Blogia

Políticamente... conservador

Alegato por la democracia de José María Aznar

Hoy nos hemos reunido aquí para hablar de libertad. Pero no para hacerlo de forma demagógica, llena de palabras huecas y grandilocuentes. Eso lo dejamos para quienes ustedes ya saben. Hoy vamos a hablar de la verdadera libertad, la única libertad en la que ustedes y yo creemos; la libertad real del ser humano, la que le permite forjar su propio futuro y hacerse dueño de su destino. La única libertad que proporciona bienestar y progreso económico y social a nuestras sociedades. A veces reivindicar esta libertad real y concreta no es fácil. Lo vemos cada día por televisión, dentro y fuera de nuestro país: La libertad no es gratis y tiene muchos enemigos. Se lucha por ella, y cuando se consigue, se lucha por defenderla. Ustedes saben que siempre he denunciado el oportunismo y las malas ideas, aquellas que sustituyen la libertad auténtica por mitos históricos o políticos. Frente a ellos estamos hoy aquí para reivindicar la libertad auténtica.  Y qué mejor forma de hablar de la libertad auténtica que teniendo entre nosotros a mi buen amigo Natan Sharansky. Siempre he considerado a Natan Sharansky como un sabio, en el sentido estricto de la expresión. Su apasionante biografía nos muestra que la tenacidad del ser humano y su anhelo de libertad pueden doblegar fuerzas poderosas. Su vida es un ejemplo de inconformismo y de determinación. Su bibliografía, sus reflexiones en torno a la libertad y a la democracia nos proporcionan ideas válidas en una época de nuevos riesgos y amenazas. Su vida y su obra constituyen hoy un valioso ejemplo para todos nosotros. Permítanme repasarlas. En 1978, siendo un brillante científico, Sharansky fue condenado a trece años de prisión. Ustedes ya saben porqué: Llevaba años trabajando por la libertad con su amigo y maestro Andrei Sajarov. Fue enviado con otros muchos al Gulag siberiano, bajo la acusación de traición. Encontrarán las condiciones de su cautiverio en su obra “Fear No Evil”, que yo aprovecho hoy para recomendarles. Sería tentador rendirse entonces, pero su esposa mantuvo viva la llama de la esperanza. Buscó en el mundo libre ayuda para su causa. Muchos miraban para otro lado y abogaban por el entendimiento. Otros justificaban lo injustificable. Pero su voz encontró eco en algunas personas. Cuando mi buen amigo Natan resistía como podía en las prisiones soviéticas, Ronald Reagan llamó a las cosas por su nombre; “Imperio del Mal”. Algunos hicieron bromas sobre la expresión. Otros le llamaron exagerado y belicista. Imagínense quiénes; hoy hacen lo mismo ante la amenaza terrorista. No llaman a las cosas por su nombre, y condenan a las víctimas del terror y de la tiranía a seguir siéndolo..Muchos disidentes comprendieron ese día que no estaban solos. La ayuda y el apoyo exterior, la presión sobre los dictadores acabaron dando sus frutos. En febrero de 1986, Sharansky alcanzó la libertad, y cruzó al mundo libre. Pero la labor iniciada debía continuar desde el exterior. Ahora le tocaba a él llamar a las cosas por su nombre. Ayudó a otros disidentes a recuperar la libertad tal y como a él le habían ayudado. Hizo posible su aspiración de emigrar a Israel, y puso su sabiduría y la experiencia al servicio de su país. Hoy, en una época incierta, los lectores españoles podemos leer su principal obra. Y aprender su más importante enseñanza; no dejar solos a quienes sufren por defender la libertad, y llamar a las cosas por su nombre. Permítanme hacerles una confesión; releyendo la obra que ahora ustedes pueden leer, uno tiene la tentación de echar la vista atrás.  Y ello pese a que espero que convengan conmigo en que aún no es necesario hacerlo por razones de edad. Como dice ahora un buen amigo mío, si quieren saber qué pensé durante ocho años de gobierno, lean el libro de Sharansky. Desde 1996, la creencia en que la libertad es una fuerza poderosa capaz de impulsar a España hacia delante guió nuestros propósitos. La búsqueda de la claridad moral para ello se convirtió en principio indispensable de actuación política. Cuando fui elegido presidente del Gobierno, tres ideas ocupaban mi cabeza: La confianza en el poder de la libertad de los españoles; la creencia en que el Estado de Derecho es la mejor forma de respetarla; y la seguridad de que la nación española era la mejor garantía de ello. Ideas claras y sencillas, que exigían determinación, claridad y voluntad. Y España respondió. Las cifras económicas, sociales, políticas nos dieron la razón. Nos convertimos en un país serio, solvente, respetado. Pero sobre todo, triunfamos cuando arrinconamos al terrorismo etarra desde la reivindicación de la democracia y la libertad. Desde la seriedad y la determinación política y moral. Por eso, permítanme recordar hoy que sí puede vencerse al terrorismo, desde la firmeza moral y la determinación de las instituciones. No cediendo ante el chantaje terrorista, aplicando la ley. Defendiendo la libertad y las instituciones democráticas. Pienso que esto era verdadero hace diez años, y lo es más en un siglo que ha nacido a la sombra de los grandes atentados terroristas. No corren hoy tiempos fáciles para la libertad y la democracia. Millones de personas en el mundo sufren aún regímenes criminales, que asfixian sus anhelos y frustran su futuro. Estos regímenes los condenan a la miseria, pero van más allá: constituyen también un peligro para nosotros. Extienden la violencia y la miseria por el mundo. Por eso resulta iluso pretender mantenerse al margen. Nuestra propia libertad depende hoy de la libertad de los demás. Y por encima de ello, no podemos abandonar a millones de seres humanos a su suerte. Ayudarles es una exigencia moral para quienes luchan por conseguir lo que nosotros ya disfrutamos. Personas que no pueden, siguiendo el criterio de mi amigo Natan, salir a las plazas para discutir libremente. Debemos recordar un hecho a veces olvidado; la democracia es un bien universal que no podemos negar a nadie.  Como dice Sharansky, en el momento en que se suelta el virus de la libertad, las cosas empiezan a cambiar. Esto es aquello que más temen los regímenes totalitarios y los grupos terroristas. Cuando el ser humano puede elegir, elige la libertad, elige la democracia. Por ello buscan evitar que las personas puedan elegir. Por ello nosotros debemos conseguir que sí lo hagan. Señoras y señores, La libertad es una fuerza poderosa, capaz de transformar toda una sociedad. Por eso les confieso que lo que yo he pensado siempre, lo ha escrito ahora Sharansky:  la libertad representa una fuerza poderosa que acaba doblegando tiranías, dictaduras y regímenes de terror. Debemos cuidarla y respetarla. Fomentarla y extenderla. El régimen soviético no comprendió que el ser humano prefiere la libertad a la opresión, la democracia a la tiranía. Hoy, el terrorismo y quienes buscan congraciarse con él, tampoco comprenden lo que enseña Sharansky; que la libertad es un bien humano tan poderoso como innegociable. Por eso no hay término medio entre la libertad y la tiranía. Como enseña mi amigo Natan, la sociedad del miedo es incompatible con la sociedad abierta. No hay termino medio entre e terror y la democracia. Porque lo que el terrorismo quiere es sacrificar para siempre el deseo de libertad, y para eso asesinará, engañará, dividirá y hará lo que haga falta para vencernos.  La tentación pactista es la solución más cómoda. Frente a ello, la defensa de la libertad es difícil, exige claridad moral e intelectual. Pero es posible y da resultados. Por eso la obra que hoy presentamos aquí es un referente intelectual y moral para todos aquellos que defendemos sin fisuras la libertad y del Estado de Derecho. Son valores innegociables. Por ello, soy el primero en celebrar la iniciativa de Gota a Gota de esta edición en español de la obra cumbre de Natan Sharansky. A partir de hoy, supondrá una referencia indispensable para la cultura y la política de nuestro país. Permitirá a los españoles participar de las reflexiones de Sharansky acerca de la superioridad de una sociedad libre sobre una sociedad del miedo. Del estado de derecho sobre la violencia y la intransigencia. De la libertad sobre el terror. Del bien sobre el mal. Siempre he defendido la superioridad de la sociedad abierta sobre cualquier otra. He defendido la fuerza poderosa de la libertad, la claridad y la firmeza moral en las actividades políticas. Por eso recomendé la obra de Sharanky a algunos de mis mejores amigos, que la leyeron con entusiasmo. Y hoy tengo el honor de recomendársela también a todos ustedes. Seguro que la leerán con el mismo entusiasmo y con las mismas ganas de reivindicar la libertad que yo siento en estos momentos. Muchas gracias.
Por José María Aznar
 (Palabras en la presentación del libro “Alegato por la democracia” de Natan Sharansky de la Editorial Gota a Gota, 9 de mayo de 2006) GEES.ORG, 11 de mayo de 2006

Maniobras políticas en las bandas del PP

La batalla mediática entablada entre Federico Jiménez Losantos, el popular periodista de la COPE, y José Antonio Zarzalejos, director del ABC, nos depara en ocasiones episodios de gran interés. En un artículo anterior me ocupaba de la publicidad que Jiménez Losantos le está dando a Ciudadanos de Cataluña, con la intención de azuzar al PP para que no se duerma en la defensa de la unidad nacional y de la Constitución. Pues bien, ahora nos encontramos con una extraña maniobra del ABC para remover las aguas a la derecha del PP.

Quien escuche a Jiménez Losantos sabrá que se opone con vigor a tales experimentos, porque si una parte del voto de la derecha se desplazase a un partido distinto del PP, éste perdería cualquier oportunidad de retornar al poder en un plazo razonable. Cabe pensar que la posición del periodista es poco coherente, porque el mismo argumento valdría para Ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, el PP podría eventualmente pactar con éstos, mientras le sería muy difícil hacerlo con una fuerza situada a su derecha.

Que la aparición de un partido fuerte a la derecha del PP le interesa sobre todo a la izquierda tiene un conocido precedente: la modificación del sistema electoral francés por el difunto Mitterrand para favorecer al Frente Nacional de Le Pen y consolidar de rebote el predominio del Partido Socialista. Con semejante precedente, hay que preguntarse cómo es posible que los poderes fácticos tradicionales del centroderecha español, en pleno desconcierto por el protagonismo adquirido por la base social de este sector político, valoren intentar algo parecido.

La respuesta es que creen que así facilitarán la vuelta al poder de un PP "purificado", conforme al análisis político según el cual "las elecciones se ganan en el centro", que va unido al prejuicio de que el centro de la derecha es la izquierda. Si el PP soltase lastre por la derecha, volvería a la tierra de promisión centrista y competiría con el PSOE por el electorado de éste.

Pero la experiencia francesa es muy ilustrativa. El Frente Nacional le ha quitado tantos votos a la izquierda como a la derecha, y la estrategia diseñada por Mitterrand sólo retrasó el desplome de socialistas y comunistas. Ahora bien, uno de los factores que contribuye a la incapacidad de emprender reformas que paraliza al país vecino es la existencia de un partido que reúne alrededor de un 15% de los votos, pero al que los demás marginan, que se ha demostrado incapaz de trascender el discurso del descontento para construir uno de gobierno y que, al final, sólo sirve de coartada para el inmovilismo de una sociedad decadente.

La alternativa en España a este tipo de maniobras es que el PP se siga esforzando por albergar la pluralidad del centro y la derecha alrededor de unos sólidos principios compartidos.
Luis Miguez Macho El Semanal Digital, 11 de mayo de 2006 

Diez razones para decir no a la eutanasia legalizada

Ya hemos visto su efecto en Holanda y Oregón y la corrupción, falta de control y eliminaciones no consentidas que genera.Cada cierto tiempo, la prensa pro-eutanasia lleva a las portadas un caso más o menos trágico para intentar legalizar esta práctica, que consiste en matar a un enfermo, en teoría porque él lo pide libremente.
 
La experiencia de varios años en Oregón, la de Holanda y la breve de Australia (donde volvió a abolirse la eutanasia) demuestra que casi nunca el enfermo lo pide libremente, sino que está deprimido, con ansiedad u otros problemas mentales. Este tipo de problemas, suficientes para declarar nulos diversos actos al faltar la libertad (como casarse por ejemplo) impiden que una persona elija libremente.
 
Además, se sabe por el caso de Holanda que muchas veces los enfermos son "eutanasiados" sin que lo hayan pedido. Otros han decidido por ellos. En Holanda se considera que uno de cada tres "eutanasiados" lo fue sin su consentimiento.
 
El "riguroso control" y la "estricta libertad", en el mundo real, brillan por su ausencia.
El Comité de Derechos Humanos de la ONU ha denunciado que cuando se ha pedido en Holanda que se revisen casos de eutanasias dudosas, de 2.000 casos revisados (es decir, sospechosos de ilegalidad), sólo 3 casos han sido criticados por la comisión de revisión. Es evidente que, como en el caso del aborto, el fraude de ley se generaliza una vez la clase médica y el funcionariado asume un ritmo de normalidad y aplica criterios económicos y de eficacia en vez de criterios de justicia y humanidad.
 
Recordamos diez argumentos clásicos contra la legalización de la eutanasia, que los años refuerzan.

1- La eutanasia legal favorece una "pendiente peligrosa" en contra del derecho a la vida en otros campos
En Holanda la eutanasia se aplica no ya a enfermos, sino simplemente a gente que no quiere vivir, como el senador socialista octogenario Brongersma, que pidió y logró ser "finalizado" no porque estuviese enfermo o deprimido, sino porque estaba cansado de vivir. Se calcula que en Holanda se dejan morir a unos 300 bebés al año por nacer con minusvalías y hay casos (en este país rico) de negar la implantación de marcapasos a mayores de 75 años; la eutanasia favorece otras actuaciones de "eliminación de los inútiles". 2- La eutanasia empeora la relación médico-paciente e incluso la relación paciente-familiares¿Queda algún margen para que los enfermos, ancianos o incapacitados, sigan manteniendo aquella plena confianza en quienes, hasta ahora, tenían por obligación -casi sagrada- procurar la sanación de sus dolencias? ¿Quién impondrá a la víctima potencial el deber de confiar en su verdugo? ¿Quién podrá devolver a los enfermos holandeses su sentimiento de fiducia en la clase médica? ¿Y cómo confiar en que el médico va a esforzarse por mi vida si mis parientes presionan en un sentido contrario? 3- La eutanasia desincentiva la inversión en cuidados paliativos y en tratamientos para el dolorDe 1995 a 1998 Holanda apenas invirtió en cuidados paliativos; sólo a partir de 1998 ha invertido en cuidados paliativos, pero presentados siempre como una alternativa más, siendo la eutanasia la más apoyada desde las instituciones e incluso por parte de la sociedad. Se tiende a pensar que si tratar el dolor con cuidados paliativos es caros, hay que fomentar la opción barata: matar el enfermo. 4- La eutanasia pervierte la ética médica que desde Hipócrates se ha centrado en eliminar el dolor, no en eliminar el enfermoLos médicos insisten en que la eutanasia, como el aborto, no son actos médicos, ya que el fin de la medicina es curar, y si no se puede curar al menos mitigar el dolor, y en todo caso atender y acompañar. La eutanasia no cura nada. Los médicos que entran en una mentalidad eutanásica la incorporan a toda su visión profesional y olvidan a Hipócrates. Como han recordado políticos italianos al hablar de la eutanasia a niños en Holanda es significativo que el primer régimen que instaura la eutanasia desde del viejo paganismo romano es la Alemania nazi... y sólo dos estados por ahora se han apuntado a la eutanasia. 5- La eutanasia no es solicitada por personas libres, sino casi siempre por personas deprimidas, mental o emocionalmente transtornadas¿"Piden libremente" la eutanasia los niños "eutanasiados" en Holanda? No tienen madurez para hacer este acto en libertad. Pero muchos adultos tampoco porque lo piden con enfermedades mentales o emocionales. Cuando uno está sólo, anciano, enfermo, paralítico tras un accidente... es fácil sufrir ansiedad y depresión que llevan a querer morir. En un país sin eutanasia, los médicos y terapeutas se esfuerzan por curar esta depresión, devolver las ganas de vivir y casi siempre tienen éxito si el entorno ayuda. Por el contrario, en un país con eutanasia, en vez de esforzarse por eliminar la depresión se tiende a eliminar al deprimido "porque lo pide". 6- La eutanasia no es un derecho humano, no está recogido en el Convenio Europeo de Derechos Humanos, por ejemploSegún el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en el caso de Dianne Pretty en el año 2002, no existe el derecho a procurarse la muerte, ya sea de manos de un tercero o con asistencia de autoridades públicas. El derecho a la autonomía personal no es superior al deber de los Estados de amparar la vida de los individuos bajo su jurisdicción.7- La eutanasia, como el suicidio, es contagiosaUna vez una persona deprimida se suicida, otras personas deprimidas de su entorno pueden copiar su comportamiento con más facilidad. Esto es así en suicidios con o sin asistencia, lo cual incluye la eutanasia. 8- La eutanasia dificulta el trabajo de los terapeutas que trabajan con minusválidos, deprimidos, enfermos...Las personas que ayudan a otros a vivir con una grave minusvalía o en duras circunstancias ven su trabajo saboteado por la otra opción, la eutanasia, que legalizada aparece con atractiva insistencia como una salida fácil para el enfermo. 9- La eutanasia tenderá a eliminar a los más pobres y débilesComo el aborto, la eutanasia tenderá a hacerse especialmente accesible y promocionada entre las clases económicamente más débiles, los grupos étnicos desfavorecidos, etc... Al desatenderse la oferta en cuidados paliativos, éstos serán un lujo sólo para gente con medios adquisitivos. 10- La eutanasia legal no impedirá las eutanasias ilegales, sino que las potenciaráComo en el caso del aborto, aprobar una ley que permite la eutanasia "con todos los controles que haga falta" no impedirá que se extienda el fraude de ley, los permisos escritos sin examinar al paciente, la laxitud en la aplicación de la ley y el fraude de ley generalizado. El caso de Holanda demuestra que no hay control de los 2.000 casos denunciados, como ha señalado con indignación el Comité de Derechos Humanos de la ONU.Con todo, el mejor argumento contra la eutanasia siempre será el testimonio de miles de hombres y mujeres en circunstancias dificilísimas que, apoyándose mutuamente, con la ayuda de sus valores, su familia, amigos o profesionales demuestran día a día que la dignidad del hombre les lleva a vivir y enriquecer la vida de otros. Forum Libertas, 10 de mayo de 2006

PRIVATIZACIÓN Y DESREGULACIÓN: Seguridad privada y sociedad civil

Se suele decir que las funciones clásicas y naturales del Estado son la seguridad, la justicia y la defensa. El Estado, decían los liberales decimonónicos, debe limitarse a defender los títulos de propiedad justamente adquiridos y a ejecutar los contratos. No obstante, a pesar de esta restricción de sus actuaciones, la maquinaria burocrática seguirá dando lugar a un rotundo fracaso en su gestión.La simplista lógica izquierdista nos dice que, cuando hay un problema en la sociedad, el Estado tiene que intervenir. Si el problema persiste a pesar de la intervención, será necesario incrementar el gasto público. El Estado es infalible, por lo que sus errores sólo pueden deberse a una insuficiencia de medios. El análisis científico del liberalismo, no obstante, llega a conclusiones diametralmente opuestas. El Estado distorsiona todas aquellas actividades que regula debido a insuficiencias de información, incentivos y, sobre todo, cálculo económico. Cuanto mayor sea el ámbito del Estado, peores serán los resultados obtenidos.  De esta manera, si tenemos un problema y el Estado interviene para solucionarlo, empeorará; y si no somos conscientes de que ese agravamiento se debe al Estado pediremos una expansión del gasto público para remediarlo que, sin embargo, sólo provocará un sucesivo empeoramiento. Pensemos en los controles de precios. Si el Gobierno quiere impedir que un precio suba demasiado y establece un "precio máximo" inferior al de mercado, los consumidores estarán deseosos por comprar y los productores no estarán dispuestos a vender. En otras palabras, el mercado sufrirá una carestía del bien cuyo precio se ha regulado. Si el Gobierno quiere garantizar el acceso equitativo a ese bien, no tendrá otro remedio que recurrir al racionamiento, esto es, a una confiscación de facto de los bienes para su distribución.  Pero no olvidemos que la gente puede seguir adquiriendo ese bien en el extranjero, por lo que el Estado también deberá establecer un control fronterizo para asegurarse de que "los ricos" no obtengan un acceso preferente. Y para todo esto necesitamos un redoblamiento de la policía, de las inspecciones aduaneras y de los juzgados; esto es, un incremento de los impuestos que sólo empobrecerá aún más a la ciudadanía. Más Estado significa más caos y menos armonía.  Esto también es fácilmente observable en el caso de la policía pública. Al tratar de conseguir mejorar la eficiencia del sector privado en materia de seguridad, el Estado establece una serie de regulaciones torpes e innecesarias que sólo sirven para incrementar los costes de las empresas del ramo y distorsionar su funcionamiento.  Durante la Edad Media se desarrolló en Gran Bretaña un eficaz sistema de seguridad vecinal, por el cual los vecinos gritaban cada vez que contemplaran un delito. Sin embargo, durante el siglo XVII el ayuntamiento de Londres obligó a todo aquel que fuera testigo de un crimen a aprehender al malhechor. Esto socavó las bases de la convivencia y de la cooperación vecinal contra el crimen, ya que muy pocos estaban dispuestos a correr el riesgo de enfrentarse con el delincuente. Así, el Estado transformó la seguridad en una materia predominantemente crematística: "Si quieres que corra el riesgo de protegerte, págame".  Al socaire de estas leyes arbitrarias surgieron las primeras empresas privadas y de guardas vecinales. El problema es que el Gobierno siguió aprobando leyes, con la "noble" tarea de mejorar la eficiencia de estas empresas, y sólo consiguió agravar la situación. Se les exigió una ingente cantidad de papeleo y una jornada mínima de trabajo, de manera que sus costes se dispararon. Todos aquellos vecinos que tan sólo querían dedicar una porción de su jornada semanal a proteger la comunidad a cambio de una ligera recompensa fueron expulsados del mercado. La reducción de la oferta fue seguida de una seminacionalización de las compañías de seguridad (por ejemplo, los vigilantes nocturnos pasaron a cobrar del erario público, y no de sus clientes), lo que les desvinculó en buena medida de las necesidades de sus clientes. Todo ello condujo a que los delitos dejaran de perseguirse con la misma intensidad que antes (ya que se desvinculaba el salario del resultado). Finalmente, tras una fuerte campaña de publicidad, en 1829 se creó un cuerpo de policía metropolitano público, que contó con 3.000 hombres.  A partir de aquí la historia ya es de sobra conocida. Al igual que pasó con la educación pública, el Estado comenzó a cebar sus cuerpos policiales con el gasto adicional procedente de los impuestos. La seguridad privada fue progresivamente marginada y regulada, hasta el punto de que en la inmensa mayoría de los países europeos el derecho a la autodefensa y a la posesión de armas de fuego ha sido eliminado (en Gran Bretaña la prohibición comenzó en 1903).  Pero todo este incremento del gasto público y del número de regulaciones no ha conseguido reducir el crimen, más bien al contrario. Nunca el Estado ha sido más manirroto en seguridad que ahora, y nunca el crimen y la delincuencia han sido más elevadas. La razón es idéntica a la que hemos visto antes con respecto a los controles de precios. Cuanto más gaste en seguridad el Estado, cuanto más regule, más estrangulará las iniciativas privadas y comunitarias de asistencia mutua. Esto provoca necesariamente una disminución en la eficiencia de la lucha contra el crimen y, por tanto, un mayor incentivo a abrazar la delincuencia. Este incremento de la violencia trata de combatirse con más gasto policial y más regulaciones, que a la postre sólo favorecen nuevos aumentos de la delincuencia.  Las iniciativas privadas y comunitarias se ven enormemente dificultadas por la legislación estatal. Por ejemplo, hace un mes saltó la noticia de que 23 tiendas de una calle de Valencia habían contratado a dos personas para que vigilaran sus comercios, ante los frecuentes atracos y la absoluta falta de diligencia de la policía local. Con 40 euros al mes por tienda, disfrutan de una patrulla continua durante sus horarios de trabajo. En caso de que tengan algún altercado, basta una llamada perdida al móvil y el vigilante acude de forma inmediata. Ahora bien, el servicio de seguridad dista mucho de ser inmejorable. Es cierto que los comerciantes están muy contentos (de ahí que sigan pagándoles), pero el único mecanismo defensivo con que cuentan los dos vigilantes es una placa de policía falsa: la intimidación se produce por engaño a los delincuentes.  Las enormes restricciones de la legislación española a la tenencia de armas y a la autodefensa fuerzan a que la seguridad comunitaria tenga un campo de acción muy limitado. Si en lugar de con placas falsas estos individuos patrullaran con pistolas, la difusión de esos servicios sería mucho mayor y, en consecuencia, el crimen se desplomaría.  Sólo las compañías más eficientes en luchar contra los delincuentes prosperarían; las restantes estarían abocadas a la quiebra. Un servicio policial que no acudiera cuando debiera implicaría un cliente perdido. Las ingentes normas estatales sólo impiden que estas eficaces compañías afloren, pues los burócratas necesitan garantizarse el monopolio de la compulsión. No olvidemos que una sociedad desarmada y sin sistemas de defensa comunitarios es una sociedad postrada ante el Estado y su policía. Lenin decía que un hombre armado podía controlar a 100 desarmados; los impuestos y las regulaciones públicas necesitan estar respaldados por el monopolio de la compulsión. Y el Estado lo sabe. La privatización y la desregulación de la seguridad son el único camino para reducir la delincuencia y afianzar nuestra libertad. No podemos dejar el zorro al cuidado del gallinero. Por Juan Ramón Rallo Libertad Digital, suplemento Ideas, 10 de mayo de 2006 

Ciudadanos de Cataluña y Vidal-Quadras

Ha llegado la hora de la verdad. El delantero mira fijamente al portero desde el punto de penalti. Depende de su frialdad la gloria de los suyos. No puede huir ni especular, sólo marcar. Cualquier otra cosa, disculpas para plañideras. Ciudadanos de Cataluña ha llegado a este punto.Se acabaron las especulaciones, las quejas, los regates de papel prensa o las amenazas de quienes moralmente se creen superiores a los nacionalistas. Tampoco valen ya las declaraciones de principios ni los manifiestos intelectuales. Si tenían alguna razón de ser, se ha de demostrar en la realidad. Y arremangarse, bajar al fondo de la caverna como los esclavos ilustrados de Platón. Tirar la piedra y utilizar la mano para sostener el asa de porcelana de la taza de té daría la razón a los nacionalistas. Y, lo más importante, han de definir el universo ideológico donde disponer las fuerzas y unir voluntades. Tarea aparentemente sencilla, pero esencial para saber qué somos, qué queremos, cómo queremos conseguirlo, y cuándo. Intentaré pensar en voz alta, plasmar las circunstancias que nos rodean, salir del laberinto. Qué somos Ciudadanos. Con este concepto ya lo he dicho todo, aunque cuando se dice todo en una palabra se corre el riesgo de no decir nada, o que cada cual la amolde a su universo personal y acabe no reconociéndose en ninguno. Sin contar que todos, todos, somos ciudadanos, no sólo los que nos pretendemos denominar así. Ciudadanos remite al concepto de soberanía personal, clave para entender las relaciones políticas, sociales y morales dentro de los Estados de Derecho. Nace con la revolución e independencia americana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789, que acabaron con el poder absoluto del Rey; la primera, mediante la independencia de Inglaterra, y la segunda convirtió a los súbditos sin derechos en ciudadanos; o lo que es lo mismo, los hombres dejaron de ser objetos del poder para pasar a ser sujetos de la acción política. Ahora los ciudadanos son la base legitimadora de la nación, y no meros objetos pasivos o súbditos sumisos al poder real. Ciudadanos de Cataluña nace precisamente porque, a pesar de vivir en un régimen democrático formal, una parte de la población no se sentía sujeto de la acción política sino mero objeto, súbdito en la práctica. Desde las instancias institucionales de la Genaralitat, los nacionalistas ponían la identidad, la etnia, la nación por encima del hombre libre o ciudadano. Nada nuevo respecto al Antiguo Régimen que las revoluciones ilustradas borraron de la historia. Buscaron además en los derechos históricos el fundamento de su legitimidad. Era ahora el grupo nacional, la propiedad de la tierra o la pertenencia a la tribu la fuerza moral, frente a los derechos individuales de sus ciudadanos. Identidad frente a ciudadanía. Una aberración tan rancia como el derecho de pernada. De ahí viene la rebelión de Ciudadanos. En lo sucesivo habremos de atenernos a su condición y obrar en consecuencia a la hora de definir el espacio ideológico. Volveré sobre ello. Qué queremos Nuevamente, una pregunta ociosa; pero no nos engañemos: si no se resuelve desde el principio los senderos se multiplicarán, y su disparidad disipará las energías de los protagonistas en la nada. Y si retrasamos su definición sólo aplazaremos el problema y complicaremos su solución. ¿Por qué? Porque el personalismo, la tentación sectaria o la confusión de ideas acabarían cayendo en el error de repartir áreas de decisión y poder entre los grupos enfrentados por la hegemonía ideológica. Como consecuencia, las ideas y las energías más nobles llegadas a Ciudadanos quedarían desplazadas por los venenosos mecanismos de cocina típicos de los partidos burocráticos existentes. Mala cosa. Pan para hoy y hambre para mañana. O peor, vuelo de avestruz incapaz de alzar nunca el vuelo. Lo último que deberíamos permitir; porque la responsabilidad adquirida es de tal naturaleza que su fracaso elevaría el nacionalismo a la posición hegemónica capaz de hundir definitivamente la posibilidad de que en Cataluña se respete la cultura y los derechos de buena parte de la población. Si bien es cierto que en las actuales circunstancias es imprescindible la lucha por los derechos democráticos básicos por encima de las ideologías, no lo es menos huir de los partidos peronistas, donde llegaron a coexistir corrientes de todo tipo, incluidas las de extrema izquierda y extrema derecha, enfrentadas a tiros y que falsearon el propio sistema democrático. Si alguien tiene alguna duda, mire, por favor, la historia de los últimos 50 años de la Argentina.  Por el contrario, es el sistema democrático el que debe garantizar diferentes ideologías a través de partidos diversos, siendo cada uno de ellos a los que corresponde la obligación de tener una mínima coherencia ideológica interna, para hacer propuestas coherentes y contrastables. En casos extremos de debilidad democrática correspondería a los partidos hacer coaliciones, por encima de sus enfrentadas ideologías, para fortalecer o salvar la democracia. Por eso es preciso definir los fines. Ciudadanos ha nacido por un problema específico en Cataluña. Desde la Transición, los partidos de izquierdas, sobre todo el PSC, buscaron los votos de la población obrera catalana no nacida en Cataluña, pero excluyeron sus derechos culturales y sociales. No les fue mejor a los socialistas no nacionalistas nacidos en Cataluña. Con la llegada de Maragall a la Generalitat, también ellos se sienten excluidos, además de timados; les han colado la identidad nacional en sustitución de la lucha por la justicia social. Unos y otros ya no se sienten representados en el "Parlament de Catalunya". Lo han nacionalizado. Y si esto les parece subjetivo, les pondré un dato objetivo: nadie utiliza nunca el español en el "Parlament de Catalunya". Y lo que es peor, están convencidos de que así debe ser, a pesar de que más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña tengan esta lengua como propia.  No es lo peor; la exclusión alcanza a las ideologías. Ha llegado un momento en que si no aceptas el presupuesto del nacionalismo quedas excluido de la vida social y eres visto como un traidor a la Masía. A eso se le llama cosmovisión totalitaria. También esto puede ser subjetivo. Pongamos un ejemplo objetivo: el conseller Huguet pretende erradicar todo vestigio cultural diferente al que se han construido desplazando las muñecas sevillanas y los toros de felpa de los comercios de souvenirs de las Ramblas, o de cualquier chiringuito playero de la Costa Brava, por artesanía con pedriguí catalán. Ya sé que es ridículo el ejemplo, pero precisamente por eso, porque no hay relación racional entre la labor de un ministro del Gobierno de Cataluña y la cutrez de un activista xenófobo del tres al cuarto, por eso, repito, el ejemplo es significativo. Si hasta esto llega el atrevimiento, qué no harán cuando el tema sea trascendental o tengan el poder para hacerlo. Pongan, si no, el ejemplo de este mismo señor cuando amenazó con la guerra civil si Madrid no aprobaba el Estatut. El problema, por tanto, es de exclusión y de recuperación de derechos democráticos previos a toda confrontación de ideas. En el primer caso es preciso rescatar el voto cautivo que vota al PSC creyendo que lo hace al PSOE, y en el segundo generar formas democráticas, o reconquistarlas, para que nadie pueda ser excluido por sus ideas. En este último terreno la ideología sobra. No es una cuestión de izquierdas o de derechas, es de democracia. En el otro, es preciso ocupar el centro izquierda traicionado por el PSC sin renunciar a las simpatías de quienes se sientan sólo liberales. Por una doble razón: porque es el espacio ideológico en Cataluña que no tiene a nadie que lo represente en el Parlamento y porque cualquier otro espacio no aportaría ninguna novedad en el espacio político catalán.  Buena parte de los presupuestos liberales y no nacionalistas de Ciudadanos ya los representa el Partido Popular de Cataluña: tratar de ocupar ese espacio sería redundante y dividiría fuerzas. Sin contar que, en dos telenoticies y cuatro titulares de prensa, la propaganda nacionalista los habría convertido en los progres/pijos del PPC. Mal negocio.  Y, sobre todo, el espacio electoral más alienado seguiría cautivo del PSC. Es preciso captar las especiales circunstancias de acoso moral a que ha sido sometida la sociedad catalana por el nacionalismo, y sobre todo el mundo obrero cercano al partido socialista, para darse cuenta del complejo ideológico que este mundo soporta ante la menor insinuación de pertenecer a la cosmovisión española representada por el PP. Es tal el repudio, es tan eficaz el estímulo conductista, que sólo si nace un partido sin complejos alrededor de su universo ideológico es posible ganar su confianza y ayudarles a comprender la alienación que nos tortura. Sólo así podrían recuperar su autoestima, reencontrarse con una cultura española de la que no deben avergonzarse y descubrir el tocomocho del nacionalsocialismo. Y, de paso, que la sociedad catalana pueda votar por partidos constitucionalistas de izquierdas y de derechas donde España deje de ser el Hombre del Saco en que la han convertido los nacionalistas. Ese centro izquierda, no obstante, habría de alejarse de las veleidades sectarias de la izquierda histórica, abandonar su superioridad moral nunca demostrada y recuperar el espíritu ilustrado que le llevó a querer cambiar el mundo. O, dicho de otro modo, mantener su lucha por la igualdad y la justicia social e incorporar principios del liberalismo político imprescindibles para defender la libertad individual frente a la alienación colectivista, la identidad nacional o cualquier otra nacionalización de la ciudadanía.  Si no queremos contradecir lo que llevó a Ciudadanos a formarse y reivindicarse con tal nombre, es preciso estar tan cerca del Manifiesto de Euston como alejados del indigenismo maoísta de Evo Morales. Para hacer posible el acuerdo es imprescindible que Alejo Vidal-Quadras vuelva a liderar el Partido Popular de Cataluña. Puede que sea el líder que posea mayor voluntad de combatir y tenga más claro el peligro actual del nacionalismo identitario. Con él se acabarían de cuajo todas las luchas intestinas y sectarias que se adivinan tras la variopinta variedad de intereses ideológicos de los Ciudadanos. Quienes se han acercado a Ciudadanos huérfanos de un liderazgo nítido en el PPC, volverían raudos con Alejo, y quienes en Ciudadanos confían toda su suerte al terreno abandonado por la izquierda habrían de afilar sus capacidades para hacer la labor pedagógica y el activismo necesario para llegar a las bases del PSC. Y, mientras tanto, buena parte de las posibles discordias nacidas del afán por controlar la línea ideológica de Ciudadanos se disiparía.  El liberalismo de Alejo Vidal Cuadras garantizaría a unos el discurso político de Ciudadanos en el PPC, y Ciudadanos garantizaría al resto el discurso social que el centro izquierda representaría. Con un partido de Ciudadanos situado en el centro izquierda en el Parlament, buena parte de los problemas actuales se evaporarían de golpe. Su sola presencia obligaría al PSC y a Iniciativa per Catalunya a recuperar un discurso social abandonado, respetar el bilingüismo y alejarse de la obsesión identitaria nacionalista. De lo contrario, su base social obrera, inmigrante y castellanohablante lo abandonaría, y la catalanohablante no nacionalista le pediría cuentas. Saben que su discurso actual de traición a sus bases sólo se sostiene con la manipulación y el control de los medios de comunicación de masas. Eso se acabaría con tres diputados de Ciudadanos en el Parlament.  Ahora bien, si Ciudadanos sólo ha de ser un parche para devolver el alma democrática a Cataluña, podríamos estar cometiendo un error histórico. Ciudadanos ha de ser un proyecto español. El virus nacionalista que se inició en Cataluña está infectando a otras comunidades, y amenaza carcomer todo el cuerpo social de España. Mientras hubo dos partidos constitucionalistas, el problema se enmascaró; con el PSOE trapicheando con los nacionalistas, todo se puede ir al traste, al menos en la medida en que ahora lo conocemos.  Buena parte de la culpa la tiene el sistema electoral español, que prima a las minorías regionales frente a los partidos estatales. Faltos de mayorías absolutas, uno u otro, no sólo el PSOE, han cedido más de la cuenta. Es preciso crear un partido bisagra, el tercer partido nacional que dé apoyo tanto a uno como a otro en temas de interés nacional sin pedir nada a cambio. Cómo queremos conseguirlo Somos ciudadanos, queremos un partido de centro izquierda español; ahora debemos saber cómo queremos conseguirlo. Para empezar, deberíamos huir de cualquier hábito o costumbre de los partidos al uso. Ha de ser un partido fresco, dinámico, que incorpore internet como herramienta útil para discutir, elaborar y tomar decisiones colectivas, lo que hasta ahora sólo se hacía en reuniones de dirigentes alejados del control de las bases, y muchas veces contra ellas.  Las ideas han de sustituir al sectarismo de los grupos, los proyectos han de anteponerse a los liderazgos emocionales; listas abiertas siempre; limitación de mandato a dos legislaturas y de forma generalizada a todos los cargos políticos; estricto cumplimiento de las promesas electorales y publicación sistemática de las cuentas del partido. Las formas, así, se convertirían en el alma misma de Ciudadanos, porque en democracia muchas veces son más importantes que el contenido mismo.  Estamos hartos de comprobar cómo la incoherencia, la mentira, la venta, la manipulación o el sectarismo de un dirigente de derechas tienen su réplica en su homólogo de izquierdas. Parece como si lo único importante fuera conseguir el poder, si no se tiene, o conservarlo a costa de cualquier cosa, si se detenta. Pongan ustedes mismos los ejemplos. Creo que sería tan extravagante actuar decentemente en política que podría llegar a ser rentable. Y si no lo fuera, al menos nos respetaríamos a nosotros mismos. Que no es poco. Con presupuestos de este tipo, es preciso que desde ahora mismo denunciemos toda práctica sectaria, cualquier intento de agrupar voluntades para hacer del partido una finca particular o al servicio de otras formaciones. No importa con qué coartada ni en qué coyuntura. Se transige en lo poco y se acaba justificando todo. Si no se denuncia desde el principio, en menos que canta un gallo sólo nos diferenciaremos del resto en el nombre. Quiero hacer especial hincapié en tener especial cuidado en detectar y erradicar aquellos proyectos que pudieran estar jugando a favor del Partido Popular o del Partido Socialista. Hay muchas disculpas razonables para hacerlo, por unos o por otros, pero no sería el proyecto de Ciudadanos, sino la decisión maquiavélica de estas formaciones para abortar su posibilidad. Repito, no importa con qué disculpas o coyunturas, hemos de tener el carácter y la personalidad suficiente para no dejarnos engatusar por sus cantos de sirena.  Quien quiera trabajar en Ciudadanos ha de perder toda esperanza de puentearlo. Han de quemarse las naves, claramente, sin tapujos ni disculpas. Si algún día se pudiera o se quisiera colaborar con esas formaciones, u otras, sería de partido a partido, con la autonomía propia de una formación independiente. Y cuándo  ¿Cuándo queremos empezarlo? ¿Hasta cuándo podemos esperar? Son las circunstancias las que lo están retrasando, pero el cuándo es obvio. Hoy mejor que mañana. Y vamos con mucho retraso. El referéndum del Estatut está a la vuelta de la esquina, las elecciones también, y en Ciudadanos todavía se está con si son galgos o podencos. ¿A quién beneficia esto? Desde luego, al proyecto de Ciudadanos ¡no! Por Antonio Robles  antoniorobles1789@hotmail.com Libertad Digital, suplemento Ideas, 10 de mayo de 2006 

El debate sobre las relaciones entre occidente y el islam

Entrevista a Piersandro Vanzan, sj y a Roberto Bertacchini, autores de un estudio

ROMA, martes, 9 mayo 2006 (ZENIT.org).- El último número de la revista «Studium» (n.1/2006), bimestral, publica un ensayo que ha tenido un fuerte impacto en Italia, titulado «La cuestión islámica», en el que se analizan temas como el terrorismo fundamentalista, la inmigración, el antisemitismo, las diferencias entre occidente y el mundo árabe, el diálogo religioso, y los virtuales escenarios futuros.

El ensayo lo firman Piersandro Vanzan, jesuita, profesor de Teología Pastoral de la Universidad Pontificia Gregoriana, y colaborador de la revista jesuita de cultura «La Civiltà Cattolica», y Roberto A.M. Bertacchini, investigador y colaborador de Vanzan.

«Studium», publicación cultural católica, fundada en Florencia en 1906, que fue primero órgano de la Federación de Universitarios Católicos Italianos (FUCI) y posteriormente, en 1933, del naciente Movimiento de Licenciados de Acción Católica, ha contado en su historia con colaboradores de la talla del entonces monseñor Giovanni Battista Montini, luego Pablo VI.

En esta entrevista concedida a Zenit, los autores del ensayo subrayan que «el contacto con el islam subrayará las contradicciones y los evidentes límites del pensamiento laicista, por lo que se agudizará la brecha entre laicistas miopes y laicos con amplitud de miras».

--En su artículo, sostienen que el terrorismo, el odio antioccidental y antijudío, y la inmigración, son parte de un proyecto global para la islamización de Europa. En este sentido, afirman que «la islamización de occidente, no es un fantasma ni un temor, sino una intención». ¿Pueden explicar por qué dicen esto?

--Bertacchini-Vanzan: En el artículo que usted cita, argumentamos ampliamente el tema. En breve, podemos decir que el islam de hoy es una reacción fundamentalista a occidente, nacida a partir de los años veinte, y que tras la segunda guerra mundial se agrava por el cambio de la situación política en Palestina. Lamentablemente, el islam percibe a occidente como una amenaza mortal, independientemente del tema de la presencia de tropas estadounidenses en Irak.

A gran parte del mundo islámico no le gusta que el cine y la televisión enseñen modos de vivir y modelos opuestos a los islámicos. No se trata sólo de mujeres en minifalda, sino de la presentación de una sociedad basada en principios opuestos: por ejemplo de igualdad formal entre sexos, religiones, libertad de elección del estado civil, etc.

Y todavía menos gusta que las chicas musulmanas europeas elijan a su compañero sin el consentimiento de los padres o los hermanos, que no lleven el velo, que a lo mejor elijan la profesión médica, o la de juez o soldado, y cosas así. Estas decisiones repercuten en los familiares, sobre todo los más jóvenes, que se quedaron en los países musulmanes de origen.

Si no se dialoga sobre esto, estas decisiones acabarían por resquebrajar la solidez de instituciones sociales más que milenarias. Y por ello, gran parte del islam --obviamente no faltan excepciones--, de forma no oficial, reacciona y fomenta, o por lo menos aprueba, tanto las guerras regionales --desde Filipinas a Chechenia, desde Nigeria a Yugoslavia--, como los actos terroristas --desde extremo Oriente a Nueva York--, detrás de los que hay, necesariamente, una poderosa máquina organizativa, financiera e ideológica.

En este contexto global, asume una gran importancia no sólo el peligroso asunto iraní, sino la perspectiva de una lucha a muerte contra Israel. Un objetivo que no se puede lograr sin golpear o por lo menos neutralizar el papel estratégico de Europa. De ahí la importancia de su islamización.

--También afirman que hay imames moderados, pero que el islam en su conjunto es de algún modo incompatible con las democracias liberales, por la aceptación parcial de los conceptos de libertad y de derechos humanos. ¿Podría darnos algún ejemplo?

--Bertacchini-Vanzan: Un ejemplo de imam moderado es uno de Londres, entrevistado por Michele Zanzucchi en el libro «El islam que no da miedo». Lamentablemente, ese imam ha muerto hace poco, y no conocemos otros moderados de ese nivel.

En cuanto a la libertad, habría mucho que decir. Por ejemplo, las jóvenes cristianas mantenidas como esclavas, incluso para uso sexual, en el alto Egipto, cuya existencia ha documentado muy bien el periodista Antonio Socci. Afortunadamente, hay una organización estadounidense que tiene el objetivo de liberarlas e incluso han obtenido cierto éxito, pero muchas permanecen sin redimir.

Y luego existen auténticas situaciones de persecución, de las que habla Samir Eid, que llegan a transformar la sociología religiosa de naciones enteras, con una depuración progresiva y una islamización forzada de los cristianos.

El drama en Darfur (Sudán) sigue siendo emblemático. Y no están mejor los islámicos que se permiten diferir abiertamente de la línea ideológica fundamentalista. Los periodistas Magdi Allam y Oriana Fallaci han documentado suficientemente estos casos. ¿Nombres? Farag Foda, asesinado en Egipto en 1992; Mahfuz, premio Nobel, apuñalado casi mortalmente en 1994; Rashid Boudjedra, encarcelado varias veces; M. Boukobza, asesinado en Argelia; Taslima Nasreen condenada a muerte, y podríamos seguir.

--Hablan también de la «necesidad de una gran autocrítica en cuanto a las relaciones con el islam, que abandone el "buenismo" ciego y suicida», y se proponga una estrategia de diálogo y de tolerancia con un objetivo. ¿Pueden explicar cómo desarrollar una estrategia de este tipo?

--Bertacchini-Vanzan: Sobre este tema, consideramos más prudente esperar las orientaciones de Benedicto XVI. Nos gusta ser coherentes con lo que dice el Papa. Pero, en general, hay que admitir que, tras el Concilio Vaticano II, se ha dialogado bastante pero con escasos resultados. Y juntos debemos reconocer que muchos católicos se han quedado atrapados en la retórica del diálogo en sentido único, sin reciprocidad.

Un caso bastante positivo es el de los focolares que a menudo han logrado buenas relaciones tanto con creyentes de otras religiones como con no creyentes. Los casos negativos son en cambio aquellos en los que los católicos son simplemente instrumentalizados pero no reciben contrapartidas significativas en respuesta a su apertura. Y esto, lamentablemente, sucede continuamente por ejemplo cuando se pretende abrir grandes mezquitas en Europa, pero se niega el permiso para poder construir aunque sea una capillita en Arabia Saudita.

--En la última parte de su ensayo, afirman que el «islam de hoy presenta a Europa el problema del reconocimiento civil de su identidad». ¿Qué quieren decir, que Europa debe volver a ser profundamente cristiana y fautora de aquél humanismo cultural y espiritual que ha iluminado al mundo durante siglos?

--Bertacchini-Vanzan: Bueno, hay que ser realistas. Auspiciar vueltas al pasado es ingenuo. En cambio, hay que trabajar por un futuro socialmente más sereno. Y el punto clave es que esto no es posible basándonos en las posturas ingenuas de algunos laicistas, ni en la postura de demasiados católicos resignados a la islamización de Europa.

El concepto de estado multiétnico no coincide con el de sociedad intercultural. Este tema exigiría otra entrevista. De todos modos, un punto es cierto: las civilizaciones y las religiones no son como los números que siempre admiten un máximo común divisor. De hecho, algunas son entre sí inconmensurables. La idea de tolerancia se ha desarrollado en Europa porque se conjugaron lo mejor posible --aunque con muchos esfuerzos--, las raíces (ascendencias/herencias) bíblicas con los frutos de la modernidad. Pero este esquema no es transferible sin más a cualquier contexto sociopolítico.

En resumen, en este artículo queríamos decir que el contacto con el islam pondrá en evidencia las contradicciones y los evidentes límites del pensamiento laicista, por lo que se agudizará la brecha entre laicistas miopes y laicos con amplitud de miras. Estos últimos, serán capaces de esa autocrítica en la que los primeros ni siquiera quieren pensar, y llegarán a una confrontación serena y fecunda con el mundo católico. Es decir, con su parte todavía tendencialmente sana y fiel al Papa. «Quod est in votis», al menos por nuestra parte.
ZS06050902

El insaciable homosexualismo político

El movimiento gay ha elaborado un decálogo deontológico con el objetivo de cambiar todo el lenguaje cotidiano y acosar a quien piense distinto.El homosexualismo político que articula a una pequeña parte de los homosexuales de España, pero que posee una influencia descomunal en la sociedad y la política, ha lanzado una nueva ofensiva. Ya no basta con que sus organizaciones reciban del Gobierno, de las Comunidades Autónomas y de los grandes Ayuntamientos ayudas de tipo diverso que superan los 100 millones de euros, ni que España sea uno de los pocos países del mundo donde exista el matrimonio y la adopción homosexual, ni que la ley del divorcio se haya adaptado a la fragilidad de sus enlaces. Tampoco es suficiente que reciban ayudas específicas para introducir talleres sobre la “identidad sexual” en las escuelas. Todavía quieren más. Ahora se trata simplemente de suprimir el lenguaje. Han elaborado un “decálogo deontológico” para que se trate con respeto y dignidad a estos colectivos, lo cual está muy bien y lo compartimos. Lo grave del caso es que lo que entienden por tratar con dignidad consiste en lo siguiente:Suprimir la palabra homosexual, por considerarla que define una enfermedad (sic) y pide a los medios de comunicación que dejen de adoptar un punto de vista heterosexista. Lo cual debe ser algo difícil porque es evidente que el 98% de la población es heterosexual. En definitiva, lo que solicitan es que dejemos de ver las cosas desde nuestra condición de hombres y mujeres. Y eso no es pedir respeto, esto es reelaborar la condición humana.Suprimir una serie de expresiones muy arraigadas en el lenguaje cotidiano. Citan literalmente bollera, marimacho, marica, mariconada y curiosamente, dar por el culo. Es evidente que algunas de estas expresiones son insultos, o al menos no lo eran en su inicio y han alcanzado esta categoría, pero esto se podría aplicar a muchas otras palabras y a muchos otros grupos de la sociedad. El problema no es del lenguaje sino de la conciencia de quien lo utiliza. Y, más todavía, de la intencionalidad con la que lo emplea. La molestia que sienten por la expresión “dar por el culo” ya pertenece a otra categoría que no es la del insulto, porque en definitiva lo que hace es describir la práctica habitual entre los gays. Ellos se quejan en su decálogo de que esta expresión es utilizada en el sentido de degradar a alguien. Y niegan que sea esto así. Una vez más se muestra de esta manera como intentan imponer esta visión del mundo, porque es evidente que para un hombre que no sea homosexual esta es una práctica que el considera degradante en extremo. Que no se les asocie a situaciones truculentas. Es curioso que el colectivo mitificado por los medios de comunicación, -basta con observar que no hay serie de televisión que se precie sin que salga un homosexual sensible, inteligente y buena persona, rodeado de hombres heterosexuales malvados, histéricos y desequilibrados-, pida que no se les asocie al SIDA, el suicidio, la prostitución o la marginación. En realidad, lo que ya existe hoy es precisamente una autocensura de estos medios en el tratamiento de estas realidades. Es una evidencia que la prevalencia del SIDA en la población homosexual sigue siendo extraordinariamente más alta que en los heterosexuales, por mucho que haya crecido en estos últimos. Basta contemplar el número de casos y relacionarlo con su peso demográfico entorno al 3%, según el Instituto Nacional de Estadística o, también, la evidencia que su afectación del suicidio es mayor, así como que la prostitución masculina, muy reducida, está prácticamente en la mayoría de casos dirigida a la población gay. En el mismo sentido la violencia contra la pareja se ejerce en una proporción mucho más elevada, sobretodo entre los gays, en razón de dos factores comunes. El primero que la causa fundamental de violencia es la ruptura y, precisamente la inestabilidad es la característica de la pareja homosexual masculina. La otra, es que el gay está dotado de una componente hormonal donde la testosterona se halla presente y por consiguiente su reacción violenta es mucho más probable que en una mujer.No ser objetos de debate. Dicen que están cansado de que se debata sobre si pueden casarse o no, tener hijos o no, y suponemos que ahora se cansarán de que se les discuta este planteamiento, sin duda totalitario, que quieren imponer al pensamiento y a la libertad de expresión. Dicen que debe negarse la voz a todos los que tengan opiniones homófonas, lesbófobas y tránsfobas. Es decir, a cualquiera que critique la solución política adoptada sobre su matrimonio, la adopción, la enseñanza de la homosexualidad en la escuela o estas mismas propuestas. Como si esto fuera un dato jurídico normal. Dicen que la libertad de expresión tiene como límite los derechos humanos. Lo compartimos, pero el casarse, el adoptar niños, el recibir subvenciones muy por encima de su significación social, el considerar normal y generalizable la penetración anal, son cuestiones que evidentemente no solo podemos discutir, sino que además podemos rechazar porque no forman parte de ningún derecho humano.Y piden ser sujetos. Pero en los términos siguientes “no desde la necesidad de aceptación sino desde la fuerza”. Más claro el agua.

Lo más curioso del caso es que en esta ocasión los gays, lesbianas, con el añadido transexual se han olvidado de los bisexuales. ¿Esto también debe ser discriminación?

Forum Libertas, 8 de mayo de 2006

¿Conservadores contra las cuerdas?

El escenario geopolítico internacional que ahora vivimos no llama a engaño. Desde distintos frentes y bajo disfraces varios, hay un calculado esfuerzo por acabar en Occidente con los valores ideológicos del pensamiento conservador, lo que en ocasiones y de forma general hemos venido identificando con la derecha política liberal-conservadora. Defender el componente de pensamiento “conservador” en esa etiqueta es hoy, en muchos lugares del mundo (y en España principalmente), un acto que incomprensiblemente se presenta como excusa con que descalificar al sujeto que realiza esa defensa. La razón está en las exitosas campañas internacionales lanzadas desde las izquierdas más variopintas contra el ideario conservador y contra todo lo que se ligue a la “derecha” política.  Centrémonos en el ideario conservador y preguntémonos si realmente está el pensamiento conservador contra las cuerdas. Aquí no sólo sostenemos que no es así, sino más bien todo lo contrario. De hecho, afirmamos que, pese al empuje contra los valores conservadores y la omnipresencia informativa anticonservadora, el conservadurismo incluye unos ideales con los que se identifica una gran mayoría de ciudadanos occidentales, no sólo ya en los Estados Unidos, sino también en España y buena parte de Europa, así como también en Iberoamérica. Para que esa identificación tenga un claro reflejo en las urnas, sin embargo, hace falta explicar bien esos principios, conocerlos y ponerlos en la práctica. En esta colaboración apuntaremos algunas ideas al respecto y probaremos que ese acoso a nivel transatlántico es visible en los ataques a la derecha norteamericana y a George W. Bush. Todos contra los conservadores Aceptaremos de inicio, y para ceñirnos al rigor teórico, que existen unas obvias distancias históricas e ideológicas entre “liberales” y “conservadores”. Por lo mismo, aceptemos también para el caso español la innegable y mayor cercanía de los liberales españoles a muchos de los presupuestos del conservadurismo. Hablamos de una cercanía que, sin representar identidad de valores sí pasa por semejanzas y puntos de contacto, tanto en lo económico como en lo individual y hasta en lo espiritual. Desde luego, esa cercanía es mucho mayor que la que podría existir entre los liberales y la “socialdemocracia” o a las nefastas variantes del socialismo o el comunismo.  Contra lo que de manera ejemplar ha venido haciendo el conservadurismo norteamericano, una de las labores por realizar todavía de manera completa en España es poner en evidencia la continua tergiversación de la realidad y el constante intento por desacreditar la ideología conservadora. En España, han sido los liberales quienes en los últimos años han sabido crear magníficas herramientas de oposición a la farsa de las izquierdas. Desde varios frentes, con frecuencia silenciados y acosados por el monopolio mediático de las izquierdas socialistas, los valores del liberalismo español conectaron con acierto con muchos de los valores del tradicional pensamiento conservador en España: juntos configuraron eso que hemos calificado de “liberalismo conservador” y que la derecha española quiso aunar en el seno del Partido Popular. En esos principios se halló el éxito de parte de las políticas de José María Aznar, con una notabilísima mejora del papel de España en el mundo, muy cercano al conservadurismo norteamericano. Aquella cercanía del Partido Popular a Estados Unidos fue muy productiva pero acabó sesgada con un cambio de gobierno acelerado por unas elecciones condicionadas por la masacre del 11-M. Más de dos años después, la derecha española sigue en estado comatoso, falta de ideas, carente de claridad comunicadora, incapaz de reunir buenos asesores para un líder –Mariano Rajoy- que está tardando ya demasiado en  ilusionar a la ciudadanía española y apostar sin fisuras por un componente verdaderamente liberal-conservador. Nos vamos ya cansando de escribir desde aquí que la derecha española está viviendo un drama interno cuya catástasis acaso acabe en una inmensa tragedia, la que para España supondría no sólo que el socialismo gane otra vez las próximas elecciones generales sino el hecho mismo de la liquidación definitiva de la derecha política liberal-conservadora. Al margen de cuestiones de definición teórica, entendemos que “conservador” es el individuo o el grupo favorable a la continuidad en las formas tradicionales de vida, individual, familiar o colectiva y adversas a los cambios bruscos o radicales. Ser conservador implica también creer en el progreso humano y avanzar con prudencia en la mejora individual, familiar y de la humanidad en general. Cualquiera que sea la opinión que se profese sobre la organización política de los pueblos, preciso es reconocer que todo ser humano lleva innato un deseo de “conservar”.  Innata en ser humano está asimismo la idea de la conservación: conservamos la especie a través de la reproducción de los hijos; creamos así una familia que deseamos conservar; conservamos nuestro cuerpo en el mejor estado posible; conservamos a los amigos; conservamos nuestra propiedad; queremos conservar la vida misma. En ella, deseamos conservar también nuestra Libertad y nuestros derechos sin que nadie nos lo usurpe. Contra esa Libertad precisamente atentan cuantos se mofan de nuestro innato espíritu conservador, confundiendo las cosas y generando definiciones políticas e ideológicas tan falsas como manipuladas.  El ser humano es por naturaleza conservador, lo que no impide ni choca con la idea de avanzar, progresar y buscar nuevos horizontes. Si trasladamos todo esto al ámbito político, comprenderemos algunos de los principios del ideario conservador, justo al que se opone una legión de mágicos titiriteros, encantadores reciclados, relativistas morales de toda condición o enviados mesiánicos reconvertidos en tiranos cuando no en falsos ecologistas de pandereta. A inicios del siglo XXI, pretender definir el pensamiento conservador como absolutismo, como fascismo o como totalitarismo es negar la historia.  La sociedad española, con honda tradición y raíz conservadora, debe conocer las ideas que componen su propia historia y las de la civilización occidental en la que se enmarca. Occidente sintetiza una tradición greco-romana unida espiritualmente a la raíz judeo-cristiana que llevó a la forja de unos valores que configuraron el modelo político-social occidental. Desde ellos, y a través de la Ilustración, se asentó el concepto moderno de la Libertad: la del individuo como sujeto político con unos derechos pero también con unas responsabilidades y deberes personales asumidos en el marco de otras libertades, desde la religiosa a la económica.  Desde esos principios inamovibles de auténtica Libertad apoyados en un sano conservadurismo, y en el que caben distintas opciones, es posible hacer frente sin medias tintas a todos los modelos políticos e ideológicos que pretenden atacar al conservadurismo desde un disfraz “progresista”. Tal disfraz se colorea con demagógicas y utópica “sociedades del bienestar”, pero se desentiende de la verdadera defensa de la libertad individual. En esa empresa anticonservadora unen sus esfuerzos todas las variantes de las izquierdas internacionales, desde los rancios socialismos y comunismos de raíz marxista –a quienes el individuo les importa poco o nada- hasta los disfrazados “socialdemócratas” y otros grupos afines empeñados en anteponer la “colectividad”, la etnia, el género, la clase o la tribu al individuo.  Sólo en el seno de la derecha estadounidense y en unos pocos contados países verdaderamente amigos y aliados de Estados Unidos es posible confiar de cara al futuro en lo que supone la defensa de la Libertad frente a la Tiranía. En esas estamos, aunque sigamos teniendo que enfrentarnos cada día con los ataques de los “progresistas” y con cuantos desprecian cuanto ignoran en nombre de falsos ídolos de barro. Tras la caída del Muro de Berlín gracias al empuje conservador de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, la escena internacional creyó vivir una década de tranquilidad. Era el fin de la historia erróneamente profetizada por Francis Fukuyama, frente a los acertados avisos del choque de civilizaciones expuestos por Samuel Huntington: el mismo Huntington al que tantos calificaron de fatalista y al que hace unos meses acusaron de racista por escribir con acierto sobre el “ser estadounidense”. Hoy entendemos que aquella ficticia tranquilidad de los años noventa bajo el liderazgo de Bill Clinton, fue el campo de abono de una década nefasta para la política internacional norteamericana. La Administración Clinton fue siempre reacia a tomar en serio los varios y serios avisos del terrorismo yihadista. Como consecuencia, tuvimos un 11-S, apenas unos meses después de la elección de George W. Bush a la presidencia de Estados Unidos. Desde entonces, han pasado ya casi cinco años. En ellos, los españoles hemos visto también el paulatino deterioro de la vida política nacional, de su Constitución y de sus instituciones gracias a la llegada al Gobierno de un ejecutivo socialista, tan antiamericano como antiliberal y anticonservador, empeñado en liquidar las bases del régimen democrático constitucional, o sea empeñado en liquidar a España como nación soberana. En varias partes de Hispanoamérica, hemos contemplado también la implantación de la mal llamada “Nueva Izquierda”, encarnada en golpistas como Hugo Chávez o indigenistas falseados como Evo Morales, clones y admiradores todos de tiranos como Fidel Castro. El inicio de este siglo XXI revela el intento de acabar con las ideas que han hecho de Occidente la civilización más democrática, más avanzada y más libre del planeta. Confirmamos ahora el intento de demoler a la derecha política liberal-conservadora a nivel transatlántico. Ese acoso contra los ideales conservadores, en especial por los representados por el conservadurismo norteamericano, no parte solamente de los centros del terrorismo internacional, sino que se agudiza entre el falso “progresismo” que recorre buena parte de Occidente y que lamentablemente incluye muy a menudo a ciertos sectores de variopinto pelaje y denominación. Hoy sabemos ya que las acciones de los llamados gobiernos “progresistas” ubicados en los colectivismos de las izquierdas políticas siguen haciendo estragos en cuantas sociedades tocan. España no iba a ser una excepción y los hechos van confirmando cuanto decimos.  La inmensa mayoría de los gobiernos occidentales no ubicados en esas izquierdas siguen acosados permanentemente por la maquinaria propagandística de esos “progresistas”. Lo peor es que muchos de los políticos que tienen una base social marcadamente liberal-conservadora y de “derechas” –como es el caso del Partido Popular en España- no se atreven a pronunciarse con claridad ni a seguir dignamente el ideario liberal-conservador. Siguen impávidos, confundidos y casi acomplejados ante la demagogia de las izquierdas, sin ofrecer apenas soluciones reales a los ciudadanos y respuestas a la tergiversación del socialismo y sus grupúsculos. Con todo, muchos ciudadanos en el mundo, y también en España, están ya percibiendo la necesidad de aclarar las ideas. En diversas ocasiones hemos propuesto, y seguimos haciéndolo, la necesidad de dar a conocer las bases de una ideología auténticamente liberal-conservadora. Hemos escrito también que el modelo para la derecha española debe ser la propuesta del conservadurismo norteamericano (o anglosajón) y hemos querido trazar una suerte de hoja de ruta norteamericana para la derecha española. Voz en el desierto y nunca mejor dicho desde donde escribimos. No tenemos ningún empacho en defender valores como el del gobierno limitado, la defensa del liberalismo económico, la importancia de las iniciativas ciudadanas como medio de enlace directo entre el individuo y sus representantes políticos. Estados Unidos es el país que mejor ejemplifica el éxito de estos principios conservadores en el contexto de una auténtica democracia liberal. Los resultados están a la vista en lo que es hoy la primera potencia política, económica y cultural del planeta, le pese a quien le pese. En esa vanguardia mundial, resulta significativo el triunfo de los principios conservadores en Estados Unidos. Lejos de lo que se piensa en Europa, y particularmente en los círculos “progresistas” de lo que va quedando ya de España, el conservadurismo de los norteamericanos y de la actual Administración Bush no se debe al mal llamado voto “cateto” de la América profunda o rural (la que nos dicen vota al Partido Republicano) frente a la América urbana y progresista (la que nos dicen vota al Partido Demócrata). Dicha simplificación demuestra el desconocimiento de la realidad estadounidense y de los principios conservadores.  Queda mucho por hacer para transmitir la auténtica experiencia norteamericana, para conocer cómo ha sido en ese país donde se plantaron las bases de la libertad y la igualdad de oportunidades. En un país de emigrantes que huyeron del absolutismo se forjaron los principios que otorgan un saludable orden social apoyado en los valores conservadores y en aquella Declaración de la Independencia (1776) donde se incluyó una frase clave, que debería ser recordatorio para todos los españoles: “Sostenemos que estas Verdades son evidentes en sí mismas: que todos los Hombres son creados iguales, que su Creador los ha dotado de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”.  La defensa de esa Libertad aparece también al inicio de la Constitución Americana (1787) con el célebre inicio “We the People…”: “Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, con el fin de formar una Unión más perfecta, establecer Justicia, asegurar la tranquilidad interna, proveer la defensa común, promover el bienestar general y garantizar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la Libertad, ordenamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América”. Contra lo que se nos ha dicho tantas veces desde la progresía internacional, esa misma Libertad es la que –con aciertos y errores- ha venido defendiendo y abanderando Estados Unidos en todo el mundo. Es así como el mayor reto de este siglo XXI está siendo precisamente hacer frente a la demagogia de esa misma progresía falsa ligada a las izquierdas socializantes más nefastas. Occidente –aparte de los Estados Unidos y unos cuantos países realmente aliados- asiste condescendiente a la reinvención de la historia, a la creación de ficticias “alianzas” de civilizaciones, al ataque a la raíz judeo-cristiana occidental, a la manipulación mediática y al intento de acabar con la auténtica Libertad. Todo ello, además, se sazona con guiños permanentes al terrorismo –como prueba el caso actual del mal llamado “proceso de paz” en España- y con ambivalentes saludos y honores a los regímenes más tiránicos y dictatoriales del mundo entero, desde el Bagdad de Sadam al Teherán actual de Mahmoud, pasando por Sudán, Palestina, Venezuela, Cuba o Bolivia. Estados Unidos y los principios conservadores están sufriendo, contra lo que se piensa, una oleada general de acoso a su ideario y a sus figuras más importantes. De eso ya nos dio buena cuenta con ejemplar visión Jean-François Revel, referencia siempre necesaria para Occidente. Todo esto ocurre con la aprobación y consenso de unas izquierdas internacionales aliadas para acabar con los valores del sano liberalismo conservador. La situación política norteamericana actual y el permanente ataque contra la derecha y particularmente contra los principios conservadores es prueba suficientemente verificable.  Resulta así necesario también señalar la importancia de entender que en el necesario y sano debate ideológico es también hora de escribir claro y tiempo de dar soluciones para hacer frente a unas medias tintas incoherentes y, a menudo, confusas para el ciudadano quienes intentan acabar con la Libertad. Reconozcamos que es tiempo de soluciones, quizá no tanto de etiquetas, pero la importancia de la claridad de ideas confirma que es tiempo de dejar de atacar las formas de vida occidentales, o sea las que más avances y prosperidad han proporcionado a la humanidad. Estados Unidos, Bush y los conservadores como diana de ataque En varias colaboraciones periodísticas y en otras tantas columnas de prensa hemos apuntado el creciente anti-americanismo y particularmente el ataque a los valores conservadores anglo-sajones. Hemos venido insistiendo también en una sensata defensa del ideario liberal-conservador. Dicha etiqueta, aunque cuestionable teóricamente por los antecedentes históricos que enfrentaron a “liberales” y “conservadores”, nos sirve en estos inicios del siglo XXI para unir a cuantos desde el respeto al ideario liberal apostamos por un talante ideológico ubicado en un sano pensamiento conservador. No hay contradicción alguna en cuanto decimos, sino más bien la confirmación de la necesaria unión de lo mejor de esas ideas. Es por esa razón que hemos apuntado también la posibilidad de hablar de un “conservadurismo liberal” y hasta hemos afirmado que el marbete era lo de menos porque la teoría política pasa siempre por una práctica que confirme y pruebe esas ideas a la ciudadanía. De lo que se trataba y se trata, en fin, es de hacer frente con ideas y resultados a los paulatinos y crecientes intentos de privar a la ciudadanía de la verdadera Libertad. Tales son los intentos que vamos comprobando y presenciando a nivel transatlántico, desde España a Estados Unidos, siendo en ambos casos el motor de esa negación de la Libertad los partidos que se ubican en la llamada “progresía” política, o sea casi todos los partidos políticos en España (a excepción del Partido Popular, cada vez más atontado y arrinconado) y el Partido Demócrata norteamericano (cada vez más radicalizado y manipulado). Es por eso también que a la luz de las perceptibles señales que uno observa en la vida diaria, en la prensa y en la vida política transatlántica, se hace necesario aclarar algunas ideas y apostar por una seria defensa del conservadurismo liberal o del liberalismo conservador, siempre tan apedreado y mal entendido por muchos. Ronald Reagan, Margaret Thatcher o Barry Goldwater por citar sólo a algunos líderes políticos ejemplares, se autodefinieron como conservadores y quienes admiramos y valoramos su legado debemos tomar buen ejemplo de sus ideas para aplicarlas a las actuales circunstancias de nuestra época. Sin embargo, en medio de este reto para la Libertad, seguimos viendo como muchos de quienes se oponen a la ideología “progresista” de las izquierdas dedican buena parte de su tiempo a cuestionar también al pensamiento conservador y presentar negativamente a George W. Bush, el único líder mundial que –con sus errores y aciertos- está haciendo frente verdaderamente al terrorismo en el mundo. En los últimos tiempos, sobre todo en España y en Europa, se percibe una especie de retirada ideológica de la derecha política, una suerte de claudicación ante unos principios que, por machacones y tergiversados, han logrado manipular las izquierdas a su favor. El éxito de esa demagogia coincide con el distanciamiento de muchos individuos no sólo de los principios de un partido –en el caso español, el Partido Popular-, sino de figuras claves. En el mundo entero, y también en el seno de Estados Unidos, la figura de George W. Bush ha sido casi demonizada, igual que la etiqueta ideológica conservadora. Vale la pena analizar aquí algunas de estas posiciones para mostrar la situación y extraer algunas consecuencias.  El lector entenderá que no hace falta traer aquí a colación el continuado ataque al que el mandatario norteamericano está sometido todos los días. Con él, y desde su primera victoria electoral a la presidencia en 2000, se ataca a su gabinete. Karl Rove, Donald Rumsfeld, Condoleezza Rice y así uno tras otro. Las izquierdas internacionales, y con ellas el ala más radical del Partido Demócrata y sus medios más afines –desde las cadenas CNN, NBC y diarios supuestamente “honestos” como el New York Times o el Washington Post- no cesan en presentar a Bush como el ogro.  En otro lugar reseñamos recientemente el libro de Hugh Hewitt, donde se planteaban algunos consejos para el conservadurismo norteamericano de cara a las próximas elecciones intermedias del próximo noviembre. La Guerra de Irak, la fallida respuesta inmediata desde el Gobierno al desastre de Katrina, los enjuiciamientos de figuras como Tom DeLay, el caso de Valerie Plame y Joe Wilson, la cuestión de la inmigración, las opiniones contra el Ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, por parte de siete generales jubilados (entre cientos que existen), la subida del precio del petróleo –con una fallida condescendencia de Bush por investigar ahora innecesariamente a las compañías-y otros detalles distintos no ponen fácil los resultados de noviembre.  El odio a Bush está tan incrustado que es perceptible incluso en el seno de la Central de Inteligencia Americana (CIA), la misma que bajo la herencia de la Administración Clinton informó (o desinformó) a la Administración Bush sobre la cuestión armamentística de Irak. En esa misma CIA hemos visto casos pintorescos como el de Joe Wilson y Valerie Plame o el más reciente caso de la agente Mary McCarthy, expulsada de la CIA precisamente por filtrar datos a la prensa –siempre tan anti-Bush- tras contribuir a la campaña del candidato demócrata John F. Kerry. El lector puede imaginar un órgano como la CIA impregnado de varios agentes que muestran un odio innato y un sentimiento anti-Bush que el actual director está intentando atajar afortunadamente. GEES ha puesto el dedo en la llaga recientemente sobre este asunto en relación a la cuestión de las filtraciones de la CIA. Así es, porque nunca antes como hasta ahora con Bush habíamos presenciado la cantidad de filtraciones y el papel rencoroso de varios agentes de la CIA, vestigios de la anterior Administración Clinton. Nunca como hasta ahora habían aparecido tantos libros revelando tantas cosas y repiqueteando contra Bush día sí y noche también.  Entendemos que cada vez resulta más obvia la estratégica colocación de las fichas de la anterior Administración Clinton y cada vez la sombra es más alargada en esa lealtad a Clinton, tan dañina hoy para la lucha contra el terrorismo internacional. El lector español puede establecer una similar comparación con el papel del viejo CESID, ahora CNI, en cuanto a los vestigios del socialismo durante la época Aznar. Algo parecido podríamos decir de los generales resentidos que desde su cómoda jubilación y su inalterable fidelidad la Administración Clinton, ladran ahora contra Donald Rumsfeld, y de paso contra Bush, aspecto del que ya se ha dado cuenta también con gran acierto en otra reciente colaboración.  Lo mismo cabría decir en cuanto a la manipulación que contra Bush y el Partido Republicano se ha venido haciendo durante estas pasadas semanas en torno al asunto de la inmigración y los hispanos en Estados Unidos. Desde el odio de los grupos más anticonservadores, precisamente los más aliados con las izquierdas más anárquicas, se ha realizado toda una tergiversación de las protestas a fin de ubicar a la derecha norteamericana como racista, xenófoba y anti-inmigración. Sabemos que la realidad es bien distinta y adquiere distintos matices, según ha tratado Juan F. Carmona y Choussat, y sobre lo que habrá que volver próximamente. Los asuntos a debatir podrían multiplicarse y en todos los casos encontraríamos, sin demasiada dificultad, esa obsesión por atacar a Bush y a su base social conservadora. Es la misma táctica empleada contra Ronald Reagan. Léanse, si no se cree cuanto decimos, las ediciones de los diarios de los años ochenta, donde Reagan no sólo era un actor que había metido a Estados Unidos en una guerra nuclear y que había arruinado la economía y el déficit nacional, sino que además se le pintaba como el peor presidente de la historia norteamericana. Guardando las distancias, ahora le ha tocado a Bush, el cowboy idiota, el paleto, el tonto… Así todos los días, en todo el mundo. El lector entenderá que no coincidimos con varias de las propuestas e iniciativas de Bush, como en el caso de su cuestionable Ley de Educación firmada con Ted Kennedy; tampoco nos agrada el excesivo gasto en programas sociales que muy a menudo resultan innecesarios; menos aún nos gustan ciertas políticas económicas intervencionistas de aranceles, la última iniciativa de investigar a las compañías petrolíferas o el estrechar la mano a la tiranía comunista de China, de la que cada vez vamos teniendo más noticias de sus silenciosas pero permanentes pegas a la Libertad. Nada de eso nos gusta en Bush. Sin embargo, la grandeza del conservadurismo es el trabajo diario sobre unos principios que Bush encarna y que sabe corregir en su momento como ya hizo en el pasado.  Coincidimos con las preguntas claves que Edwin Feulner, el presidente de la Heritage Foundation, se hacía recientemente en un artículo publicado por la interesante revista American Review sobre los modos de evitar la quiebra conservadora. Estas opiniones resultan constructivas, alimentan el entusiasmo y ayudan también a los políticos –incluido el Presidente- a ver más claro. La rectificación es propia de sabios y Bush –contra lo que se dice y cuando lo ha necesitado- ha rectificado. Lo hizo en la elección de Harriet Miers para el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Lo ha hecho ahora dando nuevo dinamismo a su gabinete, recolocando a Karl Rove y ubicando con acierto a Tony Snow como portavoz de la Casa Blanca en un movimiento que –estamos convencidos- traerá consecuencias positivas para la comunicación, siempre el gran problema de la derecha. En España, resulta muy sintomático que incluso quienes se definen como personas alejadas a las izquierdas también vean en Bush algo negativo, idea que –dentro del respeto a la variedad de opiniones- nos resulta muy cuestionable. Lo malo de todo esto es que en el ataque a Bush se supone indirectamente un cuestionamiento de la ciudadanía norteamericana para elegir a sus líderes. En cualquier caso, veamos algunos ejemplos de cuanto decimos, sobre todo porque parten de personas de reconocida valía y prestigio y a quienes, además, respetamos como liberales y buenos conocedores de las realidades sociales y económicas.  Veamos el reciente caso de algunos artículos aparecidos en la interesante y bien documentada Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE). AIPE fue fundada en 1991 y sirve a varios diarios en lengua española tanto en Estados Unidos como en España e Hispanoamérica. Dicha organización la forman más de seiscientos economistas, analistas políticos, periodistas, historiadores y abogados que interpretan y analizan con acierto los acontecimientos económicos y políticos de diversas partes del mundo. En una reciente colaboración de Porfirio Cristaldo Ayala, corresponsal de AIPE en Paraguay y presidente del Foro Libertario, el autor apuntaba que los liberales clásicos eran realmente “libertarios” y que éstos no podían ser ni de derechas –como los conservadores-, ni de izquierdas –como los progresistas y los socialistas-. Tampoco podían ser –aseguraba el autor- de centro, sino que más bien estaban en otro lugar más alto, en un arriba donde se hallaba más libertad. En su artículo, titulado “La única esperanza para América Latina”, Porfirio Cristaldo Ayala trazaba los orígenes históricos del liberalismo y aseguraba que no existen diferencias reales entre la izquierda, el centro y la derecha en el espectro político. El autor justificaba dicha afirmación alegando que todos eran grupos estatistas dedicados a acumular poder y a oponerse a los derechos individuales y a la propiedad privada. Ubicaba en la extrema derecha a los fascistas y nazis y en la izquierda a los comunistas y a los marxistas. Las afirmaciones de Porfirio Cristaldo Ayala resultarán posiblemente muy válidas para una buena parte de Iberoamérica (término que preferimos al de América Latina) donde sabemos cómo, lamentablemente, la corrupción política, los monopolios, el intervencionismo y la politización de la vida del ciudadano es práctica común que ha llevado a la ruina a gran parte de las repúblicas iberoamericanas. De igual modo, los principios libertarios que defiende este artículo son los mismos que ha venido defendiendo un sector del ideario conservador norteamericano o, si se quiere, lo que nosotros etiquetamos como liberalismo-conservador: por ejemplo, la dignidad del individuo y su importancia como hombre o mujer por encima de las aspiraciones colectivistas. La diferencia está en que los liberal-conservadores creemos en la necesidad de un marco social ordenado y ajustado a unas leyes donde el individuo pueda vivir en libertad y donde su libertad sea protegida. Por eso, la libertad individual es el valor supremo, pero para hace falta unos mecanismos compartidos por los individuos para que esa Libertad sea protegida en el marco de una sociedad, una comunidad o un Estado –el mismo que se identifica con la nación-. Cierto es también que en los principios libertarios se juzga que el individuo debe ser dueño de su persona, de su cuerpo y de su mente, y del fruto de su esfuerzo. En este sentido, los libertarios, por ejemplo, juzgan que esa libertad pasa porque una mujer –por ejemplo- decida lo que quiere hacer con su propio cuerpo. Esa frase -tan conocida y enarbolada por los feminismos radicales-, nos lleva entonces a preguntar a los libertarios, por ejemplo, si es permisible entonces que el aborto sea una opción personal al ser el cuerpo del individuo. La pregunta ante esto, desde el liberalismo conservador que proponemos, es la siguiente: ¿También esa mujer es propietaria del cuerpo del feto sólo por el hecho de que lo lleve en su seno? Puestos a defender la libertad, ¿no será lógico esperar que nazca ese ser humano y que –como individuo- decida en su momento, ya con uso de razón si quiere seguir viviendo o que lo asesinen? Baste este botón de muestra para exponer la importancia de los matices. Otras muchas son las ideas de los libertarios que deben contrastarse aun cuando en ellas exista un ejemplar interés por llevar la Libertad individual a su mayor logro posible. Lo interesante es el reconocimiento de que la función principal del Gobierno y su razón de ser es la protección de esos derechos del individuo. Es ahí donde los liberales-conservadores coincidimos al reclamar un Gobierno pequeño y limitado. Por eso, también coincidimos con John Locke –muy citado también en el pensamiento conservador- en que los derechos fundamentales son la vida, la libertad y la propiedad. Afirma Porfirio Cristaldo Ayala el permanente error en Iberoamérica al identificar el libre mercado con la “derecha”. Y a renglón seguido afirma que si bien la derecha defiende algunas libertades económicas, también la izquierda defiende las libertades políticas, pero que en cualquier caso, ninguno defiende sin restricciones los derechos de propiedad. La historia nos enseña, especialmente en la Iberoamérica desde la que escribe el autor, que las izquierdas jamás han defendido ninguna libertad política más que la suya, o sea la negación democrática, como ejemplifican mitos como los del PRI mexicano, el mismo mito de Salvador Allende y un criminal como Fidel Castro, aplaudido por populistas como Hugo Chávez o Evo Morales, todos siempre tan abiertamente unidos en el odio a Estados Unidos y a la Libertad. Compartimos los buenos deseos de Porfirio Cristaldo Ayala en cuanto al necesario cambio hacia la Libertad en Hispanoamérica, aunque dudamos que dicho camino se halle sólo en el ideario libertario sino también en un componente conservador que haga frente de verdad y con buenos políticos a las realidades iberoamericanas.  De la misma agencia proceden algunos artículos a cargo de Carlos Ball, director de la misma agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute. Un reciente artículo de Ball, cuyas valoraciones son siempre bien expuestas, apuntaba la lamentable situación hispanoamericana a expensas del socialismo demagógico. Con todo, señalaba las razones por las que Bush estaba dando la espalda a los valores liberales. Ball remitía al lector al libro del economista y columnista Bruce Bartlett titulado Impostor, recién publicado en Estados Unidos, y referido al Presidente Bush, con el subtítulo que traducimos: “Cómo George W. Bush llevó a la bancarrota a América y cómo traicionó el legado de Ronald Reagan”. No entraremos aquí a valorar este libro, sino a ver cómo lo analiza Carlos Ball desde su postura libertaria.  Nos enteramos que Bush es uno de los peores presidentes de la historia de Estados Unidos. Ball se remite a Bartlett para relatar la escasa fuerza de la actual Administración Bush y el hecho de que filosóficamente el Presidente tenga más en común con la izquierda que con la derecha política. Se menciona como ejemplo el nuevo subsidio de medicamentos a las personas jubiladas que se juzga como algo monstruoso. Junto a ello se habla de una errada política proteccionista que impuso aranceles a las importaciones, así como otros subsidios agrícolas e  insuficientes acuerdos internacionales de comercio.  De igual modo, Ball trae a colación la idea de Bartlett en cuanto a que Bush comparte con la izquierda la creencia de que el poder del Gobierno debe ser ilimitado cuando se utiliza para el bien, así como su visión de que Bush proyecta la apariencia de ser conservador, si bien en el fondo –argumenta Ball al calor del libro citado- se ha dedicado a promover programas estatistas con fines electorales siendo el único Presidente que no ha vetado ninguna propuesta del Congreso para aumentar gastos. No podemos dejar de reconocer que, efectivamente, Bush ha aumentado el gasto del Gobierno Federal con programas que no han resultado tan eficientes como se esperaba. Lo mismo en cuanto al poco apoyo que ha recibido para reformar el sistema de pensiones, así como otros tantos errores que anteriormente ya expusimos. Sin embargo, el libro de Bartlett al que se agarra Carlos Ball tiene sólo una perspectiva: la económica. Incluso en ella, Bartlett yerra al tratar la reforma de las bajadas de impuestos, así como otros particulares. El éxito de las reformas de Bush queda probado en la actualidad con una economía norteamericana tan pujante como llenas de cifras impensables tras el 11-S. El déficit sigue siendo un problema, pero ¿acaso Reagan no fue acusado también de lo mismo y la historia lo ha puesto años después donde merece? No valen las excusas respecto a los programas instaurados porque –por lo mismo- la población norteamericana de contribuyentes seguirá creciendo, en especial ahora con la pujante inmigración, mucho más alta que en la época de Reagan. En el caso de Bush, además, estamos hablando de un país que está gastando militarmente lo que no gasta el resto del mundo, un país en guerra contra el terrorismo, un país que el 11-S vio devastado su centro neurálgico para el  comercio y que hace menos de un año sufrió con “Katrina” el mayor desastre natural de la historia. Es en ese ámbito donde tanto Bartlett como Ball olvidan el área en la que Bush debe ser reconocido: su imparable firmeza en la guerra contra el terrorismo. En el caso de España, su claridad de ideas sobre quién es, en el fondo José Luis Rodríguez Zapatero –a quien se ha negado a recibir en la Casa Blanca desde hace ya dos años- debería abrir los ojos a más de uno. Lo que estamos intentando decir es que se puede ser liberal, libertario, conservador…, pero no en la actual batalla ideológica contra el totalitarismo de las izquierdas –las que sonríen al yihadismo- no se puede perder de vista el objetivo. Tampoco se puede ver todo exclusivamente en clave económica. Incluso en este último caso, los datos económicos norteamericanos no parecen ser ni tan malos ni tan negativos como quisieran algunos enemigos de Bush: con un crecimiento económico espectacular, con un paro por debajo del 5%, un auge bien definido en la creación de pequeñas empresas y con una economía cuyo único punto oscuro es el déficit presupuestario. En todo caso, no debe dejar de resultar significativo que buena parte de las fundaciones e institutos de talante conservador en Estados Unidos unan en su equipo a especialistas en distintas áreas y de distintas ideologías, no sólo conservadores, sino también liberales y libertarios, como prueban en Estados Unidos fundaciones del prestigio del Goldwater Institute o think-tanks como Intellectual Conservative, por citar sólo dos ejemplos cercanos a quien esto escribe.  Se trata de una mezcla que funciona y que indica la necesidad de unir esfuerzos, pese a las diferencias. Ahí radica una de las razones para hablar de un sano liberalismo conservador. Bush podrá gustar más o menos, pero ha sido el presidente que desde Reagan ha lanzado una auténtica ofensiva ideológica y cultural para rehacer a la derecha conservadora norteamericana. Eso es justo lo que falta en España. Hablamos de la misma derecha que en un sector de Estados Unidos –y como ahora vemos en España- se acomplejó en los años sesenta y setenta ante la demagogia de las izquierdas. Con Bush a la cabeza, la derecha  conservadora está devolviendo a Estados Unidos una moral individual y pública no vista antes, menos aún en los años de Bill Clinton, cuya verdadera historia –al igual que la de su esposa, próxima candidata presidencial- se está empezando ya a conocer mejor.  Quienes dan por muerto a Bush al hilo de unas encuestas que al Presidente le importan poco, se equivocan. Quienes lo atacan por sus actos –como el propio Carlos Ball hizo al hilo de la Ley Patriótica- habrán de aguardar a ver todo esto con la necesaria perspectiva histórica en lo que supone una serio contraataque ante el terrorismo yihadista. Nadie niega que Bush haya cometido errores, pero valdría la pena que quienes compartimos la necesidad de defender los valores del sano liberalismo y del sano conservadurismo uniéramos fuerzas para derrotar a los enemigos de la Libertad, no sólo de la libertad económica.  Al inicio de nuestra colaboración, conscientes de la continuada tergiversación mediática desde el sectarismo de las izquierdas, nos preguntábamos si el pensamiento conservador estaba o no contra las cuerdas. A la luz de lo expuesto aquí y lo que vivimos diariamente en el seno de la sociedad norteamericana, podemos confirmar que no: que el pensamiento conservador se mantiene vivo porque se apoya en unos valores que no sólo son compartidos por una inmensa mayoría de ciudadanos, sino que además han resultado de gran éxito en las sociedades donde se han aplicado de verdad. La cuestión, por tanto, radica en que la ciudadanía siga exigiendo a su gobierno o a los representantes a quienes votan para que se cumplan con pulcritud tales principios a los que votaron.  Más bien asistimos a un orquestado intento por desprestigiar unos valores y principios que han resultado ser plenamente exitosos para la sociedad. Confirmamos, sin ninguna duda, que en el caso de España falta explicar con calma esos principios. En demasiadas ocasiones, incluso los conservadores han cometido el error de interiorizar y asumir el discurso socializante de la progresía. Ahí es donde se halla el verdadero peligro para el pensamiento liberal-conservador, como estamos presenciando cada vez de manera más lamentable y clara en España y en un partido, el Partido Popular. Nos duele presenciar la apoplejía del Partido Popular para autodefinirse como partido ubicado en la derecha liberal-conservadora: la misma que su base ciudadana le reclama.  En esa defensa de la unidad nacional y de la soberanía en manos del ciudadano como sujeto político –la unidad nacional de Estados Unidos y la de España- es donde los conservadores y los liberales clásicos o libertarios debemos darnos la mano. Debemos reconciliar las posibles diferencias pensando en el bien común de una nación libre en el contexto de una ciudadanía cuya Libertad quede asegurada. No realizar ese intento de aunar fuerzas a favor de un sano liberalismo-conservador es claudicar a las etiquetas y favorecer el sectarismo de las izquierdas. Es, en fin, ponerles en bandeja su triunfo electoral con todo lo que ello supone de cercenamiento de las libertades individuales.
  Alberto Acereda es catedrático universitario, escritor y analista político, especialista en temas culturales transatlánticos y Miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua. GEES.ORG, 8 de mayo de 2006