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Políticamente... conservador

Curar la quiebra conservadora

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…” Esa descripción dickensiana de Europa durante la Revolución Francesa se mantiene vigente hoy para los conservadores norte-americanos.

En la edición estadounidense actual, no obstante, las dos ciudades de nuestro cuento no son Paris y Londres. Son “Washington, D.C.” y “el resto del país”.
Más allá de los confines de Washington, este es el mejor de los tiempos para el conservadurismo. La inmensa mayoría de los norteamericanos comparten los valores sociales tradicionales y, como política, los principios más básicos del conservadurismo tales como un gobierno limitado, el estado de derecho y el mercado abierto. La expansión económica continúa veloz (estimulada por prudentes recortes de impuestos), con una creación anual de millones de empleos, el desempleo cerca de mínimos históricos y con la inflación estrictamente contenida. El mejor de los tiempos, sin duda.
Sin embargo, a los conservadores que se atreven a mirar lo que está pasando dentro de Washington no se les puede echar en cara que piensen que es el peor de los tiempos.
Es paradójico. Políticos auto-proclamados conservadores han dirigido el gobierno central (tanto la vertiente ejecutiva como la legislativa) durante media década. Sí, han conseguido mucho. Pero también han metido la pata, una y otra vez.
El gasto público se ha disparado (ha incrementado casi el 50% desde 2001). El Congreso “conservador” estuvo al mando durante el incremento del 40% del gasto público para financiar proyectos escolares locales (“No Child Left Behind”) y promulgó el programa nuevo más caro de los últimos 40 años (el programa Medicare para medicamentos). Desde la seguridad nacional, pasando por la ayuda a las granjas y hasta las carreteras, no ha habido un solo problema que este “conservador” gobierno no haya intentado empapelar con dinero. Montones de dinero. Y más dinero.
Es un problema enorme. A medida que el estado gasta más y más, se implica más amplia y más profundamente en nuestra vida cotidiana. Pero las personas pueden crear y mantener una sociedad sana solamente cuando son libres para crear su propio destino, para esforzarse, para cometer y superar sus errores y para alcanzar el éxito a su propia manera.
Érase una vez los políticos conservadores tenían esto presente. Llevaban consigo los principios de gobierno limitado hasta su cargo público. Pero después de sostener las riendas del poder durante un tiempo, hay demasiados dispuestos a cambiarse de caballo para transitar por los montes del Gran Gobierno, originarios de Washington.
Los líderes del Congreso han de volver a sus puestos originales para poder enderezar al Gobierno nuevamente.
La mayoría conservadora que les votó puede contribuir haciendo un seguimiento detenido de los debates y asegurándose de que sus representantes llamados conservadores responden como tal.
Aquí hay seis sencillas preguntas que nuestros políticos, y quienes les votan, deberían tener presente al debatirse sobre una propuesta de actuación gubernamental:
  1. ¿Es cosa del gobierno?  El poder Central solamente debería cargar con aquello que no puede ser manejado de forma más eficiente por un estado, una comunidad o un individuo
  2. ¿Promueve la auto-confianza? Hay demasiados programas gubernamentales que castigan la iniciativa individual; algunos incluso crean una permanente subclase dependiente.
  3. ¿Es responsable? Demasiados creadores de políticas públicas tratan el Tesoro Público como un pozo sin fondo. No lo es. Las promesas sin fondos de Washington tarde o temprano habrán de ser pagadas. ¿De dónde ha de venir ese dinero?
  4. ¿Contribuye a la prosperidad de los EUA? Los políticos alardean de “llevarse el gato al agua”. Pero todos los proyectos para el gato así como los programas ilimitadamente financiados acaban por agotar la prosperidad de los EUA.
  5. ¿Contribuye a nuestra seguridad? El Congreso exige que casi el 40% del gasto central en protección antiterrorista se divida equitativamente entre los estados de la Unión. ¿Es realmente equiparable la amenaza terrorista en Montana, a la de California o Nueva York? El primer deber del Gobierno es proteger a la nación, no hacer un “café para todos”.
  6. ¿Nos unifica? Nuestro país se hace más fuerte a través de la integración y del crecimiento, no a través de la división y la substracción. Las políticas públicas deberían fomentar el patriotismo, los valores norte-americanos y una lengua común para promover una identidad nacional unificada.
El Gobierno es tan bueno como las personas a las que representa. Y, de hecho, eso nos favorece. El “experimento americano” es el “experimento” de más éxito de la Historia. Un puñado de inmigrantes arracimados en la costa del Atlántico cuando ganaron su libertad, dispuestos a conquistar un continente. En una centuria lo habían logrado.
Si nosotros, los ciudadanos, empezamos a reclamar que nuestros legisladores respondan a las seis preguntas anteriores, podremos conseguir que sigan andando por buen camino; el camino forjado por los Fundadores y por aquéllos que les siguieron.
Como todo en la vida, estos los puntos de referencia son independientes. Por supuesto los políticos han de ceder algunas veces. Pero se les paga por tomar decisiones difíciles, no por socavar los principios en los que articulan la campaña electoral.

Con la implicación de una ciudadanía comprometida, esos a quienes eligieron deberían poder aferrarse a los principios y políticas públicas conservadores que expanden la libertad, las oportunidades y la prosperidad para todos. Eso produce un futuro que es simplemente “el mejor de los tiempos”.


 Edwin Feulner es presidente de The Heritage Foundation, un instituto de investigación de políticas públicas asentado en Washington y co-autor del Nuevo libro Getting America Right.
Publicado en Heritage Foundation por Edwin Feulner
American Review, 05-04-2006

Un retrato íntimo de los intelectuales elaborado por Paul Johnson: ideología, cambio cultural y transformación social.

Utopía revolucionaria, nihilismo, sociedad permisiva y el papel de los “intelectuales” modernos según el periodista e historiador Paul Johnson.

Intelectuales.

                Los intelectuales cumplen, desde el siglo XVII, la función desarrollada tradicionalmente por clérigos y escribas; pero emancipados de toda Iglesia, tradición y dependencia externa, conforme a su particular criterio revolucionario. De esta forma han cargado sobre sus hombros la responsabilidad de encaminar a la humanidad hacia metas más altas, liberándola de sus seculares ataduras, siendo los propios intelectuales, que así se proclaman, los encargados de establecer la adecuación de objetivos y medios.

                Esta pretensión, tan ambiciosa como voluntarista, puede ser analizada, en primer término, contrastándose con sus realizaciones prácticas. Otro criterio de análisis, que no se suele aplicar, es el estudio de la coherencia alcanzada entre el comportamiento personal de esos intelectuales y sus altos objetivos. Este segundo es el criterio seguido por Paul Johnson en su libro Intelectuales (Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 2000, 448 páginas). Ya en sus tres primeras líneas, redactadas en el agradecimiento inicial, el autor descubre su línea de trabajo: «Esta obra es un análisis de las credenciales morales y de juicio de ciertos intelectuales notables para aconsejar a la humanidad sobre cómo conducir sus asuntos». En consecuencia, las preguntas que intenta responder este texto son: ¿con qué cuidado esos intelectuales examinan las evidencias?, ¿respetan la verdad?, ¿cómo aplicaron esos principios a su vida privada?

                Siguiendo esa dirección, el libro se erige en un relato apasionante, y sobrecogedor en muchas ocasiones, desfilando por sus páginas pensadores, poetas, dramaturgos, artistas, editores, incluso cineastas: Jean-Jacques Rousseau, Percy Bysshe Shelley, Karl Marx, Henrik Ibsen, León Tolstoi, Ernest Hemingway, Bertolt Brecht, Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Edmund Wilson, Victor Gollancz, Lilian Hellman, George Orwell, Cyril Connolly, Norman Mailer, Kenneth Peacock Tynan, Rainer Werner Fassbinder, James Baldwin, Noam Chomsky, y tantos otros que les rodearon compartiendo vidas, anhelos y contradicciones.

                El autor pone de relieve algunas coincidencias existentes entre todos ellos: su voluntad de absoluta autodeterminación, su menosprecio de tradiciones e Iglesias… Pero también pueden encontrarse otras semejanzas curiosas de carácter más vital y menos teórico: muchos eran hijos únicos; generalmente eran adorados por esposas, hermanas, amantes y admiradoras; algunos desarrollaron comportamientos que hoy día serían calificados como patológicos, padeciendo incluso alcoholismo agudo; bastantes falsificaron sus propias biografías a placer…

                Siguiendo un orden cronológico, el autor establece una evidente continuidad en la labor subversiva de estos intelectuales. Pero con todo, históricamente, nos dice, sus pretensiones han evolucionado. Así, habrían pasado de idear e impulsar la utopía revolucionaria, a mantener la misma actitud parcial respecto a la sociedad hedonista y nihilista que hoy conocemos. Y, según Evelyn Waugh, con la pretensión de acabar con los fundamentos cristianos de la sociedad en cualquier caso.

                Los intelectuales impulsores de esas visiones sociales fueron ejemplo de gravísimas contradicciones personales que les llevaron a explotar a familiares y amigos, a engañar sistemáticamente a sus esposas y amantes en nombre de una pretendida transparencia que siempre devenía en una carrera de mentiras y justificaciones, etc. No se nos muestran como hombres ejemplares y de conducta intachable. Al contrario. El retrato resultante es sumamente sombrío. Recordemos, a modo de ejemplo, a un Rousseau que abandonó, nada más nacer, a sus cinco hijos; ninguno de los cuales sobrevivió a los primeros meses de vida. O a un Marx colérico que, cargado de odio y resentimiento, manipuló las fuentes documentales con el objetivo de apuntalar “científicamente” sus presuntas leyes (es admirable el capítulo que le dedica, pues en unas pocas páginas desacredita, de forma contundente, el supuesto carácter científico del marxismo). Recordemos el primer criterio de juicio que mencionábamos. Esas doctrinas generaron los mayores sufrimientos que ha experimentado la humanidad a lo largo del siglo XX. Incluso, recientemente, Pol Pot se formó en una Francia marcada por el existencialista Sartre y el marxismo en sorprendente continuidad con las utopías de Rousseau.

                En definitiva: si algo queda claro después de la lectura de este texto es la escasa coherencia moral de esos intelectuales, sus gravísimas contradicciones y la debilidad de muchas de sus construcciones teóricas. Entonces, ¿puede explicarse de alguna manera el indudable “éxito” alcanzado?

El éxito de los intelectuales.

Pío Moa, en un artículo de libertaddigital.com titulado Religión e ideología. Proyección de culpa, proporcionaba algunas claves a considerar y que vamos a reproducir brevemente.

                A su juicio, la clave de su éxito radicaría en la posición y el sentimiento del hombre frente a la culpa. Para la religión, el mal es algo intrínseco al individuo, lo que requiere un combate interno y permanente. La ideología de los intelectuales, por el contrario, niega lo anterior. Así, considera al mal como algo accidental nacido de las miserias humanas. Superando esas miserias, en consecuencia, se eliminaría el mal. Para estas ideologías, el hombre es bueno por naturaleza, de ahí que el sentimiento de culpa, existente en todo hombre al percibir la propia tendencia al mal, deba ser eliminado.

                Naturalmente, esa bondad natural no impediría que algunas fuerzas sociales se opongan al bien: la tarea de los justos sería eliminarlas. En ese sentido, pudiera advertirse que las conductas ideológicas son paralelas a las religiosas, de modo que la ideología podría «definirse como una formidable máquina de proyección y socialización de la culpa, de efectos bien palpables en las matanzas del siglo XX: en los enemigos de la causa se concentra toda la culpa, y por tanto no debe tenerse consideración alguna con ellos». En consecuencia, la religión, como enemiga del hombre, podría eliminarse por dos vías: físicamente (casos de la guerra civil española y la revolución francesa) o a través de «la ingeniería social y manipulación de los medios de masas, como en la actualidad». Así, la campaña mediática desarrollada en los últimos años descubriendo los comportamientos presuntamente dolosos de ciertos eclesiásticos pondría en evidencia las contradicciones internas de la Iglesia. Sin embargo ese argumento se vuelve en contra de los justos, asegura Moa, al ser ellos «quiénes afirman tener esa segura solución para erradicar el mal».

Un modelo social planetario.

                La página 375 del libro es clave para entender la trascendencia que tiene esta cadena de esfuerzo intelectual sobre la vida de las personas de ayer y de hoy. En ella, el autor nos informa que Cyril Connolly estableció, ya en 1946, un modelo social objetivo del devenir humano, integrado por diversas medidas que definió como «principales indicadores de una sociedad civilizada», y que concretaba en: «1) abolición de la pena de muerte; 2) reforma penal, prisiones modelo y rehabilitación de los prisioneros; 3) eliminación de los barrios bajos y “ciudades nuevas”, 4) luz y calefacción subsidiadas y “provistas gratuitamente como el aire”; 5) medicinas gratis, subsidios para alimentos y ropa; 6) abolición de la censura, de modo que cualquiera pueda escribir, decir y representar lo que quiera; abolición de las restricciones a los viajes y del control de cambios, final de la intervención de teléfonos o de la formación de expedientes sobre personas conocidas por sus opiniones heterodoxas; 7) reforma de las leyes contra los homosexuales y el aborto, y de las leyes de divorcio; 8) limitaciones a la propiedad de inmuebles, derechos para los niños; 9) conservación de las bellezas arquitectónicas y naturales y subsidios para las artes; 10) leyes contra la discriminación racial y religiosa». El autor del libro comentado resume este programa, ambicioso para 1946 y amplia realidad hoy día, como «la fórmula de lo que iba a llegar a ser la sociedad permisiva». Evelyn Waugh por su parte, según nos relata Paul Johnson, «estaba comprensiblemente alarmado. Sospechaba que hacer lo que Connolly proponía implicaba la virtual eliminación del fundamento cristiano de la sociedad y su reemplazo por la búsqueda universal del placer».

                Esta pretensión, ¿es real?

La nueva ética global y la acción de los intelectuales.

El arzobispo mejicano Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, ha analizado, en un artículo publicado el 11 de febrero en L’Osservatore Romano, las características de lo que denomina “nuevo paradigma” cuyo objetivo sería la sustitución de la ética cristiana por una “ética global”. Este paradigma estaría caracterizado por el eclecticismo, el historicismo, el cientificismo, el pragmatismo y el nihilismo (entendido como la renuncia a la capacidad de alcanzar verdades objetivas). El objetivo final sería el bienestar global, dentro de un desarrollo sostenible en armonía con la nueva divinidad (el planeta tierra, Gaia, elevado a los altares por el ecologismo radical). A nivel personal, el objetivo perseguido sería la autodeterminación individual. Pero existen evidentes limitaciones; así «experimenta uno de sus grandes problemas cuando percibe que todo se debe fundamentar en el consenso, un consenso que no procede de verdades objetivas, sino de opiniones subjetivas». En definitiva, nihilismo, relativismo, ecologismo, búsqueda de un consenso ético planetario más allá de las religiones tradicionales…

Dalmacio Negro por su parte, en su artículo España escindida: las dos culturas, publicado en el diario La Razón, afirmaba que se pretende implantar una nueva cultura, externa y ajena a la tradicional española, que consistiría en «todos los tópicos de determinadas tendencias de la modernidad y la Ilustración que han adquirido fuerza en Europa gracias entre otras cosas a las ideologías, que han vulgarizado el modo de pensamiento ideológico, y la revolución cultural de 1968». El origen de todas esas ideologías –asegura- sería el nihilismo.

Este pensador considera que la nueva cultura esta definida por tres manifestaciones.

En primer lugar, la secularización que se sirve del cambio cultural para consolidar la dominación política. El catolicismo –en este contexto- tendría importancia por haber creado unos estrechos lazos sociales y políticos. En el caso concreto de España, sería determinante en la generación de una autoconciencia española, a falta de unos sólidos lazos estatales. Con la implantación de la nueva cultura, además de debilitar la conciencia moral de los españoles, se habría reducido extraordinariamente la conciencia nacional.
               
La modernización, en segundo lugar, entendida como una ideología de la emancipación que se quiere imponer con todo el poder del Estado y de los medios de comunicación en sus aspectos más destructivos, por ejemplo, sustituir lo natural por lo “normal” en el sentido nihilista.

Por último, la democratización, en su versión igualitaria nihilista: todo da igual. La palabra democracia quedaría, de esta manera, como la gran coartada del nihilismo: toda vale y es aceptado si se es demócrata. Un nihilismo devenido en una antirreligión que compite con la religión tradicional para ocupar su lugar.

Secularización, modernización y democratización serían, por tanto, los ejes en torno a los que se está articulando, en España y en buena parte del mundo, el cambio cultural que conduce a una mentalidad distinta y otro modelo de relaciones sociales regidas por una novedosa ética global; todo ello en ruptura con la tradición cristiana que le precedió.

La posición de la Iglesia.

                Hemos visto, brevemente, un itinerario intelectual que persigue unos objetivos muy concretos y que se viene implantando a escala planetaria en las últimas décadas. En su momento los intelectuales se decantaron por las utopías que han ensangrentado el siglo XX. Ahora, el modelo propuesto pretende metas menos utópicas; siendo el consumismo del primer mundo una vulgarización de sus contenidos filosóficos y vitales. Al final del trayecto, encontramos, según los autores consultados, nihilismo, hedonismo y una sociedad permisiva; lo que ha provocado efectos no imaginados a escala individual y social.

En esta carrera, en esta huida de la razón tal como la califica Paul Johnson en el capítulo XIII de su libro, se ha prescindido de la verdadera naturaleza del hombre. Hoy día, el hombre actual, alagado y divinizado, cuando no anulado o exterminado, se encuentra sólo frente al poder, a merced de cambiantes ideologías y modas.

                Hemos dicho, anteriormente, que estos intelectuales comparten algunas características, entre ellas, la huida de la religión de sus padres o abuelos. Hoy día, la Iglesia católica, por su capacidad de generación de una humanidad más libre, de un pueblo dotado de una nueva conciencia liberadora, sigue siendo un obstáculo fundamental en las pretensiones hegemónicas y planetarias de ese poder anónimo pero real. Por ello, constituye una dificultad que hay que eliminar, o al menos limitar a su mínima expresión. Han cambiado las formas, pero la pretensión de eliminar la presencia del cristianismo, permanece.
               
                El libro que hoy comentamos, por todo lo expuesto, no puede pasar desapercibido. Es más. Debe tenerse presente si se quiere conocer, con realismo, la naturaleza íntima de las claves, mentales y sociales, determinantes del mundo de hoy.

Fernando José Vaquero Oroquieta

El movimiento conservador en defensa de la libertad académica

Las ideas tienen consecuencias. Este es uno de las premisas del pensamiento conservador. Por ello, desde el inicio los conservadores norteamericanos se dedicaron a la tarea cultural. En esta tarea, el trabajo universitario fue desde el principio una prioridad del movimiento conservador. Ante la dictadura de lo políticamente correcto en el mundo universitario norteamericano, dos políticos republicanos promueven una iniciativa legislativa en defensa de la libertad académica.


 

En uno de los últimos artículos de American Review, Antonio Arcones (ver todos sus artículos) se hacía eco de la importancia que el movimiento conservador norteamericano ha dado a la batalla cultural, especialmente en el ámbito académico. Gracias a instituciones como el Intercollegiate Studies Institute (ISI), miles de jóvenes conservadores han descubierto su vocación docente, y han conseguido entrar en el mundo universitario, lo cual ha redundado en una cada vez mayor potencia intelectual del movimiento conservador.
No obstante, las posiciones progresistas todavía son mayoritarias en la academia. El resultado es que por regla general los estudiantes universitarios son mucho más conservadores que sus profesores. Una sociedad conservadora está siendo educada por una élite liberal desconectada de los principios y aspiraciones de la mayoría de los norteamericanos. Tan grande es la desproporción que el fundador de National Review, William F. Buckley, ha dicho en alguna ocasión que preferiría ser gobernado por los primeros cien nombres de la guía de teléfonos que por el claustro de la Universidad de Harvard.
Este sentimiento en el mundo conservador no es extraño, teniendo en cuenta que estos profesores liberales cuentan con el apoyo de los grupos de presión de la izquierda radical, con la progresiva implantación de la dictadura de lo políticamente correcto en los campus del país. Así, cada vez es más difícil encontrar Universidades que sigan proponiendo lo mejor de la tradición occidental. Con la excusa de proteger a las minorías, se está limitando el acceso de los alumnos a las obras de Shakespeare, Aristóteles, Boecio, Tomás de Aquino, Virgilio, etc. No es que se esté prohibiendo la lectura de estos autores, sino que han desaparecido de los curricula académicos. Al tiempo, proliferan departamentos sobre “estudios sobre feminismo”, “estudios afroamericanos” o “estudios gays y lésbicos”.
Quienes están sufriendo con mayor intensidad esta dictadura del relativismo cultural son los profesores que se salen del discurso dominante y las asociaciones de alumnos que tratan de organizar seminarios y conferencias donde poner al alcance de los estudiantes el legado de la civilización occidental. Los órganos de gobierno de las Universidades, por miedo a los lobbies del radicalismo de izquierda, poco a poco van poniendo trabas a aquellas iniciativas, de modo sutil pero no por ello menos efectivo.
En este contexto, no es de extrañar que dos representantes republicanos (Buck McKeon, de California, y Jack Kingston, de Georgia) hayan propuesto incluir una declaración de derechos académicos en una ley que en estos momentos se está debatiendo en el Congreso (College Access & Opportunity Act, Ley sobre oportunidades y acceso a la educación superior). En esta declaración de derechos (Academic Bill of Rights), partiendo de la premisa de que la misión de la Universidad es “la búsqueda de la verdad, el descubrimiento de nuevos conocimientos a través del saber y la investigación, el estudio y la crítica razonada de las tradiciones intelectuales y culturales, la enseñanza y el desarrollo general de los estudiantes”, los políticos republicanos tratan de garantizar el intercambio libre de ideas en las instituciones de educación superior, protegiendo a docentes y alumnos frente a consecuencias negativas por sus planteamientos políticos o pedagógicos. Al mismo tiempo, la declaración protege la identidad específica de las Universidades que institucionalmente asumen un ideario como marco de referencia para sus actividades docentes.
Los miembros del ala izquierda del partido demócrata están tratando de boicotear esta declaración de derechos. Para quienes defienden el relativismo cultural extremo, no debe haber libertad para quienes sostienen la superioridad de la cultura occidental. Al igual que en Europa, la izquierda huye del contraste de ideas. La diferencia es que, en Estados Unidos, los políticos conservadores están convencidos de que las ideas tienen consecuencias, y de que no puede haber sociedad libre sin universidad libre.
Publicado en American Review por Pablo Nuevo López
American Review, 27-03-2006

No neguemos que hay musulmanes a los que les pone la yihad

Si yo fuera un pacifista rojelio, estaría muy deprimido con las protestas por el aniversario de la guerra de Irak. Unos pocos cientos de personas se dejan caer por aquí y por allí para ver cómo detienen a Cindy Sheehan por decimoquinta vez, y Charlie Sheen desvela su teoría conspiratoria, aclamada por la crítica, de lo-del-World-Trade-Center-fue-una-explosión-controlada. Susan Sarandon va a interpretar a Cindy en la película, o a Charlie, o a ambos; de todas formas, podrían darle el Óscar durante los títulos de crédito iniciales. Si bien Charlie Sheen es, indudablemente, un esforzado líder, era inevitable advertir que la muchedumbre pacifista había mermado con ocasión del tercer aniversario. El fin de semana siguiente, medio millón de inmigrantes ilegales (ups, lo siento: medio millón de honorables miembros de la Comunidad Indocumentado-Americana) tomaron las calles, y de pronto te dabas cuenta del aspecto que se supone tiene una gran manifestación. En teoría, estos tíos ni siquiera deberían estar en el país, pero pueden organizar un movimiento de protesta pública mejor que ninguna de las concentraciones contra la guerra promovidas por los medios y por Hollywood 24 horas al día, siete días a la semana.

Bueno, vale, se supone que la mitad de la peña antiguerra tampoco está en el país, si es que mantuvieron su promesa de irse a Canadá tras las últimas elecciones. Pero lo que pienso es que no existe un movimiento antiguerra de masas. Algunos comentaristas se confesaron atónitos por la escasa asistencia, en un momento en que las encuestas muestran que lo de Irak es cada vez más impopular.

El caso es que hay dos tipos de personas que ponen objeciones a la guerra: está la izquierda caduca, la de Sheehan-Sheen, que en la práctica urge a América a fracasar en Irak, y está el grupo, potencialmente mayor y a la derecha de aquélla, cada vez más receloso de la concepción oficial de la guerra. Los segundos no quieren que América pierda; quieren que gane, y decisivamente. Con los titulares del día, desde la yihad de las viñetas danesas hasta el afgano que afrontaba la pena capital por apostasía, la descorazonadora respuesta de la "diplomacia pública" corre el riesgo de sonar sólo un poco menos demente que Charlie Sheen.

La madre del cordero, aquí, es el "respeto". Todo el mundo está ocupado profesando su "respeto"; todos "respetamos" al Islam: presidentes, primeros ministros y ministros de Exteriores se deslizan tan cotidianamente por la rutina del profundo-respeto-a-la-religión-de-la-paz que olvidan que, por acumulación, todo eso empieza a sonar menos como "¡Movámonos!" y mucho más como "¡Démonos la vuelta!".

Jack Straw, el secretario británico de Exteriores, pronunció el otro día el discurso típico del gobernante occidental: "Un gran número de musulmanes [en el Reino Unido] estaban comprensiblemente molestos por que esas viñetas fueran reimpresas en Europa, y de corazón consideraban que sus creencias estaban siendo injuriadas. Expresaron su rabia y su dolor, pero lo hicieron de una manera que reflejaba la pacífica e ilustrada religión del Islam".

¿"La pacífica e ilustrada religión del Islam"? ¿Qué serían, pues, los tipos que desfilaron por Londres con pancartas que rezaban "Decapitad a los enemigos del Islam" y "La libertad de expresión es el terrorismo occidental", y prometiendo un nuevo Holocausto en Europa? Esto es geopolítica según la Doctrina Aretha Franklin: cuanto más proclama el mundo su r-e-s-p-e-c-t, más nos golpean los islamistas.

La retórica del secretario de Exteriores no está a la altura de la realidad. Lo que están diciendo los líderes gubernamentales a sus ciudadanos es, esencialmente: ¿a quién vais a creer, a los banales escritores de mis discursos o a vuestros propios ojos?

Si quieres ganar la guerra, no marees. Hay millones de ciudadanos que no van a mantenerse firmes con lo de "una larga guerra" (como la Administración la llama ahora) si creen que se les está hurtando la naturaleza de la misma. Una de las razones por las que consideramos a Churchill un gran hombre es que sus discursos acerca de la naturaleza del enemigo no exigían devaneos o circunloquios.

Si tuviera que proponer un modelo para la retórica occidental, sería el australiano. En los días posteriores al 11 de Septiembre los franceses recibieron toda la atención por ese titular de Le Monde: "Nous sommes tous Americains" ("Todos somos americanos"), aunque realmente no lo pensaban, ni siquiera entonces. Pero John Howard, el primer ministro australiano, lo dijo mejor y mantuvo su palabra: "Este no es el momento de ser aliado al 80%". Genial.

Más recientemente, Howard brindó algunas reflexiones sobre lo que diferencia a los musulmanes de otros grupos de inmigrantes. "No se puede encontrar ningún equivalente en la inmigración italiana, o griega, o china o báltica en Australia. No existe un equivalente al entusiasmo por la yihad", dijo, afirmando lo obvio como no se atrevería a hacerlo la mayor parte de los líderes políticos. "Realmente, no tiene mucho sentido simular que no existe".

Por desgracia, demasiados entre sus homólogos insisten en simular (al menos ante su ciudadanía) que no existe. ¿A qué porcentaje de musulmanes occidentales le pone la yihad? ¿Al 5 por ciento, al 10, al 12? Teniendo en cuenta que el conocimiento de esta identidad panislamista es crucial para la victoria, ¿por qué no podemos reconocerla honestamente? "Entusiasmados con la yihad" es una oración que cumple la ley que se solía llamar "la prueba del hombre razonable": si usted está viendo en el noticiero unas imágenes de una protesta musulmana en la que se promete el desencadenamiento de un nuevo Holocausto, la frase de John Howard sirve.

¿Se trata de algo puntual? Escuche a los colegas de gabinete de Howard. He aquí al ministro de Finanzas, Peter Costello, dando consejos a los musulmanes occidentales que quieran vivir bajo la ley islámica: "Existen países que aplican la ley religiosa, o sharia, empezando por Arabia Saudí e Irán. Si alguien quiere vivir bajo la sharia, esos son países donde se sentirán cómodos. Pero no Australia".

La mayor parte de los jefes de Gobierno occidentales callan, y su silencio es interpretado correctamente como vacilación por el Islam renaciente. También atendí a este jugoso resumen de mi ministro de Exteriores favorito, el australiano Alexander Downer: "El multilateralismo es un sinónimo de ineficacia y de política descentrada que implica el internacionalismo como mínimo común denominador". Recuerde el genocidio sudanés, los misiles nucleares iraníes, la chapuza de la respuesta de la ONU al tsunami, etcétera. Está bien, eso de que para ser ministro del Gobierno australiano no se necesite la confirmación de John Kerry y Joe Biden.

Mi temor es que, en esta nueva guerra, las banalidades oficiales sean el equivalente al parloteo de la fase relajada de la Guerra Fría, en los años 70, cuando Willy Brandt y Pierre Trudeau y Jimmy Carter simulaban que el enemigo no era lo que era. Después llegó Ronald Reagan. No era sólo lo del Imperio del Mal: sus bromas también iban de dinero. A su propia manera depravada, los islamistas son mucho más ridículos que los comunistas, y unos cuantos chistes no vendrían mal. Si ésta es una "larga guerra", se precisa una retórica que sirva hasta el final. El libreto actual no pasa el examen.

Por Mark Steyn

Libertad Digital, Revista de fin de semana, 4 de abril de 2006

Orígenes del pensamiento progre

La revolución frustrada: Lenin y Rosa Luxemburgo

 

Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria. En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas), adoptan la tesis contraria.

 

Es necesario primero transformar radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, “como fruta madura”. El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.

 

 

 

A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución socialista.

 

 

 

En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.

 

 

 

Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de “ayudar” a la historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su “gimnasia revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que el advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas “contradicciones internas”); por el contrario, según Lenin, era necesario colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.

 

 

 

Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto:

 

 

 

“En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”.

 

 

 

Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes -al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos- votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase) dejando “la revolución” para otro momento. Los dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

 

 

 

Ni siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la “gimnasia” que ella misma pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.

 

 

 

Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el contrario.

 

 

 

Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura. Al estudio de esta estrategia dedicaremos la próxima entrega de esta serie.

 

Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg

 

Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del “terrorismo cultural” según su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas para la subversión.

 

El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis, percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia política.

 

 

 

Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).

 

 

 

Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a la que fue ajeno el resto de “tontos útiles” (Lenin dixit), que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –“la libertad de crítica en la URSS es total”, proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población.

 

 

 

Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos del marxismo.

 

 

 

Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder– Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.

 

 

 

En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras “quaderni” y el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.

 

 

 

Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs –¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.

 

 

 

Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.

 

 

 

Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg.

 

 

 

Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a “racionalizar” las ideas revolucionarias–  y Félix Dzerzhinsky –creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de propaganda en occidente.

 

 

 

Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas,  de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos: “El club de los inocentes”.

 

 

 

Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer “multimedia” de la Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos,  cuya condición empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los que se nutre diariamente su parroquia.

 

 

 

Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la “agencia de noticias”, que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de espionaje en los países anfitriones.

 

 

 

Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de intelectuales concienciados. A su examen y al de las claves del combate contracultural que se viene desarrollando desde hace ya medio siglo,  dedicaremos el siguiente capítulo de esta serie.

 

El secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse

 

A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una escolástica marxista con la que emprender “el largo camino a través de las instituciones”.

 

Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer, bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a los Estados Unidos de Norteamérica huyendo del nazismo, encontrando acogida en la Universidad de Columbia, en el Estado de Nueva York.

 

 

 

A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de Francfort es el desarrollo de lo que se llamó “La Teoría Crítica”. La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación, que producen una falsa cultura con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

 

 

 

Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.

 

 

 

Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del libro de Herbert Marcuse "La tolerancia represiva", que muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos. Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a los EEUU junto con los demás integrantes de la escuela aunque, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra».

 

 

 

En “La tolerancia represiva”, Marcuse construye su acta de acusación formal contra la burguesía, considerándola no como un crisol de conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual  que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales o, en general, los  autotitulados conservadores.

 

 

 

Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del arsenal progre como el concepto de «tolerancia represiva»,  según el cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma escogida de represión. Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador. Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas airadas de un grupo de ciudadanos contra la presencia en la misma de un ministro del Partido Socialista Obrero Español, fueron calificadas como un acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las violencias que en los últimos años ha padecido el sector conservador de la sociedad –éstas sí muy reales y, en algunos casos, con riesgo físico más que evidente para los que las padecieron–, el destrozo de las sedes del partido de la derecha o las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para que no hubiera duda) sólo merecieron –más daño hacen las bombas de Irak–  comprensión y argumentos exculpatorios por parte de estos mismos custodios de la ortodoxia democrática. La circunstancia de que el autor de la palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico, publicada a raíz del suceso, acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a pontificar.

 

 

 

En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus cuadros con la siguiente consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente».

 

 

 

Esta técnica dialéctica ha sido adoptada por la progresía contemporánea (cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor) y sigue plenamente vigente sesenta años después. Este y no otro es el origen de lo que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto” –marxismo cultural sería la definición más apropiada en términos históricos–, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión, que desemboca con éxito en la imposición de los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda. Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en beneficio de un “interés público”, la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la religión –cómo cocinar un Cristo para dos personas–, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo como elementos imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de organización social o la observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso con carácter permanente. Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.

 

 

 

Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.

 

 

 

El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer, quien en el número de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, periodos vacacionales, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego». Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas, sin que respondan a la presión de movimientos de masas.

 

 

 

Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política de la izquierda –hasta los partidos de la derecha conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defienden la educación pública, el estado del bienestar, etc.–, en lo que quizás es la última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con dimensiones proféticas y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió que “un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.”

 

El desfonde de la posmodernidad

 

Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.

 

La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón. Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.

 

 

 

En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de “nuestro director de cine más internacional”) o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier mente sana.

 

 

 

Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples posibilidades.

 

 

 

Durante la II Guerra Mundial, no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente que eran rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será tal brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo sostenible, que ni un insecto se dejaría matar por ellos.

 

 

 

Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia humana. En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su principal expresión.

 

 

 

Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.

 

 

 

El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural), cuyo origen se localiza en la costa oeste de los EEUU durante la década de los sesenta, que se basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood, cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.

 

 

 

En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los ideólogos de la guerra contracultural, pues su mística, al contrario que la judeocristiana no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en la disolución total con un evanescente “todo cósmico”. Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces contra su propaganda anticapitalista.

 

 

 

Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende del dictado arbitrario de unos pocos sino de la aceptación de una mayoría libre. No nos engañemos. Nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como toda obra humana), sino precisamente por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura, no es su amor por el comunismo o su pasión por la “liberación del tercer mundo oprimido”, sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo y, por extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides de la libertad y el progreso.

 

 

 

 

 

Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en amplias capas de la población. El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si todos esperaran a que el vecino afirme públicamente que el “rey va desnudo” para sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues bien, proclamemos ya, ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que además, estamos dispuestos a rebelarnos contra su tiranía con las herramientas que proporciona a todo hombre la razón, la moral y la inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha demostrado que hace a las sociedades prósperas de lo que las esclaviza.

 

 

 

En última instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que la agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas. Es posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus consecuencias. ¿Y usted?

Por Pablo Molina

 

Libertad Digital. Agosto de 2005

 

 

 

Navarra: como siempre, como ahora

Los partidos políticos independentistas vascos,  PNV, Batasuna (éste no legal), EA, Aralar, y el sindicato LAB, reafirman siempre, ahora, sus objetivos sobre Navarra. A ellos presta ETA su fuerza armada. En todo caso, con o sin armas, plantean la integración de Navarra -dicen- como requisito indispensable y base necesaria para acceder, en el plazo más breve posible, a - si es el caso- un autogobierno federalista y luego a la autodeterminación que permitirá conseguir la independencia a un “Euzcadi con buenas relaciones con España” (frase ésta de Ibarreche, después de la entrevista con el Presidente del Gobierno Español, y no contestada por éste). Todo ello resulta inviable sin contar con el ámbito territorial y la legitimidad histórica de Navarra.

Unas conclusiones iguales aprobó la Asamblea “Nacional” Extraordinaria del PNV el 27 de junio de 1981 al revisar su actuación política sobre Navarra y actualizar entonces la estrategia a seguir en le proyecto de absorción por incorporación de esta región española en el inventado “Euzcadi”. Desde entonces el PNV y sus corifeos se muestran también como partidos políticos de Navarra y para Navarra; y presentan la integración como una exigencia natural - y posteriormente, un natural resultado – de la “naturaleza vasca” de Navarra; a la vez que esos separatistas aparecen como la única alternativa de política socio-económica apta para Navarra. A este efecto proponen frente al sistema capitalista o al social-marxista, un orden social nacido de “nuestro propio ser vasco, primando al trabajo”.

 

Aquella estrategia, aquellos planes de 1981 han variado poco y hoy se vuelcan otra vez sobre Navarra las campañas fanáticas para “euskadizarla”; para convencer a los navarros que “Euzkotaren aberria, Euzkadi da” (los navarros son vascos, su Patria es “Euzcadi”, no España)

 

Campañas políticas, culturales, deportivas (¡ésas horribles!), económicas y lúdicas, con derroche de millones de euros, muchas veces con el apoyo, a veces ignorante y casi siempre cobarde, de otros partidos políticos y de gobiernos que llevan en sus programas el defender la unidad de España. Ahora, del 2006 en adelante, esas campañas cobrarán renovada violencia, mayor vigor, toda vez que todo un gobierno socialista español está consiguiendo, con tanta hipocresía como mentira, que se arrumbe en la cuneta lo “español” del partido, del PSOE. Y es que existe una Internacional Socialista.
Por eso pienso yo que se dieron y se dan otras más ocultas y profundas intenciones en los apoyos del PSOE a estas reformas en los estatutos de las Autonomías: hoy el catalán, mañana el “euzcadiano”, pasado mañana, y al otro, y al otro, a los 14 restantes estatutos o Autonomías (Navarra es foral, no estatutaria); apoyo, digo, en el camino a la soberanía a través de las reformas, hechos al margen de la propia constitución de 1978; y aún en contra de ésta.
Así, según mi pensamiento, cabe que si el PSOE consigue en el 2007 una mayoría absoluta en el gobierno, logre confederar las autonomías en una “Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas” (la Monarquía no presidirá esa “Unión”), con sus gobiernillos respectivos y un “Gobierno de las nacionalidades”. Este será quien realmente lleve el timón de toda la “Unión”.

 

(¿Rebuscado?... Bueno, una cosa así sucedió en Rusia, luego URSS o “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”, con gobiernos autonómicos, de “nacionalidades”, supeditadas en todo a Stalin – autor de la idea – y al Politburó Nihil novum sub sole!).

 

Por los caminos políticos españoles de hoy pudiera llegarse, con visión tremendista, primero a un “crack” económico que lleva al desorden social; este a la violencia anarquizante; luego (pues no se puede vivir sin un orden político-social) a esa “Unión de repúblicas ibéricas”, gobernada desde el centro por un partido que no tolerará que se le opongan otros “autonómicos-soberanistas”.

 

(¿Visión tremendista?...pues fue realidad, desde 1931 a 1975, en España, tanto en la República, como en la guerra, como en los años de Franco. De 1931 a 1939 se “despiezó” España y fueron desapareciendo autonomías estatutarias y los partidos políticos que las apoyaron. El PC (los comunistas) era, ya  en 1937, el que gobernaba la nación española al compás de las conveniencias de la URSS. Acabaron con los catalanistas, los “euzcadianos”, los republicanos, los troskistas del POUM, y nada de los anarquistas de la CNT y la FAI. Sí, y con todos sus órganos de gobierno. Sólo quedó un “Gobierno rojo” y un “Ejército rojo”, derrotados por el “Ejército nacional” al mando de Franco, y éste y sus gobiernos, ni permitieron autonomías soberanistas; ni partidos políticos tampoco. Ergo…),

 

Volvamos al hoy y a Navarra, y siempre olvidando que pueda darse una reacción defensiva que devuelva a España y a la española Navarra esos “espacios de la memoria” en los que han de plantearse la supervivencia de la Patria y de la Nación; toda vez que como enseñaba Juan Pablo II y ha recogido Benedicto XVI: “La memoria nos da las raíces en las que aprendemos el sentido de la vida. Cuando no se reconoce el pasado, se pierde también el futuro, a favor de un presente vacío”.

 

Esperemos que eso no suceda; que España y Navarra no pierdan la memoria. Mientras tanto, pensemos que hace pocos días el PSOE – en sus filiales de Cataluña y “Euzcadi”- parece dejar vía libre a esa pérdida de memoria española; y que su filial Navarra, el PSN, deja de lado – se abstiene- la defensa del ser de Navarra a los que queremos que esta no sea “moneda de cambio” en los pactos con los separatistas de “Euzcadi”. Parece, asimismo, que el PSN, abandona la E de “español” y apoya, tanto en lo cultural, como en lo social y aún en lo económico, los planes estratégicos de los partidos políticos “euzcadianos” sobre Navarra: Alianzas municipales; aportaciones culturales y “folklóricas”; pasividad en las huelgas, aún sabiendo que pueden arruinar a sus afiliados (ejemplo inmediato: la actuación, mejor dicho, la hipócrita falta de actuación de UGT en la huelga y paros de la Volkswagen en Pamplona); enfrentamientos radicales con UPN y CDN y así sucesivamente.

 

Sí, todo parece corresponder con los planes y perspectivas de futuro de los separatistas (que ahora apoya) como del propio PSOE para un gobierno de muchos años instalado en el poder (y entonces no habrá otra soberanía distinta de la del “partido”). Será en el 2007 cuando, desde una mayoría, junto con los partidos de izquierda y separatistas, intente a través de todos esos planes que Navarra, ya integrada en “Euzcadi”  forme parte de la, no por utópico menos imposible, “Unión de Repúblicas socialistas Ibéricas”, gobernada más que por sus respectivos “gobiernillos” por un partido político central, totalitario que acabará, si puede, con los separatismos, pero también con la foralidad navarra.

 

Javier  NAGORE YÁRNOZ  (4.IV.2006)

La Convención popular y la convicción Republicana

Se ha celebrado la Convención del PP, bajo el lema “Hay futuro”. La prensa ha destacado el poderoso marketing popular “a la americana”. Sin embargo, visto “a la americana”, es posible que ni allí hubiera marketing ni haya futuro para el PP.

La última Convención del PP, celebrada en Madrid del 3 al 5 de marzo bajo el lema “Hay futuro”, ha sido para muchos un “americanizado” ejercicio de marketing: megapantallas, serpentinas y 10 horas de clases de telegenia impartidas en el “Aula de formación” popular. ¿Es eso marketing? El profesor Kotler recordó en 1967 que el contenido es el motor del marketing, pues asegura la compra repetida. En 1972 los publicistas Ries y Trout advirtieron de que el marketing estratégico no venía determinado por envolturas, sino por el vigor con que una idea poderosa se asociaba a una marca en la mente del consumidor. Más allá de la faramalla, ¿hubo auténtico marketing, ideas fuertes y diferentes en la Convención popular?
Los “Grupos de Debate” del PP trabajaron 14 temas. La mayoría de las propuestas (cultura del conocimiento, lucha contra la pobreza, sostenibilidad, etc.) no permiten construir una oferta estratégica poderosa. Sólo dos ideas diferenciaron al PP de su competidor socialista: el rechazo de los nacionalismos y la firmeza contra el terrorismo. Estas ideas se suponen instaladas sobre valores profundos y diferentes que provoquen la “fidelización” del consumidor. De lo contrario, el PSOE podría hacer lo mismo que con la “idea económica” del PP: copiarla. ¿Cuáles son, pues, los valores en los que el PP sustenta su propuesta estratégica? Al parecer los “valores seculares”, que deben “potenciarse para extenderlos a todos los ámbitos de la convivencia”, aceptando la “menor estabilidad de las estructuras familiares” y la “necesidad de racionalizar algunos de nuestros comportamientos más tradicionales”. Es decir: las “nuevas ideas” que anunció Rajoy se sostienen sobre valores muy parecidos a los de su rival socialista.
¿Es este el marketing “yankee”? No lo parece. El Partido Republicano (GOP) construye sus propuestas sobre valores diferenciales. “Fe y Valores” no es sólo una de las 8 “Issues” del programa republicano, sino también el único punto que merece un “equipo de trabajo” específico. El más reciente de los 8 “equipos” del GOP es el “Catholics Team”. Los valores conservadores están “en el corazón del Partido”: entre ellos la “cultura de la vida”, el “fortalecimiento de la familia” y la “santidad del matrimonio”. La solidez y la diferenciación de los valores republicanos, enunciados sin temor como “compassionate conservatism”, vigorizan el programa del partido, permiten la generación de ideas novedosas como el cheque escolar, y restan credibilidad a los intentos demócratas de copia. En definitiva: un marketing genuino que ha permitido al Partido Republicano ganar seis de las últimas nueve elecciones presidenciales.
Rajoy perdió las elecciones en 2004, después de 8 años de éxitos económicos; Gore fracasó en 2000, tras la más larga expansión económica de la historia norteamericana. El PP ha recogido sus logros durante 1996-2004 en el informe “Los indicadores del cambio”, una sucesión de números sin dirección axiológica; Bush presentó el balance de su primer mandato como el resultado de los valores profundos republicanos. Si el PP sigue creyendo que los “consumidores” no tienen ideas, sino hipotecas; si no enraíza sus propuestas en valores diferenciales; si no hace auténtico marketing “a la americana”, vanos son los envoltorios frívolos y las carcasas pragmáticas. Si la Convención “Hay futuro” es el programa del PP, entonces no hay futuro. Ni PP. Sin convicciones no valen convenciones.
Publicado en American Review por Guillermo Elizalde Monroset
American Review, 16-03-2006

 

La derecha y la universidad

En España, la universidad es monocolor desde hace décadas. La izquierda siempre se ha preocupado de ganar este espacio para afianzar sus posiciones. La derecha, como con otros muchos temas, dormitando.

En España, la universidad es monocolor desde hace décadas. La izquierda siempre se ha preocupado de ganar este espacio para afianzar sus posiciones. La derecha, como con otros muchos temas, dormitando.
Es cierto que la hiperpresencia de lo estatal condiciona la estructura mental de la universidad actual, una de las instituciones más corrompidas y espúreas del panorama institucional español. Es el perfecto ejemplo de burocracia despilfarradora de recursos de los ciudadanos, y ello genera un modelo de universidad determinado, muy favorable a la agitación y propaganda izquierdista.
Aún con esos condicionantes, ¿es irremediable la actual situación en que un político no izquierdista apenas pueda poner un pie en la universidad? (Ni soñarlo en los gulags catalán y vasco).
Sin llegar a estos extremos, la situación no era muy distinta en Estados Unidos durante los años 60. Y tal vez hoy sea todavía de los reductos más impenetrables a la ola conservadora. El pensamiento liberal conservador ya ha ganado la batalla de las ideas. Y uno de los pocos sitios donde nadie se ha enterado en Estados Unidos es en la Universidad. (Siempre se comenta aquella reacción de un profesor universitario que no podía creer que Ronald Reagan hubiera ganado las elecciones: “¿Cómo es posible si yo no conozco a nadie que le haya votado?”)
Pero los conservadores americanos siempre supieron que no podían renunciar a jugar ese partido. En 1951, William F. Buckley Jr., que posteriormente fundaría la revista National Review, publicó God and Man at Yale, que fue un hito en los primeros avances del movimiento conservador. En 1991, Dinesh D´Souza, publicó Illiberal Education, denunciando el asfixiante corsé de lo políticamente correcto en la universidad. Muy recientemente, David Horovitz (un permanente látigo de la izquierda universitaria, a la que va fustigando dando conferencias por campus de todo el país) ha publicado Catedráticos, los 101 académicos más peligrosos de América.
Pero no sólo se escriben libros. Una organización de base, Students for Academic Freedom, se ha organizado para denunciar la manipulación ideológica en la universidad y reclamar el derecho de los estudiantes a una formación no sesgada.
Fuera de estas iniciativas, está por supuesto el florecimiento de universidades privadas que se están fundando por todo el país con ideario muy claro, expreso, y que sirven para ofrecer una alternativa educativa distinta.
Otra institución, sin embargo, optó por un camino distinto. Ya que la universidad está como está, demos una alternativa a modo de formación complementaria a estudiantes y profesores independientemente de la universidad en que estén.
Mediante un programa de lecturas, seminarios periódicos, una revista trimestral y numerosas acciones de formación en los mismos campus, el ISI (Intercollegiate Studies Institute), es la institución más significativa en este campo.
La labor es descomunal, pero en este momento tienen miles de profesores y alumnos adscritos a estos programas de formación paralelos y es uno de los think tanks más prestigiosos del país.
Mientras, en España, y después de diversos cambios de gobierno, el nivel de regulación estatal es enorme y sólo algunas universidades privadas, con gran esfuerzo y mucho mérito, ofrecen algo distinto.
Desde esta perspectiva, la Fundación Burke lanza el mes próximo un programa de formación para jóvenes conservadores.
Publicado en American Review por Antonio Arcones
American Review, 23-03-2006