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Políticamente... conservador

La Derecha americana y el gobierno de la nación

La creación de una cantidad enorme de medios de comunicación y de fundaciones culturales conservadoras y alternativas (aunque en alguno de sus componentes, sólo en parte) a la seudocultura imperante ha permitido la profundización y reflexión sobre las propias raíces culturales y religiosas y ha echado los cimientos del edificio cultural conservador que ha derrotado la hegemonía del totalitarismo políticamente correcto. Asimismo ha servido como punto de referencia para aquellos políticos más sensibles a los cambios culturales de la sociedad para adaptar (por convicción o interés) sus programas a las nuevas corrientes de pensamiento que poco a poco iban conquistando la mayoría de la opinión pública. De aquí el fenómeno Bush y el de su América profunda, cristiana, patriota y conservadora.  

Es común oír en los medios de comunicación que la administración Bush es presa de un grupo de «halcones» sin escrúpulos, denominados «neoconservadores». O bien que la connection existe desde hace mucho tiempo, y que Bush y sus pretorianos neocon han aprovechado la ocasión para extender la hegemonía de EE.UU. en el mundo. Se llega incluso a afirmar que el 11-S fue propiciado por esta corte de «neoimperialistas» para legitimar un “golpe de Estado mundial”....

 

Ex trotzkystas, luego ex progresistas anticomunistas, vinculados a Israel, los neocon tendrían en sus manos las riendas del mando estadounidense. Una suerte de Estado en el Estado impenetrable e invencible.

 

“La cuestión de fondo es que una política exterior expansionista es la marca del neoconservadurismo. Así al menos consta en la publicación, de noviembre de 1979, del ensayo Dictatorship and Double Standards de Jeanne Kirkpatrick en las páginas de la revista mensual Commentary, uno de los hauts lieux de las publicaciones neocon, editado por el American Jewish Committee de Nueva York. Tras la lectura de aquel ensayo, el presidente Ronald W. Reagan nombró a su autora embajadora de EE.UU. para las Naciones Unidas.

 

El descarado globalismo de los neocon, de hecho, choca, mejor aún, se contrapone al espíritu substancialmente aislacionista típico de la “Old Right” conservadora y libertarian, actualmente defendido por los denominados “paleoconservadores” y “paleolibertarian”. “[...] Los “paleoconservadores” y los “paleolibertarian” son una minoría; organizada y coherente, pero sin dejar de ser una parte minoritaria de la opinión pública estadounidense. Y de la Derecha. Exactamente como los neocon”.

 

En la opinión pública norteamericana, conviven direcciones político-culturales – o, mejor, sensibilidades – que son patrimonio explícito de las mentalidades de los “paleo”, ideas que éstas culturas hacen coherentes. Lo mismo vale para aquéllas sensibilidades que los neocon convierten en una doctrina o incluso en una ideología.

 

Luego, el 7 de abril de 2003, ha llegado el artículo Unpatriotic Conservatives, publicado en National Review (NR) por David Frum. En el mismo, toda la Derecha contraria a la guerra de Iraq era acusada de traidora, y la acusación era de importancia capital sobre todo en razón del autor y de la cabecera que la alojaba. Frum, de hecho, neocon doc de ascendencias culturales mixtas, había cesado recientemente de ser uno de los speechwriter destacados de Bush, inventor (parece) de la expresión «eje del mal» para indicar los países cómplices del terrorismo internacional contra los cuales los EE.UU. decretaban guerra total a partir del famoso discurso presidencial de enero de 2002. Y NR, fundada en 1955 por William F. Buckley jr. como “casa común” de los conservadores, parecía, guiada por Frum, vender definitivamente el alma al neoconservadurismo.

 

Pero no es así. Pasadas algunas semanas, el fascículo del 16 de junio de NR ha vuelto a mezclar las cartas, dedicando incluso la portada a la demolición de la idea de una hegemonía neocon sobre la Administración Bush y sobre el movimiento conservador. Del ataque se ha encargado Ramesh Ponnuru – con el largo artículo Getting to the Bottom of This “Neo” Nonsense -, uno de los cuatro senior editor del semanal, opinionista destacado de la cabecera.”[...] La Doctrina Bush ¿es sólo la vieja idea globalista del presidente Demócrata Thomas Woodrow Wilson en salsa neocon, tanto que la actual Administración USA no sería otra cosa más que una máquina de guerra neoconservadora? Demasiado simplista, dice Ponnuru. Antes que nada porque ignora las profundas diversificaciones internas del mundo (pequeño) neocon, haciendo la etiqueta talmente genérica que la reduce a la insipiencia. En segundo lugar porque en el universo neocon actualmente sobresalen con nitidez los “neo-neoconservadores” [1].

 

Siguiendo con el relato del periodista y estudioso del conservadurismo americano, Marco Respinti, veamos ahora quiénes son en realidad los neocon o, como algunos prefieren llamarlos, los neoconservadores jacobinos: “En este pequeño pero aguerrido ejército forman William Kristol, Robert Kagan, Max Boot, Michael A. Ledeen, Lawrence F. Kaplan y Norman Podhoretz. Viejas lanzas junto a otras más jóvenes. William Kristol – hijo de Irving Kristol, el primer intelectual ex trotzkysta que reivindicó con orgullo la etiqueta neocon -, ya miembro destacado del equipo del vicepresidente Republicano Dan Quayle en tiempos de Bush padre, es el combativo director de The Weekly Standard, substancialmente el órgano oficial de aquella corriente del Partido Republicano que estudia como neocon y que hoy se pone indiscutiblemente a la cabeza (periodística) de los neoconservadores.

 

Kagan, ex Departamento de Estado, es director del US Leadership Project del Carnegie Endowment for International Peace y autor de Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial(Taurus, 2003). Boot es Olin Senior Fellow para el National Security Studies del Council on Foreign Relations de Nueva York. Ledeen, titular de la Freedom Chair de la American Enterprise Institute for Public Policy Research (AEI) de Washington, ha sido definido por Ted Koppel (37 años de militancia en la red de televisión ABCNews) un hombre del Renacimiento en la tradición de Maquiavelo. Kaplan, ya director ejecutivo de The National Interest – el periódico de política exterior fundado por Kristol padre -, actualmente es senior editor de The New Republic, donde se ocupa de política exterior y de asuntos internacionales”. [...] Podhoretz es, con Kristol padre, el otro iniciador histórico del neoconservadurismo: actualmente senior fellow al Hudson Institute de Indianápolis y de Washington, desde 1960 a 1995 ha dirigido Commentary.

 

Si no es la afinidad generacional, ¿qué es lo que los hace a todos neocon? Según Ponnuru, el sueño de una nación estadounidense que juegue el papel de “potencia progresista revolucionaria” a nivel mundial. Añadiendo que es difícil encontrar un antecedente histórico. A no ser la Francia de la década de los noventa del siglo XVIII, jacobina.

 

Pero tampoco los neocon son un monolito. Ledeen proyecta una América dispuesta a librarse de todo aquello que encuentre en su camino. Kristol jr. lima la idea, considerando que la construcción de un imperio sea la única garantía para los intereses nacionales. Kagan, con desencanto que tiene algo de militar, se plantea menos cuestiones teóricas y más cuestiones prácticas. Con esta respuesta: cualquier alternativa es peor de la hegemonía estadounidense. Y si Kristol y Kagan desprecian olímpicamente la Doctrina Wilson, Boot la reivindica abiertamente. Pero Eliot A. Cohen, el tercer mosquetero junto a Kristol-Kagan, se inclina por una orientación de política exterior inspirada en la virtud de la prudencia. Que Kristol y Kagan contemplan bastante menos”[2].

 

Junto a los anteriores exponentes del pensamiento neocon cabe añadir un nuevo subgrupo surgido en los últimos lustros y que, aún teniendo una visión de la política exterior norteamericana “intervencionista” (aunque quizás al contrario de los neocon anteriormente citados éstos entienden la “exportación de la democracia” como categoría política de participación popular al poder independientemente del régimen político y sistema cultural y religioso imperante (esto es, como oposición a todo tipo de totalitarismo ya sea religioso que político) y no como mera exportación de la “democracia americana” – siempre y cuando los neocon a la Kristol entiendan como tal su proyecto de “potencia progresista revolucionaria” ya que se dan muchos matices y distingos doctrinales), se diferencia de los neocon “clásicos” por su compromiso religioso: me refiero a los denominados “teoconservadores” (theocon).

 

Un ejemplo de su postura cristianamente militante, que los diferencia claramente de la postura agnóstica o cuando menos tibia de los neocon, lo tenemos en la polémica con Kagan surgida a raíz del libro escrito por el biógrafo del Papa Juan Pablo II (y destacado líder de los theocon católicos) George Weigel The Cube and the Cathedral: Europe, America, and Politics Without Gods (Basic Books, Nueva York). En él afirma que Bush y la Casa Blanca tienen un problema Europa, del cual por otra parte es necesario que se ocupen ya que la alianza con la Unión Europea (contra toda hipótesis aislacionista) es indispensable para Estados Unidos. En este tema – según Weigel – Kagan tiene mucha razón (esto es, en su crítica al giro “pacifista”, “renunciatario”, “multiculturalista” que le lleva a buscar continuos compromisos diplomáticos y a renunciar a todo uso de la fuerza para afirmar sus legítimos derechos e intereses y, por lo tanto, a una afirmación clara de su identidad y de su papel en el mundo ante los antiguos enemigos (comunistas) y los nuevos (fundamentalismo islámico), emprendido por el continente europeo tras la Segunda Guerra Mundial – fenómeno que caracteriza como “Maternidad de Venus” frente a la “Paternidad de Marte” que caracterizaría a los norteamericanos por su mayor disponibilidad a no guardar la cabeza bajo el ala de la cultura y la diplomacia y a hacer uso del derecho a la legítima defensa armada). Lo que ocurre es que Kagan no centra del todo la cuestión porque no va a la raíces auténticas del problema.

 

¿Por qué Europa se cobija en la utopía pacifista? El trauma de las dos guerras mundiales no es para Weigel una explicación suficiente. Él afirma que el problema es anterior y tiene profundas raíces religiosas. Europa – a diferencia de los Estados Unidos, donde (al menos fuera de las grandes metrópolis) la mayoría de la población sigue frecuentando las Iglesias – ha sufrido un profundo proceso de descristianización – claramente evidenciado por el suicidio demográfico (si nacen pocos niños, es necesario importar inmigrantes, en su mayoría islámicos) – el cual le ha quitado nada menos que la voluntad y las razones para luchar, e incluso para identificar a los enemigos.

 

Aquéllos que «políticos» como Zapatero indican como los valores morales de Europa – paz, justicia, igualdad y solidaridad – son sólo melífluos eslóganes relativistas que esconden, según Weigel, el rechazo a pensar el mundo en términos de valores.

 

La sola política no será suficiente, por tanto, al presidente Bush: los Estados Unidos tienen que buscar en Europa interlocutores dispuestos a plantearse el tema de las raíces cristianas. ¿En quién piensa el theocon? Más que a un acercamiento a Chirac, Weigel piensa en Benedicto XVI (del cual es amigo), a un reforzado, en su identidad cristiana, Partido Popular Europeo, y a varios líderes de las nuevas democracias del Este ex soviético [3].

 

Bien, tras este excursus en el subgrupo de los theocon, consideremos ahora (siempre acompañados por el guía que nos hemos elegido para este viaje, Marco Respinti) las relaciones de los neocon con la Administración Bush.

 

“A favor el “imperio americano” se declaran David Frum (investigador para el AEI, donde dirige estudios sobre la Administración Bush jr.), Charles Krauthammer (ex speechwriter del Demócrata Walter Mondale en las presidenciales de 1980, editorialista de The Washington Post y opinionista de The New Republic) y Joshua Muravchik (otro investigador del AEI), autor de un libro revelador desde su título, Exporting Democracy: Fullfilling Americas’s Destinty. Los tres, sin embargo, se desmarcaron de la intervención militar en Kósovo en los tiempos de Clinton.

 

En la Administración Bush jr., los más vinculados a los neocon parecen ser el vicesecretario a la Defensa (actual presidente del Banco Mundial) Paul Wolfowitz (más que el titular del Miniesterio, Donald H. Rumsfeld) y John McCain, senador por Arizona que en las primarias de 1999-2000 apostó por la imagen del soldado-patriota para conseguir la nominación republicana, actualmente presidente de la Comisión para el Comercio, la Ciencia y los Transportes del Senado. Ni Wolfowitz ni McCain, de todos modos, han suscrito la más famosa «cruzada» neocon de finales de los noventa del siglo pasado, que sirvió para dividir entre amigos y enemigos de estos últimos: las sanciones comerciales a la China comunista. Y Wolfowitz ha asimismo defendido públicamente que Bush padre hizo bien, en 1991, cuando paró el avance de las tropas americanas en Iraq.

 

Definir neocon Condoleezza Rice sería una superficialidad. Entre los “halcones”, en cambio, es a menudo citado el vicepresidente Dick Cheney, pero se trata de otra incorrección. Experto insider de la política washingtoniana, suma en su persona el conservadurismo típico de la provincia estadounidense y las querencias por el big business.

 

De vez en cuando vuelven a asomarse algunas figuras importantes de la Administración Bush padre. El general Brent Scowcroft y James A. Baker III, por ejemplo, el primero Consejero para la Seguridad nacional de Ford y de Bush padre, el segundo ministro del Tesoro con Reagan y Secretario de Estado con el padre del actual presidente. Nadie les llamaría neocon. Mas bien, decifra Ponnuru, encarnan el más rígido pragmatismo, la mera defensa del status quo que es motivo de anatema para conservadores y neocon.

 

A medio camino entre conservadurismo y pragmatismo a la Scowcroft-Baker se ubica el viejo zorro de la política norteamericana Henry Kissinger (nunca ausente de los escenarios que cuentan – sobre todo republicanos - aunque no esté presente) y Faared Zakaria, editorialista de Newsweek y autor de The Future of Freedom: Illiberal Democracy at Home and Abroad. Ya sea Zakaria que Kissinger han dado su apoyo a la guerra de Iraq, pero difícilmente cumplen los requisitos del perfecto neocon. Zakaria está entre aquellos que defienden que, antes de convocar elecciones en un país que no está acostumbrado a la democracia, sea necesario asegurar la certeza del derecho y operar reformas económicas estructurales que permitan el pleno y maduro funcionamiento de las instituciones representativas. Por ello es catalogado – él, nacido en India en el seno de una familia de musulmanes practicantes – como “realista”.

 

No está de acuerdo Gary J. Schmitt, “halcón”. Secreario del Comité para la Liberación de Iraq, Schmitt es el director ejecutivo de The Project for the New American Century, el think tank que está pensando cómo reorganizar el liderazgo estadounidense en el mundo, apoyado por los análisis de Kaplan, Kagan y Kristol.

 

Desenmarañar la geografía de los lobbystas del nuevo poder de los EE.UU. es difícil, pero para Ponnuru ya sea neocon ya sea «paleo» semplifican demasiado. En los Estados Unidos, quien desde la Derecha se ha interesado más o menos temáticamente de política exterior nunca se ha identificado sin más ni con uno ni con otro campo y, observa el opinionista, “la mayor parte de los conservadores se ha demostrado “realista”, favoreciendo políticas exteriores basadas en la simple valoración del interés nacional”.

 

De ello es un icono el senador de Arizona Barry M. Goldwater (1909-1998), clamorosamente derrotado en las presidenciales de 1964, pero capaz de dar aquél decisivo giro político que incluso generó la ilusión de un Partido Republicano desde siempre de derechas. Goldwater fue el primer político estadounidense que entendió cuánto era necesaria una “casa común” de la Derecha para apuntalar y aguantar el choque del reto político y que por tanto eligió rodearse, como asesores a varios niveles, de exponentes del mundo conservador varios y distintos los unos de los otros. O bien de “autoridades naturales” de aquél cuerpo social y cultural, así como de sus «representantes» más o menos «formales». Por ejemplo, el tradicionalista Russell Kirk [4] (autor de algunos discursos de Goldwater), Frank S. Meyer [ teórico del «fusionismo» entre tradicionalismo y Libertarianism, esto es, de la búsqueda de las fuentes comunes de las distintas «almas» que conforman la Derecha americana] William A. Rusher (editor de NR), Ayn Rand (teórica del anarco-capitalismo ateo y super-individualista), Milton Friedman (Nobel de Economía), William F. Buckley (fundador y director de NR), L. Brent Bozell (católico tradicionalista, autor del libro- programa de Goldwater, El verdadero conservador, de 1960), Gerhart Niemeyer (filósofo de la política, colaborador del Departamento de Estado) y Harry V. Jaffa. Por otra parte, fue precisamente NR a lanza la idea de «Goldwater for President».

 

El senador de Arizona, ha sido el hombre que ha convertido el “fusionismo” en la “doctrina oficial” del conservadurismo político norteamericano y de aquellos sectores del Partido Republicano que han elegido imitarlo, acercándose al “movimiento” [conservador] y a su “pueblo”.

 

Y el conservadurismo definido por el “fusionismo” y por el goldwaterismo, opina Ponnuru, es el que hoy (pero también ayer) caracteriza a NR, la más antigua, leída y autorizada voz mediática de la Derecha. NR flirtea desde hace tiempo con los neocon, y a veces parece acostarse con ellos, pero – dice Ponnuru desde sus mismas páginas – reivindica el “realismo conservador”. Y “su poder real consiste en el hecho que la mayor parte de los conservadores – electores comunes y funcionarios públicos – tienden instintivamente a ponerse de su parte”. El realismo representado por NR, por otra parte, se sitúa en las antípodas del pragmatismo a la Scowcroft-Baker y “el núcleo del realismo conservador en política exterior se cifra en la prudencia más bien que en la ideología”. Lo cual nos conduce a la doctrina de Russell Kirk, padre histórico del conservadurismo, nada neocon y por lustros pilar de una NR que un adversario irreducible del neoconservadurismo como Patrick J. Buchanan recuerda con nostalgia. Pero que quizás está volviendo, si la línea Ponnuru se impone.

 

Y en política exterior realismo significa flexibilidad. Depende de lo que está en juego y del escenario internacional. Así, el neoaislacionista Buchanan no puede ser acusado de querencias neocon si y cuando aconseja una política de contención armada de Irán, que si no es el “Delenda Carthago” auspiciado por Ledeen, tampoco es el indiferentismo predicado por otros.

 

Para Ponnuru, sin embargo, la guerra al terrorismo ha congelado el debate interno. Y ciertamente no a favor de los neocon. Actualmente los EE.UU. están comprometidos “en una guerra para proteger un interés nacional vital: la seguridad física de nuestros compatriotas”. Cualquier otro wilsonismo no viene a cuento. Pero, sobre todo, no explica ésta política exterior americana.

 

Una (media) ratificación – nada sospechosa – viene precisamente de Buchanan, que no pierde ocasión para evidenciar y subrayar las diferencias entre Bush y los neocon. Si el comienzo del idilio lleva la fecha de enero de 2002, el comienzo de las gestiones para el divorcio coincidiría con la entrada de las tropas estadounidenses en Bagdad. La belicosidad neocon contra Damasco, muy aguda en la víspera, ha desaparecido de repente. No se ha hecho nada contra Teherán >[salvo declaraciones del presidente Bush y de algún que otro miembro destacado de su gobierno n.d.t]. Y Richard Perle, “halcón donde los haya”, ha visto redimensionado su propio papel público desde cuando, en marzo de 2003, ha dimitido de la presidencia del Defense Policy Board (asesor del Pentágono) a consecuencia de un escándalo por conflictos de interés. Ni los groseros ataques de Newt Gingrich contra Colin Powell, acusado ante el público jubilante de la AEI, de appeasment hacia Siria, han sido recogidos por el presidente. Grupo de presión, una vez agotada la presión los neocon parecen que vuelven a ser sencillamente un grupo más.

 

Una cosa es segura. Bush es lo que es sin necesidad de transformarlo en un neocon. A veces sus valoraciones se acercan a las de los neocon, a veces no. Los neocon son poderosos – en determinados momentos algunos poderosísimos -, pero van y vienen en las simpatías del poder.

 

¿No será, entonces, que, más que rehén de los neocon, la política exterior de los presidentes Republicanos que tienen puesta la vista en el mundo conservador sea en realidad domadora de aquéllos (los neocon)? ¿Permitiéndoles bailar a las órdenes del presidente de turno, incluso dejándoles rugir para que se ilusionen, salvo luego encerrarlos en una jaula cuando ya no sirven?

 

¿Y, por tanto, si todo esto es verdad, si NR y Ponnuru son lo que son, si además de NR existen otros “representantes” del mundo conservador (el semanal Human Events, el Intercollegiate Studies Institute de Wilmington en Delaware, The Heritage Foundation de Washington, etc.), quizás significa que, utilizados los halcones para espantar a los buitres, el poder político que ha elegido dialogar con el “movimiento” [conservador] y con el “pueblo” [asimismo conservador] haya propiciado (indirectamente, o bien “inadvertidamente”) el artículo de Ponnuru, cuya publicación precisamente en NR tiene un alcance y un peso no comunes?

 

Si así fuera, sería una señal inequívoca del hecho que los neocon parecen muy poderosos cuando sus ideas políticas coinciden con las de la Casa Blanca, más débiles cuando el presidente decide actuar por su cuenta. Lo que no se debe hacer, por tanto, es hacerlos coincidir siempre y a la fuerza” [5].

 

Conclusión

 

A muchos podrá asustar la sopa de corrientes, grupos y subgrupos de la que se alimenta el mundo conservador norteamericano (una auténtica red de cosmovisiones unidas en su oposición al progresismo imperante y políticamente correcto). Sin embargo, considero interesante dar a conocer tal compleja realidad no sólo porque desmonta todos los falsos mitos acerca de un presidente Bush “rehén” (y/o miembro) de la “secta” belicista neoconservadora (mostrando, en cambio, el sano pragmatismo del político con convicciones que se inclina por una u otra opción según las exigencias del bien común y la seguridad nacional e internacional), sino sobre todo porque nos alecciona acerca de cómo hemos de actuar para ganar la hegemonía cultural, condición sine qua non, para la reconquista de una homogeneidad cultural y religiosa natural y cristiana.

 

En efecto, la creación de una cantidad enorme de medios de comunicación y de fundaciones culturales alternativas (aunque en alguno de sus componentes, sólo en parte) a la seudocultura imperante ha permitido la profundización y reflexión sobre las propias raíces culturales y religiosas y ha echado los cimientos del edificio cultural conservador que ha derrotado la hegemonía del totalitarismo políticamente correcto. Asimismo ha servido como punto de referencia para aquellos políticos más sensibles a los cambios culturales de la sociedad para adaptar (por convicción o interés) sus programas a las nuevas corrientes de pensamiento que poco a poco iban conquistando la mayoría de la opinión pública. De aquí el fenómeno Bush y el de su América profunda, cristiana, patriota y conservadora.

 

¿Para cuándo, pues, una corriente cultural transversal de opinión paleo-theocon en España y en Europa que traducido al europeo significaría tradicionalismo realista y sanamente pragmático?

 

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Ángel Expósito Correa

 

Notas:

 

[1] Cfr. “USA a.D. 2003, fra neocon e realpolitik”, Marco Respinti, “Il Domenicale”, Milán

 

[2] Ibídem

 

[3] http://www.cesnur.org/2005/mi_05_14a.htm

 

[4] http://revista-arbil.iespana.es/(59)amos.htm

 

[5] “USA a.D. 2003, fra neocon e realpolitik”, Marco Respinti, “Il Domenicale”, Milán

¿La homosexualidad es un trastorno?

El historiador César Vidal analiza en este amplio artículo cómo la homosexualidad dejó de ser considerada un transtorno psicológico para ser únicamente definida como «un estilo de vida». Vidal repasa la visión moral de las religiones sobre la homosexualidad y las presiones recientes para adaptarla a lo «políticamente correcto»

El juicio sobre la homosexualidad ha experimentado diversas variaciones a lo largo de la Historia. En general, las culturas de la Antigüedad generalmente la juzgaron moralmente reprobable. Egipcios y mesopotámicos la contemplaron con desdén mientras que para el pueblo de Israel se hallaba incluida en el listado de una serie de conductas indignas del pueblo de Dios que se extendían del adulterio a la zoofilia pasando por el robo o la idolatría (Levítico 18, 22). No en vano, el Antiguo Testamento incluía entre los relatos más cargados de dramatismo el de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 13, 14, 18 y 19), cuyos habitantes habían sido castigados por Dios por practicar la homosexualidad. Durante el período clásico, la visión fue menos uniforme. En Grecia, por ejemplo, alguna formas de conducta homosexual ¬masculina y sin penetración¬ era tolerable mientras que en Roma fue duramente fustigada por autores como Tácito o Suetonio como un signo de degeneración moral e incluso de decadencia cívica. El cristianismo ¬que, a fin de cuentas, había nacido del judaísmo¬ también condenó expresamente la práctica de la homosexualidad. No sólo Jesús legitimó lo enseñado por la ley de Moisés sin hacer excepción con los actos homosexuales (Mateo 5, 17-20) sino que el Nuevo Testamento en general condenó la práctica de la homosexualidad considerándola contraria a la ley de Dios y a la Naturaleza (Romanos 1, 26-27) y afirmando que quienes incurrieran en ella, al igual que los que practicaran otro tipo de pecados, no entrarían en el Reino de los cielos (I Corintios 6, 9).

   La condena de la práctica homosexual fue común en los Padres de la Iglesia y en los documentos más antiguos de disciplina eclesial aparece como uno de los pecados que se penan con la excomunión. Partiendo de esta base no resulta extraño que el mundo medieval ¬tanto judeo y cristiano como musulmán¬ condenara las prácticas homosexuales e incluso las penara legalmente aunque luego en la vida cotidiana fuera tan tolerante ¬o tan intolerante¬ con esta conducta como con otras consideradas pecado. Esta actitud fue aplastantemente mayoritaria en occidente ¬y en buena parte del resto del globo¬ durante los siglos siguientes. Esencialmente, la visión negativa de la homosexualidad estaba relacionada con patrones religiosos y morales y no con una calificación médica o psiquiátrica. El homosexual podía cometer actos censurables ¬no más por otra parte que otros condenados por la ley de Dios¬ que incluso se calificaban de contrarios a la Naturaleza y de perversión. No obstante, no se identificaba su conducta con un trastorno mental o con un desarreglo físico. En realidad, para llegar a ese juicio habría que esperar a la consolidación de la psiquiatría como ciencia.

   Partiendo de una visión que consideraba como natural el comportamiento heterosexual ¬que meramente en términos estadísticos es de una incidencia muy superior¬ la psiquiatría incluiría desde el principio la inclinación homosexual ¬y no sólo los actos como sucedía con los juicios teológicos¬ entre las enfermedades que podían y debían ser tratadas. Richard von Kraft-Ebing, uno de los padres de la moderna psiquiatría del que Freud se reconocía tributario, la consideró incluso como una enfermedad degenerativa en su Psychopatia Sexualis. De manera no tan difícil de comprender, ni siquiera la llegada del psicoanálisis variaría ese juicio. Es cierto que Freud escribiría en 1935 una compasiva carta a la madre norteamericana de un homosexual en la que le aseguraba que «la homosexualidad con seguridad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que avergonzarse, ni un vicio, ni una degradación, ni puede ser clasificado como una enfermedad». Sin embargo, sus trabajos científicos resultan menos halagüeños no sólo para las prácticas sino incluso para la mera condición de homosexual. Por ejemplo, en sus Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, Freud incluyó la homosexualidad entre las «perversiones» o «aberraciones sexuales», por usar sus términos, de la misma manera que el fetichismo del cabello y el pie o las prácticas sádicas. A juicio de Freud, la homosexualidad era una manifestación de falta de desarrollo sexual y psicológico que se traducía en fijar a la persona en un comportamiento previo a la madurez heterosexual.

   En un sentido similar, e incluso con matices de mayor dureza, se pronunciaron también los otros grandes popes del psicoanálisis, Adler y Jung. Los psicoanalistas posteriores no sólo no modificaron estos juicios sino que incluso los acentuaron a la vez que aplicaban tratamientos considerados curativos contra la inclinación homosexual. En los años cuarenta del siglo XX, por ejemplo, Sandor Rado sostuvo que la homosexualidad era un trastorno fóbico hacia las personas del sexo contrario, lo que la convertía en susceptible de ser tratada como otras fobias. Bieber y otros psiquiatras, ya en los años sesenta, partiendo del análisis derivado de trabajar con un considerable número de pacientes homosexuales, afirmaron que la homosexualidad era un trastorno psicológico derivado de relaciones familiares patológicas durante el período edípico. Charles Socarides en esa misma década y en la siguiente ¬de hecho hasta el día de hoy¬ defendía, por el contrario, la tesis de que la homosexualidad se originaba en una época pre-edípica y que por lo tanto resultaba mucho más patológica de lo que se había pensado hasta entonces. Socarides es una especie de bestia negra del movimiento gay hasta el día de hoy pero resulta difícil pensar en alguien que en el campo de la psiquiatría haya estudiado más minuciosa y exhaustivamente la cuestión homosexual. Curiosamente, la relativización de esos juicios médicos procedió no del campo de la psiquiatría sino de personajes procedentes de ciencias como la zoología (Alfred C. Kinsey) cuyas tesis fueron frontalmente negadas por la ciencia psiquiátrica. De manera comprensible y partiendo de estos antecedentes, el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) incluía la homosexualidad en el listado de desórdenes mentales. Sin embargo, en 1973 la homosexualidad fue extraída del DSM en medio de lo que el congresista norteamericano W. Dannemeyer denominaría «una de las narraciones más deprimentes en los anales de la medicina moderna». El episodio ha sido relatado ampliamente por uno de sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa gay, y ciertamente constituye un ejemplo notable de cómo la militancia política puede interferir en el discurso científico modelándolo y alterándolo. Según el testimonio de Bayer, dado que la convención de la Asociación psiquiátrica americana (APA) de 1970 iba a celebrarse en San Francisco, distintos dirigentes homosexuales acordaron realizar un ataque concertado contra esta entidad. Se iba a llevar así a cabo «el primer esfuerzo sistemático para trastornar las reuniones anuales de la APA». Cuando Irving Bieber, una famosa autoridad en transexualismo y homosexualidad, estaba realizando un seminario sobre el tema, un grupo de activistas gays irrumpió en el recinto para oponerse a su exposición. Mientras se reían de sus palabras y se burlaban de su exposición, uno de los militantes gays le gritó: «He leído tu libro, Dr. Bieber, y si ese libro hablara de los negros de la manera que habla de los homosexuales, te arrastrarían y te machacarían y te lo merecerías». Igualar el racismo con el diagnóstico médico era pura demagogia y no resulta por ello extraño que los presentes manifestaran su desagrado ante aquella manifestación de fuerza.

   Sin embargo, el obstruccionismo gay a las exposiciones de los psiquiatras tan sólo acababa de empezar. Cuando el psiquiatra australiano Nathaniel McConaghy se refería al uso de «técnicas condicionantes aversivas» para tratar la homosexualidad, los activistas gays comenzaron a lanzar gritos llamándole «sádico» y calificando semejante acción de «tortura». Incluso uno se levantó y le dijo: «¿Dónde resides, en Auchswitz?». A continuación los manifestantes indicaron su deseo de intervenir diciendo que habían esperado cinco mil años mientras uno de ellos comenzaba a leer una lista de «demandas gays». Mientras los militantes acusaban a los psiquiatras de que su profesión era «un instrumento de opresión y tortura», la mayoría de los médicos abandonaron indignados la sala. Sin embargo, no todos pensaban así. De hecho, algunos psiquiatras encontraron en las presiones gays alicientes inesperados. El Dr. Kent Robinson, por ejemplo, se entrevistó con Larry Littlejohn, uno de los dirigentes gays, y le confesó que creía que ese tipo de tácticas eran necesarias, ya que la APA se negaba sistemáticamente a dejar que los militantes gays aparecieran en el programa oficial. A continuación se dirigió a John Ewing, presidente del comité de programación, y le dijo que sería conveniente ceder a las pretensiones de los gays porque de lo contrario «no iban solamente a acabar con una parte» de la reunión anual de la APA. Según el testimonio de Bayer, «notando los términos coercitivos de la petición, Ewing aceptó rápidamente estipulando sólo que, de acuerdo con las reglas de la convención de la APA, un psiquiatra tenía que presidir la sesión propuesta». Que la APA se sospechaba con quién se enfrentaba se desprende del hecho de que contratara a unos expertos en seguridad para que evitaran más manifestaciones de violencia gay. No sirvió de nada.

   El 3 de mayo de 1971, un grupo de activistas gays irrumpió en la reunión de psiquiatras del año y su dirigente, tras apoderarse del micrófono, les espetó que no tenían ningún derecho a discutir el tema de la homosexualidad y añadió: «Podéis tomar esto como una declaración de guerra contra vosotros». Según refiere Bayer, los gays se sirvieron a continuación de credenciales falsas para anegar el recinto y amenazaron a los que estaban a cargo de la exposición sobre tratamientos de la homosexualidad con destruir todo el material si no procedían a retirarlo inmediatamente. A continuación se inició un panel desarrollado por cinco militantes gays en el que defendieron la homosexualidad como un estilo de vida y atacaron a la psiquiatría como «el enemigo más peligroso de los homosexuales en la sociedad contemporánea». Dado que la inmensa mayoría de los psiquiatras podía ser más o menos competente, pero desde luego ni estaba acostumbrada a que sus pacientes les dijeran lo que debían hacer ni se caracterizaba por el dominio de las tácticas de presión violenta de grupos organizados, la victoria del lobby gay fue clamorosa. De hecho, para 1972, había logrado imponerse como una presencia obligada en la reunión anual de la APA. El año siguiente fue el de la gran ofensiva encaminada a que la APA borrara del DSM la mención de la homosexualidad. Las ponencias de psiquiatras especializados en el tema como Spitzer, Socarides, Bieber o McDevitt fueron ahogadas reduciendo su tiempo de exposición a un ridículo cuarto de hora mientras los dirigentes gays y algún psiquiatra políticamente correcto realizaban declaraciones ante la prensa en las que se anunciaba que «los médicos deciden que los homosexuales no son anormales».

   Finalmente, la alianza de Kent Robinson, el lobby gay y Judd Marmor, que ambicionaba ser elegido presidente de la APA, sometió a discusión un documento cuya finalidad era eliminar la mención de la homosexualidad del DSM. Su aprobación, a pesar de la propaganda y de las presiones, no obtuvo más que el 58 por ciento de los votos. Se trataba, sin duda, de una mayoría cualificada para una decisión política pero un tanto sobrecogedora para un análisis científico de un problema médico. No obstante, buena parte de los miembros de la APA no estaban dispuestos a rendirse ante lo que consideraban una intromisión intolerable y violenta de la militancia gay. En 1980, el DSM incluyó entre los trastornos mentales una nueva dolencia de carácter homosexual conocida como ego-distónico. Con el término se había referencia a aquella homosexualidad que, a la vez, causaba un pesar persistente al que la padecía. En realidad, se trataba de una solución de compromiso para apaciguar a los psiquiatras ¬en su mayoría psicoanalistas¬ que seguían considerando la homosexualidad una dolencia psíquica y que consideraban una obligación médica y moral ofrecer tratamiento adecuado a los que la padecían. Se trató de un triunfo temporal frente a la influencia gay. En 1986, los activistas gays lograban expulsar aquella dolencia del nuevo DSM e incluso obtendrían un nuevo triunfo al lograr que también se excluyera la paidofilia de la lista de los trastornos psicológicos. En Estados Unidos, al menos estatutariamente, la homosexualidad ¬y la paidofilia¬ había dejado de ser una dolencia susceptible de tratamiento psiquiátrico. Cuestión aparte es que millares de psiquiatras aceptaran aquel paso porque la realidad es que hasta la fecha han seguido insistiendo en que la ideología política ¬en este caso la del movimiento gay¬ no puede marcar sus decisiones a la ciencia y en que, al haber consentido en ello la APA, tal comportamiento sólo ha servido para privar a los enfermos del tratamiento que necesitaban. Se piense lo que se piense al respecto ¬y la falta de unanimidad médica debería ser una buena razón para optar por la prudencia en cuanto a las opiniones tajantes¬ la verdad era que la decisión final que afirmaba que la homosexualidad no era un trastorno psicológico había estado más basada en la acción política que en una consideración científica de la evidencia. Por ello, ética y científicamente no se diferenciaba mucho de aberraciones históricas como el proceso de Galileo o las purgas realizadas por Lysenko.

31 de diciembre de 2002

La televisión, educadora por defecto de la sociedad

Entrevista con Brent Bozell

ALEXANDRIA (EE.UU.), viernes, 17 marzo 2006 (ZENIT.org).- Hollywood debería tener el valor de promover los valores tradicionales en cine y televisión porque encontraría una audiencia muy motivada, asegura un experto en medios de comunicación.

Brent Bozell, 49 años, es profesor, columnista, comentarista de televisión, empresario, publicista, padre de cinco hijos, fundador y presidente del Consejo de Padres para la Televisión de Estados Unidos, una organización radicada en Hollywood que promueve la responsabilidad en la industria del entretenimiento.

Zenit ha conversado con Bozell, graduado en la Universidad de Dallas, sobre sus puntos de vista sobre los medios de comunicación.

--Recientemente se propuso un plan en el Congreso para pedir a las cadenas de televisión por cable que ofrezcan precios a la carta; es decir, los abonados no deberían pagar por canales que no usan. ¿Piensa que esta propuesta resolvería las dificultades de los padres para controlar la programación que entra en sus casas?

--Bozell: La posibilidad de elegir, en la televisión por cable, ciertamente ayudaría a los padres a controlar la programación, pero no ayudaría a hacer una televisión más limpia. De hecho, es una licencia para programar, aunque sea con más filtros.

Sin embargo, quienes encuentran la programación ofensiva tendrían que ser capaces no sólo de evitar que entre en sus casas; sería más importante que pudieran detener las suscripciones, que ha sido el mayor pecado.

Lo que no podemos olvidar es que las compañías por cable han obligado a los consumidores a financiar una programación vulgar que éstos consideran ofensiva. El cable a la carta acabaría con este fraude.

--Dado que los niños pueden acceder a material dudoso en cualquier lugar --en casa de sus amigos, Internet, etc.--, ¿que debería hacer un progenitor? ¿Qué otros apoyos existen en la formación moral de los más jóvenes?

--Bozell: Los controles están bajando. La media de tiempo que un niño pasa ante la televisión es de 4 a 6 horas al día. Ese mismo niño pasa sólo, como media, un cuarto de hora con su padre.

Actualmente, un muchacho antes de llegar a la universidad ha pasado más tiempo ante la televisión que ante el profesor. ¿Qué significa esto? Que la televisión es «el gran educador» de la sociedad.

Es importante que los padres controlen la televisión por los bajos valores que enseña a sus hijos.

--En su Guía para el tiempo de máxima audiencia, usted clasifica los programas. Los canales de televisión, ¿ofrecen programas para una audiencia más familiar?

--Bozell: No, aunque en los últimos años ha habido buenos programas como «Touched by an Angel», de la CBS, y «Seventh Heaven» de WB, que fueron también muy populares.

De hecho fueron espectáculos número uno, pero Hollywood parece que tiene alergia a la idea de seguir haciendo algo bueno. Cuando NBC lanzó «Friends», tuvo un gran éxito y hubo otras 34 imitaciones antes de que «Friends» lograra la máxima audiencia.

Lo interesante es que aquí hay un mercado definido para cualquier programa positivo, tanto en televisión como en el cine, como atestigua «La Pasión de Cristo» y la reciente película «Narnia». Los dos han ganado centenares de millones de dólares.

Pero Hollywood, en contra de lo que dice, no se guía por los beneficios. Si fuera así, debería lanzar más espectáculos como éstos.

--¿Cuáles son algunas de las señales que indican que un chico está siendo influido negativamente por la televisión? ¿Qué debería notar un padre?

--Bozell: Hay muchos estudios científicos que confirman cosas que son de sentido común: un chico impresionable que copia lo que hacen sus modelos en los espectáculos de su televisión favorita, imitará su conducta.

Las investigaciones demuestran que los chicos expuestos a escenas de sexo en TV cuando son pequeños, tienen más probabilidad de iniciarse en él muy jóvenes, y los chicos expuestos a escenas violentas muy pequeños, son más proclives a ser violentos. Es de simple sentido común.

Vayamos más allá. Si un chico está viendo la televisión y se divierte con la programación de MTV, como consecuencia querrá emular su conducta.

No debería sorprender a nadie que los chicos de hoy blasfemen como carreteros si lo oyen en MTV. Y los mismo se puede decir de otros patrones de conducta: falta de respeto a la autoridad, desdén por la religión, actitudes cínicas. Todas estas conductas enseñadas por la televisión son fotocopiadas.

--Algunos expertos aconsejan a los padres hablar con frecuencia con sus hijos sobre los contenidos de la TV. ¿Cómo funciona esta práctica?

--Bozell: El senador Joe Lieberman observó que, mientras los buenos padres tratan de instilar buenos valores a sus hijos a la hora de comer, en ese mismo día por la tarde la «caja tonta» les dirá a los niños que su padre debería irse a «freír espárragos».

Sería estupendo si hubiera un papel a la inversa: los padres deberían enseñar a sus hijos cómo y por qué lo que están viendo no es sólo ofensivo sino inmoral.

Ningún padre quiere hacer esto y algunos padres pueden creer que ya están haciendo un trabajo excepcional impidiendo que sus hijos vean programas repugnantes. Pero la triste realidad es que de un modo u otro los chicos los verán. Los padres no tienen otra salida que afrontarlo.

--Parece que las películas que promueven los valores familiares son muy populares. ¿Está Hollywood respondiendo a esta demanda?

--Bozell: No todos en Hollywood se oponen a los valores tradicionales. Hay gente maravillosa que hace cosas estupendas, como Phil Anschutz y Walden Media, pero están nadando contra corriente.

La cultura de Hollywood es radicalmente opuesta a los valores tradicionales. Quien tuvo realmente valor fue Mel Gibson. Hoy tener valor significaría hacer una película que retratara a Juana de Arco como una santa y no como una «Juana la loca».

Auténtico coraje sería hacer películas que defiendan los valores tradicionales pero no hay suficiente gente que lo tenga.
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POR NAVARRA, EN ESPAÑA, CON EUROPA

  1. Navarra ha sido una encrucijada de caminos desde los inicios de su poblamiento. Ya  en el período neolítico-eneolítico y edad de bronce, junto al tipo pirenaico-occidental aparecen los tipos mediterráneo, alpinoide y armenoide. Cuando  los romanos llegan al solar que un día se llamará Navarra, no hay uniformidad poblacional, ni identidad específica étnica (racio-cultural), ni se habla una lengua común.

  1. Los vascones, pueblo citado repetidamente por autores griegos y romanos, ocupaban buena parte de nuestro territorio. En el invierno del año 75-74 a.C. el general romano Pompeyo, en lucha contra Sertorio, otro general romano, acampó en un lugar que después se llamará Pamplona,  ciudad de Pompeyo. Desde  entonces gran parte del territorio de los vascones fue intensamente romanizado.

  1. Invadida la Península por los árabes el año 711, musulmanes y francos se disputan el dominio de los hispano-romano-vascones, cuya herencia primordial respetó la monarquía goda. A comienzos del siglo IX se consolida en torno a Pamplona un núcleo político anterior, con caudillos locales, desembocando más tarde (905) en el Reino de Pamplona, que ejercerá una gran influencia en la España cristiana. Desde el siglo VIII los cronistas franceses se refieren a los “navarri” como una denominación  de trabajadores rurales (sociónimo), sobre la que se construirá posteriormente la denominación étnica (etnónimo) y la territorial (corónimo) de Navarra y pueblo navarro.

  1. En el último tercio del siglo X, reinando Sancho Garcés II,  los códices “Albeldense” y “Rotense”, escritos en el monasterio de Albelda y en Nájera, respectivamente, recopilan una serie de textos de contenido jurídico, histórico y político-simbólico, con los que la Realeza y la Iglesia navarras asumen como propios el pasado romano y visigodo, y celebran la monarquía pamplonesa, fiel a la fe cristiana, victoriosa contra  sus enemigos, y bien entroncada con los reinos y condados hispanos y francos. El Reino de Pamplona se construye alrededor de la sede episcopal pamplonesa y con un contenido cultural romanizado.

  1. Sancho Garcés III, llamado el Mayor, rey de Pamplona (1004-1035), hijo del rey pamplonés García Sánchez II, de madre leonesa, de abuela y esposa castellanas, consigue extender su hegemonía política por toda la Hispania cristiana. El abad de Ripoll y obispo de Vic, Oliba, lo llama “rex ibericus”. A su muerte sus sucesores serán reyes de Pamplona,  de Castilla y, más tarde, de Aragón. Por esta razón se considera a Navarra madre de los reinos de la España medieval.

  1. La vocación europea de Navarra encuentra un nuevo impulso en la  voluntad decidida de Sancho el Mayor de promover la organización eclesiástica así como la observancia regular de los monasterios, que llevan a cabo los espíritus más europeístas de su tiempo, como el monasterio de Cluny. Se le atribuye también la protección y animación del Camino de Santiago.

  1. A mediados del siglo XII el Reino de Pamplona comienza a denominarse Reino de Navarra. Tras la reconquista de Tudela y de toda la Ribera del Ebro, que había sido una potencia musulmana durante cuatro siglos, y tras la unión del territorio de Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado con el Reino de Castilla, los límites territoriales del Reino navarro coinciden básicamente con los de la actual Comunidad Foral.

  1. Navarra es desde su nacimiento una monarquía fruto del pacto, de un modo u otro, entre el rey y el reino. Los Fueros limitan la autoridad del rey y garantizan a los navarros un ámbito de poder propio y un amplio haz de derechos y libertades. Los reyes navarros, antes de su proclamación, debían jurar los Fueros, con el compromiso de mejorarlos (“amejorarlos”) y nunca empeorarlos. Este juramento renueva el supuesto pacto originario de la monarquía y forma parte esencial del llamado Fuero General, cuando la llegada al trono de un rey extranjero (Teobaldo II, en 1234) propicia una compilación sobre tradiciones jurídicas de la monarquía navarra.

  1. En las zonas menos romanizadas y también en algunas más romanizadas permanece como idioma popular la lengua de los vascones. La acusada romanización de Navarra y el hecho de ser el latín la lengua oficial de la Iglesia  hacen de él la lengua culta, que será después sustituida por el “romance” navarro derivado del latín: el “lengoage de Navarra”, el “ydioma navarre terre”, mayoritario en el Reino, y en el que se escriben los Fueros. Más tarde se funde con el castellano, que será la lengua hablada y escrita de la mayoría de los navarros, su medio habitual de comunicación hasta hoy. El vascuence, lengua pre-indoeuropea, llega a su mayoría de edad literaria  en el siglo XVI con los poemas del navarro de Ultrapuertos, Bernardo de Echepare -el primer testimonio literario vasco escrito-, y con la prosa magistral de Pedro de Axular, natural de Urdax, en el siglo XVII, a los que seguirán  otros muchos cultivadores de la misma lengua.

  1. En 1512 Navarra, agotada por una secular lucha intestina entre agramonteses y beamonteses, se ve al mismo tiempo afectada por la lucha que mantienen Francia y España por la hegemonía europea. Los reyes Juan de Albret y Catalina de Foix, pertenecientes a dinastías francesas entronizadas por razones hereditarias, intentan mantenerse neutrales en la pugna hispano-francesa pero acaban por aliarse con el rey Luis XII de Francia, quien les garantiza el pacífico disfrute del principado del Bearne y de sus muchas posesiones en todo el territorio francés. La alianza con Francia les cuesta la corona navarra. Fernando el Católico ve en la alianza franco-navarra una amenaza para Castilla. Pide el apoyo espiritual del papa Julio II e invade Navarra. En pocas semanas, con la ayuda de los navarros del bando beamontés, consigue la capitulación de las autoridades, después de la huida de la familia real. En 1513 las Cortes navarras lo reconocen como rey, previo juramento de los Fueros.

  1. En 1515 el Reino de Navarra es incorporado a la Monarquía española que reunió Carlos I como herencia de diversos reinos. Se incluye en el juramento real a partir de 1517 la obligación de mantener a Navarra como “reino de por sí” por cuanto la incorporación se lleva a cabo por vía de unión “eqüae principal”. Navarra mantiene su condición de reino, con derecho a instituciones propias, pero no permanece anquilosada. Se adapta paulatinamente, junto con los otros territorios hispanos -Aragón, Castilla, Cataluña, Mallorca, Valencia- a la nueva Monarquía española que se va perfilando a lo largo de los siglos XVI-XVIII.

  1. La restauración de la justicia y de la seguridad interior, ya apaciguadas las violencias nobiliarias entre agramonteses y beamonteses, supone una mejora substancial para el campesinado y la población urbana. Se abre un contexto de nuevas posibilidades de progreso social y de enriquecimiento económico que el pueblo navarro sabe aprovechar: en la administración y en el ejército real, en el comercio y  en las Indias, en las universidades y en la Iglesia.

  1. Desde su incorporación política a la emergente Monarquía española, los navarros participan por todo el mundo en las grandes empresas comunes de los españoles. A ellos se sienten unidos por antiguos y profundos vínculos: religiosos, económicos, culturales y parentales. Y todo ello sin menoscabo de su identidad colectiva  y de su personalidad política como Reino que, a pesar de muchas dificultades y contrafueros, evoluciona adecuándose con naturalidad y eficacia a las transformaciones de los tiempos. Los misioneros navarros, tras la huella de San Francisco de Javier, comienzan a anunciar la fe cristiana en todo el mundo.

  1. La guerra de la Independencia, pocos años después de la guerra contra la Convención revolucionaria francesa, fue una guerra patriótica española contra los soldados napoleónicos invasores. Desde entonces y durante más de un siglo los navarros se enfrentarán entre sí, a veces cruentamente, por razones religiosas, políticas, económicas y sociales, igual que el resto de los españoles.

  1. Representantes del  Viejo Reino acuden a las Cortes de Cádiz, donde se proclama que la soberanía corresponde a la Nación Española. En los debates constitucionales y en el proemio de la Constitución de 1812 se elogia la “constitución política” de Navarra: pero, al optar el nuevo código político por un sistema centralizado de España, resulta incompatible con la pervivencia del Reino navarro. Años más tarde, tras la guerra realista y la primera carlista, Navarra acuerda su incorporación al nuevo Estado constitucional mediante la Ley Paccionada, de 16 de agosto de 1841. Esta ley es fruto de la de confirmación de Fueros, 25 de octubre de 1839, que puso fin a la guerra en el Norte tras el Convenio de Vergara.

  1. Por la  Ley de 1841 Navarra renuncia a su condición de reino, incompatible con la unidad constitucional, tal como se entiende en la Constitución centralista de 1837, aunque para muchos navarros eso supone en esos momentos un progreso histórico frente al absolutismo del Antiguo Régimen. Consigue a cambio un régimen autónomo especial, que se denomina Régimen Foral. Rasgo propio del mismo es la exigencia de pacto con el Estado para cualquier reforma ulterior, dentro de la unidad constitucional. Navarra es el único territorio español cuyos Fueros garantizaron, desde 1515 a 1978, un importante haz de libertades colectivas y un sistema de autogobierno político y administrativo. 

  1. A finales del siglo XIX el  vizcaíno Sabino Arana Goiri funda el Partido Nacionalista Vasco (PNV), que se propone alcanzar en un primer momento la independencia de Vizcaya, para extenderla después a todo Euzkadi (palabra inventada por el político nacionalista), que abarca Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Navarra, Ultrapuertos, Labort y Sola. La existencia del “pueblo vasco”, nación sin Estado por culpa de la opresión de España y de Francia, según Arana, se fundamenta en la raza y en la lengua. El euskara  o euskera -el bascuence o vascuence de los clásicos- es la lengua nacional de Euzkadi. Con frecuencia el fundador del PNV hace gala de expresiones racistas y xenófobas contra España y los españoles.

  1. Desde hace más de cien años el nacionalismo vasco ha fracasado en su empeño de expandirse por Navarra, aunque actualmente consiga en conjunto un porcentaje del diez al quince por ciento de los votos. Fracasó también, aprovechando el momento propicio de la Segunda República, en  su intento de integrar a Navarra en una única región autónoma a través de un Estatuto vasco-navarro. Fracasó, en 1977, cuando quiso incorporar a Navarra al Consejo General Vasco, precursor de la futura Comunidad Autónoma Vasca.. Fracasó cuando, meses más tarde, el pueblo navarro refrendó por mayoría absoluta la Constitución española frente a las apelaciones nacionalistas a favor de la abstención o del voto en contra.

  1. Fruto de un pacto político en las Cortes Constituyentes, la Constitución de  1978 reconoce al pueblo navarro el derecho a decidir libremente sobre su futuro autonómico-foral. En el supuesto de que el Parlamento de Navarra decidiera un día, por mayoría absoluta de sus miembros, la incorporación de la Comunidad Foral a la Comunidad Autónoma Vasca, esa decisión debería ser ratificada por el pueblo navarro mediante consulta popular o referéndum. El primer Parlamento navarro, elegido en abril de 1979, rechazó, en su Comisión de Régimen Foral, una propuesta nacionalista de integración de Navarra en la Comunidad Autónoma del País Vasco.

  1. La Constitución española proclama el amparo y respeto a los derechos históricos de Navarra, concretados en el Régimen Foral. Queda así constitucionalizado el principio de que sólo mediante pacto del Estado con las instituciones representativas navarras puede reformarse el  Régimen navarro. El nuevo pacto con el Estado español se firmó el 8 de marzo de 1982  y fue incorporado al  ordenamiento jurídico, previa ratificación del Parlamento de Navarra y de las Cortes Generales, por Ley Orgánica de 16 de agosto de 1982. El llamado popularmente Amejoramiento del Fuero permitió a Navarra la definitiva democratización de las instituciones forales así como la integración en Régimen Foral de numerosas competencias ejercidas hasta entonces por  el Estado en virtud de una concepción centralista del concepto de unidad constitucional totalmente superada en la Constitución de 1978.

  1. La más importante de todas ellas, históricamente ejercida antes y después de 1841, es que los poderes forales pueden establecer el régimen tributario. El Convenio Económico es el instrumento bilateral o paccionado cuya finalidad es armonizar los respectivos sistemas fiscales del Estado y de Navarra al igual que precisar la cuantía de la aportación de la Comunidad Foral a las cargas generales de la Nación. El Amejoramiento diseñó mejor que Estatuto alguno la cooperación de Navarra con el resto de España. En su artículo primero  la Comunidad Foral se define como “integrada en la Nación Española y solidaria con todos sus pueblos”.

22.     Pese a sus pobres resultados electorales, el nacionalismo vasco lleva a cabo una permanente campaña de acoso sobre Navarra desde las instituciones de la Comunidad Autónoma de Euskadi. El Gobierno Vasco incluye en su escudo, como si de un territorio irredento se tratara, un cuartel reservado a Navarra, ahora dejado en fondo rojo tras la sentencia del Tribunal Constitucional, que desautorizó la apropiación indebida del mismo por la Comunidad Autónoma Vasca. Son numerosas las publicaciones oficiales del Gobierno Vasco donde se produce una apropiación de la historia, de la geografía y de la cultura navarras. Los medios de comunicación oficiales de Euskadi tratan a Navarra como una provincia más de Euskalherria, nombre de resonancias históricas y culturales, convertido ahora en corónimo político para designar el conjunto de la soñada nación vasca.

  1. Por su parte, el nacionalismo vasco independentista y terrorista dirige una permanente campaña de intimidación sobre la población navarra y especialmente sobre personas e instituciones forales que se identifican con la Nación española. Pero también desde los medios que les concede el sistema democrático español, centros educativos, asociaciones culturales, medios de información, etc., arremeten de continuo contra todo lo que simbolice, defienda, promueva, represente a España y a Navarra española. Treinta y nueve navarros son las víctimas mortales de sus crímenes terroristas desde 1977. Ellos fueron asesinados por ser navarros y españoles a la vez. Ni los olvidamos ni los olvidaremos jamás en todas nuestras actuaciones.

  1. Con el patrocinio de las instituciones públicas de la Comunidad Autónoma de Euskadi se creó en 1999 la autodenominada Asamblea Nacional de Municipios Vascos (“Udalbiltza”) que, sin poseer representatividad y legitimidad democráticas, pretende configurarse por la vía de hecho como la primera “institución nacional de Euskalherria”, incluyendo tanto a Navarra como a territorios de Francia, con total desprecio a las normas constitucionales de ambos países.

  1. Todo ello no es más que una muestra de falta de lealtad constitucional  de los partidos nacionalistas y del propio Gobierno Vasco en relación con Navarra y España. Según este nacionalismo, etnicista y extremoso, la nación vasca, entendida como ellos quieren entenderla, se impone a sus propios componentes individuales, que no cuentan a la hora de decidir sobre su propia identidad.

  1. En la Resolución del Parlamento Vasco de 12 de julio de 2002, que aprobó el dictamen de la Comisión sobre Autogobierno, se llevó a cabo una nueva e inadmisible manifestación de injerencia, al reivindicar el derecho de autodeterminación del “Pueblo Vasco”, o Euskalherria, incluyendo Navarra.

  1. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que no existan vínculos de solidaridad y afecto entre las dos Comunidades, derivados de la vecindad, de afinidades históricas, lingüísticas y culturales, y sobre todo de la pertenencia a la misma nación española. El vascuence es una de las lenguas oficiales de Navarra, junto con el castellano, en la zona llamada vascoparlante (bilingüe). También con La Rioja y Aragón, por razones de vecindad y de relaciones históricas, las afinidades son evidentes.

  1. A pesar de todo, ni la acción terrorista ni el nacionalismo independentista han podido impedir que Navarra, sólidamente integrada en España y en la Unión Europea, sea una Comunidad próspera y solidaria, dinámica, moderna, tolerante, abierta a la sociedad de la información y del conocimiento. La Comunidad Foral ocupa un buen nivel en España y en la Unión Europea, según los principales indicadores utilizados para medir el nivel de bienestar económico y social. Navarra conjuga el amor a sus tradiciones con una decidida voluntad de cooperar a la creación un mundo más justo.

  1. El pueblo navarro, que asume su territorio actual como solar propio, no quiere formar parte de la proyectada nación vasca, como una provincia más de esa ficción política llamada ahora Euskalherria. La historia de Navarra es una continuidad dinámica de identidad, y buena parte de su cultura es fruto de esa etnohistoria, base de una voluntad colectiva de pervivencia en cada momento histórico. En esa trayectoria resaltan la afirmación de su propia personalidad, su foralismo y sus hondas raíces en la cultura cristiana. Lo que coincide, puesto al día y a la altura de la España y de la Europa democráticas, con las características que resaltan todos los estudios sociológicos actuales.

  1. En suma, queremos seguir siendo, con una voluntad renovada y cada día más firme, navarros, españoles, europeos y universales.

* * *

Esta Declaración fue aprobada por el pleno del Consejo de la Sociedad de Estudios Navarros, a propuesta de sus Secciones de Historia y  Cultura, en sesión celebrada el   de noviembre de 2002.

Rusia: el rojo y el negro. Genealogía de las derechas rusas según Walter Laqueur

Por Robert Steuckers

El impacto de los fascismos del oeste europeo en general y del nacional-socialismo alemán en particular, se dejó sentir de una manera notable en los círculos de la emigración de los rusos blancos en el período de entreguerras. Los fascismos atraían porque ofrecían soluciones rápidas a los problemas, mientras que a los parlamentos democráticos, que lo sometían todo a interminables discusiones, se les acusaba de dejar "pudrir las situaciones". Este culto a las "decisiones rápidas", tan en boga en los debates de la Alemania de la época y en los tempestuosos discursos de Mussolini, sedujeron tanto a los pequeños círculos fascistas rusos puros y duros, como a conservadores del talante de P.B. Struve, y a moderados como N. Timashev.

LOS "JÓVENES RUSOS"
A la difusión de este doble culto a la autoridad y a la celeridad en las decisiones, contribuyó el surgimiento de varias organizaciones políticas en la década de los años veinte, repletas todas ellas de una militancia joven y entusiasta. El más pequeño de estos grupos fue el movimiento de los Jóvenes Rusos (Mladorossiti), dirigido por Alexander Kazem Bek. Kazem Bek procedía de una familia aristocrática de origen iraní que se rusificó en el siglo XIX. A los 21 años emigró a París, donde encabezó una asociación de estudiantes blancos que reclamaba la instauración de una monarquía totalitaria de nuevo cuño. Adaptaron por su cuenta y riesgo todos los elementos de la parafernalia y disciplina fascistas, al tiempo que, como explica Walter Laqueur, su ideario político consideraba que el antiguo régimen no podía ser restaurado, ya que había sido minado en sus cimientos por la decadencia reinante, por la ideología burguesa y el filisteismo. Desde este punto de vista, el hundimiento del régimen a manos de los bolcheviques, no habría sido otra cosa que un merecido castigo. El apocalipsis de 1917 y el horror de la guerra tendrían así, según los partidarios de Kazem Bek, el valor de una purga. Estas opiniones, lejos de lo que pueda pensarse, no molestaban en absoluto a conservadores como Struve —quien, por cierto, abrió las columnas de su publicación a los Jóvenes Rusos— ni a personajes como Kyril, el pretendiente al trono de los Romanov. Dos grandes duques se adhirieron al movimiento.
Al culto a Mussolini y a Hitler añadían, curiosamente, el de Stalin. El dictador ruso, según Kazem Bek y sus seguidores, había puesto límite a la anarquía revolucionaria, había reestablecido la autoridad del ejecutivo y, en definitiva, había puesto freno al internacionalismo. Kazem Bek apostaba por una simbiosis entre antiguo régimen y orden nuevo: una monarquía encarnada por el Gran Príncipe Kyril, vertebrada por las nuevas instituciones soviéticas. Dicho de otra forma: una monarquía soviética.
Tras un intento de colaboración con los nacionalsocialistas alemanes, quienes teledirigían al ROND —un partido nazi ruso operativo sólo en Berlín, todos los contactos acabaron por romperse: los alemanes acusaron a los rusos de "nacional—bolcheviques" y de no ser auténticos nacionalsocialistas. Xenófobos —en sus declaraciones públicas oficiales se cuidaban de no hacer profesión de fe antisemita, aunque en la práctica lo eran—, los Jóvenes Rusos adaptaron el discurso de los intelectuales euroasiáticos; esto es, la idea de que la misión real de Rusia estaba en Asia, y que Moscú debía constituir un bastión de la raza blanca frente al "peligro amarillo".
Kazem Bek no se fiaba de los proyectos elaborados por los alemanes para la Europa oriental. En 1939, pidió a los Jóvenes Rusos que apoyarán la causa de los aliados y abandonó Europa para fijar su residencia en los Estados Unidos. En 1956 regresó a Moscú para convertirse en secretario del Pariarca ortodoxo. Murió en 1977. Se cree que, a lo largo de toda su trayectoria política, no dejó de ser un agente soviético. Laqueur alude en su libro a la habilidad de la diplomacia soviética a la hora de captar agentes en todos los ambientes políticos del exilio ruso, incluidos los mencheviques. Sin embargo, únicamente los rusos blancos fueron autorizados a regresar a su país (pp. 103-106).

LA MONARQUÍA BOLCHEVIQUE DE SOLONEVICH
Entre los ideólogos autoritarios monárquico-bolcheviques sobresale la figura de Iván Lukianovich Solonevich (1891-1953). Inició su trayectoria política en la prensa radical de derechas prerrevolucionaria. Se exilió de la URSS en 1934, atravesando de manera clandestina la frontera ruso-finesa, experiencia que le dará para una novela que se convirtió en un auténtico éxito de ventas en Occidente. Solonevich se convirtió en uno de los columnistas de mayor prestigio en la prensa liberal y moderada de la emigración. Con posterioridad, dió un giro a la derecha y se acercó a los cenáculos de conspiradores de la antigua oficilidad zarista. Falleció en Argentina. Su más importante aportación teórica, Narodnaïa Monarkhiia (La Monarquía popular), fue reeditada en Moscú, en 1991, y sirve en la actualidad de guía a algunos círculos opositores de carácter neomonárquico.

FASCISMO RUSO EN MANCHURIA
Los partidos fascistas rusos conocieron en la década de los treinta una breve existencia en Alemania, Manchuria y Estados Unidos. El grupo más significativo fue el de Manchuria. Surgió en los ambientes patrióticos de la facultad de Derecho de la universidad local, entre los jóvenes blancos allí refugiados. Encontraron apoyo en el general zarista Kozmin y se agruparon, en un primer momento, en la llamada Organización Fascista Rusa (OFR) —más tarde Partido Fascista Ruso (PFR)—. Durante la vida de la organización publicaron dos revistas: Nache Potue (Nuestra vía) y Natsia (Nación). De 1931 a 1945 —año en que el ejército rojo entró en Kharbine, capital de Manchuria— fue Konstantín Rodzaievski el verdadero motor del partido: un fogoso líder no exento de una buena dosis de ingenuidad política. Adoptó febrilmente la parafernalia de los nacional-socialistas alemanes, dando a su formación un aspecto un tanto carnavalesco. Se sabe que dependió de buena gana del dinero japonés y que, hasta última hora, esperó una victoria del eje Berlín-Tokio, cuyos ejércitos ocuparían la Unión Soviética y colocarían a la cabeza de la nueva Rusia desbolchevizada un "gobierno nacional" dirigido... por él, naturalmente.
Paralelamente a Rodzaievski, un militar conservador, Semionov, lejos de encandilarse por el floklore nazi, apostó por una organización de carácter solidarista que agrupó a los cosacos refugiados en el extremo oriente. En 1945, Rodzaievski y Semionov fueron condenados a muerte por las autoridades soviéticas en un expeditivo proceso. El activista del PFR pidió entrar al servicio de Stalin en calidad de "líder fascista ruso" con el objeto de vertebrar una quinta columna al servicio de Moscú. Su demanda no fue atendida.
En los Estados Unidos —concretamente en Windham County, Connecticut—, un tal Anastás Vosniatski fundó en 1933 un grupúsculo denominado Organización Fascista Toda Rusia (VFO), gracias a las rentas de su esposa, perteneciente a una acaudalada familia de comerciantes de cereales. Pese al dinero, no tuvo éxito en su empeño. La crónica de su movimiento no revela nada de original o extraordinario.

EL SOLIDARISMO DE LA NTS
Durante los veinte primeros años de exilio ruso blanco y de los antibolcheviques de toda laya, el movimiento que, incontestablemente, tuvo una mayor repercusión fue la Unión Obrera Nacional de la Nueva Generación, más conocido por sus siglas NTS. Este movimiento, de inspiración solidarista y cristiano-ortodoxo, tuvo su primer congreso en 1930, donde fue elegido presidente V.M. Baidalakov, un cosaco del Don. Objetivo: proseguir el combate por la "idea blanca" bajo nuevas estrategias acordes con la mentalidad de las nuevas generaciones. La NTS trabajaba, a diferencia de los Jóvenes Rusos y los grupúsculos fascistas de Manchuria, con un gran rigor. Cada dos años, la organización celebraba un congreso donde se fijaban las nuevas orientaciones y se redactaban los programas a seguir. Su ideología social se basaba en el solidarismo, pero un solidarismo que difería sensiblemente del propugando por las escuelas políticas católicas de Europa occidental. El solidarismo de la NTS se apoyaba en tres pilares básicos: el idealismo, el nacionalismo y el activismo. El carácter idealista subrayaba la importancia de las ideas nobles y la primacía de los valores superiores, al tiempo que se apostaba por formas políticas permanentes en las que no hiciera mella la efervescencia de la política cotidiana. Su nacionalismo advertía que dichos valores debían inscribirse, en todo caso, en un contexto concreto y que este contexto no podía ser otro que la nación rusa. El activismo, por último, era la forma de adecuar la teoría y la práctica, en un sentido que nos recuerda la praxis marxista.
Este solidarismo era, en cualquier caso, una ideología de corte conservador. Propugnaba el consenso entre las clases, lo que conducía a la NTS a rechazar el "excesivo individualismo liberal" y a imponer límites a la libertad individual. El solidarismo de la NTS negaba igualmente la democracia pluripartidista y las industrias-clave debían estar bajo la órbita del Estado. La NTS retomaba una idea central del pensamiento eslavófilo: la idea de Sobornost (unidad nacional y cooperación), elaborada por el politólogo Jomiakov.
La NTS no se alineó ideológicamente con los fascismos europeos o el nacionalsocialismo, ya que su dimensión religiosa le acercaba más al corporativismo católico austriaco o al salazarismo portugués, que a ideologías consideradas en realidad como modernas e industrialistas. Algunos de sus militantes, sin embargo, colaboraron con las autoridades alemanas durante la segunda guerra mundial. Esta cooperación tuvo lugar en los territorios rusos ocupados por el ejército alemán y el movimiento del general Vlasov [1]. El órgano de prensa de esta facción proalemana de la NTS fue el rotativo Novoïé Slovo.
Tras la guerra, la NTS adoptó una ideología de "tercera posición", en un intento de distanciarse tanto del capitalismo como del marxismo. Las potencias occidentales pasaron por alto el colaboracionismo ruso (Redich, Poremski, Tenserov, Vergun y Kazantsev) y los americanos, en el contexto y la lógica de la guerra fría, sostuvieron el movimiento y financiaron su propaganda en el interior de la URSS. Esta doble colaboración con los enemigos de Rusia —primero Alemania, y más tarde Estados Unidos— no sirvió precisamente para dar una buena imagen de la NTS en Rusia, a pesar de la pulcritud de sus ideales, en teoría muy arraigados en la tradición y el sentimiento del pueblo. El ciudadano soviético, por contra, se desinteresó totalmente de aquella iniciativa.
Para Laqueur, el principal ideólogo de la NTS fue el profesor Iván Il’in (1881-1954), profesor de filosofía en la Universidad de Moscú. Este profundo conocedor del pensamiento de Hegel fue expulsado de la URSS en 1922 al mismo tiempo que Nicolai Berdiáiev. Publicaba sus trabajos en la revista Russkii kolokol, próxima a la NTS a pesar de no compartir su línea editorial. En efecto, Il’in era monárquico, mientras que los militantes de la NTS no se pronunciaban sobre tal cuestión e incluso no descartaban la eventualidad de una república no soviética. Il’in propugnaba una suerte de "democracia orgánica", bien lejos del formalismo y el mecanicismo occidentales. En su libro Pout’k otchevidnosti (El camino hacia la evidencia), Il’in definía la "verdadera política" como "servicio", concepto diametralmente opuesto al de la política como "carrera". Servicio equivalía a entrega a los intereses del pueblo de forma total, no como categoría social o como trama de intereses. Esta voluntad de servicio a un ente colectivo de vastas dimensiones hace de la política un "arte de voluntad", una disposición que contempla el instinto de elección, en la cadena ininterrumpida de los hechos y los acontecimientos, siempre en pro de lo que es bueno para el pueblo en su conjunto y para el porvenir nacional. Esta voluntad debe depurarse en el crisol de los ideales, sin olvidar en ningún caso las virtudes, que otorgan fuerza y cordura a la potencialidad creadora del político [2].

LOS ESCRITORES DEL PERÍODO DEL TERROR
Laqueur continúa su ensayo con un análisis pormenorizado de las fuentes del neonacionalismo ruso contemporáneo. Lo que podríamos denominar genéricamente como "partido ruso", surge de la obra de los neoeslavófilos y de los escritores de la "etapa del terror". Pioneros durante el estalinismo de este estilo, ruralista, fueron Vladímir Ovéchkin y Efim Dorosh, quienes sin duda prepararon el terreno de una nueva escuela literaria de carácter populista y nacionalista que en los años sesenta y setenta, encontró en los escritores de la Rusia septentrional y Siberia —entre ellos Fiódor Abramov, Vasili Shukshin y Valentín Rasputín— unos fieles continuadores. Esta literatura, subraya Laqueur, está lejos de todo lo que pueda sonarnos a idílico. Las condiciones de vida en las aldeas del norte y de Siberia son terribles y los campesinos descritos por Abramov viven en un clima de odio y en absoluto conforman una comunidad sólida y solidaria. Vasili Belov, por su parte, es menos pesimista: sus personajes viven de un mundo sencillo y puro, a la sombra de las iglesias ortodoxas, al calor del tintineo dulce y alegre de sus campanas, donde se dan cita los místicos y los idiotas sublimes que alcanzan la santidad. Solouyin, considerado como discípulo del escritor noruego Knut Hamsun, también describió a esos raros personajes que andaban muy lejos de haber sido pervertidos por la civilización moderna [3]. Astafiev y Rasputín evocaron a los descendientes de los pioneros, dispersos en la inmensidad siberiana. En aquellos villorrios, sus habitantes carecen de referentes morales: no tienen raíces ni sentido del deber. Sueñan con enriquecerse rápidamente a costa de saquear el entorno natural. Tal depravación, según estos escritores, no sería otra cosa que un fruto más del poder comunista. Solouyin, por ejemplo, nunca se escondió a la hora de criticar la perversión del régimen comunista; es más, sus actitudes no le privaron de recibir en su momento el Premio Lenin. El tono general de esta literatura es escéptico con respecto al progreso técnico y económico, a la producción intelectual de las grandes ciudades, y con respecto a la contemporánea cultura de masas importada del oeste.

LA TESIS DE LA "CORRIENTE ÚNICA"
Entre el gran público, fueron las revistas literarias conservadoras —formalmente fieles al régimen comunista— las que tomaron el relevo de aquella literatura ruralista, de culto a las raíces y rechazo del desarraigo. Entre las más influyentes cabe citar Nache Sovremenik y Molodaïa Gvardiya. Novi Mir, por su parte, defendía las tesis progresistas clásicas propias de la ideología marxista. Esta pasión por el incólume pasado de una Rusia ideal ha conducido, desde finales de la década de los setenta, a un redescubrimiento del eslavismo del siglo XIX. Desde esta perspectiva, no es de extrañar que escritores como Shalmaiev, Lobanov y Kozhinov llegaran a la conclusión de que Rusia se había convertido en un país descerebrado y americanizado, en una nación que había perdido su "dimensión interior", sus raíces, y todo ello a pesar de de su poderío militar. Rusia, en definitiva, no era otra cosa ya que un cascarón vacío.
Esta simbiosis de ruralismo, neoeslavofilia, culto a las raíces y antiamericanismo, no podía conducir sino a una crítica de profundo calado de la ideología marxista dominante. Los nacionalistas se hicieron eco, en efecto, de la tesis de la "corriente única" de la historia rusa, tesis en absoluta contradicción con la teoría leninista de la historia. Para los leninistas, la historia de Rusia enfrentaba a dos grandes corrientes: una progresista —Pedro el Grande, Alexander Herzen, Nicolai Chernichevski y Máximo Gorki—, y otra oscurantista, compuesta por reaccionarios, fanáticos religiosos y explotadores del pueblo. A este dualismo oficialista, los ruralistas opusieron, sin negar lo que de positivo había en el marxismo, la rehabilitación de las fuerzas políticas y espirituales que habían conformado Rusia a lo largo de los siglos y que fueron impermeables a la filosofía de la modernidad, progresista y occidentalista. La historia de Rusia, desde esta óptica eslavófila y nacional, habría impulsado en una única dirección el conjunto de elementos positivos, tanto los marcados por la impronta progresista, como aquellos otros impregnados por la tradición.
El PCUS no aceptó estas posiciones, ya que ello le hubiera hecho asumir riesgos sin precedentes. Entre otras cosas, sin duda, hubiera implicado la revalorización del papel de la monarquía y de la Iglesia en la historia del país. Hubiera significado, asimismo, la evidencia de que tanto el ejercito rojo como el ejército blanco tenían, en todo o en parte, razones dignas de tener en consideración. Si tanto Nicolás II como Lenin tenían razón, la revolución no habría sido otra cosa que pura inutilidad, y el ideal político habría de ser necesariamente un régimen a medio camino entre el bolchevismo y la monarquía, tal y como fue perfilado por Solonevich. Pese a todas las dificultades, lentamente, la tesis de la "corriente única" iba abriéndose paso hasta acabar por imponerse, estructurando metafísicamente la actual convergencia entre nacionalistas y comunistas. Más allá de la "corriente única" tan sólo quedan los liberales fieles al progresismo, un progresismo que —dicho sea de paso— ha caído en el más absoluto desprestigio, como consecuencia de la salvaje inflación que, con la liberalización de precios de 1992 provocó Gaidar y su equipo de tecnócratas. En la actualidad, el liberalismo es un paupérrimo argumento electoral, al tiempo que ha perdido legitimidad democrática [4].
Durante los últimos años del gobierno de Leonid Breznev, la casa editora Roman Gazetta, que publicaba libros de bolsillo a un precio muy asequible, dedicó buena parte de sus esfuerzos a editar a los autores populistas, eslavófilos o nacionalistas (p. 124). Signo de este irresistible avance: cuando Alexander Yakovlev, jefe del departamento ideológico del Comité Central del PCUS, pronunció en 1972 un discurso contra el "antihistoricismo" de los rusófilos y criticó el culto de la religión ortodoxa, al tiempo que defendía a los "demócratas" revolucionarios del siglo XIX, no tardó en ser nombrado embajador en Canadá, donde permaneció un buen puñado de años [5]. Se trataba, sin duda, de una evicción encubierta. Este incidente marcó el triunfo de de las revistas Nache Sovremenik y Molodaïa Gvardiya. Novi Mir, revista de la que, por cierto, habían sido apartados en los años setenta sus colaboradores liberales, trató durante el período de gobierno de Gorbachov de retomar sin éxito aquella "corriente progresista", subiéndose al carro de la perestroika.

LA SÍNTESIS DE SOLYENITSIN
En los comienzos de su carrera de escritor, Alexander Solyenitsin mantenía posiciones abiertamente liberales. Poco a poco fue penetrando en las grandes líneas de "conservadurismo" populista y eslavófilo, aunque al margen del conservadurismo puro y duro que defienden los nacionalistas y de los paleocomunistas actuales. En un principio fueron los liberales de Novii Mir quienes prestaron su apoyo a Solyenitsin, al tiempo que conservadores y nacionalistas criticaban sus posiciones. Ello no impidió, empero, que Solyenitsin considerara que los liberales no amparaban a los disidentes. Su giro hacia el conservadurismo populista y eslavófilo ya no dejaba lugar a dudas en su Carta abierta a los dirigentes soviéticos, en la que, tras su exilio en Zurich, criticó abiertamente a aquella "intelligentzia" liberal que se empeñaba en "superar la locura nacional y mesiánica de los rusos". Empresa imposible, según Solyenitsin, para quien, tras estas tareas de acoso y derribo, la idiosincrasia rusa sería reducida a la nada. En aquella carta exhortaba a los dirigentes soviéticos a abandonar el marxismo-leninismo, una ideología que no cesaba de crear conflictos en el extranjero, empobrecía a Rusia e instauraba un sistema de "mentira permanente". También pedía la abolición del sistema militar obligatorio, lo que sin duda molestó a los nacionalistas. Su pensamiento, en el fondo, no era otra cosa que una síntesis entre liberalismo nacional y popular, y un nacionalismo maduro: el régimen que le convenía a Rusia sería a la vez dúctil y autoritario, y se apoyaría en los Soviets, pues la instauración en Rusia de una democracia de corte occidental, sin un largo proceso de transición, conduciría inevitablemente a la catástrofe.—
Esta síntesis, pese a un cierto tono antimilitarista o, si se prefiere, pese a su hostilidad hacia el reclutamiento generalizado, le distanció definitivamente de los liberales. Andrei Sájarov, por ejemplo, juzgaba el nacionalismo de Solyenitsin "exagerado", un tanto "xenófobo", y deploraba que el autor de El Archipiélago Gulag no entonara una sola alabanza a la democracia occidental. La zanja abierta se ensanchaba día a día. No había reconciliación posible entre quienes denunciaban que las ideas occidentales —incluido el marxismo— pervertían el alma rusa, y quienes afirmaban que eran los vicios de la mentalidad rusa los que precipitarían al país al desastre.
En la actualidad, la nueva derecha rusa o, para ser exactos, las nuevas derechas rusas, sitúan sus ideas sobre síntesis más modernas y en autores de mayor actualidad entre los que Solyenitsin aún conserva una nada desdeñable influencia —más evidente entre nacional-liberales y conservadores menos radicales, que entre los activistas nacional-bolcheviques [6]—. Los rusos de hoy tratan asimismo de descubrir a autores occidentales a los que no habían podido acceder durante el período de la censura. La revolución conservadora alemana y la nueva derecha franco-italiana, así como cualesquiera síntesis nacional-revolucionarias, tienen un gran ascendiente entre los conservadores más radicales y los nacional-bolcheviques, mientras que los ensayos de Max Weber u Ortega y Gasset llaman la atención de los sectores nacional-liberales. La pasión por Nietzsche es, sin embargo, general, y va desde las visiones más pueriles a los más finos análisis. Dentro de esta efervescencia, cabe subrayar la presencia de un un pensador tan original como Lev Gumiliov —fallecido en 1992—, llamado el "Spengler ruso". Gumiliov elaboró una teoría de la "etnogénesis" de los pueblos según la cual aquellos pueblos que en un principio irrumpieron en la escena de la historia, animados por una passionarnost —pasión, instinto, pulsión—, han visto cómo, con el inexorable paso del tiempo, aquélla se agota, forzando a los pueblos carentes de sus primitivos impulsos a retirarse de la historia y a ocupar los espacios reservados a la insignificancia. Gumiliov era un pensador próximo a la escuela "euroasiática" y, obviamente, fue blanco de las críticas de quienes reivindican una Rusia europeísta.
Pero las nuevas síntesis del pensamiento ruso no son meramente intelectuales, sino que se forjan en la lucha cotidiana, en una fuerte oposición al brutal proceso de occidentalización del que el pueblo es víctima. Imaginativos y tomando mucho más en serio sus ideas que los occidentales, los rusos están elaborando en la actualidad los ideales movilizadores más originales. Provocando, sin duda, el asombro de quienes quieren medirlo todo a golpe de estadísticas y de guarismos, de balances y tasas de beneficio...

Notas
[1] Andrei Andreievich Vlasov (1900-1946) hizo carrera militar en el Ejército Rojo. Afiliado al Partido Comunista desde 1930, consejero militar de Chang Kai-Schek (1938-40), dirigió la defensa de Kiev en 1942. Preso de los alemanes, se sublevó contra Moscú: presidió un Comité Nacional Ruso y formó el Ejército de Liberación contra los comunistas. Pidió de Alemania el control político sobre la Rusia ocupada, pero Hitler se negó. Al final de la guerra fue detenido por los americanos y entregado a los soviéticos, quienes le ahorcaron (N. del T.).
[2] Para una mayor conocimiento de las ideas de Il’in, cf. Helmut Dahm, Grandzüge russischen Denkens. Persönlichkeiten und Zeugnisse des 19. und 20. Jahrhunderts, Joannes Berchmans, Munich, 1979.
[3] Solouyin declaraba a principios 1967 a la prensa occidental especializada: "Durante toda la historia rusa los escritores se han puesto siempre al lado de los que sufren. Compréndanme bien. En nuestro país, en el que reina un frío intenso, se hiela la mano sin que esto se note. Cuando se empieza a calentar es terrible. Durante los últimos diez años se produjo el deshielo. Nuestra mano, nuestra alma, nos producen dolor. Pero yo soy un gran optimista. Nuestro dolor es la base de nuestro arte. En definitiva, cada acontecimiento provoca una reacción que después de cierto tiempo trae un fruto positivo" (Le Figaro Littéraire, 13-I-1967, cit. por Luka Brajnovic, Literatura de la revolución bolchevique, Ed. Universidad de Navarra, col. Cultura de Bolsillo, 2, Pamplona, 1975). (N. del T.)
[4] Las elecciones a la Duma del 17 de diciembre de 1995 no dejaron lugar a dudas: un 4,8% de sufragios para Opción Democrática de Rusia del ex primer ministro Gaidar (por detrás del yeltsinista Chernomirdin [9,6%] y de Yavlinski [8,4%]), muy lejos del 21,9% del Partido Comunista y del 11,1% del Partido Liberal Democrático (extrema derecha), primera y segunda opciones más votadas (El País, 19-XII-1995). Buena prueba del alto grado de cinismo de personajes como Gaidar, a los que los media occidentales califican pomposamente de nuevos rusos, son las advertencias que, días después de su descalabro electoral, lanzaba a través diario Izvestia con respecto al triunfo de Ziuganov, calificándolo de "preludio de nuevas conmociones para Rusia", "derrota de la democracia rusa" y "riesgo de la repetición de nuevos experimentos peligrosos" (Las Provincias, 27-XII-1995). (N. del T.)
[5] Alexander Yakovlev, formado en el KGB, fue recuperado después por Andropov y Gorbachov. En 1994 pasó a dirigir la primera televisión pública, lo cual fue interpretado como un triunfo de los "cosmopolitas" en el interior del poder ruso. (N. del T.)
[6] Para una visión más amplia sobre el fenómeno del neonacionalismo ruso y la síntesis nacional-comunista, es imprescindible la lectura del dossier dedicado a esta cuestión editado por la revista belga Vouloir, nº 105/108, VII/IX-1993. (N. del T.)
[Artículo publicado con autorización de la revista Hespérides, 10, Madrid, verano de 1996. En la edición original Steuckers comenta la versión francesa del libro de Walter Laqueur, La Centuria Negra. Los orígenes y el retorno de la extrema derecha rusa, publicado en español por Anaya & Mario Muchnik (Madrid, 1995). Traducción de Juan C. García]

Verdad, cultura e inmigración

En relación a las polémicas por la mezquita de Premià debe decirse que el problema de la inmigración tiene su raíz en las tremendas diferencias entre países ricos y pobres, que se hace más grande por la falta de un modelo de desarrollo verdaderamente global y por el egoísmo de los países ricos protegiéndose contra un verdadero comercio mundial. La inmigración encuentra un terreno fecundo en la debilidad demográfica y la fragilidad cultural de Occidente.

Esta fragilidad nace de una falta de identidad: naciones enteras que han nacido como pueblos de la experiencia de Cristo, casi han perdido su identidad, porque no son capaces de entender la profunda relación entre religión, verdad y autentica tolerancia. Hasta ahora la Unión Europea no ha querido incluir ninguna referencia a sus raíces cristianas en la futura Constitución. Pero religión y cultura son realidades estrechamente vinculadas: no hay religión sin cultura, ni cultura sin religión. El hombre no puede vivir sin un significado.

Como recordó el Cardenal Ratzinger recientemente en un Congreso sobre ’’Multiculturalidad e inmigración’’, al Occidente de hoy le cuesta reconocer entre bien y mal, entre verdad y falsedad: son términos que en nuestra conciencia están confusos (incluso se niega que exista la verdad). Esta es la causa de nuestra fragilidad cultural, una debilidad mortal que nos hace incapaces de confrontarnos con positivismo con los flujos migratorios de masas.

La tolerancia es un de los fundamentos de la cultura moderna: entonces afirmar hoy que se ha encontrado la verdad puede parecer una presunción superada, que tiene que rechazarse como intolerante. Pero la cuestión de la verdad es inevitable, es indispensable para el hombre. Sin verdad, la libertad no tiene sentido.

Tolerancia no es sólo ausencia de violencia, ni siquiera admitir la inmigración: tolerancia es reconocer el valor y la dignidad de la persona concreta, por tanto no puede haber tolerancia si no hay una verdad sobre el hombre. La más gran intolerancia es no reconocer la verdad.

Ciertamente la huida del Dios único y de su pretensión continuará. Pero reconocer que Dios es el Bien y es la Verdad, aun más, que Dios mismo es Amor, que Verdad y Amor son la misma realidad, es la mayor garantía de tolerancia.

Pero la única arma de la Verdad es ella misma y por lo tanto el amor.

Giorgio Chevallard, presidente de la Asociación Cultural Charles Péguy

20/06/2002

Verdades como puños

En medio del políticamente correctísimo panorama literario español descuella desde hace unos años la obra de Pío Moa. Antiguo militante de formaciones de izquierdas, incluido el GRAPO, pocas personas hubieran podido pensar que alguien tan extraviado hace años alcanzara cumbres de lucidez y sentido común como las transitadas por él en sus libros.


Su trilogía sobre la II República y la guerra civil española constituye, de hecho, ya un referente obligado para aficionados, profanos y especialistas. El presente volumen es, en parte, distinto de todo lo publicado hasta la fecha por Moa y constituye un conjunto de manifestaciones escritas que siguen su misma línea de sensatez, documentación y honradez intelectual. Dividido en dos partes bien delimitadas, en la primera Moa se acerca a aspectos más propios de la reflexión ensayística mientras que en la segunda se centra en cuestiones relacionadas con nuestras historia contemporánea. No le cabe ninguna duda al autor de estas líneas de que sobre todo los primeros textos provocarán urticarias en no pocas personas.

El análisis del feminismo ("La sociedad homosexual: el feminismo como ideología") seguramente no será repetido por ninguna cadena de televisión pero es, a nuestro juicio, lo más lúcido y sensato que sobre el tema se ha escrito en los últimos años. En realidad, es vergonzoso que una sociedad que se afana por comprender la prostitución como si fuera un empleo más mientras que califica despectivamente de Maruja a la mujer que decide permanecer en casa cuidando de su marido y de sus hijos tenga el cuajo de sentirse molesta con el análisis de Moa pero, seguramente, lo hará aunque con ello sólo deje de manifiesto que se ha tragado acríticamente las monumentales y petulantes estupideces que Shere Hite —y otras como ella— ha recogido en sus falaces libros o en los artículos tontos hasta la saciedad que publica, entre otros medios, el diario El País.

No menos brillante que ese análisis preñado de sentido común es el dedicado al mayo del 68 donde deja de manifiesto que la oposición contra Franco en la universidad no fue más allá de cuatro y el de la pancarta —divertidísimas las referencias a Antonio López Campillo en París— al significado del Ateneo en la actualidad o a la ley marxista del descenso de la tasa de ganancia, posiblemente el único texto del libro que resulta de lectura difícil aunque ciertamente recompensadora.

La segunda parte de la obra constituye un repoker de ensayos históricos donde se refuta la idea de que la II República subsistió más allá del 18 de julio y de que en ella se originara la transición democrática —nacida en el seno del franquismo como incómoda pero exactamente señala Moa— o se disecciona la terrible realidad totalitaria de los nacionalismos vasco y catalán.

La lectura de Moa es sabrosa, interesante y luminosa. No requiere —salvo la excepción ya señalada— de grandes conocimientos previos para poder entenderlo y aprovecharlo. En realidad, este libro, como otros de Moa, tan sólo requiere para leerlo el despojarse de anteojeras y prejuicios y el deseo de conocer la verdad por encima de propagandas. Cuando se dan esos requisitos previos, el resultado merece innegablemente la pena.


César Vidal

Pío Moa, La sociedad homosexual y otros ensayos, Madrid, Criterio, 2001, 321 páginas.


 



Religión y valores

En un libro reciente, el otrora «nuevo filósofo» Fienkelkraut especula, teniendo en cuenta los datos y las tendencias que pueden inferirse de ellos, con la posibilidad de que Europa llegue a ser un continente ateo, el primero de la historia, consistiendo seguramente en lo sucesivo su principal papel histórico universal en exportar el ateísmo a otras culturas o civilizaciones. Aunque improbable, según están las cosas es, ciertamente, una posibilidad. Si esto se relaciona con el actual conflicto más o menos latente con el Islam, ¿qué es, pues, lo que reprocha el Islam a Occidente? Occidente incluye principalmente a este respecto, a la Europa romano-germánica y a Norteamérica. Descartada Norteamérica donde la religión está asentada y no se cuestiona tan radicalmente ni tan públicamente como en Europa, aunque conozca evoluciones y altibajos, el contencioso del Islam con Europa no se refiere propiamente a la religión sino a los valores de la cultura Occidental. En el fondo, paradójicamente, en este momento el Islam reprocha más a Europa su irreligiosidad que el cristianismo que subsiste. Y esto pone al descubierto el problema de los valores, su equivocidad: los valores no tienen que ver necesariamente con la religión, a no ser que se trate de la religión de la humanidad (más extendida, aunque difusamente, de lo que parece) u otra parecida a la inventada por Comte: el genial orate fundador del positivismo, construyó su religión convirtiendo en valores dogmas, creencias y prácticas cristianas católicas. Es decir, redujo la religión a una axiología que hubiera podido ser diferente a no ser por su admiración hacia la Iglesia romana. Durkheim, Weber, Dawson y muchos más pensaban y piensan que toda sociedad constituida tiene un origen religioso, quizá porque la religión es la más fuerte e intemporal de las ideas creencia cuya trama constituye las sociedades. Sin embargo, Europa no se identifica hoy precisamente por sus creencias religiosas, en lo que estaría de acuerdo Finkelkraut, sino por sus valores; y el conjunto práctico de estos valores es lo que detesta actualmente el Islam, que adopta el partido de la religión. Los valores son una cosa extraña, puras racionalizaciones de las ideas creencia de una sociedad o racionalizaciones que operan como creencias, singularmente en las ideologías. Pero a pesar de los esfuerzos de Max Scheler y muchos de sus seguidores por objetivarlos absolutizándolos e identificarlos con conceptos religiosos, son puramente humanos, mundanales, ajenos a la religión: son un producto del proceso de secularización. Max Weber estaba más en lo cierto al incorporar la idea de valor a la sociología, donde tiene un lugar apropiado, incluso principal. El valor es ahí, igual que en la economía, un concepto o herramienta fundamental para «comprender» (verstehen). Pero reducir la religión, cualquier religión auténtica, a valores, aunque puedan tener que ver con ella, es desconocer lo que es y significa la religión, para lo cual no es imprescindible ser creyente o incrédulo. Así, por ejemplo, lo del «humanismo cristiano», una de las aplicaciones de los valores: religión trascendente, el cristianismo (y al menos las demás religiones del libro) ni es un humanismo ni deja de serlo, pues la fe no se reduce a la moral; en realidad, la moral es un aspecto secundario de la religión, si bien bajo el impulso del protestantismo, la Ilustración y otros factores históricos, ha llegado a ser públicamente más importante que la religión misma. Lo que hace, pues, el supuesto humanismo cristiano es aceptar la secularización radical de la fe cristiana, reduciéndola a un asunto de valores, casi una ideología. Esto puede hacerlo legítimamente el sociólogo, pero no parece coherente que lo haga un creyente, por lo menos un creyente que rechaza la idea de las religiones «a la carta», idea en la que la fe, que tampoco es un sentimiento, aparece como ajena a la religión. Es posible que la mezcolanza de religión y valores constituya una de las causas de la indiferencia religiosa y la difusión del ateísmo en Europa.

por Dalmacio NEGRO

La Razón, martes 23 de abril de 2002