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Políticamente... conservador

Líneas desde el episcopado indio para evitar la explotación laboral de menores

Mensaje del obispo Joshua Mar Ignathios en la Jornada Mundial contra el Trabajo Infantil

NUEVA DELHI, lunes, 12 junio 2006 (ZENIT.org).-

Ante el drama de más de 100 millones de niños sometidos a explotación laboral en la India, desde el episcopado católico del país se lanzan propuestas para poner freno a este fenómeno.

Y es que el progreso que experimenta La India no se acompaña de la disminución de la «enfermedad social» del trabajo infantil, denuncia el obispo Joshua Mar Ignathios --auxiliar de la archidiócesis de Trivandrum--, presidente de la Comisión del Trabajo perteneciente a la Conferencia de los Obispos Católicos del país (CBCI).

Su alarma se contiene en la carta que, bajo el título «Despierta, levántate y detén el trabajo infantil», anticipó el viernes a toda la comunidad católica de su nación con ocasión de la Jornada Mundial contra el Trabajo Infantil que se celebra este lunes.

«El final del trabajo infantil: un objetivo a nuestro alcance» es el lema de la Jornada --que coordina la Organización Internacional del Trabajo-- de este año, que busca sensibilizar a la comunidad internacional sobre la condición de más de 200 millones de niños y niñas de todo el mundo sometidos a explotación laboral.

No sólo la pobreza genera el fenómeno del trabajo infantil en La India --puntualiza el obispo Joshua Mar Ignathios en su misiva--, sino también la dejación de la sociedad. De ahí que, desde la Comisión de la CBCI, se invite a afrontar el problema con gestos concretos.

Y es que, a pesar de las leyes nacionales, pronunciamientos judiciales, políticas y programas, lo cierto es que persiste el fenómeno del trabajo infantil en La India, algo que interpela directamente ya a la responsabilidad de cada uno, según traza el prelado en su carta.

Sugiere que se denuncien episodios de explotación cuando se sepa de ellos; que se rechace acudir a tomar algo a hoteles si quienes sirven son niños, y que se pregunte al responsable del local por la edad del empleado, si se sospecha que es menor.

Igualmente invita a que se ayude a las familias que no puedan permitirse la escolarización de los hijos, y que se trabaje junto a ONG (Organizaciones no gubernamentales) presentes en el país para que los empleadores de oficinas, hoteles y tiendas expongan visiblemente un aviso: «Aquí no hay empleados niños».

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Gays y de derechas (1)

El 7 de junio el Senado de EEUU votó una nueva propuesta de prohibición constitucional del matrimonio entre personas del mismo sexo. La rechazó por 49 votos contra 48. Los partidarios de la prohibición se quedaron muy lejos de los 60 necesarios para la aprobación. Ni siquiera obtuvieron los 49 que preveían conseguir.

Entre los adversarios más notorios de la propuesta estuvieron los senadores demócratas Chuck Schumer y Hillary Clinton, representantes ambos de Nueva York y firmes baluarte, en este caso, del progresismo neoyorquino. Hillary Clinton calificó la propuesta de "descarada maquinación política". Pero no sólo los demócratas votaron en contra.

Dos eminentes republicanos: John McCain, siempre templado, y Arlen Specter (senador por Pensilvania y presidente de la Comisión de Justicia), también lo hicieron. Hace dos años, la misma propuesta de enmienda constitucional destinada a impedir el matrimonio gay salió derrotada por 48 contra 50. Arlen Specter votó entonces a favor. 

No parece haber dudas de por qué el Partido Republicano ha presentado otra vez una propuesta destinada a fracasar. Se trata de movilizar a una base republicana desconcertada ante la falta de rumbo de la derecha en el poder. Los republicanos se habrían arriesgado a una derrota segura con tal de asegurar a su electorado más ideologizado que permanecen firmes en algún punto de las convicciones que hace dos años les llevaron al poder.

La defensa de la familia y el matrimonio, el matrimonio a secas, resultan los mejores argumentos. Hay otro argumento más idealista, que sólo algunos se atreven a adelantar. En los últimos 20 años la tolerancia ante la homosexualidad y la integración de los homosexuales en la sociedad norteamericana han ido aumentando sin cesar. Todas las encuestas muestran una inequívoca tendencia a aceptar alguna clase de legalización de las uniones entre personas del mismo sexo. Según el Pew Research Center, avanza incluso la aceptación de la adopción por parejas homosexuales. Y una amplia mayoría rechaza el famoso principio de tolerancia a cambio de silencio impuesta a los homosexuales en el Ejército. Es muy posible, por tanto, que si los defensores del matrimonio no consiguen sacar adelante su famosa enmienda en los próximos años se encuentren con la imposibilidad total de hacerlo en un futuro no muy lejano. 

La posición de los demócratas, por otra parte, no es tan clara como a veces se quiere insinuar. En 2004 el único demócrata que se comprometió a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo fue Ted Kennedy, un hombre que desde hace mucho tiempo no tiene nada que perder, salvo algunos kilos. Hoy ocurre algo parecido. La tendencia de las encuestas está clara, pero si los republicanos logran reavivar el debate los demócratas se encontrarían en una encrucijada incómoda. Una cosa es la integración de la homosexualidad y otra el matrimonio entre personas del mismo sexo, que sigue siendo ampliamente rechazado. Los demócratas no quieren romper con el flanco progresista, alineado a favor del matrimonio, pero tampoco se pueden alejar de un electorado que sigue apegado al sentido común en esta cuestión. Así que los demócratas intentan escabullirse de un debate que puede perjudicarles en las elecciones de noviembre.

Por eso se ha podido decir, en respuesta a la expresión de Hillary Clinton, que el voto contra la prohibición es una "maquinación para proteger a los candidatos demócratas que vuelven a presentarse a las elecciones". 

El arranque del debate político sobre el matrimonio del mismo sexo se produjo en 2003. El Tribunal Supremo tenía que juzgar un caso interpuesto por dos varones condenados por prácticas homosexuales (consentidas y privadas) en virtud de la legislación vigente en el estado de Texas. La sentencia del Tribunal en este caso, conocido como Lawrence vs Texas, fue redactada por el juez Anthony Kennedy, que había sido nombrado por Reagan en 1988. Rechazó como anticonstitucional cualquier legislación contra la sodomía. 

La rotundidad de la argumentación del juez Kennedy en defensa de la "privacidad" evocaba el fundamento de la célebre sentencia por la que el Supremo legalizó el aborto en 1973. Y, como era de esperar, pronto hubo quien dio un paso más allá. Basándose en esos mismos argumentos, algunos tribunales estatales no se contentaron con declarar derogadas las leyes contra la sodomía (o la homosexualidad), sino que promulgaron la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo, como hizo el Supremo de Massachusetts. Aprovechando la oportunidad, algunos políticos, como el alcalde de San Francisco, aprovecharon para empezar a casar a parejas del mismo sexo sin autoridad ni base legal para hacerlo.

Varios líderes demócratas se apresuraron a distanciarse de una actitud que consideraban prematura y perjudicial, ante la proximidad de las elecciones.  Pero el debate estaba lanzado, y a lo grande, aunque el movimiento había partido en falso.

Era obvio que la sentencia del Supremo en el caso de Lawrence contra Texas no abría la puerta a la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo, y para evitar que los tribunales y los políticos progresistas se embalaran los movimientos de defensa de la familia, tanto conservadores como religiosos, así como el Partido Republicano, aprovecharon lo que quedaba de 2003 y 2004, hasta las elecciones presidenciales de noviembre, para impulsar una serie de iniciativas legislativas que obstaculizaran el matrimonio gay. Se dijo entonces que fue una iniciativa oportunista para crear una mayoría presidencial conservadora. Sin duda resultó un instrumento útil, pero la derecha se había limitado a responder a un impulso iniciado por los progresistas. Por otro lado, el movimiento era de fondo y articuló dos principios bien enraizados en la derecha norteamericana: la defensa de la familia y el matrimonio, por un lado, y la autonomía de los estados federales para legislar sobre cuestiones familiares, basada en el texto de la Constitución.

La derecha, en otras palabras, no sólo ha apelado a la tradición y a los valores e instituciones, como la familia, que fundamentan una sociedad libre; también ha apelado a la democracia. Las decisiones sobre legislación familiar corresponden a los estados (no al Gobierno central), y deben ser tomadas, tras el correspondiente debate público, por los representantes de la soberanía popular, no por los jueces. Así es como se ha llegado a la situación actual. Diecinueve estados han aprobado enmiendas constitucionales que protegen el matrimonio, mientras otros 26 tienen estatutos legales con el mismo objetivo. En las elecciones de noviembre de 2006 los electores de otros seis estados darán respuesta a cuestiones similares. 

Tal vez sin medir las consecuencias de lo que hacían, los progresistas del movimiento gay han suscitado un movimiento democrático que ha aclarado lo que los norteamericanos consideran matrimonio y lo que no. Y los conservadores, que confiaron en el debate, en la argumentación y en el voto, han ganado la batalla. 

Los hechos no ofrecen ninguna duda. Cuando el matrimonio entre personas del mismo sexo se somete a votación democrática, la mayoría del electorado lo rechaza. ¿Por qué, entonces, el empeño de algunos republicanos, y en particular del presidente Bush, en seguir insistiendo en una enmienda constitucional? 

La razón es paradójica. Aparte de motivos coyunturales, como el intento de volver a movilizar unas bases desconcertadas y reunir una coalición disgregada, es el propio éxito de las iniciativas contra el matrimonio gay lo que en el fondo está impulsando a los representantes del Partido Republicano a centrarse en la reforma constitucional. 

Quienes están a favor del matrimonio gay saben que, por ahora, y probablemente por mucho tiempo, no tendrán oportunidad de sacarlo adelante mediante un debate democrático. La tentación es grande, por tanto, de conseguir su aprobación mediante sentencias judiciales. Al igual que el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo se ha convertido en una de esas guerras culturales que han definido el panorama político y moral de los Estados Unidos en los últimos años.

La trinchera progresista es tan honda, la posición tan radical, que muchos conservadores han hecho cuestión de principio evitar el matrimonio gay mediante una enmienda constitucional. La posición presenta un aspecto testimonial, de dramatismo excesivo, que no responde a la realidad de la situación en la derecha.  Y es que, a diferencia de otros textos constitucionales, la Constitución norteamericana tiene un carácter casi sagrado.

Una enmienda es un gesto de gran envergadura y ambición, que parece dar por supuesta la unanimidad de quienes la proponen. Pues bien, tal unanimidad no existe en cuanto a la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo. Más aún, la derecha norteamericana ha ido evolucionando hacia una pluralidad cada vez mayor, justamente a medida que la izquierda se ha ido dejando encerrar en la trampa del chantaje progresista a favor del matrimonio como única forma tolerable de legalizar las parejas homosexuales. 

Al principio de la gran revolución cultural de hace cuarenta años, la cuestión, obviamente, ni siquiera existía como tal. Al amparo del movimiento de los derechos civiles y las revueltas de los años 60, algunos grupos homosexuales, extremadamente minoritarios, empezaron a aparecer a la luz pública. Combinaban la necesidad del reconocimiento público de la condición homosexual con algunos elementos de retórica política identitaria, directamente inspiradas del movimiento contra la segregación racial. Pero mucho más que hacia el terreno político, el movimiento evolucionó entonces, y de forma acelerada, hacia un cambio drástico en las costumbres. Fueron los años de la salida a la luz del movimiento gay, y de una explosión vital a la que puso punto final la irrupción del sida. Con el sida se colapsó la utopía de permisividad, libertad absoluta y promiscuidad sexual de los años 70.

Su aparición coincidió con el triunfo del movimiento republicano y la llegada de Reagan a la presidencia. Parecía que la vuelta al poder de la derecha traía consigo el final de la era de libertad. En realidad, el sida obligó a una reflexión de fondo acerca de la libertad y la responsabilidad individual que la explosión emancipatoria de los años 70 había obviado. A Reagan se le reprochó entonces su silencio sobre la enfermedad, que pareció poco compasivo.

Pero la contradicción era mayor en el interior del movimiento gay, que estaba reivindicando al mismo tiempo dos posiciones: una mayor intervención del Gobierno para ayudar a los enfermos, financiar la investigación médica y prevenir el contagio y la abstención de ese mismo Gobierno en cuanto a las prácticas sexuales de la gente, lo que incluía no sólo evitar posiciones moralistas, sino evitar medidas restrictivas de salud pública, test obligatorios y cualquier tipo de puesta en cuarentena. 

Lejos de reducirse a la marginalidad, el debate sobre el sida se situó en el centro mismo de la vida pública norteamericana. Afectaba a los límites del papel del Gobierno y, más profundamente aún, a la capacidad misma de las instituciones y de la moral para sostener la promesa de felicidad implícita en la naturaleza de Estados Unidos. Lógicamente, el debate en la derecha se inició inmediatamente, y con consecuencias de largo alcance.

Los sectores más conservadores tendieron a ver en la epidemia una consecuencia de orden casi apocalíptico ante los excesos de la permisividad previa. Bill Buckley, creador de la National Review, figura eminente del conservadurismo reaganiano y enfant terrible de la derecha, no participaba de estas convicciones. Pero en vista de la resistencia del movimiento gay a cualquier medida de control, propuso en tono provocador que se tatuara a los portadores del virus. Era una forma de exigir que se asumieran responsabilidades individuales que muchos, entonces, se negaron a aceptar. 

De mucho más calado fue la posición que adoptó Charles Everett Koop, responsable de la Sanidad pública con Reagan. Everett Koop era conocido por sus posiciones conservadoras, en particular ante el aborto. Siempre consideró su legalización una auténtica catástrofe moral para su país. A petición de Reagan, redactó un informe para fijar la posición oficial acerca de la enfermedad.  La reflexión partía de la premisa fundamental de que el Gobierno no puede ni debe intentar imponer un determinado estilo de vida a la sociedad. A partir de ahí, Everett Koop deducía dos líneas de trabajo. Una, lo que el Gobierno debía hacer: por ejemplo, explicar que la mejor forma de evitar el contagio era la monogamia y la sinceridad, pero también informar para prevenir, sin excluir la educación sexual en las escuelas ni la difusión de la utilidad de los condones en las prácticas sexuales de riesgo.

La otra línea era lo que el Gobierno no debía hacer, como los análisis de sangre obligatorios (recomendaba los voluntarios), o adoptar medidas coercitivas. 

La posición de Everett Koop, muy criticada entre la Nueva Derecha, con los evangélicos de núcleo duro, fue bien acogida por un sector del movimiento gay. Dio la medida de hasta qué punto la derecha norteamericana, incluida la que podía llegar a considerar el sida como el resultado de un profundo desorden moral, estaba dispuesta a tomarse en serio los problemas planteados por la nueva sociedad surgida a partir de los años 60 y 70.

José María Marco 

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 13 de junio de 2006

¿Por qué tienen miedo a dialogar?

 Uno de los objetivos marcados al elaborar el libro colectivo “La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas” era proponer a la sociedad española, y a sus diversas corrientes sociales, un diálogo en profundidad en torno a cuestiones -de una u otra manera- “tocadas” en el mismo: estructuración territorial de España, conciencia nacional, retos del separatismo, alcance de la Ética civil, respuestas al terrorismo, posiciones de la Iglesia… Alguna respuesta, no por inesperada, sigue sorprendiéndonos. 

No éramos muy optimistas, pues partíamos de un conocimiento previo: el extremado sectarismo de buena parte de la llamada izquierda progresista española. Y, muy pronto, nos llegaron nuevas pruebas de ello. 

El libro “La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas” se presentó ante los medios de comunicación el pasado lunes 29 de mayo de 2006 en Casa de América de Madrid. Asistieron unos 25 medios de todo tipo; nada menos. No obstante, la concurrencia de diversos eventos análogos (firma de ejemplares de su libro sobre el terrorismo por el Juez Garzón en la Feria de Madrid, presentación de la biografía del etarra Iosu Ternera por el experto Florencio Domínguez, la conferencia de María San Gil en Club  Siglo XXI, etc., todo ello ese mismo lunes), “machacaron” una mayor trascendencia de la presentación. No obstante, diversas televisiones, radios, medios digitales e impresos, así como varias agencias de noticias, nacionales y extranjeras, se hicieron eco, con mayor o menor fortuna, del acto. 

José Antonio Herrero Crespo, de Grafite Ediciones, declaró en la presentación del texto, entre otras aportaciones, que “hemos vivido el terror y ahora nos ofrecen la paz. ¿Por qué no nos ofrecen la libertad? Yo no quiero lo que ya tengo. Yo ya tengo la paz. Lo que quiero es la libertad”. También se preguntó: “¿Qué gobierno pactaría con los violadores para que dejen de violar? ¿Qué gobierno pactaría con los asesinos para que dejen de matar? Pues bien, es eso lo que está haciendo nuestro Gobierno, nos guste o no”. 

Jaime Larrínaga, coautor, declaró a su vez que permanece vigente el manifiesto fundacional  de Foro El Salvador, creado tras la muerte de Miguel Ángel Blanco, por la que consideraba “falta de cariño, de amor de la Iglesia con las víctimas”. Larrínaga consideró que las voces religiosas que se han alzado últimamente deben “acercarse al Evangelio, y trabajar para que se den las condiciones en que las víctimas” puedan hablar con libertad y “puedan perdonar libremente”. Reivindicó, por último, el derecho a la restauración y la necesidad de que se haga justicia. 

El historiador José Luis Orella, director del volumen, describió el objetivo del libro al afirmar que pretende “valorar desde unos principios sólidos cómo se ha llegado a esta situación”. Se trataría, por lo tanto, de un libro “que no se ha escrito sólo con tinta; hay una realidad humana detrás”: de asesinatos simplemente “por tener unas ideas; porque han sido escudo de una sociedad”. 

En lo referido al alto el fuego, el ex ministro del Interior, D. Jaime Mayor Oreja, se mostró escéptico afirmando que “las organizaciones totalitarias y además terroristas no pueden cambiar. No cambian salvo que les des la razón, aceptando sus tesis y sus posiciones”. También sostuvo que “lo que yo creo que tiene que hacer el Partido Popular es verificar al Gobierno en el Pacto Antiterrorista y en el Debate sobre el Estado de la Nación, y sabiendo además que el Gobierno está haciendo exactamente todo lo contrario al significado del Pacto Antiterrorista”. Y advirtió del “troceamiento” del proceso que está realizando el Gobierno de Zapatero. Así, éste desvincularía la reforma del Estatuto de Cataluña, la del de Andalucía, y a ambos, del eventual “proceso de paz”. De igual forma pasará en su momento con Navarra, aseguró, y su anexión al País Vasco. Como objetivo último de semejante táctica: anestesiar a la sociedad española. 

Una notable excepción, a ese austero tratamiento informativo que hemos mencionado inicialmente, la formuló el diario electrónico de Enric Sopena, elplural.com, que dedicó, en tres días sucesivos, al menos cuatro textos al acto.  

El primero, publicado el mismo 29, se limitó a una correcta, rápida y aséptica información del mismo. Pero el martes 30 se soltaron la melena y dispararon con su artillería pesada. Su propio director, Enric Sopena, le dedicó el primero de los artículos de opinión, planteando algún curioso “sentido oculto” en la participación en el turno de preguntas de Ricardo Sáenz de Ynestrillas al dirigirse -de manera poco amistosa, lo que parece no quiso entender el periodista de su medio asistente al evento- a D. Jaime Mayor Oreja, presentador del libro.

Pero Enric Sopena buscó y creyó encontrar analogías y coincidencias sorprendentes entre personajes tan dispares: supuestos deslizamientos del Partido Popular hacia la extrema derecha… y demás “fantasmas” particulares. 

Por su parte, el periodista que cubrió la noticia siguió con la misma tónica en un extenso y trabajado artículo de investigación. Mezclando churras con merinas y persiguiendo, acaso, alguna oscura y atractiva conspiración, localizó entre los asistentes, sagazmente a medios católicos, intelectuales peligrosos, políticos sospechosos, militantes sociales significativos… Una magnífica labor de información, propia de un Servicio estatal análogo. Incluso “identificó” a casi todos los asistentes con nombres, apellidos, orientación política y puesto de trabajo…Y siempre en la misma dirección: por medio de la distorsión, las frases fuera de contexto y el empleo de unas eficaces anteojeras mentales. No pudo ver, así, que entre el público, además del polémico personaje antes mencionado -víctima a su vez del terrorismo, no se olvide nunca- se encontraban personas de posiciones políticas tan dispares como la viuda de un destacado dirigente socialista guipuzcoano asesinado por ETA, un ex-ministro de la UCD también víctima del terrorismo, etc. 

Y el miércoles inmediato, siguiendo la valoración del acto en el blog de Ynestrillas, volvieron a la carga intentando buscar argumentos que apoyaran tamañas distorsiones y desprestigiadas teorías “conspiracionistas”. Esfuerzo inútil. 

Pero no acaba ahí el “seguimiento”. Días después, el pasado 2 de junio, con motivo de una reseña del libro que nos ocupa publicada en el semanario Alfa y Omega, el “progresista” redactor que firma con las iniciales “I.P.A.” creyó encontrar graves discrepancias internas dentro del catolicismo español y supuestas claves ocultas más propias de “El Código Da Vinci” que de un artículo riguroso. 

Volvamos a la presentación en Madrid que origina este comentario.

En esa rueda de prensa no se censuró a nadie; no se excluyó a ningún medio; no se quiso callar la boca a ninguna persona… justo lo contrario de lo que venimos sufriendo en el País Vasco y en otros lugares. 

¿Dónde está el problema, entonces? Pues en el sectarismo de una izquierda presa de su prejuicios ideológicos. Elevados a sumos guardianes de la ortodoxia de lo políticamente correcto, reparten excomuniones a diestro (sobre todo) y siniestro…, con un voluntarismo y una militancia que los hermanos del extinto Santo Oficio ya hubieran querido para sí. 

“Todas las posiciones políticas son legítimas salvo que empleen la violencia”; se viene afirmando machaconamente desde hace semanas y más desde el anuncio de la mal llamada “tregua” de ETA. ¿Todas? No. Seamos realistas: identificarse como “conservador”, de “derechas”, o mantener posiciones políticas disidentes con el poder político y cultural dominante de hoy, por ejemplo, discrepando con la percepción “buenista” de ZP en el llamado “proceso de paz”, expone a la marginación, el insulto, la información maliciosa… la exclusión, en definitiva. Flaco servicio están prestando a la verdad estos supremos “sacerdotes” de la secta progresista de lo “políticamente correcto”. Además, aburren. 

Una sugerencia: modifiquen el subtítulo de su medio añadiéndole “inquisitorial”; a lo de “diario digital progresista”. En su sentido peyorativo, claro está. 

José Basaburua 

Revista digital Arbil, Nº 105, mayo de 2006, especial dedicado al libro "La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas".

El Gran Capitán, o cómo poner una pica en Nápoles

En el otoño de 1494 un jovenzuelo y alocado monarca francés que se llamaba Carlos decidió invadir Italia y empezar a cosechar glorias desde el primer minuto de su reinado. El plan era ambicioso y arriesgado. Tenía que cruzar los Alpes, transitar por el Milanesado y la Toscana sin contratiempos, detenerse en Roma para ser coronado y terminar la gira en Nápoles, para destronar al decadente y poco motivado rey del vecchio regno, Ferrante II, a quien llamaban Ferrandino por lo apocado y falto de espíritu que era.  

Como era joven, valentón e irresponsable, no se preocupó de las consecuencias de su aventura. El emperador de Austria miraría para otro lado. El rey de Inglaterra poco podía decir, estaba muy lejos. En cuanto al de Aragón, único que podía sentirse directamente concernido, acababa de ser recompensado con la devolución del la Cerdaña y el Rosellón, dos comarcas que habían caído en manos francesas durante la guerra civil catalana, unos años antes.

Eso era, más o menos, lo que circulaba por su cabecita antes de ordenar a sus generales que cargasen las mulas y enfilasen el camino de Milán. Todo le salió como la seda, al menos al principio. En febrero del año siguiente hizo su entrada triunfal en Nápoles. Ferrandino, fiel a su carácter, salió disparado al sur, a Calabria, buscando la cercanía de Sicilia, que era parte de la Corona de Aragón. 

Mientras todo esto sucedía en Italia, Fernando de Aragón, el Católico, esperaba tranquilo. El Papa Alejandro VI, que era valenciano, le había avisado de la cabalgada francesa, de los excesos de sus tropas y de lo mal que le caía el presuntuoso niñato que, en un abrir y cerrar de ojos, se había adueñado de Italia. El rey se hizo el sueco, no movilizó al ejército de Sicilia ni envió un contingente por si Carlos, a quien aún le quedaba cuerda, tenía la ocurrencia de cruzar el estrecho de Mesina. Muy al contrario, dejó hacer al gabacho y se concentró en urdir una gran alianza internacional contra él. Decir que Carlos era muy malo y él muy bueno no colaba, así que tramó una coartada para que todos picasen el anzuelo. Propuso al Papa crear una Liga Santa para frenar el avance de los turcos en el Jónico. Todo un clásico. Eso implicaba que Francia debía abandonar Nápoles.

El Pontífice lo recibió de mil amores y cursó petición a todos los reyes de la Cristiandad, incluido el de Francia. Venecia se apuntó a la primera; le siguieron Austria, Inglaterra, Castilla y Aragón. Carlos dijo que nones, que para defender Nápoles de los sarracenos ya se bastaba el sólito. Había caído en la trampa. Rodeado Carlos por los cuatro puntos cardinales, Venecia llegó a un acuerdo con Milán para atacar a los franceses por el norte. Carlos acudió al combate sin saber que le esperaba una bochornosa derrota, de la que salió con vida de milagro. El sur, que era donde se ventilaba lo importante, se lo reservó Fernando.

Envió una flota armada hasta los dientes al mando de Garcerán de Requesens. A bordo viajaba Gonzalo Fernández de Córdoba, un capitán castellano que había servido en la guerra de Granada. Conjugaba en perfecta armonía valor, inteligencia y mano izquierda, ingredientes que, no tan casualmente, se dan en todos los grandes generales de la historia.

Gonzalo lo fue, y con letras mayúsculas. Las órdenes de Gonzalo eran restituir a la familia real, la de Ferrandino, en el trono napolitano. Para ello habría de trasladar el ejército hasta la península, liquidar a los franceses, reconquistar Nápoles y asegurarse el control de varias fortalezas. Casi nada. 

Con lo que había traído de España y el refuerzo de los napolitanos leales a Ferrandino franqueó el estrecho y, ya en Calabria, buscó el encuentro con los franceses, a quienes pensaba pasaportar de una tacada. Error fatal, porque los que le estaban esperando eran los propios franceses, que se habían anticipado al plan del cordobés. En Seminara Gonzalo cobró su primera y última derrota en Italia. El ejército de Montpensier estaba mejor preparado y había hecho un uso combinado de la artillería y la caballería que era casi imposible de replicar con las artes de la guerra que Gonzalo traía aprendidas de España. Acantonó a sus tropas en Reggio, para reponerse y reflexionar sobre el desastre.

Había una cosa buena: no habían conseguido obligarles a regresar a Sicilia, y otra mala: eran más, y mejor armados, de lo que pensaba. Tenía, además, que aprender del enemigo. Los franceses estaban muy bien organizados, sus distintas compañías funcionaban con precisión, sin estorbarse y entrando en combate en el momento adecuado. Había que inventarse de cero la milicia española, y había que hacerlo rápido: los franceses no le iban a dar otra oportunidad.  

Escribió a los reyes para que le enviasen refuerzos, soldados, cuantos más mejor, y dinero, que sin ese no hay ni guerra, ni gloria ni nada de nada. Procedió entonces a reorganizar su ejército. Restringió el uso de ballesteros, que eran una antigualla, y de los incontrolables jinetes ligeros para dar protagonismo a los arcabuceros –uno por cada cinco infantes– y a la infantería. Los primeros podrían descabalgar a distancia a los resueltos jinetes franceses; los segundos darían buena cuenta de los piqueros suizos, que Carlos utilizaba con profusión.

Para asaltar las compañías de piqueros ordenó que los infantes llevasen dos lanzas, y una espada corta para clavar en los vientres de los enemigos. Los españoles siempre hemos tenido mucho arte con las espadas cortas; de ahí a la navaja y al navajazo hay sólo un paso.  

La estrategia también tenía que cambiar. La batalla campal y otras simplezas tácticas medievales ya no valían. Creó divisiones mandadas por un coronel y dejó de lado la antigua columna de viaje, sustituyéndola por el orden de combate, de manera que los soldados siempre estaban preparados para luchar.

Con todo, su innovación más original fue la de motivar a los soldados. Les hizo sentirse parte de algo importante, no mera carne de cañón en busca de botín. No escatimó ni dinero ni tiempo para adiestrar a sus hombres, incentivó los ascensos por méritos y estimuló el sentido del honor y de servicio a una causa.  Gonzalo Fernández de Córdoba no lo sabía, pero esa reforma sería el germen de los tercios españoles, una máquina de hacer la guerra que estuvo ganando batallas ininterrumpidamente durante siglo y medio.

Los primeros en probar la medicina hispana fueron los franceses de Montpensier, y tal fue el palo que se llevaron que, tras batirse con la infantería española, aseguraron no haber peleado "contra hombres sino contra diablos". En julio de 1496 Gonzalo estaba de nuevo en marcha. Los franceses se habían retirado hacia Apulia y tenían sitiada la plaza de Atella, a medio camino entre Nápoles y Tarento. Enterado Alejandro VI del paradero de Montpensier, escribió al capitán andaluz para pedir su auxilio. Esta vez fue cosa de llegar, ver y vencer. Los franceses fueron diezmados y huyeron hacia el norte. Gonzalo se dirigió a Nápoles, donde entró días después aclamado por los napolitanos: "Por común consentimiento de todos fue juzgado ser verdadero merecedor del nombre de Gran Capitán".  

La aventura del inexperto Carlos VIII había terminado peor que mal: no sólo no había conquistado Nápoles, sino que se lo había entregado en bandeja a Fernando de Aragón, su peor enemigo. El francés apenas tuvo tiempo para recrearse en su odio: poco después murió, como consecuencia de un accidente doméstico, sin dejar descendencia. Se dio un golpe en la cabeza contra el dintel de una puerta. Y es que la precipitación termina pasando factura. 

El sucesor de Carlos, Luis XII, heredó, aparte de la corona, la apetencias de quedarse con Italia. Pero no era tan ingenuo. Antes de tirarse a la piscina se lo pensó dos veces y se buscó algunos aliados. En 1499 los franceses estaban de vuelta en Milán. Fernando, que tenía abiertos varios frentes, se avino a negociar. Invitó a Luis XII a firmar un tratado para repartirse la Bota entre los dos: el norte para Francia y el sur para España. El francés aceptó encantado y envainó el sable, en espera de mejor ocasión. Ocasión que no tardaría en presentarse porque, como es bien sabido, dos gallos no pueden compartir el mismo corral. Felipe de Habsburgo, el Hermoso, que estaba casado con Juana de Castilla, la Loca, pensó que esa era su oportunidad para ir haciéndose un capitalito al margen de lo que heredase.

Concertó un acuerdo con Luis XII en Lyon por el que reinaría en Nápoles hasta que su hijo Carlos (el futuro Carlos V) y la hija del rey de Francia, Claudia, estuviesen en edad de merecer y de heredar. El plan era tan tonto como su creador. Fernando no tragó y ordenó a las compañías españolas en Nápoles que se pusiesen en pie de guerra.  Gonzalo, que había regresado a España convertido en lo más parecido a un héroe, fue enviado de nuevo al escenario de sus triunfos pasados.

Fernando ordenó armar dos flotas: una en Barcelona y otra en Cartagena, para dejar claro que la empresa italiana era ya un asunto que concernía por igual a castellanos y aragoneses; spagnoli, tal y como eran conocidos ambos en Italia.  El Gran Capitán se dirigió a Mesina para reunirse con los regimientos de Calabria, y allí recibió el apoyo de una tercera flota, capitaneada por Luis de Portocarrero. El Católico había puesto toda la carne en el asador. Italia sería española o no sería, así de sencillo. Gonzalo, entretanto, ansioso por encontrarse de nuevo con los franceses, se internó en la península y fue a dar con ellos en un lugar muy familiar: Seminara, el mismo en que había sido derrotado años atrás. Esta vez fue diferente: machacó a la tropa gala y siguió avanzando.  

Luis XII había destacado en Italia al duque de Nemours, un joven y ambicioso general llamado a ser la horma del zapato de Gonzalo. El francés se retiró hasta la costa del Adriático para recibir ayuda de los venecianos, que se habían puesto de su lado. Puso sitio a Barletta y espero a que el andaluz corriese en su auxilio. Ese sería el cebo: una vez allí, otro ejército francés, liderado por el propio Nemours, le saltaría por la espalda. Gonzalo, como estaba previsto, acudió a liberar Barletta. Entonces todo el plan de Nemours se torció.  Gonzalo levantó el asedio en tiempo récord, y antes de que Nemours pudiese moverse salió en su búsqueda. Se lo encontró un poco más al norte, en Ceriñola.

El plan de batalla de Gonzalo fue magistral. Mandó cavar unos fosos para detener a la caballería a piquetazos. Hecho esto, descargó toda su pólvora sobre los piqueros suizos y lo que quedaba de caballería. Entonces, cuando el enemigo estaba tocado de muerte, cargó con 6.000 infantes y 1.500 caballeros. La derrota francesa fue total. En el recuento de bajas sólo había 100 españoles muertos, por 3.000 franceses, entre los que se encontraba el propio Nemours. Enterado Gonzalo de que su rival se había dejado la vida en el lance, ordenó que trajesen el cadáver ante su presencia. Ante la estupefacción de sus oficiales, le dedicó un sentido homenaje e hizo que le sepultasen con honores. Lo cortés no está reñido con lo valiente. Hasta en esto Gonzalo Fernández de Córdoba se adelantó a su tiempo.  

Con idea de evitar que el enemigo se reagrupase, la hueste española corrió hacia Nápoles, donde el Gran Capitán fue recibido como uno de los héroes de la Antigüedad. Los nobles napolitanos habían encargado un arco del triunfo para que Gonzalo lo atravesase con sus hombres. El cordobés se negó elegantemente: aquel reino no le pertenecía a él, sino a Fernando el Católico. Alardes de nobleza como éste le valieron una fama que cruzó Europa de punta a punta. El condottiero español era, amén de invencible, leal y caballeroso. Los franceses, sin embargo, no se habían rendido. Luis XII, emperrado con Nápoles como un niño pequeño, envió tropas de refuerzo a Gaeta.

Gonzalo acudió a su encuentro desplegando una estrategia tan novedosa como inteligente. En lugar de cargar directamente sobre Gaeta, dejó que los franceses se confiasen y bajasen hasta el río Garellano con toda su artillería. Diseminó sus compañías a lo largo de varios kilómetros de barrizales para desgastar al enemigo. Llegado el momento, ordenó cruzar el río, rematar a los dispersos artilleros franceses y, ya sin defensas, rendir Gaeta con pocas bajas. Una soberbia lección de cómo se gana una batalla, y de cómo se obedecen las órdenes. Fernando le había pedido por carta que no malgastase hombres ni dineros, que evitase las carnicerías; "mucho más nos serviréis en conservar eso con paz que en darnos todo el reino con guerra".  

Tras la victoria de Garellano, Luis XII entendió que de Roma para abajo todo esfuerzo era inútil. Los españoles había puesto una pica en Nápoles, y no había modo de arrancarla del suelo. La pica seguiría clavada en el soleado mezzogiorno durante dos siglos más, hasta la paz de Utrecht. Ya desvinculada de la corona española, Nápoles permanecería ligada a España por lazos dinásticos hasta que, en 1860, Garibaldi incorporó el vecchio regno a la Italia de los Saboya.  

La empresa italiana fue la más provechosa y afortunada de cuantas España ha emprendido en Europa. Un torrente de refinada cultura italiana se derramó sobre nuestro país. Nápoles se convirtió en la ciudad más próspera y poblada de corona. A cambio, los primeros tomates llegados de América en las flotas de Indias posibilitaron que algún napolitano ingenioso inventase la pizza, el plato más universal del mundo. La toponimia, los apellidos y hasta ciertas formas dialectales del sur de Italia guardan memoria de la dilatada presencia española. Nuestra lengua se llenó de italianismos que traían pintores, escultores y músicos.  Fue una fructífera simbiosis latina. El buen recuerdo por la historia compartida es mutuo.  

Por Fernando Díaz Villanueva 

www.diazvillanueva.com 

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 11 de junio de 2006

DEL EFECTO DOMINÓ AL EFECTO BLINDAJE

MADRID, viernes, 9 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el análisis que ha presentado el profesor Rafael Navarro-Valls, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, en las páginas del periódico «El Mundo» (8 junio 2006)

El Senado de los Estados Unidos acaba de debatir una enmienda a la Constitución federal que define heterosexualmente el matrimonio. Aunque no haya sido aprobada, supone una manifestación más del reflejo defensivo que se está generando frente al modelo de matrimonio homosexual. Las pocas leyes que lo admiten están produciendo consecuencias importantes en el marco del Derecho internacional. Más en concreto, han desencadenado un débil efecto «dominó» y un potente efecto «blindaje». Por el primero, países alejados de esa preocupación han visto debatido el tema en sus campañas electorales, aunque con juicio negativo global. Es el caso de Chile, México, Perú y algunos países del Este. Pero el «efecto blindaje» ha sido más potente que el «efecto dominó». Un claro ejemplo es la serie de medidas legales orientadas a defender internacionalmente el matrimonio heterosexual. Tiende así a «globalizarse» una especie de «cordón sanitario» defensivo frente al minoritario modelo de matrimonio homosexual.


En los propios EE.UU, treinta y siete estados han promulgado leyes definiendo expresamente el matrimonio como «unión legal de un hombre y una mujer». Diecinueve de estas leyes han sido aprobadas por referéndum. Siguieron así el ejemplo de la Ley Clinton de Defensa del Matrimonio que, a efectos federales, sólo concede vida legal al matrimonio heterosexual. Como en algún estado aislado (Massachussetts), la judicatura ha declarado inconstitucional este modelo, toda otra serie de ellos – concretamente 19 - han introducido enmiendas a sus Constituciones proscribiendo el modelo de matrimonio homosexual. La media de los referendos populares en esos estados arroja una mayoría entre el 60-70% de votantes favorables al modelo de matrimonio heterosexual. Incluso los senadores que han votado contra la enmienda federal no se han manifestado favorables al matrimonio homosexual. Han votado en contra de una enmienda a la Constitución «porque entienden que el matrimonio es una cuestión de los estados». Por su parte, otras zonas anglosajonas están dando marcha atrás. Tanto los gobiernos de Canadá como de Australia anuncian su intención de anular las leyes sobre matrimonios homosexuales vigentes en zonas de esos países.

Latinoamérica ha reaccionado también mostrando su oposición al matrimonio homosexual. Por ejemplo, Honduras ha modificado su Constitución para definir el matrimonio como “unión legal de hombre y mujer”. Guatemala ha aprobado una ley que impide reconocer en el país a los matrimonios homosexuales celebrados en el extranjero. El Tribunal Constitucional de Costa Rica hace unos días ha declarado inconstitucional el matrimonio entre personas del mismo sexo. Este mismo año, fui invitado por los Defensores del Pueblo mexicanos ( uno por estado, más el presidente de la Comisión federal de Derechos Humanos) para debatir este tema. Muy mayoritariamente - de izquierdas, derecha y centro – se mostraron adversos al matrimonio entre personas del mismo sexo. Algo similar está ocurriendo en las elecciones presidenciales de México. . Los candidatos peruanos - incluido el vencedor socialdemócrata Alan García - han manifestado opiniones parecidas. En fin, si estamos a sus declaraciones, la presidenta socialista Michelle Bachelet en Chile no parece muy partidaria de introducir el experimento.

El hecho de que en España el Tribunal Constitucional estudie la posible inconstitucionalidad de la aprobada ley de matrimonio homosexual no debe verse, pues, como algo excepcional. Probablemente es un reflejo interno de ese «efecto blindaje» que se observa externamente.
ZS06060910

El fin del bilingüismo en Cataluña

Falta una semana para que los catalanes voten si se aprueba la reforma del Estatuto de Cataluña. El texto, de 223 artículos y 19 disposiciones adicionales, es todo un ejercicio de intervencionismo por parte de la administración pública en la vida de los ciudadanos. El lenguaje será el principal factor de discriminación. Si triunfa el en el referéndum, el catalán se convertirá en la lengua propia, vehicular y preferente en las administraciones públicas, en la educación y en los medios de comunicación públicos en Cataluña. Así lo establece el artículo 6.1 del texto estatutario. Todos los ciudadanos estarán obligados a conocer el catalán. Cualquier trabajador que quiera ingresar en la administración pública sólo podrá hacerlo si demuestra un conocimiento “adecuado y suficiente” del catalán. El Estatuto consagrará las sanciones a aquellas empresas que no rotulen sus establecimientos en esta lengua. La administración catalana ya está imponiendo sanciones como consecuencia de las denuncias anónimas que reciben las denominadas Oficinas de Garantía Lingüística. La Generalitat está facilitando, por ejemplo, modelos para denunciar al camarero que no nos ha atendido en catalán o al tendero que no tiene su rótulo en esa lengua. La entrada en vigor agravará la situación de aquellos padres que quieran para sus hijos un modelo educativo bilingüe catalán-castellano. Hoy día no es posible para los padres elegir lengua vehicular en educación primaria. Es una consecuencia de los desarrollos de la Ley de Normalización Lingüística del año 83. Resuenan en este punto los pasos que describía Hannah Arendt en su descripción de la limitación del pluralismo. El primero de estos pasos se da cuando la identidad colectiva del ‘pueblo’ prevalece sobre la libertad del individuo (a ello se han dirigido las políticas de “cohesión social” de los gobiernos catalanes). El segundo paso se da cuando a un ‘pueblo’ se le reconocen unos derechos históricos en exclusiva sobre un territorio determinado. El tercer paso se da cuando el ‘pueblo’ unido en torno a una identidad cerrada y constituido en nación reclama su derecho de autodeterminación, la voluntad de hacer coincidir nación y Estado. Roberto de la Cruz

Páginas Digital, 10 de junio de 2006

Revolucionario, trasgresor y católico: Andy Warhol, en el Museo Diocesano de Barcelona

El rey del Pop Art “encontraba en la Iglesia el contrapeso a todo lo negativo de la sociedad”El artista no ocultaba su condición de católico practicante y tenía en su despacho un Cristo”, dice sobre Andy Warhol el director del Museo Diocesano de Barcelona, Josep Maria Martí Bonet. Más de un centenar de obras suyas, realizadas por el artista desde 1957 hasta el año de su muerte, 1987, se exponen en la Pia Almoina del 1 de junio al 9 de julio, mostrando la cara más íntima y desconocida del llamado rey del Pop Art. El sacerdote Martí Bonet aseguró en declaraciones a la agencia VERITAS que “Warhol era muy contradictorio. Por un lado, muy revolucionario, pero por otro, encontraba en la Iglesia católica el contrapeso a todo lo negativo de la sociedad y la gran solución a todos los problemas que él mismo sufría en su carne”. “Era un hombre muy contemporáneo, con problemas que hoy están en la calle, pero con esperanza, a pesar de todo”, dice de Warhol el director del museo, quien también se refirió a la voluntad del artista de hacer una evocación de la Última Cena en la etapa final de su vida. Las obras del vanguardista pintor que se exponen en el Museo Diocesano son en su mayoría inéditas y proceden de coleccionistas privados americanos, italianos y franceses, según explicó el día de la inauguración el comisario de la exposición, Gianfranco Rossini, que conoció a Warhol en 1974. Del total de obras expuestas, 80 son piezas ‘únicas’, a las que se suman retratos del artista a cargo de Hans Namuth y Mimmo Jodice, así como un conjunto de 28 fotografías de Dino Padriali capturadas en 1975, destacó Rossini. “Extremadamente tímido y espiritual” El lado más espiritual de Warhol es confirmado también por Rossini, quien considera, por otra parte, que el ‘gurú’ del Pop Art se ganó a pulso su fama de hombre frívolo. “Soy una persona profundamente superficial... el mejor arte de todos es hacer un buen negocio”, había dicho en más de una ocasión. Sin embargo, a pesar de ser un hombre polémico y mordaz, era también un ser “extremadamente tímido y espiritual que cada mañana cumplía con el rito de asistir a la Iglesia”, dice el comisario de la exposición. El que fuera icono de muchos de los artistas vanguardistas de los 60 y 70 llegó a producir una gran cantidad de obras de lo más variopinto. En la muestra, que ya se ha visto en Italia y se anticipa un año a la celebración del vigésimo aniversario de Andy Warhol, se pueden contemplar algunas de sus primeras producciones, entre ellas la serie Gold Book (1957) de 20 dibujos realizados a partir de la técnica ‘blotted line’, que consiste en extender tinta o acrílico por una superficie pulida para después ser trasladada a papel. Siguiendo el mismo sistema crea en 1962 Seven drapes, estudio para un motivo de decoración repetitiva que también se exhibe en la muestra. A partir de los años 60, Warhol dirige su creatividad hacia la realización de obras personales no vinculadas a su actividad publicitaria, sino basadas en imágenes comerciales. A caballo del consumo En la cresta de la ola, el guru del Pop Art, que elevó los mitos humanos y los productos de la sociedad de consumo a la categoría de arte, entra en una fase expresionista abstracta que produce, entre otras, sus primeras obras centradas en la Coca-Cola, tal y como refleja la muestra con la litografía Three Coca-Cola bottles (1962). Tras el éxito alcanzado con este firma, Andy Warhol propone una serie de imágenes análogas de objetos comerciales realizadas mediante procedimientos mecánicos. De este periodo destaca en la exposición Flowers, que forma parte de la serie del mismo nombre que el artista realizó en distintos soportes, medidas y colores. Uno de los principales atractivos de la muestra son dos vestidos elaborados con imágenes del envase de la sopa Campbell, célebre símbolo de la obra de Warhol. Ambos datan de 1968 y están estampados sobre algodón y celulosa.  Mitos del cine y el espectáculo La exposición prosigue con los retratos de personajes famosos del mundo del cine y el espectáculo, que Warhol realizó a principios de los años 70, entre los que destacan Mick Jagger, Mao Tse-Tung, Liza Minelli y su padre, Vincent Minelli. Las obras dedicadas a Liza Minelli, realizadas con distintos fondos y encuadres, constituyen obras “raras y únicas”, ya que la cantante nunca autorizó a Warhol la reproducción seriada de su imagen, tal como explicó la organizadora de la muestra, Charo San Juan.  La muestra recoge también la famosa serie Ladies & Gentleman (1975), dedicada a un grupo de amigos aficionados a disfrazarse imitando el aspecto de sus héroes y estrellas favoritas. La serie de obras sobre frutas Space fruits, un tema inédito en él hasta entonces, que prosiguió con Grapes, se exponen también en esta muestra, que ofrece la oportunidad de contemplar la refinada Diamond dust shoes, elaborada con polvo de diamante sobre tela y cartón. Retratos de personajes de la cultura europea como Mildred Scheel o Kimiko marcan la obra de Warhol, así como los de su amigo Joseph Beuys, protagonista del arte conceptual europeo. Eran los comienzos de los 80, cuando el artista realiza también Camouflage, como respuesta irónica a la guerra, y After Munch. Marilyn, la leyenda La exposición, como no podría ser de otra manera, constituye un testigo de la fascinación de Warhol por el mito de Marilyn, una auténtica leyenda cinematográfica, a quien inmortalizó en numerosos retratos. Así, la exposición recoge la serie Sunday B. Morning, en la que el artista invita al comprador a estampar su firma. Embrujado por la ciudad de Nápoles, donde sus obras tuvieron una excelente acogida, el genio del pop art crea Vesuvius, dedicado al volcán, mientras que de sus últimos trabajos destaca el inquietante retrato de Lenin sobre un fondo rojo que, junto a un retrato del artista, ponen fin a la exposición. 

Martí Bonet destacó que esta exposición se enmarca en la voluntad del centro de “abrir diálogos con el arte más moderno” y recordó que el Pop Art “ha sido capaz de conectar con el pueblo”.

Isabel Ordóñez

Forum Libertas, 9 de junio de 2006

Hallan en el yacimiento de Veleia (Álava) la representación más antigua del Calvario (s.III)

Cristo crucificado y los ladrones a sus lados, en una cerámica muy anterior a la legalización del cristianismo Los testigos de Jehová dicen que Jesús no murió en una cruz sino en un palo vertical. Otros grupos dicen que Jesús simplemente no murió. O que no existió. Y El Código Da Vinci dice que todo es un invento de Constantino en el año 325.  Pero la arqueología es tozuda: han hallado en unas cerámicas del yacimiento romano de Veleia (Álava) una representación de Jesús en la cruz junto a los dos ladrones. A sus pies, dos figuras, posiblemente la Virgen y San Juan. Según la prueba del carbono 14 pertenece al siglo III. En aquella época aún se crucificaba gente y los cristianos casi nunca representaban la cruz, que era una forma horrible e ignominiosa de morir. Se aludía a ella con símbolos como el arado, el mástil con la vela, el ancla... Poco después de despenalizar el cristianismo, Constantino prohibiría las ejecuciones por crucifixión en el Imperio, una de sus mejores aportaciones a la humanidad.  Lo que se han encontrado son dibujos y textos grabados sobre cerámicas que se usaban para educar a niños de buena familia. En una época sin papel y siendo carísimo el papiro y el pergamino, escribir sobre cerámicas (restos de tinajas rotas, por ejemplo) era muy común.  Se trata de una pieza de diez centímetros cuadrados. En la parte superior de la cruz de la cerámica alavesa aparece escrito RIP (requiescat in pacem-descanse en paz), un epitafio que comenzó a utilizarse justo en esa época. La datación viene por carbono 14, por acelerador de partículas y otra serie de sofisticados análisis de laboratorio al que investigadores vascos, holandeses y franceses han sometido a la cerámica. El director de las excavaciones de Iruña-Veleia, Eliseo Gil, no duda. "Cuando lo descubrimos, nos quedamos anonadados", admitió el arqueólogo en una atestada presentación de prensa.

Con la pieza había textos del tipo "pater nostrum". Son la prueba de que el cristianismo se extendió pronto por zonas del Imperio incluso lejos de las ciudades costeras, y que se se habían asentado en el País Vasco dos siglos antes de lo que se pensaba. "Son testimonios importantes de una época convulsa, cuando el mundo pagano llegaba a su fin, pero al mismo tiempo se ordenaban las últimas grandes persecuciones contra el cristianismo, que un siglo después fue declarado religión oficial del Imperio Romano", agregó.

En total hay un conjunto epigráfico de 270 grafitis sobre restos de cerámicas y huesos. Esta colección es la que realmente convierte a Veleia-Iruña en una ciudad romana capaz de codearse con las catacumbas romanas, Pompeya (Italia) y Vindolanda (Reino Unido).
 Pero sólo algunas tratan de temas religiosos; las hay también de cultura general (lecciones sobre el poema virgiliano de La Eneida, por ejemplo) o sobre aspectos de la vida cotidiana. Eran pedazos de loza utilizados como «tablillas de apuntes» por niños y adultos de una familia influyente de la época.  Hablan de sus costumbres y de sus métodos de aprendizaje. Incluso hay declaraciones de amor. La variedad de temas cotidianos hacen los restos «únicos en el mundo romano».

El equipo de 16 expertos que dirigen Eliseo Gil e Idoia Filloy se topó con la ostraka -fragmentos de cerámica- en julio de 2005, cuando ampliaban la excavación de la casa Domus Pompeia Valentina. Junto a uno de los patios hallaron una habitación de 57 metros cuadrados sellada por el derrumbe del techo de un piso superior y, por tanto, intacta. Lo que al principio pensaron que era «basura doméstica» pronto se reveló como algo sorprendente.
 Al parecer, los alumnos de la casa tenían un maestro de cultura grecolatina pero de origen egipcio, interesado en la historia antigua egipcia y en sus antiguas divinidades y la escritura jeroglífica, temas de los que algo explicó a sus alumnos en una época en que ya no se escribía en estos signos. Además, con él aprendieron a hacer retratos de sus familiares, a pintar paisajes y escenas cotidianas. ¿Sería también su maestro de cristianismo? 

A medida que se vayan analizando y contextualizando los restos encontrados sin duda serán muchos los hallazgos interesantes.  

 Forum Libertas, 9 de junio de 2006