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Políticamente... conservador

HO se pronuncia en favor de la unidad de España

Ante los hechos que están ocurriendo en nuestro país, y después de un tiempo de reflexión, HO ha decidido hacer más explícito su compromiso con la promoción del patriotismo como virtud social y con la defensa de la unidad de la nación española, por entender que se trata de una exigencia del bien común aquí y ahora. La Junta Directiva de HazteOir.org ha emitido un documento en este sentido, que ofrecemos a continuación a nuestros lectores.

HAZTEOIR.ORG .- Desde su nacimiento hace 5 años, HazteOir.org ha asumido como misión promover la participación de los ciudadanos en la política. Creemos que ésta es la mejor forma a nuestro alcance de recuperar la dignidad de la cosa pública y de mejorar nuestra sociedad.

En nuestra tarea nos adherimos a la concepción cristiana del hombre y de la sociedad, y en consecuencia afirmamos la dignidad de la persona humana y la importancia de valores como la vida, la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad. De este modo, queremos contribuir a la construcción de una sociedad más justa, favorable al pleno desarrollo de las personas.

Son muchas las acciones que a lo largo de estos años hemos desarrollado en defensa de estos principios. El trabajo y la ilusión de incontables voluntarios ha permitido que hayamos obtenido éxitos considerables. Pero el mayor de todos ha sido convertir a HO en la plataforma líder de la participación ciudadana.

La existencia hoy de gravísimas y frontales agresiones a los aspectos más básicos de la dignidad humana, la vida, la libertad de conciencia, la familia o la libertad de educación, no puede, sin embargo, hacernos cerrar los ojos ante una cuestión que supone también un ataque a un bien moral concreto de nuestra sociedad: la unidad de esa realidad milenaria que se llama España.

Por este motivo y después de un tiempo de reflexión, creemos que HO debe hacer ahora más explícito su compromiso con la promoción del patriotismo como virtud social y con la defensa de la unidad de la nación española, por entender que se trata de una exigencia del bien común aquí y ahora y que de su preservación va a depender también, en alguna medida, la permanencia de las raíces cristianas de nuestra cultura popular.

Con esta postura HO asume, una vez más, la plena responsabilidad de lo que constituye un juicio prudencial inspirado en los principios de nuestro ideario, sin que pretendamos, en este ejercicio de autonomía como opción de participación cívica, imposiciones ni exclusivismos de ningún tipo. Antes bien, se trata de una propuesta que consideramos positiva y necesaria para nuestros conciudadanos y las generaciones futuras, que, además, articularemos con la independencia que HO ha tenido desde su fundación.

Este compromiso está, como toda actuación de HO, inspirado en el humanismo cristiano y en los principios de nuestro ideario. Ahora bien, en la medida en que se trata de un juicio concreto, no pretendemos que nuestro juicio sea el único posible para todos los que compartimos los mismos principios. Asumimos la completa responsabilidad de este compromiso político, conscientes de que es nuestro deber traducir nuestros principios en lo concreto.

Texto:

1. Consideramos que la concepción cristiana de la persona y la sociedad se proyecta también sobre esa unidad social de inserción que conocemos como nación y que, en el caso de España, está integrada por una pluralidad de comunidades ascendentes y concéntricas, articulables en un orden de afectos compatibles y complementarios entre sí. La nación nos hace sentirnos arraigados en una comunidad natural de la que hemos recibido nuestra herencia humana y cultural, que de este modo asumimos de manera activa y solidaria. El amor y el servicio a esta comunidad constituye un deber de gratitud y una expresión de solidaridad.

2. Concebimos España como una realidad cultural conformada por una historia común y con un proyecto de futuro, con identidad propia y diferenciada. Una realidad que está basada en la unidad en la diversidad, por lo que no puede entenderse nuestra identidad sin entender que esa diversidad es parte misma de la esencia de España. Por eso, a la vez que defendemos la unidad, afirmamos que la negación de la identidad de los pueblos que forman España, junto a sus legítimas libertades (derecho a proteger su lengua y cultura, por ejemplo), implica, además de una injusticia, negar la identidad de nuestra nación. España es al mismo tiempo el todo y las partes.

3. Salvada la unidad cultural de España como bien moral, creemos que su dimensión política admite plasmaciones diversas. La estructura política actual de España realizada en la Constitución de 1978 es una de esas posibles plasmaciones, siempre que posibilite a todas las personas y a todos los pueblos que la componen su pleno desarrollo. A nuestro entender, el marco jurídico-político actual permite ampliamente este desarrollo.

4. Como vía de progreso del actual modelo territorial y competencial, HO entiende que lo prioritario no es tanto traspasar competencias desde el Estado a las comunidades autónomas, centrales también en sus respectivos territorios, como descentralizar a todos los niveles e impulsar la sociedad civil, profundizando en una cultura política de subsidiariedad y no estatista que favorezca la difusión del poder y al participación.

5. El nacionalismo que HO no puede aceptar es el que se afirma sobre el rechazo del otro en su diferencia o el que “diviniza” la propia comunidad, anteponiéndola a la moral, al bien común y a los derechos de las personas.

6. HO está, sin fisuras, dudas ni ambigüedades, contra el terrorismo y los que apoyan de cualquier modo a los asesinos. Así lo exige nuestro compromiso básico con la vida (con toda vida) y con el rechazo de la violencia como método político.

7. La paz es un bien esencial de la sociedad. Para conseguirla, la autoridad legítima (que en nuestro ordenamiento en este ámbito es el Estado) puede hablar con los terroristas, pero siempre y cuando éstos previamente dejen las armas y asuman su culpa. Además, consideramos que la negociación de una rendición de los terroristas no puede basarse en concesiones políticas, ya que eso significaría reconocer valor político al terrorismo, al tiempo que se enviaría un mensaje erróneo de lo que es realmente eficaz. La sociedad puede y debe ser generosa en la aceptación de una salida humana para los terroristas, pero sin que ello nunca implique el desprecio de las victimas ni merma de la justicia.

8. Deseamos que en el ámbito que hemos expuesto, como en cualquier otro en el que HO despliegue su acción, sea siempre realidad el principio, para nosotros indispensable, de "unidad en lo esencial, libertad en lo accidental y en todo, Caridad".

20 de junio de 2006

Intervención en el Gran Acto del Palacio de Congresos de Barcelona, de Giorgio Chevallard - Associació Cultural Charles Péguy

Agradezco la ocasión de intervenir en este acto del Pacte per la Vida y la Dignidad: que sea un gesto lleno de vida y de dignidad.

1.      Es un tema que “toca la fibra” a muchos de nosotros (ni yo que soy italiano estoy exento….). Hay un clima con demasiado enfrentamiento, demasiado maniqueísmo, que ve el mal siempre y sólo en un bando y entonces los malos son siempre “los otros”. Pero no debemos juzgarlo visceralmente, a partir una ideología o de un prejuicio, si no serenamente, partiendo de la propia experiencia más verdadera, de la razón y de la fe. Porque antes de ser español, catalán o italiano soy persona, lo que me define es mi deseo de felicidad y de infinito, de justicia y de verdad que me hace hermano con todos, a cualquier cultura pertenezcan. La correspondencia con este deseo profundo de mi ser es el criterio verdadero para juzgar las cosas.

2.      El titulo I de este Estatut es un ataque a la persona y a su libertad, una injerencia del Estado que pretende definir los derechos de las personas, negando algunos, entre ellos los 3 principios que el Papa Benedicto XVI ha definido recientemente  como irrenunciables para la dignidad de la persona: la protección de la vida, la familia como sociedad natural basada en el matrimonio y la libertad de educación. El Estado pretende ser el dispensador de derechos, pero estos en realidad nos vienen de nuestra misma naturaleza; el Estado los debería simplemente reconocer como anteriores a él, si no quiere ser absolutista.

3.      Pero además de estos elementos morales, que son el fundamento de nuestra civilización y de nuestra cultura y sin los cuales la sociedad se destruye, este Estatut expresa la pretensión del Estado de ocupar los espacios de libertad de las personas, de las familias, de los organismos intermedios y de la sociedad, invadiendo sus competencias y pretendiendo reglamentar todo (40.000 palabras). De esta forma invierte la correcta jerarquía del principio de subsidiariedad, por la cual las familias están al servicio de las personas, la sociedad de las familias y el Estado de la sociedad; y se convierte en estatalista e intervencionista.

4.      Este Estatut es un proyecto laicista “con la barratina”, y en realidad ni siquiera esto, porque instrumentaliza el sentimiento catalán. Es expresión de una cultura dominante laicista, para la cual el hombre se quiere bastar a si mismo y no depender de nada más, cerrado en el horizonte de su propia medida. Pretende construir una sociedad sin sentido religioso, de hecho censura cualquier elemento religioso. Este laicismo estatalista es inevitablemente relativista y se demuestra incapaz de unidad, porque niega las identidades culturales y religiosas y las excluye del espacio público: pero yo no puedo separar mi ser y mi sentir, de mi ser público, porque el hombre es relación, es comunión por su propia naturaleza. La pertenencia hace miedo al poder, porqué si estoy solo el Poder hace de mi lo que quiere, pero no si pertenezco a mi familia o a mi comunidad. Por esto la verdadera lucha hoy no es derecha contra izquierda, ni ricos contra pobres, si no la Persona contra el Poder. La verdadera laicidad del Estado es que respete todas las identidades, sin identificarse con ninguna, y sin caer en un laicismo que las excluya.

5.      No entramos a discutir aquí el nivel de autonomía de Catalunya, sino algo que viene antes y más importante. Porqué hay temas de primer nivel, y otros secundarios: no vamos a reducir nuestra libertad de educación para tener un aeropuerto un poco mejor. Por esto, no me siento menos catalán por votar que NO a este Estatut; pero me sentiría menos cristiano si no lo hiciera, aún respetando otras posiciones.

6.      Dicho esto del Estatut, vale la pena profundizar el problema de fondo: hay una España que no reconoce como propia a Catalunya con su identidad propia; y hay una Catalunya que no acepta su pertenencia a España y vive su ser catalán como oposición al ser español. Y cada nacionalismo se reafirma con los excesos del otro, en un circulo vicioso alimentado por la sospecha. Muchos vemos con preocupación un retraso grave de infraestructuras y una carencia de inversiones y de servicios en Catalunya y pensamos que sería bueno más autonomía para Catalunya; o quizás, mejor dicho, menos centralismo por parte de España. A muchos nos molesta profundamente este centralismo político, económico, cultural y mediático, sobretodo cuando se propone de forma prepotente y egoísta:. No me gusta un cierta forma de entender España, por la cual es natural y normal que todo esté en Madrid. Pero no es que todo sea culpa del centralismo, hay potentes mecanismos de globalización que tienden a concentrar todo en la capital y que por esto mismo deberían ser compensados por una política territorial más generosa o simplemente más justa. Pero aquí también tenemos parte de la culpa de este retraso, porque si el Estado ha hecho poco, la Generalitat también: ha preferido construir una estructura de poder burocrático que pedir las cosas de verdad más necesarias para Catalunya.

7.      Pero la forma de plantear el problema desde Catalunya no ha sido siempre la más justa. A menudo se ha afirmado lo catalán en contra del ser español, por ejemplo en la educación, donde los hijos de padres castellano parlantes ya no tienen el derecho a que sus hijos reciban la educación en su idioma materno, por lo menos en los primeros años (como pide también la ONU): los derechos de las personas no pueden ser pisados en nombre de los derechos de los pueblos. Mucha culpa de la situación que se ha venido a crear, es de los partidos políticos – de todos - porque todos han intentado instrumentalizar en su beneficio. Me repugna ver como se han fomentado sentimientos anticatalanes en el resto de España: quien cree de verdad en la unidad no lo debería hacer.

8.      No se puede trasformar la propia pertenencia a un pueblo o a una cultura en un valor absoluto, en un ídolo, pretendiendo que sea la respuesta exhaustiva que necesita y busca nuestro corazón, sustituyendo a Dios. Los excesos de todos los nacionalismo son siempre malos. De esta forma se engaña al pueblo, no se educan los jóvenes, como a veces se ha hecho en estos 20 años, hasta hacerlos aún más escépticos y nihilistas. La identidad de un pueblo es un bien para todos, por esto, para afirmarse y crecer, no puede encerrarse en si misma, debe siempre estar abierta y enriquecerse, como ha ocurrido en la mejor tradición catalana.

9.      Esta situación de enfrentamiento con España – y quizás pronto dentro de Catalunya - es preocupante. Una verdadera unidad debe respetar las identidades de las minorías (es el mejor test de la calidad de una democracia) y no puede ni ser impuesta por la fuerza, ni ser fruto simplemente del interés económico o de un equilibrio de poder: sería una unidad sólo tolerada, no una unidad que nace del amor al otro, porque el amor al otro diferente de mi es una riqueza para mi vida. Es hora que en Catalunya y en España se deje de afirmar la propia identidad como excluyente del otro y esto es tarea sobretodo de los cristianos; porque nosotros sabemos que una unidad más profunda es posible, porque hay una realidad que es capaz de unir pueblos distintos sin homologarlos, como ocurre en Europa desde hace 1.500 años con el cristianismo.

Es posible si ponemos al centro de nuestro hacer político no una ideología, si no nuestra pertenencia a Cristo y el amor a la unidad que Él genera, por delante de nuestra identidad cultural.

Deus Caritas Est”: el contenido y el significado de nuestra vida es el amor.

Publicado por E-Cristians el 20-06-2006

Si Amnistía Internacional promueve el aborto, se desacreditará; asegura el cardenal Martino

SINGAPUR, jueves, 22 junio 2006 (ZENIT.org).- Amnistía Internacional, la organización comprometida con los derechos humanos, se desacreditará si promueve el aborto a nivel mundial, ha afirmado el cardenal Renato R. Martino, presidente de los Consejos Pontificios para la Justicia y la Paz y para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes.

Amnistía Internacional, fundada por el abogado católico Peter Benenson en 1961, con sede central en Londres, ha emprendido una consulta entre sus dos millones de miembros repartidos por el mundo para preguntar si debe abandonar su posición de neutralidad ante el aborto y pasar a luchar por su introducción legal en el mundo.

«Estimo a Amnistía Internacional, pero de este modo se pillarían las manos. Espero que no lo hagan pues se desacreditarían como defensores de los derechos humanos», afirmó el cardenal Martino en una entrevista concedida a la agencia Reuters desde Singapur.

Según han declarado a Zenit testigos presenciales de la entrevista, el cardenal Martino afirmó que el embrión humano debe ser tratado como una persona, con su dignidad humana, con los derechos de cualquier ser humano, según declara la Carta de las Naciones Unidas en 1948 y en 1992.

Si Amnistía Internacional da este paso, añadió el purpurado, surgirá la pregunta: «¿De quién defienden los derechos humanos? ¿De todos? No. No del no nacido, que sera asesinado».

El cardenal se encuentra realizando una visita de tres días a Singapur para celebrar los 25 años de las relaciones diplomáticas de esta República con la Santa Sede.
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Pamplona bien vale una misa

De todos los reinos cristianos que nacieron como setas para recuperar la España perdida tras la invasión musulmana, el que peor suerte tuvo fue Navarra. Empezó bien y consolidó las posiciones, pero luego se confió, se durmió en los laureles y los vecinos, Castilla y Aragón, le birlaron la merienda. Después de tanto esfuerzo, a principios del siglo XII Navarra se había quedado encajonada en un cuadrilátero entre las Vascongadas y Aragón, entre el Ebro y los Pirineos, sin siquiera una mala salida al mar que echarse a la boca.

Durante el resto de la Edad Media mantuvo lo ganado, que ya de por sí tiene mérito, y se especializó en proporcionar princesas casaderas a todas las casas reales de Europa. Así, en diferentes épocas, Margarita de Navarra se casó con Roger de Sicilia, Berenguela de Navarra con Ricardo de Inglaterra, Inés de Navarra con Gastón de Foix... y Blanca de Navarra, la última de una saga tan numerosa que cuesta seguirla, matrimonió en España; primero con el heredero de la corona de Castilla y luego con el de la de Aragón.  

El primero se llamaba Enrique y era homosexual e impotente; el segundo, Juan, era un caballero en la cama, un lince en la corte y un hacha en la guerra. No es de extrañar que, ya viudo, volviese a casarse con una más joven y engendrase a Fernando el Católico, el gobernante más cuco y maniobrero de cuantos ha tenido España.  

Tanto casorio y tanta actividad venérea con príncipes extranjeros tenía que traer alguna consecuencia. Blanca de Navarra se enamoró perdidamente de su apuesto aragonés. A la muerte de la reina le tocaba heredar al hijo de ambos, Carlos de Viana, pero el padre se negó en redondo y se armó la gorda. El príncipe, reconciliado con el padre y con el perro mundo que le había negado hasta la legítima, murió joven, y la suya pasó a engrosar la lista de historias de la Historia de España que merecen ser contadas.  

Juan recibió la corona de Aragón a la muerte de su hermano y se olvidó de Navarra, donde colocó a una de sus hijas de un modo bastante precario; tanto, que la hija y el padre murieron casi a la vez. Fernando, el heredero de Juan, no podía prestar demasiada atención a lo que pasaba en Navarra y consintió que la corona recayese en un niño de diez años, llamado Francisco Febo, que no tardó mucho en tomar el billete para el otro barrio. Una pena: el desdichado no llegó a cumplir los quince. Su hermana Catalina recogió el relevo y, siguiendo la tradición familiar, se casó con Juan de Albret, un aristócrata del otro lado del Pirineo, muy francés, muy apegado a las costumbres galas, especialmente a las malas.

Como por allí no se llevaba que las mujeres reinasen, hizo como que no se enteraba de que la heredera era Catalina y se coronó como Juan III de Navarra. Juan y Catalina, o Catalina y Juan, fueron los dos últimos reyes de un reino tan viejo como decadente.  

El trajín dinástico era fiel reflejo de la descompuesta Navarra de entonces. Dos partidos se la tenían jurada: los beamonteses y los agramonteses. Los primeros venían del norte, de la montaña, y representaban a la Navarra pastoril y pirenaica, de verdes prados, frondosos bosques y frescos riachuelos. Se llamaban así por Carlos de Beaumont, primo del rey Carlos el Noble. Los segundos eran los hombres del sur, de la ribera del Ebro, de la interminable y feraz huerta, de los señoríos del llano, donde se cultivaba de todo. Debían su nombre a unos terratenientes de la ribera, los Agramunt. Las facciones eran tan irreconciliables que, persuadidos de que nunca se iban a entender, su principal ocupación era poner en el trono a un monarca que les favoreciese. 

El odio africano que se dispensaban hacía que éste fuese utilizado intensamente por los reinos vecinos. Si se quería intervenir en Navarra no había más que congraciarse con uno de los dos bandos.

Tal situación condenó a Navarra a vivir peligrosamente durante un siglo. A sus monarcas, que además tenían el patio revuelto, no les quedaban muchas alternativas: o con Francia o con España, que, por obra y gracia de Fernando el Católico, se habían declarado la enemistad eterna.  

Navarra, sin embargo, no era un objetivo preferente para ninguno de los dos reinos; constituía más bien un estado-tapón entre ambos. Pero los estados-tapón tienen la peculiaridad de que se convierten con relativa frecuencia en estados-pasillo, y si no que se lo digan a los belgas. Esto quitaba el sueño a Fernando y a la corte parisina.

Mientras anduvieron ocupados en las campañas italianas, la obsesión del aragonés era no encontrarse por sorpresa a sus enemigos en Pamplona, en las mismas puertas de Castilla y a un paso de Zaragoza. "He enviado a demandar a los reyes de Navarra que me den la seguridad conveniente de que estarán neutrales", decía, no sin cierta inquietud, antes de embarcarse en la guerra total contra los franceses en Nápoles. Le iba la vida en ello. A Luis XII tampoco le complacía aquel escenario. Fernando era un zorro, y bien podía distraerle por un lado y atacar por otro.

Con todos los bollos metidos en el horno italiano, una invasión española por los Pirineos podía hacerle un roto de dimensiones considerables. Si los españoles eran, además, tan bravos y resueltos como estaban siéndolo en Italia, el mismísimo trono podía bailar bajo su trasero.  

En medio se encontraban los reyes Catalina y Juan de Albret. No podían llevarse mal con ninguno de los dos, aunque el cuerpo les pedía desairar a Fernando, a quien tenían cerca, y pactar una entente más o menos cordial con Luis, de quien, por añadidura, eran vasallos. Una situación tan tensa tenía que reventar por algún lado. Lo hizo, como suelen suceder estas cosas, por el más insospechado. Catalina y Juan decidieron acordar secretamente en Blois el apoyo navarro a Francia en caso de que ésta llegase a las manos con España, cosa que era de esperar en breve, porque Fernando se había embarcado en una nueva Liga Santa con patrocinio papal.  

Uno de los diplomáticos franceses que acudieron a discutir los términos del convenio conoció a una dama navarra de la comitiva real. Se entendieron a la primera, y cuando se encontraban en plena faena el rijoso diplomático se quedó en el sitio de un infarto. La suerte, y algún avisado espía –quizá la misma mujer–, quiso que los documentos que custodiaba el finado en su habitación viajasen hasta Burgos, donde se encontraba Fernando esperando noticias.

Ya es curioso que España, que se había perdido siglos antes por la ligereza de una mujer, se recuperase del todo gracias a los buenos oficios de otra. Esta última, por desgracia, se quedó a medias. Esa era la prueba definitiva.

El Católico no precisaba más para quitarse una incómoda china del zapato. Escribió a Catalina haciéndole partícipe de sus hallazgos. Al negar la reina haber firmado tratado alguno con los franceses, Fernando le pidió tres plazas que avalasen sus palabras: San Juan Pie de Puerto, Malla y Estella. Mientras apretaba las tuercas a su sobrina, negociaba con su yerno, Enrique VIII de Inglaterra, una operación de castigo a los franceses, ofreciéndole Guipúzcoa como base. No quería dejar nada al albur: si Juan de Albret se ponía farruco, dos ejércitos, el inglés y el español, le bajarían los humos de inmediato. La decisión de invadir Navarra estaba ya tomada, pero Fernando, que no daba puntada sin hilo, se buscó la coartada definitiva. Pidió a Catalina permiso para que sus tropas atravesasen el reino camino de Francia.

Catalina dijo que no. Acto seguido, dio orden a Fadrique de Toledo, duque de Alba, que se encontraba acantonado en Salvatierra con unos 15.000 infantes, de avanzar hasta Pamplona. Todo estaba previsto. Los ingleses de Guipúzcoa disuadirían a Luis XII de aventurarse en Navarra. Alfonso de Aragón, por su parte, estaba avisado para intervenir si se presentaban complicaciones en Tudela o en Olite.  

Fue una campaña relámpago, sorprendente por su rapidez y por la escasa resistencia que los soldados, castellanos, alaveses y guipuzcoanos en su mayoría, se encontraron por el camino. Sólo duró cuatro días, los que tardan 15.000 personas en andar los cien kilómetros escasos que separan Salvatierra de Pamplona. El duque, previendo mayores contratiempos, hizo transportar artillería, pólvora y municiones para un largo asedio de la capital. Los pamploneses, sin embargo, no cerraron las puertas ni mostraron intención alguna de resistirse al cambio de los tiempos.

El 25 de julio de 1512 Fadrique hizo su entrada en la ciudad. Quiso la casualidad que fuese el mismo día de Santiago, patrón de España. Los Albret pusieron pies en polvorosa hacia la parte norte del reino, la que quedaba al otro lado de la cordillera, un pequeño apéndice conocido como la Baja Navarra. Allí solicitaron el auxilio de Luis, que armó tres ejércitos para penetrar de nuevo en el reino y arrancárselo de las manos al duque de Alba. Cruzó los Pirineos y se dirigió a Pamplona.  

Esta vez sí hubo asedio, aunque infructuoso: la llegada del invierno obligó a los franceses del mariscal Lautrec a levantar el campamento y regresar por donde habían venido. Cuentan que en los valles del Baztán y el Roncal los lugareños apedrearon al derrotado ejército galo cuando franqueaba los puertos. Aquello de "a enemigo que huye, puente de plata" no lo hemos interiorizado hasta hace bien poco tiempo. 

Para evitar nuevas tentativas, Fernando se personó en Pamplona, y desde allí ofreció una tregua a su archienemigo. Luis, falto de iniciativa y convencido de que los navarros querían compartir el destino de castellanos y aragoneses, se avino a parlamentar. En abril de 1513 ambos monarcas firmaron en Orthez el fin de las hostilidades. Esto, lógicamente, no significaba que Catalina y Juan perdiesen sus derechos sobre el trono: esos sólo podía arrebatárselos el Papa.  La clave de todo estaba ahí, en un despacho del Vaticano. Dos meses antes Julio II había expedido una bula para desposeer de la corona a los Albret. Catalina y Juan fueron, además, excomulgados.

Como lo que dice el Papa va a misa, el 23 de marzo de 1513 las Cortes de Navarra, reunidas para tan magna ocasión en Pamplona, nombraron a Fernando de Trastámara rey de Navarra, con carácter hereditario.

Desde entonces, todos los reyes de Castilla lo han sido, a un tiempo, de Navarra, del mismo modo que sus herederos toman los títulos de Príncipe de Asturias y de Viana. Dos coronas, la de Castilla y la de Navarra; un rey, el de España. Una versión medieval del lema norteamericano: Et pluribus unum 

La anexión de Navarra fue tan legal y legítima como fue posible en algo que acaeció hace casi cinco siglos. Fernando el Católico se comprometió a respetar, mejorar y "no empeorar" los fueros del viejo reino. Ninguno de sus sucesores ha faltado a la palabra dada aquel día de marzo de 1513.  

La actual Comunidad Foral es la última derivación histórica de aquel compromiso. Navarra, y los navarros, se incorporaron de este modo a la singular empresa de España, a cuya historia han contribuido con especial ahínco y convicción. Pamplona, definitivamente, bien valía aquella misa.  

Por Fernando Díaz Villanueva 

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 24 de junio de 2006

“Zapatero sabía muy bien a dónde iba a ir desde que llegó al poder. Sigue un rumbo muy claro”

Entrevista de Cristina López Schligting  con Fernando de Haro, director de Páginas Digital, a propósito de la publicación de su libro Zapatero, en nombre de nada.

Zapatero, en nombre de nada relata dos años en el que los cambios en España se producen a un ritmo vertiginoso. Si nos lo cuentan hace dos años, nos parecería mentira.

Sí, en estos dos años han cambiado muchas cosas en España. En cierto modo, se ha refundado o se ha cambiado el consenso constitucional del 78 y los parámetros de nuestra convivencia. Los lectores que quieran echar una mirada hacia atrás, que quieran revisar lo que ha sucedido, que quieran fijar la memoria y recrear todo lo que ha cambiado pueden tener un buen instrumento con este libro. Porque si no, todo pasa tan rápido que nos vamos olvidando de todo lo que ha ido cambiando. Y realmente han cambiado muchas cosas. Ha cambiado el sistema educativo, ha cambiado el modelo de convivencia familiar, ha cambiado el modelo territorial, ha cambiado la política antiterrorista, ha cambiado nuestra política internacional… Han sido dos años vertiginosos y el repaso de cada uno de los acontecimientos nos puede ayudar a mirar bien las cosas, porque si no vivimos atropelladamente de cambio en cambio, de reacción en reacción, y de vez en cuando conviene tomarse un poco de sosiego y mirar.

Zapatero llega al poder impulsado por el atentado del 11-M y se encuentra en un puesto que parece que le pilla de improviso. Sin embargo, al cabo de estos dos años, uno tiene la sensación de que ha habido una cuidadosa planificación de lo que ha sido la elaboración del contacto con los nacionalismos periféricos, la exclusión del PP, la génesis del Estatuto de Cataluña, la promesa de un estatuto paralelo en el País Vasco y la tregua de ETA. ¿Ha sido una cuestión improvisada, tal y como parecen indicar los datos electorales, o ha sido todo fruto de un plan minucioso?

La sensación al principio era que Zapatero no sabía muy bien a dónde iba. Pero ahora, con dos años de perspectiva, que no son muchos pero son suficientes, uno ve que hay unas líneas básicas con un proyecto muy claro. Él sabía hacia dónde iba. Por ejemplo, él iba a refundir el consenso constitucional. La transición fue un periodo bonito, bueno para la historia de España, en el que los líderes de España supieron sacar lo mejor de la sociedad española y crear un cierto proyecto de unidad entre la izquierda, la derecha, el centro. Pues bien, hay una línea que hace evidente durante estos dos años que el proyecto de Zapatero es que esa unidad básica se destruya, que ese consenso en lo fundamental desaparezca. En contra de lo que suelen hacer los líderes de las democracias anglosajonas, la británica o la estadounidense, que convierten a la oposición en una institución de gobierno, Zapatero ha construido una forma de gobernar en la que habría que quitar del medio a la oposición. Ésa es una línea básica y ese proyecto está ahí. Hemos tenido dos intermedios en este proceso de arrinconar a la oposición. Uno fue enero de 2005, cuando se reunieron Rajoy y Zapatero y parecía que iban a ponerse de acuerdo para reformar los estatutos, pero aquello saltó por los aires. Y ahora hemos tenido un pequeño intervalo, que ha sido esta reunión en Moncloa que ya veremos hasta dónde llega. Pero por lo demás el proyecto es preciso: hagamos de nuevo del PP un partido incapaz de ser percibido como partido de gobierno. Hagamos otra cosa, una revolución, una nueva ciudadanía. Inventemos nuevos derechos civiles, hagamos una política social que en realidad no necesita recursos, no es para dar de comer a los pobres, no es para integrar a sectores marginales, sino una política social que inventa nuevos derechos: los derechos de las personas homosexuales a casarse, que la bioética no tenga limitaciones, etc.

Cosas llamativas pero que no cuesten dinero.

Y que además pongan patas arriba la tradición socialdemócrata, demócratacristiana y liberal. Inventar una nueva ciudadanía es un nuevo eje. Luego hay otro nuevo eje que es la redefinición del Estado. En este libro se recorren los pasos que va dando el Estatuto de Cataluña, que parecía hartísimamente improbable en cada una de sus fases. En el Parlament, en realidad, el Estatut no iba a salir adelante, no había manera de ponerlos de acuerdo. Es sólo porque interviene Zapatero por lo que se consigue que el Estatut salga del Parlament. Llega a Madrid y parece que tampoco va a prosperar, pero Zapatero interviene directamente para que ese estatuto salga adelante. Otro eje fundamental es la política internacional: deshagamos todo lo que se había hecho hasta ahora, deshagamos el pacto atlantista, y construyamos una política internacional cerca de líderes populistas como Evo Morales o Fidel Castro. Hay tres o cuatro ejes que se van ejecutando al milímetro, por lo que no se puede decir que la política de Zapatero sea una política de a tontas y a locas ni una política de circunstancias. La dirección está clara.

Habría que preguntarse de dónde sale este hombre. Tiene 45 años, no anda muy lejos de nosotros, para quienes la Guerra Civil es algo propio de los libros de historia, tan alejada en el tiempo como la Primera Guerra Mundial o la Segunda, y desde luego nada que constituya un ímpetu cotidiano. Por el contrario, este Zapatero parece hecho de otra pasta. ¿Es una nostalgia, es una formación intelectual…? ¿Qué es lo que le mueve en esta dirección?

Zapatero no tiene un pensamiento político sistemático, desarrollado. Es difícil ir desde la apariencia hasta el fondo. Yo lo he intentado con varios discursos: con las juventudes socialistas, en la ONU, en la Asamblea francesa… No estamos ante un cuerpo de pensamiento, pero hay varias influencias que pueden dar una respuesta. Por ejemplo, es muy importante la influencia de un socialismo laicista, encarnado especialmente en Gregorio Peces Barba. Es muy importante, por ejemplo, el libro recién publicado de Peces Barba, La España civil, donde se dice que España nunca podrá ser civil realmente, nunca podrá ser democrática, mientras haya un partido como el PP y mientras haya una iglesia como la Iglesia católica en España. Ésa es una de las vetas que está muy presente en el pensamiento de Zapatero, que es un pensamiento laicista y a la vez relativista. Tiene un encuentro con las juventudes socialistas muy interesante en el que les explica: no es la verdad la que os hace libres, contradiciendo la máxima evangélica, sino que es la libertad lo que os hace verdaderos. Es una frase que toma claramente de Peces Barba, defendiendo un absoluto relativismo. No existe verdad, es lo que con nuestra libertad nosotros construimos lo que es realmente verdadero. Hay otro pensamiento post-sesentayochista. En toda Europa, después del 68, hay una serie de movimientos sociales e intelectuales que piensan que hay que acabar con la tradición, con los valores que hasta ahora han fundamentado Occidente, tanto para la socialdemocracia como para los liberales. Y Zapatero participa de ese pensamiento que quiere destruir, deconstruir toda la tradición occidental, la pone en sordina. Otro elemento fundamental es la forma en la que afronta el problema gravísimo del terrorismo. Hay una forma de entender este problema que dice que los terroristas nunca están justificados. Sin embargo, en este pensamiento que deconstruye la tradición occidental, dice: no, algo habremos hecho, que es el título del libro de José María Calleja recientemente publicado. Si nosotros hemos sido víctimas de un atentado, es que Occidente tiene la culpa. Para empezar, Occidente siempre es culpable de algo. Entonces está justificado que le golpeen, que sea víctima. Otra es una veta completamente revanchista, que pretende reescribir la historia de España, reabrir las heridas de la Guerra Civil para reescribir la Transición. Porque a Zapatero no le gusta cómo se hizo la transición en el 78, no le gusta esa reconciliación y quiere reescribir de nuevo la historia, probablemente para que ese consenso constitucional del 78 se vuelva a hacer de otra manera. Hay otro elemento fundamental, que es del que toma título el libro, Zapatero, en nombre de nada. Es una corriente cultural que domina en este momento en Europa. Una corriente que no reconoce nada objetivo, todo es lo mismo, todo vale igual, y que inventa unos nuevos derechos: todo lo que yo deseo, tengo derecho a ello, aunque no esté en la naturaleza de las cosas, aunque objetivamente no se corresponda con el modo en que las cosas son. Yo me invento, en nombre de nada, una nueva ciudadanía. Son como jirones. Más que un pensamiento, yo diría que son actitudes vitales. Son elementos que no configuran un corpus de pensamiento, pero ¿cómo alguien de nuestra generación gobierna de esta manera? Estas cuatro o cinco claves pueden ayudarnos a entenderlo y lo que está claro es que es una mentalidad radical, que no recibe como herencia las aspiraciones que había tenido hasta ahora el socialismo.

Este libro, aparte de artículos y análisis, comprende toda una serie de entrevistas muy interesantes con Javier Arenas, Josep Piqué, Enrique Múgica, María San Gil o Monseñor Fernando Sebastián.

Por ejemplo, Enrique Múgica, que has mencionado. Un socialista clásico, un socialista tradicional, y en un momento dado hace una crítica a la política que está llevando a cabo Zapatero porque dice: “esto no es lo que nosotros creamos en Suresnes”. Suresnes es el famoso congreso en el que los socialistas se refundan y dan un paso hacia un nuevo partido, que es el que gobierna España durante toda la época de Felipe González.

Es el que rompe con la tradición marxista más tradicional y entra en la cuestión del eurosocialismo de la mano de Felipe González.

Exacto. Sin embargo, Múgica, que es uno de los artífices de ese giro, dice no reconocer a este hijo, que esto no es socialismo, que esto es otra cosa. Y Alejandro Llano lo dice también. Esto no es el socialismo que hemos conocido, esto es otra forma de pensar las cosas. Por ejemplo, no interesa tanto el proyecto común de una sociedad más justa; interesan sobre todo los nuevos derechos individuales, pensados, creados al capricho de cada uno. El proyecto común, que es lo que hace nacer el socialismo, ya no está presente en Zapatero.

El laicismo, has subrayado en tu libro, es uno de los elementos fundamentales de esta radicalidad de Zapatero.

Ahí el pensamiento de Peces Barba es fundamental, y está basado en algo que no corresponde a la verdad. Zapatero, porque Peces Barba lo dice, piensa que la Constitución del 78 es una anomalía. El artículo 18 es el que reconoce el peso social que tiene la Iglesia. Y Peces Barba dice que esto es una anomalía. El fenómeno religioso, el fenómeno católico, mayoritario en España, tiene que ser algo que no tenga dimensión social ni pública. Y ésta es una especie de obsesión que Zapatero, creo que influenciado especialmente por Peces Barba, repite continuamente. Él, en el Congreso, repite mucho una frase: “la fe no se legisla”, oponiéndose a una formulación que nadie ha hecho, que está sólo en su imaginación. Nadie pretende en España legislar la fe, nadie quiere imponer la fe. Es evidente que la Iglesia española ha hecho claramente la transición, sabe perfectamente que ésta es una sociedad democrática; simplemente dice: reconozcamos la dimensión social que, como cualquier cuerpo, tienen los creyentes en la fe. Y sin embargo él continuamente está en debate, rebatiendo no lo que dice la Iglesia sino lo que él piensa que dice la Iglesia. Es una imagen que tiene de una iglesia que, según él, pretende imponer unas convicciones, cuando en realidad lo que está reclamando es un espacio de libertad.

De las grandes entrevistas que recoge este libro, un pensamiento, una palabra que pudiera incitar a considerar como originales algunas de las aportaciones de los entrevistados. Por ejemplo, de la entrevista con Javier Arenas, ¿qué destacaría?

Sobre todo, el recuerdo que él tiene del Pacto Antiterrorista. Recordemos que el Pacto Antiterrorista es una propuesta que hace Zapatero en la legislatura pasada, cuando gobierna Aznar, y que firman Arenas y Zapatero.

Una aportación de Josep Piqué.

El relato detallado de cómo sin el liderazgo de Zapatero el Estatuto no habría salido adelante.

Enrique Múgica.

La necesidad de mantener en cuestiones esenciales una unidad entre los dos partidos mayoritarios en España.

María San Gil.

La denuncia de cómo, bajo el liderazgo de Zapatero, el PSE se ha alejado de esa unidad con el PP que podría haber sido una alternativa contundente frente al nacionalismo.

Y Monseñor Fernando Sebastián.

El recuerdo de cómo se hizo la transición, que él protagonizó en gran medida desde su experiencia eclesial, y el dolor por la acusación continua de que la Iglesia quiere imponerse. Pone en evidencia la falta de verdad que hay en las afirmaciones laicistas que hace Zapatero.

(emitido en COPE el 03/04/06)

Páginas Digital, 22 de junio de 2006

Occidente y la libertad

Muchas veces escuchamos afirmar que en Francia no hay liberales y que la veta liberal del pensamiento francés se perdió en algún momento de mediados del siglo XX, hundida bajo el fascismo, los jacobinos, los comunistas, el socialismo y las diversas ramas de ultraizquierdismo que han venido floreciendo por aquellos pagos desde aquella cosa (cada vez más patética, a medida que pasan los años) que se llamó Mayo del 68. 

Pues bien, no es verdad. A pesar de la casta de mandarines y caciques surgidos de las escuelas de políticos funcionarios, a pesar del conservadurismo y del miedo de los franceses, a pesar de la corrupción de la República sigue habiendo liberales en Francia, y el liberalismo sigue dando frutos en una tierra en la que siempre tuvo arraigo. 

Tenemos ahora una nueva prueba en el libro, mejor dicho panfleto, aunque razonado, que acaba de publicar la editorial Gota a Gota. Se titula ¿Qué es Occidente? y su autor es Philippe Nemo, profesor y estudioso de las ideas políticas.

En España se han publicado de él Job y el exceso del mal (1995), un ensayo a partir de la gran reflexión del francés Emmanuel Lévinas sobre el significado de "pecado original", y otro trabajo más breve, pero enjundioso, sobre la oligarquía de la V República francesa. 

Philippe Nemo también es el responsable de la edición de una monumental historia del liberalismo europeo, que saldrá en Francia dentro de unos meses y renovará bastantes perspectivas. Como se ve, no es hombre falto de ambiciones. El solo título del libro ahora publicado en español indica que no se va a rendir. Se lo agradecemos. 

No estamos ante una divagación más sobre un término particularmente confuso. Este panfleto no es una nueva lista de valores y convicciones, ni otra glosa sobre reflexiones anteriores ni, menos aún, un lamento elegíaco.

Nemo propone, ni más ni menos, una definición de Occidente. En los cinco primero capítulos el autor describe los cinco acontecimientos históricos que han hecho de Occidente lo que es, a saber: la invención de la ciudad, de la libertad bajo la ley, de la ciencia y la escuela (con los griegos); la invención, por los romanos, del derecho, de la propiedad privada, de la persona y del humanismo; la revolución ética y la invención del tiempo histórico que trajo la Biblia; lo que llama la "revolución papal" de los siglos XI y XII, que es la síntesis de los tres hechos anteriores –Atenas, Roma y Jerusalén– y que rescata para la Iglesia Católica parte de lo que muchos historiadores han atribuido a la Reforma; y, finalmente, la promoción de la democracia liberal. 

Aplicando estos criterios rigurosamente, resulta una geografía de Occidente muy precisa, más de la que Huntington trazó en El choque de civilizaciones. La conforman los países que han vivido los cinco acontecimientos (los antiguos quince de la actual Unión Europea, salvo Grecia), además de las democracias anglosajonas (Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda). Cerca, pero no en el núcleo duro, están los países del este de Europa, donde no hubo revolución democrática, los hispanoamericanos e Israel.

En el otro extremo están los países dominados por el Islam. Nemo no niega la vocación universalista de Occidente en aras del multiculturalismo. Países no occidentales como Japón o la India han demostrado que los valores occidentales son transmisibles, adaptables y fecundos en otras circunstancias.

Pero tampoco oculta las diferencias en aras de un mestizaje universal. Como no se hace ilusiones –con razón– acerca del fin de los conflictos, argumenta que más vale tener claras las ideas para entablar un diálogo en profundidad, no un simple intercambio de cortesías vanas, y menos aún un suicidio como el que preconiza el Gobierno socialista español. 

Por eso mismo, Nemo se atreve a proponer, al final, una idea original. Se trata de la creación de una Unión Occidental. Sería algo distinto de la Unión Europea indefinidamente abierta que hemos conocido hasta ahora y ya ha entrado definitivamente en barrena. También sería algo distinto a cualquier tipo de zona controlada por una supuesta hegemonía norteamericana. La Unión Occidental vendría a ser la alianza de un conjunto de países que comparten una identidad cultural esencial, un "espacio institucionalizado de concertación y coordinación, una libre República de países iguales en derechos". 

¿Pura utopía? En parte sí, pero propuestas arriesgadas como éstas tienen la virtud de devolvernos a realidades esenciales: la necesidad de saber quiénes somos, si queremos defendernos, y cómo apuntalamos la base sobre la que se ha construido Occidente: la libertad. Como el panfleto es corto, está bien escrito –sin los amaneramientos del francés actual– y bien traducido, se lee de un tirón. Y le hace a uno soñar con lo que podría llegar a ser, con los medios de que disponemos hoy, un Occidente dispuesto a promocionar los valores liberales, que son los suyos. 

Por José María Marco 

Philippe Nemo: ¿Qué es Occidente? Gota a Gota, 2006; 164 páginas.  

El germen totalitario de la política homosexual del gobierno

Este miércoles se habrá votado en la comisión correspondiente del Congreso de los Diputados una proposición no de ley del PSOE que establece una nueva fase en la imposición del modelo de homosociedad.

Como proposición razona que no es suficiente con la “igualdad jurídica” sino que es necesario desarrollar una política de fomento para que la homosexualidad se haga más visible.

En este caso concreto, dicha política pretende aplicarse a la escuela, de manera que se fomenten “las capacidades afectivas del alumnado y “se establezcan medidas en el sistema educativo en relación a la diversidad afectivo-sexual”.

Una vez más el gobierno juega con la confusión entre dos cuestiones bien diferentes. Una es la del respeto a toda persona en razón precisamente de esta condición, sea o no homosexual, sea cual sea el color de su piel, sus creencias, incluso con independencia de si es un recluso o un ciudadano libre. La dignidad de la persona es inherente a ella y, por consiguiente, inherente es también el respeto.

El gobierno al actuar de esta manera hace algo terriblemente peligroso: Segmenta el respeto e indica quién ha de ser prioritariamente respetado a través de medidas que fomenten la difusión positiva de su naturaleza.  

Esto es una perversión de matriz totalitaria.  

Los gobiernos no pueden otorgar prioridades específicas que alteren el principio fundamental de tratar a todos como personas, porque entonces está estableciendo diversas categorías.  

En realidad esto ya es perfectamente visible en la práctica, donde existe un respeto asimétrico. La persona de segunda categoría es en este caso el cristiano. Sus creencias pueden ser objeto de burla, de mofa, de escarnio y, por consiguiente, todo aquel que las asume está sujeto a este trato denigrante. Baste recordar hechos tan recientes como los que han protagonizado Leo Bassi o la obra “Me cago en….”, o las provocaciones que se están desarrollando en Valencia a causa de la próxima visita del Papa. Todo ello subvencionado por la propia administración socialista.  

Es evidente que si el objeto de la mofa de estas obras no fuera lo católico sino lo homosexual se estaría hablando de homofobia, y con razón. Pero esa misma fobia funciona pagada con el dinero de todos contra los católicos 

Esa es la raíz del problema. El de una mentalidad de totalitarismo “soft” que se va acrecentando y que ya traspasa el límite de lo socialmente peligroso. Pero esta no es la única razón que se puede aducir sobre la extralimitación del gobierno.

La conducta sexual en general pertenece para la mayoría de personas al terreno de la moral y éste es un ámbito que queda reservado a los padres por los principios fundamentales y constitucionales.  

Son los padres quienes tienen la responsabilidad de educar a sus hijos en lo que consideran actos aceptables o reprobables en el terreno de la moral, y de la misma manera que no se puede impedir a un padre que eduque a su hijo en la castidad hasta el matrimonio, como tampoco lo contrario, la libertad plena para mantener relaciones sexuales, sin que ello signifique que un chico menosprecie a otro en su dignidad por no compartir el mismo principio moral, tampoco se puede impedir a los padres que eduquen a sus hijos en el rechazo de la práctica homosexual.  

Esto es lo que debe ser subrayado: la primacía de las razones morales en materia de sexualidad, sin que ello entrañe ningún alegato contra la persona que considera lo contrario.

Diferenciar entre acto y persona es algo elemental que solo la desorientación de nuestro tiempo puede haber confundido. 

Editorial de Forum Libertas, 21 de junio de 2006

Resistencia frente a la mentira

A juzgar por las informaciones de los medios libres, la campaña por el referéndum del nuevo Estatuto de Cataluña fue la campaña de la resistencia democrática frente a la mentira del neofascismo, de la libertad y el civismo frente a la presión violenta y el insulto, de la sociedad libre frente a unas instituciones corruptas y corruptoras.

Una vez conocido el resultado, ¿cuál es la lectura más inquietante? Que no ha triunfado la democracia real, no ha triunfado la resistencia sino la apatía frente a la mentira; la sociedad catalana está enferma y la clase política se felicita. Y ¿cuál es la lectura más sana y, por tanto, la más verdadera, para la mejora de la convivencia entre los españoles? Sin duda que dos de cada tres ciudadanos de Cataluña no han dado su respaldo al proyecto personal de Zapatero de destruir el espíritu constitucional de 1978.

Me resisto a creer que el ser humano elija deliberadamente la mentira como camino. Albergo la confianza cristiana de que todo ser humano es un bien en sí mismo, que tiende a buscar la verdad, la belleza y el bien, y a evitar la mentira y el mal; aun cuando, como dijo San Pablo de sí mismo, no hace el bien que le atrae, sino el mal que le seduce. Pero, a pesar de no perder la confianza primera, creo que en algunos se hace más patente lo segundo: ante la falta de capacitación, pensamiento y credibilidad, ciertos personajes de la vida pública toman el camino de la mentira porque es más rentable y cosecha beneficios inmediatos; a la vez que coloca en posición incómoda o fuera de juego a los contrincantes que optan por el camino de la rectitud.

La opción por la mentira y por todas las manifestaciones afines está en la raíz de los procesos de desmantelamiento (de disolución, dijo Alfonso Guerra) de la unidad de la Nación española y, en consecuencia, del modelo del Estado constitucional. Nada sucede a la luz del día. Una clase política, muy desacreditada, acumula deterioro y mediocridad, mientras una masa ciudadana, en general dormida o distraída, parece no inquietarse ante la pérdida de la libertad y la falsificación del sistema democrático. La alta abstención en el referéndum del nuevo Estatuto de Cataluña es un fracaso más de una clase política que se empeña en destruir el consenso y el espíritu de reconciliación de la Constitución de 1978, para enfrentar de nuevo a los españoles. Se confirma así, una vez más, que ZP lidera una estafa nacional de consecuencias nefastas imprevisibles.

Es así de tremendo y terrible, pero esta valoración viene avalada por la aparición de informaciones cada día más detalladas y convincentes. Hoy se sabe, por ejemplo, que todo se viene gestando, desde hace varios años, en el tenebroso teatro negro de los actores nacional-socialistas; y que los socialistas, a la vez que firmaban el Pacto Antiterrorista y por las Libertades con el Gobierno del Partido Popular, hablaban de pactos contrarios con los nacionalistas y con la facción política de los terroristas. Después vino la formación del Tripartito en Cataluña, el encuentro de Carod Rovira con la ETA en Perpiñán, el Pacto del Tinell en el cual los partidos nacionalsocialistas firmantes se comprometían a excluir al Partido Popular de cualquier acuerdo; y la masacre del 11-M y los acontecimientos de asedio salvaje a las sedes populares, los insultos y las agresiones al que osa disentir y expresarse en libertad...

Este es el escenario en el que ZP administra su particular teatro negro, que no tiene nada que ver con la excelencia artística y creadora del fantástico "Teatro Negro" de Praga, quizá el mejor del mundo. El teatro negro de ZP reúne sobre el más oscuro y tenebroso escenario a cómplices de asesinos, neofascistas, traidores, encubridores, farsistas, guionistas maquiavélicos, saltimbanquis, encantadores de serpientes, engañabobos, bromistas, muñecos lenguaraces, provocadores... ¿Cómo entender esta forma de hacer política si no es desde la opción por la mentira como arte de ganar la partida al contrario?

Hacemos memoria de todo ello, no con la mala idea de contar fracasos, crispar los ánimos o sembrar la desconfianza y el desconcierto, sino con la firme voluntad de que la verdad se abra camino en el orden político, hoy muy escaso de este valor y principio. La práctica de la mentira está creando el humus de la corrupción radical de nuestro sistema democrático, de la desmoralización, el advenimiento de una sociedad sin principios consistentes y sin solidaridades exigentes.

Benedicto XVI, en el Mensaje para la Jornada de la Paz 2006, recordó especialmente a los católicos que se practica la mentira cuando no ajustamos lo que decimos y hacemos al orden divino inscrito en la realidad de las cosas y de la conciencia. Este orden divino exige respetar la dignidad de la persona y reconocer el valor sagrado de toda la vida humana.

La falta de respeto a la vida humana, a la dignidad de la persona y a los derechos y libertades está a menudo camuflada en expresiones y leyes ambiguas, en silencios y en dejación de responsabilidades de quienes están investidos del mandato público de defenderlos. La opción por la mentira y sus expresiones afines impregna la política tal como la practica Zapatero y así aparece traducida frecuentes veces en ciertos medios de comunicación. Cuando lo que decimos y hacemos no se ajusta a un criterio humanamente lleno de verdad, iluminación, norma y seguridad, cada verdad se convierte en criterio absoluto. De este modo, todo es posible, rige el "como sea" en función de los objetivos que se persigan.

En este contexto, la campaña por el referéndum del Estatuto de Cataluña ha sido una muestra más de la elección de la mentira como argumento político. Ha sido una campaña falsificada por la intimidación, la persecución, la manipulación y el secuestro de la información. Una parte significativa de los pacíficos y cívicos defensores del "no" fue sistemáticamente discriminada y atacada incluso desde las instituciones. El uso partidista de las instituciones y de los recursos de que dispone a favor de una opción, por un lado, y la utilización de la violencia legitimada en contra de otra opción, pone en entredicho la legitimidad del resultado. Zapatero y sus socios dieron un paso más en la versión actual del neofascismo, que estigmatiza y excluye en función de la idolatría del territorio, la sangre y la lengua.

Optar por la mentira no acarrea más que la presión constante de verse obligado a recurrir a la trampa, la manipulación, el juego sucio, las deslealtades, la ocultación de los hechos, la persecución, la inseguridad y el temor. Optar por la senda de la mentira requiere cargar el equipaje de prejuicios y desconfianza. Pero es insostenible pretender mantenerse en el camino del engaño, no lo ha resistido el socialismo real. Aunque, con Zapatero al frente del Partido Socialista, no veo ninguna posibilidad de regeneración ética de su partido y de la actividad política.

En cambio, la opción por la verdad nos hace libres, buscadores de la verdad inscrita en la realidad de la vida, acogedores de todos los que buscan la verdad, conjugadores de todas las verdades. "La verdad os hará libres", reza el lema de la cadena COPE. A los ciudadanos libres, que no acudimos a la violencia, al engaño y al juego sucio, nos queda la resistencia democrática, despertar y salir a la vida pública con nuestras convicciones y trabajar de manera perseverante. Es inmensamente más gratificante y constructivo pisar el sendero de la búsqueda y la proclamación de la verdad sobre aquello que nos hace más personas, más solidarios, más fraternos y más prójimos de todos, incluso más compasivos con los que intentan destruirte. Resistir a la mentira con la verdad, para regenerar la vida pública, es un servicio prioritario.

Juan Souto Coelho es miembro del Instituto Social "León XIII"

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 22 de junio de 2006