítas- que la censura obedece a la voluntad sunnita de erradicar toda referencia a Alí, el yerno de Mahoma, y a sus derechos a la sucesión.
Los filólogos y los historiadores se han afanado en indagar en la cronología de los textos: por su contenido, por la alusión a acontecimientos conocidos, por el estilo literario. Y, aunque su trabajo no arroje certezas, sí llega a distinguir entre los textos elaborados en una o en otra época de la vida de Mahoma.
De las mudanzas en la vida del profeta, tormentosa y tornadiza, resultan unos textos heterogéneos y desiguales, a veces muy contradictorios, tanto que hay quien habla de dos Mahomas: uno, rebelde sin armas, fascinado por Jesucristo, y otro jefe guerrero, que no duda en derramar sangre en el nombre de Dios; uno que predica pacíficamente en la Meca contra el politeísmo del que se sirven los mercaderes, y otro que se retira a Medina para acaudillar a las hordas contra quienes se han burlado de su predicación. Esa dualidad explicaría la dualidad del Corán, en donde, dispersos y yuxtapuestos, se contienen mensajes de amor y de odio, de libertad y de imposición, de liberación y de terror. Mas si distinguir esos dos talantes diferentes en la personalidad de Mahoma: el de los versículos de la Meca y el de los versículos de Medina, es una cuestión ardua, a la que sólo pueden llegar los especialistas, lo que queda fácilmente claro a los ojos de cualquier lector atento son las inconexiones y las contradicciones del texto coránico.
El mismo Corán que en la azora 2, aya 228 dice que “las mujeres tienen sobre los esposos idénticos derechos que ellos tienen sobre ellas”, en la azora 4, aya 38, dice que “los hombres están por encima de las mujeres, porque Dios ha favorecido a unos con respecto a otros”.
Frente a la igualdad de derechos que proclama el aya arriba citada, se encuentran otras de segregación, postergación y desprecio. Así, la azora 33, aya 59, prescribe que se cubran con un velo: “profeta; dí a tus esposas, a tus hijas, a las mujeres creyentes, que se ciñan los velos; ese es el modo más sencillo de que sean reconocidas y no sean molestadas”. Así la azora 4, aya 38, que ordena a los varones que traten a golpes a aquéllas de sus esposas de quienes teman la indocilidad: “aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, mantenedlas separadas en sus habitaciones, golpeadlas”. Así también la azora 2, aya 223, que niega poéticamente a las mujeres su libertad más íntima: “vuestras mujeres son vuestra campiña. Id a vuestra campiña como queráis”.
En la azora 5, ayas 52 y 53, se considera a los cristianos como seguidores de otra senda también trazada por Alá, con los que hay que competir únicamente en bondad: “Te hemos hecho descender el Libro con la verdad, confirmando los libros que ya tenían y vigilando por su pureza. Juzga entre ellos según lo que Alá ha revelado y no sigas sus seducciones aportándote de la verdad que te ha venido. Hemos instituido para cada uno de vosotros un sendero, una ley y un camino. Si Alá hubiese querido, os hubiese reunido en una comunidad única, pero os ha dividido con el fin de probaros en lo que os ha dado. ¡Competid en las buenas obras!. Vuestro lugar de reunión, el de todos, está junto a Alá”. Y en la azora 5, aya 85, se anima a la buena relación con los cristianos, a los que se enaltece: “en quienes dicen: "nosotros somos cristianos", encontrarás a los más próximos, en amor, para quienes creen, y eso porque entre ellos hay sacerdotes y monjes y no se enorgullecen”.
Pero el mismo Corán, en la misma azora, en el aya 56, prohíbe taxativamente la amistad con judíos y con cristianos: “¡Oh los que creéis! No toméis a judíos y cristianos por amigos. Los unos son amigos de los otros.”
En la azora 2, aya 257, se dice que “no hay apremio en la religión”, estimable expresión de respeto a la conciencia.
Pero en la azora 4, aya 59 se afirma “a quienes no creen en nuestras aleyas, los quemaremos en un fuego, y cada vez que su piel se queme les cambiaremos su piel por otra nueva, para que paladeen el castigo”; y en la azora 4, aya 78, se dice que “quienes creen combaten en la senda de Alá; quienes no creen combaten en la senda de Tagut (el demonio): matad a los amigos del demonio”.
De las paradojas del Islam no es la menor la que hace referencia a la Yihad, a la guerra santa: término hoy tan popularizado, en méritos de acontecimientos muy de lamentar. Parece que Yihad, en árabe, significa simplemente “esfuerzo”, circunstancia que los apologistas del Islam aprovechan para subrayar que la primera yihad, el primer esfuerzo, que tiene que hacer el creyente es contra sí mismo, para superarse. Pero el que eso sea así no obsta a que históricamente la yihad haya sido y sea la guerra en nombre de Alá. Especialmente a partir de la huída a Medina, la alusión al “esfuerzo” en el Corán tiene un contenido específicamente bélico, y con ese carácter lo han venido entendiendo los musulmanes, desde entonces hasta hoy mismo.
Por citar algunos versículos alusivos a la yihad, todos mediníes, de la azora 2, valgan los siguientes: 186: “combatid en el camino de Alá a quienes os combaten”; 187; “matadlos donde los encontréis, expulsadlos de donde os expulsaron”; 189. “matadlos hasta que la idolatría no exista y esté en su lugar la religión de Alá”; 212: “se os prescribe el combate, aunque os sea odioso”.
No cabe tampoco ocultar el contrasentido de pretender hacer justicia “en el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso”, con unas prescripciones de, digamos, derecho penitenciario, sencillamente inhumanas. Acaso comprensibles en una sociedad de beduinos del siglo VII, pero absurdamente feroces cuando se quieren aplicar en nuestra época, en razón de la inmutabilidad de un texto que se supone redactado por Dios mismo. Y es que no son prescripciones posteriores, ni normas convenidas: es el propio Corán el que prescribe las amputaciones, las lapidaciones y demás barbarie. Es en el Corán, en la azora 2, aya 190, en donde se lee: “las cosas sagradas son talión. A quien os ataque, atacadle de la misma manera que os haya atacado”; o en la azora 5, aya 42, donde se manda: “cortad las manos del ladrón y de la ladrona en recompensa de lo que adquirieron y como castigo de Alá”; o en la azora 5, aya 37, en donde se contempla la pena de crucifixión:“la recompensa de quienes combaten a Alá y a su Enviado y se esfuerzan en difundir por la tierra corrupción consistirá en ser matados o crucificados, o en el corte de sus manos y pies opuestos, o en la expulsión de la tierra que habitan”; o la que, en la azora 24, establece la pena de azotes: aya 2: “a la adúltera y al adúltero, a cada uno de ellos, dadle cien azotes; en el cumplimiento de este precepto de la religión de Alá, si creéis en Alá y en el último día, no os entre compasión de ellos; que un grupo de creyentes dé fe de su tormento”; o el aya 4, que confirma el mismo atroz castigo: “a los que calumniar a las mujeres honradas y no pueden luego presentar cuatro testigos, dadles ochenta azotes y no volved jamás a aceptar su testimonio”.
Semejantes prescripciones penales se mantienen en vigor en los países en que se aplica la Sharía, edulcoradas en algún caso, como en Arabia Saudita, por la hipocresía de crucificar a los reos después de ser cadáveres, o de confiar la amputación de las manos de los ladronzuelos a un experto cirujano.
La Sunna, vuelta de tuerca.-
Los rigores de la letra coránica no se ven paliados, sino, al contrario, incrementados, por la Sunna: segunda fuente de la fé islámica, humana, no divina, consistente en millares de pequeñas historias: los hadiz - literalmente, las tradiciones- en las que se cuentan los hechos y dichos del profeta y de sus compañeros. Y si no hay conformidad completa en el texto del Corán, menos la hay en la autenticidad y valor de los relatos de la Sunna, en la que distinguen los autores y las escuelas entre los relatos auténticos, los dudosos y los simplemente inventados, en una u otra época, a favor o en contra de una determinada afirmación o doctrina.
Acaso sea en lo referente al trato con las mujeres, en donde la Sunna manifiesta en grado superior ese sentido de mayor rigor y menores contemplaciones.
Según Abdullah b. Umar, el profeta dijo: “Mujeres, dad limosna, multiplicad las plegarias y que Alá os perdone, ya que entre los moradores del infierno he visto que erais más en número que los hombres”. Bukhari transcribe otro dicho del profeta: “cuelga el zurriago allí donde tu mujer pueda verle”. Ibn Masud: “la mujer nunca se halla tan cerca del sitio privilegiado que le corresponde como cuando está en el lugar más escondido de la casa”. Umm Salama: “haz que la casa sea la salvaguarda de tu virtud, y de tu habitación haz su tumba”. Ibn Hanbal: “mujeres, vuestra guerra santa la tenéis en la cocina”. No resulta raro que, con tal doctrina, la expresión que se utiliza para designar al domicilio conyugal sea Baitu al Ta´a, esto es, “el lugar del sometimiento”.
En lo que hace a la prescripción coránica de golpear a las esposas díscolas, los españoles hemos tenido la oportunidad de conocer el criterio que uno de los dos imam de España, el de Fuengirola, ha sentado en su libro “La mujer en el Islam”. El Dr. Muhammad Kemal Mustafá ha venido a decir:
“Algunas de las limitaciones a la hora de recurrir al castigo físico son:
Nunca se debe pegar en situación de furia exacerbada y ciega, para evitar males mayores.
No se deben golpear las partes sensibles del cuerpo (la cara, el pecho, el vientre, la cabeza, etc.).
Los golpes se han de administrar a unas partes concretas del cuerpo, como los pies y las manos, debiendo utilizarse una vara no demasiado gruesa, es decir, ha de ser fina y ligera, para no dejar cicatrices ni hematomas en el cuerpo.
Los golpes han de ser fuertes y duros, porque la finalidad es hacer sufrir psicológicamente y no humillar y maltratar físicamente.
Gracias a las restricciones y limitaciones anteriormente expuestas, el Islam ha vaciado el castigo físico de significado como medida represiva y lo convirtió en puro maltrato de índole psicológico-moral”.
Esta doctrina, que tiene el carácter de interpretación auténtica, por la autoridad de la persona que la ha pronunciado, fue fuertemente contestada por mujeres musulmanas españolas, como “An-Nisa”, la “Asociación Cultural Baraka” y las “Hermanitas de Inch´Alá”, de Barcelona. Españolas, al fin, se han atrevido a reprender en público al Imam, aprovechando, sin duda, la libertad que les da vivir en un país en el que no se aplica la ley islámica, que si así fuera, otro gallo les hubiera cantado. El Dr. Kemal Mustafá, por su parte, se ha limitado a recordar que la prescripción figura en el Corán y que no se puede condenar un aya sin condenar el íntegro corpus coránico.
Felizmente, la doctrina del imam de Fuengirola, por exagerada que parezca, está lejos de la que transcribe Waraqa bin Israil, de “L´ethique sexuelle de l´Islam”: “Hay que pegar a las mujeres, sí, pero hay maneras y maneras de hacerlo: a la que es delgada, con un bastón; a la robusta, con el puño; a la gordita, y sólo a ella, con la mano bien abierta, de modo que uno no se haga daño”.
En lo que hace a la doctrina de la Sunna sobre la libertad de las conciencias, representa también, en general y dentro de las habituales contradicciones, un mayor rigor y una menor comprensión que la que dispensa el Corán.
Así, si para Al-Zamakhxari, "el Islam no se ha de imponer ni por la coacción ni por la violencia, sino que la gente ha de aceptarlo conscientemente y con plena libertad para hacerlo”, otros aseguran (Sulaiman b. Musa, Al-Qurtubi) que esa prescripción de libertad ha quedado abrogada por la conducta del propio Mahoma, que forzó a los árabes a abrazar el Islam combatiéndolos y no aceptando de ellos ninguna otra religión que no fuese la del Islam.
Zayd b. Aslam deja ver esa dualidad en la vida de Mahoma, antes y después de la marcha a Medina, que acusan los estudiosos: "durante los diez años de permanenció en la Meca, el Enviado no hizo ninguna clase de imposición religiosa. Estaba claro que los politeístas no aceptarían el Islam si no era por la fuerza. El Enviado pidió, pues, a Alá permiso para combatirlos y la petición le fue otorgada". Y Al Bukhari, proclama poéticamente en otro hadiz (con una bella fórmula que tendrá eco en lejanas expresiones líricas) que “el paraíso se encuentra a la sombra de las espadas”, que Mahoma “impuso el Islam al pueblo”, que “no aceptó por parte de los árabes ninguna otra religión que no fuese el Islam” y que “ordenó matar a todos aquellos que se le oponían: politeístas, renegados y gente de la misma calaña”.
Impuesto el Islam por la fuerza, de entre los sometidos, los Ahl al Kitab, las gentes del Libro -judíos y cristianos- son merecedores de cierta tolerancia. Pero el poder sobre ellos se ha de alcanzar antes por la imposición violenta, y así lo dice Al-Bara’ (Tawba, 9, 29): “¡Combatid contra aquellos, de los que recibieron el Libro, que no crean en Alá ni en el último Día, no hagan ilícito lo que Alá y su mensajero han hecho ilícito y no sigan la verdadera religión! Combatidlos hasta que, humillados (menospreciados), paguen la yizia (el tributo que han de pagar los Ahl al Kitab para poder conservar su fe y practicarla en su comunidad) directamente" .
En contraste con la relativa tolerancia que algunas tradiciones muestran hacia judíos y cristianos, hay también otras, como la recogida por Ibn Sa‘ ad, Al-Tabaqat Al-Kubra, vol. 2/8, II, p. 35 que anuncia que: “en tierra de árabes, no pueden coexistir dos religiones”; o la de Muslim, Sahih, Kitab Al-Jihad wa-l–Siyar (palabras del Profeta citadas por Umar Ibn Al-Khattab, segun el hadiz conservado por Muslim): “cristianos y judíos serán expulsados de tierra de árabes hasta que sólo permanezcan musulmanes” ; o la de Al-Tabaqat Al-Kubra, vol. 2/2, p. 848: “¡Matad a aquél que reniegue del Islam!“; o el 14º hadiz transmitido por al-Bujari y Muslim: “no es permitido derramar la sangre de un musulmán excepto en uno de estos tres casos: el casado que comete adulterio, vida por vida y el que deja su religión y rechaza la comunidad”.
Si las contradicciones y paradojas que depara el Corán dan lugar a una plétora interpretativa de logomaquias para los alfaquíes, de controversias sobre textos íntegros o expurgados, auténticos o dudosos, vigentes o abrogados, otro tanto, y más, sucede con la Sunna: océanos de tinta se han vertido y se vierten sobre la legitimidad y veracidad de las tradiciones, sobre enmiendas y certezas, efectividades y derogaciones.
En el fragor de esa secular batalla doctrinal se han suscitado tendencias como la de los nuseyri sirios, que mitigan las aristas de los textos y tienden a una interpretación más suavizada y moderna, pero, no se olvide, estas tendencias son minoritarias y, a menudo, no reconocidas como propiamente islámicas por los rigoristas sunnitas. La convicción islámica emergente se alinea más en los rangos de los Hermanos Musulmanes egipcios, o de los wahabitas saudíes. Y es engañarse pensar lo contrario.
Ante el reto emergente, el servicio a la Verdad.-
El mundo islámico es demográficamente explosivo, España hace frontera con él, las comunidades islámicas que se han instalado aquende son numerosas, y no son pocos –dicen que treinta mil- los españoles que han abrazado el credo islámico, atractivo por su sencillez y laxitud moral, que, al fin y al cabo, el ser supremo de la revolución francesa y la referencia más o menos panteísta del deísmo, están más cerca de Alá que de Dios Uno y Trino. Negar la emergencia del Islam como problema es esconder la cabeza bajo el ala. Y por mucho que la tolerancia sea virtud, cumple preguntarse si, desde el punto de vista estrictamente político, es digna de ser tolerada la pretensión de articular la vida social conforme a las normas procedentes de ese cuerpo de doctrina religiosa y jurídica que son el Corán y la Sunna; si es sensato y lícito acoger a quienes no buscan integrarse en la sociedad de acogida, sino enquistarse en ella, con vistas a transformarla conforme a semejantes convicciones.
La inmensidad del número de creyentes en el Islam, la proximidad geográfica, la cercanía a algunos aspectos de su doctrina, el deber moral de asistir a los más menesterosos –y muchos musulmanes están, en parte por el lastre que supone el Islam para sus sociedades, entre los más necesitados de la Tierra- aconsejan tender puentes, establecer relaciones de comprensión y colaboración. Pero no desde el bobo irenismo, ni desde el indiferentismo, sino desde el exigente servicio a la Verdad, estimulando, dentro del mundo musulmán, a los sectores propicios a interpretar su propia doctrina desde una perspectiva más abierta, pero también, y más que ello, conociendo bien las creencias de la otra parte y afirmando la propia fe.
Contribución musulmana a la civilización. Ed. Min. Asuntos Religiosos de Qatar. 1996. Haidar Bamat.
Cristianismo e Islam. Ed. Rialp. 1954. Madrid. Jean Abd-elJalil, O.F.M.
El Corán (para los textos del libro, sustituyendo Dios por Alá, para diferenciar del Dios Trino en que creen los cristianos). Ed Óptima 2000. Barcelona. Traducción J. Vernet.
El imam de Fuengirola explica formas de pegar a las mujeres. “El País”. Madrid. 16 de julio 2000.
El Islam ante el Nuevo orden mundial. Ed. Barbarroja. 1996. Madrid. Varios autores.
Esto no tiene nada que ver con el Islam. El Mundo, 4.11.01. Salman Rushdie.
¡Dejadlas solas en el lecho! http://www.pangea.org/dona/noticies/misoginiacoran.htm Cons 24.10.01. Pangea. Javier Arroyo
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Vida y pensamiento en el Islam. Herder. Barcelona.1985. Seyyed Hossein Nasr.
Por Carmelo García Franco
Bueno, vale, se supone que la mitad de la peña antiguerra tampoco está en el país, si es que mantuvieron su promesa de irse a Canadá tras las últimas elecciones. Pero lo que pienso es que no existe un movimiento antiguerra de masas. Algunos comentaristas se confesaron atónitos por la escasa asistencia, en un momento en que las encuestas muestran que lo de Irak es cada vez más impopular.
El caso es que hay dos tipos de personas que ponen objeciones a la guerra: está la izquierda caduca, la de Sheehan-Sheen, que en la práctica urge a América a fracasar en Irak, y está el grupo, potencialmente mayor y a la derecha de aquélla, cada vez más receloso de la concepción oficial de la guerra. Los segundos no quieren que América pierda; quieren que gane, y decisivamente. Con los titulares del día, desde la yihad de las viñetas danesas hasta el afgano que afrontaba la pena capital por apostasía, la descorazonadora respuesta de la "diplomacia pública" corre el riesgo de sonar sólo un poco menos demente que Charlie Sheen.La madre del cordero, aquí, es el "respeto". Todo el mundo está ocupado profesando su "respeto"; todos "respetamos" al Islam: presidentes, primeros ministros y ministros de Exteriores se deslizan tan cotidianamente por la rutina del profundo-respeto-a-la-religión-de-la-paz que olvidan que, por acumulación, todo eso empieza a sonar menos como "¡Movámonos!" y mucho más como "¡Démonos la vuelta!".
Jack Straw, el secretario británico de Exteriores, pronunció el otro día el discurso típico del gobernante occidental: "Un gran número de musulmanes [en el Reino Unido] estaban comprensiblemente molestos por que esas viñetas fueran reimpresas en Europa, y de corazón consideraban que sus creencias estaban siendo injuriadas. Expresaron su rabia y su dolor, pero lo hicieron de una manera que reflejaba la pacífica e ilustrada religión del Islam".¿"La pacífica e ilustrada religión del Islam"? ¿Qué serían, pues, los tipos que desfilaron por Londres con pancartas que rezaban "Decapitad a los enemigos del Islam" y "La libertad de expresión es el terrorismo occidental", y prometiendo un nuevo Holocausto en Europa? Esto es geopolítica según la Doctrina Aretha Franklin: cuanto más proclama el mundo su r-e-s-p-e-c-t, más nos golpean los islamistas.
La retórica del secretario de Exteriores no está a la altura de la realidad. Lo que están diciendo los líderes gubernamentales a sus ciudadanos es, esencialmente: ¿a quién vais a creer, a los banales escritores de mis discursos o a vuestros propios ojos?Si quieres ganar la guerra, no marees. Hay millones de ciudadanos que no van a mantenerse firmes con lo de "una larga guerra" (como la Administración la llama ahora) si creen que se les está hurtando la naturaleza de la misma. Una de las razones por las que consideramos a Churchill un gran hombre es que sus discursos acerca de la naturaleza del enemigo no exigían devaneos o circunloquios.
Si tuviera que proponer un modelo para la retórica occidental, sería el australiano. En los días posteriores al 11 de Septiembre los franceses recibieron toda la atención por ese titular de Le Monde: "Nous sommes tous Americains" ("Todos somos americanos"), aunque realmente no lo pensaban, ni siquiera entonces. Pero John Howard, el primer ministro australiano, lo dijo mejor y mantuvo su palabra: "Este no es el momento de ser aliado al 80%". Genial.Más recientemente, Howard brindó algunas reflexiones sobre lo que diferencia a los musulmanes de otros grupos de inmigrantes. "No se puede encontrar ningún equivalente en la inmigración italiana, o griega, o china o báltica en Australia. No existe un equivalente al entusiasmo por la yihad", dijo, afirmando lo obvio como no se atrevería a hacerlo la mayor parte de los líderes políticos. "Realmente, no tiene mucho sentido simular que no existe".
Por desgracia, demasiados entre sus homólogos insisten en simular (al menos ante su ciudadanía) que no existe. ¿A qué porcentaje de musulmanes occidentales le pone la yihad? ¿Al 5 por ciento, al 10, al 12? Teniendo en cuenta que el conocimiento de esta identidad panislamista es crucial para la victoria, ¿por qué no podemos reconocerla honestamente? "Entusiasmados con la yihad" es una oración que cumple la ley que se solía llamar "la prueba del hombre razonable": si usted está viendo en el noticiero unas imágenes de una protesta musulmana en la que se promete el desencadenamiento de un nuevo Holocausto, la frase de John Howard sirve.¿Se trata de algo puntual? Escuche a los colegas de gabinete de Howard. He aquí al ministro de Finanzas, Peter Costello, dando consejos a los musulmanes occidentales que quieran vivir bajo la ley islámica: "Existen países que aplican la ley religiosa, o sharia, empezando por Arabia Saudí e Irán. Si alguien quiere vivir bajo la sharia, esos son países donde se sentirán cómodos. Pero no Australia".
La mayor parte de los jefes de Gobierno occidentales callan, y su silencio es interpretado correctamente como vacilación por el Islam renaciente. También atendí a este jugoso resumen de mi ministro de Exteriores favorito, el australiano Alexander Downer: "El multilateralismo es un sinónimo de ineficacia y de política descentrada que implica el internacionalismo como mínimo común denominador". Recuerde el genocidio sudanés, los misiles nucleares iraníes, la chapuza de la respuesta de la ONU al tsunami, etcétera. Está bien, eso de que para ser ministro del Gobierno australiano no se necesite la confirmación de John Kerry y Joe Biden.Mi temor es que, en esta nueva guerra, las banalidades oficiales sean el equivalente al parloteo de la fase relajada de la Guerra Fría, en los años 70, cuando Willy Brandt y Pierre Trudeau y Jimmy Carter simulaban que el enemigo no era lo que era. Después llegó Ronald Reagan. No era sólo lo del Imperio del Mal: sus bromas también iban de dinero. A su propia manera depravada, los islamistas son mucho más ridículos que los comunistas, y unos cuantos chistes no vendrían mal. Si ésta es una "larga guerra", se precisa una retórica que sirva hasta el final. El libreto actual no pasa el examen.
Por Mark SteynLibertad Digital, Revista de fin de semana, 4 de abril de 2006