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Políticamente... conservador

Reescribir la Historia

La prosaica e idílica paz que se vivía en la II República fue tristemente truncada por un golpe violento que dieron, apoyados por los curas, un grupo de militares de ceño fruncido acompañados por dos marqueses y una baronesa que no había ido a veranear a Estoril aquel tórrido verano. Apoyados por los nazis y por los fascistas italianos derrotaron cruelmente a un pueblo, ansioso de libertad, que opuso sus manos blancas ante los tanques y fusiles que acababan con sus vidas y cercenaban sus esperanzas.


El exilio fue la única salida posible para aquellos próceres que, con sus calmados discursos, tranquilizaban al pueblo español que se aprestaba a afrontar el peor de los oscurantismos durante cuarenta años de un feroz régimen donde los paseos, las torturas, los fusilamientos en masa y el asesinato selectivo no cesarían hasta el 20 de Noviembre de 1975. Así, Carrillo, la Pasionaria, Negrín, Prieto, Largo Caballero y Martínez Barrio pudieron, muy a su pesar, huir para, desde paraísos de democracia como la URSS o el Méjico del PRI, instruir a sus cachorros sobre como gobernar cuando finalizase la oprobiosa Dictadura.

Pero hete aquí que, a la muerte del que llamaban Caudillo, los hijos de los curas y los aristócratas que apoyaron aquel genocidio decidieron reformar el infausto Régimen y evitar una ruptura que trajese la auténtica isla de libertad que había sido la República del Frente Popular. La infausta Constitución de 1978, heredera directa de las leyes Fundamentales del Reino, no era la que se merecían tantos y tantos millones de españoles que, por activa y por pasiva, se habían dejado la piel en su lucha contra el franquismo. Todo olía a traición y lo peor llegó cuando en el año 2000 alcanzaron el poder los herederos directos de aquel líder monárquico, antidemocrático y fascista que se llamó Gil Robles.

Menos mal que aún sobrevivía Carrillo para seguir guiando espiritualmente a sus discípulos entre los que destacaba, por su rigor intelectual y su talante moderado, un tal Rodríguez, nieto del heroico capitán Lozano que había dado su vida en defensa de la libertad y la democracia. Una truculenta jugada de billar a tres bandas, y nunca mejor dicho lo de bandas, propició que, por fin, el punto de partida retornase a aquel añorado Febrero de 1936. Todo lo demás, a Marx gracias, podrá ser destruido y, mediante una Ley ad hoc, la memoria será selectivamente impuesta en los cerebros de un pueblo que no se ha merecido pasar tanto calvario.

Por fin podremos rehabilitar la memoria de un buen hombre, valiente y leal como Companys, tal y como solicita Maragall o reconocer la valentía de gudaris como Txapote a imagen y semejanza de aquellos aguerridos soldados que se enfrentaron sin dudar, y hasta su último aliento, contra los italianos en Santoña. Se destruirá el Valle de los Caídos donde fallecieron, a causa del fiero sistema de trabajos forzados impuesto, cientos de miles de honrados republicanos y, una vez desposeído el ciudadano Juan Carlos de los privilegios con que le invistió Franco, la III República cerrará un círculo que nunca debió abrirse. Para los que no aceptemos esta versión, ¡que Dios nos coja confesados!

Santiago Casero

Minuto Digital, 19 de julio de 2006

18 de julio. Modos de empleo

En la vida española de todos los días han quedado algunos rastros de los hechos ocurridos el 18 de julio de 1936. Hasta hace relativamente pocos años, no era del todo inusual escuchar a alguna señora mayor decir que sus nietos le habían montado un 18 de julio en casa. Cada vez que llega el mes de julio muchos empleados siguen cobrando una mensualidad más. Es la paga del 18 de julio, decretada por el régimen de Franco. No se sabe de nadie en la izquierda que la haya devuelto nunca a su empleador, ya sea privado o público. Mucho antifranquismo, pero la paga del 18 de julio, hoy una de las dos pagas extraordinarias, no salía del bolsillo del empleado. Tampoco se conoce que Rodríguez Zapatero ni sus ministros, todos ellos, como es bien sabido, antifranquistas heroicos, luchadores que pusieron su vida en juego para traer la libertad a España durante la dictadura, hayan pensado en revocarla nunca.

Y sin embargo, es una herencia puramente franquista. Si Franco no hubiera ganado la guerra, es decir si previamente un grupo de militares no se hubieran decidido a dar el golpe de Estado el 18 de julio de 1936, no habría habido paga del 18 de julio ni habría ahora paga extraordinaria.

Ahora que el Gobierno antifranquista de Rodríguez Zapatero está tan decidido a restablecer la memoria histórica, debería atreverse a suprimir, además de las estatuas de Franco, la paga del 18 de julio, quiero decir la paga extraordinaria de julio.

Si hubieran ganado los republicanos —o, por utilizar el nombre que ellos mismos reivindican, los rojos — se habría instaurado un régimen comunista. La simple idea de dos pagas suplementarias habría sido inconcebible. Con llegar a 12 mensualidades —de una cuantía imaginable en vista de lo ocurrido en los países comunistas, como hoy mismo en Cuba— ya se habrían dado por contentos.

Eso no quiere decir que el 18 de julio no se habría conmemorado. Muy al contrario, desde el primer momento, el 18 de julio fue celebrado por el bando republicano o rojo como el principio de una revolución. Esa revolución llevaba aparejada lo que ni la Segunda República por medios legales (el trágala de la Constitución o el de la Ley de Defensa de la Segunda República), ni la Revolución del 34 por medios subversivos habían conseguido. Por citar a un contemporáneo, “era preciso [sic] e inevitable una conmoción como la presente para barrer todos los restos de un Estado decadente y anquilosado”.

El 18 de julio empezó la revolución en España y la guerra subsiguiente fue una guerra santa —literalmente— contra el fascismo y contra la España tradicional.

El 18 de julio se festejaba a lo grande en la España republicana. Había manifestaciones, mítines, verbenas populares. A Azaña, jefe del Estado de una República que ya no era tal, le ponían a pronunciar alguno de aquellos grandes discursos que habían sido la base de su carrera política. No se sabe de dónde, pero alguna vez sacó pecho.

El 18 de julio de 1938, en Barcelona, tuvo valor para hablar de “paz, piedad y perdón”, es decir exactamente lo contrario de aquello que se estaba celebrando, con su presencia como coartada. Cuando estos discursos aparecían en la prensa, los comunistas —siempre en nombre de la justicia, la igualdad y la libertad— los censuraban. Azaña, como es natural, se sentía frustrado. De hecho, estaba convencido que si su bando ganaba la guerra, el primero que tendría que salir de España sería él.

Pero eso es lo de menos. Quienes hoy gobiernan España prefieren olvidar estos pequeños detalles. Todos ellos se declaran antifranquistas. En consecuencia, es natural que un gobierno antifranquista como el de Rodríguez Zapatero siga celebrando el 18 de julio. Tal es el significado de los anuncios de medidas de alcance retrospectivo, como la Ley de la Memoria Histórica o la probable reconversión del Valle de los Caídos —monumento que requeriría, por lo que significa y lo que contiene, una prudencia infinita— en la Disneylandia del antifranquismo.

Eso sí, seguro que no aparecerá por ningún lado la efigie de Stalin ni la de Lenin, modelo del lenin —con minúscula— español que quiso ser Largo Caballero, tal vez ni siquiera la del pobre Azaña, demasiado feo para una moderna campaña de márketing. Sí que tendremos, en cambio, la misma retórica, la misma mentalidad, la misma obsesión que movía a los predecesores de este Gobierno. Los dos, republicanos; los dos revolucionarios y los dos con el mismo objetivo: acabar de una vez por todas con la España que ellos consideran anticuada.

Hemos vuelto por tanto a celebrar el 18 de julio, como en tiempos de Franco. Cabe preguntarse, sin embargo, si la perspectiva es la misma. El régimen de Franco celebraba el 18 de julio como el principio de una España nueva de la que estaban excluidos los republicanos. Ahora bien, ¿hasta qué punto Franco estaba convencido de la verosimilitud de ese proyecto? En otras palabras, ¿pensaba Franco que esa España nueva que celebraba cada 18 de julio era de verdad la futura España, o se trataba más bien de una celebración retrospectiva y retórica? En el caso del Gobierno antifranquista de Rodríguez Zapatero, caben menos dudas.

Por lo que hemos visto en estos dos años, ya se puede afirmar que al celebrar el 18 de julio como lo está haciendo, Rodríguez Zapatero cree que está en su mano fundar una España nueva de la que haya desaparecido cualquier rastro de la otra, de la que no piensa como él. Es un proyecto más ambicioso que el de Franco. Y justamente para evitarlo se dio un golpe de Estado, el 18 de julio del año 1936.

José María Marco (historiador y escritor).

La Gaceta de los Negocios, 18 de julio de 2006

Educación para la esclavitud

Recordemos la célebre frase de Jean-François Revel: «La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano». Todas las ideologías totalitarias que en el mundo han sido aspiran a crear, bajo esa máscara de bondad, un «hombre nuevo» que se amolde a sus postulados. El ser humano, cada ser humano, posee unos rasgos, querencias y convicciones de índole moral que dificultan la consecución de ese modelo; las ideologías totalitarias, lejos de admitir la pluralidad de sensibilidades que componen la sociedad, tratan de modificarlas mediante la «reeducación», hasta convertirlas en engranajes del sistema. Si algo hermanó al nazismo y al comunismo fue precisamente este propósito de fabricar un «hombre nuevo», en el que el valor intrínseco de la persona era negado en pro de la comunidad. Esta labor de «reeducación» social se presentó, paradójicamente, como una empresa filantrópica. Y esa «máscara del demonio del Bien» fue a la postre la que amparó el derecho de desterrar a los arrabales de la sociedad a categorías enteras de hombres, incluso el derecho a aniquilarlos sin dubitación.


Este sueño de construir la sociedad perfecta e imponerla a los demás sigue infectando los regímenes democráticos, bajo estrategias mucho más amables y sibilinas. Un ejemplo palmario de ingeniería social lo representa esa asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, cuyo objetivo no es otro que imponer un nuevo sistema de valores, presentándolo como un imperativo moral e imprescindible para la existencia de una sociedad cohesionada. Para ello, se impone una «nueva ética» basada en los «nuevos paradigmas»: el nuevo paradigma de familia, el nuevo paradigma de derechos humanos, el nuevo paradigma de género, etcétera. A nadie se le escapa que el adoctrinamiento de las mentes infantiles produce a medio plazo unos opíparos réditos electorales; a nadie se le escapa que todo régimen político que anhela perpetuarse dedica especiales esfuerzos a las tareas de proselitismo y propaganda entre los más jóvenes, pues con ello se asegura un granero de votos. A través de esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía, nuestros hijos serán atiborrados de un pienso ideológico que naturalmente no se limitará a incluir unas normas de convivencia cívica, sino que sobre todo se preocupará de imponer una «moral pública» que tuerza y pisotee la moral que los padres, legítimamente, les intentamos transmitir. Y así, por ejemplo, se entonarán las loas del «derecho a elegir libremente la opción sexual», y se les explicarán los muy benéficos logros que deparará la experimentación con embriones, todo ello aderezado con apelaciones a la «recuperación de la memoria histórica» y demás mitologías del Nuevo Régimen. La formación de nuevas generaciones de esclavos está asegurada.

Ante tal atropello, los ciudadanos libres -si es que todavía resta alguno -deben actuar enérgicamente. Recordemos las palabras de Henry David Thoreau en su opúsculo Desobediencia civil (1849): «Existen leyes injustas. ¿Debemos conformarnos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, acatándolas hasta que hayamos triunfado? ¿O debemos transgredirlas de inmediato? Si la injusticia requiere de tu colaboración, convirtiéndote en agente de injusticia para otros, infringe la ley. Que tu vida sirva de freno para detener la máquina. Lo que debes hacer es tratar por todos los medios de no prestarte a fomentar el mal que condenas». Una ley es injusta cuando conculca derechos ciudadanos y trata de confiscar ese ámbito de libertad personal que corresponde en exclusiva al individuo y que el Estado no puede invadir. Esta asignatura llamada cínicamente Educación para la Ciudadanía nos amenaza con una flagrante invasión de ese ámbito inviolable, ejercida además contra los más débiles e indefensos, que son nuestros hijos. La desobediencia civil será, llegado el momento, un recurso legítimo.

Juan Manuel de Prada
ABC, 17-07-2006

¡Cuidado! ¡Que vienen los liberales!

Un escogido ramillete de liberales incondicionales, procedentes de las dos orillas atlánticas, se reunieron el pasado miércoles 5 de julio de 2006, en Madrid, al objeto de compartir y reflexionar en torno a las cuestiones más candentes que aquejan a la democracia y a la libertad: neopopulismo, indigenismo, globalización, pobreza, inmigración, nacionalismo, fundamentalismo, seguridad… La ocasión: el III Foro Atlántico que, impulsado por el presidente de la Fundación Internacional para la Libertad, Mario Vargas Llosa, acogió la popular Fundación Iberoamérica Europa.

Políticos, economistas, diplomáticos, periodistas, empresarios, docentes universitarios, investigadores… Las diversas intervenciones supieron a poco: apenas 10 minutos magistrales por cabeza que dibujaban las líneas maestras de un pensamiento complejo y elaborado; además de sus breves respuestas a las preguntas del público. Naturalmente, es sabido que este tipo de eventos cumple, también, otro tipo de funciones: captar fichajes, conocerse, integrar nuevas entidades, estrechar amistades, hacer negocios…

Algún judío, bastante agnósticos, protestantes, incluso católicos próximos a las nuevas realidades eclesiales… Un ambiente “liberal”, más bien neo-liberal, incluso libertario en el sentido liberal del término, en el que a los abrazos y presentaciones sucedían expresiones del tipo “nos vemos en Washington”, con abundante uso de términos en inglés con marcado acento norteamericano; un entorno en el que un católico social, para más señas conservador, difícilmente puede encontrar fácil acomodo. No obstante, lo allí expuesto le sorprendería, y muy gratamente, en ocasiones.

Al sabroso pastel, de magníficas y brillantes exposiciones, no necesariamente compartidas por el cronista y en muchos casos en franca discrepancia, le puso la guinda José María Aznar con su denso discurso en el que, entre interesantísimas apreciaciones, al especificar la identidad de Europa, según su criterio, se remitió al liberalismo, la democracia y a los derechos humanos; aunque sin mencionar al legado judeo-cristiano. ¿Acaso una concesión al público mayoritario allí reunido?

Pero, seguramente, quien más impactó, además del disidente cubano Raúl Rivero, fuera el expresidente de El Salvador, Francisco Flores: joven, cercano, carismático, afable, modesto, culto… Al acceder al gabinete ministerial con apenas 29 años de edad, que después presidiría, encontró a su país fracturado: con una izquierda marxista-leninista -que venía de colgar sus armas después de muchos años de guerrilla y terrorismo- apenas encauzada por la senda democrática; con un tercio de la población en la emigración; y unas ratios micro y macroeconómicas terroríficas. En la actualidad, y junto a Chile, es uno de los países hispanoamericanos que goza de un crecimiento económico y social más armonioso, sólido y esperanzador. Excepciones, ambas, de los continentes hispanos.

Francisco Flores expuso, a su expectante auditorio, la receta aplicada a lo largo de estos años de duro trabajo: responsabilidad individual y colectiva; un modelo estimulante de país más un programa de gobierno realista; un nuevo vehículo político, su partido ARENA, que ayude a la sociedad y no la ahogue desde la oligarquía y la endogamia (¿se imaginan algo así en España?). Y todo ello aderezado con esa virtud cívica -que le apasionaba al describirla- incomprensible en nuestra piel de toro, incluso con adjetivos al uso: el patriotismo, como estímulo y conciencia de pertenencia que mira y trabaja a largo plazo.

Sin duda, España tiene cosas que aprender de lo que ocurre al otro lado del Atlántico. Un flujo y reflujo de personas, ideas, programas, experiencias y propuestas, que pueden contribuir a vivificar un país… y un continente. Y luego dirán que sólo nos une el idioma y las caderas de Shakira.

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 18 de julio de 2006

(http://www.diarioliberal.com/DL_opinion11.htm)

La futura yihad

Walid Phares es un libanés exiliado en los Estados Unidos. Abogado y con experiencia académica en la universidad americana, reside en la actualidad en el área metropolitana de Washington DC, donde trabaja en la Fundación para la Defensa de la Democracia, un think-tank privado cuyo objetivo es la promoción y la extensión de la democracia liberal en el mundo.

Walid Phares no es un cualquiera al hablar del mundo musulmán y del extremismo islámico. Lleva años escribiendo sobre el peligro que representa el islamismo para Occidente y para los propios musulmanes que no son islamistas, esto es, que no buscan imponer en la Tierra el proyecto purificador y totalitario de un Islam inamovible, revelado al profeta por el mismo Alá y del que sólo cabe aceptarlo en su totalidad, sin interpretación personal alguna.

Phares saltó a la fama gracias a unas entrevistas televisivas posteriores al 11 de Septiembre. Los ataques sobre Nueva York y Washington, y la repentina "revelación" popular tanto de la figura de Ben Laden como de su organización, Al Qaeda, hicieron que surgieran muchas preguntas sobre quiénes eran los asesinos y el por qué de sus acciones. Muchas de esas preguntas se dirigieron entonces al doctor Phares.

En buena medida, el libro que comentamos, recién editado por Gota a Gota, la editorial de FAES, la fundación que preside José María Aznar, es una condensación y una profundización de las respuestas que su autor dio y sigue dando para tratar de explicar el fenómeno y la amenaza del Islam radical, el islamismo.

La edición original del libro en inglés era un gran repaso cronológico de cómo había nacido y se había desarrollado el extremismo islamista, hasta convertirse en el terrorismo que hoy amenaza cualquier rincón del planeta con su sueño de reconstituir el Califato. En la edición de Gota a Gota se incluyen más de 70 páginas nuevas, escritas para la ocasión, donde el autor intenta evaluar el estado de la yihad en las distintas zonas del mundo en que ha hecho acto de presencia, desde Europa al Pacífico, pasando por Oriente Medio. Aunque sólo fuera por estas páginas, ya merecería la pena leer la obra. Pero hay más, bastante más.

Para Walid Phares, la cosa es bien sencilla: el islamismo radical, cuya figura central es la yihad contra occidentales e infieles, cruzados, judíos y apóstatas de la fe, ha dado pie a su versión más radical, el terrorismo de Al Qaeda. Y Al Qaeda, por mucho que nos cueste asimilarlo, nos ha declarado la guerra. Una guerra total que, según la visión de los islamistas, sólo puede conducirles a la victoria aplastante, a la instauración del reino de Alá sobre las casa del Islam.

Ahora bien, aunque el mundo se quedara fijado en Al Qaeda desde el 11 de Septiembre, la obra de Phares nos viene a recordar dos cosas. La primera, que la yihad ya viene de lejos, con una protohistoria que arranca de la mano del terrorismo palestino de la década de los 70 y una historia que comienza a finales de esa década, con la instauración de la República Islámica de Irán y los primeros pasos de la resistencia antisoviética en Afganistán. La guerra del Golfo de 1991 no haría sino acelerar su maduración. La década de los 90, de hecho, está sembrada de atentados conducidos por elementos de Al Qaeda, aunque, sin lugar a dudas, el más ambicioso y espectacular hasta la fecha haya sido el ataque coordinado del 11-S.

La segunda idea de Phares nos dice que Al Qaeda no ha creado la yihad. Al contrario, Al Qaeda es una hija de la yihad. Por lo tanto, no deberíamos concentrar tanto nuestra atención sobre esa organización terrorista –aunque sea, con mucho, la más letal de todas las organizaciones del terrorismo islámico–. Para Phares, Al Qaeda es el producto destilado de una ideología que se ha venido cocinando durante décadas y a la que hay que combatir de manera eficaz, si de verdad se quiere vencer al terrorismo islamista.

La verdadera amenaza, pues, nos dice Phares, no es únicamente el terrorismo de Al Qaeda, sino una ideología extremista, totalitaria, islamofascista si se prefiere, que hunde sus orígenes en distintas patas y lugares pero que ahora confluye con toda su intensidad y fuerza para convertirse en una insurgencia global. Esas patas, tal y como se describen en el libro, son esencialmente tres: el movimiento social, de abajo arriba, inspirado por los Hermanos Musulmanes, la organización creada en Egipto en los años 20 por Al Banna y, tras su fallecimiento (1946), liderada espiritualmente por Sayyid Qutb (1906-1966), tal vez el mayor y más influyente teórico del islamismo (junto con el paquistaní Abdul Alá Maududi [1903-1979]); en segundo lugar, la vertiente oficialista, de arriba abajo, del wahabismo en Arabia Saudí, donde, a cambio de garantizar la legitimidad de la casa Saud, el Gobierno otorgó carta blanca a los clérigos radicales y los impulsó a propagar sus ideas antimodernizadoras y antioccidentales fuera de las fronteras del país; y, en tercer lugar, el jomeinismo, en tanto que vertiente revolucionaria que tiene por objetivo colocar a la minoría chií como vanguardia y líder del mundo islámico, apoyándose en el control férreo del Estado persa.

El resultado de muchos años de acumulación de las enseñanzas de unos y otros ha sido la generación de una corriente de opinión y una forma de entender la vida profundamente cerrada, arcaica y que culpa de la falta de progreso y del estado actual del Islam no a los dirigentes musulmanes, sino a los occidentales y a los judíos. La narrativa de este largo proceso, de más de 80 años, está espléndidamente desarrollada por Phares.

Es interesante destacar también el análisis que realiza de los dos factores que han propulsado más recientemente el crecimiento espectacular del islamismo: por una parte, la acumulación de riqueza sobrevenida por las ganancias del petróleo (se calcula que los beneficios del alto precio del crudo permitieron a Arabia Saudí invertir el año pasado cerca de 5.000 millones de dólares en actividades de propagación del extremismo islamista); por otra, las ventajas de la aplicación de las nuevas tecnologías, como internet, no sólo para diseminar la ideología del odio, la violencia y la muerte, también para mantener una comunidad virtual de los islamistas. Hoy, un joven como los que se inmolaron en Londres el 7-J o como los que perpetraron los atentados del 11-M está más cerca de lo que se difunde desde una cueva de Tora Bora que de sus vecinos. Sólo a un clic en el teclado de su ordenador.

Y esto es un hecho más que relevante, si se quiere confrontar el fenómeno de la propaganda islamista y frenar la tasa de reclutamiento de jóvenes radicales, convertidos en terroristas de la noche a la mañana.

En fin, quienes piensan que la amenaza del terrorismo islámico y de Al Qaeda ha sido exagerada tienen como lectura obligada esta obra de Phares. Se darán cuenta de que eso sólo es la punta del iceberg de algo mucho mayor, una ola de islam radical que está dominando la agenda del mundo musulmán y que amenaza con convertirse en un tsunami que todo lo arrase. Quienes sí creen en el riesgo existencial que significa para nosotros el terrorismo islámico tienen aquí una exposición detallada de la ideología que alimenta la yihad, de sus orígenes intelectuales y de las etapas de su desarrollo.

Hace unos meses, el secretario americano de Defensa, Donald Rumsfeld, se preguntó: ¿pero estamos ganando o perdiendo esta guerra? Para una posible respuesta, lea La futura yihad. Es lo mejor.

Por Rafael L. Bardají

Walid Phares: La futura yihad. Gota a Gota, 2006; 540 páginas.

Libertad Digital, suplemento Libros, 14 de julio de 2006.

Lo nuevo de EEUU

Hace ya tiempo que EEUU parece conformar tendencias políticas, sociales y económicas que se extienden después por todo el planeta. Los analistas estudian hoy el fenómeno de “reversión” que ha cambiado el mapa político estadounidense

A muchos admira desde antiguo el impulso innovador de EEUU. La eficacia del “melting pot” ya sorprendía a Crèvecoeur en 1782; el sistema igualitario y democrático estadounidense sobrecogió al joven conde de Tocqueville desde 1831; el navalista japonés Katsu Rintaro se extasió en 1859 ante el poder militar yanqui, y la abundancia capitalista de los supermercados de Houston cautivó a Yeltsin en 1989. La mayoría de estos viajeros, metidos a reformadores y profetas, vieron más allá de lo nuevo y encontraron lo venidero. Todavía hoy las novedades de EEUU parecen anticipar el camino que otras naciones recorrerán en el futuro.

¿Qué singularidad estadounidense se analiza hoy con asombro? Que allí es vanguardista ser conservador, y retrógrado ser progresista. Lo dijo George Clooney a finales de 2005: “liberal” es “una palabra fea”. También lo es para el viejo público progresista: los pobres votan a Bush, las fraternidades cristianas del MIT sobrepasan la docena, el 75% de los estudiantes de la sesentayochista UCLA confiesa rezar, y el senador demócrata Ted Kennedy apoya el mayor programa de cheque escolar de EEUU, que permitirá estudiar en colegios privados a 300.000 estudiantes desplazados por el huracán Katrina. El profesor William McClay resumió bien el fenómeno: “hoy el partido conservador en EEUU es el partido del progreso, de la liberación humana, de la determinación nacional e internacional”. Y el Partido Demócrata es “el partido de la oposición al cambio, el partido de los intereses atrincherados, de las burocracias públicas, de los sindicatos de funcionarios y de los ««lobbies» de políticas identitarias”.

¿Por qué ocurre esto? Posiblemente por tres razones. Primero, porque la polémica del aborto permitió descubrir que las utopías políticas progresistas acaban pisoteando la dignidad del hombre. Segundo, porque el intervencionismo del Estado mostró el riesgo de que éste no reconociera los derechos naturales del hombre, sino que los inventara y confiriera a discreción. Tercero, porque en los intentos de secularización pública muchos vieron la intención de mutilar la razón humana, apartándola de la rica complementariedad de la fe. En definitiva, el violento ataque progresista del s.XX recordó a EEUU lo que todo niño sabe: que en la casa de caramelo vive la bruja; que la verdadera Odisea es regresar a casa; y que Frodo salió de La Comarca para poder vivir siempre en ella. Muchos estadounidenses se ríen ahora, con Chesterton, de la tontería de pensar que, porque dimos un giro equivocado hace algún tiempo, tenemos que ir hacia delante y no hacia atrás; y que porque no realizamos nuestro ideal, debemos olvidarlo. Es decir, se ríen del progresismo.

¿Llegará a España la última innovación de EEUU? Es posible. Pero lo cierto es que, si los conservadores son hoy el partido del progreso en EEUU porque los bandazos izquierdistas despertaron el sentido común estadounidense, los populares son “partido de progreso” en España porque han asumido el progresismo en la batalla de las ideas. Y ¿qué es el progresismo? Pues Jordi Pujol el pasado junio, profetizando que la crisis religiosa que él facilitó en Cataluña, “llegará en un momento u otro al resto de España”. A saber, que debemos resignarnos a las mismas acelgas que el camarero sirve en la mesa de al lado. O quizás no. Tal vez ya sea hora de que España escoja el menú. Por ejemplo, una paella de marisco ligeramente socarrada, para degustarla en Valencia este mes de julio con toda la familia. Y que el Papa presida la mesa.


Guillermo Elizalde Monroset, 12-07-2006

American Review

© Fundación Burke

PINTAR O HACER EL AMOR

La cultura del aburrimiento

Una de las características de nuestra sociedad "post" (postmoderna, postcristiana, postideológica...) es el aburrimiento. Ya no hay nada que creer, nada que esperar, no hay novedad que descubrir ni promesa por la que trabajar. Pero hay tiempo, y dinero, y salud. Caigamos en un aburrimiento sofisticado. No queda otra.Este es el contenido sintético de la película francesa Pintar o hacer el amor que se estrenó esta semana, protagonizada por el actor francés más famoso del momento, Daniel Auteuil y por el español Sergi López.

William y Madeleine viven en una ciudad al pie de las montañas. Hace mucho que se casaron y llevan una vida tranquila. Él acaba de prejubilarse como meteorólogo y su única hija estudia en Italia. Deciden comprarse una casa en mitad de un campo. Allí entablan relación con Adán y Eva, alcalde del pueblo y esposa, respectivamente. La amistad se torna intercambio sexual, anodino, sin pretensiones, sólo para ver cómo funciona la pareja del vecino. Eso sí, sin que los matrimonios entren en crisis. Se trata sólo de un acto social maduro, digamos. La cosa avanza cuando se extiende a las parejas que vienen a ver la casa con intención de comprarla: se le enseña la casa, se les invita a cenar, y se les brinda una cama redonda. Los "huéspedes", muy franceses y educados, al irse, dicen: "Gracias por su hospitalidad". Qué menos que ser agradecidos ante tanto agasajo.

Esta supuesta comedia es el objeto de nuestro comentario semanal por lo sintomático de su planteamiento. En los años setenta hubiera sido una expresión de la revolución sexual y el amor libre, es decir, una peli anti-sistema. Hoy es lo contrario: es una peli-sistema. Por eso se estrena comercialmente como una comedia. Se propone como una forma "abierta" de vivir la pareja en un mundo libre y sin prejuicios ni tabús. La Vanguardia dice "Una comedia romántica sobre la sensualidad de la vida" (¿¿??), Le Monde afirma: "Comedia mágica, divertida y delicada"; Elle declara: "La película más libre, carnal y traviesa del año". En fin, lo que parece claro es que lo que ha ocurrido en Valencia el pasado fin de semana es lo actualmente contracultural y anti-sistema. Nos hemos convertido en los contestatarios del siglo XXI. ¿Acabarán cargando contra nosotros los antidisturbios?

Por Juan Orellana

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 13 de julio de 2006

Delenda est Hizbulá.

Cuando el Tsahal israelí se retiró precipitadamente del sur del Líbano, un 23 de mayo de 2000, apremiado por el Partido de Dios (Hizbulá), cometió un inmenso error: aplazar sine die un ineludible enfrentamiento a muerte con ese implacable enemigo, que se produciría, además, a las puertas de su estrecha casa.

Hizbulá nace en el seno de la siempre postergada minoría mayoritaria chiíta libanesa gracias a los vientos revolucionarios del Irán de Jomeini y de los -menos etéreos- centenares de guardianes de la revolución allí destacados con la misión de extender la revolución islámica por el mundo, aprovechando la oportunidad que presentaba el dramático conflicto civil libanés.

Poco a poco este nuevo actor desplazó a los chiítas moderados de Amal; ganó un extraordinario prestigio al forzar la retirada de los marines norteamericanos y los paracaidistas galos de Beirut al ocasionarles el 23 de octubre de 1983 más de tres centenares de muertos; “limpió” de milicias cristianas y sunitas los que consideraba “sus” territorios; desplegó una larga ofensiva terrorista de desgaste contra Israel y el mal denominado Ejército del Sur del Líbano (ESL), por medio de numerosos hombres-bomba… hasta conseguir tejer un verdadero “Estado dentro del Estado”. Y más cuando el gobierno libanés, incluso concluida la guerra civil, nunca terminó de consolidar un verdadero Estado; laguna que colmó Hizbulá con pragmáticas actuaciones sanitarias, económicas y educativas.

Su apoteosis la alcanzó ese 23 de mayo de hace seis años cuando logró expulsar a los soldados judíos, de suelo libanés, eliminando a las débiles y desmotivadas milicias del ESL. Pero lo que los israelíes presentaron como una “retirada estratégica”, para Hizbulá era la prueba de que el enemigo sionista podía ser derrotado…

Al servicio del ímpetu de los radicales de Teherán empeñados en desafiar a la comunidad internacional con su peligroso Programa Nuclear, y aliado táctico de un régimen laicista socializante (el del partido sirio único Baas), al que únicamente le une su rabioso antisionismo, Hizbulá constituye una anormalidad, de trazas netamente terroristas, en la política internacional. No es un Estado, ni tampoco una nación; no es un “ejército regular”, pero tampoco es una organización clandestina terrorista “clásica”; más que un partido político, es una “comunidad en marcha”; no es un ente cuasiestatal reconocido en los foros internacionales, pero desempeña un destacado papel en el juego de alianzas de Oriente Medio. Es, en definitiva, un factor permanente de desestabilización de la zona: neutralizando los esfuerzos unitarios de los frágiles y divididos gobiernos libaneses, coaligándose con algunos de los mayores enemigos actuales de la administración norteamericana, acechando al vecino Estado judío, tejiendo una red clandestina potencialmente terrorista por medio mundo…

Siria, por su parte, aunque formalmente retiró a sus tropas de Líbano hace ya un año, nunca ha dejado de estar presente allí: asesinando a destacados políticos y periodistas antisirios, por medio de sus simbióticas relaciones comerciales y políticas y, sorprendentemente, por medio de su aliado Hizbulá, liderado con mano de hierro por Hassan Nasrallah.

Pero este auténtico Estado de hecho, que suplanta al libanés en una buena parte de su territorio, y empeñado en una confrontación contra su enemigo más odiado, ha cometido un error de medida. En el año 2000, con su precipitada retirada, Israel creía solventar, mal que bien, un problema que le desgastaba desde hacía lustros. Pero, ahora, el Estado judío se siente gravemente amenazado por los radicales chiítas libaneses EN su propia casa y cuando el proceso de paz con la Autoridad Nacional Palestina se encuentra asfixiado; lo que, al margen del partido que gobierne, jamás tolerará.

Para Hizbulá la alternativa es la siguiente: o se transforma, definitivamente y quiera o no quiera, en un partido MÁS del frágil equilibrio libanés, olvidando para siempre la mentalidad y tácticas terroristas que tan buenos resultados le proporcionaron y el rol internacional que nunca debió ejercer, o será destruido implacablemente por el Tsahal; arrastrando en su hundimiento al martirizado Líbano. Y si espera que los países árabes formen una piña en su defensa, que miren atrás en la Historia: comprenderán que esta ocasión no será distinta a las anteriores.

Líbano, en cualquier caso, pierde. Aunque Hizbulá sea destruido militarmente, su radicalismo, prestigiado por su límpida hoja de servicios, será foco de atracción de las más numerosas y militantes masas libanesas (las chiítas), lo que no fortalecerá internamente a ese país, sino que seguirá siendo una bomba de relojería que, antes o después, explotará. ¿La alternativa para un Líbano pluralista y democrático?: entregarse nuevamente a los brazos sirios. O ellos, o el integrismo chiíta. Una alternativa, en cualquier caso, nefasta y que augura una más que probable transformación del que constituyera el milenario país de los cedros, cristiano mayormente y maronita; salvo que el régimen sirio sea derrocado a resultas de su sorda confrontación con estados Unidos. En todo caso, una perspectiva dramática y preocupante.

Fernando José Vaquero Oroquieta

Páginas Digital, 17 de julio de 2006