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Políticamente... conservador

En el PP comienzan a cundir los nervios por la "parálisis" de Rajoy

El líder popular ha decidido dar una oportunidad al Gobierno y "esperar y ver", apoyado por los "moderados" de su entorno, pero provocando al mismo tiempo la queja de los "duros".

El PP está atravesando un delicado momento interno. La decisión personal de Mariano Rajoy de pisar el freno en la política de oposición e imponer la cautela, sobre todo en lo que afecta a la definición de su propia imagen pública con respecto al alto el fuego de ETA, está generando desconcierto e incluso contrariedad en algunos sectores del partido.

El jefe de la oposición se mueve con un principio básico como referente: que debe medir las formas con las que hace ver sus recelos sobre el proceso de paz, porque no puede alentar en la opinión pública la idea de que está poniendo obstáculos al fin del terrorismo. Esta decisión de reservarse, aguantar y ver la comparten y la promueven desde su entorno, es decir, personas como Francisco Villar, José María Lassalle... Y detrás de ella están también, lógicamente, dirigentes que se autodenominan como "centristas", es el caso de Soraya Sáenz de Santamaría, Josep Piqué, Gabriel Elorriaga, Alberto Ruiz-Gallardón...

El problema es que la táctica está teniendo consecuencias externas e internas de cierto relieve, como la de que el propio Rajoy, con su espíritu proteccionista, dé a entender que alienta -con el Gobierno como amplificador- la teoría de que Ángel Acebes y Eduardo Zaplana son los "extremistas" mientras que él es el moderado. Los elogios de La Moncloa al jefe de la oposición han generado, de hecho, malestar en algunas altas instancias "populares", que empiezan a plantear en alto, sin comedimiento, incómodos interrogantes sobre los "beneficios" partidistas de los "personalizados" aplausos del Gobierno.

Portavoces de "peso" se están encargando de hacer que el presidente del partido tenga conocimiento del nerviosismo y la contrariedad generadas por su estrategia de oposición en este nuevo contexto político. Como siempre, en medio de las dos corrientes, Rajoy intenta calmar los ánimos, afirmando en las reuniones internas que tiene que escuchar a los "moderados" y a los "duros": aunque a día de hoy, según coinciden en análisis unos y otros, la balanza se ha empezado a inclinar hacia los primeros.

Lo que nadie se está atreviendo a trasladarle es que tanto miembros de una corriente como de la otra han empezado ya a hablar en los cenáculos periodísticos de 2008 en términos de derrota, y situando la incógnita en si se perderá por mayoría absoluta o sólo por poco. "Esto está dando la vuelta continuamente. Pero hoy, estamos abajo", reconoce un dirigente veterano en la "cocina" de Génova.

 

 

El Semanal Digital, 27 de abril de 2006

 

EL 'COMPROMISO' DEL MUNDO DEL CINE: T de Terrorismo

En lo relativo al extremismo ideológico y la violencia política, una de las pocas decisiones moralmente claras que Hollywood parece haber podido tomar es que el nazismo fue algo malo. De ahí en más, todo resulta confuso, grisáceo o relativo para los genios creativos de la industria del entretenimiento en celuloide. Tres películas de estreno reciente ilustran el punto: Munich, de Steven Spielberg, una realización edulcorada que muestra titubeo en condenar sin amages el terrorismo; Paradise Now, de Hani Abu Assad, una apología descarada del terrorismo suicida palestino, y V de Vendetta, de los hermanos Andy y Larry Wachowski, bizarro film que celebra sin ambigüedades el anarquismo y terrorismo de antaño. En Munich, en lugar de enfocarse en las obscenidades del terrorismo, Spielberg prefirió tratar los dilemas éticos del contraterrorismo, y, para empeorar aún más las cosas, termina sugiriendo que moralmente no hay mayores diferencias entre lo primero y lo segundo.

Aquí no hay buenos y malos, conforme al clásico patrón de Hollywood, sino personajes atormentados por el peso de sus conciencias en tanto avanzan en la consecución de su misión; ellos son los agentes israelíes que deben ajusticiar a los militantes palestinos que planearon y ejecutaron el asesinato de 11 compatriotas en las Olimpíadas de Munich de 1972. Las líneas entre lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral, van gradualmente diluyéndose hasta transformarse en una masa acuosa que al evaporarse no deja tras de sí certeza ética alguna.

La frase más citada del film: "Toda civilización encuentra necesario negociar concesiones con sus propios valores", intenta sugerir que hay algo intrínsecamente errado en la noción de luchar contra el terror. Este film puede ser visto como un espejo de la confusión interna de su director en lo relativo a la lucha antiterrorista, acontezca ésta en Israel o en su país natal.

Paradise Now es un film de alto contenido político dirigido por un palestino nacido en Nazaret, portador de ciudadanía israelí, que actualmente reside en Holanda. Esta película, aún no estrenada en la Argentina, recibió entre otros el premio del Festival de Berlín y el Golden Globe a la mejor película extranjera, y fue nominada en la misma categoría a los premios Oscar de la Academia.

La película narra la historia de dos atacantes suicidas palestinos mientras preparan un atentado en Tel Aviv. Sus críticos han centrado sus protestas en la amabilidad del retrato de los atacantes, en la ausencia de sentimientos hacia las víctimas y en la glorificación del fenómeno del terrorismo suicida presente en la trama. El cineasta palestino se defendió aduciendo que el "verdadero terrorismo" emana de Israel, "el estado ocupador". Trágica e irónicamente, el día que Paradise Now recibió uno de sus premios en Europa, un terrorista palestino se inmoló en la localidad israelí de Netanya, matando a seis personas e hiriendo a varias otras.

Es muy lamentable que la comunidad artística mundial haya sido incapaz de sancionar un film que exalta el terrorismo. Que esta producción haya cosechado tantos premios en Europa y EEUU es un testimonio a la banalización occidental de la violencia política actual.

Es, no obstante, la película V de Vendetta la que uno debe ver para advertir hasta qué niveles ha llegado la trivialización del terrorismo. Esta película está inspirada en la historia de Guy Fawkes, el anarquista católico que en 1601 intentó volar el Parlamento británico. El film es absurdo en muchos aspectos, pero altamente inquietante en al menos uno: puede tener el efecto de que las audiencias salgan de las salas de cine aplaudiendo a un terrorista que logra hacer volar en mil pedazos el Big Ben mediante explosivos transportados en el sistema subterráneo londinense.

El estreno de V de Vendetta –planeado para noviembre de 2005– debió ser postergado hasta marzo de 2006, para tomar distancia temporal de los ataques de julio en Londres. Celebrar el terrorismo a cuatro meses de aquella pesadilla sería de mal gusto, habrán concluido los gurús marketineros del film. ¿Otros cuatro meses después estará bien?

Llamémoslo ironías del destino, si se quiere, pero hay algo de simbólico en ello. Es como si no importara cuánto Hollywood lo siga intentando: la realidad, tarde o temprano, termina haciendo añicos sus fantasías de celuloide. Y pocos casos ilustran esto como el del director árabe-americano Mustafá Akkad.

Akkad nació en Siria y se mudó a EEUU, donde estudió cinematografía. Si bien produjo la serie de películas Halloween, dedicó gran parte de su vida profesional a presentar una imagen positiva de los musulmanes, a quienes él consideraba que Hollywood no retrataba con justicia. En películas como Mohammed, Messenger of God, sobre la vida de Mahoma, o Lion of the Desert, sobre los beduinos que luchaban contra el colonialismo, este director aspiraba a presentar una épica musulmana divergente de los convencionalismos en los que, según él, los productores estadounidenses regularmente caían.

Estaba preparando una nueva película cuando murió. El film se llamaría Saladin, sería protagonizado por Sean Connery y su propósito sería proteger el Islam de las distorsiones occidentales. Tal como él mismo acotó: "El Islam ahora mismo está siendo retratado como una religión ’terrorista’ en Occidente, y al hacer este tipo de película estoy mostrando la verdadera imagen".

El 9 de noviembre de 2005 varios terroristas suicidas musulmanes fueron enviados por Abú Musab al Zarqaui hacia Ammán, la capital de Jordania. Una vez allí, se inmolaron en los hoteles Radisson, Grand Hyatt y Days Inn, provocando la muerte a docenas de personas.

Una de las víctimas fue Mustafá Akkad.

Julián Schvindlerman, escritor argentino. Autor de Tierras por paz, tierras por guerra.

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 29 de abril de 2006

The Neoconservative Vision

Gerson, M.: The neoconservative vision, ed. Madison, Lanhan 1996, 370 págs.

 

El neoconservatismo es un movimiento político-intelectual de perfiles poco precisos que, además de su oposición al socialismo, suministró importantes bases doctrinarias a la derecha norteamericana, la que alcanzó el poder con Reagan, Algunos de sus presuntos miembros no aceptan la etiqueta y, entre ellos, hay notables diferencias de matiz ¿Quiénes son? A la cabeza suele figurar Irving Kristol que no ha escrito ningún libro, aunque sí numerosos ensayos. Destacan el católico R.J. Neuhaus, el jurista R. Bork, el sociólogo D.P. Moynihan, el teólogo M. Novak, el politólogo N. Podhoretz, la historiadora, G. Himmbelfarb, el crítico P. Johnson, el pedagogo A. Bloom, el filósofo E. Bradford y otras muchas primeras figuras de la intelectualidad norteamericana de la segunda mitad del siglo XX.

 

Una nota distintiva de bastantes neoconservadores es su genealogía judía y su conversión desde la izquierda igualitaria hacia la derecha conservadora, en gran parte como consecuencia de la evolución del socialismo real en Rusia y países satélites.

 

¿Cuál sería el común denominador de los neoconservadores? El autor señala algunos principios. En primer lugar, la afirmación de la complejidad de lo real frente a las simplificaciones y reduccionismos ideológicos. En segundo lugar, el reconocimiento de que el hombre no es naturalmente bueno y que frecuentemente se inclina hacia el mal. El tercero es que el hombre existe inserto en la sociedad a la cual se debe y de la que depende. El cuarto es que la historia no viene determinada por la economía, sino por las ideas de la clase dirigente.

 

El neoconservatismo americano cuenta con importantes revistas, alguna con decenas de millares de suscriptores: «Commentary», «The public interest», «First things», «National review», y otras.

 

Al derrumbarse el socialismo real, el neoconservatismo ha perdido su principal antagonista; pero persisten los «liberals» norteamericanos, que son una especie de socialdemócratas muy peculiares, a los que ha arrebatado el monopolio de la inteligencia que lograron desde los tiempos del nefasto Roosevelt, el fautor de Yalta.

 

Gerson, apoyado en una copiosa bibliografía, va describiendo las tensiones y los éxitos del neoconservatismo estadounidense, especialmente en torno a los debates sobre el capitalismo y la moral frente al colectivismo y el permisivismo. Su hostilidad al conservatismo tradicional, que denomina «paleoconservatismo», es tan injustificada como insistente.

 

J.L. Nuñez.

 

Razón Española, Nº 87

 

Republicanos, familias y California

El Partido Republicano se presenta como defensor de las familias, ¿tiene este posicionamiento un impacto real?

 

No es de extrañar que en Estados Unidos proliferen los analistas políticos. En el país del marketing hace mucho que se estudian los comportamientos y sus pautas, las tendencias y cómo potenciarlas o crearlas. También en el ámbito político: cuando aquí se estilaban los sesudos discursos al otro lado del Atlántico lo que se llevaba era el mensaje directo, claro y, a ser posible, envuelto con cintas de colores. Pero esta tendencia, como bien señalaba en un artículo publicado en este mismo blog por Guillermo Elizalde, La Convención popular y la convicción republicana, no se limita a lo superficial sino que pretende profundizar, ganando una solidez analítica de la que carecen las más de las veces nuestros analistas patrios.
El último ejemplo es el estudio realizado por Steven Sailor, colaborador de la revista The American Conservative y columnista en VDARE.com. Su tesis es la siguiente: el voto norteamericano se guía cada vez más por el factor “familia”. La insistencia del Partido Republicano por presentarse como un partido que defiende los “valores familiares” es recibida con mayor simpatía por aquellos que han formado una familia. Bastante evidente, pero como muchas cosas en esta vida alguien tenía que decirlo. Un padre de familia, a priori, se identificará más con los postulados a favor de la familia que un soltero. Si continuamos este hilo de argumentación será previsible encontrar mayor grado de apoyo a los republicanos en aquellos estados en los que haya una mayor tendencia a formar familias. Y si damos un paso más podremos identificar las condiciones que ayudan a que se formen o establezcan familias. En palabras de Sailor, donde es barato comprar una casa con jardín en un vecindario con buenas escuelas es más probable encontrar más matrimonios, más hijos y mayor apoyo al GOP (Great Old Party, Partido Republicano).
Si acudimos a la estadística podremos ver confirmadas nuestras sospechas: en 2004 George W. Bush consiguió sólo el 44% de los votos de las mujeres blancas solteras, mientras que el porcentaje subió hasta el 61% entre las mujeres blancas casadas. De este modo se llevó la victoria en los 25 estados en los que existe una mayor probabilidad de haber contraído matrimonio entre los 18 y los 44 años. En la misma línea, Bush ganó en 25 de los 26 estados en los que los niños nacidos están por encima de la media nacional.
En cuanto a la cuestión del precio de la vivienda, Sailor sostiene que el camino de casarse, tener hijos y votar republicano empieza cuando una pareja joven es capaz de asumir el coste de una hipoteca. Las cifras que aporta para defender su argumento no son despreciables: Bush consiguió la victoria en los 20 estados con precios de la vivienda inferiores y en los 26 estados en los que la subida del precio de la vivienda ha sido más reducido desde 1980. Además, en un país como Estados Unidos con una alta movilidad geográfica, estos diferenciales pueden provocar a medio plazo desplazamientos que modifiquen los equilibrios políticos en un estado. Es justo lo que podría haber pasado en California, en otros tiempos un buen lugar para establecerse. En la actualidad, Hollywood y Silicon Valley son los referentes de un estado que, para repasar los datos antes analizados, está en el puesto 49 en lo que se refiere a probabilidad de una mujer de estar casada, en el 45 en niños nacidos (cuando en 1990 estaba en el número 15), ha sufrido un enorme incremento en el precio de la vivienda que le coloca en el número 46 en el ranking y que le ha convertido en el estado con un precio de la vivienda más alto de todo Estados Unidos. Se calcula que 2,2 millones de californianos abandonaron California durante la pasada década, principalmente movidos por el deseo de encontrar un lugar más barato en el que criar a sus hijos. Sailor, él mismo californiano, explica que la vida en California se parece cada vez más a una novela de Jane Austen, con parejas esperando a que se muera algún abuelito que les deje una herencia que les permita casarse. En este contexto, ¿adivinan a quienes votan los californianos que han optado por trasladarse a otros estados en los que resulta más fácil y barato vivir en familia?

 

Publicado en American Review por Jorge Soley Climent, 27-04-2006

¿El final de Fukuyama?

A Francis Fukuyama, el analista americano metido a filósofo, suele acompañarle la suerte. De hecho, podría decirse que su mejor virtud es su habilidad para abordar, en el momento justo, el tema de moda. Ensalzado en su día por un artículo no sólo abstruso sino que casi nadie ha leído, aunque todos hacen referencia a él ('The end of History?', The National Interest, verano de 1989), Fukuyama ha sabido ir saltando de debate en debate y mantenerse como una referencia obligada en todo momento.
 Así, escribió sobre el nation building a mediados de los 90, cuando la comunidad internacional tenía que lidiar con la crisis de los Balcanes y el horror étnico en otras zonas perdidas del globo; y sobre manipulación genética justo cuando el debate sobre los transgénicos y la clonación, entre otros asuntos, saltaba a la luz pública. En ese sentido, su editor puede sentirse más que satisfecho. Otra cosa son las ideas que Fukuyama defiende.
 
El autor ahora nos quiere sorprender con una nueva obra dedicada a la política internacional norteamericana y el papel de los Estados Unidos en el mundo, un tema, por lo demás, recurrente. Con todo, hay que reconocerle el mérito de volver a dar con un asunto candente, pues es cierto que la reflexión en Norteamérica sobre qué hacer y con qué objetivos está a la orden del día, tras las complicaciones en Irak y el sombrío horizonte que se entrevé con Irán. De hecho, las ediciones europea y estadounidense de la nueva obra de Fukuyama llevan títulos distintos: allí, America at the crossroads (América, en la encrucijada); aquí, After the neocons (Tras los neocon).
 
El libro era esperado porque ya en verano Fukuyama publicó un breve ensayo, 'El momento neoconservador', donde dejaba entrever algunas de las tesis que sostiene en aquél. Y porque, a pesar de haber defendido en su día la intervención en Irak y haberse alineado y casi casi identificado con las tesis de los neoconservadores, ahora Fukuyama pretende renegar de sus postulados políticos y estratégicos más recientes denunciando el campo en que, voluntariamente, se había metido. Sin embargo, su nueva obra, más que servir de demolición de las ideas neoconservadoras, en realidad es una revisión de las tesis que el propio Fukuyama elaboró en 1989 y que tanto éxito le han dado todos estos años. En ese sentido, After the necons podría entenderse mejor como "el final de Fukuyama".
 
Conviene tener presente el origen de la historia, más que su final, para entender el porqué, el cómo y el cuándo de este libro. Francis Fukuyama, a pesar de lo que dice de sí mismo, nunca ha sido un neocon. De hecho, su vinculación con destacados neoconservadores de su generación, esto es, los Bill Kristol, Robert Kagan, Bruce Jackson, Peter Berkovitz o Gary Schmitt, se sostiene únicamente en su adscripción al Project for the New American Century, al que prestó su firma en el momento de su lanzamiento, allá por 1996. Hay que recordar que por aquellos días las críticas a la Administración Clinton estaban a la orden del día en todos los terrenos, y que suscribir una apuesta alternativa no era algo descabellado. De hecho, para alguien como Fukuyama, con sentido de la historia, resultaba hasta lógico.
 
También es verdad que por aquellos días se daba una coincidencia entre la defensa que hacían los neocon de intervenir en los Balcanes y algunos de los planteamientos de Fukuyama, como la extensión de los valores liberales. Promover la democracia mediante el uso de la fuerza –la tesis neocon por excelencia– se confundía con el mensaje fukuyamista del triunfo de la democracia liberal en el mundo. Precisamente por esa aparente coincidencia, Francis Fukuyama vio lógico y necesario deponer y eliminar a Sadam Husein en 2003. Aunque ahora podamos comprobar que no estaba preparado para sostener una guerra que se mueve en la intrahistoria y que no ha superado esa fase de barbarismo a la que él tanto ha apuntado.
 
La aparición, ahora, de esta confesión de autor, reconociendo sus supuestos errores, se enmarca en la fatiga política que está causando en Estados Unidos la guerra de Irak. Es obvio que la victoria decisiva que esperaba el Pentágono no se ha materializado, y eso ha dado pábulo, por un lado, a una corriente revisionista que se cuestiona los principios y las razones que justificaron la intervención; por otro, ha servido de instrumento político para que los demócratas americanos fustiguen al actual inquilino de la Casa Blanca en su deseo de ganar tanto las elecciones de noviembre de este año como las presidenciales de 2008. Fukuyama sirve a esta segunda, aunque se base en la reflexión intelectual de la primera. Pero si el libro tiene éxito no será tanto por sus planteamientos teóricos cuanto porque sirva como otro elemento con el que espolear a un Bush progresivamente acosado. De todas formas, está por ver que tenga éxito.
 
En todo caso, la nueva obra de Fukyama encierra algunos méritos. Por ejemplo, toda su extensa primera parte, donde aborda una suerte de historia del pensamiento neoconservador. Y aunque tiende a perderse en los vericuetos de la supuesta influencia de Leo Strauss sobre algunos de los cabecillas americanos, tiene notables aciertos al tratar a la nueva generación de neocon. De Irving a Bill Kristol pasan muchas cosas en el país y en el mundo que obligan a planteamientos nuevos. En esa medida, esta parte del libro puede considerarse una buena introducción al neoconservadurismo.
 
Mucho más dudosa es la utilidad de la disección que hace de las principales escuelas americanas de política internacional. Fukuyama habla de los realistas clásicos, de los wilsonianos liberales, de los nacionalistas jacksonianos y de los neoconservadores siguiendo clasificaciones ya bien asentadas por otros. Sin embargo, cuando trata de desvincularse de los neocon para pasar a describirse como "wilsoniano robusto" se vuelve más bien confuso. De hecho, muchos neocon se definen, precisamente, como "wilsonianos robustos". No obstante, Fukuyama aspira a clarificar su posición afirmando que él fue un neocon no de la rama de Kristol, sino de la del "realismo democrático" de otros autores, como el comentarista Charles Krauthammer. Pero esto son piruetas más académicas que prácticas que quedan muy alejadas de las polémicas sobre los neocon en Europa y España.
 
Y todo esto lo hace Fukuyama para permitirse construir la última parte de su libro, destinada a proponer un nuevo curso a la acción exterior americana. Sin embargo, es esta parte, con mucho, la más endeble de todo su entramado intelectual. Fukuyama sólo encuentra como alternativa al cambio que defienden los neocon la estabilidad defendida por los realistas clásicos, aunque también reniegue de éstos. Pero su postulado de que más vale un dictador estable en Oriente Medio que el caos por querer imponer la libertad y la democracia podía perfectamente haber salido de la boca de un Henry Kissinger en los 70.
 
Como Fukuyama no tiene un ápice de tonto y es consciente de su contradicción, intenta superarla con piruetas intelectuales tan llamativas como inconsistentes. Así, por ejemplo, llega a proponer un sistema de controles supraestatales, basados en no se sabe muy bien qué legitimidad, y con qué garantías democráticas. El concepto por el que se siente atraído, "la supervisión horizontal" de los Estados nacionales, tiene pocos visos de llegar a ser operativo y eficaz en el mundo en que vivimos.
 
En suma, el libro no ofrece planteamientos novedosos, y cuando se dispone a avanzar alguna idea alternativa o bien da un salto atrás, a un pasado cuyos efectos ya conocemos, o se adentra en construcciones teóricas nada prácticas. Y es que la misión de Fukuyama, exculparse de su apoyo a la guerra de Irak y a una política intervencionista americana, no es difícil de lograr. Dar con un alternativa a los planteamientos de sus antiguos compañeros de viaje, los neocon, es ya otra cosa.
 
Porque la realidad es que, hoy por hoy, ni los realistas, con sus dictadores preferidos que sólo han servido para alimentar el odio y el fundamentalismo, ni los institucionalistas liberales, que esperan de la ONU lo que ésta no puede dar, pueden dar soluciones a los problemas del terrorismo islámico o la gobernabilidad del mundo.
 
Puede que los planes de los neocon no hayan salido como se esperaba en Irak, pero la verdad sigue siendo que cualquier otra cosa hubiera sido mucho peor.
 
 
Francis Fukuyama: After the neocons. Profile Books (Londres), 2006.
Por Rafael L. Bardají
Libertad Digital, suplemento Libros, 27 de abril de 2006

 

Cartas a un joven conservador

Los principios claves del ideario de la derecha liberal-conservadora han sido siempre demonizados por las izquierdas. La misma palabra “conservador” produce (sobre todo fuera de los Estados Unidos) un rechazo que responde no sólo a cuestiones culturales y lingüísticas, sino a la falta de conocimiento sobre los principios que guían verdaderamente al conservadurismo de raíz norteamericana.


 Dinesh D'Souza, miembro de la Hoover Institution, es autor de varios libros y ensayos, algunos tan exitosos como Illiberal education, The virtue of prosperity y What´s so great about America. Se trata de un autor que con sólo 45 años ha sido ya capaz de transmitir con claridad y conocimiento los valores innatos y los principios claves del pensamiento conservador norteamericano. Llegado a Estados Unidos como estudiante de intercambio desde su India natal, D'Souza es hoy una referencia de primer orden y un autor a tener en cuenta tanto por su claridad de ideas como por el modo de transmitirlas.
 
Este ameno y bien pensado volumen no aspira a ser un denso estudio de teoría política, sino una primera introducción a los conceptos claves del conservadurismo. El libro se estructura a modo de epistolario: el autor escribe a un joven universitario una treintena de cartas sobre distintos aspectos del pensamiento conservador, con ejemplos reales de la vida occidental y los modos de enfrentarse a todo ello desde la visión conservadora estadounidense. Se trata, en último término, de una suerte de  introducción que inspira y motiva para comprender los fundamentos básicos del ideario conservador y lo que significa ser de derechas en el contexto norteamericano. Sería deseable una traducción al español, para convencer a muchos liberales de la necesidad de hablar, pese a las lógicas diferencias, de una derecha liberal-conservadora.
 
En su capítulo inicial, D'Souza muestra cómo el moderno conservadurismo norteamericano es muy diferente a la idea europea de "conservador" absolutista. El primero desecha la idea reaccionaria de mantener el viejo régimen y negar las formas de la democracia moderna. Ser conservador significa conservar los principios de la revolución americana, la que dio la primera gran Constitución liberal al mundo. En esos principios conservadores norteamericanos se hallan la defensa de la unidad nacional, el sentido de comunidad local, la importancia de la familia, la espiritualidad y la creencia en el mérito y en la responsabilidad individual. En el ámbito religioso se respetan la decisión personal y cualquier creencia, bajo la premisa de que existen unos principios morales compartidos por los humanos que, a través de la libertad, nos llevan a la búsqueda de la felicidad.
 
El verdadero conservador vela y respeta también los principios del liberalismo clásico en su preocupación por las cuestiones cívicas y sociales. En esto, D'Souza acierta al diferenciar el verdadero liberalismo de la falacia en que las izquierdas lo han querido convertir tras apropiándoselo, en una maniobra que ha confundido a muchos. Es así que la diferenciación entre las izquierdas y la derecha liberal-conservadora (o conservadora-liberal) resulta harto evidente.
 
Las derechas, según plantea D'Souza, enfatizan ideas y políticas dirigidas al individualismo (no al socialismo), al crecimiento económico (no a la redistribución de la riqueza), a la igualdad de oportunidades (no al igualitarismo totalitario), al amor por la nación y la tierra (no al desmembramiento de la unidad nacional ni a la vaguedad de la alianza de civilizaciones), a la defensa militar como medio de asegurar la paz (no al imposible diálogo con el terrorismo).
 
Capítulo a capítulo, D'Souza desgrana algunas de las ideas fundamentales de nuestro tiempo y abre los ojos a quienes, a inicios del siglo XXI, confunden lo que significa la verdadera defensa de los valores de la libertad. Es así como en este libro hallamos, por ejemplo, un desmantelamiento de lo "políticamente correcto", esa forma de represión bajo manto de liberación. Los liberales clásicos –en línea con los conservadores– rechazan tal concepto porque creen realmente en la libertad de expresión y en la individualidad. Las izquierdas, en cambio, pretenden servirse de él para suprimir los puntos de vista de aquellos a los que odian. De ahí que, por ejemplo, en los círculos universitarios de la progresía se impida hablar a cuantos no comulgan con las tesis impuestas por las izquierdas y su falacia del "multiculturalismo" –especialmente tratado en el capítulo 6–, la "diversidad", los programas de "Acción Afirmativa" (cap. 11), los reclamos radicales de ciertos "feminismos" (cap. 12) o la vaguedad del "postmodernismo" (cap. 13).
 
Conforme vamos deshojando Letters to a young conservative entendemos la fuerza de las razones de la ideología conservadora y su permanente lucha contra los modelos totalitarios estalinistas, maoístas, castristas… precisamente los mismos que las izquierdas han acariciado y mimado desde la ceguera marxista, en una confusión ideológica y moral de lamentables consecuencias. Es en este punto donde D'Souza incluye unas magníficas páginas (cap. 8) sobre la importancia histórica de la figura de Ronald Reagan, personaje al que el autor ya dedicó un libro completo y para quien trabajó como analista político en la Casa Blanca.
 
Otro aspecto de sumo interés es la crítica demoledora de D’Souza a los grandes gobiernos. Nuestro autor rompe con el tópico izquierdista de que el sector privado está motivado por la usura y el sector público por un noble idealismo y lanza una llamada a la urgente necesidad de reducir el tamaño del Gobierno norteamericano, tanto en el plano federal como en el local.
 
También se ocupa de la falsa idea de la polarización económica y la distancia entre ricos y pobres. D'Souza deja claro, con pruebas más que convincentes, que el capitalismo –no el Gran Gobierno– es el único medio para generar riqueza y prosperidad entre los ciudadanos, tanto individual como colectivamente. El 80% de los millonarios que hay actualmente en Estados Unidos partieron de la nada, y se hicieron ricos por iniciativa propia y por unos mecanismos fiscales –justo los que apoyan los conservadores– basados en la reducción de impuestos y el aliento de la iniciativa privada y la creación de riqueza.
 
Especialmente interesantes son, asimismo, las valoraciones que vierte sobre la manipulación de las izquierdas en diversos frentes de la vida pública norteamericana: en algunos sectores universitarios (cap. 14), en buena parte de los medios de comunicación (cap. 15), en el sistema judicial (cap. 16); y las páginas que dedica a cuestiones latentes como el derecho a llevar armas (cap. 17), el matrimonio homosexual (cap. 23), el aborto (cap. 25), la globalización (cap. 26) o la inmigración (cap. 27).
 
Los últimos cuatro capítulos hablan del éxito del conservadurismo estadounidense, analizan el estado del antiamericanismo izquierdista y contextualizan los valores del Partido Republicano, así como algunas de las conexiones ideológicas entre la Administración Reagan y la de George W. Bush.
 
Letters to a young conservative es una primera entrada para conocer los valores conservadores estadounidenses, algunos de los cuales no están muy lejos de lo que en España hemos calificado como derecha liberal-conservadora. A su vez, sirve para acallar la mala fama de dicho ideario.
 
 
Dinesh D'Souza, Letters to a young conservative. Basic Books (Nueva York), 2005. 229 páginas.

 

Por Alberto Acereda
Libertad Digital, 8 de septiembre de 2005

 

Disidentes y listas de la muerte

Las acusaciones de apostasía entre musulmanes son actualmente objeto de controversia mundial. Para los occidentales, la apostasía parece denotar conversión al cristianismo, desde que la persecución contra los musulmanes que han cambiado de religión ha cobrado relevancia mediática –el caso más reciente es el de Abdul Rahman, que fue amenazado por un juez afgano–. También se ha extendido por todo Occidente la creencia de que apostatar del islam se castiga invariablemente con la muerte. Ambas imágenes están distorsionadas. El fenómeno del abandono público del islam para abrazar el cristianismo no se extendió hasta los últimos 150 años, y los casos han sido tan poco frecuentes como para que no haya una jurisprudencia sustancial sobre la materia. Por lo general, la apostasía del islam se definió en el pasado como negación de los conceptos fundamentales de la religión; más como herejía que como cambio de credo.

La jurisprudencia suní shafii, una escuela de la sharia extendida por los países árabes y el sureste de Asia, define la apostasía como el hacer burla de la religión, más que como abandono de la misma o adscripción a otra, y recomienda repetida piedad y oportunidades para corregir los supuestos errores. La escuela malikí, establecida en el noroeste de África, es severa con aquellos que cambian de religión y exige la pena capital. Esto puede que sea debido a la historia de la España islámica: cuando un territorio pasaba de manos musulmanas a cristianas, los conversos al islam volvían al cristianismo.

He constatado personal y extensamente la existencia de costumbres islámicas en las que la fe de Mahoma se ha fusionado con elementos cristianos (en los Balcanes), con el budismo y el chamanismo (en Asia Central) y con tradiciones religiosas locales (en Indonesia). En los dos primeros casos, el sincretismo o fusión religiosa no suscitó las críticas de los principales clérigos musulmanes, que consideraban un fenómeno natural la porosidad de las fronteras entre credos. En cambio, en Indonesia los clérigos, influidos por la secta wahabí de Arabia Saudita, han predicado contra tales variaciones del patrón suní, y recientemente han incitado a la violencia contra quienes se desvían de su senda.

Bajo los grandes imperios musulmanes, las acusaciones de apostasía a menudo eran pretextos para la censura de la disidencia política e intelectual, y así es como se usan hoy, típicamente, tales acusaciones en países como Arabia Saudí, Irán, Egipto o Pakistán. Según la escuela hanafí, que prevalece desde los Balcanes hasta la India, el profeta Mahoma advirtió contra las acusaciones de apostasía. El Profeta, se dice, opinaba que, cuando un musulmán acusa a otro de infidelidad, aquél es el infiel.

Las acusaciones de apostasía o falta de fe continuaron siendo principalmente un asunto político hasta el siglo XVIII y el ascenso de los wahabíes, que practicaron el takfir, la acusación de apostasía, contra todos los musulmanes que rechazaban sus doctrinas, pero especialmente contra los chiíes y los sufíes, o musulmanes espiritualistas. Lo más seguro es que acompañaran tales acusaciones con sentencias de muerte, expolios y la esclavización de las mujeres capturadas.

Semejantes términos han emergido hoy en la marginalidad del discurso islámico americano; literalmente: "Hemos dado órdenes a los soldados de Dios para que adoren a Dios vertiendo su sangre y quemando sus casas [las de los supuestos apóstatas]... Sus mujeres tienen que ser secuestradas, sus hijos esclavizados y su dinero confiscado".

Este lenguaje brutal aparecía en una acusación de apostasía, con amenazas de muerte, emitida el 10 de abril por un grupo, aparentemente egipcio, denominado Partidarios del Mensajero de Dios [Mahoma]. En la lista de condenados se encuentra el imán Ahmed Subhy Mansour, un disidente islámico egipcio radicado en Virginia y fundador, junto conmigo, del Centro por el Pluralismo Islámico (CIP), una institución que defiende el islam moderado.

Subhy Mansour no es un apóstata del islam. Ni ha renunciado a la religión ni ha negado precepto esencial alguno. Es un crítico de las tradiciones suníes. No estoy de acuerdo con algunas de sus opiniones acerca de la historia del islam, pero éstas no tienen nada que ver con las cuestiones básicas de la fe, y por tanto no pueden considerarse como base para una acusación de apostasía. Las opiniones de Subhy Mansour son controvertidas, pero ciertamente están dentro de las normas del debate islámico.

Teniendo en cuenta la división suní-chií y la influencia wahabí, las acusaciones de apostasía han llevado a una horrible pérdida de vidas en Irak. Entre los suníes ha echado a andar un movimiento que busca erradicar la práctica del takfir. La acusación de que todos los musulmanes excepto los wahabíes son infieles es más que una postura teológica; también promueve la mentalidad elitista que todo movimiento extremista necesita para reclutar adeptos y mantenerse.

Sin embargo, las conversiones del islam al cristianismo continúan siendo un asunto de capital importancia en el amenazante choque de civilizaciones. Al margen de la libertad religiosa en Arabia Saudí, que es una necesidad acuciante, las autoridades musulmanas habrán de impulsar, mediante una larga serie de coloquios de altura, un consenso islámico, con actitudes contemporáneas, sobre la libertad de conciencia religiosa.

No existe una respuesta simple a estas cuestiones. Aún así, la intención de la lista de la muerte del 10 de abril no era aclarar opiniones religiosas, sino intimidar a los disidentes. Esto no tiene que ser tolerado por las autoridades occidentales, que tienen que prestar asistencia a los amenazados por tal agresión, especialmente a aquellos que residen en países democráticos.

Stphen Schwartz (Suleiman Ahmed Schwartz), director ejecutivo del Centro por el Pluralismo Islámico, la principal institución con que cuenta el islam moderado, y autor de The two faces of Islam (Doubleday).

Libertad Digital, suplemento Ideas, 26 de abril de 2006

El movimiento de la “Revolución Conservadora” (según Robert Steuckers).

Pregunta: Por favor, explíquenos qué entiende por el término "Revolución Conservadora" y, si es posible, indíquenos algunas de sus claves ideológicas y de sus figuras fundamentales.
Respuesta: Cuando el compuesto "Revolución Conservadora" fue usado en Europa, fue mayormente en el sentido que le dio Armin Mohler en su famoso libro "Die Konservative Revolution in Deutschland 1918-1932". Mohler dictó una larga lista de autores que rechazaban los pseudo-valores de 1789 (despreciados por Edmund Burke como meros "blue prints"), ensalzaban el rol de la germanidad en la evolución del pensamiento europeo y recogían la influencia de Nietzsche. Mohler evitó las instancias puramente religiosas "conservadoras", fuesen católicas o protestantes. Para Mohler, el punto esencial de contacto de la "Revolución Conservadora" era una visión no-lineal de la historia, pero no recogió simplemente otra vez la visión cíclica del tradicionalismo. Después de Nietzsche, Mohler creyó en una concepción esférica de la historia. ¿Qué significa esto? Esto significa que la historia no es una simple repetición de los mismos sucesos a intervalos regulares, ni un camino recto que conduzca a la bienaventuranza, al fin de la historia, al Paraíso en la Tierra, a la felicidad, etc., sino que se asemeja a una esfera que puede rodar (mejor dicho, ser empujada) en todas direcciones, acorde con los impulsos que reciba de las personalidades carismáticas, fuertes. Tales personalidades carismáticas dirigen el curso de la historia hacia algunas vías muy particulares, vías que de ningún modo están previamente fijadas por la mano de la providencia. Mohler, en este sentido, nunca creyó en las doctrinas políticas universalistas, sino en las personalidades que las encarnaban. Al igual que Jünger, creía que lo "general" (en su sentido histórico) es residuo de lo "particular". Mohler expresó su visión de las dinámicas particulares usando el muy problemático término de "nominalismo". Para él, "nominalismo" era la expresión certera que quería indicar cómo las fuertes personalidades y sus seguidores eran capaces de abrir nuevas y originales vías en la jungla de la existencia.

Las principales figuras del movimiento fueron Spengler, Moeller van den Bruck y Ernst Jünger (y su hermano Friedrich-Georg). Podemos añadir a este triunvirato los nombres de Ludwig Klages y Ernst Niekisch. Carl Smitt, como abogado católico y constitucionalista, representa otro aspecto importante de la llamada "Revolución Conservadora".
Spengler quedará como el autor de un brillante fresco de las civilizaciones mundiales que inspiró al filósofo británico Arnold Toynbee. Spengler habló de Europa como civilización faústica, cuya mejor expresión fue las catedrales góticas, la interacción de la luz y los colores de las vidrieras, las tormentas de nieve con nubes blancas y grises de muchas pinturas holandesas, inglesas y alemanas. Esta civilización es una aspiración del alma humana hacia la luz y hacia el autocompromiso. Otra importante idea de Spengler es la idea de "pseudo-morfosis": una civilización nunca desaparece completamente tras una decadencia o una conquista violenta. Sus elementos pasan a la nueva civilización que asume su sucesión y reemprende las vías originales.

Moeller van den Bruck fue el primer traductor alemán de Dostoievski. Se dejó influir profundamente por los diarios de Dostoievski, tan llenos de severas críticas al Occidente. En el contexto alemán después de 1918, Moeller van den Bruck abogaba, con argumentos de Dostoievski, por una alianza Rusogermana contra el Oeste. ¿Cómo podían los respetables caballeros alemanes, con una inmensa cultura artística, mostrarse a favor de una alianza con los bolcheviques? Sus argumentos fueron los siguientes: durante toda la tradición diplomática del siglo XIX, Rusia fue considerada el escudo de la reacción contra todas las repercusiones de la Revolución Francesa y contra la mentalidad y los modos revolucionarios. Dostoievski, un antiguo revolucionario ruso que más tarde admitió que su opción revolucionaria fue un error, consideraba más o menos que la misión de Rusia en el mundo era borrar en Europa los rastros de las ideas de 1789. Para Moeller van den Bruck, la Revolución de Octubre de 1917 solo fue un cambio de ropajes ideológicos: Rusia continuaba siendo, a despecho del discurso bolchevique, el antídoto a la mentalidad liberal de Occidente. Derrotada, Alemania debiera aliarse a esta fortaleza antirrevolucionaria para oponerse al Occidente, que a los ojos de Moeller van den Bruck es la encarnación del liberalismo. El liberalismo, expresa Moeller van den Bruck, es siempre la enfermedad terminal de los pueblos. Tras unas décadas de liberalismo, un pueblo entrará inexorablemente en una fase de decadencia final.
El camino seguido por Ernst Jünger es suficientemente conocido. Empezó como un ardiente soldado y joven galante en la Primera Guerra Mundial, formando en las trincheras parte de los cuerpos de asalto que manejaban la granada de mano con la misma elegancia que los oficiales británicos usaban la fusta. Para Jünger, la Primera Guerra Mundial fue el fin del mundo pequeño burgués del XIX y de la "Belle Epoque", donde todo había de ser "como debía ser", por ejemplo, obrar acorde a los ejemplos ofrecidos por profesores y sacerdotes, como hoy se obra de acuerdo a las autoproclamadas reglas de la "corrección política". Bajo las "tempestades de acero", el soldado se veía reducido a la nada, a su mero y frágil ser biológico, pero esta visión no significó a los ojos de Jünger una excusa para un pesimismo inepto, de miedo y desesperación. Habiendo experimentado el más cruel de los destinos en las trincheras, bajo el bombardeo de miles de piezas de artillería que sacuden la tierra, viendo todo reducido a lo "elemental", el soldado de infantería conoció mejor que otros el cruel destino humano sobre la faz de la tierra. Toda la artificialidad de la vida civilizada urbana apareció de repente como pura impostura. En la posguerra, Ernst Jünger y su hermano Friedrich-Georg fueron los mejores escritores y periodistas nacional-revolucionarios. Ernst se armó de una buena dosis de cinismo, ironía y serenidad a la hora de observar la vida y los actos humanos. Durante un bombardeo sobre un suburbio parisino, donde las fábricas estaban produciendo material de guerra para el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, Jünger se aterrorizó ante la innatural ruta aérea, recta, tomada por las fortalezas aéreas norteamericanas. La linealidad de las rutas aéreas hacia París era la negación de todas las curvas y sinuosidades de la vida orgánica. En la guerra moderna está implícita la destrucción de los devaneos y las serpentinas que caracterizan lo orgánico. Ernst Jünger empezó su carrera como un escritor apologista de la guerra. Después de haber observado las irresistibles arremetidas de los B-17 americanos, se desengañó completamente de los antivalores desplegados en la guerra por la pura técnica. Después de la Segunda Guerra Mundial, su hermano Friedrich-Georg escribió el primer trabajo teórico crítico al desarrollo de la nueva Alemania en clave ecologista, "Die Perfektion der Technik" (La Perfección de la Técnica). La idea principal de este libro, a mi entender, es la crítica de la "conexión". El mundo moderno es un proceso de intento de conexión de las comunidades humanas y los individuos a grandes estructuras. Este proceso de conexión destruye el principio de libertad. Eres un pobre proletario encadenado si estás "conectado" a una gran estructura, aunque ganes 3000 libras al mes, o más. Eres un hombre libre cuando estás completamente desconectado de esos enormes tacones de acero. En cierto sentido, Friedrich-Georg escribió la teoría que Kerouac experimentó de forma no teórica mediante la elección de la "caída" y del "viaje", convirtiéndose en un cantante vagabundo.
Ludwig Klaes fue otro filósofo de la vida orgánica contra el pensamiento abstracto. Para él, la dicotomía principal se daba entre la Vida y el Espíritu ("Leben und Geist"). La vida se encuentra aplastada por el espíritu abstracto. Klages nació en la Alemania del Norte, pero emigró, como estudiante, a Munich, donde gastó su tiempo libre en las tabernas de Schwabing, el distrito donde se reunían los artistas y los poetas (y donde todavía se reúnen). Fue amigo del poeta Stephan Georg y un estudioso de las más originales figuras de Schwabing, como el filósofo Alfred Schuler, quien creía ser la reencarnación de un colono romano en la Germania de las orillas del Rhin. Schuler tenía un genuino sentido del teatro. Solía disfrazarse con la toga de los emperadores romanos, admiraba a Nerón y montaba representaciones recordando la audiencia del antiguo mundo grecorromano. Pero más allá de su vida de fantasía, Schuler adquirió una importancia cardinal en filosofía por su hincapié en la idea de "Entlichtung", es decir, la desaparición gradual de la Luz desde los tiempos de la antigua Ciudad-Estado griega y la Italia romana. No hay progreso en la historia, sino todo lo contrario, la Luz se va desvaneciendo, al igual que la libertad del ciudadano libre a la hora de elegir su propio destino. Hannah Arendt y Walter Benjamin, desde la izquierda de la postura conservadora-liberal, se inspiraron en esta idea y la adaptaron a diferentes audiencias. El mundo moderno es el mundo de la completa oscuridad, donde existen pocas esperanzas de encontrar de nuevo períodos donde "ser-iluminados", a menos de dar con personalidades carismáticas, como Nerón, dedicado al arte y a los modos dionisíacos de la vida, que nos introduzcan en una nueva era de esplendor, la cual habría de durar sólo como la bendita estación de la primavera. Klages desarrolló las ideas de Schuler, quien nunca escribió un libro completo, después de su muerte en 1923, debido a una operación mal preparada. Klages, justo antes de la Primera Guerra Mundial, pronunció un famoso discurso en la colina de Hoher Meissner, en la Alemania central, frente a la asamblea de los "Wandervogel", el movimiento de la juventud. Este discurso tenía en título de "El Hombre y la Tierra", y puede ser visto como el primer manifiesto orgánico-ecologista, claro y compresible, no obstante sus sólidos fondos filosóficos.
Carl Schmitt empezó su carrera como profesor de derecho en 1921, aun cuando vivió hasta la respetable edad de 97 años, escribiendo su último ensayo a los 91 años. No puedo enumerar todos los puntos importantes de la obra de Carl Schmitt en el curso de esta modesta entrevista. Resumámoslos diciendo que Schmitt desarrolló dos ideas fundamentales: la idea de la decisión en la vida política y la idea del "Gran Espacio". El arte de dar forma a la política, el arte de una buena figura política, reside en la decisión, no en la discusión. El líder ha de tomar decisiones en orden a guiar, proteger y desarrollar la comunidad política. La decisión no es dictatorial, como dicen ahora muchos liberales en estos tiempos de la corrección política. Al contrario: una personalización del poder es algo más democrático, en el sentido de que un rey, un emperador o un líder carismático es siempre una persona mortal. El sistema que impone eventualmente no es eterno, terminará muriendo como todo ser humano. Un sistema nomocrático, al contrario, trata de permanecer eterno, incluso cuando los eventos e innovaciones contradigan sus normas o principios. El segundo gran tema de los trabajos de Schmitt es la idea del "Grossraum", el Gran Espacio Europeo. Los poderes "fuera-del-espacio" estarían impedidos para intervenir en el cuerpo de este Gran Espacio. Schmitt quería aplicar en Europa el mismo principio que animó el presidente Monroe de los Estados Unidos: "América para los americanos". Schmitt podría compararse a los "continentalistas" norteamericanos, críticos con las intervenciones de Roosevelt en Europa y Asia. Los iberoamericanos también desarrollaron similares ideas continentalistas, y los imperialistas japoneses que hablaban del Gran Área del Pacífico. Schmitt dotó a esta idea del "Gran Espacio" de una fuerte base jurídica.
Niekisch es una figura fascinante en el sentido en que su debut público lo ejerció como líder comunista del "Soviet" de la República Bábara de 1918-19, que fue aplastado por los Freikorps de von Epp, von Lettow-Vorbeck, etc. Obviamente, Niekisch se desilusionó por la ausencia de una visión histórica en el trío bolchevique de la revolución muniquesa (Lewin, Keviné, Axelrod). Niekisch desarrolló una visión eurasiática, basada en la alianza entre la Unión Soviética, Alemania y China. La figura ideal que habría de ejercer como motor humano de esta alianza era el campesino, el adversario de la burguesía occidental. Aquí es obvio un cierto paralelismo con Mao-Tse-Tung. En las revistas que editó Niekisch descubrimos continuamente tentativas germanas de apoyo a todos los movimientos antibritánicos o antifranceses en sus imperios coloniales o en Europa (Irlanda contra Inglaterra, Flandes contra la Bélgica afrancesada, el nacionalismo Indio contra la Gran Bretaña, etc.).
Espero haber explicado en pocas palabras las principales tendencias de la llamada Revolución Conservadora en Alemania entre 1918 y 1933. También espero que quienes conozcan este movimiento pluridimensional puedan perdonar mi introducción esquemática.
(De la entrevista Sobre política, revolución-conservadora, espiritualidad y "Synergies")
 Synergies europeas, 30 de marzo de 2001.