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Políticamente... conservador

Es hora de movilizarse, afirma Pío Moa

Sin duda, la inmensa mayoría de los españoles desea vivir en una nación democrática, estable y unida, condiciones para asegurar la prosperidad, una influencia adecuada para proteger nuestros intereses en el mundo de hoy y el desarrollo de nuestra cultura, que ha conocido épocas gloriosas. Pese a lo razonable de tales aspiraciones, no se trata de un objetivo fácil, como prueba la historia reciente: una y otra vez las mejores perspectivas de estabilidad evolutiva han caído por tierra ante el empuje de fuerzas contrarias. Por remontamos al pasado inmediato, España consiguió, en 1978, dotarse de la Constitución más democrática y de mayor consenso de su historia, que ha garantizado un período largo de desarrollo en libertad. Ello no quiere decir que la Constitución no tenga defectos, o que los casi treinta años transcurridos no hayan estado plagados de dificultades, o que la democracia apenas se haya aplicado en algunas regiones. Pero el balance es eminentemente positivo.  Sin embargo, asistimos hoy a una involución acelerada y brutal. En lugar de culminar la democratización extendiéndola a aquellas zonas donde el terrorismo, directa o indirectamente, ha mutilado las libertades, ocurre al revés: el siniestro modelo establecido en esas zonas por los separatismos y el terrorismo se está extendiendo a todo el país. La Constitución está siendo corroída por medios ilegales, y el amplio consenso antes logrado está disolviéndose por las intrigas e imposiciones fraudulentas de diversos grupos políticos. Entramos así en un nuevo período de inestabilidad, por cuanto ningún arreglo entre esos grupos podrá obtener el grado de lealtad y respeto social conseguidos por el sistema salido de la Transición. Nos hallamos ante una crisis muy seria, y de nada sirve cerrar los ojos.  [...]  Intento describir aquí la marcha de la "segunda Transición", una transición que ya no es de una dictadura a la democracia, como la anterior, sino de la democracia a la demagogia. Y la demagogia, lo sabemos desde los griegos, consiste en la degradación despótica de la libertad. La cabeza visible de este proceso es el actual presidente de la nación. Va de suyo que al personalizar en él no debe ignorarse el papel decisivo de otras fuerzas e individuos, en particular los ligados al grupo mediático Prisa, ligados también en su origen al franquismo, sorprendentemente. Pero hablo del Iluminado por economía y porque, a efectos prácticos, él asume la responsabilidad de la actual involución.  Nada se pierde más fácilmente de vista en el maremágnum de la información de actualidad que la perspectiva y el fondo de los sucesos. De ahí la conveniencia de enmarcar el presente en un contexto histórico más amplio.  Si observamos la historia contemporánea de España percibimos con facilidad tres grandes ciclos. El primero comienza con la Guerra de Independencia y termina desastrosamente en 1873, con la caótica I República; el segundo empezó poco después, con la Restauración, y concluyó en el fracaso de la II República, en 1936; y el tercero dura desde la Guerra Civil hasta nuestros días, cuando asistimos a una muy grave crisis (...) Crisis superable o no, depende de cómo la afrontemos los españoles.  Llama la atención la duración de estos períodos, en torno a los sesenta-setenta años cada uno, y la presencia de la guerra civil en los tres casos. Este repetido y sangriento fracaso ha dado pie a mil jeremiadas sobre nuestra incapacidad para convivir, nuestro carácter cainita, y tópicos de ese jaez, condensados por Gil de Biedma en sus conocidos versos: De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, por que termina mal. Tales frases no tienen un nivel superior al de la gansada, pero cierta charlatanería intelectual muy extendida las repite como oráculos.  De hecho, España no ha sufrido más convulsiones que la mayoría de los países europeos en estos dos últimos siglos. Francia, tanto tiempo tomada aquí por modelo, ha padecido conflictos externos incomparablemente más cruentos, y terminados en derrota la mayoría; y también movimientos revolucionarios equivalentes a guerras civiles, más cortas que las españolas pero muy intensas. Y para qué hablar de Italia, Alemania o los países del Este europeo, no digamos ya los de otros continentes...  Cada uno de esos tres ciclos ha tenido peculiaridades notables. El primero decidió el triunfo bélico del liberalismo sobre el carlismo, abriendo a continuación una etapa de querellas entre liberales moderados y exaltados, de semiestancamiento económico y fuerte retraso respecto de la Europa industrial; el segundo ciclo, mucho más estable y progresivo, asentó un régimen evolutivo de libertades y un progreso sostenido, pero al final naufragó en las convulsiones republicanas y una nueva guerra civil, la de 1936; y el tercero invierte la dinámica del ciclo anterior, pues nació con una larga dictadura que, en paradoja aparente, abrió paso, sin ruptura, a la democracia actual.  Junto a estas diferencias cabe apreciar un fondo común: los tres ciclos pueden describirse como intentos del liberalismo moderado por organizar una convivencia estable y en libertad, intentos exitosos durante períodos más o menos largos, hasta fracasar una y otra vez a manos de los extremismos. La I y la II República constituyeron el triunfo de los demagogos, triunfo catastrófico para la nación, como no podía ser menos. Obviamente, una república no conduce por fuerza al desastre, como prueba la experiencia de otros países, pero debe reconocerse que en España sus dos ocasiones han resultado muy mal.  Ante este hecho surge la cuestión: ¿por qué la izquierda en España –con las excepciones de rigor– ha tendido tan fuertemente a la demagogia y la violencia? Yo aventuraría dos causas. En primer lugar, porque su ideario ha solido entroncar con el jacobinismo francés, especie de liberalismo exaltado y cuna de los totalitarismos modernos, el cual pretendía hacer tabla rasa del pasado y de la cultura occidental, de tan hondas raíces cristianas; tendencia muy distinta de otro tipo de liberalismo, el anglosajón, evolutivo y respetuoso con las tradiciones civiles y religiosas. En segundo lugar, por su vacío intelectual. El izquierdismo español no ha producido teorías o estudios sociales de alguna enjundia. Nunca o casi nunca pasó de vulgarizar al nivel del dogma y la consigna las doctrinas elaboradas fuera. Así ocurrió con los liberales exaltados, los republicanos, los marxistas o los anarquistas.  Esa debilidad intelectual favorecía el fanatismo y la algarada, la maniobra inescrupulosa y la corrupción, manifiestos una y otra vez en el republicanismo histórico (sobre todo el primer Lerroux), en el socialismo y, con mayor furia, en el comunismo.  Vale la pena reflexionar sobre esta historia, y en particular sobre las dos dictaduras del siglo XX, la de Primo de Rivera, de 1923 a 1930, y la de Franco, de 1936 a 1975. Las dos fueron reacciones a los desmanes de las izquierdas y los separatismos. He examinado la cuestión con detenimiento en Una historia chocante, y no me extenderé ahora. Baste señalar que en al 1923, cuando Primo de Rivera dio su golpe de Estado, el país se hallaba al borde de un derrumbe revolucionario, con un pistolerismo anarquista desestabilizador, los separatistas vascos, catalanes y gallegos dispuestos a la acción armada, unidos en una Triple Alianza, y una generalizada descomposición política. Y en 1936, cuando Franco se rebeló, la descomposición había llegado a tal grado que las propias fuerzas de seguridad del Estado obraban como grupos terroristas, muy capaces de asesinar a los jefes de la oposición. España no habría tenido estas dictaduras sin la previa ruina social y política creada por las izquierdas y los separatismos.  Pese a su anormalidad institucional, los dos dictadores resolvieron muchos problemas acuciantes, planteándose después de ellos la vuelta a un sistema constitucional. A ese fin había dos salidas: la ruptura con el pasado inmediato, o bien una reforma capaz de conservar los logros de las dictaduras y de construir sobre ellos. El exiliado líder catalanista Tarradellas anunciaba ya durante el franquismo: "Si algún día gobernase, no destruiría nada de lo hecho por Franco que fuera positivo para el país y la estabilidad general". Pero en 1930, después de Primo de Rivera, se impuso la ruptura, alumbradora de la epiléptica II República. En 1976, en cambio, triunfó la opción reformista, y el fruto han sido treinta años de aceptable convivencia democrática, si exceptuamos las Vascongadas y, en menor medida, Cataluña. El PSOE se democratizó a su vez, abandonando el marxismo, y pareció posible consolidar definitivamente la convivencia en libertad, por primera vez tras el fracaso de los ciclos anteriores.  ¡Y últimamente han tornado los viejos fantasmas! El izquierdista español (con excepciones, insisto) se autotitula progresista, representante de los pobres, de los oprimidos, del pueblo, del proletariado, etcétera; y, con un toque mesiánico, ansía cambiar de raíz la sociedad y la historia en función de ideas que él mismo no ha asimilado bien, reduciéndolas con frecuencia a simplezas. Aún podría excusarse su aspiración rompedora si la acompañara la genialidad o un talento destacado, pero hasta ahora nunca ha ocurrido, quizá porque un verdadero talento encaja mal con tal aspiración.  La larga lista de los líderes izquierdistas es también la de mediocridades intelectuales y políticas, trátese de Pi y Margall, de Lerroux, de Federica Montseny, de Pablo Iglesias, de Prieto, de Largo Caballero, de la Pasionaria o de cualquiera que se venga a la cabeza. No digamos ya personajes irrisorios como Zapatero, Carod, Maragall... Una relativa excepción, Azaña, hubo de denunciar con amargura la escasa inteligencia y la "corrupción de los caracteres" de sus correligionarios y aliados, gente sólo capaz, a su juicio, de "una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta". No extrañará que un hombre de izquierdas moderado, inteligente y demócrata como Besteiro se viera pronto desplazado.  El PSOE, hoy está plenamente documentado, organizó a partir de 1933 la guerra civil –en sus propias palabras–, creyendo llegada la ocasión histórica de cumplir sus objetivos marxistas. Y, junto con los nacionalistas catalanes de ERC, los comunistas y otros, llevó la República a la quiebra. Estos hechos podrían quedar como suceso antiguo y superado, máxime cuando el PSOE se democratizó durante la Transición, al abandonar el marxismo; pero la democratización fue parcial, y hoy asistimos a una alarmante vuelta atrás.  Antes de la Guerra Civil, el ataque mayor a la convivencia partió de los revolucionarios, coligados en buena medida con los separatistas. Hoy la iniciativa corresponde a los separatistas, problema de segundo orden si los dos grandes partidos nacionales permanecieran firmes en la defensa de las libertades y la unidad de España. Por desgracia no ha sido así, y el Partido Socialista sirve hoy de caballo de Troya a los movimientos disgregadores y liberticidas. Puede datarse el origen próximo de la crisis en dos fechas: la Declaración de Barcelona, de julio de 1998, y las elecciones vascas de junio de 2001. La primera, firmada por los separatistas gallegos, vascos y catalanes, invocaba como precedente la mencionada Triple Alianza de 1923, que amenazaba recurrir a las armas. Y anunciaba "un trabajo conjunto sobre lengua y cultura, fiscalidad y financiación, símbolos e instituciones, presencia en la Unión Europea y otras cuestiones que acordemos" previendo una propaganda internacional y "una relación estable y permanente entre las tres fuerzas políticas y una estructura abierta que permita llevar a cabo las actuaciones conjuntas que requieran los objetivos declarados". Objetivos resumidos en una "segunda Transición" que liquidase la Constitución de 1978 y disgregase a España en regiones ("naciones") separadas, aunque, con vistas a evitar su exclusión de la Unión Europea, mantuvieran una apariencia de unidad en un "Estado español" virtual.  El peligro no parecía entonces relevante, pues los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, mantenían los principios democráticos del Pacto Antiterrorista. Pero fuerzas muy activas al lado y detrás del PSOE trabajaban contra la unidad de los demócratas y a favor del aislamiento del PP mediante una alianza con los separatistas. Presionaba en esa dirección, sobre todo, el poderoso grupo mediático Prisa, del cual se ha dicho que no es el órgano de expresión de un partido, sino una empresa de comunicación que posee un partido.  Dicho grupo vio su oportunidad en las elecciones vascas de 2001, cuando los demócratas obtuvieron sus mejores resultados en muchos años, perdiendo por poco frente a los separatistas y terroristas. Esta derrota menor fue explotada por el grupo Prisa y sectores del PSOE para desmantelar la alianza a favor de la Constitución y la democracia y promover la alianza contraria, del PSOE con los separatistas e, indirectamente, los terroristas. Esa alianza de hecho concreta el proceso involutivo que hoy vive España. ¿Terminará aquí, en un nuevo desastre, el tercer ciclo mencionado antes, o, por el contrario, se impondrá la cordura que permitió hacer la Transición? ¿Cundirán por toda España las situaciones generadas por los separatismos en las Vascongadas y en Cataluña, o, al revés, la democracia se extenderá con firmeza también a esas regiones? ¿Se cumplirá la ley o se hundirá el Estado de Derecho en negociaciones con el terrorismo, legalizando el asesinato como forma de hacer política y obtener fuertes concesiones?  En las ocasiones difíciles todo depende de si la sociedad logra entender la magnitud del desafío y afrontarlo con suficiente energía. La crisis no puede superarse renunciando a la democracia ni mediante intervención militar. La solución sólo vendrá de la toma de conciencia y la movilización de los españoles resueltos a defender la libertad.  Pues nadie en sus cabales puede desear una involución democrática que abocaría a crear ciudadanos de primera y de segunda, e imponer despotismos caciquiles por todo el país; a una disgregación que convertiría España en un conjunto de pequeños Estados impotentes, en discordia y sujetos a las intrigas e intereses de otras potencias, facilitando de paso la agresión islámica. Pero no basta denunciar los males evidentes y sus raíces, y mucho menos contentarse con una defensiva roma. Es urgente tomar la iniciativa, oponer a esos procesos el ideal de una España de libertades, firmemente unida, solidaria y sin privilegios regionales.  Por esto, y no sólo contra aquello, debe movilizarse la ciudadanía. A lo cual aspira a contribuir este libro.  NOTA: Este artículo es un fragmento editado del prólogo de El Iluminado de la Moncloa y otras plagas (Libros Libres, 2006; 314 páginas).  

Pío Moa

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 13 de mayo de 2006

¿Qué ocurre en la iglesia de Bush?

Los metodistas están en plena batalla entre liberales y conservadores. Y los últimos van ganando.

 
El metodismo fue iniciado por John Wesley como movimiento dentro de la Iglesia de Inglaterra en el siglo XVIII, centrado en el estudio de la Biblia, exigente en el plano ascético y activo en lo que a predicación se refiere. Los primeros metodistas reaccionaron contra la apatía de la Iglesia de Inglaterra, empezaron a predicar al aire libre sermones entusiastas acompañados de himnos y cantos y establecieron sociedades metodistas por doquier. Destacaba su insistencia en la necesidad de un nuevo nacimiento (los famosos “reborn”) y en la acción del Espíritu Santo. Muy pronto se les acusó de fanatismo e incluso de superstición y después de la Revolución Americana, la Iglesia de Inglaterra cortó con aquellos de sus miembros que eran norteamericanos, impidiendo que se pudiesen ordenar como ministros. Wesley decide ordenar ministros, y puesto que no era obispo, esto supuso un cisma que originó la Iglesia Metodista como cuerpo separado.Esta breve introducción que ayudará al profano a situarse es por supuesto simplificadora: el mundo protestante es muy cambiante y de hecho existen hoy más de cuarenta agrupaciones que se reclaman herederas de Wesley y por tanto metodistas. Pero lo que aquí nos interesa es lo que está sucediendo entre los metodistas norteamericanos actuales y qué tendencias refleja. Como muchas otras denominaciones protestantes, la Iglesia Metodista Unida ha experimentado en las últimas décadas el avance de las posturas más liberales, al menos entre los pastores que las dirigen. Esto se ha traducido en una caída de sus fieles de 11 a 8 millones y en el lanzamiento de costosas campañas publicitarias para captar nuevos miembros, si bien los escándalos sexuales y la batalla sobre la homosexualidad han dejado en un segundo plano todos estos esfuerzos.Los metodistas conservadores, tras luchar por la supervivencia, empezaron a organizarse y a plantar batalla dentro de su iglesia siguiendo el ejemplo de los baptistas del Sur, quienes en los años 80 consiguieron la presidencia de su convención después de años de intensa preparación. En el caso de los metodistas, los conservadores evangélicos empezaron a conseguir éxitos en la década de los noventa con el apoyo clave de las iglesias metodistas africanas. En efecto, mientras que el metodismo liberal de la Costa Oeste y del Noreste americano declina en número, los metodistas africanos, teológicamente conservadores, no cesan de crecer y en 2004 ya representaron el 20% de la Conferencia General que rige los destinos de la Iglesia Metodista Unida (convocado cada cuatro años, se calcula que en 2012 los africanos superarán el tercio de los asistentes). Esto significa que la alianza de los metodistas del Sur con los venidos de ultramar está a un paso, si no la ha alcanzado ya, de la mayoría. El caso de Beth Stroud es significativo de lo que se cuece entre los metodistas. Stroud anunció su relación sexual lésbica con otra mujer desde el púlpito de su congregación liberal en Filadelfia hace dos años. Pero el obispo metodista del lugar, disconforme con este paso, inició un proceso judicial que acabó con sentencia condenatoria por haber infringido la prohibición para los pastores de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. En abril de 2005 un comité de apelación de mayoría liberal dictaminó que como se prohíbe la discriminación basada en el “status” la sentencia era nula. El caso pasó entonces al Concilio Judicial, una institución que vegetaba en la inactividad pero que es ahora crucial en la batalla sobre la homosexualidad dentro de la Iglesia Metodista Unida. El Concilio Judicial, encargado de hacer cumplir las leyes aprobadas en las Conferencias Generales, tiene en la actualidad una mayoría conservadora (entre sus nueve miembros hay un filipino y un congoleño) y votó 6-2 contra Stroud. Los tiempos y los equilibrios numéricos parecen decantarse pues cada vez más hacia las corrientes más conservadoras dentro del metodismo. La reacción de los metodistas liberales ha sido furibunda y han llegado hasta a proponer la expulsión de dos miembros de la Iglesia Metodista Unida, George W. Bush y Dick Cheney, por haber “lanzado una guerra inmoral”. Se puede aplicar aquí lo de mucho ruido y pocas nueces: la influencia conservadora crece y se consolida; dos datos nos ayudarán a comprender que este viraje a estribor va a ser muy difícil de rectificar: ya hay más metodistas en el sureño estado de Georgia que en toda la Costa Oeste y los estados de las Rocky Mountains juntos; por otra parte ya hay más asistentes dominicales metodistas en el Congo que en todo Estados Unidos. Las congregaciones liberales están cada vez más vacías mientras las conservadoras son las únicas que crecen. La tendencia que ejemplificaron los baptistas del Sur y que después ha sido clave para consolidar la hegemonía política republicana se está repitiendo entre los metodistas. Publicado en American Review por Jorge Soley Climent
09-05-2006

Uno, dos, diez Boadellas: la pesadilla (voluntaria) del PP

La división de la oposición a Zapatero beneficiaría electoralmente y humanamente al actual Gobierno. La única alternativa a un centro derecha popular y plural es la derrota permanente.

12 de mayo de 2006.  Ciudadanos de Cataluña se ha presentado en Madrid. Albert Boadella, promotor del proyecto, ha anunciado que después del referéndum sobre el Estatuto de Zapatero se constituirá un nuevo partido político, que podrá extenderse también al resto de regiones de España. De esta manera, el artista catalán se convierte en el artífice de un "tercer polo" político. Muchos otros, desde Leopoldo O´Donnell a Adolfo Suárez, pasando por Joaquín Costa, han fracasado antes que él en similar aventura.

Francesc de Carreras, Arcadi Espada y Albert Boadella, entre otros, promovieron Ciudadanos de Cataluña como reacción contra la prepotencia nacionalista del gobierno regional de Maragall, de Carod-Rovira y de los comunistas. Era una reacción comprendida y apoyada por muchos, dentro y fuera de Cataluña, tras tres décadas de manipulación nacionalista de las conciencias y de la sociedad. Se trataba de dar voz a la parte de Cataluña que ni siquiera el PP conseguía o quería representar, y de pedir el "no" al proyecto de Estatuto "nacional".

Hay pocas dudas de que muchos catalanes, y muchos españoles de otras regiones, no se sienten cómodos con la España de Zapatero, que es tanto como decir con la ruptura de España diseñada por Zapatero. Y es cierto que esa disidencia no es sólo de derechas, ni sólo de izquierdas, ni de hecho está bien representada por las viejas etiquetas. Ahora bien, si de verdad se va a avanzar en esa dirección los españoles tienen que saber si realmente hay un espacio político libre, si ese espacio político no va a ser cubierto por nadie más y cuáles serían las consecuencias electorales y estratégicas de la aparición de este nuevo sujeto. Porque aunque vivamos en la sociedad de la imagen y de la comunicación, a largo plazo la política se hace con realidades, y conviene afrontar éstas.

¿Hay un espacio político libre?

Derecha e izquierda, tal y como se citan hoy en los medios de comunicación españoles, son conceptos inservibles. Existe una gran masa de españoles que no acepta lo que los "progresistas" de Zapatero y Otegi están haciendo con el país: hay una mutación forzada de los valores y de las conductas, se asiste a la construcción de un poder cultural, mediático y educativo cuasitotalitario y se está diseñando la secesión de algunas regiones, en algunos casos cediendo parcelas de poder a una banda de asesinos. Frente a eso, obviamente, hay una resistencia creciente.

Mejor dicho, hay una pluralidad de resistencias. Porque así como la coalición revolucionaria es variada, pero está actuando unida desde antes del 11 de marzo de 2004, quienes se oponen lo hacen desde múltiples y muy diversas posiciones. Sensibilidades más liberales o más tradicionales, más conservadoras o más sociales, de carácter puramente nacional o de matiz regionalista, de origen en la vieja izquierda o en la vieja derecha, católicos y agnósticos, y así sucesivamente: todo y lo contrario de todo, con un punto de unión en la defensa del ser de España.

¿El PP ha hecho los deberes?

Si el proyecto de Ciudadanos de Cataluña ha podido adquirir una dimensión política es porque existe en amplios círculos la idea de que el PP no quiere o no puede reunir en sí toda la pluralidad de voluntades opuestas a Zapatero. Naturalmente, ante una amenaza cierta, si una parte de los amenazados tiene la idea de que el partido de la oposición no quiere ser su voz, su escudo y su espada, es lógico que alguien –en este caso Boadella- piense en dar voz a los que no tienen voz.

¿Es verdad que el PP ha renunciado a abrirse a esas fuerzas nuevas, algunas de las cuales vienen incluso de la izquierda? En algunos burócratas de la política ha podido anidar la idea de que el PP, por ser de "centro", debe mantenerse al margen de ese amplio movimiento social, beneficiándose como mucho indirectamente de él pero sin implicarse en la movilización. Y esa idea, convertida inocente o interesadamente en imagen del PP para muchos de los interesados, es la que sirve de estímulo para un "tercer partido" .

Ahora bien, el PP es mucho más que un partido frígido de diseño, o al menos lo ha sido y tiene los elementos en su naturaleza para serlo con éxito. La derecha históricamente, y el PP también, se distinguido por su capacidad de unir y sintetizar cosas diferentes e incluso aparentemente opuestas en empresas comunes. Zapatero debería ser motivo para que el PP ganase consensos en todas las direcciones, y los articulase en un proyecto renovador y atrevido. Todo lo que ha dicho y hecho hasta ahora Ciudadanos de Cataluña podría caber en una derecha plural; y si no ha tenido su espacio ha sido también por cálculo miope de algún líder de segunda fila, o por consejo errado de algún asesor lejano de la realidad.

Steven Hayward acaba de explicar cómo en el conservadurismo norteamericano caben tradicionalistas, libertarios y neoconservadores, y cómo la unión de fuerzas ha permitido unir pueblo y vanguardias intelectuales. Es un ejemplo de "derecha", en sentido lato, que funciona variada y unida. También lo es Italia, donde el sistema electoral permite canalizar la "unidad en la diversidad" a través de diferentes partidos, cosa que en España es y será siempre imposible. Ambos casos, además, recuerdan contra toda exigencia extremista que ganar elecciones no es suficiente para cambiar el curso de las cosas. El caso regional de UPN es una benemérita excepción histórica y foral que no se va a repetir, y que debe defenderse como tal.

¿Y si sucede lo peor?

El doctor Luis Miguez acaba de explicar aquí cómo, por qué y con qué consecuencias hay distintas fuerzas interesadas en crear una "derecha fuera del PP", sea supuestamente hacia la izquierda, como sería en el caso de Boadella, sea hacia la derecha más rancia. Sólo un iluso puede pensar que con nuestro sistema electoral las consecuencias vayan a ser positivas. A día de hoy la división de la derecha no reportará beneficios a ninguna de las partes resultantes, porque todas ellas quedarán eternamente fuera del poder y eternamente incapacitadas para defender aquello que dijeron querer defender.

Ahora bien, aparte de la derrota electoral cierta, segura e inexorable, la aparición de varias fuerzas en la derecha implicará una decadencia cualitativa de todo el sector político. Incluso si la suma de las partes es superior al todo -cosa más que dudosa- el PP, que seguirá siendo el mayor partido, se privará de muchos valores en alza, personas e ideas que de unirse a un centro derecha libre y plural lo enriquecerían y contribuirían a mejorarlo. La única manera de que el PP se abra al pluralismo es desde dentro; pero si eso no sucede será responsabilidad tanto de quienes prefirieron construir su corralito aparte como de quienes no tuvieron la generosidad de reconocer y potenciar el pluralismo desde dentro. En todo caso, la aparición de nuevas siglas electorales de derecha es una mala noticia para el PP, pero también para el futuro de España. Aún hay tiempo, con buen criterio, de construir pacíficamente una alternativa popular y social al régimen de Zapatero.
 Pascual Tamburri El Semanal Digital, 12 de mayo de 2006

ANTOLOGÍA DE TOCQUEVILLE: Los peligros de la democracia

Hubo un tiempo en que la democracia se tenía por el sistema que permitía cambiar de Gobierno sin que mediara derramamiento de sangre. Hoy por hoy es mucho más, porque la izquierda ha monopolizado el término e incluso lo utiliza políticamente. Para el socialismo, demócrata es quien acepta que todo se rija por la voluntad de la mayoría y que el igualitarismo se extienda a cada una de las facetas de la vida. En cambio, quien pone objeciones a que el principio de la voluntad general sea omnipotente es tachado de antidemócrata. Tal manipulación obliga a echar la vista atrás y recordar a uno de los más relevantes pensadores: Alexis de Tocqueville (1805-1859). Fue este francés quien, tras viajar a los Estados Unidos de América, comprendió que aquella sociedad era realmente democrática porque defendía la igualdad ante la ley y la libertad política en un marco constitucional donde a cada cual se le reconocía el derecho a buscar su propia felicidad. Frente a la pretensión izquierdista de que "en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tiene derecho a hacerlo todo", el autor de La democracia en América afirma que esta idea es claramente "impía y detestable", puesto que conduce a la "tiranía de la mayoría". Es preciso recordar que ningún pueblo es infalible, y mucho menos sus políticos. Como acertadamente señala nuestro autor, si pudiéramos conocer todo lo que afecta a la consecución de nuestros deseos, presentes y futuros, existirían pocos argumentos en favor de la libertad. La libertad es esencial para dar cabida a lo imprevisible e impronosticable; la necesitamos, porque hemos aprendido a esperar de ella la oportunidad de llevar a cabo muchos de nuestros objetivos. Sin embargo, a pesar de la lógica de sus palabras, actualmente asistimos a una época en que el Poder se extiende por todas partes, regulándolo todo y multiplicando los derechos "sociales", anulando así el escaso respeto por el individuo que nos quedaba. Previendo semejante panorama, Tocqueville llegaría a decir:  "Cada día se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío; el poder circunscribe así la acción de la voluntad a un espacio cada vez menor y arrebata poco a poco a los ciudadanos su propio uso".  Dado el panorama que nos rodea, la libertad es como un islote en medio del mar. Tan pequeño como vasto el horizonte. El agua lo cubre todo, y la tierra es apenas un accidente del ecosistema. La sociedad, por su parte, se ha convertido en una masa amorfa que no piensa por sí misma y vive sumida en el consenso, canjeando día a día seguridad por independencia. Un pesimismo similar a éste fue el que le hizo a Tocqueville preocuparse por lo que vendría tras su muerte. Como Casandra, advirtió de los peligros que acechaban a la civilización, y sus predicciones acabaron por cumplirse. Desgraciadamente, en el libro que comentamos encontrarán poco de lo que les hemos comentado anteriormente. Esta antología es más bien una colección de retales que no ofrece un repaso concienzudo de las ideas de este autor. Lo más curioso, aparte del elevado precio de la obra, teniendo en cuenta lo que aporta, es la inclusión de un estudio sin ningún tipo de ligazón con los textos seleccionados. Quizás lo único de este libro que mueva a comprarlo sea la inclusión de su discurso de ingreso en la Academia, donde pueden hallarse algunas perlas sobre la Revolución Francesa que inoculan contra las ponzoñosas palabras de Zapatero en el 75 aniversario de la proclamación de la II República: "Muchos de los objetivos y de las grandes aspiraciones" de aquel "período de sueños y lágrimas" están hoy en "plena vigencia", y con un "alto" grado de desarrollo (sic).  En fin, estamos ante un libro prescindible de un autor imprescindible. Curiosa contradicción… Por Gorka Echevarría Zubeldia  Alexis de Tocqueville: Discursos y escritos políticos. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006; 325 páginas.  Libertad Digital, suplemento Libros, 12 de mayo de 2006

El movimiento conservador desde 1950. The Conservative Movement since 1950. Steven Hayward. The Insider, Spring 2006.

Steven Hayward, actualmente en el American Enterprise Institute, ha resumido su conferencia pronunciada en Princeton “The Coonservative Movement: Its Past, Present and Future” en un interesante artículo aparecido en The Insider. Destaca en primer lugar la propia conciencia de los conservadores norteamericanos de formar un movimiento, unido a pesar de todas sus disputas internas. Aquí Hayward repasa principalmente los últimos 30 años del movimiento conservador, años en los que ha triunfado, alcanzando el poder y organizándose con fuerza. Las corrientes internas, que el autor sintetiza en tradicionalistas, libertarios y neoconservadores, que muchos auguraban que harían estallar el movimiento no han explotado. Para Hayward las tensiones son evidentes e incluso violentas, pero aún tiene sentido hablar de conservadores en Estados Unidos. Otro de los rasgos de estas décadas ha sido la extensión del conservadurismo desde unas élites intelectuales a la mayoría del pueblo, lo que ha significado un cierto acomodamiento al antes tan denostado “big government”; incipiente en Reagan, muy claro con Bush. El artículo señala algunas enseñanzas fruto de la experiencia de estos años, entre las que destaca que ganar elecciones no es suficiente para cambiar el curso de las cosas. Y también tendencias: la profundización entre los conservadores del estudio de los fundadores y de la defensa del “originalismo”, lo que hace prever que la batalla judicial continuará incluso en el caso de que la cuestión del aborto despareciera.  Publicado en American Review por American Review
10-05-2006

Hemingway y la propaganda soviética

La historia no es la sucesión de los acontecimientos, sino el relato de esa sucesión. Por eso se encuentra en permanente reelaboración: como todo relato, varía de acuerdo con el carácter, el deseo y la fantasía de sus lectores, capaces a su vez de interpretarlo y transmitirlo con matices, formas y hechos de nuevo cuño. La debilidad implícita en esa apertura a la interpretación, que permite tantas versiones del pasado como necesidades políticas haya en el presente, resulta ser también una ventaja cuando la historia es tan sólo historia y no es desplazada por un delirio generador de mitos nacionales o ideológicos. Es decir, cuando es historia y no propaganda. Estamos inmersos en narraciones creadas en los sótanos de la propaganda. Esto no es nuevo, por supuesto; en la medida en que no es nueva la política. Moisés se valió de la propaganda para convencer a los hebreos de la conveniencia del éxodo. Virgilio escribió poesía bucólica al servicio del emperador, alentando el regreso de la burguesía romana a los campos abandonados. El Romanticismo, en la primera mitad del siglo XIX, proporcionó fantasías nacionales a los Estados modernos, adaptó el pasado a los reclamos del presente. La Ilustración, desde antes y hasta mucho después, impulsó la posibilidad de transformar el mero relato del recuerdo en conocimiento científico de lo realmente acontecido.  De los dos movimientos, en ocasiones mezclados, surgieron ramas podridas en el siglo XX: el nacionalsocialismo y el stalinismo son expresiones extremas de ese desarrollo patológico. En ambos casos se trató de exponer como ciencia ya no la memoria más o menos torcida de la humanidad, sino la invención pura del pretérito. El mito de la raza aria y el mito del proletariado universal fueron expuestos con prosopopeya seudocientífica, y se pretendió sostener su entramado con el auxilio de ramas del saber definidas como "ciencias humanas", todavía en agraz y con altos niveles de contaminación ideológica desde su origen, como la antropología. Hubo una genética aria, personificada en el caso Mengele, y una genética stalinista, encarnada en el caso Lysenko. En la siempre singularísima historia española, el mito ha preponderado sobre la historia a lo largo de los siglos. Y la Guerra Civil no escapa a las generales de esa ley. Un político cuyas responsabilidades públicas deberían obligarle tanto a una especial imparcialidad como a una mínima madurez intelectual se refirió hace poco a buenos y malos, en el entendido de que los buenos eran los que aún hoy se identifican con el bando republicano. Otros la han contado de otros modos, igualmente simplistas y deleznables: españoles contra catalanes, franquistas contra nacionalistas vascos, fascistas contra comunistas, socialistas contra todos, republicanos mayoritarios contra franquistas minoritarios ayudados por Alemania e Italia, héroes republicanos contra cobardes franquistas y viceversa, etc. Todas, cosas demostrables según quién las cuente. Hace mucho que la imposibilidad del trato, aun tras el largo silencio pactado en que se fundó la Transición, ha dejado la historia de España en manos de extranjeros, comunistas y franquistas. Los extranjeros, en algunos casos, hicieron verdaderos esfuerzos de objetividad y de acumulación de datos, cosa que los españoles sólo han hecho en el terreno específico de la historia militar. Ahí quedan, como ejemplos, Hugh Thomas, Burnett Bolloten y Ramón y Jesús Salas Larrazábal. La historiografía franquista es, en general, pobre: ha habido mucha hagiografía, escasa investigación y mucho miedo a ir demasiado lejos, por aquello de "al suelo, que vienen los nuestros". La propaganda dominó en las versiones oficiales del régimen, tanto como en las oficiales de órbita soviética.  Hoy, en espacios y con orientaciones muy diferentes, sólo parecen meritorias las obras de Juan Pablo Fusi y Pío Moa: los dos hacen lo debido, que es volver a contar a la luz de informaciones hasta ahora relegadas a un papel secundario: la historia es también relectura. No obstante, en todos los casos falta un elemento determinante que, por lo que se ve, explotaremos tarde y mal, cuando el caos ruso haya engullido unos archivos soviéticos por el momento disponibles, legal o ilegalmente: las fuentes rusas sobre la Guerra Civil. Ha habido interesantísimos trabajos sobre la intervención en la Guerra Civil de alemanes e italianos, asunto en el que, sin embargo, se podría ahondar mucho más y con menos inconvenientes que en el caso ruso, pero poco y nada sobre éste. Como es habitual, los muy denostados americanos del norte sí están haciendo su trabajo. Todo esto desemboca en una prueba: el libro de Stephen Koch La ruptura. Hemingway, Dos Passos y el asesinato de José Robles. Hace algo más de un año que reseñé en este suplemento la obra de Ignacio Martínez de Pisón Enterrar a los muertos, dedicada al mismo tema y complementaria de la que hoy comento, y muestra cabal de las virtudes proféticas de la ficción, ya que el narrador español, con mucha menos información objetiva que Koch, llegaba a componer un paisaje absolutamente veraz de la relación entre los dos grandes escritores americanos y del asesinato de José Robles. Hasta proponía, con un respeto por Hemingway del que carece por entero Koch, una aproximación a algunos de los aspectos más desagradables, y no son pocos, de la personalidad del autor de Por quién doblan las campanas. Stephen Koch se ha metido de lleno en la mitología literaria americana, sin la menor piedad. No sabe sobre la España cotidiana de la guerra lo que sabe Martínez de Pisón; por momentos, sus simplificaciones sorprenden. No obstante, sabe sobre los Estados Unidos y la propaganda comunista en el país durante los años 30 lo que poquísimos españoles saben. Y es ahí, en ese territorio, donde su libro aparece como la primera piedra de un edificio intelectual que aún debemos levantar: la historia del mito republicano español en la Guerra Fría, que en modo alguno se inicia después de 1945: de hecho, la Guerra Fría comienza en 1917, prolongando antiguos enfrentamientos entre los Estados Unidos y la Rusia de los zares, y se extiende hasta hoy mismo. La batalla de la propaganda, que alcanzaría su punto culminante en el curso de la Segunda Guerra Mundial, estaba desatada en los primeros años 30. El Partido Comunista de la Unión Soviética poseía un aparato de extraordinaria eficacia, activo en Europa y en América, del que formaban parte relevantes personalidades, algunas con carácter formal, conscientemente presentes en todos los círculos de prestigio, como Picasso, y otras como compañeros de viaje, progresistas y antifascistas, más o menos fascinados por la idea de la Revolución, con mayúscula, o comprometidos con causas morales, el pacifismo, el antirracismo, o que fingían estarlo. Como Hemingway. Ese aparato de propaganda ha sido descrito en infinidad de ocasiones, pero hasta ahora nadie había explicado como Stephen Koch el alcance de su poder de manipulación, no ya para poner celebridades a su servicio, sino para crearlas o para borrarlas del mapa de la memoria. La disección del personaje Joris Ivens, cineasta holandés, su inserción en las vanguardias rusas y su escueta obra (respetable pero no esencial), su puesta al servicio de Stalin y su introducción en los Estados Unidos, es memorable. Tanto como la caracterización de Julio Álvarez del Vayo, agente de la propaganda soviética, o el relato del secuestro y posterior asesinato de Andreu Nin. No es nada del otro mundo, siempre se supo o se intuyó, ahora es documentable, pero no parece haber gran interés entre nosotros en hacerlo. Koch, los americanos, lo hacen. Si no comprendemos profundamente esta parte de nuestro pasado, malo será nuestro porvenir. En manos de los buenos. ¡Dios mío!  Por Horacio Vázquez-Rial vazquez-rial@telefonica.net www.vazquezrial.com  Stephen Koch: La ruptura. Hemingway, Dos Passos y el asesinato de José Robles. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2005; 440 páginas.  Libertad Digital, suplemento Libros, 12 de mayo de 2006 

Europa y EUA: multiculturalismo y Unilateralidad

Cómo Europa y América se enfrentan a su futuro y al Islamismo: la auto-negación multicultural o la lucha unilateral.

 
Desde el 11S y el 11M en Occidente hay básicamente dos actitudes político-sociológicas. Por un lado, una amalgama de negacionistas, cesionistas-apaciguadores y multiculturalistas. Por otro lado, encontramos a aquellos que están dispuestos a mirar cara a cara al enemigo interno y externo -el nacionalismo y el islamismo- y a enfrentarse con ellos. Los primeros niegan que estemos en una guerra global. Pero dado que el ataque a Occidente es un hecho real y tangible echan la culpa sobre todos nosotros y nuestros valores. Insisten en que hay otras sociedades con otras culturas que históricamente se han visto machacadas por Occidente. Y esto se propaga como una verdad incuestionable. Por lo tanto lo que Occidente debería hacer es pedir perdón y ceder a las pretensiones políticas, culturales y mentales de esas otras sociedades, culturas y religiones. Sólo así se puede apaciguar tanto odio contra Occidente y poner fin a los problemas.En base a estos postulados la amalgama de negacionistas, cesionistas-apaciguadores y multiculturalistas reclama un nuevo modelo cultural: la alianza de civilizaciones y la equiparación e igualación de culturas, valores y tradiciones. Alcanzada esta meta al fin se viviría en una indefinida "paz cósmica": la Nueva Era.El éxito cultural, social, económico y político de esta propuesta reside en que mediante ella es posible suprimir del consciente y subconsciente -individual y colectivo- la enorme zozobra y turbación que pudiera ocasionar el espectro de una guerra global sin límites geográficos y temporales. Las consecuencias de esta conducta son muy graves: se subvierten y se eliminan nuestras raíces judeocristianas, produciéndose el vaciado cultural que lleva al colapso y, finalmente, al derrumbe de Occidente.Ante el islamismo en la Unión Europea domina la mentalidad cesionista-apaciguadora y multiculturalista, tanto entre las elites políticas y económicas como entre la población. Sin embargo en Estados Unidos todavía hay importantes sectores que se resisten a ceder posiciones ante esta ruina cultural. A Europa le falta lo que Estados Unidos aún tiene: la conciencia de que las raíces de su ser residen en los valores judeocristianos y la convicción de que a esto no se puede renunciar.Los datos son bien claros: los Estados Unidos cuentan con una población de 280 millones de personas, un PNB de 7 billones de dólares y emplea en defensa más de 272 mil millones de dólares. Mientras la Unión Europea, abarcando una población de unos 375 millones de personas y con un PNB cercano a los 10 billones de dólares, apenas gasta 130.000 millones de dólares en defensa. Además la Unión Europea rechaza equiparar su presupuesto militar al de los Estados Unidos y reacciona ceñuda y airadamente ante cualquier propuesta militar y de defensa que provenga del gobierno norteamericano.Esta es la situación que ha obligado a los Estados Unidos a realizar intervenciones militares en diversas partes del mundo casi en solitario y de modo unilateral bajo la doctrina de la anticipación. Ante el cesionismo europeo Estados Unidos ha optado por derrotar al enemigo y occidentalizarlo. Al contrario que la Unión Europea, Estados Unidos ha optado por defenderse por lo que al mismo tiempo está defendiendo a Occidente. Para ello ha proyectado crear un Gran Oriente Medio. Y pretende hacerlo realidad incluso en solitario si fuese preciso.Esta Grand Estrategy norteamericana se sustenta sobre un pilar primordial: acabar con los regímenes islamistas y levantar estructuras políticas basadas en mentalidades guiadas por los valores y principios de la democracia liberal. Este ideal no es nuevo. Ataturk lo llevó a cabo en Turquía. También se desarrolló con éxito en Alemania con el plan de desnazificación y en Japón con los programas reeducación. Por lo tanto pretender generar un cambio mental y cultural en la Umma no es una fantasía ni un sueño. Requiere convicción, fortaleza, templanza y también justicia y prudencia. Y capacidad para soportar y vivir el sufrimiento.En contraposición, la Unión Europea -y su sociedad- no está dispuesta a realizar sacrificios por lo que ha renunciado a sí misma. A corto y medio plazo es más sencillo, menos costoso y doloroso pactar con el enemigo y ceder. Alianza de Civilizaciones, lo llaman los políticos europeos. Este es el camino directo al abandono de los principios que constituyen la base de toda sociedad libre y democrática.Sin embargo Europa no siempre ha sido así. La, antiguamente llamada, Cristiandad no fue un mundo y una cultura negacionista de sí misma ni cesionista ante sus enemigos. Durante la Edad Media Europa fue un mundo de continuado renacimiento y de permanente defensa audaz de su propio ser greco-romano y cristiano frente a la amenaza del Islam. Éste fue también el espíritu que suscitó la decisión de emprender las Cruzadas llevando la defensa de la Cristiandad al territorio conquistado por el Islam. Esta acción estuvo sostenida por la conciencia colectiva de Recuperatio de lo que hasta no hacía mucho había sido parte del mundo greco-romano y judeocristiano: el Mediterráneo ocupado por el Islam desde España a Palestina.Se podrían poner infinidad de ejemplos donde todo esto es bien evidente pero baste con señalar algún caso, como la arenga de Luís Portocarrero (cuñado del Gran Capitán Fernández de Córdoba) en la defensa de la ciudad de Alhama, a punto de sucumbir al cerco de los muslimes (1483): "Avéis demostrado fasta aquí devoçión y esfueço en la defensa destos muros" y "vençidos ya de flaqueza ¿por qué lugar os parece que podemos salir para salvar la vida?". "Si solo por miedo desamparásemos estos muros con razón seríamos llamados homes livianos que a todo se ofrecen sin deliberación y se retraen sin vergüenza queriendo antes la afrenta" que morir "faciendo nuestro dever" "dando buena cuenta a Dios de nuestras ánimas". "¿Qué, pues, falleçe aquí salvo esfuerço de buenos homes y devoción de buenos cristianos para pelear en defensa de nuestra Fe y de nuestra Ley? "Vos aseguro que devemos morir defendiendo Alhama, y no vivir cautivos de los moros", "devemos tener firme esperanza que ni Dios desamparará a su pueblo, ni nuestro rey olvidará a su gente".Nosotros somos herederos de esto, es lo que nos hace ser occidentales y nos conforma como Occidente. Un único bloque de civilización, una unilateralidad. Burke lo tenía muy claro. Entendía Europa como una gran comunidad de naciones con una herencia moral y jurídica común. Herencia que no es otra que los principios de la libertad individual con moral y responsabilidad, fundamentado todo ello en el Imperio de la Ley y en los valores cristianos. Y estos principios son el cimiento de las Instituciones Civiles.Por eso creo que es reversible el camino de pugna que la Unión Europea lleva contra los Estados Unidos desde que este decidió intervenir en Irak. Creo que es posible transformar la mentalidad cesionsita y multicultural, tan dominante actualmente en Europa, por otra de firmeza en la defensa de nuestros valores y principios. Creo que es posible reconstruir la mentalidad de que Occidente forma un único bloque, una unilateralidad. El reto que los europeos tenemos por delante no es sólo ayudar a los Estados Unidos a propagar los principios liberales y cristianos en la Umma sino también, y principalmente, irradiarlos en nuestra propia Tierra de Europa.   Publicado en American Review por Antonio R. Peña Izquierdo
11-05-2006
 

Izquierda nacional y derecha social

Apenas unos 20000 votos han cambiado el gobierno italiano aventurando un giro sustancial en la política doméstica e internacional italiana.

El principio de un hombre un voto que sustenta los sistemas democráticos actuales, desincentiva la participación electoral cuando el resultado es predecible y la incentiva cuando es incierto.

La distribución del voto español, dicen los politólogos que tiene una distribución estadística bimodal, esto es, no hay una bolsa determinante de votantes en torno al centro político –como ocurre en otros países- sino que hay una fuerte concentración en la derecha y en la izquierda. El caso de los nacionalismos complica, no obstante, lo anterior.

La tendencia típica de los partidos de izquierda y derecha españoles ha sido deslizarse electoralmente al centro con mensajes –más que estrategias- de moderación. El resultado es el abandono político del electorado más significadamente de izquierdas y de derechas; un electorado que sólo mantiene el sufragio cuando resulta persuadido por el mensaje del “voto útil”.

Recientemente, ha saltado a los medios de comunicación nacionales la noticia de la posible alianza entre pequeños partidos políticos simplificadamente calificados de “extrema derecha” y que, en rigor, podrían mejor ubicarse en la izquierda nacional y en la derecha social. Sin duda son opciones políticas arriesgadas, que perseveran en la vieja aspiración de socializar la derecha al modo de José Antonio Primo de Rivera o de nacionalizar la izquierda al modo de Indalecio Prieto.

Con independencia de que cuaje o no esta alianza y ello pasa por impregnarse de pragmatismo y de buena educación, el acta de diputado puede estar en unos miles de votos. Los mismos miles de votos que podrían encontrarse entre los huérfanos políticos de la izquierda y la derecha.

Un hombre, un voto, puede modificar –a veces- el futuro de una Nación.

José Manuel Cansino
Profesor Titular de Economía Aplicada Universidad de Sevilla