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Políticamente... conservador

Entrevista a CRISTINA LÓPEZ SCHLICHTING: “Lo políticamente correcto es la dictadura del relativismo”

Cristina López Schlichting es una de las periodistas más populares de España. Forma, junto con Federico Jiménez Losantos y César Vidal, el trío de conductores de programas radiofónicos que han convertido a la COPE, con perdón del EGM, en la emisora más oída por los españoles. Su libro ‘Políticamente incorrecta’ (Temas de Hoy), en el que recoge las columnas que ha publicado en ‘La Razón’, ha vendido ya tres ediciones.

Usted es católica, madre, esposa... ¿es políticamente incorrecta?

No por ‘ser’ esas tres cosas, sino por defenderlas. Por defender la pertenencia a Cristo, a la Iglesia y a la tradición cultural católica. Por defender la maternidad y el amor para siempre.

¿Cómo define lo políticamente correcto o la corrección política?, ¿es una forma de dictadura, de control social, de ocultar asuntos como el aborto y la educación?

Es la dictadura del relativismo. Primero se dijo: “cada uno tiene su verdad”, pero ahora se afirma directamente que no existe la verdad y a quien se atreve a afirmar lo contrario se le acusa de intolerancia ¡Qué paradoja, los persecutores acusando de intolerancia! Y qué absurdo que quienes afirman que no hay verdad impongan sus principios relativistas como los únicos verdaderos...

¿Por qué la gente de derechas y cristiana tiene tan poca presencia en los medios de comunicación, las editoriales, la universidad?

Hay muchas razones. La derecha sigue arrastrando un incomprensible complejo de franquismo, alentado desde la izquierda. En cuanto a los cristianos, al margen de su adscripción política, han sufrido una fortísima secularización. No se trata sólo de que muchos hayan desertado, sino que los que hemos quedado no creemos realmente que Cristo sea la respuesta a la vida, y no lo creemos porque no lo experimentamos. De nada sirve poner una sonrisa y hablar de Jesús o de los valores si uno no toca ni palpa Su Presencia. Si el matrimonio, la familia, el trabajo, las amistades, no se ven cambiados por Su Presencia. El cristianismo sólo florece como propuesta cultural cuando quienes lo viven están sorprendidos por la grandeza de lo que les está ocurriendo.

Nada más llegar al poder, el Gobierno de Rodríguez Zapatero puso en marcha –junto con el Estatuto catalán y el ‘matrimonio homosexual’- una enésima reforma progresista de la educación. ¿Necesita la izquierda –y los nacionalistas- dominar la enseñanza? ¿Por qué la derecha y los católicos no promueven medidas como el cheque escolar para dar libertad a los padres?

Todas las ideologías necesitan dominar la enseñanza. Porque la escuela es el futuro, es la mente de la juventud y, por lo tanto, la clave del poder. Sólo quienes creen en la libertad del hombre son capaces de proponer una escuela “descentralizada”, que permita múltiples ofertas culturales y confesionales y deje a los padres la posibilidad de elegir. El grado en que la derecha, los católicos o quienes sean promuevan esta alternativa depende exclusivamente de su fe en la libertad.

¿Por qué la izquierda cae en contradicciones de, por ejemplo, atacar a la Iglesia por intolerante y discriminatoria de la mujer y, a la vez, apoyar al islam?, ¿es la incoherencia un elemento esencial a la izquierda?

No creo que la izquierda sea incoherente: las ideologías de izquierdas han seguido tradicionalmente modelos teóricos más elaborados y pautas sociales más rígidas que las de derechas. El anticlericalismo y el apoyo al Islam son en realidad dos métodos distintos para el único fin, que consiste en destruir a la Iglesia católica y su influencia en la sociedad. Poco importa que el Islam sea o no bueno para el hombre: lo importante es demostrar que existen muchas religiones, que todas han de recibir el mismo trato y que todas han de desaparecer de la esfera pública y quedar relegadas al ámbito de lo privado y casi íntimo. También se trata, en la medida de lo posible, de identificar lo religioso como una fuente de problemas, enfrentamientos y guerras para publicitar el laicismo.

¿A qué atribuye la crispación que hay en España?, ¿a una campaña política?

España existe. Miles de años de vida en común y de tradiciones culturales tan ricas no pueden eliminarse por un cambio de esquema. La ‘crispación’ es la respuesta social al proyecto artificial de descoyuntar España: están crujiendo los goznes de la Historia. José Luis Rodríguez Zapatero juega con el país como con un mecano, intentando adaptar los factores a sus planes, pero la realidad es testaruda.

¿En qué medio de comunicación se siente más cómoda: prensa, radio y televisión?

Prefiero la prensa y la radio a la televisión, donde te ves más constreñido por el tiempo, la imagen y el carácter espectacular del medio. Pero, al final, lo que resulta determinante para sentirse cómodo es el ideario del medio, el que permita o no la expresión de las propias ideas.

A lo largo de tu vida familiar y profesional, habrás tenido ganas de romper con algo o con alguien o de marcharte. ¿Cómo has podido dominar tus deseos e imponer sobre ellos la racionalidad?

El ser humano está hecho para el ideal. A veces te encuentras cosas hermosas y tentadoras en el camino, pero lo importante es ser listo y saber apreciar si la belleza del instante se mantendrá en el tiempo y en el espacio, porque uno está hecho para la eternidad. ¿De qué sirve algo que no puede ofrecerte una ilusión imperecedera? Cuando uno somete las experiencias a los deseos más profundos del corazón siempre vuelve a casa. Recordemos la hermosa historia del hijo pródigo.

Minuto Digital, 13/03/06

Una entrevista del Profesor del Instituto de Humanidades Ángel Ayala-CEU, de la Universidad San Pablo-CEU, Pedro Fernández Barbadillo para MinutoDigital

 

Un proyecto político para España: el fortalecimiento democrático

Conferencia en el Club Siglo XXI, siete de abril de 2003, de jaime Mayor Oreja.

25 AÑOS DE CONSTITUCION

Como todos ustedes saben, este año se cumple el veinticinco aniversario de la aprobación de la Constitución Española de 1978. Veinticinco años de éxito político, económico y social de la sociedad española. Un capítulo como pocos en nuestra historia contemporánea, un motivo de orgullo legítimo y de bienestar interior para todos los españoles que, por fin, fuimos capaces de iniciar un proceso de convivencia y crecimiento sin precedentes en nuestra historia reciente.

He querido comenzar con ese recordatorio porque lo primero que yo quisiera decir aquí, en este prestigioso club siglo XXI, es poner en valor aquella obra: lo que los españoles supimos y fuimos capaces de poner en marcha y sus contenidos, sus principios, sus valores. Y quisiera traer al recuerdo de todos ustedes las convicciones que nos llevaron a iniciar aquella obra política. La convicción en España. La convicción en la libertad. La convicción en un proyecto democrático capaz de superar las tensiones y los desencuentros políticos históricos entre españoles.

Y sin embargo, veinticinco años después, parece como si hubiese sectores políticos y personas que estuvieran frivolizando con aquello que fuimos capaces de construir. Con el Estado de las Autonomías; con la forma política del Estado; con la moderación y con el civismo políticos. Nunca desde entonces se habían vivido algunos de los acontecimientos que ahora, con motivo del conflicto de Irak, estamos viviendo. Parecían olvidados ya los insultos, las violencias, las llamadas a la desobediencia civil del poder democrática y legítimamente constituido. Era inconcebible que unos partidos llamaran asesinos a los miembros de un Gobierno o de un partido democrático. Era inimaginable el asalto a las sedes de un partido político. Y era no menos imaginable que aquello que aún existía como un reducto de lo peor de nuestra historia en el País Vasco, la violencia, la intolerancia, el odio, el radicalismo, corriera el riesgo de extenderse por el resto de España. Primero fue la catástrofe del Prestige, que inició un proceso de batasunización de Galicia, con insultos, agresiones, apedreamientos y la pérdida de la más elemental sensatez y mesura política. Después ha sido el papel de España en el conflicto de Irak lo que ha servido de excusa para que actitudes y comportamientos que creíamos ya superados, hayan aflorado con una violencia insospechada.

Yo diría que esta situación viene determinada por dos variables y que esas dos variables pueden llegar a situar a nuestro país ante un escenario enormemente delicado y complejo, un escenario de riesgo democrático y de debilidad constitucional. La primera variable radica en ciertas actitudes de parte de la izquierda; la segunda en la estrategia del nacionalismo.

LA MOVILIZACION DE LA IZQUIERDA

La primera variable se refiere a lo que podría llamarse la radicalización de parte de nuestra izquierda política y social. Hace ya varias semanas realicé unas declaraciones en ese sentido, y algunos se echaron las manos a la cabeza, y otros hablaron de cierto alarmismo. También señalé que cada vez se clarificaba más la existencia de dos izquierdas bien diferenciadas. En mi opinión, en el fondo, lo que está también ocurriendo es que la izquierda española está atravesando una profunda crisis, una crisis de proyecto común para España que se oculta creando un adversario exterior al que hay que derribar a toda costa; la exaltación de la catástrofe, la imputación de la culpa, la criminalización del Partido Popular y del Gobierno, el fomento de la radicalidad. Pero lo cierto es que hay dos izquierdas hoy en España, incluso dentro del socialismo español: por un lado la izquierda moderada, que tiene importantes discrepancias con el centro-derecha español, pero que tiene también coincidencias básicas en la Constitución, que tiene sentido y modelo de Estado, y por otro lado la izquierda radicalizada que ha decidido anteponer a cualquier proyecto político la eliminación del Gobierno y del PP. Y si esta existencia de dos socialismos y de dos izquierdas se ve nítidamente en algún lugar de España, ese lugar es el País Vasco.

El riesgo que, hoy en día, tiene esa izquierda democrática y de convivencia, es el riesgo de iniciar una deriva en la que, bien por falta de confianza en sí misma, bien por una ausencia de proyecto político propio definido y asentado, asista, en unos casos en silencio, en otros casos con complacencia, al acoso, a la agresión a veces, en todo caso a la dificultad a la que la otra izquierda, la izquierda radical, quiere llevar al Partido Popular. Y lo pongo de manifiesto por experiencia propia. Porque yo he conocido y sufrido también el juego macabro de los dos nacionalismos vascos hacia los no nacionalistas: El moderado, que asiste impasible a la persecución, como si no pasara nada, y el radical, que lleva a cabo la persecución. Y no quiero yo acusar a la izquierda democrática de esa deriva: digo que corre el riesgo cierto de terminar en ella. Y digo también que, en esos juegos, quien siempre, inevitablemente pierde, es la mayoría, la convivencia y la libertad.

Esa división y radicalización, además, no afecta tanto a planteamientos ideológicos de fondo cuanto a planteamientos estratégicos y tácticos, a gestos, a comportamientos, a maneras de actuar, a lenguaje político si se quiere, y sobre todo, a que parte de esa izquierda ha llegado a la conclusión -democráticamente inaceptable- de que “el fin justifica los medios” y de que, en consecuencia, todo vale para tomar el poder. Y eso por una parte se traduce en los pactos y los proyectos políticos de fondo con los nacionalismos, y por otro lado se traduce en una movilización que pretende que los movimientos de masas, la toma de las calles, es un instrumento de deslegitimación de las Instituciones y del Gobierno democráticamente elegido. Se trata de sustituir las urnas por las manifestaciones, y los hábitos de la corrección y de la cortesía democrática más elemental por la agresión física y verbal, por el asalto de las sedes políticas y por el insulto.

No es propio de un partido que aspira al Gobierno perder toda serenidad democrática. Al radicalizar los mensajes y las formas se pierde la moderación, que es consustancial a toda democracia y, al perderse moderación, se corre el riesgo de dividir, de enfrentar, de partir a la sociedad española –una sociedad que ha sabido conquistar de manera ejemplar la concordia- en dos mitades. Pero además, esa actitud debilita la democracia española, sus Instituciones, su Estado de derecho, en la hora difícil de afrontar los retos y las dificultades históricas internas del modelo constitucional y del desafío que la ofensiva del nacionalista ha puesto en marcha.

En definitiva, la radicalización de esa izquierda constituye un debilitamiento de la democracia en España y un riesgo para nuestro sistema constitucional. Exactamente el mismo debilitamiento y el mismo riesgo que constituiría la radicalización de la derecha. Y si algo necesita la sociedad española, hoy y en todo tiempo, ese algo se llama moderación, templanza, mesura, serenidad y sentido común.

OFENSIVA DEL NACIONALISMO: TRES MODALIDADES

La segunda variable a la que me refería antes, es la ofensiva del nacionalismo. Y es que, en la medida en que el nacionalismo detecte problemas para el Gobierno de España, y enfrentamientos y divisiones radicales y profundas entre los dos principales partidos de ámbito estatal, en esa medida, el nacionalismo desplegará, como está haciendo ahora, una nueva ofensiva para alterar el marco político de ésta, terminar con nuestra Constitución y poner en riesgo esa convivencia tan trabajosamente lograda desde la Constitución del 1978.

El problema es que eso el nacionalismo lo sabe, y que, en consecuencia, a mayor radicalización de la izquierda, a menor moderación política en los comportamientos, mayor debilitamiento democrático de España, mayor división social, menor cohesión a la hora de afrontar los grandes problemas internos, y mayores facilidades y márgenes para que la ofensiva nacionalista de destrucción del orden constitucional salga adelante.

Y permítanme que me detenga brevemente en la descripción de esa ofensiva. Quiero aclarar que cuando me refiero a “ofensiva nacionalista” me refiero a los esfuerzos, a las estrategias, a las conjunciones políticas que tienen por finalidad la modificación del actual marco jurídico y político de España. Y en esa materia los datos de las últimas semanas son, en mi modesta opinión, inequívocos.

Se han producido tres fenómenos, en ese sentido, que se refieren al país Vasco y a Cataluña, a los que me gustaría dedicar alguna reflexión, y que afectan como es natural al conjunto de España, porque uno de los equívocos del lenguaje, una de las perversiones políticas de este momento es hablar de proyectos para Cataluña o para el País Vasco como queriendo ocultar que esos proyectos son sobre todo proyectos para España o, en ocasiones, para no España.

1.- En primer lugar, quiero referirme al nacionalismo vasco. No voy a detenerme en los orígenes de esta ofensiva, que ustedes reconocerán perfectamente con sólo citar dos nombres: Ermua, o la rebelión democrática de las víctimas del terrorismo;  y Estella, o el pacto y el proyecto político del PNV con ETA.

Estos dos sustantivos, esos dos nombres de ciudades, que marcan la trayectoria de esa ofensiva del nacionalismo vasco, se acentúan ahora con un verbo:  salvar; salvar a Batasuna.  Un verbo que tiene otras acepciones. Salvar significa también, aquí: heredar, compadrear, cobijar. Si la rebelión democrática de las víctimas tras el asesinato de Miguel Angel Blanco produjo pánico en un nacionalismo que veía emerger, por vez primera en el País Vasco, un movimiento social ni alumbrado ni controlado por el nacionalismo; si la reacción a Ermua fue el pacto de convergencia con ETA en Estella; ahora, ante la decisión democrática de la Ley de Partidos y de la ilegalización de Batasuna, el nacionalismo vasco ha puesto en marcha su respuesta y su ofensiva final de incumplimiento del estado de Derecho, de desobediencia civil desde la perversión de las instituciones, de ruptura de las reglas del juego democrático y del marco jurídico y político.

La presentación formal de esa ofensiva se llama Plan Ibarretxe. Pero la realidad de esa ofensiva se traduce en una suma, una síntesis y una convergencia territorial entre ETA y el PNV ante las próximas elecciones: el PNV en las ciudades y ETA en el ámbito rural. Son dos escenarios, dos ambientes del nacionalismo y también dos maneras de escenificar la ruptura común. No es, en consecuencia, únicamente una suma de PNV y EA: hay mucho más: hay un reparto de país y hay también un reparto de papeles en una misma estrategia: en un país independiente, los ghetos, las aldeas y los pueblos, serían para ETA; en tanto las ciudades serían para el PNV. Este es el futuro mapa político que tendría el País Vasco si el Plan Ibarretxe saliera adelante, y en eso consistirá el ensayo general de reparto del país que quieren plantear en las próximas eleciones. Y esta es también una de las razones por las que, pese a los asesinatos, pese a la ilegalización de Batasuna, pese al clamor ético y moral, el PNV ha decidido mantener en los Ayuntamientos como Andoaín a alcaldes de Batasuna, es decir, ETA.


2.- En segundo lugar, quisiera referirme al Pacto de Barcelona. Como ustedes saben, simultáneamente al acuerdo entre el PVN y ETA escenificado parcialmente en Estella, se puso en marcha el Pacto de Barcelona suscrito por CIU, PNV y el BNG.

ETA, estaba en aquel momento en la vanguardia de una ofensiva nacionalista, y el PNV y su Gobierno en la retaguardia.  Finalmente, a la espera, a rebufo, del resultado de la misma, se encontraban el resto de formaciones nacionalistas. ¿Y que está ocurriendo hoy con los firmantes de ese pacto?

Comencemos por el BNG. El BNG está intentando colonizar todos los sectores de acción o de interés social. En una burda imitación de todas las plataformas sociales que ETA fue creando, ante determinados problemas, en el País Vasco, como la plataforma antinuclear de Deba y de la Costa Vasca, el comité antinuclear de Lemoniz, la coordinadora Lurraldea -hoy Elkarri- a raiz de la construccion de la autovía Leizarán, en una burda emulación del peor nacionalismo vasco, el BNG ha hecho exactamente lo mismo ante la catástrofe del Prestige. Esta es su modalidad de ofensiva. Algo así como un intento de Batasunización de Galicia que trata de provocar, al final, incomodidad política y social, vergüenza, dificultad de pertenecer, simpatizar o colaborar con una opción como el Partido Popular. En definitiva, un tipo de presión nada democrática.

Respecto de CIU, que ha presentado recientemente su proyecto, es cierto, que hay mas moderación por el momento en las formas y –en menor medida- en los contenidos de esa ofensiva de CIU. Es cierto que  no plantean una ruptura tan bronca y abrupta como la del PNV, pero he de recordar que el Sr. Mas ha presentado un nuevo modelo de Estatuto que está más en la radicalidad que en el seny, que es mas vasco que catalán, que es en cierta medida la contaminación de Convergencia por el PNV a través del referido Pacto de Barcelona.

Y al final lo que se produce es una alteración de la estabilidad, un cambio de marco constitucional y político, una ruptura del pacto constituyente, un intento de abrir una segunda transición. Eso no es contribuir a la gobernabilidad y a la modernización de España sino acentuar sus problemas y, por lo tanto, también, los de Cataluña.

3.- Pero existe, además, en tercer lugar, otro proyecto de alteración de la estabilidad política de España. Me refiero al denominado “modelo Maragall”. El líder de los socialistas catalanes ha dado a conocer en estos últimos días, en este mismo foro y ante el secretario general del PSOE su nuevo modelo de Estado: ha planteado su proyecto de reforma del Estatuto y su correspondiente propuesta de referéndum; ha planteado la plasmación jurídica y política de la nación catalana, y ha planteado, en definitiva, la inevitable reforma del marco constitucional.

El problema es que ese “modelo Maragall” no es únicamente una singularidad o una extravagancia o una “nota de color” del partido socialista en y para Cataluña. El problema es que, por un lado, suponga una alteración del modelo político constitucional, y por otro lado, se extienda a determinados sectores de otros partidos socialistas de España, muy especialmente a determinados sectores del Partido Socialista en el País Vasco. Y el mejor ejemplo de esa extensión y de ese contagio está en las declaraciones que ayer mismo realizó el secretario general del PSE, cuando acusó al PP de estar protagonizando “un choque de patrias”. Y nos acusaba de “enfrentar Euskadi con España, como si uno fuera el problema y otro la solución”. Y esto es un auténtico disparate. Primero porque, buscando la equidistancia entre PNV y PP, equipara el nacionalismo vasco con el constitucionalismo, cuando son, precisamente, antitéticos. Segundo, porque está identificando de manera subconsciente el País Vasco con el nacionalismo, y ese es el error que creíamos que el PSE había superado. El problema radica en si se cree o no en el constitucionalismo vasco, es decir, en si el País Vasco debe o no ser gobernado desde un proyecto distinto del nacionalismo.

Y de la misma manera que el nacionalismo vasco está contaminando al nacionalismo catalán, en un camino de vuelta, el socialismo catalán de Maragall está contaminando al socialismo vasco de López. Y por esa doble vía, se corre el riesgo final de alterar totalmente el modelo de Estado.

El problema radica en que el proyecto Maragall es exactamente la antítesis de la alternativa democrática al nacionalismo en el País Vasco, es lo contrario del constitucionalismo y es, en consecuencia, un cambio de rumbo, un giro de 180 grados respecto del proyecto que presentamos en Mayo de 2001 entre el PP y el PSOE. Es una frívola asociación entre el socialismo y el nacionalismo. Es heredar y confirmar un ambiente político y social establecido por el nacionalismo en los últimos años. Y puede que llegue antes al poder, puede que electoralmente le sea más rentable a más corto plazo, pero entonces no estará cambiando nada, no estará resolviendo y afrontando los problemas políticos de fondo, la raíz del desencuantro y las dificultades de convivencia generados por ese ambiente que se trata de conservar. Es, en definitiva, heredar la ambigüedad, sustituir a un nacionalismo que ha decidido apostar por la Declaración de Barcelona,  por un nacionalismo que se contenta con la reforma del Estatuto. Cambiar de partido y de dirigentes políticos  para que las cosas continúen igual. No es un proyecto de alternativa sino de continuidad.

 Es verdad que Maragall pretende legitimar su proyecto diciendo que es distinto del de Convergencia; pero es verdad también que Convergencia intenta dar un plus de seriedad y de legitimidad a su proyecto diciendo que es distinto del de el Sr. Ibarretxe; y es verdad que el BNG intenta legitimar sus plataformas sociales negando el carácter de batasunizacion; y es finalmente verdad también que el Sr. Ibarretxe intenta legitimar su proyecto presentándolo como un proyecto distinto del de ETA. Pero al final, todos y cada uno de esos proyectos, distintos -claro está- entre sí, con ritmos y modos diferentes, al final producen la apertura de una segunda transición, de un segundo proceso constituyente para España y de una ruptura del pacto constitucional.

Y el problema es que, ante esas derivas del socialismo hacia el nacionalismo, hay también silencios muy significativos, muy preocupantes, silencios que se produjeron en esta misma sala, silencios elocuentes de la dirección del partido socialista ante las tesis y proyectos del Sr. Maragall. Unos silencios que quizás escondan el tremendo error político de pensar que un gran desafío nacionalista se detiene con un desafío social-nacionalista menor: es decir, que la pretensión de un nuevo modelo de Estatuto y de relación con España planteado por los nacionalistas catalanes, se responde y se pretende neutralizar o contrarrestar con un desafío de reforma del Estatuto.

Y, parafraseando a Ortega y Gasset, permítanme que recuerde aquel diagnóstico suyo: no es esto, no es esto.


LOS RIESGOS

Antes decía que, a mayor radicalización de algunas de las izquierdas en que ahora se divide y subdivide la izquierda española, mayor ofensiva de un nacionalismo que intenta ganar terreno por la brecha de la desunión entre los partidos estatales. Pero el problema es también que, a mayor ofensiva nacionalista, mayor radicalización de una parte de la izquierda que ha creído que todo vale para tomar el poder, incluso el debilitamiento democrático  y constitucional de España. Y es cierto que hay una parte de esa izquierda que está cómoda en su radicalización, porque forma parte de su propia esencia, y me estoy refiriendo a IU, pero también es cierto que no tiene sentido que otros sectores de la izquierda ligados al socialismo estén en esas posiciones. Y voy a detenerme en esta idea para no ser mal interpretado.

Lo que quiero decir no es sólo que parte de la izquierda entiende que la única manera de sustituir al Gobierno del Partido Popular consiste en su debilitamiento a toda costa, y que en esa tarea puede haber confluencias tácticas con los nacionalismos, sino también, y esto es lo más preocupante, que parte de esa izquierda entiende que la única manera de recuperar el poder en España es hacerlo mediante una unión temporal de toda la izquierda con esos nacionalismos. El pacto con los nacionalismos, el pacto con los contenidos del nacionalismo, con la superación del marco constitucional –que es mucho más que un pacto puntual de Gobierno- es la estrategia de un sector cada vez más preocupante del PSOE. Esa es la estrategia Maragall a la que antes me referí, y la estrategia Elorza, y la estrategia en Baleares, y la estrategia en Galicia. Y será la estrategia de todos aquellos lugares y Comunidades en los que la única manera de desbancar al PP del poder consista en una unión del socialismo con el nacionalismo. Y la tragedia es que entonces aparecen dos partidos socialistas, uno, el que emula al nacionalismo en sus propuestas de federalismo asimétrico o de confederación, y otro, el partidario del modelo constitucional del Estado Autonómico que pactamos entre todos en 1978. Y tenemos que el principal partido de la oposición, que debería tener la capacidad política de presentar una alternativa de gobierno única y coherente para toda España, carece de modelo de Estado y es de una incertidumbre sin precedentes en ese terreno.

Y eso tiene varios riesgos.

En primer lugar, un riesgo para la propia izquierda, que como siempre ocurre en todo proceso de radicalización, se aboca a su fractura interna, a la proliferación de pequeños partidos, a la atomización, a la presentación –y lo vamos a ver en las próximas elecciones municipales- de nuevas candidaturas de izquierda más o menos radical, más o menos anti-sistema, más o menos antiamericana, pero siempre a la izquierda del socialismo moderado, y siempre independiente de él. Y este, que fue un sarampión democrático de nuestra Transición, está volviendo a emerger, como es natural, en paralelo a la demanda, precisamente, de abrir una segunda transición. Pero el problema es que no responde a una demanda social. El sentimiento de ruptura y de radicalidad no es que sea malo, o bueno: es que, hoy por hoy, es históricamente falso. Es una mentira política. Y es una irresponsabilidad.

El segundo riesgo, mucho más preocupante y grave que el anterior, la segunda deriva a la que me estoy refiriendo alcanza niveles muy preocupantes cuando, por ejemplo, la sociedad española asiste atónita a un intento de voladura –no sé si consciente o inconsciente- de algunos de los consensos constitucionales más elementales. Es el caso del ataque del PNV, del BNG y de IU a la Corona; es el caso de la falta de respeto al Rey; del empeño increíble de iniciar un proceso de contabilizar muertos de uno u otro bando de la guerra civil, de instrumentalizar política y partidísticamente la tragedia de las fosas comunes, que son comunes a todos los españoles y no ya de un bando o de otro, que eso significó la Transición.

Y el momento es especialmente grave porque todos esos elementos que permitieron la Transición política y el mayor período de prosperidad y de concordia entre los españoles, esos elementos, están en riesgo gracias a ese doble y confluyente proceso al que me refiero: la radicalización de una parte de  la izquierda –con atomización de la misma- y la ofensiva del conjunto del nacionalismo. Es fácil unirse contra Aznar. Lo difícil es extraer, de ese maremágnum, de esa amalgama del anti, de ese caos, un proyecto político posible para España.

Porque, ¿cuál fue el gran mérito político de nuestra democracia desde 1975? El esfuerzo de todos los partidos democráticos de apartar del terreno político todos aquellos asuntos que en el pasado habían enfrentado a los españoles y que, potencialmente, podían dividirles ante el porvenir. Se soltaron lastres y dogmas ideológicos. Se apartaron los muertos y las tragedias de la guerra civil del debate político; se apartó la controversia monarquía-república; se pactó un modelo de Estado que zanjaba la cuestión territorial, se pasó del centralismo político a la autonomía de nacionalidades y regiones, y, sobre todo, se introdujo un nivel mínimo de civismo en el debate político.

Y esa superación de nuestra historia no fue cerrar en falso nuestro pasado, sino que fue la mejor manera de asegurar el porvenir.

Y ahora que se cumplen veinticinco años de nuestro  aniversario constitucional, hay que recordar más que nunca, a una determinada izquierda y al nacionalismo, todas estas cosas.


El FUTURO INMEDIATO

Hay que recordarles que, en el momento en que termine el conflicto de Iraq, los grandes problemas de España vendrán de su articulación interna. El desafío nacionalista será la primera gran cuestión política nacional después de las elecciones municipales del 25 de Mayo próximo, hasta el punto que serán los resultados electorales del País Vasco los que determinen los ritmos de esa ofensiva nacionalista. Álava, es cierto, se configurará como el elemento territorial clave en esa decisión de precipitar o no el proceso de ruptura, pero, en cualquier caso,  como ya he apuntado antes, el proyecto de la autodeterminación será defendido por el PNV en las ciudades y por ETA en los pueblos, especialmente  en los de Guipúzcoa. El impulso de la autodeterminación vendrá determinado por la convergencia de ETA y PNV, y esa convergencia, esa suma llena de vasos comunicantes, será la protagonista de la ofensiva del nacionalismo vasco.

En Cataluña, se abrirá muy probablemente un compás de espera ante la celebración de las elecciones autonómicas del próximo año, y allí el protagonismo, la clave, la esencia política de la ofensiva nacionalista no recaerá afortunadamente en la unión del nacionalismo  moderado con el otro nacionalismo, el radical, como en el Pais Vasco. El protagonismo  recaerá en la síntesis o en la intersección del nacionalismo y del socialismo catalanes.

En Galicia, el grado del crecimiento –o del retroceso- del BNG marcará el elemento determinante en los ritmos de esa ofensiva nacionalista.

Pero en los tres lugares, en País Vasco, en Cataluña, en Galicia, está en riesgo el marco constitucional que garantiza la convivencia entre españoles de todas las Comunidades Autónomas y de uno y otro signo.

Y permítanme que me pregunte ahora: ¿cuál debe ser el papel, la función política y constitucional de los partidos políticos de ámbito estatal en cuyas manos, ya en el Gobierno ya en la oposición, se encuentra el porvenir de nuestra sociedad?


DOS CAMINOS PARA AFRONTAR LA SITUACION

Hay una manera de cómo no se frena una ofensiva nacionalista como la descrita. Y el mejor ejemplo, el más actual, nos los ofrece la dirección del PSOE.

 No se frena la ofensiva del nacionalismo negando la realidad, negándose a aceptar el estado real de las cosas, ocultando la realidad, echando tierra sobre los problemas, eludiendo los compromisos. Y de esa manera, cuando se niega la existencia de una ofensiva nacionalista no hay que tomar posición respecto de la misma ante los electores. Si se niega la radicalización y violencia de sectores de la izquierda, no hay que poner coto a ellos. La consecuencia de esta posición de autismo en relación con los problemas reales del presente y del porvenir de los españoles, consiste en inventar un enemigo exterior: la clave es echarle la culpa al Partido Popular y al Gobierno. El problema de España deja de ser uno y se convierte en otro. No es ya la ofensiva de los nacionalismos, ni la radicalización de parte de la izquierda, lo que pone en riesgo el sistema político, sino el Partido Popular y su Gobierno. Y entonces se afirma que España no aguanta cuatro años más el discurso de Aznar sobre España. El PP es el problema, no los violentos, no los radicales, no los nacionalismos excluyentes. Con cuatro años más de gobierno popular, se dice, España arderá.

En definitiva hay dos caminos para afrontar la ofensiva nacionalista desde los partidos constitucionalistas.

El primero de ellos, ya lo hemos visto, es el proyecto Maragall, es decir, la reforma del Estatuto y la reforma constitucional. Pero una ofensiva como la del nacionalismo vasco no se detiene anunciando la reforma de la Constitución o la de los Estatutos. Quienes defienden estas formulas están en, en el fondo, propugnando la necesidad de una segunda transición. Ya hemos visto que esta segunda transición tiene hoy tres formulaciones: El proyecto Ibarreche, el Proyecto Mas y el Proyecto Maragall. Son caminos distintos, con distintos acentos, con distintos matices pero con un mismo objetivo común: una segunda transición y una modificación de los marcos jurídicos y políticos de España.

En mi opinión ese objetivo supone no haber entendido nada de nuestra transición democrática; nada del Pacto Constitucional y nada del esfuerzo político realizado por la sociedad española en los últimos veinticinco años.

La Transición española fue una oportunidad histórica, una demanda social, una realidad política. Fue, en fin, si ustedes me permiten la expresión, una verdad histórica y una necesidad.

Hoy las cosas son bien distintas.

La reforma constitucional, en la medida en que continúe la ofensiva nacionalista, constituye una inoportunidad histórica para España. No responde a una necesidad social sino a una ficción política que los nacionalismos –cuando su ciclo empieza a declinar- pretenden crear artificialmente para subsistir,  y es por todo ello una falsedad histórica. Es, además, un error estratégico de primera magnitud: no es posible abrir una reforma constitucional del modelo político para dar nuevamente, veinticinco años después, satisfacción a los nacionalismos.

No cabe abrir una reforma constitucional en la medida en que ésta no se haga para dar respuesta a las necesidades del conjunto de la sociedad española. A sus necesidades históricas reales.

Es muy fácil articular una mayoría social de oposición ante un conflicto bélico. Lo difícil, pero también lo necesario, es articular una mayoría social para afrontar y resolver los proyecto políticos pendientes en España.

En definitiva, iniciar un proceso de reformas constitucionales, de cambios del sistema político y de alteraciones en el modelo de Estado en un momento en el que la ofensiva nacionalista alcanza su punto álgido, y en un momento en el que la izquierda social y política está movilizada frente a un conflicto bélico, es además un disparate monumental.

La segunda vía, el segundo camino para hacer frente a los riesgos de la ofensiva de los nacionalismos está en el fortalecimiento democrático de España, en su fortalecimiento constitucional, no solo porque ese fortalecimiento sea la consecuencia lógica del pacto constitucional del 78 y del camino recorrido desde entonces, sino porque es la mejor garantía para superar con éxito nuestros problemas colectivos.


EL FORTALECIMIENTO DEMOCRÁTICO

Y qué significa el fortalecimiento democrático de España y cuál es su sentido y su significado en la historia contemporánea de España.

 Si ustedes me lo permiten, recurriré para explicarlo gráficamente, a tres verbos, a tres infinitivos: transitar, cambiar, fortalecer.

La sociedad española tenía la necesidad de sustituir un régimen por otro, un modelo de Estado por otro; existía la necesidad histórica de sustituir una dictadura por una democracia, pero esa necesidad se refería no sólo al fin que había que conseguir –la democracia- sino también a la manera de hacerlo: desde la concordia, sin grandes rupturas, mediante la reforma: es decir: haciendo una transición.

Una vez que la sociedad española supo llevar a cabo esa transición, España necesitaba iniciar un proceso de cambios, de modernización de sus estructuras económicas y sociales, de introducción de un mayor dinamismo, de una mayor competitividad, de un crecimiento más estable, más equilibrado y a mayor ritmo. Y se cambió y se modernizó España, y este proceso –que empieza si se quiere en 1982- es especialmente intenso y especialmente fructífero a partir de 1996, y es un proceso inacabado, en el que todavía tenemos que profundizar.

Finalizada la Transición, iniciado ya el cambio, España tenía y tiene que abordar un proceso de fortalecimiento democrático, de profundización de nuestro Estado de Derecho, de solidificación de nuestras Instituciones, de aseguramiento de las libertades, de protección y defensa de nuestra Constitución, de nuestro modelo de Estado, que es también nuestro modelo de convivencia y nuestro marco de desarrollo. En definitiva, España requiere estabilidad.

Y eso significa también no repetir los errores, no caer en los complejos que en un momento determinado pudieran asaltarnos, no caer en debilidades que a su vez debiliten a los españoles. Y es atreverse a poner en práctica las políticas que generaciones o gobiernos anteriores o no pudieron o no se atrevieron a poner en marcha.

Y pondré dos o tres ejemplos, sólo dos o tres ejemplos que son expresión clara de ese fortalecimiento democrático de España y que, además, constituyen medidas de Gobierno que las generaciones anteriores, no tuvieron ni la oportunidad ni quizás el valor de llevarlas a cabo. Medidas que, además, remueven determinadas estructuras mentales en algunas personas ancladas psicológica o políticamente en esa transición.

La primera medida de fortalecimiento democrático de España ha sido, en mi opinión, la Ley de Partidos y la ilegalización de Batasuna. Por primera vez los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial han reforzado las estructuras jurídicas y políticas necesarias para preservar a la democracia del terrorismo y en definitiva –utilizando la expresión de Popper- para proteger a la sociedad abierta de sus enemigos. Una democracia es madura cuando toma la decisión política de protegerse de sus enemigos con todas las consecuencias. Cuanto más fuerte sea una democracia más desarrollada estará y más garantizará la libertad. Y ese un paso de primera magnitud, no sólo para nuestro sistema político, sino también para  recuperar y asentar la confianza de los españoles en sí mismos. ¿O es que alguien cree serena y francamente que, de haber sabido poner en marcha antes ese fortalecimiento de la democracia española frente a sus enemigos, tendríamos la cifra de mil muertos en atentados terroristas? ¿O es que es imaginable que países que históricamente han tenido una mayor fortaleza democrática que España, como Alemania, o Francia, habrían resistido una sangría de tal envergadura durante treinta años sin defender a su sociedad de los enemigos de la democracia y de la libertad? Esos mil muertos son la consecuencia de una debilidad democrática de España. Y quienes ridiculizan esto del fortalecimiento democrático olvidan demasiado a menudo estas cosas.

El segundo ejemplo es la puesta en marcha de un proyecto de cohesión nacional y de solidaridad territorial que era una vieja de manda, ya histórica, centenaria, que ningún Gobierno de España se había atrevido antes a llevar a cabo y que significará saldar una asignatura pendiente en nuestro país: y me refiero al Plan Hidrológico Nacional. La fortaleza democrática consiste –pese a los costes políticos que suponga a corto plazo- en atreverse a asociar, a realizar la síntesis política entre el principio de autonomía de las nacionalidades y regiones y el principio de solidaridad entre todas ellas; es tener el coraje político de dar efectividad a esa síntesis entre autonomía y solidaridad, y hacerlo en políticas concretas y tangibles para los españoles, superando el lastre histórico, económico y social de la escasez y el desigual reparto de los recursos hídricos en España. Con el Plan Hidrológico Nacional hemos adoptado una medida de justicia distributiva del agua; y eso, que puede no ser bien entendido por algunas regiones, es un factor de fortalecimiento democrático de España, que también favorecerá a Aragón.

El tercer ejemplo de fortalecimiento democrático de España consiste en tener el valor y la capacidad para poner en marcha una política económica en cuya virtud el Estado no gaste más dinero del que ingresa, porque sólo así se sanea y se fortalece el sistema económico, sólo así se garantiza el porvenir de los españoles, se aseguran las pensiones, se dinamiza actividad económica y se asegura en crecimiento equilibrado. ¿Cómo si no habríamos saneado la seguridad social, cómo si no habríamos reducido el paro del 23 al 10 por ciento, cómo si no habríamos conseguido un crecimiento del 30 por ciento del PIB en los últimos años? A corto plazo, habría sido más popular y más fácil gastar más, pero a largo plazo los españoles habrían pagado un precio. Esas medidas de austeridad han garantizado el porvenir de nuestra sociedad, y el bienestar, y también la convivencia.

Y podría seguir poniendo ejemplos sobre la proyección de ese proceso de fortalecimiento democrático y constitucional de España en las grandes políticas nacionales. Pero todos ellos desembocan en el fortalecimiento de la sociedad española. Y todos ellos se refieren también a proyectos que las generaciones anteriores, por dificultades históricas, o por complejos, o por las razones que fueren, o no se atrevieron o no pudieron hacer.

Pero ahora quisiera insistir en que la primera exigencia de ese fortalecimiento democrático y constitucional de España, en este momento, está precisamente en la capacidad de los partidos políticos españoles y de nuestras Instituciones para hacer frente a doble proceso de radicalización de alguna izquierda y esa ofensiva del conjunto del nacionalismo.

Y lo primero es volver a la moderación y al sentido común. La coyuntura de Iraq no puede cegarnos. Hay que cerrar el debate permanentemente abierto sobre la forma o el modelo del Estado. Los dos partidos estatales somos los responsables en esa materia ante los españoles. De nosotros, de nuestra voluntad, de nuestra capacidad política, de nuestro sentido de Estado depende detener esa ofensiva del nacionalismo. Los partidos políticos no estamos para plantear problemas a la sociedad. No podemos poner ahora sobre la mesa de los españoles una nueva transición, un nuevo proceso constituyente, agotador y absurdo, una nueva incertidumbre y una nueva indefinición ante el futuro. La función de los dos grandes partidos españoles consiste precisamente en evitar o en solucionar los problemas a los españoles. En defender nuestra convivencia, nuestro marco jurídico, político, que es también nuestro marco social y económico.


UNA NUEVA ETAPA: LAS GARANTÍAS DE UN PROYECTO

Los españoles vamos a abrir una nueva etapa en nuestra democracia. Las elecciones municipales, las elecciones catalanas, las elecciones andaluzas, las elecciones generales nacionales y europeas se van a producir en el plazo de un año.

Vienen precedidas de una ofensiva nacionalista y de una movilización política y social de la izquierda. No es cualquier momento. Esta nueva etapa significa una encrucijada entre dos caminos presididos por dos culturas políticas distintas. La vía del Fortalecimiento democrático y constitucional, por un lado, que es la vía de la confianza en lo que hemos hecho en los últimos  25 años, que es la culminación un camino. Y la vía, el camino, la cultura de un nuevo tránsito, de una segunda transición, que es no saber terminar un proyecto, abandonarlo, y empezar otra vez.

Frente a un proyecto asentado en la confianza, en el fortalecimiento democrático de España, en saber cerrar y culminar un ciclo histórico, está el otro proyecto basado en la desconfianza e impulsado por la ofensiva nacionalista, por la movilización de la izquierda y enmascarado por el “no” a la guerra.

Sería demasiado fácil que yo aprovechara este final de la conferencia para acentuar los riesgos de la elección de la vía de la desconfianza. Pero permítanme que formule en positivo, en clave de esperanza, lo que significaría una apuesta por la confianza y el fortalecimiento democrático de una mayoría de españoles.

Si ustedes me lo permiten intentaré sintetizar en cinco puntos las garantias que ese fortalecimiento democrático ofrece para el futuro del País Vasco y de España. Son cinco garantías y, en consecuencia, cinco razones para la esperanza, cinco razones para seguir confiando en nosotros mismos.


Primera garantía: primera esperanza: La derrota de ETA.

El principio del fin de ETA fue Ermua, la rebelión democrática de las víctimas.

La Ley de partidos, la ilegalización de Batasuna, ha marcado el final de la impunidad del verdugo. ETA sabe que será derrotada policial, judicial, social y políticamente si desde la tenacidad y la perseverancia se mantiene en España un proyecto político asentado en el fortalecimiento constitucional.


Segunda garantía: segunda esperanza: La definitiva reafirmación y consolidación del constitucionalismo en el País Vasco.

El constitucionalismo tiene su vanguardia, hoy en el País Vasco.

En el País Vasco ha emergido una militancia constitucionalista como en ninguna parte de España. El Foro de Ermua, el Basta Ya, la Fundación por la Libertad, constituyen la mejor demostración de que mujeres y hombres de la izquierda y de la derecha sabemos encontrar valores y principios constitucionales que nos unen.

La reafirmación de un proyecto político de España asentado en el fortalecimiento democrático y constitucional, consolidaría el constitucionalismo en el País Vasco, definitivamente, en la alternativa democrática al nacionalismo vasco.

Por el contrario, el proyecto de una segunda transición sería letal para esta vanguardia constitucionalista en el País Vasco, y por lo tanto para la sustitución del nacionalismo en determinadas Comunidades.

La alternativa democrática a un nacionalismo vasco excluyente, instalado en la radicalidad y que confluye con ETA, no puede ser la mera ideología: ni de la izquierda ni de la derecha. No puede ser solo una sigla. Ni mucho menos una táctica, una imitación. La alternativa de la libertad es un proyecto, un esfuerzo continuado, duradero, desde la Constitución, que tiene que avanzar y convencer en todas y cada una de las elecciones.

Tercera garantía: Tercera esperanza: Evitar la emulación de lo peor del nacionalismo vasco en otros puntos de España.

Evitar la emulación de lo peor del nacionalismo, es decir, la emulación según las circunstancias y los lugares, del modelo político y social y las estrategias del PNV, o la emulación del modelo de violencia social de Batasuna.

Un modelo, asentado en el crimen y en la mentira. A veces en la mentira asociada al crimen. Un modelo fundamentado en un movimiento nacionalista que ha dado lugar a un régimen más que a una democracia. Un Régimen que precisa un movimiento nacionalista para sobrevivir o un movimiento nacionalista que necesita un régimen para sobrevivir. Un modelo asentado en el miedo. Un miedo que es causa y consecuencia al mismo tiempo de un ambiente. Un miedo físico a ETA asociado a un miedo reverencial al nacionalismo vasco.

Un modelo en el que los radicales radicalizan a los moderados, y en el que se produce el compadreo creciente entre los nacionalistas y los violentos.

Un modelo que, al final, legitima y premia a los verdugos, que les da cobijo en las listas, que les coloca de referente principal de cualquier acción política, y que, por el contrario, castiga a las víctimas.

Pero un proyecto político de fortalecimiento democrático asentado nuevamente en una mayoría social de españoles, desactivaría el Pacto de Estella. Haría entrar en crisis irreversible el Pacto de Barcelona. Y daría a la sociedad española la estabilidad necesaria para afrontar el porvenir con plenas garantías de éxito.


Cuarta garantía: cuarta esperanza: El nacionalismo vasco estaría obligado a protagonizar su transición, que es la auténtica transición democrática pendiente en España.

La izquierda abertzale tendría que organizarse democráticamente en el País Vasco sin la referencia implacable de ETA. ETA dejaría de ser la garantía del Plan Ibarretxe. La única realidad, la única garantía sería la Constitución. Y por eso mismo, ni unos ni otros quieren la garantía de la Constitución. Por ello no quieren derrotar ni unos ni otros a ETA. Lo que quieren y necesitan es la derrota del PP en España.

Esta derrota para ellos constituye una condición previa necesaria que no suficiente para el éxito de su ofensiva. Unos y otros condicionaran su ofensiva, sus plazos, su ritmo, su calendario, para impulsar y favorecer todo aquello que debilite y agriete la mayoría social que se expresó contundente y democráticamente en España.


Quinta garantía: Solo el fortalecimiento democrático en España garantiza la libertad y la pluralidad en la sociedad Vasca.

Porque solo la alternativa para la libertad en que ese proyecto consiste, garantiza la democracia en el País Vasco.

Cuando hay que presentar en el País Vasco una alternativa a tantas cosas: a un ambiente, a un sentimiento a un compadreo, a un régimen, a una degeneración moral y democrática, el proyecto que presentemos tiene que ser sólido, con raíces con fortaleza moral, con historia, con capacidad de suma. Esa alternativa democrática al nacionalismo vasco instalado en la ruptura, es España y España es el único proyecto que puede devolver la libertad, la democracia y la confianza a la sociedad vasca.

Y es aquí donde yo quiero pedir un esfuerzo a esa mayoría social de españoles que se articuló alrededor del Partido Popular en las ultimas elecciones generales.

El fortalecimiento democrático en España, se ha demostrado, es un proyecto eficaz para afrontar los dos grandes problemas que hemos tenido los españoles durante muchos años: El paro y el terrorismo.

Esa mayoría social existe, sigue existiendo, aunque qué duda cabe se esta poniendo a prueba, ante la proximidad de un conflicto bélico. Quiero pedirles que traten de pensar en los problemas de España en los próximos meses y años, cuando la guerra no inunde, como hoy, las primeras páginas en los medios de comunicación.

Hay una España posible, la hay histórica, política cultural y socialmente. Es la España de las libertades, la España de la fortaleza democrática, la España de la Constitución de 1978. A la tarea común de ese proyecto básico de España quiero llamar a toda esa mayoría social de españoles con sentido de Estado, con sentido de la historia, y con sentido común.

Islam: antecedentes para el diálogo

En ABC del 18 de octubre del 2001, se leía que “los servicios secretos, sobre todo los británicos, empiezan a disponer de hechos nuevos, y uno se ha filtrado con cierto margen de seguridad: hay varias cabezas, varios Bin Laden, quizá en veinte países, coordinados, financiados sobre todo, por saudíes, yemeníes y libaneses”.  

Índice:

·         Una red difusa, multipolar.. y en alguna medida interna.

·         La religión islámica tiene algo que ver con esto.

·         Más que religión, o menos.

·         Los ríos de textos que afluyen al Corán.

·         La Sunna, vuelta de tuerca.

·         Ante el reto emergente, el servicio a la Verdad.

 

Una red difusa, multipolar.. y en alguna medida interna.-

En ABC del 18 de octubre del 2001, se leía que “los servicios secretos, sobre todo los británicos, empiezan a disponer de hechos nuevos, y uno se ha filtrado con cierto margen de seguridad: hay varias cabezas, varios Bin Laden, quizá en veinte países, coordinados, financiados sobre todo, por saudíes, yemeníes y libaneses”.

Mejor es enterarse tarde que no enterarse nunca, pero la noticia no es tal, sino historia, y vieja. La sombría e inquietante historia del Islamismo multipolar, de redes diseminadas y centros concurrentes, era ya una certeza hace seis años, cuando Martine Gozlan publicó en París “Pour comprendre l´integrisme islamique”.

Por necesidad de ponerle una cara al enemigo y porque, en este caso, es lo más probable que esté detrás del ataque sufrido por las Torres Gemelas, toda la máquina guerrera y propagandística norteamericana se ha dirigido contra Osama Ben Laden. Pero nos engañaríamos mucho si creyéramos que el integrismo islámico es una especie de red piramidal a cuya cabeza se encuentra el acaudalado saudí.

La trama de intereses y apoyos que sostiene al terrorismo islámico no se parece en nada a aquellas organizaciones de confesión marxista leninista que tenían su sostén ideológico, organizativo y económico más allá del Telón de Acero. Combatir aquella modalidad de terrorismo -cruel, organizado, voluntarioso- era difícil, pero se encontraba dentro de la lógica de la amistad y la enemistad. Este bloque, enemigo de aquél, abrigaba en su seno organizaciones ciertamente peligrosísimas, que hacían las veces de quinta columna, pero que, si se descabezaban, si se desconectaban de sus bases logísticas, eran neutralizables.

Las organizaciones terroristas islámicas no están detrás de ningún Telón: probablemente están aquí mismo, o en casa de nuestros aliados. Su sistema de apoyo forma parte de nuestro propio sistema económico. Y lo que es peor, sus reclutas no se captan sólo en lejanos países, sino también en las aulas de nuestras universidades y en los patios de las mezquitas que se levantan en nuestras ciudades.

Se diría que las sociedades occidentales confunden con frecuencia la tolerancia con la indiferencia y que, al socaire de aquélla, han permitido e incluso alentado expresiones islámicas de consecuencias atroces, que han criado cuervos prolíficos y se están jugando los ojos en el tablero del gran juego.

Fue Francia, en el camping parisino del bois de Bulogne, quien acogió la sede del ayatolá Jomeini, desde la que sentó el acoso moral y político del corrupto régimen del shah de Persia. Bien lo sufriría Francia años después, cuando los pasdaranes chiítas volaran los acuartelamientos franco-americanos de Beirut, causando multitud de víctimas.

Son los Estados Unidos los que mantienen excelentes relaciones con Arabia Saudí: corazón de la más cruda e inexorable de las tendencias islámicas, el wahabismo, desde donde se asiste y apoya espiritual y económicamente a los líderes del criminal FIS argelino cuyos líderes Abassi Madani y Ali Belhadj han frecuentado la corte de Yeda.

Son también los Estados Unidos los que apoyaron a Anwar el Sadat para aplastar lo que quedaba del nasserismo egipcio, apoyándose en los movimientos universitarios extremistas islámicos.. hasta que el propio Sadat cayó bajo sus balas.

Y es sabido que fueron los propios Estados Unidos los que, en tiempos de la guerra fría, dieron sustento militar y económico a los talibanes, en su lucha antisoviética, sin tener escrúpulos por el modelo de sociedad que querían instaurar.

Martine Gozlan denunciaba, ¡en el lejano 1995!, el apoyo ciego de los Estados Unidos a los radicales islamistas, en un juego frívolo en el que, por ahora, llevan perdidas dos torres y seis mil peones.

Hemos de hacernos a la idea de que la captura o la muerte de Ben Laden no significará apenas nada. Que los brazos de la hidra islámica son múltiples y que no es necesariamente en los países islámicos en donde se asientan sus cabezas, ciertamente múltiples, complejas y bien celadas.

La religión islámica tiene algo que ver con esto.-

Como ha advertido Salman Rushdie, la generalizada afirmación de que “esto no tiene nada que ver con el Islam”, no responde a la verdad.

Es importante persuadirnos de que, en lo que hace al Islam, el respeto a la libertad de las conciencias requiere una modulación exigente. Que, digan lo que digan sus gobiernos, es en los pueblos de casi todo el mundo islámico en donde se jalea a Ben Laden como héroe, que, por mucho que nos cueste admitirlo desde el respeto a la libertad religiosa, es en las mezquitas, desde la de Málaga hasta la de Mindanao, en donde se cantan sus alabanzas y en donde hay una potencial masa de reclutamiento.

No anda muy descaminado quien afirma que si en Vascongadas es ETA quien sacude el árbol y el PNV quien recoge las nueces, hay también una análoga división de papeles entre los sicarios del terrorismo islámico y los que se presentan como musulmanes moderados.

Los occidentales tenemos en la memoria la superación de nuestras propias discordias religiosas por la respetuosa aceptación de la diferencia, y, habiendo hecho virtud de la tolerancia hacia quien, aceptando las reglas de la convivencia, lo hace desde otras creencias, tendemos a confiar en la virtud pacificadora de la tolerancia hacia el Islam, como si el Islam fuera sólo una religión. Pero no lo es. O no lo es solamente.

Más que religión, o menos.-

El Islam es, sí, una religión. Pero es también la pretensión de articular la convivencia social conforme a las normas que figuran en un libro supuestamente revelado por Alá a Mahoma, por mediación del arcángel Gabriel. Y esto no se parece ni de lejos a ninguna de las confesiones que tienen su asiento en los países de Occidente, que, aunque se quieran inspiradoras de las virtudes que alientan la vida social y jueces de su moral, no pretenden ofrecer, ni menos imponer, ningún cuerpo jurídico confesional propio.

Dicho de otro modo, el Islam no llega a ser una verdadera religión, en tanto está contaminado, lastrado, por una muchedumbre de ideas y pretensiones puramente seculares.

En el Evangelio, la sola insinuación hecha a Jesús de que intervenga en asuntos de tejas abajo, proponiéndole la partición de una herencia, recibe de Él el rechazo (Lc 12,13). Las máximas “mi Reino no es de este mundo” (Jn 18,36.) y “dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt 22,21) sientan una distinción de ámbitos que se expresa en la diferenciación entre la Iglesia y el Estado como sociedades perfectas en sus fines, que hace Santo Tomás de Aquino, y en la determinación de que "cada comunidad se define por su fin y obedece en consecuencia a reglas específicas” (Catecismo de la Iglesia Católica, artículo 1881).

El Corán, al contrario, contiene un catálogo de disposiciones civiles, penales y penitenciarias, que constituyen un verdadero Código, cuyo vigor se aspira a implantar en las sociedades islámicas, con todo su rigor, que no otra cosa es la Sharía (así en Irán, Pakistán, Afganistán, Sudán, Arabia Saudita), o se aplica discretamente disfrazado, como se hace en Argelia con el “Code de la Famille”, o en Marruecos, con el “Code du Statut Personnel”.

Aquel libro que se predica sagrado e inmutable es, por otra parte, extremadamente ambiguo, como resultado de la recopilación desordenada de textos dispersos, producidos en momentos cambiantes de la vida de Mahoma. Tanto que mientras ofrece versículos de alabanza a los cristianos y a los judíos, hay otros de condenación eterna; que mientras contiene versículos de paciencia y benignidad, los hay también de llamada al combate e incitación al exterminio, que los hay de libertad y de coacción, y que todos están a la interpretación de los alfaquíes, siguiendo la Sunna, la inmensa recopilación de los dichos y gestas de Mahoma, cuyo contenido, rechazado sólo por los chiítas, es aceptado por la inmensa mayoría de los musulmanes.

Los ríos de textos que afluyen al Corán.- No es el Corán un texto hilado, seguido, sino más bien un florilegio de las revelaciones aisladas e independientes, supuestamente confiadas en una sola noche por Alá a Mahoma, que luego éste fue dictando o relatando a distintos escribas. Su soporte inicial fueron fragmentos de papiro, omóplatos de camello, trozos de cerámica y la memoria oral. Y no se recogió en un solo corpus sino veinte años después de morir el profeta, en el trabajo que hizo el escriba Zayd, que no se ajustó a ninguna cronología ni a ningún orden lógico, sino a la mayor o menor extensión de los fragmentos recopilados, siendo ese corpus el que sirvió de base para la versión definitiva del libro, que se estableció en Bagdad a principios del siglo X, si bien hay quien sigue hoy hablando de versículos perdidos, que se habrían expurgado de la versión oficial, y hay quienes aseveran –los chiítas- que la censura obedece a la voluntad sunnita de erradicar toda referencia a Alí, el yerno de Mahoma, y a sus derechos a la sucesión.

Los filólogos y los historiadores se han afanado en indagar en la cronología de los textos: por su contenido, por la alusión a acontecimientos conocidos, por el estilo literario. Y, aunque su trabajo no arroje certezas, sí llega a distinguir entre los textos elaborados en una o en otra época de la vida de Mahoma.

De las mudanzas en la vida del profeta, tormentosa y tornadiza, resultan unos textos heterogéneos y desiguales, a veces muy contradictorios, tanto que hay quien habla de dos Mahomas: uno, rebelde sin armas, fascinado por Jesucristo, y otro jefe guerrero, que no duda en derramar sangre en el nombre de Dios; uno que predica pacíficamente en la Meca contra el politeísmo del que se sirven los mercaderes, y otro que se retira a Medina para acaudillar a las hordas contra quienes se han burlado de su predicación. Esa dualidad explicaría la dualidad del Corán, en donde, dispersos y yuxtapuestos, se contienen mensajes de amor y de odio, de libertad y de imposición, de liberación y de terror. Mas si distinguir esos dos talantes diferentes en la personalidad de Mahoma: el de los versículos de la Meca y el de los versículos de Medina, es una cuestión ardua, a la que sólo pueden llegar los especialistas, lo que queda fácilmente claro a los ojos de cualquier lector atento son las inconexiones y las contradicciones del texto coránico.

El mismo Corán que en la azora 2, aya 228 dice que “las mujeres tienen sobre los esposos idénticos derechos que ellos tienen sobre ellas”, en la azora 4, aya 38, dice que “los hombres están por encima de las mujeres, porque Dios ha favorecido a unos con respecto a otros”.

Frente a la igualdad de derechos que proclama el aya arriba citada, se encuentran otras de segregación, postergación y desprecio. Así, la azora 33, aya 59, prescribe que se cubran con un velo: “profeta; dí a tus esposas, a tus hijas, a las mujeres creyentes, que se ciñan los velos; ese es el modo más sencillo de que sean reconocidas y no sean molestadas”. Así la azora 4, aya 38, que ordena a los varones que traten a golpes a aquéllas de sus esposas de quienes teman la indocilidad: “aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, mantenedlas separadas en sus habitaciones, golpeadlas”. Así también la azora 2, aya 223, que niega poéticamente a las mujeres su libertad más íntima: “vuestras mujeres son vuestra campiña. Id a vuestra campiña como queráis”.

En la azora 5, ayas 52 y 53, se considera a los cristianos como seguidores de otra senda también trazada por Alá, con los que hay que competir únicamente en bondad: “Te hemos hecho descender el Libro con la verdad, confirmando los libros que ya tenían y vigilando por su pureza. Juzga entre ellos según lo que Alá ha revelado y no sigas sus seducciones aportándote de la verdad que te ha venido. Hemos instituido para cada uno de vosotros un sendero, una ley y un camino. Si Alá hubiese querido, os hubiese reunido en una comunidad única, pero os ha dividido con el fin de probaros en lo que os ha dado. ¡Competid en las buenas obras!. Vuestro lugar de reunión, el de todos, está junto a Alá”. Y en la azora 5, aya 85, se anima a la buena relación con los cristianos, a los que se enaltece: “en quienes dicen: "nosotros somos cristianos", encontrarás a los más próximos, en amor, para quienes creen, y eso porque entre ellos hay sacerdotes y monjes y no se enorgullecen”.

Pero el mismo Corán, en la misma azora, en el aya 56, prohíbe taxativamente la amistad con judíos y con cristianos: “¡Oh los que creéis! No toméis a judíos y cristianos por amigos. Los unos son amigos de los otros.”

En la azora 2, aya 257, se dice que “no hay apremio en la religión”, estimable expresión de respeto a la conciencia.

Pero en la azora 4, aya 59 se afirma “a quienes no creen en nuestras aleyas, los quemaremos en un fuego, y cada vez que su piel se queme les cambiaremos su piel por otra nueva, para que paladeen el castigo”; y en la azora 4, aya 78, se dice que “quienes creen combaten en la senda de Alá; quienes no creen combaten en la senda de Tagut (el demonio): matad a los amigos del demonio”.

De las paradojas del Islam no es la menor la que hace referencia a la Yihad, a la guerra santa: término hoy tan popularizado, en méritos de acontecimientos muy de lamentar. Parece que Yihad, en árabe, significa simplemente “esfuerzo”, circunstancia que los apologistas del Islam aprovechan para subrayar que la primera yihad, el primer esfuerzo, que tiene que hacer el creyente es contra sí mismo, para superarse. Pero el que eso sea así no obsta a que históricamente la yihad haya sido y sea la guerra en nombre de Alá. Especialmente a partir de la huída a Medina, la alusión al “esfuerzo” en el Corán tiene un contenido específicamente bélico, y con ese carácter lo han venido entendiendo los musulmanes, desde entonces hasta hoy mismo.

Por citar algunos versículos alusivos a la yihad, todos mediníes, de la azora 2, valgan los siguientes: 186: “combatid en el camino de Alá a quienes os combaten”; 187; “matadlos donde los encontréis, expulsadlos de donde os expulsaron”; 189. “matadlos hasta que la idolatría no exista y esté en su lugar la religión de Alá”; 212: “se os prescribe el combate, aunque os sea odioso”.

No cabe tampoco ocultar el contrasentido de pretender hacer justicia “en el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso”, con unas prescripciones de, digamos, derecho penitenciario, sencillamente inhumanas. Acaso comprensibles en una sociedad de beduinos del siglo VII, pero absurdamente feroces cuando se quieren aplicar en nuestra época, en razón de la inmutabilidad de un texto que se supone redactado por Dios mismo. Y es que no son prescripciones posteriores, ni normas convenidas: es el propio Corán el que prescribe las amputaciones, las lapidaciones y demás barbarie. Es en el Corán, en la azora 2, aya 190, en donde se lee: “las cosas sagradas son talión. A quien os ataque, atacadle de la misma manera que os haya atacado”; o en la azora 5, aya 42, donde se manda: “cortad las manos del ladrón y de la ladrona en recompensa de lo que adquirieron y como castigo de Alá”; o en la azora 5, aya 37, en donde se contempla la pena de crucifixión:“la recompensa de quienes combaten a Alá y a su Enviado y se esfuerzan en difundir por la tierra corrupción consistirá en ser matados o crucificados, o en el corte de sus manos y pies opuestos, o en la expulsión de la tierra que habitan”; o la que, en la azora 24, establece la pena de azotes: aya 2: “a la adúltera y al adúltero, a cada uno de ellos, dadle cien azotes; en el cumplimiento de este precepto de la religión de Alá, si creéis en Alá y en el último día, no os entre compasión de ellos; que un grupo de creyentes dé fe de su tormento”; o el aya 4, que confirma el mismo atroz castigo: “a los que calumniar a las mujeres honradas y no pueden luego presentar cuatro testigos, dadles ochenta azotes y no volved jamás a aceptar su testimonio”.

Semejantes prescripciones penales se mantienen en vigor en los países en que se aplica la Sharía, edulcoradas en algún caso, como en Arabia Saudita, por la hipocresía de crucificar a los reos después de ser cadáveres, o de confiar la amputación de las manos de los ladronzuelos a un experto cirujano.

La Sunna, vuelta de tuerca.-

Los rigores de la letra coránica no se ven paliados, sino, al contrario, incrementados, por la Sunna: segunda fuente de la fé islámica, humana, no divina, consistente en millares de pequeñas historias: los hadiz - literalmente, las tradiciones- en las que se cuentan los hechos y dichos del profeta y de sus compañeros. Y si no hay conformidad completa en el texto del Corán, menos la hay en la autenticidad y valor de los relatos de la Sunna, en la que distinguen los autores y las escuelas entre los relatos auténticos, los dudosos y los simplemente inventados, en una u otra época, a favor o en contra de una determinada afirmación o doctrina.

Acaso sea en lo referente al trato con las mujeres, en donde la Sunna manifiesta en grado superior ese sentido de mayor rigor y menores contemplaciones.

Según Abdullah b. Umar, el profeta dijo: “Mujeres, dad limosna, multiplicad las plegarias y que Alá os perdone, ya que entre los moradores del infierno he visto que erais más en número que los hombres”. Bukhari transcribe otro dicho del profeta: “cuelga el zurriago allí donde tu mujer pueda verle”. Ibn Masud: “la mujer nunca se halla tan cerca del sitio privilegiado que le corresponde como cuando está en el lugar más escondido de la casa”. Umm Salama: “haz que la casa sea la salvaguarda de tu virtud, y de tu habitación haz su tumba”. Ibn Hanbal: “mujeres, vuestra guerra santa la tenéis en la cocina”. No resulta raro que, con tal doctrina, la expresión que se utiliza para designar al domicilio conyugal sea Baitu al Ta´a, esto es, “el lugar del sometimiento”.

En lo que hace a la prescripción coránica de golpear a las esposas díscolas, los españoles hemos tenido la oportunidad de conocer el criterio que uno de los dos imam de España, el de Fuengirola, ha sentado en su libro “La mujer en el Islam”. El Dr. Muhammad Kemal Mustafá ha venido a decir:

Algunas de las limitaciones a la hora de recurrir al castigo físico son:

Nunca se debe pegar en situación de furia exacerbada y ciega, para evitar males mayores.

No se deben golpear las partes sensibles del cuerpo (la cara, el pecho, el vientre, la cabeza, etc.).

Los golpes se han de administrar a unas partes concretas del cuerpo, como los pies y las manos, debiendo utilizarse una vara no demasiado gruesa, es decir, ha de ser fina y ligera, para no dejar cicatrices ni hematomas en el cuerpo.

Los golpes han de ser fuertes y duros, porque la finalidad es hacer sufrir psicológicamente y no humillar y maltratar físicamente.

Gracias a las restricciones y limitaciones anteriormente expuestas, el Islam ha vaciado el castigo físico de significado como medida represiva y lo convirtió en puro maltrato de índole psicológico-moral”.

Esta doctrina, que tiene el carácter de interpretación auténtica, por la autoridad de la persona que la ha pronunciado, fue fuertemente contestada por mujeres musulmanas españolas, como “An-Nisa”, la “Asociación Cultural Baraka” y las “Hermanitas de Inch´Alá”, de Barcelona. Españolas, al fin, se han atrevido a reprender en público al Imam, aprovechando, sin duda, la libertad que les da vivir en un país en el que no se aplica la ley islámica, que si así fuera, otro gallo les hubiera cantado. El Dr. Kemal Mustafá, por su parte, se ha limitado a recordar que la prescripción figura en el Corán y que no se puede condenar un aya sin condenar el íntegro corpus coránico.

Felizmente, la doctrina del imam de Fuengirola, por exagerada que parezca, está lejos de la que transcribe Waraqa bin Israil, de “L´ethique sexuelle de l´Islam”: “Hay que pegar a las mujeres, sí, pero hay maneras y maneras de hacerlo: a la que es delgada, con un bastón; a la robusta, con el puño; a la gordita, y sólo a ella, con la mano bien abierta, de modo que uno no se haga daño”.

En lo que hace a la doctrina de la Sunna sobre la libertad de las conciencias, representa también, en general y dentro de las habituales contradicciones, un mayor rigor y una menor comprensión que la que dispensa el Corán.

Así, si para Al-Zamakhxari, "el Islam no se ha de imponer ni por la coacción ni por la violencia, sino que la gente ha de aceptarlo conscientemente y con plena libertad para hacerlo”, otros aseguran (Sulaiman b. Musa, Al-Qurtubi) que esa prescripción de libertad ha quedado abrogada por la conducta del propio Mahoma, que forzó a los árabes a abrazar el Islam combatiéndolos y no aceptando de ellos ninguna otra religión que no fuese la del Islam.

Zayd b. Aslam deja ver esa dualidad en la vida de Mahoma, antes y después de la marcha a Medina, que acusan los estudiosos: "durante los diez años de permanenció en la Meca, el Enviado no hizo ninguna clase de imposición religiosa. Estaba claro que los politeístas no aceptarían el Islam si no era por la fuerza. El Enviado pidió, pues, a Alá permiso para combatirlos y la petición le fue otorgada". Y Al Bukhari, proclama poéticamente en otro hadiz (con una bella fórmula que tendrá eco en lejanas expresiones líricas) que “el paraíso se encuentra a la sombra de las espadas”, que Mahoma “impuso el Islam al pueblo”, que “no aceptó por parte de los árabes ninguna otra religión que no fuese el Islam” y que “ordenó matar a todos aquellos que se le oponían: politeístas, renegados y gente de la misma calaña”.

Impuesto el Islam por la fuerza, de entre los sometidos, los Ahl al Kitab, las gentes del Libro -judíos y cristianos- son merecedores de cierta tolerancia. Pero el poder sobre ellos se ha de alcanzar antes por la imposición violenta, y así lo dice Al-Bara’ (Tawba, 9, 29): “¡Combatid contra aquellos, de los que recibieron el Libro, que no crean en Alá ni en el último Día, no hagan ilícito lo que Alá y su mensajero han hecho ilícito y no sigan la verdadera religión! Combatidlos hasta que, humillados (menospreciados), paguen la yizia (el tributo que han de pagar los Ahl al Kitab para poder conservar su fe y practicarla en su comunidad) directamente" .

En contraste con la relativa tolerancia que algunas tradiciones muestran hacia judíos y cristianos, hay también otras, como la recogida por Ibn Sa‘ ad, Al-Tabaqat Al-Kubra, vol. 2/8, II, p. 35 que anuncia que: “en tierra de árabes, no pueden coexistir dos religiones”; o la de Muslim, Sahih, Kitab Al-Jihad wa-l–Siyar (palabras del Profeta citadas por Umar Ibn Al-Khattab, segun el hadiz conservado por Muslim): “cristianos y judíos serán expulsados de tierra de árabes hasta que sólo permanezcan musulmanes” ; o la de Al-Tabaqat Al-Kubra, vol. 2/2, p. 848: “¡Matad a aquél que reniegue del Islam!“; o el 14º hadiz transmitido por al-Bujari y Muslim: “no es permitido derramar la sangre de un musulmán excepto en uno de estos tres casos: el casado que comete adulterio, vida por vida y el que deja su religión y rechaza la comunidad”.

Si las contradicciones y paradojas que depara el Corán dan lugar a una plétora interpretativa de logomaquias para los alfaquíes, de controversias sobre textos íntegros o expurgados, auténticos o dudosos, vigentes o abrogados, otro tanto, y más, sucede con la Sunna: océanos de tinta se han vertido y se vierten sobre la legitimidad y veracidad de las tradiciones, sobre enmiendas y certezas, efectividades y derogaciones.

En el fragor de esa secular batalla doctrinal se han suscitado tendencias como la de los nuseyri sirios, que mitigan las aristas de los textos y tienden a una interpretación más suavizada y moderna, pero, no se olvide, estas tendencias son minoritarias y, a menudo, no reconocidas como propiamente islámicas por los rigoristas sunnitas. La convicción islámica emergente se alinea más en los rangos de los Hermanos Musulmanes egipcios, o de los wahabitas saudíes. Y es engañarse pensar lo contrario.

Ante el reto emergente, el servicio a la Verdad.-

El mundo islámico es demográficamente explosivo, España hace frontera con él, las comunidades islámicas que se han instalado aquende son numerosas, y no son pocos –dicen que treinta mil- los españoles que han abrazado el credo islámico, atractivo por su sencillez y laxitud moral, que, al fin y al cabo, el ser supremo de la revolución francesa y la referencia más o menos panteísta del deísmo, están más cerca de Alá que de Dios Uno y Trino. Negar la emergencia del Islam como problema es esconder la cabeza bajo el ala. Y por mucho que la tolerancia sea virtud, cumple preguntarse si, desde el punto de vista estrictamente político, es digna de ser tolerada la pretensión de articular la vida social conforme a las normas procedentes de ese cuerpo de doctrina religiosa y jurídica que son el Corán y la Sunna; si es sensato y lícito acoger a quienes no buscan integrarse en la sociedad de acogida, sino enquistarse en ella, con vistas a transformarla conforme a semejantes convicciones.

La inmensidad del número de creyentes en el Islam, la proximidad geográfica, la cercanía a algunos aspectos de su doctrina, el deber moral de asistir a los más menesterosos –y muchos musulmanes están, en parte por el lastre que supone el Islam para sus sociedades, entre los más necesitados de la Tierra- aconsejan tender puentes, establecer relaciones de comprensión y colaboración. Pero no desde el bobo irenismo, ni desde el indiferentismo, sino desde el exigente servicio a la Verdad, estimulando, dentro del mundo musulmán, a los sectores propicios a interpretar su propia doctrina desde una perspectiva más abierta, pero también, y más que ello, conociendo bien las creencias de la otra parte y afirmando la propia fe.


 

Contribución musulmana a la civilización. Ed. Min. Asuntos Religiosos de Qatar. 1996. Haidar Bamat.

Cristianismo e Islam. Ed. Rialp. 1954. Madrid. Jean Abd-elJalil, O.F.M.

El Corán (para los textos del libro, sustituyendo Dios por Alá, para diferenciar del Dios Trino en que creen los cristianos). Ed Óptima 2000. Barcelona. Traducción J. Vernet.

El imam de Fuengirola explica formas de pegar a las mujeres. “El País”. Madrid. 16 de julio 2000.

El Islam ante el Nuevo orden mundial. Ed. Barbarroja. 1996. Madrid. Varios autores.

Esto no tiene nada que ver con el Islam. El Mundo, 4.11.01. Salman Rushdie.

¡Dejadlas solas en el lecho! http://www.pangea.org/dona/noticies/misoginiacoran.htm Cons 24.10.01. Pangea. Javier Arroyo

Islamiyat. El profetismo de Mahoma (para textos de la Sunna). http://personal5.iddeo.es/waraqa/ladona.htm Cons.23.10.01.Waraqa bin Israil.

Islamiyat. La mujer, el Corán y la Sunna (para textos de la Sunna). http://personal5.iddeo.es/waraqa/profeta1.htm Cons. 23.10.01. Waraqa bin Israil.

Pour comprendre l´integrisme islamique. Ed. Albin Michel. 1995. Paris. Martine Gozlan.

Sitio del Centro Cultural Islámico de México (para textos de la Sunna). http://www.islam.com.mx/40hadiz.htm Cons. 23.10.01

Vida y pensamiento en el Islam. Herder. Barcelona.1985. Seyyed Hossein Nasr.

Por Carmelo García Franco

La amenaza del totalitarismo neomarxista

Para las feministas de género, libre elección de reproducción es aborto libre, y estilo de vida, homosexualidad y sexo alternativo.

 

 Marx afirmaba que toda la historia es una lucha de clases, de opresores contra oprimidos, en una batalla que sólo se resolverá cuando los oprimidos se alcen en revolución e impongan una dictadura de los oprimidos. Entonces, la sociedad será totalmente reconstruida y emergerá la sociedad sin clases, libre de conflictos, que asegurará la paz y prosperidad utópicas para todos.

 

Los marxistas clásicos creían que el sistema de clases desaparecería una vez que se eliminara la propiedad privada, se facilitara el divorcio, se forzara la entrada de la mujer al mercado laboral, se colocara a los niños en institutos de cuidado diario y se eliminara la religión. Sin embargo, tras el desmoronamiento del socialismo real, para la nueva izquierda “progresista” los comunistas fracasaron por concentrarse en soluciones económicas sin atacar directamente a la familia, que es el verdadero origen de la lucha de clases.

 

De ahí que la nueva revolución que estamos viviendo en España actualmente se base precisamente en el ataque frontal a la institución familiar: legalización del matrimonio homosexual, fomento de la promiscuidad, aborto libre, banalización de la sexualidad, desvaloración del amor o de la fidelidad, etc.

 

Fue Engels quien tendió puentes entre el marxismo y el feminismo. En su libro El origen de la familia, la propiedad y el estado señala: “El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer unidos en matrimonio monógamo; y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino”. He ahí el origen del llamado feminismo de género, uno de los ingredientes fundamentales de la ideología neomarxista.

 

El feminismo de género considera que los roles del hombre y la mujer no son resultado de la naturaleza, sino de la historia y la cultura. Es la sociedad la que inventó los papeles de hombre y mujer. Según este feminismo radical, para conseguir la igualdad definitiva entre hombre y mujer sería necesario:

 

a) Cambiar los roles masculinos y femeninos existentes: hay que deconstruir (destruir) los roles del hombre y la mujer. En realidad el ser humano nace sexualmente neutral. Más tarde, es socializado en hombre o en mujer. Esta socialización afecta de manera negativa a la mujer. Por ello las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo de género.

 

b) Cambiar el lenguaje: por ejemplo, todas las palabras que incluyen lo femenino dentro de lo masculino. Así en vez de “los alumnos de esa clase” se dirá “los alumnos y alumnas de esa clase”. O se cambiarán términos como “Asociación de Padres” por “Asociación de Padres y Madres”.

 

También están promoviendo el uso de la grafía “@” para incluir a los dos géneros de una palabra a la vez. Su pasión revolucionaria les lleva a pretender modificar nuestro idioma. Y en ciertos ámbitos, supuestamente “ilustrados” (políticos, psicólogos, periodistas, profesores…), esta ideología está calando de manera tan llamativa como lamentablemente reveladora del nivel de servilismo y mediocridad de buena parte de la intelectualidad contemporánea.

 

c) Fomentar diferentes formas de contacto sexual como parte de la igualdad: se reclama el reconocimiento del derecho hedonista al placer sexual, libremente deseado, sin vinculación necesaria a la afectividad (al amor); sin que se limite al matrimonio, a la heterosexualidad o a la procreación.

 

Ya no existen dos sexos. Existen cinco géneros: heterosexual masculino, heterosexual femenino, gay, lesbiana y bisexual; sin olvidar la transexualidad (incoherencia entre sexuación de cuerpo e identidad de género, que les lleva a someterse a intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo), el transgenismo (los que desean cambiar su identidad de género, pero sin transformar su cuerpo), o el travestismo (placer erótico que surge de vestirse con ropa del otro sexo).

 

En este sentido, las feministas de género incluyen como parte esencial de su agenda la promoción de la “libre elección” en asuntos reproductivos y de “estilo de vida”. “Libre elección de reproducción” es la expresión clave para referirse al aborto libre; mientras que “estilo de vida” apunta a promover la homosexualidad y toda forma de sexualidad “alternativa”.

 

Curiosamente, la nueva izquierda neomarxista se pone también al servicio de la difusión y propaganda de las ideas del lobby gay. Digo “curiosamente” porque los países marxistas (Cuba, antigua Unión Soviética, etc.) nunca se han caracterizado por su permisividad ante el fenómeno homosexual: más bien todo lo contrario. El homosexualismo político pretende “normalizar” comportamientos ciertamente rechazables moralmente.

 

Su objetivo es cambiar la sociedad, nuestra cultura y nuestra civilización a través de cambios legislativos que redefinan las evidencias antropológicas. Por ejemplo, pretenden perseguir penalmente a quienes afirmamos que los actos homosexuales constituyen una grave depravación. Así, todos los que no compartimos sus opiniones somos acusados de homofobia.

 

Los neomarxistas ponen especial énfasis en la deconstrucción (o destrucción) de la religión. Los “progresistas” se esfuerzan especialmente en criticar a los “fundamentalistas” (en España, especialmente, a los católicos). La nueva progresía persigue construir una sociedad nueva con unos valores nuevos que sólo triunfarán plenamente tras la destrucción de la religión católica y de la familia tradicional. De ahí que hayan surgido los llamados movimientos de defensa de la escuela pública y laica (que agrupan asociaciones, sindicatos y partidos de la cuerda revolucionaria) con sus constantes ataques a la Iglesia y a la escuela católica, a quienes consideran como sus mayores adversarios ideológicos.

 

El pensamiento único de lo “políticamente correcto” precisa una escuela adoctrinadora y fuertemente dirigida ideológicamente por cuantos comulgan con la fe revolucionaria; necesita una escuela estatalista al servicio del poder como vehículo para alcanzar el control social anunciado ya por George Orwel en su antiutopía 1984. El Gran Hermano necesita de la escuela y de los medios de comunicación de masas para que su mensaje llegue. Y ese mensaje calará a base de la repetición machacona de eslóganes simplones y demagógicos que corean una y otra vez desde la prensa, la radio, las series de televisión, los informativos, el cine, etc.

 

La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía que plantea la LOE se inscribe dentro de esta política de adoctrinamiento ideológico, de agitación y propaganda (el agitpro de toda la vida), al servicio de la nueva revolución del arco iris que agrupa a socialistas, comunistas, ciertos nacionalistas, ecologistas, neoanarquistas antiglobalizadores, feministas radicales, el lobby gay y ciertos “oenegeros majo-solidarios”. Incluso algunas organizaciones y personas que se autocalifican como cristianas acaban sucumbiendo ingenuamente ante el poder fascinador y falsamente alternativo de estos neomarxistas, que simplemente terminan por despreciarlos y utilizarlos para arremeter contra la misma Iglesia con la que dichos cristianos dicen comulgar.

 

Lo peor del caso es que esta progresía se cree en posesión de la verdad: ellos son los verdaderos demócratas y todos los que pensamos de manera diferente somos carcundia reaccionaria y casposa. Los que nos apartamos del pensamiento políticamente correcto somos ciudadanos de segunda a los que hay que reeducar o reducir al ostracismo. Por eso algunos prebostes en el poder dicen que el Partido Popular es un partido “antisistema”, de extrema derecha.

 

Por eso se empeñan en señalar que el PP está solo (aunque cuente con el respaldo electoral de, al menos, la mitad de los españoles). De ahí el constante acoso a los católicos y a todos cuantos se oponen a esta nueva revolución y a esta nueva dictadura a la que nos quieren someter y que nos conduce en España inevitablemente a un cambio de régimen, aprovechándose de la alienación, la indiferencia y la apatía de la mayor parte de la ciudadanía.

 

Ante esta amenaza totalitaria, reivindico mi derecho a la disidencia, a definirme como católico y a defender los valores cristianos que desde hace más de dos mil años han configurado la cultura y la historia de España y de Europa.

 Pedro Luis Llera Vázquez (15/03/06)

El dilema de Rajoy

Rajoy se encuentra ante un dilema diabólico. Por un lado, están los cantos de sirena del pacificador Zapatero y de sus asesores más progresistas. Por otro, la siempre difícil batalla por los principios.

 

Hasta ahora, Rajoy había mantenido más o menos un equilibrio entre la firmeza en la defensa de la Constitución y de los principios del Pacto Antiterrorista y el abandono de la lucha as favor del matrimonio, la familia y la vida. Creía de esa manera agradar a los dos flancos de su electorado.

 

Lo que ahora está en juego es el total desprecio de la base electoral tradicional del PP, el hasta ahora voto cautivo o “voto útil”. Si opta por unirse a la cohorte de los aduladores del Pacificador, si cede a las tentaciones del síndrome de Estcolmo, Rajoy tiene asegurada una existencia tranquila. Sólo tendría que avalar el argumento gubernamental de que el Estatuto no rompe la solidaridad y la igualdad de los españoles, que respeta la Constitución. O al menos abandonar en manos de Zapatero la gestión del “desarrollo autonómico” y del “proceso de paz”, censurando toda crítica. A cambio, el Pacificador le reservaría el calificativo de estadistas y obtendría el favor del imperio Prisa. Eso sí, no volvería a ganar unas elecciones.

 

La otra vía, la de la defensa de la Constitución y de los principios, presenta muchos riesgos. Un camino que conlleva sangre, sudor y lágrimas y que implica la aparente marginación política del PP. Aislamiento por parte del resto de las fuerzas políticas y de los medios afines al Pacificador. Y sin embargo, ésta es la única vía que le permite diferenciarse del PSOE y que le asegura mantener una base electoral sólida, identificada con el ideario y el proyecto del PP. Votantes que ante los errores de cálculo del Pacificador –no olvidemos que Rodríguez Zapatero está jugando con el fuego de una banda de terroristas- le permitirían ganar unas elecciones.

 

En los Estados Unidos, los expertos del marketing político lo tienen muy estudiado. Sin no defienden los valores con los que se identifican tus electores, olvídate de ganar votos. No les vendría mal a los estrategas del PP viajar más al otro lado del atlántico, para aprender esta lección básica. A lo mejor, hasta se animaban a defender a la familia.

Ignacio Arsuaga. Hazte oír.
Semanario Alba. Nº 79, (7 a 13 de abril de 2006).

 

Huxley y Orwell: las antiutopías y un antídoto

Siguen vivos y terribles Un Mundo Feliz y 1984, y también la propuesta de Chesterton para combatir el desasosiego vital.

 Sigue de rabiosa actualidad la lectura de dos joyas literarias del siglo XX: Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, y 1984 (1949), de George Orwell. Y siguen siendo apetitoso pasto de nuestros pensamientos porque exploran las consecuencias de uno de los pilares de la modernidad y de la postmodernidad: la muerte de Dios.

A finales del siglo XIX, Nietzsche, en su fragmento del "hombre loco", nos dice: "¿Que dónde está Dios? [...] Os lo voy a decir: lo hemos matado; ¡vosotros y yo! Todos somos asesinos de Él. [...] Aquel que era el más Santo y Poderoso, Aquel que poseía todo el Universo, yace ahora desangrado por nuestras cuchilladas; y ¿quién podrá dejarnos limpios de su sangre?".

En 1984 ya no hay Dios; pero, eso sí, el Gran Hermano te vigila

La de Nietzsche es simplemente una constatación sociológica. Las antiutopías antes mencionadas no son más que desarrollos narrativos de la cuestión, paralelos a la sucesión de acontecimientos históricos que demostrarán que el hombre sigue manchado por ese asesinato.

Vigencia relativa de las antiutopías

En Un mundo feliz, escrito entre las dos guerras, se empiezan a proyectar imaginativamente los resultados de este sangriento giro copernicano. Huxley lleva a las últimas consecuencias la substitución de Dios por el Estado. La historia se desarrolla seiscientos años después de Ford (también llamado Freud).

Dios ha desaparecido del mapa, los hombres son creados por ingeniería genética, condicionados desde su origen en sus capacidades y gustos, predestinados en sus vidas por un estado planificador que les garantiza una pseudo felicidad fácil basada en la periódica ingesta de "soma" -una droga sin contraindicaciones-, el consumo, el sexo sistemático e infértil, la práctica de una suerte de religión místico-materialista y demás recursos hedonistas que permiten el olvido, incluso el olvido del olvido.

En 1984, escrito tras la segunda guerra mundial, se hace la misma proyección, pero con un mayor grado de conciencia histórica. Tras la morbosa exhibición bélica, Orwell piensa un Estado que ya no aplica la violencia al hombre con el fin de procurarle un paraíso en la tierra, un mundo de bienestar y felicidad material, sino que "El Gran Hermano", el mismísimo poder, el ojo que todo o ve, tiene como único fin su perpetuación en el propio poder.

Para ello, falsifica sistemática e higiénicamente la historia y la información mediática, somete a férrea vigilancia a los ciudadanos y no se conforma con coartarlos en su actuación, sino que no ceja hasta poseerlos espiritualmente, porque, como dice O’Brien, el torturador del Partido: "Controlamos la materia porque controlamos la mente. La realidad está dentro del cráneo. [...] Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la naturaleza".

Ambas antiutopías son, en cierta medida, aún vigentes, aunque en parte hayan sido superadas por los hechos. El Estado, desde el mayo del 68 y, sobre todo, tras la caída del muro de Berlín, parece que se bate en retirada ante el crecimiento de otras estructuras que lo substituyen progresivamente. Aquel que en la modernidad se erigía en Dios Todopoderoso se revela ahora como un mero instrumento de la razón pura que hay que reajustar. El poder se revela como algo que no necesita del Estado para ejercer su violencia sobre el individuo, sino que se metamorfosea fácilmente, convirtiéndose ora en los grandes fraudes bursátiles, ora en la acción de determinados grupúsculos mínimamente organizados que son capaces de cometer atentados como el de las Torres Gemelas de Nueva York.

Chesterton, la esperanza

La solución parece lejana para un mundo como el nuestro, con el que las antiutopías guardan un parecido desasosegante. Y aquí es donde El Napoleón de Notting Hill, de G. K. Chesterton, una obra escrita mucho antes que las otras dos, en 1904, puede arrojar alguna luz decisiva a la hora de encontrar un antídoto contra ese nihilismo que parece invadirlo todo.

Su acción está ambientada en el Londres de 1984, en un mundo dominado por las grandes potencias y gobernado por absurdas burocracias económicas. Inglaterra se parece mucho a la Inglaterra de 1904, pero su afán democrático ha hecho que el rey se escoja ahora a suertes entre los funcionarios.

Como nos dice el narrador: "La democracia había muerto porque nadie tenía interés en que la clase gobernante gobernase. Inglaterra se convirtió prácticamente en un despotismo, pero no hereditario. Algún miembro de la clase funcionarial era nombrado rey. A nadie le importaba cómo, a nadie le importaba quién fuera. No era más que un secretario universal".

Muerto el rey, se proclama uno nuevo, Auberon Quinn, un personaje dislocado, un romántico vencido por la locura que va a fracturar con sus inesperadas leyes la preciada normalidad de los londinenses. El resultado es lo que tanto le gustó a Chesterton, poner el mundo al revés y, entre paradojas, saltos y volatines, hacer confesar a sus personajes los secretos de la modernidad.

Como dice el desnortado soberano: "Paseando por una calle con el mejor puro del cosmos en la boca y más borgoña en mi interior que el que hayas podido tomar en toda tu vida, he deseado ver convertirse una farola en un elefante para salvarme así del infierno de una existencia vacía. Hazme caso, mi evolucionista Bowler: no des crédito a quien te diga que la gente buscaba una señal y que creía en los milagros porque era ignorante. No, creía en ellos porque era sabia, cochina y vilmente sabia, demasiado sabia para tener la paciencia de comer, dormir o calzarse las botas. Tengo la deliciosa sensación de hallarme ante una nueva teoría del origen de la Cristiandad, de suyo no poco absurda. Anda, toma un poco más de vino".

Amistad versus antiutopía

Chesterton huye de la antiutopía porque sabe que es una hija de la utopía que ha perdido la esperanza de conseguir la felicidad humana, por la que él siente devoción. Por eso, parece decirles a Huxley y a Orwell: "Si, como dicen vuestros pudientes amigos, no hay dioses y vivimos bajo cielos oscuros, ¿por qué iba a pelear un hombre sino por el lugar donde conoció el Edén de la infancia y la brevedad celestial del primer amor? Si no hay templos ni escrituras sagradas, ¿puede haber algo sagrado aparte de la juventud del hombre?".

Así, recuperamos la esperanza con Chesterton cuando, al final de la novela, dice: "No, no puede durar. Algo ha de acabar con esta incomprensible indolencia, con este incomprensible egoísmo ensoñador, con esta incomprensible soledad de millones de individuos. Algo tiene que cambiarnos. ¿Por qué no damos usted y yo el primer paso?".

Es decir, que no se crea una realidad nueva pronunciando discursos y organizando proyectos alternativos, sino viviendo una amistad verdadera entre hombres que buscan la felicidad. Se trata de un antídoto sencillo, de un antídoto que viene de antiguo y que no parte de la muerte de Dios, sino de su resurrección.

Por Jorge Martínez Lucena (profesor de la Universidad Abat Oliba). 7 de abril de 2006.

Declaración de principios: 55 congresistas demócratas hablan de catolicismo y política

Si bien subyace un interés por recuperar el voto católico, en paulatino éxodo hacia el partido republicano, este intento muestra la fecundidad de la doctrina de la ley natural y de la doctrina social de la Iglesia como herramientas para fundamentar racionalmente la moralización del debate político.

En el artículo "Religión  en el debate político norteamericano", desde American Review  nos hicimos eco de la presencia de la religión en el debate público  norteamericano. De manera especial nos referimos a las iniciativas de algunos  líderes demócratas por captar apoyos en las zonas más conservadoras  del país (en realidad, toda la Unión, salvo parte de la Costa este,  California, Oregón y algún gran núcleo urbano como Chicago).
Esta tendencia se ha visto confirmada por una “Declaración  de principios” formulada el pasado 28 de febrero por 55 congresistas  católicos del Partido Demócrata. En esta Declaración, en  la que como subtítulo los congresistas señalan que “expresa  su compromiso con la dignidad de la vida y su creencia en que la acción  de gobierno tiene un ‘propósito moral’”, puede apreciarse  el esfuerzo del partido demócrata por retener a uno de los grupos sociales  que tradicionalmente habían sido uno de sus más importante nicho  electoral.
En efecto, durante casi dos siglos el voto católico ha estado alineado  con el partido demócrata, hasta el punto de que el único presidente  de EE.UU. perteneciente a esta confesión (Kennedy) fuera de dicho partido.  Esto se explica por el hecho de que el partido demócrata era el partido  que defendía la “justicia social”, eso sí, al modo  norteamericano: mediante la defensa de las comunidades locales y los grupos intermedios.  Por el contrario, el partido republicano era un partido que defendía el  individualismo liberal. Por eso, hasta la revolución cultural de los 60  podía decirse que en buena parte –sobre todo en el Sur- el partido  conservador era el partido demócrata.
Desde los 60, no obstante, el partido demócrata ha evolucionado en  una doble dirección: por un lado, ha identificado “justicia social”  con crecimiento de la burocracia y desconfianza a las múltiples asociaciones  que conforman la vida norteamericana; por otro, se ha convertido en el adalid  del progresismo social y cultural, de modo que defiende el aborto, la eutanasia,  el reconocimiento de las uniones homosexuales, etc.
Las consecuencias de esta evolución han sido claras: el éxodo  creciente del voto católico del partido demócrata al partido republicano  (esto ha originado un cambio sustancial en este partido, pero eso será  objeto de otro artículo). No obstante este éxodo, si analizamos  la presencia católica en la política norteamericana, todavía  es mayor en el campo demócrata.
En las últimas elecciones presidenciales, este paulatino éxodo  aumentó considerablemente, en parte motivado por la “Guía  de voto para católicos consecuentes”. En ella se indicaban cinco  temas no negociables, que deben ser tenidos en cuenta por los católicos  a la hora de elegir candidato: aborto, eutanasia, experimentación con  células madre embrionarias, clonación y “matrimonio”  homosexual. Más interesante eran las indicaciones de cómo no votar,  entre las que destacaban las que pedían “no votar a un candidato  sólo porque se declara católico” o “no votar siguiendo  las costumbres familiares”. Ambos consejos, aunque no se dijera claramente,  podían interpretarse como una indicación a no votar a los católicos  del partido demócrata que han aceptado la agenda progresista.
 En su respuesta, estos 55 congresistas demócratas resaltan que su fe les  ha llevado al compromiso político, compromiso en el que defienden la existencia  de una “red de seguridad” para todos los ciudadanos, lo que se traduce  en un aumento de la labor del gobierno en educación, atención sanitaria,  etc. Al mismo tiempo, reivindican su postura contraria al magisterio eclesial  en las cuestiones relacionadas con la bioética.
Más allá de la capacidad de este tipo de declaraciones para recuperar  el voto católico (pues precisamente se ha alejado del partido demócrata  porque los políticos católicos de este partido se han apartado  del magisterio de la Iglesia en cuestiones clave de la moral pública),  lo que evidencia es la fecundidad de la doctrina social de la Iglesia para aportar  argumentos de razón al debate político.
 Precisamente por reivindicar la ley natural, la doctrina de la Iglesia católica  permite defender la moralidad de la política sin apoyarse en datos revelados  (por más que el compromiso de los laicos tenga una motivación espiritual).
Con independencia de debates concretos (aborto, eutanasia, atención  sanitaria pública), o de motivaciones electorales en el recurso a la misma,  tanto los conservadores como los progresistas en EE.UU. ven que esta tradición  de pensamiento contribuye a ennoblecer el debate político. Esto contrasta  con la situación de Europa, y especialmente de España.
¿Estamos dispuestos en la vieja Europa a renunciar de antemano a lo  que esta tradición iusnaturalista tiene que aportar a nuestra política?  Parece que es el camino escogido por Zapatero. También en eso, nos alejamos  de la única sociedad viva de Occidente.
Publicado en American Review por Pablo Nuevo López
American Review, 06-03-2006

El silencioso suicidio de Europa

Editorial del semanario ALBA, Nº 79, 7 al 13 de abril de 2006

Es curioso cómo los cronistas de todas las épocas logran casi unánimemente pasar por alto la noticia más importante, el dato definitorio y clave de sus civilizaciones mientras se excitan y alborotan con lo inmediato y pasajero. Los cronistas de nuestra época somos los periodistas, y también dejamos para páginas interiores la noticia de portada de hoy: Europa tiene los días contados porque no tiene hijos. La aritmética es tan sencilla que está al alcance de un alumno de la ESO, es sólo sumar. O, más bien, restar. Buena parte de lo que venimos llamando vagamente Occidente no sobrevivirá a este siglo, y lo más significativo y reconocible de muchos de los países europeos desaparecerá en vida de algunos de los que nos leen. El reto es tan grave como urgente, literalmente, cuestión de vida o muerte. Y si la esterilidad de Europa ya sería nefasta en cualquier caso, la estructura de los Estados de bienestar sobre la que está construida nuestra moderna civilización promete convertirla en una catástrofe. En pocas palabras, el fallo de origen del moderno Estado laico de bienestar es que exige una tasa de natalidad para sostenerse que sólo se observa en sociedades religiosas. Con independencia de que se tenga o no fe, es un dato de la experiencia inmediata que lo que prevé para el hombre el cristianismo -o, si se prefiere, casi cualquier religión existente- da a la civilización más futuro y más probabilidades de supervivencia que el racionalismo poscristiano. Como informamos en este mismo número y según datos del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales (MTSA, 2005), la Seguridad Social entrará en déficit en 2015, fecha que anticipa a 2011 el Instituto de Estudios Fiscales. El fondo de previsión constituido, que en la actualidad se acerca a los 27.000 millones de euros, compensará el déficit unos años, hasta 2020 aproximadamente. Con el actual sistema de reparto, por el que los trabajadores de hoy pagan las pensiones de los jubilados de hoy, el modelo entero se basa en una pirámide de población con una amplia base, es decir, en que la población activa sea siempre sustancialmente más numerosa que la pasiva, justo lo contrario de lo que va a pasar dentro de no muchos años. La inmigración, el parche urgente al que están recurriendo todos los países europeos, no está exenta de riesgos sociales y culturales, algunos de los cuales ya se adivinan; no sólo es una amenaza evidente a la cohesión cultural y a la identidad histórica de los países de Occidente cuando se produce en contingentes demasiado numerosos para lograr su integración y evitar la formación de guetos; es, además, una solución a corto plazo, ya que el virus maltusiano acabaría inoculándose fatalmente en los nuevos europeos de no producirse una regeneración moral y un vigoroso golpe de timón. En el centro de todo este desafío está la familia, cuyo destino determina ineludiblemente el destino de nuestra civilización toda. Y las noticias no son buenas. Lejos de aplicarse políticas que afiancen la familia, que estimulen la natalidad y alivien las cargas de quienes construyen los europeos del futuro, los Gobiernos occidentales se obstinan en desanimar el compromiso, la unión familiar y el natural deseo de hijos, en una verdadera cultura de la muerte.