Blogia
Políticamente... conservador

Poder cultural y educación.

La educación vale un capital

La Unión europea, durante la cumbre de Lisboa del 2000, se había propuesto conseguir “la economía, basada en el conocimiento, más competitiva y dinámica del mundo”. Cinco años después, ¿cuáles son los objetivos alcanzados?

 

El gasto estatal para la educación en la UE ha crecido en los últimos años, llegando a tocar en el 2002 el 5,2% del PIB, cuota parecida a la de los EEUU (5,35%). De modo que no parece que exista, por lo que se refiere a la escuela primaria, una diferencia sustancial entre Europa y EEUU.

 

Para la educación superior (la que comprende 3º y 4º ESO más el Bachillerato), en los Estados Unidos se gasta por estudiante una cuota dos veces y media superior respecto a los países de la Unión Europea. Además, todo el sistema se basa en la competición y en la diversificación. Existen niveles de estudio (Batchelor, Master, Phd) claramente diferenciados. Para cada nivel existen pruebas de acceso para los estudiantes (como el Sat, al final de la high school) tanto más selectivos cuanto más elevado es el nivel de los cursos. Por ejemplo, para la admisión a los MBA (Master in Business Administration) es necesario preparar el Gmat (Graduate management admission test), concedido por la Priceton, cuya puntuación está muy ligada (casi el 50%) con los contratos de larga duración, lo que significa un fuerte nexo con el mundo del trabajo.

 

La contratación de los docentes se realiza sobre la base del mérito científico y cuenta con retribuciones proporcionales a la capacidad. Su contratación a tiempo indefinido sólo llega después de una larga y rigorosa valoración.

 

No existe el valor legal del título de estudio. Las universidades se diferencian por su calidad y valoración pública, tanto en el plano didáctico como en el científico. Las consideradas mejores reciben más fondos, la mayor parte de las cuales son privadas.

 

La diferencia entre la UE y los EEUU no se produce en la escuela, sino en la universidad, sobre todo en la calidad, más que en la cantidad. Los EEUU concentran recursos, también con la contribución de los privados, para soportar una elite de universidades y profesores, y para formar una minoría meritocrática de estudiantes que reciben una instrucción superior y continúan, con el tiempo, su propia formación. Así, incluso con el riesgo de descuidar a una gran parte de las universidades y estudiantes que se queden a un nivel más bajo, se centra la preocupación en mantener la propia ventaja competitiva.

 

La lógica competitiva y meritocrática no puede ser compartida, pero tiene una profunda racionalidad: el sistema universitario americano constituye una inversión real en capital humano con fuertes retornos, como demuestran los sueldos de los neo-licenciados americanos, que junto a los de sus colegas finlandeses son los más elevados del mundo.

 

Además, las competencias adquiridas se utilizan mejor. De hecho, incluso siendo el número de licenciados en materias científicas más alto en la UE que en los EEUU, los investigadores europeos son numéricamente inferiores a los americanos (para igualar la cuenta se necesitarían 550.000 nuevos investigadores para el 2010, existiendo 1,26 millones –de los que 85.000 son europeos– hoy en los EEUU, frente a los 1,08 millones de la UE).

 

El estadounidense no es un sistema determinado por los resultados alcanzados, pero sí ha hecho saltar las alarmas que anuncian un posible declive. Un informe reciente del Council on Competitiveness, organismo creado por la National Academy of Sciences, por la National Academy of Engineering y por el Institute of Medicine, ha dejado entrever posibles motivos de crisis: la competencia creciente de países emergentes como India y China, la fortísimas desigualdades existentes entre las clases sociales y la disminución del rendimiento de los estudiantes y de la capacidad educativa del sistema.

 

Frente a estos problemas, la respuesta sugerida consiste en un incremento de la inversión en capital humano, en especial en la calidad. Junto a estas grandes y selectivas inversiones para el relanzamiento de la investigación, se piden 10.000 becas de 20.000 dólares anuales para los estudiantes de materias científicas dispuestos a enseñar en la escuelas primarias y secundarias, 25.000 becas de estudio cuadrianuales para estudiantes (además de 5.000 para aquellas licenciados) de ciencias e ingenierías, 100 nuevas subvenciones para las mejores universidades destinadas a la creación de nuevos máster o Phd científicos que puedan formar a nuevos investigadores, incentivos a los estudiantes que estén inscritos a cursos científicos y tecnológicos en las escuelas secundarias, programas de actualización continua para 250.000 profesores, y financiación a programas de formación permanente para los científicos e ingenieros que trabajan en empresas o en la universidad.

 

Este programa se convertirá pronto en una realidad, porque éstos son los temas sobre los que los EEUU basan su unidad nacional. Tenemos una demostración en el énfasis puesto por Bush en el tema de la educación y la formación durante su último discurso en la Unión. De cara a esta fuerte apuesta por la creación de una minoría meritocrática, la Unión Europea sencillamente se mantiene sin tomar postura, como en otros tantos campos.

 

 Giorgio Vittadini es presidente de la Fundación para la Subsidiariedad (traducido por Inma Mateos)

 

Páginas Digital, 12 de abril de 2006

 

 

Profesionales por la Ética denuncia que la LOE impone 'una moral de Estado'

ANALISISDIGITAL.COM .- Ramón Novella, portavoz del Área de Educación de Profesionales por la Ética, ha resumido en cinco los motivos para decir ‘No’ a la nueva materia que introduce la reforma educativa socialista en “Educación para la Ciudadanía”.

En primer lugar, y tal como lo ha planteado el Ministerio de Educación, “tiene un peligro real de ser un instrumento de adoctrinamiento ideológico en la escuela”. Así, se remite al artículo 27 de la Constitución Española, que expresamente reconoce el derecho de los padres a elegir la educación que quieren que sus hijos reciban de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas.

Además, se recortan las horas lectivas de otras asignaturas como Tecnología o Filosofía y “se opone a los dictámenes del Consejo de Estado y del Consejo Escolar del Estado que consideraron desmesurada la presencia de Educación para la Ciudadanía en el curriculum escolar”.

En tercer término, denuncian que los contenidos de la materia no han sido negociados con la comunidad educativa y critican que el Ministerio solo haya convocado una reunión para tratar de esta materia con asociaciones y entidades “mayoritariamente afines al PSOE”. Éstas son la Federación Española de Religiosos de Enseñanza-Titulares de Centros Católicos (FERE-CECA) y Educación y Gestión (EyG).

Por otra parte, califican de “preocupante” el hecho de que el Secretario de Estado de Educación, Alejandro Tiana, haya propuesto a la Fundación Cives y a la Universidad Carlos III la elaboración de los contenidos de la nueva asignatura de “Educación para la Ciudadanía” porque ambas están regidas por “ideólogos socialistas” como Victorino Mayoral y Gregorio Peces-Barba. En realidad, promueven la expulsión de la religión de la escuela.

Finalmente, esta “imposición”, supone un “verdadero sarcasmo” que se “menosprecie” la asignatura de Religión. Ramón Novella concluyó que la inclusión de esta materia “nos lleva a la imposición de una verdadera moral de Estado”.

El otro es fascista

Hasta ahora, todas las afiliaciones y calificaciones políticas se hacían de dentro a fuera del individuo; quiero decir que las hacía el propio interesado. La denominación de color o de partido era una cosa que se conjugaba en primera persona. Se decía: «Yo soy liberal», o «yo soy conservador», o republicano, o tradicionalista... Pero ahora, desde hace unos años, ha surgido una calificación nueva, que no se conjuga en primera persona, sino en segunda o tercera. Me refiero al fascismo, «Tú eres fascista», «él es fascista», se dice. No es una declaración política que hace el interesado. Es un diagnóstico que le hace una persona desde fuera, como si le asegurara: «Usted es diabético, o escrufuloso, o linfático. Usted no lo sabe, pero lo es...» Así es como han sido «fascistas» Churchill, De Gasperi, De Gaulle, el arzobispo Damaskinos y tantos otros que ni lo sospechaban.

El «fascismo» es la primera idea política que se concede como un cargo honorífico y gratuito, sin intervención del candidato. Además, como resulta que eso no es una organización, ni un partido, ni nada concreto y con volumen, no hay por dónde agarrarlo, ni por dónde trazar la línea hamletiana entre el «ser o no ser». Si hubiera unas listas, unos boletines de inscripción, un recibito, siquiera, semanal, aunque fuera de cincuenta céntimos, uno podría saber de verdad, con relación a ese pequeño signo externo, si era o no era. Pero, ¿cómo sabe uno si pertenece o no a una sociedad en la que no se paga cuota, ni le hacen a uno firmar nada, ni se llevan listas de socios? Le dicen a uno que es socio, ¿y cómo lo desmiente uno?...

Hasta ahora lo más parecido que había a esto del «fascismo» era el nombramiento de «hijo adoptivo». Uno no quería ser hijo adoptivo de Villamelones de Abajo, ni tenía nada que ver con el pueblo, ni hacía nada por considerarlo padre. Sino que un buen día, por cualquier razón, el Ayuntamiento lo nombraba a uno «hijo adoptivo», y aunque uno desairase el nombramiento y no recogiese el diploma uno era «hijo adoptivo de Villamelones de Abajo». Pero ahora, ese terrible juego frente a nuestra pasividad, se ha refinado todavía más. Ahora el nombramiento de «hijo adoptivo de Villamelones de Abajo» se lo hace a uno el Ayuntamiento de Villamelones de Arriba. Este pueblecito, rival del otro, lo odia, y considera a los villameloneses de Abajo malos, bárbaros y tontos. Entonces, cuando odian los de Arriba a cualquier persona, aun ajena del todo a aquel pleito, se reúnen y le nombran «hijo adoptivo» del otro pueblo, del de Abajo, que es para ellos como nombrarles hijo de cualquier cosa fea. Esto es lo que está pasando en el mundo. El «fascismo» es un casino cuyas listas administran los del casino de enfrente. Es Rusia la que otorga los nombramientos de «fascistas».

Yo creo que, bien pensado, en el fondo de todo esto hay un pequeño embrollo gramatical. Creemos que «fascista» es un sustantivo o un adjetivo. Pero resulta que no, que lo que es es un pronombre. Un pronombre demostrativo, como «este», «aquel», «el otro». Nadie puede ser por sí mismo el otro, ni éste, ni aquél. Los pronombres los manejan los demás. Uno puede vigilar sus adjetivos y sus sutantivos. Pero los pronombres vienen de fuera y hay que resignarse a recibirlos. «Fascista» vale tanto como decir «el otro». Usted puede ser abogado o médico, según usted quiera o decida. Pero «el otro» lo será usted cuando quiera el vecino, con consentimiento de usted o sin él.

Pero lo más sutil de este novísimo fenómeno político es que no sólo le asignan a un paciente la palabra cuando quieren, sino que, además, le construyen la realidad correlativa. Así, por ejemplo, en estos días en Colombia va a haber unas elecciones presidenciales, que ya se habrán celebrado, probablemente, cuando estas líneas se publiquen. Pero al candidato conservador señor Gómez, que toda la vida ha dicho que es demócrata, le aseguran de pronto, desde fuera, que es «fascista». Él no lo sabía, pero nadie sabe sus diagnósticos. Es como si le hubieran dicho que es leproso. En seguida el partido liberal, para evitar el contagio, se retira de las elecciones. Si el señor Gómez sale elegido, los otros no irán al Parlamento, no discutirán con él, no le harán el juego político. Y cuando le tengan así, bien solo, en el Poder, dirán: «¿Ven ustedes? Lo que decíamos: «¡fascista!» Porque ahora resulta que «fascista» no es una cosa que se «es», sino que se encuentra uno siendo.

De este modo resulta ahora que la democracia es como un juego de cartas, en el cual uno de los jugadores se levanta y deja el juego a medias cuando quiere. Entonces el que queda, como no puede seguir jugando a la democracia, resulta que es «fascista». Suponemos al doctor Gómez, tan gran patricio demócrata, volviendo a su casa y diciéndole a su familia: «¿Sabéis?»... Me han hecho fascista. Yo no lo había pedido, pero me han hecho.» Los familiares quizá creen que es un cargo, una función. No entienden bien: «¿Y te pagan algo por eso?» «No, hijo. Ni me cobran... Es gratuito y honorífico.»

Ya le pasó a don Prudencio en el casino de su pueblo, según contaba el «Séneca». Él había sido «upetista» de Primo de Rivera. Esto no quiere decir que fuera dictatorial o tiránico. Al revés. Era la dulzura hecha carne. Porque a Primo de Rivera le pasó al revés que lo que ahora ocurre en esto del «fascismo». Él anunció a grandes voces que iba a ser dictador muy enérgico y duro. Pero los españoles se dejaron gobernar tan suavemente, que no hubo modo de ejercer la dictadura sobre ellos. En este país no hay como anunciar a voces que se va a ser dictador para que no haya modo de serlo. Pero este contagio con la dictadura bastó para que cuando eligieron a don Prudencio presidente del casino del pueblo, como los demás señores eran avanzados liberales, se retiraran dignamente. Nadie quiso formar parte de la directiva, nadie quería acudir a las juntas generales, se despoblaron las tertulias... Y así, cuando don Prudencio, un buen día, a solas con el conserje, le rogó dulcemente que comprara un escupidor para el patio, se dio cuenta de que, sin saberlo, estaba ejerciendo la dictadura.

Es lo que ocurre ahora por el mundo. Le extienden a uno el nombramiento de «fascista» desde fuera, cuando quieren. Pero, además, resulta que lo es uno también cuando quieren los demás. Porque, claro, los demócratas son, por definición, los dueños de las democracias. Y como son los dueños, cuando quieren la empujan como un carrito de ruedas y se la llevan... Y entonces el otro se encuentra con que es «fascista», como se encuentra cualquiera con que es soltero cuando la novia le dice que no.

 

Por José María Pemán

 

Razón Española, Nº 97, septiembre-octubre de 1999

 

El movimiento conservador en defensa de la libertad académica

Las ideas tienen consecuencias. Este es uno de las premisas del pensamiento conservador. Por ello, desde el inicio los conservadores norteamericanos se dedicaron a la tarea cultural. En esta tarea, el trabajo universitario fue desde el principio una prioridad del movimiento conservador. Ante la dictadura de lo políticamente correcto en el mundo universitario norteamericano, dos políticos republicanos promueven una iniciativa legislativa en defensa de la libertad académica.


 

En uno de los últimos artículos de American Review, Antonio Arcones (ver todos sus artículos) se hacía eco de la importancia que el movimiento conservador norteamericano ha dado a la batalla cultural, especialmente en el ámbito académico. Gracias a instituciones como el Intercollegiate Studies Institute (ISI), miles de jóvenes conservadores han descubierto su vocación docente, y han conseguido entrar en el mundo universitario, lo cual ha redundado en una cada vez mayor potencia intelectual del movimiento conservador.
No obstante, las posiciones progresistas todavía son mayoritarias en la academia. El resultado es que por regla general los estudiantes universitarios son mucho más conservadores que sus profesores. Una sociedad conservadora está siendo educada por una élite liberal desconectada de los principios y aspiraciones de la mayoría de los norteamericanos. Tan grande es la desproporción que el fundador de National Review, William F. Buckley, ha dicho en alguna ocasión que preferiría ser gobernado por los primeros cien nombres de la guía de teléfonos que por el claustro de la Universidad de Harvard.
Este sentimiento en el mundo conservador no es extraño, teniendo en cuenta que estos profesores liberales cuentan con el apoyo de los grupos de presión de la izquierda radical, con la progresiva implantación de la dictadura de lo políticamente correcto en los campus del país. Así, cada vez es más difícil encontrar Universidades que sigan proponiendo lo mejor de la tradición occidental. Con la excusa de proteger a las minorías, se está limitando el acceso de los alumnos a las obras de Shakespeare, Aristóteles, Boecio, Tomás de Aquino, Virgilio, etc. No es que se esté prohibiendo la lectura de estos autores, sino que han desaparecido de los curricula académicos. Al tiempo, proliferan departamentos sobre “estudios sobre feminismo”, “estudios afroamericanos” o “estudios gays y lésbicos”.
Quienes están sufriendo con mayor intensidad esta dictadura del relativismo cultural son los profesores que se salen del discurso dominante y las asociaciones de alumnos que tratan de organizar seminarios y conferencias donde poner al alcance de los estudiantes el legado de la civilización occidental. Los órganos de gobierno de las Universidades, por miedo a los lobbies del radicalismo de izquierda, poco a poco van poniendo trabas a aquellas iniciativas, de modo sutil pero no por ello menos efectivo.
En este contexto, no es de extrañar que dos representantes republicanos (Buck McKeon, de California, y Jack Kingston, de Georgia) hayan propuesto incluir una declaración de derechos académicos en una ley que en estos momentos se está debatiendo en el Congreso (College Access & Opportunity Act, Ley sobre oportunidades y acceso a la educación superior). En esta declaración de derechos (Academic Bill of Rights), partiendo de la premisa de que la misión de la Universidad es “la búsqueda de la verdad, el descubrimiento de nuevos conocimientos a través del saber y la investigación, el estudio y la crítica razonada de las tradiciones intelectuales y culturales, la enseñanza y el desarrollo general de los estudiantes”, los políticos republicanos tratan de garantizar el intercambio libre de ideas en las instituciones de educación superior, protegiendo a docentes y alumnos frente a consecuencias negativas por sus planteamientos políticos o pedagógicos. Al mismo tiempo, la declaración protege la identidad específica de las Universidades que institucionalmente asumen un ideario como marco de referencia para sus actividades docentes.
Los miembros del ala izquierda del partido demócrata están tratando de boicotear esta declaración de derechos. Para quienes defienden el relativismo cultural extremo, no debe haber libertad para quienes sostienen la superioridad de la cultura occidental. Al igual que en Europa, la izquierda huye del contraste de ideas. La diferencia es que, en Estados Unidos, los políticos conservadores están convencidos de que las ideas tienen consecuencias, y de que no puede haber sociedad libre sin universidad libre.
Publicado en American Review por Pablo Nuevo López
American Review, 27-03-2006

La derecha y la universidad

En España, la universidad es monocolor desde hace décadas. La izquierda siempre se ha preocupado de ganar este espacio para afianzar sus posiciones. La derecha, como con otros muchos temas, dormitando.
En España, la universidad es monocolor desde hace décadas. La izquierda siempre se ha preocupado de ganar este espacio para afianzar sus posiciones. La derecha, como con otros muchos temas, dormitando.
Es cierto que la hiperpresencia de lo estatal condiciona la estructura mental de la universidad actual, una de las instituciones más corrompidas y espúreas del panorama institucional español. Es el perfecto ejemplo de burocracia despilfarradora de recursos de los ciudadanos, y ello genera un modelo de universidad determinado, muy favorable a la agitación y propaganda izquierdista.
Aún con esos condicionantes, ¿es irremediable la actual situación en que un político no izquierdista apenas pueda poner un pie en la universidad? (Ni soñarlo en los gulags catalán y vasco).
Sin llegar a estos extremos, la situación no era muy distinta en Estados Unidos durante los años 60. Y tal vez hoy sea todavía de los reductos más impenetrables a la ola conservadora. El pensamiento liberal conservador ya ha ganado la batalla de las ideas. Y uno de los pocos sitios donde nadie se ha enterado en Estados Unidos es en la Universidad. (Siempre se comenta aquella reacción de un profesor universitario que no podía creer que Ronald Reagan hubiera ganado las elecciones: “¿Cómo es posible si yo no conozco a nadie que le haya votado?”)
Pero los conservadores americanos siempre supieron que no podían renunciar a jugar ese partido. En 1951, William F. Buckley Jr., que posteriormente fundaría la revista National Review, publicó God and Man at Yale, que fue un hito en los primeros avances del movimiento conservador. En 1991, Dinesh D´Souza, publicó Illiberal Education, denunciando el asfixiante corsé de lo políticamente correcto en la universidad. Muy recientemente, David Horovitz (un permanente látigo de la izquierda universitaria, a la que va fustigando dando conferencias por campus de todo el país) ha publicado Catedráticos, los 101 académicos más peligrosos de América.
Pero no sólo se escriben libros. Una organización de base, Students for Academic Freedom, se ha organizado para denunciar la manipulación ideológica en la universidad y reclamar el derecho de los estudiantes a una formación no sesgada.
Fuera de estas iniciativas, está por supuesto el florecimiento de universidades privadas que se están fundando por todo el país con ideario muy claro, expreso, y que sirven para ofrecer una alternativa educativa distinta.
Otra institución, sin embargo, optó por un camino distinto. Ya que la universidad está como está, demos una alternativa a modo de formación complementaria a estudiantes y profesores independientemente de la universidad en que estén.
Mediante un programa de lecturas, seminarios periódicos, una revista trimestral y numerosas acciones de formación en los mismos campus, el ISI (Intercollegiate Studies Institute), es la institución más significativa en este campo.
La labor es descomunal, pero en este momento tienen miles de profesores y alumnos adscritos a estos programas de formación paralelos y es uno de los think tanks más prestigiosos del país.
Mientras, en España, y después de diversos cambios de gobierno, el nivel de regulación estatal es enorme y sólo algunas universidades privadas, con gran esfuerzo y mucho mérito, ofrecen algo distinto.
Desde esta perspectiva, la Fundación Burke lanza el mes próximo un programa de formación para jóvenes conservadores.
Publicado en American Review por Antonio Arcones
American Review, 23-03-2006

Alarma: el nuevo totalitarismo en la 'educación para ciudadanía'

Variante moderna de la Formación del Espíritu Nacional, trata a los creyentes como el Imperio Británico a los indígenas coloniales: ignorantes a reeducar.

 

Vivimos bajo la amenaza de un nuevo totalitarismo cuyo mayor peligro radica en que se presenta disfrazado de todo lo contrario, aunque el ropaje sea lo suficientemente burdo como para que no oculte la realidad de la pretensión: configurar la sociedad bajo un solo modelo de pensamiento. Se trata de un totalitarismo blando, “soft”.

 

Pero atención esta disponibilidad plástica no significa menor peligro. Se trata de una textura y un comportamiento de ameba, y como este ser unicelular, atrapa en su blandura a sus presas y las disuelve para consumirlas.

 

Esto es el proyecto de educación para la ciudadanía, que una vez se van conociendo intenciones y contenidos confirman el miedo a que sea la versión postmoderna de la “Formación del Espíritu Nacional” del franquismo.

 

La Universidad Carlos III y la fundación CIVES, han puesto a punto el contenido de lo que puede ser la “Educación para la Ciudadanía” que está construida sobre un solo criterio: la exclusión del hecho religioso y el juicio al mismo desde el laicismo. Se trata de dar una formación “democrática y laica” es decir, lo de siempre, la democracia adjetivada, como en su momento se han impartido las democracias orgánicas o las democracias populares de los países del Este.

 

En su exposición de motivos se cargan a la “derecha conservadora” como si ésta no tuviera papel en una democracia normal, y llaman al que exista alternativa a la clase de religión, “contrarreforma educativa”. A quienes se oponen al intento de adoctrinar a nuestros hijos, les llaman “sectores ultra confesionales” y a pesar de ello, se autocalifican de “dialogantes, pluralistas y multiculturales”.

 

Pero no se trata de hipocresía, es algo peor, simplemente se lo creen. Ser democrático y pluricultural es simplemente y solamente, pensar como ellos.

 

El Estado se declara con el derecho de educar a nuestros hijos, un hecho insólito en una sociedad democrática, pero así está formulado en la doctrina del texto que comentamos. Se reinterpreta la constitución y se le da un carácter laicista con el marchamo incuestionable de la escuela de Peces Barba.

 

Califica al predominio de la religión católica en España de “pluralismo desequilibrado”, una anomalía que, por consiguiente, se debe corregir. Cuando decide meterse en honduras para establecer un código moral común, el texto se vuelve ininteligible por tautológico, o simplemente tópico, como cuando pretende que la sociedad se organice “sobre la base de una laicidad abierta, dinámica y flexible”. Porque este es el objetivo de la educación cívica, adoctrinar a los ciudadanos para la laicidad.

 

El temario está marcado por orientaciones morales determinadas en muchos aspectos, la concepción del hombre, de la mujer, lo que significa la vida, la orientación sexual. Este último aspecto será la puerta de entrada para formar a nuestros hijos en la homosexualidad.

 

Asimismo, introduce el adoctrinamiento sobre el agnosticismo y el ateísmo que, de esta manera, penetraría de la mano del propio Estado en la formación escolar.

 

La religión es presentada bajo estos términos: “la respuesta de la religión: mitos y leyendas religiosas, monoteísmos, politeísmos y panteísmos”. Es decir, se va a enseñar la religión bajo la perspectiva de quien trata una leyenda, metiendo en un mismo saco al cristianismo, al hinduismo y al chamanismo, por citar tres referencias concretas de este apartado.

 

Estamos, sin duda, ante el intento sistemático más importante que nunca se ha producido en España de configurar una mentalidad beligerantemente laicista entre los jóvenes, adoctrinarlos en principios morales acordes con ella y presentar la religión como algo propio de una creencia mítica, más o menos como la sociedad británica del Imperio presentaba a los “indígenas”, como unos seres que debían ser reeducados.

 

El que el procedimiento se revista de formas ligadas a las formalidades democráticas no altera el contenido. El problema está ahí, ahora hace falta ver como la sociedad civil y sus instituciones responden a este totalitarismo que viene.

 

Forum Libertas, 8 de marzo de 2006

ESPAÑA ESCINDIDA: LAS DOS CULTURAS

Se habla mucho del peligro de la desintegración política de España pero menos o nada de la efectiva desintegración que se está produciendo en el plano de la cultura y, a la larga, en la sociedad. Dejando aparte las más o menos míticas culturas o subculturas particularistas de las llamadas Comunidades Autónomas, hoy contienden en el suelo hispano dos culturas muy diferentes que obedecen a cosmovisiones muy distintas.

La primera Restauración fue sobre todo un hecho político, sin pretensiones directamente culturales, dando por supuesta la cultura española como trasfondo, aunque se plantease la cuestión de su mayor o menor europeismo. Y prácticamente lo mismo se puede decir de la República, que fue una conclusión lógica de aquella, como subrayara agudamente en su momento Emiliano Aguado, y de la Dictadura de Franco, aunque en ambos momentos emergiesen con vigor nuevas tendencias ideológicas. En cambio, de la segunda Restauración se puede decir ya que es quizá más que un hecho político, puesto que políticamente es una continuación –ciertamente una transición, tal como se dice- de la Dictadura que la previó, la preparó y la hizo posible, una suerte de hecho cultural, o más exactamente, ideológico con la voluntad de ser una revolución cultural, como si la cultura española fuera una rémora. Revolución cultural que pretende ser europeizadora y, en este sentido, antinacional.

Si políticamente lo del Estado de las Autonomías de esta Restauración, más que una innovación es en la práctica, por sus resultados, una regresión, puesto que es una realidad que no ha agotado sus posibilidades, seguramente es pronto para afirmarlo. De lo que no cabe duda es que como innovación, que, por cierto, no dejó de prever la Dictadura anterior sin atreverse o decidirse a ejecutarla, ha sido, desde luego, mal planteada por ingenuidad, ignorancia, exceso de confianza, la necesidad de buscar apoyos al hecho mismo de la Restauración monárquica –el divide y vencerás y la concesión de privilegios a los nacionalismos más radicales-, la mala calidad de la clase política o la concurrencia de todos esos factores. Lo que sí se puede afirmar es que, en todo caso se trata de una reforma incompleta, de la que han surgido empero nuevos poderes públicos centralizadores: una auténtica descentralización debiera empezar por la de la vida municipal como pensaba Antonio Maura, que no pudo llevarla a cabo (quizá debiera ser también comarcal). Pero resulta evidente que de descentralización municipal no hay prácticamente nada y que a ella se opondría seguramente el cortejo de intereses creados de las distintas Autonomías, cada una de las cuáles aspira a ser también culturalmente autónoma. ¿Qué sería, por ejemplo, del poder político de la Generalitat catalana si se implantase allí una auténtica descentralización municipal? ¿Hubiese pasado lo que está pasando en Vascongadas si se hubiera implantado a su debido tiempo? Etc.

Dejando aparte el aspecto político, es evidente en cambio lo que ocurre en el ámbito cultural: en España está teniendo lugar esa especie de revolución cultural que la tiene ya escindida y casi fracturada en dos culturas, la que se podría llamar tópicamente la cultura de la España real y la cultura supuestamente europeizadora de la España oficial. La cultura de la España real carga con el sambenito de que es, más o menos, la de la Dictadura de Franco, simplemente porque, dígase lo que se quiera, aunque hubiese traumas indiscutibles no hubo un corte de la tradición cultural autóctona ni se intentó imponer una cultura nueva, aunque sí hubo europeización en el sentido de formar una sociedad de clases medias e industrial y modernizadora en lo económico. Sólo hubo un corte político y acaso, pero relativamente, ideológico, en tanto el régimen hizo de la cultura nacional, o de aspectos relevantes de ella una ideología, pues, inevitablemente destacó ciertos elementos tradicionales y hubo una cierta oposición, en algunos momentos o aspectos excesiva, a las innovaciones culturales. El caso es que no hubo un intento de subvertir la cultura propiamente española, sino, al contrario, de afirmarla (podría decirse lo mismo de la República en su corta vida). Sin entrar en precisiones, pues no es este el lugar, el sambenito se lo pone polémicamente la nueva cultura, por decirlo así, que aparece como propia de la segunda Restauración con el propósito de producir la revolución cultural. Pues esta cultura no es aquella parte de la cultura autóctona más o menos abandonada o postergada por la Dictadura salvo acaso en aspectos nimios, sino una cultura directamente ideológica y radicalmente innovadora con el propósito de sustituir la cultura tradicional o nacional. Algo así como una nueva Ilustración pero, ciertamente, muy alejada de los auténticos valores e ideales ilustrados y de la presunta europeización.

Esta cultura, gracias al poder del Estado, que cada vez más se entremete en todo y de la extensa sociedad política que ha suscitado la Restauración, lo que le da el aspecto de revolución cultural, se contrapone, como es obvio, a la cultura autóctona, reduciendo prácticamente todo lo tradicional a la lengua, tanto al castellano como a los otros idiomas peninsulares, que entran así en conflicto, planteando la posibilidad de una lucha por la cultura que probablemente nunca se dio en España con caracteres tan agudos. Pues se trata de una cultura cuya finalidad consiste en expulsar a la nacional, como si esta última no fuese europea, sin considerar la posibilidad de asimilarla al considerarla retrógrada y nefasta, causa de todos los males políticos. ¿Y en qué consiste esta cultura o revolución cultural?

En términos generales pretende ser la cultura de la modernidad y de la Ilustración. Ahora bien, es un mito que España estuviese ausente de la modernidad a la que contribuyó poderosamente y que en España no existiese Ilustración. Se confunde con frecuencia el mal gobierno con la animadversión o indiferencia a la cultura o el desfase cultural. Y es indiscutible que en España estuvieron bien presentes todas las tendencias modernas, sobre todo desde la guerra de Independencia, incluyendo las más refractarias a la cultura nacional, que precisamente por eso no tuvieron demasiado éxito. Y ahora son justamente estas supuestas tendencias modernas las que se pretende imponer frente a la cultura que se podría llamar tradicional siempre que no se tome esta palabra en el sentido muy concreto de tradicionalismo, como mero conservadorismo, sino como cultura nacional, cultura viva.

Es decir, la nueva cultura de esta segunda Restauración aspira a sustituir mediante la presión política -la politización-, la cultura que puede considerarse nacional, por lo que no es raro, dicho sea de paso, que esta cultura se refugie en un confuso y arbitrario nacionalismo radical justamente en las regiones más tradicionales, aun a costa de mezclarse con mitologías nacionalistas e incluso con ideologías tan extrañas a ella como el marxismo.

La cultura de los nuevos ilustrados, que en su mayoría no lo son tanto –decía Canalejas que «España es pródiga en analfabetos primarios y secundarios»-, consiste principalmente en importar todos los tópicos de determinadas tendencias de la modernidad y la Ilustración que han adquirido fuerza en Europa gracias entre otras cosas a las ideologías, que han vulgarizado el modo de pensamiento ideológico, y la revolución cultural de 1968 –siete años antes del comienzo de la transición de la Dictadura de Franco a la nueva Restauración-, y que no son propiamente ilustradas sino en gran parte antieuropeas, de origen nihilista, del nihilismo que comenzó a emponzoñar la Intelligentzia europea a finales del siglo XIX y que consolidó y relanzó con fuerza la revolución bolchevique de 1917.

Envuelta en el ropaje y los conceptos ilustrados, entre sus características principales destacan tres: la secularización, la modernización y la democratización.

La secularización se ha convertido para el modo de pensamiento ideológico «progresista», en una obsesión maniática, como si secularización y modernización fueran de la mano. Ni en Japón o en Norteamérica, por poner dos ejemplos, ha ocurrido así. Ahora bien, la generosidad del intento no es tanta: detrás está la idea de utilizar el cambio cultural para consolidar la dominación política. En efecto, no se trata tanto de imponer una nueva cultura por considerarla superior cuanto de utilizarla ideológicamente como instrumento de poder. Pues, la importancia que se le atribuye a la secularización tiene que ver con el hecho de que la cultura tradicional es en España de raíz muy hondamente religiosa. También lo es la cultura tradicional europea, pero aquí, como es sabido, el catolicismo no sólo ha sido un lazo social sino que ha hecho de lazo político, por decirlo así a falta de otro. De ahí la extraordinaria importancia política de la Iglesia, que puede parecer excesiva en comparación con otros lugares donde la estatalidad ha hecho de vínculo, mientras aquí el Estado ha sido prácticamente inexistente o casi no ha existido. En puridad, en España, como se vio en la guerra de la Independencia, no llegó a existir el Estado igual que en Francia o en otros lugares, aunque cronológica y cualitativamente el primer gran Estado europeo haya sido el de los Reyes Católicos. El primer intento serio de construir un Estado a la altura de los tiempos no tuvo lugar hasta Cánovas del Castillo quien, sin embargo, no pudo, no quiso o no supo nacionalizarlo. Quien lo nacionalizó enraizándolo en la Nación, fue el régimen de Franco, aunque es de advertir que en España el nacionalismo, también el franquista, fue siempre muy débil como lazo político, justamente por su vinculación a la religión.

La secularización ha conseguido ya, al menos de momento, dañar gravemente a la religión como religión y como lazo histórico de unidad nacional y aislar a la Iglesia sustrayéndole su natural autoridad, si bien hay que reconocer a este respecto que el elemento eclesiástico ha colaborado tan gustosamente como a ciegas en el propósito secularizador, lo que ha sembrado la mayor confusión. Un resultado, aparte de la debilitación de la conciencia religiosa ha sido la desorientación de los españoles en relación con el sentido de la nación, reducida a la idea de un territorio, al quedar como único lazo político el Estado, pero un Estado muy debilitado por las Autonomías, que a su vez hacen la función de lazo político en sus respectivos territorios. Gran parte de las nuevas generaciones ya vive sin conciencia religiosa y sin conciencia nacional. En este aspecto, la revolución cultural, más nihilista que ilustrada, ha triunfado al menos parcialmente.

Otro concepto de la ideología cultural dominante es la modernización. Uno de los mitos más extendidos es que la modernidad y la Ilustración son enemigos tanto de la religión como de los sentimientos de nacionalidad y de patria. En realidad, esto es peculiar sólo de una parte de lo que se llaman Ilustración y modernidad, aquella que fue recogida y divulgada por el pensamiento ideológico ligado a la ideología de la emancipación, que surgió ciertamente en el siglo XVIII y es la madre de todas las auténticas ideologías. La modernización incluye muchas cosas, algunas tan importantes y decisivas como la ciencia y la técnica, plenamente incorporadas bajo el régimen franquista; pero no se puede demostrar que como tal sea enemiga de las sociedades según han sido configuradas por la historia. Por lo menos en el caso de las sociedades cristianas o cristianizadas. Ahora bien, lo que la cultura imperante, que se quiere imponer con todo el poder del Estado y de los medios de que dispone la sociedad política, muy principalmente los medios de comunicación, es en realidad y grosso modo la mencionada cultura nihilista de la postmodernidad en sus aspectos más destructivos; como, por ejemplo, su pretensión de sustituir lo natural, los sentimientos naturales por lo «normal» en el sentido pretendidamente neutro del nihilismo que ha invadido la cultura europea. De modo que lo que la cultura peculiar impulsada por la segunda Restauración como «europeización» ha conseguido instalar en el seno de la sociedad española es el nihilismo. De ahí el continuo ataque a la memoria histórica y su sistemática tergiversación.

El tercer elemento a destacar en estas apretadas consideraciones de la revolución cultural, es la democratización, como corolario y fin de la secularización y la modernización. A la verdad, la palabra democracia es hoy una de las más ambiguas. Para evitar equívocos, Hayek ya propuso hace años sustituirla por demarchía, vocablo no muy afortunado y que efectivamente no ha hecho fortuna. En realidad, otros antes que él, pero sobre todo Tocqueville, el gran filósofo de la democracia, habían expresado su temor de que, en Europa, tomase aquella un camino contrario a su verdadero sentido y, en efecto, parece haber sucedido así en toda Europa y en España muy en particular. Ortega, crítico de la «democracia morbosa», compartía las reservas de Tocqueville. Y cada vez son más, a la vista de la evolución de la cosa, los que las comparten. El hecho es que la palabra ha adquirido en España, como sinónima del igualitarismo más radical, el del nihilista todo da igual, una especie de connotación religiosa, empleándose sin ton ni son en este sentido. Es decir, ha devenido una especie de antirreligión como la caracterizó el argentino Stan Popescu, o más bien la religión del nihilismo que compite con la tradicional para ocupar su lugar. Decir de alguien que es demócrata es como calificarle en otros tiempos de cristiano viejo y decir que no es demócrata supone condenarle a todas las penas del infierno. En realidad, dado que los tiempos son democráticos, la palabra democracia constituye una de las grandes coartadas del nihilismo: todo vale y es aceptable si se es demócrata pues la democracia nihilista justifica todo. La política correcta es la manifestación del fanatismo de la religión democrática.

En suma, el mito de las dos Españas que se dice políticamente superado se plantea hoy con agudeza como la realidad de la oposición radical entre dos culturas: la innovadora y renovadora, supuestamente «progresista», y la nacional tradicional, descalificada automáticamente por retrógrada, antimoderna y antieuropea.


Por Dalmacio Negro